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Tratado del Sentimiento

 

 

FERNANDO DEMARÍA

 

 

 

 

 

 

TRATADO DEL

SENTIMIENTO

 

 

 

 

 

͌͌͌

 

 

 

 

 
 
Dibujo de César Bustillo

 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

TENERAE SPONSAE

TRACTATUS HIC DE ANIMI ADFECTIBUS

PALLADE DUCE CONSCRIPTUS

SACRUM

 

 

 

 

 

 

 

 


 

CUADRO GENERAL

 

INTRODUCCION

 

1-     Significación del sentimiento

2-     Concepto de los trascendentales

3-     Las hipóstasis temporales

4-     Jerarquía de los trascendentales

5-     Salvación y caída

6-     Comprensión de la historia

 

I          EL TRASCENDENTAL RES

 

1-     Modo de conciencia : el deseo

2-     Función cognoscitiva: la sensación

3-     Temporalidad del deseo

4-     Condición ética: el trabajo

5-     Relación económica: la posesión

6-     Organización política: la violencia

7-     Contenido estético: el estímulo

8-     Reflexión filosófica; el materialismo

9-     Conciencia religiosa: la magia

 

II        EL TRASCENDENTAL ALIQUID

 

1-     Modo de conciencia: la admiración

2-     Función cognoscitiva: la atención

3-     La temporalidad: los cambios

4-     Condición ética: el sacrificio

5-     Relación económica: el cultivo

6-     Organización política: la teocracia

7-     Contenido estético: la manifestación

8-     Reflexión filosófica: la física

9-     Conciencia religiosa: el oráculo

 

III       EL TRASCENDENTAL PULCHRUM

 

1-     Modo de conciencia: el amor

2-     Función cognoscitiva: la imaginación

3-     Hipóstasis temporal: el presente

4-     Condición ética: el valor

5-     Relación económica: la comunidad

6-     Organización política: la democracia

7-     Contenido estético: la imitación

8-     Reflexión filosófica: la cosmología

9-     Conciencia religiosa: el paganismo

 

 

IV       EL TRASCENDENTAL VERUM

 

1-     Modo de conciencia: la amistad

2-     Función cognoscitiva: la inteligencia

3-     Hipóstasis temporal: el futuro

4-     Condición ética: la lealtad

5-     Relación económica: la propiedad

6-     Organización política: la aristocracia

7-     Contenido estético: la construcción

8-     Reflexión filosófica: la dialéctica

9-     Conciencia religiosa: la trascendencia

 

 

V         EL TRASCENDENTAL BONUM

 

1-     Modo de conciencia: la ternura

2-     Función cognoscitiva: la memoria

3-     Hipóstasis temporal: el pasado

4-     Condición ética: la gratitud

5-     Relación económica: la protección

6-     Organización política: la monarquía

7-     Contenido estético: el refugio

8-     Reflexión filosófica: el positivismo

9-     Conciencia religiosa: el humanismo

 

VI       EL TRASCENDENTAL UNUM

 

1-     Modo de conciencia: la comprensión

2-     Función cognoscitiva: la razón

3-     El tiempo religioso

4-     Condición ética: el perdón

5-     Relación económica: la producción

6-     Organización política: la pax nova

7-     Contenido estético: la formación

8-     Reflexión filosófica: la metafísica

9-     Conciencia religiosa: la religión universal

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCION


I- SIGNIFICACIÓN DEL SENTIMIENTO

 

En este estudio presentaremos al sentimiento como el origen de las motivaciones humanas. Ello implica hacer del sentimiento la esencia de lo que llamamos nuestra conciencia, y también subordinar al mismo el empleo de todas las demás facultades anímicas.

En este sentido la filosofía pretende no sólo convalidar las religiones denominadas universales, sino también las religiones históricas, en cuanto toda conciencia religiosa implica la vivencia de un sentimiento determinado.

Infinitos son los matices que pueden presentarse en el sentimiento humano, pero la experiencia nos señala la existencia de sentimientos marcadamente distintos, que responden a un diverso querer de la conciencia. Estos sentimientos diferentes, que revelan los sentidos fundamentales del querer humano, constituyen las motivaciones dominantes de la conciencia, en cuya vivencia se presentarán las infinitas gradaciones propias de cada individualidad.

La posibilidad de sentimientos distintos para una misma conciencia revela la posibilidad de un progreso o de un retroceso metafísico de la misma.

Pero la diferenciación radical de los sentimientos nos suministra al mismo tiempo la clave para el conocimiento de la estructura metafísica de la conciencia: pues cada sentimiento es una estructura informando una determinada intensidad de energía.

En cuanto estructuras o formas de energía, nos será posible comprender que describamos los sentimientos humanos a partir del deseo, primer querer que subordina las energías de la animalidad a la esencia del hombre.

Correlativamente, en su forma más alta, la comprensión, el sentimiento parecería fundirse en una actitud puramente espiritual, que reabsorbiera toda la afectividad de la conciencia.

Pero tanto en uno como en otro caso, nos encontramos ante el origen y la culminación de las posibilidades psíquicas de la conciencia, vividas en la experiencia de sus sentimientos, cada uno de los cuales es determinado por una estructura distinta informando una intensidad de energía.

Decir que los distintos sentimientos corresponden a distintos grados de espiritualización de la energía, implica establecer una jerarquía metafísica entre los mismos y es una expresión que puede auxiliar a la comprensión de nuestra vida anímica.

Pero entonces importa aclarar que sentimiento y espiritualidad son términos que indican una misma esencia, y que deben homologarse cuando nos referimos al origen de las motivaciones psíquicas.

Nuestros sentimientos no sólo son idénticos a nuestra individualidad o nuestra alma, sino que constituyen además la estructura metafísica de la realidad en cuanto habitada por la conciencia humana.

El sentimiento es el mundo de la conciencia humana, la motivación que proyecta las ambivalencias de sujeto y objeto en el interior de una estructura que contiene a ambos y que convierte el problema de la dualidad conciencia y mundo en un tema derivado de su experiencia.

El sentimiento es una experiencia anterior a la distinción gnoseológica entre conciencia y mundo, sujeto y objeto.

 


II - Concepto de los trascendentales

 

Llamamos trascendental a la evidencia del sentimiento, esto es, a una estructura ideal de la energía psíquica que la conciencia humana sólo obtiene en su tiempo de plenitud.

En todo sentimiento la conciencia del sujeto del mismo está referida a un término necesario de su afectividad, y dicho término u objeto es asimismo una conciencia humana en sus distintos grados de espiritualización.

Los trascendentales son estructuras universales que informan las energías  psíquicas de la conciencia y que reciben este nombre cuando son consideradas en estado puro, informando el sentimiento dominante de la conciencia. El trascendental es la evidencia de una estructura metafísica o forma espiritual, obtenida por medio del sentimiento. El ámbito de su validez es idéntico al de la energía que asume su estructura, esto es, no tiene otros límites que los que marca la evolución de la energía.

Es pues una forma cósmica y anímica que permite interpretar el mundo y la conciencia en base a una clave única, que está suministrada por los sentimientos dominantes que revela la experiencia psíquica.

Sólo el sentimiento puede establecer la jerarquía de los trascendentales y la secuencia necesaria en el orden de aparición de los mismos. En cuanto a su determinación particular, ella está dada por la evidencia de la afectividad de la conciencia, tal como se manifiesta en el término de su querer.

Los nombres de los trascendentales expresarán pues el querer del sentimiento, desde la corporeidad del deseo hasta la unidad final de la comprensión.

En cuanto a la estructura de su energía anímica, cada trascendental constituye la motivación y la ley de la conciencia. Pero su particularización individual en cada conciencia, presentará infinitas variaciones de intensidad que aproximarán o alejarán su estructura concreta de su forma metafísica. Pues la estructura del trascendental responde a una intensidad ideal de la energía anímica, que sólo difícilmente se obtiene en el devenir de la conciencia.

La vida anímica del ser humano no se agota en el dominio de un trascendental sino que está señalada por el impulso constante de su energía hacia nuevas estructuras: los otros trascendentales.

Esta conformación de la conciencia, que es su destino, es expresión de la naturaleza metafísica del hombre: su energía psíquica será inexorablemente informada por distintos sentimientos, cada uno de los cuales se presentará con las exigencias de su propia estructura.

El trascendental designa no sólo el nombre del querer de la conciencia, su motivación, sino también el sentido del mundo que se revela a un sentimiento determinado. Esa motivación y ese sentido constituyen la evidencia propia del trascendental, vivida por el sentimiento correspondiente.

Cada trascendental es un mundo de la conciencia, incluyendo todas las leyes y formas que condicionarán dicho mundo.  Estas formas serán el cauce por el cual transcurrirá la energía psíquica hasta que su propia evolución determine la exigencia de nuevas estructuras, esto es, de otros trascendentales.

Pero las energías psíquicas que revela cada trascendental no son susceptibles de ser suprimidas en una estructura superior. Por el contrario, en la secuencia de los trascendentales, cada uno de ellos presenta  un sentimiento viviendo sobre las energías de una estructura anterior.


III – las hipostasis temporales

 

Llamamos hipóstasis temporales a los distintos sentidos del tiempo que acompañan a los diversos sentimientos.

El surgimiento de la conciencia del tiempo es una vivencia que alborea en el deseo, donde se manifiesta como relación de distancia con la cosa término del mismo. Y llega a su plenitud en la conciencia de la comprensión, que funde a todas las hipóstasis temporales en la vivencia de la totalidad metafísica del tiempo, donde éste es aprehendido como crecimiento de la energía, esfuerzo consciente por asumir todas sus estructuras. La conciencia del tiempo revela la conexión ineluctable de la esencia humana con un destino metafísico, y su aparición es un hecho coetáneo a la aparición de la conciencia. Las fases del tiempo están dadas ya en la estructura del deseo, como el medio donde transcurre la motivación primaria, y preguntarse por el origen del tiempo tendría tanto sentido como inquirir acerca del origen de la energía.

El tiempo es el modo de acción de la conciencia, el campo de la evolución de sus energías, y el sentido del mismo corresponderá a las estructuras de la energía proporcionadas por los trascendentales.

La conciencia del tiempo sólo se obtiene cuando la energía anímica ya se presenta estructurada por el trascendental, y es por lo tanto una vivencia metafísica,  que corresponde a una conciencia sometida a leyes estructurales.

El carácter metafísico del tiempo obtiene su mejor comprobación en los distintos sentidos que asume en los diversos trascendentales, donde revela que a cada estadio de la evolución de la conciencia corresponde una plenitud o evidencia del tiempo.

En la secuencia de los trascendentales, las fases del tiempo que une la vivencia del deseo, son vividas sucesivamente como sentidos dominantes capaces de subsumir la temporalidad del deseo o la de cualquier trascendental anterior. Porque a cada trascendental corresponde una forma originaria del sentido del tiempo que se presenta como evidente para la conciencia.

Las hipóstasis temporales descubren la evidencia de los distintos proyectos de la conciencia y el carácter de evolución que es la esencia de la energía anímica. Los proyectos de la conciencia son los estadios en la evolución de la energía, evolución que experimentalmente se ofrece como señalada por estructuras diferenciadas que son los trascendentales. El sentido del tiempo es el proyecto de la conciencia, cuya evidencia está dada por el sentimiento dominante de la misma.

Según sea el sentimiento que impere en una conciencia, así será el sentido del tiempo que constituya su evidencia.

Una conciencia tendrá tantos proyectos como sentimientos manifiesten su energía, pero el proyecto del sentimiento dominante constituirá el sentido del tiempo que presida su evolución.

El estudio de las hipóstasis temporales no es un abundamiento innecesario en la consideración del sentimiento.

Por el contrario, al revelarnos la dirección del proyecto de la conciencia nos suministrará una clave indispensable para la comprensión de las leyes que constituyen la estructura de cada trascendental.


iv - jerarquía de los trascendentales

 

 

Cada trascendental es la estructura propia de un sentimiento puro, que se manifiesta como sentimiento dominante en el campo de la conciencia. El término central del sentimiento, inclusive en las distintas motivaciones del deseo, es la persona humana, y los distintos trascendentales expresan los grados de interiorización con que la persona objeto del sentimiento es aprehendida por el sujeto del mismo.

Cada trascendental es la revelación de una interiorización determinada de la persona humana al sentimiento. El trascendental no es una estructura solipsista de la conciencia sino que implica necesariamente la referencia a otro yo, que es el término del sentimiento.  A cada distinción fundamental del sentimiento corresponde la revelación de  una interioridad particular del yo ajeno, cuya aparición es correlativa al grado de espiritualización logrado por el sujeto.

La conciencia ajena no sólo patentiza el grado de interiorización logrado por el propio yo, sino que posibilita la concreción del sentimiento y por ende la evolución de la propia conciencia.

La jerarquía de los trascendentales corresponderá, pues, a los grados progresivos de interiorización del yo ajeno por parte del sujeto del sentimiento. Y la vigencia del trascendental corresponderá al carácter dominante del mismo frente a la presencia de otros sentimientos en el campo de la conciencia.

Hay sentimientos que sólo alborean en la conciencia y hay otros demasiado débiles para afirmar su evidencia frente a la fuerza de un sentimiento dominante.

Tales sentimientos dominantes constituyen el trascendental vigente para la conciencia, y el número y el grado de los trascendentales que pueden ser vivenciados por una conciencia es expresión del nivel metafísico de la misma.

La evolución del sentimiento en la jerarquía de los trascendentales es la lucha que señala a la vida de la conciencia humana, pues como observaremos más adelante, cada trascendental está condicionado por el cumplimiento de las exigencias éticas de su estructura.

Las jerarquías de los trascendentales revelan por consiguiente los grados sucesivos de interiorización del sentimiento humano, tal como se manifiesta en los dos términos del mismo: las dos conciencias que constituyen la polaridad de la estructura del sentimiento.

Todos los trascendentales son estructuras latentes en el sentimiento humano, pero la vocación de cada conciencia responde a la estructura propia de su idiosincrasia o destino espiritual.

El logro de cada sentimiento es el resultado de un crecimiento de la energía, que es vivido como una lucha del sujeto en medio de las circunstancias que constituyen su mundo o el campo de su conciencia.

La jerarquía de los trascendentales revela que ninguna conciencia crece sola, sino mediante la comunicación por el sentimiento con un yo ajeno.


V - SALVACIÓN Y CAÍDA

 

Salvación y caída son términos para designar una progresión o regresión de las energías anímicas que constituyen el sentimiento. La caída es la expansión de la energía en desmedro de un trascendental superior donde pudo actualizarse.

E inversamente la salvación es el estado anímico que acompaña al ejercicio de las energías de la conciencia en el trascendental que corresponde. La caída es un infantilismo de la conciencia, una pérdida de crecimiento, esto es, de los trascendentales que pudo adquirir en su evolución afectiva. Causa de esta caída puede ser una idea errónea del sujeto acerca de la naturaleza de sus funciones psíquicas. La atribución de una constitución intelectual al fundamento de las energías psíquicas es generalmente rectificada con una emergencia frustrada del deseo y del sentimiento.

Por ello importa obtener una comprensión de nuestra conciencia que impida una estructuración anómala de su energía.

Las energías anímicas siempre se manifiestan en la estructura de un trascendental, pero cuando dicha estructura es forzada por una energía comprimida, el estado concomitante es el de la caída, o la insatisfacción profunda del sujeto consigo mismo.

Pero por otro lado la caída puede ser el antecedente necesario para el estado opuesto: el ejercicio de la energía anímica en un trascendental superior, esto es, su actualización en un nivel superior del sentimiento.

La rectificación de una idea inadecuada de la naturaleza de la conciencia debe determinar la posibilidad de salvación de dicha conciencia, al despejar de su comprensión los obstáculos que impiden su evolución en el sentimiento.

En el sentido de la salvación y de la caída la conciencia revela los propios indicadores de su evolución espiritual. Sólo una conciencia capaz de un trascendental superior puede experimentar el estado de la caída ante una expansión inadecuada de su energía. E inversamente el sentido de salvación es concominante a su progresión en el sentimiento, al ejercicio de sus energías dentro del trascendental que corresponde a su posibilidad. Una conciencia es no sólo su afectividad actual sino una posibilidad de sentimientos. La caída de una conciencia consiste en actuar por debajo de sus posibilidades actuales, estado que además repercute negativamente en la comprensión del sujeto acerca de su propio futuro. La caída se manifiesta en cuanto al objeto del sentimiento como la pérdida o carencia del otro yo, el cual es requerido como término de la capacidad afectiva de la conciencia.

La caída es pues una pérdida o carencia de sentimiento; el sacrificio de un trascendental superior por el ejercicio de la energía en otro plano metafísico. Es un retroceso metafísico, que sólo puede superarse mediante la lucha de la conciencia por corregir su error en cuanto a la comprensión de sí misma y de su propia circunstancia.

La sensación de lucha es distinta del sentido de la caída, el cual expresa una derrota de la conciencia en su evolución afectiva.

Pero la sensación de la caída, como indicadora de la posibilidad metafísica de la conciencia, es un auxilio imprescindible en la evolución consciente de la misma. La sensación de la caída no surgiría en el campo afectivo de la conciencia si ésta no fuera capaz de salvación.


VI — COMPRENSIÓN DE LA HISTORIA

 

La duración pertenece a la esencia de la energía psíquica en cuanto cada trascendental es el resultado de una lucha de la conciencia. Los sentimientos no son los dones gratuitos de la conciencia sino las conquistas de la misma.

La evolución a través del tiempo es la vía de acceso de la conciencia a los diversos trascendentales que constituyen la posibilidad de su energía, y la jerarquización de los mismos responde a la secuencia natural de su aparición en el transcurso de la energía de la conciencia. Cada trascendental es una estructura metafísica más noble que la anterior en cuanto contiene la posibilidad de ésta. Pero inversamente el carácter dominante de un sentimiento impide la emergencia sin lucha de los sentimientos que responden a trascendentales superiores en la secuencia del tiempo.

El nivel metafísico de una conciencia está dado por su sentimiento dominante, en cuanto permite no sólo la actualización de su propio trascendental, sino también la experiencia armónica de los trascendentales anteriores.

La conciencia individual tiene una historia en sentido metafísico, la cual expresa su lucha en la revelación de los propios trascendentales. Su historia consistirá en la conquista de todas sus posibilidades, y dichas posibilidades serán conocidas precisamente cuando la conciencia haya cerrado su propia historia. Metafísicamente, la historia es el registro de los sentimientos de la conciencia, y sólo una metafísica puede suministrar las claves de una interpretación histórica. Dicho de otro modo podríamos afirmar que la historia es la crónica metafísica del hombre, en cuanto registra su progresión o retroceso en el campo afectivo que constituye la esencia de su constitución psíquica.

Todos los hechos y circunstancias de la vida de una conciencia se manifiestan en la estructura trascendental de la misma y si bien ellos pueden ser descritos por la crónica real, no debemos desconocer que el carácter metafísico del hombre obliga a una interpretación metafísica de su actuación en el tiempo. El hombre es pasible de dicha interpretación pues es agente de sus estructuras metafísicas tal como se revelan en sus sentimientos.

Las comunidades humanas son también objeto de esta interpretación metafísica de la historia, en cuanto revelan en su devenir el predominio de determinados trascendentales. Dichas comunidades, lo mismo que las conciencias individuales, son susceptibles de un progreso o retroceso colectivo de sus energías, lo cual equivale a una modificación colectiva del sentimiento dominante.

La lucha de los pueblos registra la oposición de sentimientos que pugnan por expandirse e imponer su evidencia en el campo de la historia.

El progreso de la humanidad consiste en el progreso de los sentimientos de las comunidades humanas que la componen.

En cambio, el progreso intelectual de los pueblos no es el indicador decisivo del nivel metafísico de la historia, y está sometido, como todos los hechos humanos, a la vigencia de los trascendentales que son las estructuras de los sentimientos.

La historia, tanto individual como colectiva, arroja una enseñanza que se desprende de la estructura metafísica del hombre: una sola obligación tienen tanto los individuos como los pueblos y es la de crecer. Crecer es ascender en la evolución del sentimiento, luchar en la conquista de los trascendentales que condicionan una actualización cada vez más alta de la energía psíquica; y crecer es, finalmente, querer a personalidades y pueblos en quienes se manifiesta una mayor vida espiritual, una mayor capacidad para recibir y ofrecer la interioridad del sentimiento.

 

 


 

 

 

 

 

 

I

 

 

 

EL TRASCENDENTAL

RES


I — MODO DE CONCIENCIA: EL DESEO

 

Al iniciar el estudio de cada trascendental nos apoyaremos en la experiencia que la conciencia individual puede obtener del sentimiento.

El objeto de este estudio no es describir sentimientos cuya comprensión dependerá de la vivencia particular de cada conciencia, sino indicar los constituyentes de la estructura de cada trascendental, el cual, según hemos explicado, es la forma metafísica que asume la energía de la conciencia.

La comprensión de este estudio dependerá por consiguiente de una experiencia particular, pues en él no se enseñan ni se describen sentimientos, sino que se interpreta el sentido metafísico de los mismos.

Al presentar al sentimiento como el fundamento de nuestra vida anímica hemos anticipado que el mismo se da informado por leyes estructurales que constituyen un trascendental. El nombre de cada trascendental, que expresa la evidencia del sentimiento, lo obtendremos conforme al modo en que la persona humana se presenta al querer de la conciencia. Y dicho modo expresará además la forma metafísica propia de las circunstancias que acompañan a la conciencia y constituyen su mundo.

Es la conciencia humana, en cuanto sujeto y objeto del querer, el eje que dominará la calificación de los sentimientos y que permitirá la interpretación de todos los constituyentes que integran el mundo del sujeto.

El primer trascendental es el que corresponde al modo del deseo, en el cual la conciencia que es término del querer es aprehendida como cosa. El deseo representa el origen del sentimiento humano y se distingue del deseo de la animalidad en que está sometido a condiciones estructurales suministradas por una ética. Faltando dichas condiciones, se produce el descenso de la conciencia humana al plano animal, lo cual representará la caída desde el deseo.

Dentro del deseo es posible distinguir varias formas fundamentales de relación con el objeto del querer, las cuales, pese a la unidad de su origen, indican sin embargo el hecho metafísico de que le existencia se da en la multiplicidad y condicionada por leyes.

La unión corporal, la apropiación material, la dominación física o mental, la estimulación, la construcción, la destrucción y el juego, son algunas de las formas fundamentales en que el sujeto procura su unión con la conciencia o cosa objeto de su querer.

En el deseo, la conciencia humana aparece al nivel de las cosas y constituye una cosa más para el querer de la conciencia.

El deseo es el querer propio del trascendental res, en el cual se revela a la conciencia el nivel metafísico de las cosas, pues las cosas son la evidencia del deseo. El deseo constituye la primera manifestación humana, esto es, metafísica, de las energías de la conciencia, y la evolución posterior de dichas energías consistirá en una interiorización del deseo a través de los distintos sentimientos.

Los deseos no pueden ser abolidos sin suprimir la conciencia y la única indicación ética que puede formularse al respecto es que deben superarse en el sentimiento.


II - FUNCIÓN COGNOSCITIVA: LA SENSACIÓN

 

El deseo conoce a su objeto mediante la sensación. Al estudiar la función  cognoscitiva del trascendental del deseo debemos superar los conceptos psicológicos adquiridos a fin de poder advertir que la sensación capta al yo ajeno como cosa.

Todo conocimiento depende del sentimiento dominante en la conciencia, siendo la discriminación entre sentimiento y función cognoscitiva una abstracción de la inteligencia, pues todo sentimiento conoce la conciencia o circunstancia que se le ofrece como objeto.

Este poder discriminatorio de la inteligencia no autoriza a suponer una dualidad sentimiento e inteligencia en el fundamento de la vida psíquica, sino que es un poder discriminatorio inherente al sentimiento mismo como comprenderemos al analizar el trascendental de lo verdadero.

El deseo conoce al yo ajeno como cosa fusionada en un mundo de cosas, dentro del cual la conciencia ajena puede asumir esporádicamente el carácter de la cosa más apetecida, útil y valiosa.

Supone pues el grado ínfimo de la libertad del sentimiento, y el primero que lo distingue de la vida animal, en cuanto la estructura del trascendental res está condicionada por una actitud ética del sujeto.

En el deseo la conciencia procurará asimilarse el yo ajeno y su circunstancia en cuanto investidos del mínimo de libertad que consiente la estructura de la cosa. La conciencia obtendrá otra conciencia apropiándose de ella como una cosa, intercambiando cosas por ella e incluso destruyéndola si ese mínimo de autonomía ajena aparece como irreductible al deseo de apropiación del sujeto.

Si bien debemos estudiar primordialmente al sentimiento en su relación con la conciencia ajena, las circunstancias del yo están impregnadas por el sentido de cada trascendental, de tal modo que para la sensación, el ámbito del yo ajeno no es más que el aura de cosas afines que indefectiblemente lo acompaña.

Correspondientemente a las tres primeras instancias del deseo que hemos nombrado, la estructura de la conciencia en cuanto cosa se nos revelará en la sensación como susceptible de posesión sexual, apropiación material y subordinación física o mental, esto es como la reducción de la personalidad ajena al nivel de cosa utilizable por el sujeto. Del mismo modo, a las instancias de la construcción, la destrucción y el juego corresponderá la estructura del objeto en cuanto adecuada o no para el acrecentamiento del sujeto y la expansión sin finalidad de su energía.

La sensación conoce a la conciencia ajena en el acto sexual, pero no con las determinaciones del sentimiento de amor,  sino como cosa que satisface deseos del yo. Y por la misma vía podremos establecer todas las correspondencias fundamentales según las cuales la conciencia ajena aparece como cosa término del deseo del yo.

La sensación no conoce una ficción que es término del deseo, sino la primera manifestación de la energía en la conciencia humana. Esta conservará siempre en todos los estadios de su evolución un núcleo irreductible de cosa, que podrá ser absorbida por un sentimiento superior, pero que siempre existirá como el primer nivel metafísico obtenido por la conciencia.

 


III - LA TEMPORALIDAD DEL DESEO

 

Las tres fases del tiempo pertenecientes a la estructura del deseo corresponden a la primera vivencia del tiempo para la conciencia. En el trascendental res, el tiempo expresa la distancia del deseo con respecto a su propio término.

El presente, representado por la instancia del placer, indica la supresión de la distancia, esto es la unión del sujeto con el objeto de la energía consciente. El futuro, vivido en la instancia del anhelo, representa la distancia del término del deseo antes de constituir el goce de la conciencia. Y la satisfacción del tercer momento del deseo representa, en la fase del pasado, el alejamiento del término de la conciencia después del placer. Esta temporalidad del deseo corresponde al sentimiento que busca unirse o fusionarse con la conciencia - cosa que constituye su objeto.

La temporalidad del deseo indica que la satisfacción del mismo depende de un esfuerzo del sujeto que equivale a la creación del tiempo. El tiempo existe porque la conciencia tiene que conquistar el objeto de su deseo; porque el placer que persigue la conciencia no es una adquisición espontánea que sobrevendrá como un crecimiento natural sino que es fruto de una actividad consciente del sujeto. Las tres fases temporales del deseo corresponden a las tres posiciones de la conciencia con respecto a su propio término, susceptibles de recrearse indefinidamente con respecto a todas las cosas de su intencionalidad.

A esta temporalidad del deseo corresponde exactamente, en sentido inverso la vivencia de sentido negativo que procura el rechazo de una conciencia o cosa que amenaza la integridad del yo, y que se manifiesta como todas las variedades del miedo o aversión en la fase del futuro. El miedo es el deseo de impedir el acercamiento, esto es el volverse presente de una cosa que amenaza a nuestro yo.

Todas las variaciones del mismo han sido suficientemente estudiadas por la psicología de las emociones, lo cual no constituye el tema central de este estudio.

El dolor y la sensación de disminución o aniquilamiento es el sentimiento que revela la presencia de la cosa hostil o aniquiladora en la temporalidad de la conciencia. Cuando el dolor se posesiona de la conciencia, el deseo de alejar el objeto que lo motiva determina la generación del pasado por la conciencia, el cual se establece como la instancia temporal que acompaña al rechazo del término del dolor y a la superación del mismo.

Miedo, dolor y superación, constituyen por consiguiente, la estructura temporal correlativa pero inversa del deseo, cuyas instancias positivas se manifiestan como anhelo, placer y satisfacción.

Tanto la satisfacción del deseo en la vivencia del placer, como la superación del dolor, en el rechazo o alejamiento del término que lo motiva, constituyen la posibilidad de la evolución de la energía anímica, esto es, la propedéutica de ascenso hacia nuevos trascendentales.

Sin la satisfacción del placer y sin la superación del dolor, no hay posibilidad de progreso para la conciencia pues ambas instancias indican la actualización plena del deseo y la expansión de la energía anímica en todo el campo de su estructura.

 

IV - CONDICIÓN ETICA: EL TRABAJO

 

El constituyente ético que condiciona la estructura de cada trascendental revela la intensidad del sentimiento dominante y se manifiesta bajo la forma de la voluntad. La voluntad, lo mismo que la inteligencia, no son facultades anímicas independientes del sentimiento, sino formas que constituyen la manifestación del mismo en la estructura de cada trascendental. Es pues la intensidad del sentimiento, lo que se denomina voluntad, la condición ética del mismo, sin la cual se desvanece la estructura que lo posibilita.

La condición ética del sentimiento primario que estudiamos bajo la forma del deseo es el trabajo, esto es, la actividad del sujeto para asimilar el término de su querer. Un querer sin trabajo es propio de la animalidad pero no del nivel metafísico del hombre: revela la suposición de que las cosas se encuentran espontáneamente a disposición de la conciencia.

El querer del hombre se diferencia del querer del animal en que debe trabajar para conseguir su objeto.

La condición ética del primer trascendental es la que corresponde al nivel primario de la energía consciente y está supuesta en las determinaciones éticas propias de un sentimiento superior.

El trabajo es la primera dignidad de la conciencia, la condición que da dimensión humana, esto es, metafísica, al existir de la misma. La satisfacción del deseo sin el trabajo correspondiente, es una degradación de la conciencia humana, que de volverse habitual determinará irremisiblemente su caída.

La imposibilidad de trabajar puede estar originada por una enfermedad del sentimiento, por un defecto de la voluntad, y en tal caso la conciencia se considera como una conciencia enferma, incapaz de sobrellevar sin ayuda extraordinaria las condiciones propias de la existencia.

Pero la sociedad y los hombres castigan a quienes satisfacen sus deseos sin el trabajo correspondiente cuando suponen que están capacitados para el mismo. No sólo se castiga a quien disminuye o aniquila conscientemente un yo ajeno sino a quien no satisface la primera condición ética de la naturaleza humana, esto es el trabajo.

La ausencia de trabajo es una falla de la voluntad, esto es del sentimiento, que impide la atribución de un nivel metafísico a la conciencia y su ingreso en la evolución espiritual propia del destino humano.

Cuando la ausencia de trabajo se debe a condiciones económicas o sociales nos hallamos en el caso de una sociedad enferma, que impide el ingreso de la persona a la condición humana.

La condición ética del trabajo revela que cada sentimiento es una conquista del yo, mantenida por la intensidad de su esfuerzo, y que sólo creando sus propias estructuras la conciencia humana alcanza la vivencia de sus sentimientos.

Una conciencia puede desear, siempre que trabaje para obtener el término de su deseo, y en ello consiste su salvación en el trascendental que estudiamos.


V - RELACIÓN ECONOMICA: LA POSESIÓN

 

Para la conciencia del deseo, cuyo mundo está constituido por cosas, la posesión es la motivación económica determinante de la actividad del sujeto. La posesión expresa la relación que procura establecer la conciencia con su circunstancia, demarcando en ella, las cosas o conjuntos de cosas que pertenecen al yo. La relación económica indica la relación de pertenencia que en cada trascendental circunscribe un campo especial dentro de la intencionalidad de la conciencia, fuera del cual se constituyen los objetos ajenos a la autonomía del yo. La relación económica indica que la conciencia no es dueña de la totalidad de los objetos del deseo y expresa en su motivación el querer de apropiación material que acompaña a cada trascendental.

Quienes niegan que la posesión de su esfera de pertenencia sea la base de la motivación económica de la conciencia, desconocen que el deseo es la primera manifestación del psiquismo humano y que todo progreso ulterior del sentimiento consistirá en una evolución del mismo.

La pretendida superación del deseo en las relaciones económicas, esto es, la postulación de una motivación fundada en la no posesión y en el altruismo, es una veladura para la aspiración de posesiones más altas por parte de la conciencia.

Pero lo cierto es que los objetos poseídos son distintos para cada trascendental, y que están impregnados por una progresiva interiorización que descubre en los mismos el sentimiento.

Si bien la posesión es el fundamento de toda relación económica, es muy distinto el objeto que posee cada sentimiento.

Una motivación altruista expresa las relaciones económicas propias de un trascendental ulterior y es altruista pues se ha espiritualizado el término del sentimiento que preside su estructura: El altruismo siempre consistirá en la interiorización de una relación fundada en la posesión del mundo circundante al término del sentimiento.

La relación económica de cada trascendental expresa la relación de pertenencia que liga a la conciencia con un campo circunscripto de su mundo. El deseo de la conciencia de poseer su mundo está circunscripto por el círculo del mismo donde se establece la relación económica de la posesión, y por el círculo más amplio de todos los objetos que se presentan a sus posibilidades de apropiación.

En el constituyente económico de la conciencia se perciben claramente las limitaciones que condicionan el deseo, no solamente en las fases de la temporalidad, sino en cuanto a la espacialidad de su circunstancia.

Ese esfuerzo contra la limitación, tendiente a circunscribir en el mundo un campo perteneciente al yo, constituirá una instancia en la motivación propia de cada trascendental y se manifestará mediante una progresiva interiorización de la espacialidad que debe ser poseída por la conciencia.

La motivación económica es la expresión del deseo de la conciencia de dominar la espacialidad de su circunstancia, esto es, de poseer el mundo de objetos, particularmente la tierra, que se presentan en el espacio de cada trascendental.

 


VI — ORGANIZACIÓN POLITICA: VIOLENCIA

 

Las formas de organización política que presiden la vida en común de los hombres dependen y expresan el sentimiento dominante del grupo al que éstos pertenecen. En el trascendental del deseo, para el cual la conciencia ajena alborea como una cosa ubicada en un mundo de cosas, la violencia es la forma de organización que preside la vida social.

La violencia es la forma política evidente para una comunidad caracterizada por el predominio de los deseos frente a cualquier otra manifestación del sentimiento. La misma constituye el tipo de organización política que corresponde a la consideración de la conciencia humana como cosa, y cuando esto acontece en sociedades que han vivido el predominio de sentimientos superiores, el retroceso a la violencia merece el nombre de tiranía.

Tal tipo de organización política es una posibilidad siempre presente en la sociedad humana, pues deriva de un nivel primario de las energías colectivas, el cual sólo mediante un esfuerzo constante puede ser superado por sentimientos más evolucionados. Todo grupo humano produce un elemento dirigente encargado de actualizar el trascendental primario del deseo cuando ello sirve a sus propósitos y se lo permite la falta de evolución o la declinación del nivel espiritual del grupo que representa.

Por ser la violencia la forma de organización política que se desprende del primer trascendental, ella será un constituyente progresivamente velado en toda organización política ulterior. Pero muy distinta será la violencia impuesta para establecer a las conciencias humanas como cosas, que el rigor aplicado en una sociedad para afirmar la autonomía moral de las conciencias.

Por ser la organización política el orden establecido por el predominio de un sentimiento, este hecho implica una violencia sobre la multiplicidad de experiencias que constituyen la vida social. Pero es una coerción cuyos métodos se espiritualizan y cuyos móviles se elevan a medida que ascendemos en la estructura del sentimiento.

Siempre el tipo de organización prevalente es el que ha correspondido al nivel metafísico de la comunidad, pues en el mismo se han generado las fuerzas sociales que sostienen dicha organización, y toda organización es tan sólida cuanto lo es su capacidad para estimular en el grupo social el sentimiento subyacente a sus determinaciones.

Del mismo modo que el esfuerzo es, en el plano individual, la condición de la evolución de la energía psíquica, en el plano colectivo, la lucha es la vida de la sociedad, manifestada en la tensión de las experiencias vividas por todos sus componentes, y en el desafío que proviene de los grupos sociales extraños. El sentimiento más fuerte en la colisión de motivaciones e intereses será el que impondrá al grupo humano las pautas de convivencia conforme a las cuales transcurrirá su vida social.

Quienes preconizan la violencia como forma práctica de organización social, expresan un deseo posibilitado por la constitución de la conciencia humana, pero la vigencia de este sistema implica el rebajamiento de las conciencias al nivel metafísico de cosas.

 

VII — CONTENIDO ESTETICO: EL ESTIMULO

 

De todos los contenidos estéticos que es posible abstraer en una obra de arte, el fundamental consiste en el sentimiento que prevalece en el alma del artista. Un artista puede y debe ser sujeto de varios sentimientos que manifiesten la riqueza de su conciencia, y los mismos constituirán el contenido metafísico de sus creaciones, pero siempre existirá en su conciencia un sentimiento más firme y más maduro que los demás, el cual permitirá inducir el trascendental que preside su obra.

El objeto de este tratado no es el estudio formal sino metafísico de la obra de arte, en cuanto creación que revela en la materia el trascendental dominante en la conciencia del artista. Las aptitudes formales son distintas de las aptitudes metafísicas de una conciencia, y un artista con una técnica rudimentaria puede crear un contenido estético más evolucionado que el de las concepciones de un maestro de la forma.

Tampoco estudiaremos aquí el problema de la personalidad del artista, término que designa la totalidad afectiva de su conciencia, pues nuestro propósito es el análisis de las estructuras metafísicas de los sentimientos, que condicionan sus posibles individuaciones.

El arte por ser un constituyente del trascendental no puede crear contenidos que trasciendan a las posibilidades de su estructura: conforme sea el sentimiento así será el contenido de su creación. La misión del arte es patentizar en la materia el sentimiento del artista, demostrar la plasticidad de la materia con respecto al dominio del trascendental; es una demostración de la autonomía del sentimiento humano frente a las fuerzas de la inercia.

En ese sentido, el arte es la trasformación del mundo efectuada por la conciencia para adaptarlo a la evidencia de su sentimiento.

La función del arte es la transformación de lo inerte, de acuerdo con la ley inscrita en la estructura de la energía psíquica que obliga a cada conciencia a formar el mundo conforme a su propio sentimiento.

El arte no sólo crea el trascendental en la materia sino que recíprocamente lo recrea en las conciencias del artista y del contemplador. En tal sentido el arte es una invitación a las posibilidades metafísicas de la conciencia, en procura de la coincidencia del sentimiento del contemplador con el contenido de la creación.

Para el trascendental res el contenido de la obra de arte se manifiesta como estímulo del deseo. La obra de arte aparece no solamente como cosa deseable en sí, sino referida a todas las posibilidades de deseo de la conciencia del sujeto.

La creación estética aparece en este trascendental como la incorporación del deseo en la materia, provocando como estímulo la evidencia correspondiente del sentimiento. En cuanto estímulo, la creación estética es conocida por la sensación y su valor dependerá de su capacidad para despertar las posibilidades del deseo de la conciencia.

Cada contemplador juzga una obra de arte conforme a su trascendental pero sólo cuando hay coincidencia entre el sentimiento del contemplador y la creación del artista, la obra de arte cumple su función mediadora en el destino metafísico de ambos.

El arte del trascendental res es el que corresponde al mundo del deseo, en el cual el contenido de la obra de arte revela la capacidad de la conciencia para crear en la materia el estímulo de las cosas.

En el mundo del deseo la obra de arte se presenta como el estímulo que despierta los sentidos del hombre. Las obras que carecen de ese estímulo inicial pertenecen a la mediocridad o banalidad del arte. Pero el despertar de los sentidos está condicionado por la madurez del contemplador.

 


VIII - REFLEXION FILOSOFICA: EL MATERIALISMO

 

Hemos afirmado que la experiencia psíquica no autoriza a postular un dualismo en la naturaleza de nuestras energías conscientes. El sentimiento es la fuente de todas las facultades psíquicas y determinaciones conscientes del sujeto, las cuales siempre acompañan al sentimiento en la estructura de su trascendental. Esto es, el sentimiento se da siempre acompañado por la función volitiva y cognoscitiva del sujeto, cualquiera sea el grado de actualización o latencia de las mismas.

La función cognoscitiva de la conciencia, que es el modo como el sentimiento aprehende reflexivamente a su objeto, ilustra también la capacidad de cada sentimiento de objetivarse a si mismo en el conocimiento.

Tal reversión del sentimiento en sí mismo acontece en dos instancias que conforman dos constituyentes más de la estructura de cada trascendental: la reflexión filosófica, en la que el sentimiento se conoce a sí mismo como su propio término, y la conciencia religiosa en la que el sentimiento se posee a sí mismo en un acto que denominaremos la intuición.

En la reflexión filosófica la conciencia conoce su propio fundamento conforme a la estructura trascendental dominante en la conciencia. El conocimiento obtenido por la conciencia alcanza plena validez en el mundo de su trascendental y constituirá la razón filosófica del mismo. Esta reflexión podrá ser practicada no sólo por una comunidad civilizada sino también por una sociedad primitiva, no impidiendo los aportes de la civilización distinguir la identidad fundamental que liga a las conciencias presididas por los mismos sentimientos. La reflexión filosófica constituyente del trascendental res es el materialismo, para el cual la cosa es el indicador de la verdad. La cosa será postulada no sólo como fundamento del mundo material sino también del anímico y la reflexión filosófica probará la identidad material de los mismos. Para el materialismo la sensación es cosa.

Todos los aspectos filosóficos del materialismo corresponderán a su evidencia fundamental de que el ser es cosa, de tal modo que su concepción gnoseológica de la conciencia consistirá en la materialización de las facultades anímicas. Y lo mismo vale para todo el campo de su reflexión. Importa aclarar que el materialismo es una explicación válida de la conciencia y del mundo, cuando los mismos se ofrecen a las determinaciones del deseo, y que dicha reflexión podrá fundar coherentemente las motivaciones de la acción humana en un mundo material y cosificado.

No debe interpretarse esto como una atribución de superficialidad al materialismo, pues ningún trascendental es superficial y todos responden a una estructura metafísica de validez universal que aporta su plena verdad al sentimiento que la promueve.

De hecho, el materialismo es la filosofía que disciplina a la razón para actuar en un mundo humano de cosas, tal como espontáneamente se ofrece a la reflexión del filósofo. Y si bien el esfuerzo por auxiliar la evolución psíquica de las energías humanas es una tarea indeclinable del dirigente y del contemplador, tampoco puede desconocerse la manifestación actual de las mismas, y el orden que requiere la evidencia del sentimiento.


IX - CONCIENCIA RELIGIOSA: LA MAGIA

 

La religión consiste en la posesión de las energías psíquicas de la conciencia por medio de la intuición. La intuición estará por lo tanto condicionada por la forma actual de las energías conscientes, esto es, por su estructuración en un trascendental. La energía que intuye la conciencia religiosa es la misma que constituye su sentimiento e informa el correspondiente trascendental.

La religión es la posesión más completa que puede obtener un sentimiento de todos los constituyentes de su estructura. Es la posesión por parte de la conciencia de las energías que la fundamentan. La intensidad de la energía de una conciencia es una determinación fundamental para establecer su capacidad religiosa, constituyente en el cual se revela la plenitud del sentimiento.

En el sentimiento del deseo las energías conscientes se presentan estructuradas por el trascendental res, de tal modo que la intuición consistirá en la posesión de las cosas que constituyen tanto la conciencia como su contorno. La magia es la conciencia religiosa que intuye la energía psíquica manifestada en cosas y que sabe someter las mismas a los deseos del sujeto. La magia es pues la religión del deseo, adquirida por el trabajo de la conciencia, a fin de apropiarse intuitivamente de las energías anímicas materializadas en el mundo: es el dominio del mundo accesible a una conciencia individual en cuanto orientada a la posesión de cosas.

Para la conciencia mágica, la cosa es una materialización de su propia energía, susceptible de ligarse al sujeto en relación de dependencia; y la disciplina religiosa del deseo consistirá en el doble movimiento de plegar las cosas a la conciencia y recíprocamente. La conciencia mágica, dotada de esta intuición, podrá posesionarse de las cosas en la esfera económica, organizar por la violencia su dominio mental sobre las conciencias y satisfacer sus deseos sobre conciencias sometidas a un determinismo material. Los grandes triunfos en la esfera material de la vida, dominada por el sentimiento del deseo, corresponden a conciencias disciplinadas en un cultivo estricto de la conciencia mágica, sean o no expresamente conscientes del hecho y aunque profesen no tener ninguna religión. Pues la religión de la conciencia no es una profesión de fe sino una intuición de su propia energía manifestada en actos.

La conciencia mágica es susceptible de innumerables variaciones y la disciplina y el esfuerzo que constituyen el fundamento ético de su trascendental pueden manifestarse como la ciencia y la técnica de una civilización.

En la actualidad, la ciencia es una prueba de la intuición de las energías psíquicas por parte de la conciencia, y del reconocimiento de las mismas en la estructura material del mundo, en cuanto el pensamiento domina científicamente la existencia de las cosas. La motivación del científico contemporáneo responde en gran parte a la atracción mágica que despierta el dominio de la materia para los deseos de su conciencia.

Pero la conciencia mágica se revela más íntimamente en la posesión mental de otras conciencias, cuando el sujeto de la misma intuye el medio de despertar en ellas la vigencia de sus deseos y de someterlas a las motivaciones del mundo material.

Todo poder mágico es resultado de una disciplina de la conciencia, que le permitirá asegurar su subsistencia y primacía en un mundo de cosas, el cual no admite forma más alta de posesión que la obtenida por la intuición mágica del mismo.

 


 

 

 

 

II

 

 

 

 

 

 

 

 

EL TRASCENDENTAL

ALIQUID

 

 

 


I - MODO DE CONCIENCIA: LA ADMIRACIÓN

El sentimiento de admiración descubre en la conciencia ajena algo que trasciende a la determinación de la cosa. Ese algo admirable e inesperado que se ha despejado sobre la materialidad de la conciencia, es aprehendido por el sentimiento de la admiración en la estructura del segundo trascendental. El algo de la conciencia y del mundo es aprehendido como un cambio que revela un poder de cambio. Ese poder de cambio es una mutación presidida por la polaridad muerte-vida inscripta en el algo término del sentimiento. Con la aparición de las determinaciones muerte y vida en el algo, término de su admiración, la conciencia se eleva sobre la estructura del deseo, resguardada en su propia materialidad, y se abre a la secuencia de los cambios que constituyen su nueva evidencia. El sujeto aprehende ahora el juego de muerte y vida como ese algo admirable que transcurre sobre el mundo de las cosas y las sumerge en el ocultamiento de su trascendental.

El sentimiento revela a la conciencia que la muerte es la condición que debe satisfacer para alcanzar la fuerza de la vida.

Hemos manifestado que cada trascendental es solamente posible como evolución de una estructura anterior que constituye la virtualidad de la nueva forma. La cosa es pues la virtualidad del algo de la admiración y permanece oculta para el nuevo poder de la conciencia. El sentimiento propio del trascendental aliquid es la vivencia que trasciende la estructura de la cosa, en la admiración de la conciencia al romper el círculo de la materialidad.

El sujeto no experimenta ahora su sentimiento en la evidencia de las cosas sino en una fuerza que impera sobre las cosas y las rechaza en el ocultamiento, fuerza cuya emergencia en el mundo material es indicada por el asombro. El hombre del mundo material, agente de sus deseos y del imperio de las cosas, procurará evitar por todos los medios la aparición de esta fuerza que amenaza disponer de su conciencia y de su mundo. Pero la vigencia de un trascendental no es un acontecimiento que puedan evitar las conciencias individuales, por ser una estructura generada por la energía psíquica en un determinado estadio de su evolución. La energía psíquica encontrará ineluctablemente las conciencias individuales que actualicen la nueva estructura e impongan su vigencia.

Es el sentimiento que inspiran las grandes personalidades, cuyo espíritu trasciende y domina el mundo de las cosas; es también el que motiva las obras y hechos impregnados por una vivencia superior. Pero la capacidad de admirar depende de la estructura psíquica del contemplador: una conciencia cosificada carece de fuerza para admirar.

El hombre del trascendental res reaccionará con el terror y la violencia frente a la aparición de este nuevo trascendental, que finalmente lo someterá y lo reducirá al ocultamiento, haciendo del mundo del deseo una estructura material sometida a la fuerza del algo.

La virtualidad de la res se manifiesta en el nuevo trascendental como la posibilidad de la muerte de la conciencia.

La muerte es la virtualidad del deseo en ese algo admirable, es el poder oculto de las cosas en la fuerza de los cambios que constituyen el término del nuevo sentimiento.

 


II - FUNCIÓN COGNOSCITIVA: LA ATENCIÓN

La función cognoscitiva de cada sentimiento corresponde a un modo dominante de aparición del objeto, el cual contiene virtualmente todas las posibilidades cognoscitivas de la conciencia. Cada conciencia es además de su experiencia actual la virtualidad de todos sus sentimientos posibles y esa identidad de actualización y virtualidad en la unidad del yo constituye el destino metafísico de cada conciencia.

Pero en cada sentimiento una estructura dominante en la aprehención cognoscitiva del sujeto representará la evidencia de dicho sentimiento, esto es, la substancia o fundamento que aparece en el campo de la conciencia.

Debemos precavernos de considerar al trascendental como una estructura fluctuante o provisoria en la evolución de la energía psíquica. Por el contrario cada trascendental es la totalidad de dicha energía en la estructura de su manifestación, con las determinaciones que harán posibles su superación o abandono. Cada trascendental es la estructura metafísica de la existencia o manifestación de la energía y la evidencia del sentimiento obedece a la capacidad de dicha estructura de informar a la totalidad de la energía consciente.

En el trascendental aliquid hemos visto que vida y muerte se han despejado del trasfondo del objeto y han aparecido a la conciencia como un cambio frente al mundo indeterminado de las cosas. El sentimiento de admiración ante la aparición del cambio es idéntico a la atención que lo percibe sobre el fondo oculto de las cosas; y la conciencia es aprehendida por el sujeto como un poder de cambio, como una fuerza disponible por el yo para diferenciarse del ocultamiento de las cosas.

La atención es el conocimiento de la fuerza como poder de cambio, es el conocimiento de la libertad de la conciencia sobre el mundo de la animalidad y de las cosas. Pero la atención también indica que el poder de cambio es una fuerza a la que ha de adaptarse, esto es, atender la conciencia. Sólo a la atención se revela lo admirable.

La polaridad inicial de la energía se manifiesta en el trascendental aliquid como la libertad de las fuerzas naturales, a las que debe atender el sujeto para determinar su vida.

El yo ajeno y su contorno, lo mismo que el propio, aparecen ahora determinados por una fuerza que los eleva sobre la estructura de las cosas, y su individualidad dependerá de su identificación con esa fuerza. La admiración percibe en el término de su sentimiento la virtualidad de los trascendentales superiores, como contenidos posibles de los cambios, pero sólo los conoce en cuanto fuerzas de una conciencia.

El trascendental aliquid irrumpe en la conciencia cuando algo admirable rompe la inercia natural y el determinismo de las circunstancias. Su vigencia indica que la conciencia comunica con las fuerzas anímicas y naturales portadoras de los cambios.

Quienes no pueden experimentar admiración ante algo estarán condenados al determinismo material de la existencia y no alcanzarán a comprender la naturaleza de los cambios aunque tengan necesariamente que adaptarse a ellos.

El trascendental aliquid revela a la conciencia humana en el momento en que descubre su fuerza y se dispone a alzar el vuelo, sobre las alas del cambio.

 

III — LA TEMPORALIDAD: LOS CAMBIOS

La admiración presenta un cambio a la conciencia. El trascendental aliquid se manifiesta cuando algo ha cambiado sobre el fondo uniformado de las cosas. La conciencia del tiempo es en este trascendental el sentimiento del cambio, esto es, de la mutación incesante de ese algo que se presenta a la admiración de la conciencia. La interioridad de la conciencia es ahora descubierta como una fuerza en cambio, cuyas transformaciones acontecen bajo la polaridad muerte-vida, que dominará la lucha del yo.

Pero el cambio no se revela a la atención como un acontecimiento único, irrepetible, sino como la manifestación de una fuerza que permanece idéntica a sí misma en sus transformaciones. Los cambios reaparecen y se repiten conforme a una fatalidad inmanente en la fuerza que los produce. La vida de la conciencia dependerá de su conocimiento de los cambios, cuya fatalidad o ley será una conquista del trascendental del algo.

Los cambios cuya recurrencia estudiará la conciencia, serán en primer lugar los del orden natural, y el conocimiento de la secuencia de las estaciones le suministrará una seguridad en su lucha contra la negatividad del algo. El tiempo físico originado en este trascendental, es un útil de la conciencia, consistente en la subdivisión de un ciclo completo de cambios en los intervalos de un cambio uniforme, producido intencionalmente por el observador para establecer un dominio sobre la fuerza del cambio.

El empleo del tiempo físico en el trascendental del deseo en nada altera el origen metafísico del mismo y el hecho prueba la aptitud de cada trascendental de estructurar conforme a sus determinaciones cualquier conquista de la conciencia.

Pero los cambios fundamentales que se ofrecen a la admiración no son los de la naturaleza, sino los de la conciencia humana, centro generador de ese algo admirable experimentado por el sentimiento. La naturaleza se presenta a este trascendental como el contorno viviente, productor del algo de la conciencia, y la observación de la misma llevará necesariamente a atender a los cambios de su manifestación central en el hombre.

La atención descubrirá entonces las transformaciones de la fuerza de la conciencia y la recurrencia de las situaciones originadas por el juego de esa fuerza. El conocimiento de las mismas permitirá al hombre defender su vida frente a la negatividad de la conciencia, sin poder por ello suprimir la fuerza contraria que la amenaza.

El conocimiento de los cambios es experimentado como el auxilio más poderoso de la conciencia en su lucha por manifestarse en el mundo del algo. Mediante el conocimiento de los cambios el hombre se identifica con la fuerza de su conciencia cuya libertad se manifiesta en todas las transformaciones del algo. El conocimiento del tiempo en los cambios es una experiencia que permite la previsión y el cálculo en las decisiones de la conciencia, y su inserción más favorable en la aparición del algo.

Al repetirse los cambios, el tiempo revela su naturaleza eterna y circular como la mutación de una fuerza que existe por sí misma y que tiene en sí misma su fundamento.

El futuro y el pasado son determinaciones relativas al orden de los cambios y a la presencia del sentido de vida y muerte en el sentimiento del observador.

IV — CONDICIÓN ETICA: EL SACRIFICIO

Por virtud entendemos la intensidad necesaria del sentimiento para mantener la estructura de su trascendental. Esa intensidad recibe el nombre de voluntad y no consiste en otra determinación que la fuerza del sentimiento para mantener el término de su querer. La falencia de esa intensidad, como así la vivencia de sentimientos opuestos al querer de la conciencia, tales la apatía y el desprecio con respecto a los dos primeros trascendentales, determinan la ruptura de la estructura afectiva de la conciencia y el traspaso de su energía a otras formas de la afectividad.

Si bien todo sentimiento puede ser la virtualidad de la conciencia, la actualización de los mismos está condicionada por una determinada voluntad que consiste en el constituyente ético del respectivo trascendental.

La suposición de la existencia de un sentimiento sin el constituyente volitivo del mismo es una hipótesis desmentida por la experiencia psíquica, la cual nos muestra que el término de cada querer es el resultado de una lucha consciente por conquistarlo y mantenerlo.

Las enfermedades de la voluntad son enfermedades del sentimiento pues fundamentalmente es la afectividad lo que puede ser afectado en la conciencia. Las enfermedades de la inteligencia y de la voluntad manifiestan una afección de la capacidad originaria de la conciencia que es el sentimiento. Y el hecho de que una afección no invalide la capacidad para un sentimiento, ello no indica que las posibilidades para otras estructuras psíquicas no hayan sido perjudicadas.

El sentimiento de admiración ante algo sólo es posible si el sujeto ha asumido la posibilidad de muerte o destrucción inherente en el término de su querer. Lo admirable del objeto ha surgido como una fuerza capaz de destruir a la conciencia o cosa que le sirve de soporte. Recíprocamente, el sentimiento de admiración sólo es posible cuando el sujeto experimenta en su propia conciencia la fuerza del cambio con la polaridad que le es inmanente.

La muerte es pues con respecto a la conciencia el precio de su elevación sobre el mundo de las cosas, precio que la conciencia debe estar dispuesta a pagar para vivir su admiración ante algo. Cuando el término de la admiración es una cosa transformada por la actividad del hombre, la condición ética del sentimiento es la capacidad de sacrificar la cosa inherente en el objeto que la conciencia admira.

El sacrificio del trascendental aliquid es una volición que deberá luchar contra todas las fuerzas del deseo inmanente en su sentimiento. No será un sacrificio placentero sino acompañado por el dolor de la pérdida del soporte humano o material que permitió la emergencia de lo admirable, pero sin esa capacidad de sacrificio lo admirable tampoco puede surgir ante el querer de la conciencia.

El sacrificio indica que la conciencia opta por algo frente a la cosa que lo soporta, y al optar por ese algo asume la precariedad de su existencia frente a la permanencia de las cosas. Lo admirable es fugaz, sólo las cosas son eternas.

 


V — RELACIÓN ECONOMICA: EL CULTIVO

El mundo del trascendental aliquid no es un mundo de cosas sino de fuerzas. La motivación económica de este trascendental consistirá en el cultivo de las fuerzas que constituyen la esencia del algo. El algo se manifiesta no sólo como la conciencia, sujeto y término del sentimiento, sino también como el contorno natural con cuya esencia la misma comunica.

Ese contorno natural aparece predominantemente como la tierra, una fuerza que es productiva para el cultivo. La admiración ante la tierra descubre las fuerzas que le son comunes con la conciencia y que pueden fructificar con el cultivo.

La tierra también es productiva para el deseo, pero a costa de su fertilidad, pues el deseo le extrae su fertilidad en vez de hacerla producir. Lo mismo vale para la conciencia del hombre: en el trascendental res el hombre produce en cuanto conciencia materializada, esclava de las cosas, en un sistema que esteriliza su conciencia. Para la admiración, en cambio, el trabajador es una fuerza que debe ser cultivada y que producirá más con el cultivo. El fundamento de su conciencia no es el ser cosa sino una fuerza sometida a cambios.

La admiración descubre el carácter inagotable de la fuerza, bajo la condición de ser cultivada por una conciencia conocedora de sus cambios. La conciencia y la tierra reposan en el cambio, y la secuencia de las estaciones y la sucesión de los cambios en el ánimo del hombre son transformaciones mediante las cuales las fuerzas anímicas y naturales renuevan su energía.

El sentimiento de la admiración revela que toda fuerza debe ser cultivada para ser productiva. El cultivo es el trabajo de la admiración. La posesión que sólo puede ejercerse ante la inercia y la inmutabilidad de las cosas cede a una motivación más alta al experimentar la conciencia a la realidad como una fuerza que requiere del concurso de otras fuerzas para ser controlada.

El mundo y la tierra no son más un agregado de cosas apropiables por la conciencia, sino la manifestación de una fuerza que requiere para ser utilizada, del concurso de otras conciencias humanas conocidas en cuanto fuerzas.

Son muchas las variaciones que las circunstancias sociales y naturales del cultivo presentan en la historia humana. La excesiva rudeza para con las conciencias y la avidez para con la tierra, no son excepciones en la historia de este trascendental. Pero, los sentimientos, con la revelación de la esencia del fundamento que los acompaña, constituyen el destino del hombre, y ninguna época del futuro podrá limitarlos o cerrase a su vigencia.

La admiración del hombre por las fuerzas naturales y su culto de las mismas debe repetirse en la esfera de las conciencias y de la tierra, con la misma asiduidad y rigor con que se aplica en la física. El hombre debe advertir que las fuerzas cósmicas pertenecen a la misma energía que motiva sus cambios conscientes y que ambas fuerzas son productivas bajo las mismas leyes del cultivo.

De desconocerlo, el hombre no podrá cultivar las fuerzas que ha descubierto y la determinación de la muerte, inscripta en las mismas, prevalecerá contra la conciencia del descubridor.

 


VI — ORGANIZACIÓN POLITICA: LA TEOCRACIA

La vivencia de un sentimiento puede comenzar como un anhelo de su objeto. La saturación del mundo del deseo puede ser experimentada colectivamente como la aspiración hacia una fuerza que domine la determinación de las cosas. Este sentimiento individual o colectivo encontrará el término de su querer cuando su intensidad le permita estructurar un nuevo trascendental. En cada sociedad prevalece el constituyente político propio del trascendental dominante y el surgimiento de un nuevo sentimiento colectivo no es una experiencia susceptible de producirse por la mera crítica de la organización anterior.

El sistema político del deseo es una organización fundada en la violencia que sólo podrá ser superada por la fuerza. Pero la fuerza no tiene necesariamente que presentarse como la violencia, pues la eficacia de su acción no es idéntica al empleo de medios materiales. La fuerza es el poder de cambio que define al algo y que somete a sus mutaciones la rigidez de las cosas. Cuando aparece la fuerza, el mundo de las cosas se hunde en el ocultamiento y sus representantes deben adaptarse a la organización política del nuevo trascendental.

Históricamente, el constituyente político del aliquid, es la organización que manifiesta la emergencia de la fuerza en el cuerpo social, cuya multiplicidad es encarnada en la presencia de los dioses, o dicho secularmente, en los hombres superiores. os dioses acompañan a los hombres manifestándoles las fuerzas que presiden su devenir. Constituyen los cambios de la fuerza del algo que se ha revelado como el fundamento de la realidad.

Los sacerdotes, como conocedores de los cambios, son los encargados de adaptar el organismo social a la ley de los mismos, auxiliando a la vida humana frente al desafío de las fuerzas naturales. El sacerdote, al conocer la ley de los cambios, puede auxiliar a la inserción favorable del hombre en la secuencia de los mismos y puede impedir un desarrollo desfavorable, que no provenga de una necesidad.

La teocracia es el sistema político que pone a la conciencia portadora del algo al frente de la sociedad. Como esa conciencia es agente de las fuerzas del cambio, su aparición provocará el asombro que despierta toda emergencia de la fuerza sobre las cosas. Su dominio no se fundará en una influencia mágica, sino precisamente en su poder sobre dicha influencia, originado en su comunicación con las fuerzas cósmicas que presiden el devenir humano y a las que se somete la inercia de las cosas.

El científico, con su conocimiento de las fuerzas físicas, participa por reflejo del prestigio que pertenece al sacerdocio, pero es el conocimiento de las leyes anímicas el que confiere seguridad a una organización eficiente de la sociedad.

La teocracia, o como podemos designarla hoy, el sentimiento de las fuerzas del cambio en la organización social, es el sistema político que requiere toda nueva conciencia frente a la inercia del mundo materializado. Es el sentimiento que surge ante el presagio de que el mundo material no es tan fuerte como se supone, y de que su vigencia obstaculiza el surgimiento de algo admirable que se gesta en el sentimiento de la sociedad.


VII — CONTENIDO ESTETICO: LA MANIFESTACIÓN

Al estudiar el deseo hemos nombrado el juego y la construcción como instancias del mismo en las que se diversifica la intención del sujeto de identificarse con su objeto. El arte responde a ese juego constructivo del sentimiento y su contenido depende de la evidencia obtenida por cada sentimiento en la estructura de su trascendental. El arte presenta en la materia la evidencia del sentimiento experimentado por la conciencia del artista, y el poder creador del mismo consiste en su capacidad de plasmación, conforme al sentimiento, de los soportes materiales de su arte.

Si cada trascendental es la evidencia de un sentimiento, la creación del artista es la materialización de un trascendental. En el trascendental aliquid la conciencia no experimenta cosas sino fuerzas. Las cosas han pasado a ser el fondo oculto sobre el cual se ejercen las fuerzas. Las cosas no han desaparecido sino que se han ocultado y sometido a los cambios de la fuerza. Pero desde su ocultamiento esperan su tiempo para prevalecer sobre el nuevo trascendental. La conciencia humana es ese algo admirable que ha dominado en su interioridad las cosas, ofrendándoles su vida. Y la muerte constituye el polo de su intimidad que comunica con las cosas.

Pero la emergencia del algo es un hecho que motiva el asombro del contemplador, al revelar el sometimiento de un mundo cerrado e inexpugnable en sí mismo, como es el de las cosas. El arte es la manifestación de algo admirable que ha forzado serena o violentamente el mundo de las cosas. La sumisión y el ocultamiento es el precio que deben pagar las conciencias materiales por subsistir en el mundo del algo. El arte de este trascendental es pues la manifestación de lo inesperado, imprevisible y misterioso que irrumpe en la vida humana, rompiendo el determinismo natural y despertando a la conciencia en el asombro.

El arte de la admiración no tiene otra utilidad que la de servir al poder del algo. El algo manifiesta su supremacía sobre las cosas creando un arte inútil para el mundo material pero hacia el que debe converger dicho mundo con sus conocimientos y sus trabajos. Los deseos de la conciencia deben construir los templos del algo.

El arte de la admiración manifiesta no solamente la fuerza de los cambios sino la firmeza o regularidad de los mismos, cuyo conocimiento ampara al hombre en su lucha contra la animalidad, la materia y la desaparición en el mundo de las cosas.

En determinadas coyunturas históricas los templos del algo son lugares sangrientos donde la conciencia-cosa es sacrificada a las fuerzas del cambio, al poder del algo, y en otras épocas o civilizaciones los templos de este trascendental son moradas de las fuerzas generadoras de los cambios, que imperan con rostro sereno sobre los trabajos de los hombres.

La figura humana o animal manifiesta en este sentimiento el rasgo de ser portadora de una fuerza que domina su soporte material y que se expresa con indicación de violencia o con una sonrisa enigmática que interroga desde el algo al asombro de los hombres.

El simbolismo de la fuerza es una manifestación estética peculiar de este trascendental, en cuyos símbolos los materiales del artista expresan abstractamente, con la riqueza que el trabajo ha incorporado en las cosas, el poder de cambio oculto en la materialidad de las mismas. La manifestación del algo, como el contenido estético de todo trascendental, es una posibilidad del artista de todos los tiempos pero el contenido estético del algo no es fácil de manifestarse pues no es fácil lo admirable.

El arte de este trascendental siempre atraerá los sentimientos del hombre cuando éste busque un motivo o una esperanza para su capacidad de asombro.

 


VIII - REFLEXION FILOSOFICA: LA FISICA

Ningún trascendental es una manifestación exclusiva del pasado. Todos los sentimientos estudiados tienen vigencia actual, capaz de asimilar los resultados de la evolución anímica del hombre. La reflexión filosófica constitutiva del algo expresará la comprensión actual de la fuerza, tanto en la esfera natural como en el campo de la conciencia.

La física es la comprensión del algo como fuerza manifestada en un poder de cambio, que actúa tanto en el plano material como en la realidad inmaterial del sentimiento. En un comienzo la física expone su interpretación de la fuerza como una polaridad suministrada por la experiencia, que actúa en las transformaciones de las cosas. Dicha polaridad se convierte más tarde en una multiplicidad de fuerzas, productora de los cambios, donde cada fuerza representa una instancia determinada de la acción. La física contemporánea ha cumplido un gran avance al suprimir la res del concepto de la fuerza y al comprender a la misma como una manifestación de la energía.

La energía constituye la nueva potencia cuya forma es la estructura de la fuerza. La liberación de la energía es el proceso por el cual se desintegra la estructura actual de la energía, produciéndose simultáneamente su inserción en una nueva estructura, o la destrucción del mundo circundante.

Existe también una física de los sentimientos, propia del trascendental aliquid que estudia los sentimientos en cuanto fuerzas. El trascendental se revela a la misma como el sentimiento más fuerte de la conciencia, capaz de proyectar todo un orden existencial; pero la experiencia revela que una conciencia es capaz de vivir actual o virtualmente varios sentimientos y que una misma conciencia puede actuar conforme a los constituyentes de distintos trascendentales. Una conciencia que pertenece al trascendental del bien, revelación del sentimiento de la ternura, y que experimenta ese querer con respecto a otra conciencia, objeto del mismo, puede actuar sin embargo en la esfera política conforme al constituyente del aliquid, o en la esfera económica conforme al constituyente del deseo. Esto revela la existencia de una relatividad psíquica en la conciencia, consistente en su posibilidad de experimentar y actuar conforme a varios trascendentales, hecho que exige la existencia de un valor absoluto de referencia. Este valor absoluto es la conciencia ajena, en cuanto yo individual término del sentimiento dominante. Es esta conciencia, objeto del trascendental más alto de una conciencia particular, la que suministrará el indicador del sentimiento que preside la vida del sujeto, y la misma no podrá ser sacrificada a los constituyentes de otros trascendentales sin la destrucción del propio trascendental y la caída de la energía psíquica en una forma anterior.

La lucha de la conciencia consistirá en estructurar el mundo conforme a su trascendental, a fin de mantenerlo en la pugna que caracteriza no sólo la vida de una conciencia individual, sino al conjunto de conciencias que hacen la vida de un pueblo.

La conciencia madura actuará en cada circunstancia teniendo en cuenta el conjunto de conciencias que constituyen su realidad, pues su vida deberá forjarse en un medio humano que contiene toda la variedad del sentimiento.


IX — CONCIENCIA RELIGIOSA: EL ORÁCULO

La intuición religiosa propia del trascendental aliquid permitirá a la conciencia la posesión de las fuerzas naturales y anímicas por medio del oráculo. El oráculo es la comunicación de la conciencia con la fuerza del algo. Es el medio de que dispone la conciencia humana para insertar su acción en el juego de las fuerzas cósmicas.

Las fuerzas cósmicas son vividas en la plenitud de este trascendental como las mismas que actúan en el interior de la conciencia. Su transcurso no es susceptible de ser alterado por la voluntad humana, pero sí aprehendido intuitivamente por la conciencia religiosa, la cual puede evitar, dentro de límites precisos, las evoluciones desfavorables. Para ello es importante que la conciencia consulte al oráculo al comienzo de una evolución, en el principio de un cambio, cuando el psiquismo humano es aún plástico para la adaptación favorable.

El oráculo es la expresión de la fuerza inmanente en el sentimiento del hombre, en cuanto la misma coincide con su manifestación natural, externa a la conciencia. Constituye la palabra o indicación que expresa la unión del sujeto y del objeto en la conciencia religiosa de la admiración. Es la intuición plena de la fuerza del algo en el sentimiento del asombro. En tal sentido, el oráculo es una vivencia religiosa abierta a cualquier conciencia capaz de experimentar admiración ante algo. Esa admiración ante el cambio es la fe en la fuerza que lo origina. Por ello la tradición religiosa conserva el testimonio de la negativa del oráculo a responder más de una vez al mismo preguntar de la conciencia.

Muy variado es el simbolismo oracular en su presentación ante la conciencia; de hecho, son múltiples las manifestaciones naturales que pueden proporcionar al sujeto la respuesta que solicita. El medio dependerá de la capacidad de identificación de la conciencia particular con la fuerza que interroga.  “El oráculo no dice ni oculta, sino que indica” (Heráclito) .Y se denomina Fe al sentimiento que recibe el mensaje. 

En ese sentido cualquier lugar de la tierra está abierto al poder oracular de la conciencia. En cualquier punto la conciencia puede solicitar la respuesta de las fuerzas del cambio, pues dichas fuerzas, en estado actual o latente, están presentes en todo el ámbito de la existencia.

Pero existe una localización particular de la fuerza, que hace a un punto más apto que otro con respecto a la fuerza mediadora del oráculo.

El poder oracular de la conciencia es susceptible de desvirtuarse en la superstición y en los sucedáneos propios del trascendental res, donde son las cosas y no el algo quienes suministran sus conclusiones al sujeto. De hecho, sólo las conciencias capaces de la integridad del asombro pueden consultar provechosamente a las fuerzas psíquicas que les son inmanentes. En el poder oracular se expresa la intuición del sentimiento del trascendental aliquid acerca de la propia estructuración de la energía, intuición que le permite a la conciencia construir su mundo conforme a la libertad que le indican los cambios del algo.

 


 

 

 

 

 

III

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL TRASCENDENTAL

PULCHRUM

 

 

 


I — MODO DE CONCIENCIA: EL AMOR

 

Para el sentimiento del amor la fuerza del algo se ha fijado en la manifestación humana como belleza. La belleza es la fuerza que atrae irresistiblemente a la conciencia, desde la forma exterior de la conciencia ajena. El amor representa un nuevo paso en la interiorización de la energía, la cual aparece ahora como la fuerza de la belleza humana corporal.

La conciencia humana, como manifestación sensible, se identifica a la imagen de ese nuevo término del sentimiento del yo.

El objeto del yo es para el amor la energía anímica en cuanto aspecto, y dicho aspecto es la belleza, descubrimiento de la conciencia en el nuevo trascendental.

El aspecto de la energía anímica es primordialmente la forma del cuerpo humano, la cual suministra el canon de la belleza al resto de su contorno. La actividad humana propia de este trascendental consistirá en la creación de un mundo conforme a las formas de la belleza humana, término central del amor.

La fuerza de los cambios está presente en la fuerza de la belleza como algo que debe dominar el sujeto de amor para identificarse con su objeto. El cambio subyace en la belleza como amenaza o esperanza del amante, que procura la permanencia de su unión con el ser amado.

El sentimiento del amor trasciende la estructura del deseo y las determinaciones del sexo. El amor es el sentimiento de la belleza de la forma humana corporal, experimentada como manifestación de la armonía del alma. La belleza es el trasunto corpóreo de una energía psíquica que se manifiesta íntegramente en este trascendental como aspecto.

Esta belleza reserva para el amante las polaridades propias de toda fuerza, pues la belleza es el poder de la forma corporal sobre el sentimiento. Es la forma que se ha desprendido de la sonrisa enigmática del algo, y que reserva para el yo todas las alternativas de la vida y la muerte.

La fuerza del deseo aparece transformada en el sentimiento del amor en un grado superior de la interiorización de la energía.

No hay amor sin deseo, pero el sentimiento de la belleza se ejerce no ya sobre cosas sino sobre cuerpos investidos por una conciencia libre, independiente de la voluntad del sujeto. La libertad de la conciencia es la luz que alborea en la belleza del cuerpo, objeto de nuestro amor, y una imagen de libertad es la que proyecta sobre el mundo la acción del ser amado.

El sentimiento del amor es el que descubre el trascendental de la belleza en la forma del ser humano. La belleza es revelación del sentimiento no en cuanto forma que no afecta a la conciencia del observador, sino en cuanto fuerza que lo atrae imperiosamente invitándolo a identificarse con ella misma.

Una belleza incapaz de inspirar amor no es el objeto de este trascendental, sino que corresponderá a estructuras propias de otro grado de evolución psíquica.

La belleza es el descubrimiento del amor; es la polaridad que atrae al amante como la plenitud de la forma corporal que se ofrece al sentimiento.

 


II - FACULTAD COGNOSCITIVA: LA IMAGINACIÓN

 

La facultad cognoscitiva del amor es la imaginación. Así como el algo es el objeto de la admiración, la imagen de la belleza es el término del amor. En el conocimiento de la belleza no está excluido el juego de las restantes facultades cognoscitivas pero su intencionalidad está sometida al objeto que les presenta la imaginación.

La belleza humana es la imagen central del trascendental pulchrum pues sólo ella puede ser término del amor. El amor que la conoce es un conocimiento amante cuya capacidad imaginativa está estructurada como la fuerza que es la imagen del ser amado.

La belleza del mundo natural o inanimado puede ser aprehendida por el sentimiento de otros trascendentales, lo mismo que la belleza de los seres que amamos, pero en tal caso la belleza no será el trascendental dominante en la conciencia y su imagen estará subordinada a la intencionalidad de otro sentimiento que el amor.

Sólo para el amor la belleza puede constituir el término de un trascendental. Sólo el amor conoce la belleza en cuanto la fuerza de la imagen sobre el sentimiento.

Dentro de otros trascendentales la belleza puede ser la compañía que la imagen presenta a la bondad de una conciencia, o la visión de la ley en la estructura de las formas de la materia, pero en tales casos la belleza no será el objeto dominante del sentimiento, sino un constituyente subordinado a la estructura de otro trascendental.

Cada trascendental tiene su contenido estético, pero sólo un trascendental, el determinado por el sentimiento del amor, tiene al contenido estético de la forma humana como término de su sentimiento.

Pero la belleza que aprehende el amor no es la verdad de la conciencia sino su imagen. El amor comprende el carácter de imagen de la conciencia ajena y se agota en dicha imagen. Cuando el sentimiento ha trascendido la imagen de la conciencia para descubrir su verdad y procura identificarse con la verdad de la misma, esto es, con su imagen interior, se obtiene entonces la perfección del amor, que no cede ante ningún sentimiento.

El mundo del amor es pues el mundo de la imagen, provisto de la misma solidez ontológica que la de cualquier trascendental y en el cual la belleza del ser amado es la evidencia fundamental de la conciencia.

Esta consideración nos permite advertir la distinción de contenidos que expresa el empleo del término belleza, según el trascendental donde se experimente.

En el trascendental pulchrum, la belleza natural será el contorno de fuerzas que rodea a la imagen del amor, la cual se desprende de su medio como del altar la ofrenda.

Las determinaciones de la belleza susceptibles de ser aprehendidas en otros trascendentales son las virtualidades contenidas en la imagen del amor, que las funde a todas en la perfección del cuerpo humano y en la luz de la libertad individual que penetra su imagen.

 III - HIPOSTASIS TEMPORAL: EL PRESENTE

 

En el templo de Poseidón, en cabo Sunium, obtuvimos el conocimiento de que el presente era el sentido del tiempo para el sentimiento del amor. Entre las columnas interrumpidas del templo nos pareció revivir ese presente de la belleza que fue la hipóstasis temporal del mundo griego. Pero a toda conciencia capaz de amar el sentido del tiempo podrá presentársele como la plenitud del presente en la imagen del ser amado. La hipóstasis temporal revela el sentido dominante del tiempo de cada sentimiento y el objeto del amor indica que la plenitud del tiempo se ha hecho presente para la conciencia.

La lucha del amante consistirá en conservar la presencia del ser amado. Su acción tendrá por meta mantener esa presencia frente a las fuerzas que conspiran por hacerla desaparecer. De ahí el dolor que acompaña al sentimiento, al pretender el amante dar permanencia a una imagen sometida a las fuerzas del cambio y que sólo transitoriamente puede sustraer al poder de las mismas.

Pero el amor también es una búsqueda del término del sentimiento, un querer hacerlo presente al anhelo de la conciencia, visualizarlo en la intencionalidad que la domina, y que sólo puede descansar ante la imagen humana que responda a la imagen latente del sentimiento.

La conciencia del trascendental pulchrum vivirá para hacer del mundo y de las conciencias una imagen subordinada al término de su amor y para plasmarlos en el sentimiento del tiempo que es el constituyente del nuevo trascendental.

Porque el sentido pleno del presente es el amor, y la ausencia del ser amado, es el dolor de un presente vacío de su propio objeto.

La hipóstasis temporal del presente es una instancia más de la relación espacio-tiempo en el término del sentimiento, pues el sentido del presente exige la supresión de la distancia entre el sujeto y el objeto del amor, y el alejamiento de los mismos es el vacío y el dolor que se introduce en el presente metafísico de la conciencia.

El anhelo de la presencia del ser amado responde a la estructura temporal del sentimiento del amor, la cual requiere la presencia del ser amado para que la conciencia actualice la plenitud del sentimiento.

La hipóstasis temporal nos revela que además del transcurso físico del tiempo existe una dimensión metafísica del mismo inmanente en cada trascendental. Los sentidos metafísicos del tiempo manifiestan los mismos grados de interiorización que los que distinguen los términos de cada sentimiento.

Después de interpretar el tiempo como una relación de distancia entre la conciencia y el término del deseo, o como una constelación de los cambios en el objeto de nuestra admiración, en el trascendental de la belleza el tiempo revela su capacidad metafísica de ser un presente pleno, que el sentimiento busca actualizar suprimiendo la distancia material o psíquica que lo separa de su objeto.

El tiempo utilitario o físico de la existencia cotidiana es un devenir sometido al sentido metafísico del tiempo, tal como se manifiesta en la hipóstasis temporal de cada sentimiento.

 


IV - CONDICIÓN ETICA: EL VALOR

 

El constituyente ético del sentimiento del amor revela un grado mayor de libertad en la conciencia que con respecto al trascendental del algo. Si para el sentimiento de la admiración el sacrificio era la aceptación de la negatividad del algo, la condición ética del nuevo trascendental implica además el desafío de la negatividad por parte del sujeto.

Tal acontece con el constituyente ético del valor, virtud que integra la estructura del nuevo trascendental, y que se ejerce no sólo en lo que atañe a la conciencia término del sentimiento sino en todo lo que emprende el sujeto del mismo.

El término del sentimiento puede ser no sólo una conciencia, sino el medio humano o el agregado de conciencias que constituyen el organismo político. Este amor por un pueblo puede ser el aura que acompaña al sentimiento hacia una conciencia, pero puede ser también un sucedáneo a la individuación del mismo.

Amor individual o amor colectivo, ambos requieren del valor del sujeto para poder ser amor. Por ello el héroe es siempre el amante de alguien, aunque ese término sea su propia conciencia, portadora de un sentimiento de amor.

Pretender amar sin poseer la virtud propia del sentimiento es una superchería del yo, que se equivoca en cuanto a sus propios sentimientos. El amor, sin la virtud correspondiente del valor, no es más que una elaboración del deseo, en el que se refugia la conciencia para resguardarse en la permanencia de las cosas.

La irrupción del deseo en el trascendental de la belleza es una caída del yo, una caída que podrá ser vivida como la disminución o vergüenza de la conciencia. La destrucción del sentimiento del amor se produce no sólo por la pérdida de su virtud propia, sino también por la acción sin belleza, en la cual el sujeto o el objeto del sentimiento son despojados de la interioridad de su trascendental. En la belleza de la conciencia están presentes las condiciones que permiten una convivencia armónica entre los hombres, y si el valor del sentimiento fuera empleado en la destrucción de las mismas, éste no sería la virtud de una conciencia bella, sino la expresión de un yo animal, rayano con el mundo del deseo.

El sentimiento del amor es respeto por la belleza del ser amado, veneración por la interioridad que lo ha elevado sobre la categoría de las cosas y que penetra su manifestación corporal como el alborear de la libertad. El odio es la negatividad del sentimiento del sujeto en su relación con otra conciencia, en cuanto la libertad de ésta le niega la identificación con su imagen. La negación o destrucción de la imagen será entonces la expansión propia de una energía que se resiste a las leyes de su estructura. La superación del amor puede acontecer en la conciencia madura dentro del trascendental de la verdad, en el cual el sentimiento ha logrado perforar la imagen del amor para llegar o la verdad del ser amado. Pero el odio es la destrucción de una estructura por parte de un sujeto incapaz de aceptar  la verdad de la imagen de su sentimiento, y que busca la destrucción de su sentimiento en el término del mismo. El odio, como la negación en el ejercicio de todo sentimiento, es un indicador de que la conciencia ha experimentado una amenaza contra su sentimiento, o de que no ha podido mantenerse en un determinado grado de su evolución, cayendo sus energías en la estructura de la animalidad, o de algún trascendental anterior.

 

V - RELACIÓN ECONOMICA: LA COMUNIDAD

 

En este tratado se persigue el propósito de exponer racionalmente una experiencia del sentimiento. Los constituyentes estudiados no tienen una fundación racional sino que expresan una estructura necesaria del sentimiento, accesible a la experiencia de cualquier conciencia lo suficientemente madura como para tener una vivencia plena del mismo.

Las relaciones económicas que estudiamos como uno de los constituyentes de cada trascendental expresan la ley de apropiación que rige para cada conciencia según el sentimiento dominante en la misma. Dicha ley se manifestará como el ejercicio de la apropiación con respecto a la conciencia, término del sentimiento, y analógicamente, con respecto a todos los objetos de su contorno.

Conforme a esto, la relación económica que rige en el sentimiento del amor es la comunidad de bienes con el ser amado, o con el agregado de conciencias que se presenta como un sucedáneo o un aura de su individuación.

Esta comunidad dura tanto como el amor y responde a la necesidad de hacer presente en el mundo material la identificación que procura el sujeto con el término de su sentimiento.

Cuando el amor es el sentimiento prevaleciente de un agregado de conciencias, la comunidad de bienes es la tendencia general en las motivaciones económicas del grupo: los bienes se adquieren para comunicarlos con el ser amado. Y la comunicación de bienes es una exigencia de la identificación procurada por el sujeto del sentimiento con la forma exterior de la conciencia ajena.

Pero si la comunidad de bienes es el constituyente económico del trascendental del amor, no debemos por ello creer que todo comunismo es la relación propia de este trascendental, pues puede existir un comunismo de bienes impuesto sobre un agregado de conciencias y una apropiación de los mismos por parte de una minoría actuante en un nivel superior.

Pero generalmente la idea de un comunismo de bienes es generada por una conciencia motivada racionalmente por un sentimiento de amor.

La relación económica de este trascendental es la motivación subyacente de todas las sociedades constituidas para beneficio colectivo de sus miembros. Ella rige en la actualidad, cualquiera sea el signo económico de la nación estudiada, dondequiera que empresarios y trabajadores se proponen la obtención de un beneficio común, y constituye un instrumento imprescindible en el crecimiento económico de grupos y naciones.

El sentimiento de amor hacia su propio grupo, y la reciprocidad que el mismo puede despertar en la conciencia colectiva, es una fuerza que acompaña a los dirigentes de las épocas creadoras, suministrando condiciones de entusiasmo en la producción de bienes comunes.

La comunidad de bienes es una relación económica que se ejerce entre conciencias vinculadas por un sentimiento de amor, independientemente de otras relaciones de apropiación que coexistan en la misma sociedad.


VI - ORGANIZACIÓN POLITICA: LA DEMOCRACIA

 

El estudio del sentimiento nos permite descubrir el sistema de relaciones que abarcan todo el campo de la actividad humana en calidad de una estructura cuyos constituyentes se exigen recíprocamente. Su utilidad puede consistir en robustecer la comprensión del ser humano frente a los desafíos ideológicos de su época y permitirle desenvolver su vida conforme a las leyes que se desprenden del fundamento de su conciencia.

La democracia es el tipo de organización política que corresponde a la prevalencia del amor en el agregado de conciencias de una comunidad. Como cada conciencia procura proyectar la evidencia de su sentimiento en todo el campo de su actividad, la democracia es el tipo de organización política evidente para una convivencia política fundada en el amor.

Del mismo modo que la comunidad de bienes es el constituyente económico del trascendental pulchrum, la comunidad del poder político es la imagen de organización social perseguida por el sentimiento del amor. Esto nos permite apreciar que la comunidad de bienes y el consenso mayoritario en las decisiones públicas son constituyentes estrechamente relacionados por el sentimiento común que los fundamenta, por más que las imágenes de los mismos sean deformadas o empañadas por la realidad.

La realidad humana es el juego prácticamente ilimitado de la totalidad de sentimientos de las conciencias que la componen, y el predominio colectivo de un trascendental no es nunca un hecho indisputado o suficientemente fuerte como para suprimir el poder de los otros sentimientos.

En la práctica, los tipos de organización de la realidad, en todos sus aspectos, responden a un compromiso de los intereses o motivaciones dominantes, en cuyos orígenes siempre podemos rastrear un sentimiento que los fundamenta.

Pero no por ello la democracia dejará de constituir la imagen política de un pueblo inteligente y joven, y quienes quieran prescindir de esa imagen deberán gobernar sin la fuerza que puede generar el sentimiento de la belleza, quizás el motor más poderoso de la sociedad humana.

Aspecto fundamental de la democracia es el acto de consenso de los gobernados, con respecto a la gestión de la élite que gobierna en su nombre. Tal consenso es la aprobación que se presta a una gestión inspirada en la conveniencia común, por personas cuyas conciencias encarnan una imagen de amor colectivo y cuyas creaciones responden al anhelo de belleza de la comunidad.

El hecho de que la democracia sea una imagen política en nada menoscaba su vigencia, pues también la realidad es una imagen del sentimiento de amor.

 


VII - CONTENIDO ESTETICO: LA IMITACIÓN

 

El contenido estético del trascendental que estudiamos es la imitación de la imagen de amor. Lo que imita el artista en este trascendental es la imagen que le suministra el sentimiento del amor. Dicha imagen es en primer lugar el ser amado, y luego es el mundo que lo rodea, lo amenaza y lo acompaña. El mundo natural es el conjunto de fuerzas que rodean a la imagen para propiciarla o destruirla. En la imagen está presente la ley de la verdad como armonía de la belleza.

El arte garantiza a la imagen una perpetuidad que le niega el tiempo físico pero que anhela el sentimiento. Por ello sus imitaciones son creadas para que duren siempre. Para que siempre recuerden a la conciencia la eternidad del presente que es la evidencia de su sentimiento.

Pero la hipóstasis temporal no puede sustraer a la imagen de su posible desaparición y entonces el arte es el monumento de una imagen que el tiempo físico disputa a la eternidad. Con la desintegración de su imagen de amor, la conciencia experimenta el comienzo de su apertura hacia un nuevo trascendental.

Pero antes de entregarle su energía, evoca en palabra, mármol o canto la imagen que fue, y la llama desde un presente que marca su desaparición en la ausencia del objeto de su amor.

No otro motivo tiene la nostalgia del contemplador ante los restos de un arte que fue la imitación de la belleza. Es la nostalgia de la conciencia madura por un sentimiento que ha perdido en el dolor, o que se representa ahora con la doble faz de dicha y dolor que es la verdad de su imagen. La hipóstasis temporal de amor es también un tiempo de juego, que presenta a la conciencia la alegría de la expansión sin finalidad de su energía, o sin otra finalidad que la de unirse mediante el juego con el término de su amor. Por ello el contenido estético de este trascendental es también imitación del juego, expansión de cuerpos tan jóvenes como sus almas, entregados a la divina despreocupación de la belleza.

Los Dioses son asimismo la perennidad de las imágenes del amor, y el hombre les entrega le permanencia de sus propias imágenes y la custodia de sus sentimientos, plasmados en obras que son testimonio de su fe.

El trascendental de la belleza siempre espera el tiempo oportuno para revelarse a cada conciencia individual. El ser amado puede constituir el término más elevado de un alma, la cual renunciará a la vida por seguir a su imagen de amor cuando ésta se sumerja en el devenir de los cambios. La conciencia puede llegar también a perforar la imagen de amor hasta comprender su verdad y quererla cuando se le revela plena de contenido.

Pero el arte de la belleza será siempre la imagen de una imagen, solemne y permanente cuando revela la evidencia de su temporalidad; sonriente, cuando la conciencia ajena se ofrece al amor del artista; dolorosa y lúgubre cuando expresa el odio o el peligro que amenaza a su precaria eternidad.

Cuando el amor llega a la plenitud de su trascendental, el sentimiento encuentra, en cualquier época, al artista que imite su imagen, o que exprese, como puede hacerlo el hombre, su desaparición.

 

 VIII - REFLEXION FILOSOFICA: LA COSMOLOGIA

 

La filosofía del trascendental pulchrum es la reflexión sobre el orden de amor que constituye la imagen del mundo y de la conciencia. La ética es la acción humana coincidente con ese orden y sus postulados ilustran la integración necesaria de todo pensamiento filosófico con una conducta de la conciencia.

El alborear de la inteligencia es fuerte en la imaginación, como lo revelan las leyes del mundo, del alma y de la conducta, que descubre esta facultad cognoscitiva del amor. Dichas leyes son imágenes de amor y expresan la armonía de la imagen bella.

El hecho del que el sentimiento del amor sea la motivación dominante del mundo y el fundamento de la existencia, es un descubrimiento que se obtiene en el estudio de las causas y que se revela en la clave de los sistemas: "mueve en cuanto amado", afirmaba Aristóteles del Principio Supremo.

Las cosmologías que expresan la comprensión filosófica del trascendental pulchrum, abarcan todo el orden de la realidad, manifestando la necesidad del sentimiento de poseer reflexivamente su mundo. Pero fueron elaboradas, generalmente cuando otro sentimiento había irrumpido en el alma del contemplador y despertado el diálogo entre el amor y la amistad.

El pensamiento del amor o imaginación, llega a aprehender la estructura materia y forma, inteligible y sensible, razón y materia, que constituye el fundamento de la realidad. Con este descubrimiento, el sentimiento del amor aprehende reflexivamente su propio carácter estructural en la unidad de la imagen.

Tal descubrimiento equivale al descubrimiento de la libertad, en cuanto la conciencia humana aparece como una forma  bella elegida libremente por el sujeto correspondido por la libertad de otra conciencia. Pero el mundo es también una imagen de libertad, capaz de ser plasmado por la idea, esto es, por la imagen bella de la conciencia.

El descubrimiento del carácter plástico del mundo, su origen a partir de la libertad de la forma o de la idea, es una experiencia que no será desmentida por los habitantes del amor. El amor es un poder de proyectar imágenes sobre el mundo, de plasmar la materialidad de éste con la forma de la conciencia, y de subordinar todos sus aspectos a la evidencia de la belleza.

En el complejo de la vida humana la acción de este sentimiento parece limitada ante la confrontación de los otros sentimientos que se disputan la realidad. Ante todo debemos reiterar que el objeto de un sentimiento vale para quienes lo experimentan y que sólo la conciencia amante puede conocer el mundo del amor. Y en segundo lugar esta constatación nos permitirá advertir en la vida la verdadera importancia de cada manifestación, cuando está animada por la evidencia afectiva del sentimiento.

La reflexión filosófica del amor surgirá siempre que la conciencia procure comprender la belleza de la conciencia ajena como un hecho donde se hace presente el sentido del mundo.

 

IX - CONCIENCIA RELIGIOSA: EL PAGANISMO

 

El paganismo es la religión del sentimiento del amor, revelada por la intuición de la belleza. En el paganismo, la Divinidad se hace presente en la belleza del ser humano, como un hecho que no necesita de otro fundamento que de sí mismo.

Es la religión del presente, porque el sentido del tiempo se ha revelado como una presencia del término del sentimiento, que se mantiene sobre el fluir de los cambios.

Los Dioses del paganismo son las esencias de los cambios experimentados como imágenes de amor. El amor es en el paganismo el sentimiento dominante de los Dioses y de los hombres. En el amor el ser amado es el Dios del amante.

Las ciencias y las artes son los conocimientos que el amor imparte a la conciencia humana para permitirle plasmar su mundo. Y los Dioses son las esencias de las fuerzas anímicas que permiten al hombre despertar en el mundo de la libertad.

El ser amado es la Divinidad del amante, capaz de arrastrarlo en su descenso al Hades, donde el presente de la tierra se transforma en un anhelo de inmortalidad. Porque el objeto del amor es la esencia de la conciencia, y su ley le obliga a comunicar con su objeto incluso en su desaparición.

El descubrimiento de los Dioses y de la divinidad del ser humano es una revelación de la fuerza que acompaña a la plenitud del amor. Si la conciencia de su existencia se ha debilitado es porque el sentimiento del amor ha perdido la plenitud de su trascendental.

El Dios es no solamente dispensador de vida sino de muerte; no es solamente amante, y las transgresiones del hombre para con El son castigadas con la flecha invisible de su fuerza.

Pero los Dioses no mueren, como tampoco el amor de los amantes, porque son las esencias de fuerzas eternas descubiertas por el corazón. Pueden alejarse del presente terrenal del hombre, pero el tiempo donde habitan es la eterna belleza, y sus existencias, la oposición y el equilibrio de las fuerzas naturales que la alimentan.

La belleza es la moral de los Dioses, y su bondad no excluye el holocausto de la vida humana en el tiempo del amor. Por eso "joven muere aquel a quien ama un Dios", arrebatado por la fuerza amante que lo generó y que lo siega en la plenitud del presente, sin permitirle conocer otro sentimiento que el de su amor.

Los Dioses son celosos del ser amado y retribuyen con su odio a una libertad que pretenda trascenderlos. Ellos encarnan en los mortales la pugna de amor que es el juego de las fuerzas cósmicas. El amor es el don que han hecho a los hombres, al precio de la vida del corazón.

Pero los Dioses y los hombres tienen también su mediadora hacia el templo de otra Divinidad, en la cual la belleza resplandece bajo otras formas y en otra materia que la descubierta por el amor. Aparece entonces en el seno de los Dioses, Pallas, de los ojos glaucos, Diosa de la sabiduría, y descubridora de la paz.


 

 

 

IV

 

 

 

 

 

 

EL TRASCENDENTAL

VERUM

 

 

 


I - MODO DE CONCIENCIA: LA AMISTAD

 

El término del sentimiento de amistad es la verdad de la conciencia ajena. Amamos la belleza de la conciencia ajena pero somos amigos de su verdad. La verdad es una fuerza latente en la imagen de la belleza y aunque el amor predomine en una conciencia, deberá resistir, durante su transcurso, la confrontación con la fuerza de la verdad. El trascendental de la verdad no tiene por qué prevalecer en esta pugna de sentimientos: La vida presenta abundantes ejemplos de seres que son amados pese a su escasa verdad.

La capacidad de amistad por parte de una conciencia revela una alta jerarquía que pocos seres humanos viven en su plenitud, pues las dificultades para la amistad son las mismas que experimentamos para la obtención de la verdad.

Generalmente una solidaridad de gustos e intereses merece el nombre de este sentimiento. Pero al estudiar el sentimiento no debemos alejarnos de la realidad concreta de la persona humana, esa unidad fluida de sentimientos, donde uno de ellos parece despejarse, en cada circunstancia, como la motivación central del yo. Las circunstancias materiales pueden solicitar a una persona hasta el punto de inhibirla para una evolución completa de su energía.

Lo que llamamos amistad es muchas veces un interés, una aventura, o una admiración en común, establecidas entre conciencias que tienen que prevalecer en un medio indiferente u hostil. De hecho, las determinaciones del deseo no pueden suprimirse de la conciencia, pero sí ser subordinadas a estructuras anímicas superiores. Cuando los intereses de la conciencia aparecen supeditados a una comprensión de la verdad, entonces es la amistad el sentimiento que descubre la nueva interioridad del yo.

La verdad para el trascendental verum no es la adecuación del pensamiento con la cosa sino la adecuación del sentimiento con la acción, tal como se revela al sentimiento de la amistad. El nuevo objeto del sentimiento no aparece en la conciencia bajo la forma de la imagen, sino como una ley generada por el sentimiento en los planos teóricos y prácticos de su actividad. Pero esta ley no es una forma inmóvil, sino que debe expresar en su universalidad el carácter evolutivo de las energías conscientes.

La enemistad es por el contrario el sentimiento que despierta la ausencia de verdad en la conciencia ajena, al manifestar ésta contenidos aparenciales, en contradicción con sus sentimientos, o deficientes en su captación de la universalidad del sentimiento; o cuando pretende imponer una opinión o interés en actos que revelan la ausencia de libertad de la propia conciencia.

La verdad es un objeto del sentimiento que expresa una adecuación entre sentimiento y acción sólo susceptible de ser verificada en la comunicación de las conciencias. La amistad es la superación del solipsismo de la conciencia en el trascendental de la verdad, y la vida de la misma consiste en el enriquecimiento incesante y recíproco de esa verdad que constituye su objeto.

 


II - FUNCIÓN COGNOSCITIVA: LA INTELIGENCIA

 

La facultad cognoscitiva es la reflexión sobre sí mismo del sentimiento de cada trascendental. Dicha reflexión depende de la estructura propia del sentimiento, reveladora de una interioridad determinada en el sujeto y en el objeto de la intencionalidad afectiva.

Si la inteligencia fuera una facultad independiente del sentimiento, no podría conocer la verdad de la conciencia ajena como interioridad de su sentimiento, sino que su aprehensión estaría limitada a los contenidos intelectuales de dicha conciencia.

Pero la experiencia nos enseña que en el trascendental verum la inteligencia conoce los sentimientos del otro yo, los compara con los contenidos de su acción teórica y práctica, y determina la verdad de la conciencia ajena en la adecuación de sus sentimientos con su acción.

Este conocimiento del sentimiento por parte de la inteligencia es posible porque toda facultad cognoscitiva es la estructura de una reflexión del sentimiento en sí mismo, conforme a grados de interiorización que corresponden a una necesidad de la energía consciente. Los contenidos verdaderos de la conciencia son formas o leyes en permanente evolución, mediante las cuales la conciencia manifiesta su acción contemplativa o práctica sobre el mundo.

La estructura de la energía anímica en este trascendental obliga a la inteligencia a una progresión infinita en un campo de relaciones cuyo núcleo es la verdad, pero esa movilidad no debe afectar la verdad de la conciencia, sino por el contrario enriquecer la adecuación que la fundamenta.

Los principios lógicos no son ciertos para las cosas, ni para el algo, ni para la imagen, sino para la verdad de la conciencia, revelada al sentimiento de este trascendental. Es la verdad de la conciencia la que es idéntica a sí misma, no la cosa que como objeto del deseo es indiferente a su identidad; es la verdad de la conciencia la que no puede ser y no ser simultáneamente, no el algo que no tiene otro ser que su cambio; es la verdad de la conciencia la que es o no es, no la imagen, cuya verdad puede ser su aniquilamiento; es finalmente, la verdad de la conciencia ajena, la razón de nuestra amistad y recíprocamente, la fuerza de este sentimiento es el medio para descubrir la verdad de los demás y derivadamente, de las relaciones del mundo.

La inteligencia nos permite comprender la verdad del yo, como una adecuación dinámica entre sus sentimientos y los contenidos de su acción, pues las leyes que contienen su acción, deben expresar un progreso indefinido en las relaciones de la realidad.

Pero la progresión de la verdad no es nunca negación de la estructura de este trascendental, ni modificación de su ética, sino enriquecimiento indefinido de la identidad que la fundamenta y que es el criterio de verdad para todos los descubrimientos de la inteligencia.

La verdad de un contenido debe enriquecerse en el transcurso de una vida y en la sucesión de las generaciones humanas porque la evolución es la ley de la energía consciente. Favorecer ese crecimiento es comunicar con las energías de nuestra naturaleza y cooperar conscientemente en una creación que culmina con el concurso de los sentimientos del hombre.


III - HIPOSTASIS TEMPORAL: EL FUTURO

 

La verdad del amigo debe resistir la prueba del futuro. Los contenidos de su verdad deben crecer y mantener su identidad en el transcurso del tiempo. La acción de su sentimiento, manifestada en la actividad teórica y práctica de su inteligencia, debe probar que ha trascendido las determinaciones de los trascendentales anteriores. El futuro permitirá comprobar que la verdad del amigo no es un objeto del deseo, ni algo sometido a las fluctuaciones de la fuerza, ni una imagen sin ley que rija su acción entre las conciencias.

El término del sentimiento de amistad es la verdad de una conciencia, cuya identidad se postula para todo el futuro de su evolución. La verdad de este trascendental no es una plenitud que se ofrece en el sentido del presente, sino una evidencia que necesita del testimonio del futuro para ser confirmada. La belleza de la imagen no requiere otra prueba que su presencia en el sentimiento, pero la proyección del futuro es la temporalidad que condiciona el sentimiento de la verdad.

Las formas que la inteligencia presenta como esencias inmóviles y completas no son más que una imagen de la verdad, pues la esencia de la misma es contener en su núcleo un progreso ilimitado de referencias. Toda verdad evoluciona, pues el futuro es el constituyente de su temporalidad.

No por ello el presente ha desaparecido de la temporalidad del sentimiento que estudiamos, sino que existe en el mismo como agrado, aprendizaje y seguridad de la amistad, pero es el futuro la dimensión temporal conforme a la cual valoramos nuestro conocimiento y fe en el amigo. Cuanto mayor es el sentimiento de amistad de una conciencia, mayor es la seguridad en cuanto a la identidad futura del amigo en el desafío que le presentarán las circunstancias externas y las de su propia evolución interior.

Porque la verdad de este trascendental es fundamentalmente la identidad de la conciencia en todas las circunstancias de su evolución como pautas de acción teórica y práctica cuyas leyes expresan la vida de su contenido.

El futuro es la temporalidad de la verdad porque toda verdad es un núcleo de crecimiento y de proyección de nuevas referencias con respecto a la totalidad del mundo, las cuales se manifiestan como formas de contenidos conscientes iguales a las leyes de la realidad.

La verdad se obtiene mediante la comunicación de las conciencias en un sentimiento recíproco, pues todo lo que conocemos se lo debemos a nuestra comunicación o diálogo con otras conciencias, cualquiera sea el medio de comunicación empleado por el sentimiento.

También el conocimiento del pasado responde a una participación de amistad con las conciencias del mismo; y la asimilación de sus contenidos es una comunicación que la conciencia realiza proyectando por su intermedio un enriquecimiento ilimitado de su futuro.

Si la verdad de una conciencia amiga deja de atraernos, ello indica que quizás nuestra propia conciencia se ha debilitado para aprender, pues la verdad siempre evoluciona, nunca permanece inmóvil, y por ley de la propia estructura enriquece constantemente su contenido.


IV — CONDICIÓN ETICA: LA LEALTAD

 

La ética de cada trascendental expresa las condiciones de su posibilidad, esto es, de la autenticidad de su sentimiento. Un sentimiento es auténtico cuando viene acompañado por la voluntad del sujeto de cumplir con el constituyente ético de su estructura. En esto consiste la virtud de la conciencia: en poseer la fuerza que requiere el término de su querer.

El falseamiento del trascendental sobreviene cuando la conciencia pretende identificarse con el objeto del sentimiento sin poseer la virtud correspondiente al sentimiento que experimenta. La virtud no es un constituyente supérfluo en la manifestación del sentimiento sino la fuerza que le permitirá mantener su objeto frente al desafío de las circunstancias adversas, que inevitablemente se le presentarán. Y la inmoralidad de una conciencia, o su falta de ética, consistirá en pretender aparecer conforme a un sentimiento superior a su virtud.

La destrucción de un sentimiento obedece no sólo a la ausencia de su virtud sino también al surgimiento del sentimiento contrario en el campo de la conciencia. En ambos casos la pérdida de la conciencia, término de la intencionalidad del sujeto, es el resultado que arroja la imposible identificación o la inversión del signo afectivo del objeto; pero también el objeto del sentimiento puede perderse en la confrontación del querer humano, cuando diversos sentimientos pugnan por prevalecer en una conciencia. En estos casos revela su valor la jerarquía de los trascendentales pues sólo un sentimiento superior respeta los objetos del querer de los sentimientos anteriores. Los primeros trascendentales, en la secuencia de la evolución de la energía, son contrarios a las conciencias que se presentan a la intencionalidad de los trascendentales superiores. Existe en la vida humana una pugna de sentimientos u oposición de trascendentales que sólo una conciencia plenamente madura podrá evitar o reconciliar.

La caída es el dolor moral que acompaña a la pérdida de la conciencia que era objeto de un sentimiento superior del sujeto. Es el dolor que provoca la falta de virtud para mantener el término del sentimiento. La conciencia no puede caer desde un sentimiento que no ha experimentado, sino a partir de una estructura que constituía una posibilidad auténtica de su energía. E inversamente, la salvación consiste en tener la virtud de su sentimiento, esto es, en poder mantener la conciencia que es término del mismo.

No existe por lo tanto para la conciencia un solo tipo de salvación sino que hay tantos, como sentimientos fundamentales puede experimentar el yo. La salvación es relativa a las posibilidades estructurales de cada energía consciente, pues cada trascendental puede significar la posibilidad más alta de evolución de una conciencia particular.

En el trascendental verum hemos experimentado que el término que se ofrece al sentimiento de la amistad es la verdad de la conciencia ajena, y derivadamente, la de los contenidos de su acción teórica y práctica en el mundo. La virtud de este trascedental consistirá, por consiguiente, en la fuerza de la conciencia para respetar la verdad de su objeto, y esa virtud es la lealtad para con el amigo y subsidiariamente para con los contenidos de su acción. Un amigo puede equivocarse sin afectar por ello nuestro deber de lealtad con respecto a su verdad más íntima: la de ser capaz de amistad y poder dar a sus sentimientos contenidos universales con respecto a nuestro propio yo.

 

V — RELACIÓN ECONOMICA: LA PROPIEDAD

 

Las relaciones económicas del comunismo corresponden a la consideración del mundo como una imagen, plasmable por una voluntad de amor entre los hombres. Para el sentimiento de amistad, en cambio, los bienes son el soporte material de la intimidad de la conciencia, cuya apropiación particular es requerida por el sentimiento como sustrato de su verdad. La verdad sólo surge en la intimidad de la conciencia, en condiciones de independencia material del sujeto con respecto a la naturaleza y a las circunstancias humanas que lo rodean. La comunión de bienes es propia de una conciencia plasmada en la uniformidad del riesgo y la aventura, en un medio humano cuya creatividad es más el resultado del concurso de la imaginación colectiva que de la elaboración personal.

La propiedad de los bienes somete a los mismos a la continuidad de la inteligencia, y a las leyes que permiten su acrecentamiento en el transcurso del tiempo. El determinismo causal y las leyes de interdependencia, descubrimientos propios de la mente humana, son las formas de productividad que establece la inteligencia en el orden material.

La inteligencia es, en el sentimiento de la amistad, la propietaria de los bienes, no sólo porque su surgimiento está condicionado a la apropiación particular de los mismos sino porque su acción descubre un nuevo factor en la producción material: la sumisión de la naturaleza a la aplicación mecánica de la ley.

En el trascendental de la verdad, la producción de bienes experimenta la misma expansión que los contenidos intelectuales propios de esta conciencia: el desenvolvimiento de la verdad en la comunicación de las conciencias es paralelo a la multiplicación de los bienes mediante la proyección de formas inteligibles sobre el mundo material. El desarrollo es la dialéctica de la economía bajo el sentimiento de la amistad.

Pero la verdad no es material blando y los procedimientos aplicados por la inteligencia en la multiplicación de las riquezas han distado muchas veces de satisfacer los requerimientos de humanidad hacia la fuerza de trabajo empleada en los mismos.

En realidad, el hombre ha sido un instrumento más en el mecanismo causal accionado por la inteligencia, y su presencia siempre ha sido molesta para una producción fundada en la aplicación de leyes rígidas sobre los materiales del mundo.

Muchas han sido las utopías alzadas contra la propiedad, pero esta reposa en la estructura intelectual del hombre, y en la necesidad de independencia material que requiere el sentimiento de su libertad, como conciencia que actúa motivada por contenidos universales que deben comunicarse libres de toda coerción o influencia.

Pese a sus fallas, el sistema de apropiación privada de bienes, al permitir la libertad de la conciencia y la expansión de la inteligencia, ha constituido un motor indispensable en el proceso de liberación del hombre del determinismo de las circunstancias y de la compulsión de la naturaleza.


VI - ORGANIZACIÓN POLITICA: LA ARISTOCRACIA

 

La aristocracia es el sistema político que corresponde al imperio de la verdad en las relaciones sociales. Es la organización política que se funda en la autoridad de un grupo esclarecido, vinculado en la administración de la cosa pública por relaciones de amistad.

El aristócrata es fundamentalmente un hombre capaz de amistad, leal para con la verdad que promueve, y sometido a normas de conducta para con el amigo y el adversario. Su conciencia es portadora de una visión, que le permite comprender las posibilidades del medio humano en que actúa y de fijarle rumbos coincidentes con las diversas motivaciones sociales. Su jerarquía intelectual, favorecida por las circunstancias materiales que lo rodean es prenda de su rango y de la autoridad que dispone en la sociedad. La inteligencia del aristócrata debe ser capaz de desentrañar mediante la acción las incógnitas del futuro, y sus cualidades afectivas, constituir el vínculo que lo ligarán a sus pares en las tareas de la sociedad.

La existencia de una jerarquía aristocrática en nada tiene que entorpecer las motivaciones democráticas de la mayoría. Al contrario, ella permitirá organizar el sentimiento y la tarea social conforme a pautas que traerán orden, rumbo y eficiencia a las motivaciones de la base mayoritaria de la sociedad. Por ello los partidos políticos u organizaciones que controlen el funcionamiento del Estado, en la democracia, deben ser jerarquías avaladas por el prestigio intelectual y moral de sus miembros.

El rol de la aristocracia es robustecer y ordenar con su inteligencia, los impulsos de la imaginación popular, haciendo servir sus motivaciones a una evolución señalada por metas claras y de atracción necesaria en la conciencia ciudadana.

Sólo los pueblos con aristocracia tienen futuro, pues sólo la inteligencia, trabajando sobre la base de la amistad, es capaz de abrirse camino en el conglomerado de intereses que hacen la vida de un pueblo. La hostilidad a la calidad afectiva y a la inteligencia es indicio de la degradación o eclipsamiento del alma de un pueblo, posibilidad siempre accesible a la influencia de la demagogia o de la tiranía. Pero ninguna sociedad donde prosperen los dones de la inteligencia y de la libertad del sentimiento carecerá de una aristocracia, por diferentes que sean sus matices o por disimulada que sea su aparición en el medio social.

La aristocracia, con la jerarquía que trae aparejada, contempla los diversos grados de interioridad de las motivaciones sociales, y reconoce el campo de acción propio de cada una de ellas. Una sociedad cuyos componentes puede vivir el sentimiento de amistad y ser leales al amigo, es una sociedad organizada conforme a pautas aristocráticas, donde la jerarquía y el privilegio cumplen la función de asegurar la libertad de todos los ciudadanos en el ejercicio de sus ideas y sentimientos.

Todo hostigamiento contra una aristocracia vigente es síntoma de una pérdida de rumbo en el alma colectiva y de desaprovechamiento de sus posibilidades, que sólo podrá recuperar la mayoría aceptando y apoyando la conducción del grupo más esclarecido que se destaque en su seno.


VII - CONTENIDO ESTETICO: LA CONSTRUCCIÓN

 

El arte es el testimonio material de los sentimientos del hombre. Los contenidos estéticos expresan en la materia la forma de cada trascendental. Pero la vida anímica no consiste en la vivencia aislada de sentimientos sino en una totalidad donde se presenta la prevalencia de un sentimiento que contiene actual o virtualmente a los demás.

Cada sentimiento expresa un grado mayor de interioridad o de libertad que el anterior en la jerarquía que estudiamos. Pero cada sentimiento reposa en la actualidad o virtualidad de motivaciones anteriores que actúan como la potencia del nuevo acto consciente. Por ello los contenidos estéticos pueden presentarse al gusto de varios sentimientos, donde cada uno de ellos aprehenderá la forma que expresa su trascendental.

En el trascendental de la verdad la forma estética es una construcción de la inteligencia. Pero no de una inteligencia aislada o desprovista de imaginación, sino de una inteligencia que representa un grado superior de la energía cognoscitiva actuando en la sensación, la atención y la imaginación. La facultad cognoscitiva de cada trascendental y los resultados de la misma en la información de la materia, representan una interiorización progresiva en la estructura de una misma energía de la conciencia.

Las construcciones estéticas del trascendental verum tienen una belleza distinta de la que manifiestan los contenidos de la imaginación, pues es una belleza de la inteligencia que representa en la materia la forma de la ley. Serán además la expresión de un contenido que apela al futuro de la conciencia humana y que le señala la acción como la actividad propia del sentimiento.

Los contenidos estéticos de la verdad exigen otra actitud en el contemplador que las obras de la belleza. El arte del trascendental verum patentiza en la materia la forma del sentimiento de amistad, la cual se manifiesta en leyes de acción, sea ésta teórica o práctica. La materia será subordinada a la acción de la ley y el contenido que expresa esa unidad de la materia con lo universal permitirá gustar estéticamente de la evidencia del sentimiento en el contorno natural.

La construcción es el arte de la inteligencia, que subordina las imágenes a principios universales en la manifestación del nuevo contenido estético. En éste estarán presentes las determinaciones del estímulo, de la admiración y de la belleza, pero comprendidas en la forma de la ley que expresa una nueva estructura de la energía. El arte será el resultado de construir en la materia la verdad evidenciada por la conciencia.

El alma del artista debe haber crecido sobre las determinaciones del amor para poder crear este nuevo contenido. Su espíritu debe ser capaz de amistad para recrear en la materia las mismas formas universales que son la ley del sentimiento. El placer de la verdad debe ejercer un estímulo superior sobre su espíritu que el poder de la belleza o que el atractivo de las sensaciones, para poder elaborar en la materia el testimonio de su descubrimiento. Los elementos del estímulo, de la manifestación y de la belleza serán los materiales que aportarán su esplendor a la forma severa de la verdad.


VIII - REFLEXION FILOSOFICA: LA DIALÉCTICA

 

El sentimiento de amistad descubre inmediatamente la verdad de la conciencia propia y ajena. Y descubre esa verdad como una adecuación entre sentimiento y acción, expuesta a un permanente devenir.

Lo permanente de esa adecuación es la verdad del sentimiento, su acción conforme a pautas universales que representan el agregado de todas las conciencias. En el trascendental verum la estructura de la energía anímica se revela como la actividad del sentimiento, cuyos contenidos tanto teóricos como prácticos están condicionados por esa identidad básica del sentimiento con su acción. La acción del sentimiento es la comunicación de las conciencias en la cooperación, la lucha y el diálogo, mediante los cuales se acrecienta, sin limitaciones, la universalidad de los contenidos conscientes. La universalidad de la ley se refiere no sólo a la adecuación con la conciencia ajena, sino con la conciencia universal que representa el agregado de todas las conciencias.

La verdad es dialéctica pues la estructura del sentimiento es acción. Y es la forma del trascendental verum, en la necesaria identidad entre sentimiento y contenido, lo que constituye la permanencia de la verdad y el indicador de su validez o falseamiento.

En la dialéctica, la verdad proyecta sobre el futuro un enriquecimiento necesario de su contenido, consistente en el descubrimiento de adecuaciones nuevas entre el sentimiento y el surgimiento de nuevas relaciones.

La reflexión filosófica es la reversión del sentimiento, sobre su propia estructura, acto que presenta el ejercicio de la facultad cognoscitiva de la conciencia. La filosofía del trascendental verum, es y será siempre dialéctica, pues la estructura del sentimiento reviste en este trascendental la forma de una acción que implica la evolución permanente de su contenido. La fijación como esencia, de cualquier contenido, poseerá un valor instrumental para la conciencia, en cuanto le permitirá utilizarlo en su progreso hacia el enriquecimiento de la propia verdad. Pero el devenir de la verdad en nada menoscaba la verdad de cada momento, ni de cada contenido universal obtenido por la conciencia. La proyección futura de la misma indica solamente que su contenido debe generar nuevos contenidos, y su universalidad engendrar un sistema más vasto de relaciones. Las conclusiones del pasado no constituyen pues errores con respecto al presente, sino los antecedentes de su verdad, tanto en la actividad teórica como práctica del sentimiento.

La verdad de la conciencia es una revelación del sentimiento de amistad, cuya estructura tiene el poder necesario para percibir la adecuación del sentimiento con la ley de su forma, exteriorizada en todas las conquistas de la conducta y del saber.

El estudio del trascendental verum nos ha permitido descubrir que la identidad de la verdad en su devenir es un conocimiento obtenido gracias a la presencia del sentimiento de amistad en la conciencia propia y en la ajena, y que no deriva primariamente, de la fijación de equivalencias teóricas por parte de la inteligencia.

 

IX - CONCIENCIA RELIGIOSA: LA TRASCENDENCIA

 

Las Dioses del paganismo son inmanentes al mundo. La existencia del mundo está fundada en sí misma, y la divinidad es un imán de amor perteneciente al mismo orden de existencia que la realidad que mueve.

Con el trascendental verum la conciencia descubre la existencia trascendente de la Divinidad: el hecho de que la existencia del mundo tenga su fundamento fuera de sí misma. El sentimiento de amistad descubre que la verdad es independiente de la imagen de la conciencia; que la verdad es ajena al aspecto externo de la realidad.

Para el trascendental verum, Dios es la verdad del mundo y de la conciencia. Es único, porque no puede haber dualidad en la amistad. Es incausado por la aseidad del sentimiento. Es eterno porque constituye la plenitud metafísica del mismo cuya temporalidad trasciende al devenir. Pero, además, en el futuro de la verdad está contenida la promesa de la perpetuidad del amor vivido en el presente terreno.

En la Divinidad, el sentimiento aprehende toda la evolución futura de su contenido como la verdad de la conciencia divina. Por ello Dios es omnisciente e infinito, habiendo recorrido en su unidad todas las posiciones del devenir dialéctico del sentimiento.

Dios es además soberanamente justo, pues es quien conoce el interior de las conciencias, la adecuación más íntima entre sus sentimientos y acción.

En este trascendental, Dios es el mejor amigo y al mismo tiempo el más severo de la conciencia; es la plenitud del pensamiento. Es el rigor de la verdad en medio de la verdad del hombre. La trascendencia de la Divinidad es la posición de la metafísica sobre la realidad: el descubrimiento de un orden invisible cuya existencia son las leyes del mundo y de la conciencia.

La obra de la Divinidad es la creación perpetua del mundo y el conocimiento de la justicia por parte de la intimidad de hombre. El mundo renace para el sentimiento de la amistad desde los mundos de la imagen y admiración. El mundo del paganismo desaparece ahora en la verdad de Dios y se confunde con la ruina de sus templos: Pero el hombre adquiere el derecho de elevarse a la Divinidad.

La justicia es la inmanencia de la ley divina en la conciencia. La presencia de un trascendental cuyo término es la verdad de la conciencia. El sentimiento del hombre realiza en su fuero interior la comparación entre su acción y la presencia del trascendental, que es la inmanencia de Dios.

Para el sentimiento de amistad, la verdad final de la conciencia consiste en unirse con la verdad de Dios, esto es identificarse con la plenitud del propio trascendental, y ninguna filosofía fundada en hechos podrá desvirtuar la verdad de esta experiencia. El Dios de la verdad es el amigo del hombre, que lo invita a comunicar con la plenitud de un sentimiento cuyo término es la sabiduría. Esta Divinidad le revelará sus leyes, susceptibles de enriquecer su contenido sin disminuir su rigor, cuya asimilación por parte de la conciencia humana equivaldrá al conocimiento de las leyes eternas de la justicia.

 

 

 

 

 

V

 

 

 

 

EL TRASCENDENTAL

BONUM

 

 

 


I - MODO DE CONCIENCIA: LA TERNURA

 

El sentimiento de ternura conoce la bondad de la conciencia humana. En dicha bondad están contenidas todas las posibilidades de la conciencia como un todo que conoce el sentimiento. La bondad que conoce la ternura no está supeditada a la prueba del futuro como la amistad, sino que se ofrece como una condición ya comprobada por el sentimiento. La bondad de la conciencia es la verdad de su verdad, buscada en el campo ilimitado de consecuencias del trascendental anterior.

La bondad que descubre el nuevo sentimiento es un dar en el desamparo original de la conciencia. El fundamento de ese desamparo es la dependencia afectiva que descubre el sentimiento en la conciencia a que se refiere. El desamparo de la conciencia radica no sólo en su dependencia de circunstancias materiales, sino fundamentalmente en que su existencia está ligada al existir de otra conciencia, también sometida a la caducidad y la contingencia. Esta dependencia afectiva y desinteresada de una conciencia, cuyo sentimiento versa sobre la existencia y el crecimiento del ser querido, es el testimonio de la bondad que se ofrece al sentimiento de la ternura.

El sentimiento de la ternura descubre la bondad de la conciencia ajena en el desinterés de su sentimiento, en su dependencia de un existir contingente, y en su necesidad de dar en medio de su precariedad y desamparo.

Es difícil de descubrir la bondad del prójimo. El sentimiento debe haber evolucionado hasta los límites de su posibilidad para descubrir el término del nuevo trascendental.

La bondad de la conciencia ajena puede revelarse paulatinamente, en un crecimiento mutuo del sujeto y del objeto del sentimiento. Puede consistir en la posibilidad límite de una conciencia, donde culminará su evolución individual. Pero puede ser también el privilegio de un sentimiento originalmente evolucionado y maduro, que se manifiesta desde la vida adulta del ser humano.

La conciencia es desamparada pues está expuesta a la contingencia natural, y al asedio de los intereses y de las motivaciones de las otras conciencias que tenderán a minar las circunstancias materiales y humanas que condicionan su sentimiento. Pero sin este desamparo de la conciencia tampoco surgiría el más noble e íntimo de sus sentimientos,  inspirado por una bondad manteniéndose en la contingencia y en la precariedad de sus condiciones.

El sentimiento de la ternura revela la fragilidad de todo lo noble, la transitoriedad de las vinculaciones más íntimas de la conciencia.

Su vivencia es el privilegio de las conciencias que han cumplido la evolución propia del destino humano, que es elevarse desde el deseo hasta el descubrimiento de la intimidad pura del sentimiento, manifestado como la bondad y generosidad del yo.

La bondad es la divinidad del ser humano; es el argumento final contra toda meditación que pretenda disponer de su destino y juzgarlo conforme a determinaciones que no llegan a este trascendental.

II - FUNCIÓN COGNOSCITIVA: LA MEMORIA

 

Al sentimiento de la ternura se opone la indiferencia, que es el olvido de su objeto. Esta indiferencia puede surgir ante la actualización de otros sentimientos, que tienden a borrar el término de la ternura de la memoria del sujeto.

Tal hecho constituye una caída de la conciencia, que el dolor moral patentizará como la pérdida o menoscabo del objeto de la ternura, ante la expansión de las energías anímicas en la estructura de un sentimiento anterior. En el trascendental bonum el sentimiento conoce a su objeto mediante la memoria. La memoria no es sólo la facultad que conserva y reproduce las circunstancias internas y externas de la conciencia, sino fundamentalmente un modo de conocer del sentimiento, que le permite trascender la estructura de la verdad para adentrarse en la intimidad final de la energía anímica. Existe un uso físico de la memoria y de cualquier facultad cognoscitiva, cuando la misma pertenece a la virtualidad de la conciencia o es actualizada por un sentimiento que tiene otro modo dominante de conocer. Tal es el uso físico de la facultad cognoscitiva, en todo cuanto no atañe a su función trascendental.

Pero existe también un uso metafísico de cada facultad, consistente en su actualización dentro del trascendental o sentimiento dominante, y cuyo empleo permite descubrir al sentimiento el término de su querer.

Conviene recordar que en la estructura de cada sentimiento se ejercen virtual o actualmente todos los poderes cognoscitivos del hombre, por oscura e imperfecta que sea la actualización de facultades que no pertenecen al trascendental de la conciencia.

Del mismo modo, los sentimientos que exceden a la posibilidad de evolución de un psiquismo particular pueden constituir un aura confusa o borrosa que despuntará débil y esporádicamente en algunas circunstancias del sujeto.

La memoria es la facultad que acompaña a un nuevo poder interiorizador del sentimiento. Ejercida dentro de la ternura la memoria tiene un uso metafísico cual es el revelar al sentimiento el término del nuevo trascendental. La memoria conoce la bondad de la conciencia pues ésta es aprehendida en la totalidad de sus posibilidades de sentimiento, mediante la fijación del contenido más íntimo del mismo. La memoria nos permite conocer esencias completas y la bondad es la esencia completa de una conciencia, en cuanto ninguna posibilidad límite de la misma permanece oculta u escondida al sentimiento de quien la recuerda.

El sentimiento de la ternura es el conocimiento completo de la intimidad ajena, el cual excluye todo contenido imprevisible en la interioridad de la bondad. Dicho conocimiento sólo es posible cuando la intimidad de la conciencia se ofrece como pasado, esto es como un contenido ya aprehendido en su totalidad por el sentimiento.

Si en la amistad conocemos y anticipamos el futuro de la conciencia, la ternura conoce a la conciencia ajena en cuanto pasado, como el círculo completo de su intimidad, revelado en las posibilidades límites de su sentimiento. El sentimiento de la ternura es también el que vivencia la conciencia respecto al ser que ha engendrado, cualquiera que sea la vida del mismo, a menos de una profunda desilusión, al sentirlo entregado a la fragilidad y desamparo de la existencia.

La memoria conoce ese sentimiento del yo ajeno como la actualización de la posibilidad más íntima del mismo, frente a la cual cede la interioridad de los sentimientos anteriores. Al conocerlo como posibilidad ya actualizada, la memoria capta la interioridad del yo ajeno como una esencia completa, cuya temporalidad es el pasado.

 


III — HIPOSTASIS TEMPORAL: EL PASADO

 

El sentimiento de la ternura ha conocido la intimidad mayor del sentimiento, tanto en la conciencia propia como en la ajena. La bondad sólo puede atribuirse a una conciencia cuando el sentimiento ha conocido su fondo, esto es la esencia completa de la misma. La bondad es, por consiguiente, un trascendental que abarca la posibilidad más íntima del ser amado, el cual es descubierto como incapaz de negatividad para con el término de su querer. Este descubrimiento es únicamente posible cuando todas las posibilidades de la conciencia se revelan a la intencionalidad del sentimiento como un todo sin excepciones, es decir, cuando la conciencia ajena es captada en la temporalidad del pasado.

La hipóstasis temporal del pasado revela ser el resultado de una interiorización del tiempo a partir de las hipóstasis temporales anteriores. El pasado es la interiorización del futuro y del presente, esto es, la temporalidad final de la evolución metafísica de la conciencia. Sólo en la contemplación del pasado se revela la plenitud de una esencia, cuando la misma ha manifestado la totalidad de sus posibilidades. Por ello la ternura conoce al sentimiento ajeno en la hipóstasis totalizadora del pasado, en la cual la bondad se revela como la interioridad final a que apunta el devenir metafísico del hombre.

La experiencia del sentimiento en la dimensión temporal del pasado expresa la plenitud que puede alcanzar la evolución humana de la energía y constituye la dignidad más alta de la conciencia. Dicha dignidad está abierta a la posibilidad de todo ser humano pero únicamente una gran depuración espiritual permite a la conciencia experimentar este sentimiento con respecto al sentimiento de otro yo. Quienes sean capaces de este sentimiento conocerán el valor de los sentimientos anteriores de la conciencia en cuanto referidos a esta verdad de la verdad, y a esta ley de leyes que es la bondad de la conciencia.

La hipóstasis temporal del pasado nos revela que la conciencia ha alcanzado los límites metafísicos de su evolución espiritual. El sentido del sentimiento se aprehende plenamente cuando la conciencia se ofrece al mismo desde el seno del pasado. Una conciencia que haya alcanzado esta estructura no volverá a los sentimientos anteriores sin una profunda modificación en sus vivencias, pues sabrá que todos los sentidos del tiempo progresan inexorablemente hacia la hipóstasis del pasado.

La hipóstasis del pasado cierra las dimensiones metafísicas del tiempo con la revelación del sentimiento de la ternura: El pasado es la totalidad del futuro.

El hecho de que la conciencia pueda aprehender desde el presente físico una totalidad que sólo puede experimentarse como la manifestación más íntima de una conciencia, revela la existencia del sentido metafísico del tiempo con una evidencia superior a la obtenida en los trascendentales anteriores. La ternura quiere al ser de su sentimiento como ya sumergido en el pasado. Lo quiere en la totalidad de posibilidades que han demostrado su bondad, como la esencia de un sentimiento que ninguna negatividad podrá alterar en su pureza. Y lo quiere además en su particularidad individual, en cuanto vida de toda la interioridad del sentimiento, sometida sin embargo a la caducidad de su soporte físico. La conciencia quiere en la temporalidad del pasado a un yo cuyo sentimiento es totalmente desinteresado de toda instancia material y cuya vivencia representa la interioridad pura del querer humano.


IV — CONDICIÓN ETICA: LA GRATITUD

 

El dar desinteresado, desde el desamparo de su condición, es la acción del sentimiento de la conciencia buena. El sujeto de la ternura ha sido beneficiario de este dar que le permite descubrir la bondad de la conciencia ajena. Este sentimiento nada expresa en cuanto a la condición del sujeto pues se limita a descubrir la bondad de la conciencia ajena, pero apela en su constituyente ético a la elevación afectiva del mismo. Este dar del yo objeto de la ternura se manifiesta como la consecuencia necesaria del grado de interioridad de su sentimiento: es un efecto necesario de la nobleza de su estructura, que lo impulsa a proteger y auxiliar la existencia y el crecimiento de los seres términos de su querer.

El sentimiento de la ternura quiere la ternura ajena, su generosidad incondicionada, su existencia contrastada por la precariedad que la rodea. Y antepone el ser de su ternura a las conciencias, términos de los otros sentimientos. No para negar a ninguno de ellos sino para impedir que entren en oposición o menoscaben al término de su sentimiento. Esta consecuencia y fidelidad para con el mismo es la gratitud de la conciencia. Gratitud propia del que ha recibido el dar desinteresado de la otra conciencia y la ha conocido en su intimidad. La gratitud es la virtud que acompaña al sentimiento de ternura y le permite mantener su objeto frente a otras solicitudes del sentimiento. Ello se traduce en una reciprocidad del sujeto del sentimiento, en cuanto retribuye con su protección a la conciencia que quiere, defendiéndola de las fuerzas hostiles que provienen no sólo de la exterioridad sino de la interioridad del mismo sujeto. La gratitud es una lucha contra la precariedad material de la conciencia, que puede llevar hasta la aceptación de su incomprensión. Es un esfuerzo por mantenerla frente a la indiferencia del mundo físico y de los trascendentales anteriores, inconmensurables con el nuevo sentimiento. Pero tampoco existiría la ternura sin el sentimiento del desamparo y fragilidad del ser amado, sin la transformación de su vida física en el soporte de una corporeidad identificada con el sentimiento mismo. Ante el sentimiento de la ternura cuerpo y alma, conciencia y soporte material se transforman en la identidad de un sentimiento que es la unidad de la persona.

En la conciencia como persona, el cuerpo constituye la precariedad física del sentimiento,  experiencia accesible a una vivencia donde el yo adquiere un conocimiento pleno de la precariedad del término de su querer.

La desaparición del mismo en el tiempo físico es un hecho inscrito en las leyes de la naturaleza, pero su manifestación en el tiempo es un hecho que no se entrega a las leyes del devenir y que se sobrepone a las mismas como el peso metafísico del hombre.

El ejercicio de la ternura es la paz de la conciencia, su acceso a las estructuras puras del sentimiento, donde las motivaciones del deseo pierden su carácter de tales para pasar a constituir las obligaciones de la conciencia en la mantención y salvaguardia del ser de su ternura.

La pérdida culpable de la conciencia objeto de este sentimiento no tardará en revelársele a la conciencia como su más profundo infierno, experimentado en la ruptura de la energía con la posibilidad más alta de su estructura…………………………………….
V — RELACIÓN ECONOMICA: LA PROTECCIÓN

 

Las relaciones económicas propias de cada trascendental no tienen otro fundamento que el procurar las condiciones materiales para el ejercicio del sentimiento. No existe por lo tanto un fundamento intelectual de la propiedad, ni un derecho inalienable a la misma adquirido por el trabajo, sino solamente relaciones de apropiación exigidas por el sentimiento y que tienen en él su fundamentación.

En el trascendental res hemos descubierto que la posesión de los bienes no es incompatible con la desposesión de los mismos respecto del trabajador. En dicho trascendental, la posesión es la relación económica propia del deseo, el cual no excluye la violencia para privar a otra conciencia del resultado de su trabajo. La posesión es pues una relación económica fundada no en el trabajo sino en el deseo, por más que el sujeto del mismo deba trabajar o emplear la violencia en la consecución de su objeto. Sólo el sentimiento dominante puede fundar a sus respectivos constituyentes.

Paralelamente, ninguna consideración intelectual es capaz de fundar el derecho de propiedad de una conciencia. Este consiste meramente en la circunstancia material que acompaña y permite el sentimiento de amistad, sin que el mismo esté condicionado ontológicamente por la propiedad de bienes. El fundamento del derecho de propiedad consiste en que el mismo es un constituyente del trascendental verum, donde se ejerce la experiencia del sentimiento de amistad. Pero tal fundamento es inexistente en ausencia del sentimiento que lo condiciona, pues la capacidad de amistad o de verdad de una conciencia es lo que funda sus títulos a la propiedad.

Una conciencia dominada por el deseo podrá valerse del carácter instrumental de la inteligencia para fundar su apropiación de bienes materiales, por el relativismo de las funciones psíquicas a que hemos aludido al estudiar el trascendental aliquid. Pero tal fundamentación no resiste la confrontación con las motivaciones anímicas determinantes de la misma: La inteligencia será un instrumento al servicio del deseo para disimular la violencia de su apropiación.

Pero el sentimiento sabe también despojar a los violentos o defender contra los mismos la propiedad de sus bienes. Tal sucede en las relaciones anteriores que hemos estudiado y finalmente en el tipo económico que corresponde al trascendental bonum. El constituyente económico del mismo consiste en la protección material del ser de la ternura, cuya naturaleza es más expuesta a la negatividad del medio que las anteriormente estudiadas. Los bienes materiales cumplen aquí una función de protección que permitirá la subsistencia del término del sentimiento y el cumplimiento de su vocación con respecto a los seres de su querer. Los bienes son conservados y acrecentados para combatir el desamparo de la conciencia y permitirle el ejercicio de un sentimiento liberado de las motivaciones del deseo. El deseo en la ternura se ha transformado en querer puro, cuya finalidad es proteger y ayudar la existencia del ser querido, creando las condiciones de apoyo que requiere su intimidad frente a la rudeza e incomprensión del medio. En el trascendental bonum la conciencia conserva la integridad de los bienes, no para posibilitar la dialéctica de la verdad, sino la subsistencia y el crecimiento de la bondad encarnada en la persona humana.

 

 VI — ORGANIZACIÓN POLITICA: LA MONARQUÍA

 

Cuando la bondad cobra un valor dominante en la organización de la sociedad, entonces surge la monarquía. Ella implica la aparición de una personalidad central que vela desinteresadamente sobre las necesidades de cada uno de los componentes de la sociedad. Esta certeza en cuanto a la bondad de las motivaciones que acompañan a la autoridad de una persona es el sentimiento colectivo que respalda el poder del monarca.

Recíprocamente éste vela, por motivación de un sentimiento desinteresado, sobre la existencia y evolución de sus súbditos, a los que sabe constreñidos por las limitaciones propias de su condición y el medio en que viven.

La presencia de una autoridad bondadosa y central, encarnada en una personalidad dominante, es la garantía de que los problemas colectivos serán encarados con la ecuanimidad de un sentimiento desinteresado. Por ello, tales personalidades y la confianza que inspiran son insustituibles para la aceptación de tareas colectivas de difícil realización por parte de los gobernados. Y constituyen además la esperanza de salvación en los momentos de prueba, cuando los grandes desafíos confrontan a todas las fuerzas que puede generar una comunidad.

Si como institución, la monarquía reposa en la confianza de la continuación de un sentimiento inalterable para con su pueblo por parte de los miembros de un linaje, la persona del monarca siempre estará, sin embargo, sometida a la prueba de la conciencia colectiva, que juzgará sus sentimientos por la continuidad sin desfallecimientos de su conducta. Por ello la afirmación de la personalidad de un monarca es un hecho que se irá gestando en la experiencia recíproca del gobernante y sus gobernados, donde la bondad de quien manda deberá asentarse también en su inteligencia para elegir a las personalidades que interpreten su querer. Por desdibujada que aparezca en el seno de la sociedad moderna, la monarquía siempre se despeja de la organización social cuando una personalidad se gana por su acción y conducta una posición dominante en la consideración colectiva. Tales personalidades, que no han heredado su autoridad sino que se la han ganado, constituyen los jefes naturales de sus pueblos, ejerzan o no la autoridad que el pueblo les concede.

Sólo cuando un pueblo ha crecido y madurado en sus sentimientos, puede reconocer la existencia de un monarca. Y recíprocamente, sólo cuando una conciencia particular ha sido capaz de asimilar toda la fuerza del pasado puede ella a aspirar a la autoridad que confiere el más desinteresado de los sentimientos.

Porque el monarca comunica directamente con la interioridad de cada conciencia. El representa para cada miembro de la sociedad la seguridad de que su existencia ha sido reconocida y recordada en el sentimiento de la personalidad central que preside los poderes públicos.

Un monarca es la memoria viviente de un pueblo y se señala por un sentimiento que vuelve fecundos y armoniza los resultados del trabajo colectivo con los descubrimientos de la inteligencia.

Los reyes no necesitan ser nombrados como tales. Pues a un rey no lo hace ni un título ni un linaje ni una corona, sino un sentimiento y una confianza que se ha ganado en la lucha por mejorar las condiciones materiales y morales de su pueblo.

 


VII — CONTENIDO ESTETICO: EL REFUGIO

 

Al estudiar los contenidos estéticos de los diversos sentimientos, nos hemos abstenido de incluir comparaciones y referencias de valor con respecto a las creaciones de diferentes sentimientos, pues cada constituyente puede ser una manifestación plena de la energía anímica. La calidad estética de una creación no reside tanto en el trascendental dominante en la conciencia del artista, sino en la plenitud e intensidad con que su sentimiento recrea en la materia el testimonio de su propia evidencia.

Raramente llega a ser el contenido estético la expresión pura de un sentimiento. En él se actualizan por el contrario todos los sentimientos vigentes en la conciencia, su armonía y oposición. El arte es el constituyente que registra esa lucha del sentimiento en la información de la materia, y a los grandes antagonismos dentro de un alma, como al gran anhelo por afirmar un sentimiento, corresponden las creaciones artísticas dotadas de eternidad.

El contenido estético del trascendental bonum es el que corresponde a un sentimiento descubridor de una nueva y definitiva intimidad de la conciencia. El arte de este trascendental se revela como refugio de la intimidad final de la conciencia, compañía incorporada en la materialidad que la rodea. El arte es refugio porque la conciencia se manifiesta como necesitada de amparo frente a la hostilidad o indiferencia de la materia y de la conciencia humana. Necesita protección frente al devenir del tiempo físico. En el contenido estético del refugio observamos que el arte no se reduce a la incorporación de belleza o verdad en la materia, sino que es la bondad, término de la ternura, lo que el hombre inserta en la indiferencia de los elementos y del tiempo.

E1 arte de la ternura es pues la revelación de la bondad en la materia, la cual queda transfigurada en el refugio de la conciencia humana. Dicho refugio será además albergue de la verdad y de la belleza, pero en la morada de un trascendental que los comprende como pasado.

El arte de la ternura también puede expresar la bondad de un animal, agobiado por el trabajo, y sometido a la explotación e indiferencia del hombre. Pues la bondad también impregna a las criaturas de la Naturaleza. El sentimiento de bondad que el artista proyecta en su obra invita al contemplador hacia la posibilidad más alta de su conciencia.

La casa es fundamentalmente el ámbito de la ternura, el refugio construido por la conciencia humana para sus sentimientos más profundos. En su interior la conciencia va reconociendo los grados más profundos de su intimidad. Es el repliegue que el sentimiento se construye en la materia para escuchar a su voz más pura. Los materiales de la casa están al servicio de la precariedad y la caducidad del ser humano, para amparar y acompañar su vida. En su interior la conciencia conocerá la intimidad de su sentimiento como no lo conocerá en la guerra, el ágora, la universidad o el templo.

En la casa la vida que comienza ya preanuncia su desaparición, pues la casa está impregnada de pasado. La hipóstasis del pasado es la temporalidad de la casa del hombre, donde la intimidad de los seres y de las cosas se ofrece a su recuerdo.

Porque la casa es fundamentalmente el lugar donde la conciencia recuerda, es el contorno material replegado en sí mismo para contener la intimidad de la ternura.

A través de la casa el arte nos revela la presencia del sentimiento de la ternura en todas las épocas del hombre. Confuso y oscuro a veces, disimulado por la vigencia de otros sentimientos, el mismo siempre asoma en la conciencia cuando ésta tiene la necesidad de una morada para amparar y recordar a los suyos.


VIII — REFLEXION FILOSOFICA: EL POSITIVISMO

 

El conocimiento de la bondad de la conciencia implica una filosofía de ayuda al ser humano frente a su precariedad y contingencia. El sentimiento de la ternura ha descubierto la bondad del yo ajeno surgiendo de su condición de desamparo, experiencia que a la luz de la filosofía revela la dignidad de la finitud humana, pues en su lucha contra la negatividad, la indiferencia y el tiempo físico, la conciencia llega a ese querer desinteresado que es la estructura límite de su sentimiento. Es la contingencia lo que permite al sentimiento llegar a su más profunda interioridad.

El positivismo es la reflexión filosófica tendiente a ayudar al hombre en su lucha contra la amenaza de la negatividad y de la muerte.

Es la orientación que le ayuda a subsistir en medio de su precariedad, proponiendo el culto de la dignidad humana como una evidencia a la que deben servir todas las potencias del hombre.

Esta filosofía persigue la instrumentación de la cultura como un medio universal para el amparo del hombre. Niega a la cultura una existencia independiente o superior a las conciencias que la componen, y la pone al servicio de las creaciones materiales y morales que sirven para amparar y acompañar la intimidad del ser humano.

Ante esta reflexión filosófica, el ser humano se revela como la existencia suprema del universo y como el sentido final del mismo.

El positivismo advierte que las estructuras metafísicas que condicionan su existir son leyes de validez universal, que se actualizarán conforme a los mismos sentimientos dondequiera que la energía anímica encuentre las posibilidades materiales necesarias para su evolución.

Para el positivismo, la contingencia humana ha revelado ser la condición de la dignidad del hombre, pues le ha permitido experimentar su sentimiento más íntimo y alejado del deseo, con respecto a otra conciencia. Esta contingencia o finitud no podrá ser nunca eliminada de la naturaleza humana, pero la filosofía ayudará al hombre en sus esfuerzos por impedir, aunque sea transitoriamente, que esa contingencia ejerza toda su negatividad en la vida de la conciencia. El positivismo es por consiguiente el esfuerzo por defender la integridad de una vida que ha manifestado la plenitud del sentimiento, y por rodearla de las condiciones materiales y morales que permiten su expansión.

En la conciencia humana la energía universal revela la clave final de su estructura: la de ser sentimiento puro, cuya interioridad se va despejando gradualmente en cada nivel metafísíco del hombre. El positivismo es, y ha sido, consecuentemente, la filosofía del amor por la humanidad, no sólo en su manifestación actual sino en todos sus estadios, expresivos de los niveles metafísicos recorridos en la vida de los pueblos.

En dicha evolución se revela cómo la energía del sentimiento patentiza su fuerza en diversos constituyentes, distintos según los pueblos, y según la indeterminación propia del juego, que condiciona toda manifestación estructural de la energía.

El positivismo debe constituir el espíritu científico del futuro, en cuanto la actividad filosófica debe dirigirse a proteger la precariedad del hombre, liberarlo en la medida de lo posible de los determinismos materiales, y procurarle las condiciones que aseguren la expansión y evolución de sus sentimientos.

El positivismo debe ser la filosofía de una humanidad que ha alcanzado los límites de su evolución anímica, y que ha reconocido en el ser humano la conciencia donde se actualizan las estructuras finales de la energía. Desde esa visión total de la intimidad humana, el positivismo podrá continuar enriqueciendo las relaciones que descubre la inteligencia, advertir nuevas revelaciones en el campo de fuerzas que concitan la admiración del hombre, y crear condiciones actuales para un sentimiento de amor que en cada generación renueva la permanencia de su imagen.


IX - CONCIENCIA RELIGIOSA: EL HUMANISMO

 

La plenitud del sentimiento se revela a la conciencia mediante otra conciencia. Es la persona humana quien revela al yo su capacidad de deseo, admiración, amor, amistad y ternura. Sin la existencia de otra conciencia el sentimiento consistiría en una posibilidad ciega del ser humano.

La conciencia crece en el mismo grado que su sentimiento para con otra conciencia, y su superación está siempre acompañada por la aparición de una referencia más profunda de su sentimiento.

Una misma persona puede motivar una maduración progresiva en el sentimiento de otra conciencia, y tal es el ideal de la pareja humana. En toda persona existe la posibilidad de ser término de diversos sentimientos. Pero la vigencia de un sentimiento dominante implica generalmente la declinación o latencia de los demás, por la tendencia de cada sentimiento a actualizarse sobre el campo total de la conciencia.

Existe una lenta maduración en la capacidad afectiva de la conciencia y una solicitud permanente de sus energías primarias, que prometen renovar las motivaciones del hombre, lo cual hace muy difícil el surgimiento de los sentimientos más hondos de la conciencia.

El término del deseo o del amor, siempre podrá ser objeto del sentimiento de ternura para una conciencia capaz de exaltar su bondad sobre los trascendentales de cosa o de belleza.

Dentro del sentimiento de ternura es el ser humano el término del recogimiento religioso de la conciencia. Es la bondad de la intimidad de otra conciencia lo que constituye la plenitud de la vivencia religiosa del sentimiento.

En el sentimiento de ternura la Divinidad aparece encarnada en la intimidad del ser humano, e identificada a su caducidad y desamparo. La bondad es la presencia de Dios en la conciencia y es la identificación de la Divinidad con la persona humana.

Para el trascendental bonum Dios ha trascendido el concepto de verdad que espera a la conciencia, para manifestarse en la identidad de cuerpo y alma que constituye la persona humana.

La Divinidad se manifiesta como la intimidad de una conciencia sometida a la negatividad del medio y a la caducidad del tiempo físico. Por ello dicha intimidad se revela en el sentido del pasado como perteneciente a una conciencia que desaparecerá de entre nosotros.

En verdad, la Divinidad del ser humano se conoce plenamente cuando su persona ha desaparecido del tiempo físico, o cuando el poder totalizador de la memoria anticipa su desaparición.

El humanismo, al revelar la identificación de la persona humana con la Divinidad, constituye el grado más profundo de la experiencia religiosa del hombre. Y no es una pequeña experiencia, el advertir ante el recuerdo de un ser querido, que en él se nos hizo presente la bondad de el principio de la vida.

 

 

 

 

VI

 

 

 

 

 

 

EL TRASCENDENTAL

UNUM

 

 

 


I - MODO DE CONCIENCIA: LA COMPRENSIÓN

 

La comprensión es el sentimiento que tiene por objeto a la unidad de la conciencia propia o  ajena. La comprensión capta a la conciencia ajena en la unidad de una persona, cualquiera sea el sentimiento dominante de la misma, y en cuanto al propio yo, es el poder de armonizar la vida psíquica de tal modo que no haya antagonismos ni exclusión de sentimientos.

El sujeto capaz de comprensión aprehende al yo ajeno en la unidad de lo que es, cualquiera sea la composición positiva o negativa de sus sentimientos, pues sabe que él es el resultado al que ha llegado su conciencia en su hacerse espiritual.

El trascendental unum revela al sujeto de la comprensión la posibilidad de armonizar todos los trascendentales en su vida psíquica: deberá para ello conformar al constituyente ético de cada sentimiento. Y deberá poseer un poder unificador suficientemente fuerte como para impedir la oposición de los diversos sentimientos y el antagonismo de los términos de los mismos.

El trascendental unum es la comprensión virtual de la conciencia cotidiana. En muy pocas conciencias llega a ser el poder actual del sentimiento, capaz de elevarse sobre la autonomía de los otros trascendentales. Quienes pretenden satisfacer a todas las motivaciones de su vida afectiva sin poseer el sentimiento de la comprensión, se exponen a una caída de sus energías anímicas en un trascendental anterior. Pero la comprensión no es meramente la armonía unificadora de los sentimientos anteriores sino un sentimiento nuevo, que aprehende a la conciencia ajena como el resultado de su propio esfuerzo y la quiere en el estado actual de su evolución espiritual. Para la comprensión, toda conciencia es el resultado de una lucha orientada hacia nuevas luchas en el camino de su evolución. Nada en ella es desestimable o despreciable pues en cada conciencia la energía cósmica vive la particularización de su esfuerzo por manifestarse y crecer, a través de todos los grados del sentimiento.

Pero el sentimiento de comprensión no se reduce a un mero aprehender la unidad fáctica de la conciencia, sino que se esfuerza por hacerla evolucionar y crecer. Las energías que genera la conciencia de este trascendental son una producción espontánea del sujeto, en la medida en que su sentimiento se propone ayudar al crecimiento psíquico de los demás. La comprensión, así descrita, parece un sentimiento equiparable a una actitud espiritual de la conciencia y debemos referirnos nuevamente a la homologación inicial entre espíritu y sentimiento. Comprender, es, en efecto, querer y aceptar la idiosincracia de la conciencia, su distinción con respecto a las demás, y su exigencia a ser reconocida en el agregado innumerable de las conciencias. Y es justo que así sea, pues en cada conciencia se manifiesta una revelación única del sentimiento, conforme a lo que la misma se ha hecho en la evolución de su energía.

Pero una conciencia no puede rebelarse contra las leyes estructurales de la energía anímica que reproducen en la conciencia humana el sentido de la vida en el cosmos. Conservación, Destrucción y Creación, expresan fases inmutables de un devenir cósmico que encuentran su expresión en la evolución consciente de las energías, desde las instancias primarias del deseo.

El sentimiento de comprensión sabe dar a cada sentimiento lo que le corresponde, y es capaz de incrementarse conscientemente en el acto de transmitir sus energías para acrecentar el poder afectivo de los demás.

 


II - FACULTAD COGNOSCITIVA: LA RAZÓN

 

El sentimiento es el "Ser en sí" de la conciencia y del mundo. Es el "más allá del pensamiento" de Plotino con que finaliza la filosofía griega. Cada trascendental es la manifestación de un sentimiento dominante en la conciencia humana, obtenido por la mediación de otra conciencia. Es la evidencia de dicho sentimiento, manifestado en la substancia que revela la estructura de cada trascendental.

La unidad del sentimiento se ejerce sobre la multiplicidad de los constituyentes de su estructura, pero es imposible fundar racionalmente el carácter de dicha unidad, pues la misma está dada por la experiencia del sentimiento, el cual es el ser fundado en sí mismo. Tampoco hay otros motivos para la multiplicidad de una estructura que la revelación de la experiencia, y los constituyentes elegidos en la exposición de este tratado son los que a nuestro parecer mejor indican por su constancia y significación al carácter estructural del sentimiento, esto es, su forma espiritual.

El ejercicio de la facultad cognoscitiva de cada trascendental puede efectuarse aun cuando el sentimiento correspondiente sea una virtualidad de la conciencia. Pero la plenitud de un constituyente indica que la estructura a que pertenece es un destino de la conciencia en cuanto forma posible de su energía.

La función cognoscitiva del sentimiento de comprensión corresponde a la unidad que el sentimiento experimenta no solamente en una conciencia sino ante todas las conciencias. Todo el proceso de la energía anímica es comprendido como el devenir de una multiplicidad que proviene de su origen común en el sentimiento. Es en el sentimiento donde el ser se descubre en la conciencia humana. La razón es la función que recorre todo el orden de la experiencia buscando la unidad en la manifestación de la multiplicidad, y descubriéndola en determinaciones que sólo pueden experimentarse en términos de sentimiento.

Si la voluntad es la intensidad del sentimiento, el constituyente ético que le permite crearse y crear su mundo, la función cognoscitiva es la claridad del mismo en la proyección del sujeto y del objeto en la estructura de su trascendental. El yo es su propio objeto en la unidad que armoniza todos sus sentimientos. La función cognoscitiva le permite conocer al sentimiento humano la unidad irreductible del otro yo y el puente que el sentimiento debe salvar para lograr la unidad ansiada. Ese puente es la comprensión. Cada conciencia se ha hecho lo que es, y la razón la comprende como la unidad resultante de todos sus actos.

La unidad que vive el sentimiento no será nunca la negación de ese carácter irreductible del otro yo, pero será la unidad alcanzada por dos conciencias en la lucha por mantener su trascendental. La conciencia se une con otra conciencia al reconocerla como persona.

La razón, función cognoscitiva del último trascendental contiene la experiencia del sentimiento que vive a la unidad como sentimiento puro, capaz de contener en sí todo el orden de las conciencias. La razón revela el poder unificador del sentimiento en todas sus manifestaciones.


III — EL TIEMPO RELIGIOSO

 

La unidad que aprehende el sentimiento de comprensión es más que la totalidad de las hipóstasis temporales de la conciencia: es la unidad de las mismas en el tiempo religioso propio del nuevo trascendental.

Las hipóstasis temporales, han revelado un destino y una metafísica en el hombre: Cada conciencia debe satisfacer las condiciones de su estructura temporal para cumplir con su destino.

La temporalidad es el destino del hombre en cuanto cada conciencia es su propia obra en un proceso que no puede detenerse. Crecer es el destino metafísico del hombre y cada manifestación consecutiva del sentido del tiempo representa un grado de crecimiento en la conciencia. La caída  es el signo negativo de la temporalidad.

Existen tantas temporalidades como sentimientos dominantes puede vivir el sujeto y cada una de ellas constituye su evidencia de la temporalidad, esto es el tiempo que presenta al término del sentimiento. No existe, pues, un sentido único del tiempo, pues la plenitud del mismo puede ofrecerse en cualquiera de sus faces, y en la atención de los cambios, pero sí existe un sentido que incluye a los demás en una nueva significación, que es el tiempo religioso.

Para esta temporalidad todo el transcurso de la vida humana, desde el nacimiento hasta la muerte, constituye el presente religioso de la conciencia. Y es el sentimiento de la comprensión el que puede aprehender la vida de la conciencia como una lucha existencial, extendida todo a lo largo del presente religioso. Ese presente está precedido por un pasado, y seguido por un futuro religioso de la conciencia, que tanto la filosofía como la religión han procurado precisar. Otras interpretaciones han negado o soslayado ese pasado y futuro religioso de la conciencia, en cuanto imposible de conocer, o inexistente, o ajeno al interés dominante del sentimiento.

Lo cierto es que la responsabilidad metafísica del hombre se vive en su temporalidad metafísica, esto es, en su vida actual, y su salvación o caída es una experiencia ineluctable de su vida terrena. Ya en esta existencia la conciencia conoce el dolor moral de su descenso en el sentimiento y contrariamente la paz y la dicha que acompaña a la expansión del mismo en estructuras más alias. La dimensión metafísica del hombre y el significado de su temporalidad indican que ya en esta vida el hombre se salva o se condena, pero ello no implica aislar su conciencia de una posible continuidad religiosa de la misma.

Es el sentimiento de la comprensión el que capta la unidad de la conciencia como un resultado insertado en el devenir cósmico de la energía, siendo la vida afectiva del hombre el punto donde la energía se hace y crece por el esfuerzo del sujeto.

Según el cumplimiento de las condiciones metafísicas del sentimiento, así será el futuro religioso de la conciencia, en cuanto resultado recapturado en una nueva existencia donde la energía cósmica prosigue su manifestación. E inversamente, la estructura metafísica posible de cada conciencia, esto es, su destino espiritual, es aprehendido por la comprensión como el resultado de un proceso de lucha y creación que tiene en el pasado religioso su propia temporalidad.

El tiempo metafísico es la temporalidad que sirve al hombre de puente para pasar del tiempo de los cambios al tiempo religioso. Pero se equivocan quienes asimilan la existencia humana y su circunstancia a una ilusión y a una apariencia, pues por esa ilusión se salva o se condena el hombre.

La temporalidad metafísica pertenece a la estructuración de la energía como puente hacia una forma más alta, y en cada uno de los sentidos del tiempo se revela la plenitud total de la energía en una fase de su evolución.

 


IV — CONDICIÓN ETICA: EL PERDÓN

 

El sentimiento contrario a la comprensión es la intolerancia. Ella consiste en la incapacidad para aprehender al yo ajeno en la totalidad de su vida psíquica, y para comprender el conjunto de sentimientos que constituyen las motivaciones del yo. La tolerancia se caracteriza por comprender los móviles de la conducta ajena en cuanto motivada por sentimientos e intereses que pueden no prevalecer en la conciencia que la juzga, sin carecer por ello de fundamento en el psiquismo humano. Este se revela como una complejidad donde todas las motivaciones encuentran su justificación y su eficiencia, consistiendo la tarea del sentimiento de comprensión no en suprimirlas sino en armonizarlas.

Toda intolerancia se funda en una incomprensión de los sentimientos y las motivaciones ajenas. Es una incapacidad para conocer el psiquismo humano a partir de la vigencia del deseo. La obra de la intolerancia se traduciría en una mutilación de la conciencia, por su intento de suprimir un sentimiento o una motivación contrarios a los intereses del sujeto.

La tolerancia procura dar utilidad a la infinita riqueza de las motivaciones humanas, dentro de la unidad de las mismas en la idiosincracia de cada conciencia. Pero además procura comprender, esto es, justificar la conducta ajena, aun cuando sus pautas no se asimilen a las de la propia conducta. Pues comprender es entender que cada conciencia debe regirse por la virtud de su sentimiento y que solamente sobre la base del sentimiento dominante en una conciencia puede juzgarse la conducta de la misma.

La tolerancia es pues la virtud más elevada de una conciencia, pues corresponde a su sentimiento más maduro, el que se refiere a la totalidad de conciencias ajenas como una realidad cuyo crecimiento y maduración el sujeto se propone favorecer. Dentro de esa totalidad, la tolerancia aprehende la utilidad de cada conciencia en la comunión de las conciencias, la tarea particular que puede cumplir en el plano general conforme a su propia idiosincracia. La tolerancia es la virtud más eficaz en la superación de la conciencia ajena, en cuanto despierta por simpatía sus reservas psíquicas, sus sentimientos virtuales, y la motiva para hacerse cargo de su propio crecimiento.

Pero la tolerancia tiene otro aspecto con referencia al sujeto de la comprensión, empeñado en ordenar las circunstancias humanas en que actúa conforme a su sentimiento de unidad de todo psiquismo, tanto particular como colectivo.

Pues todo sentimiento es de naturaleza expansiva y excluyente. Busca abarcar toda la afectividad del yo y colocar las otras motivaciones del mismo en situación subordinada. Cada sentimiento aspira a más de lo que corresponde y esto lo advierte la comprensión al abarcar la unidad de la conciencia ajena. No es de extrañar entonces que la conciencia ajena retribuya con su incomprensión o ingratitud a la conciencia que actúa comprendiendo la unidad del sentimiento y de la vida. Frente a esta coyuntura, que inevitablemente se le presentará a la conciencia, el sentimiento que estudiamos reserva su virtud más alta: su perdón para los que no comprenden.

 


V - RELACIÓN   ECONOMICA: LA PRODUCCIÓN

 

Producir implica imponer sacrificios y saber distribuir el resultado de la producción. En la medida en que la producción va satisfaciendo la motivación económica de los factores participantes, la producción requiere el conocimiento de los intereses dominantes en la conciencia. La motivación económica propia del sentimiento que estudiamos participa de la altura espiritual y posición de responsabilidad de quienes consideran su deber ayudar al crecimiento de los demás, reducir la pobreza y aumentar las posibilidades de vida.

Saber producir es saber motivar los intereses de los hombres, pues la masa de bienes de que dispone un pueblo es receptiva a la acción de todos los sentimientos presentes en la conciencia de la comunidad.

En una misma empresa pueden satisfacerse motivaciones distintas y la complejidad de las personas jurídicas se presta al juego armónico y conducente a una finalidad común, de todos los intereses comprometidos. En ellas el afán de posesión, la seguridad de la propiedad, el instinto investigador, la solidaridad común, la protección del inversor y el espíritu de producción tan vinculado con el estímulo de la aventura, encuentran su expresión y satisfacción en la capacidad productiva de la empresa. Pero donde el espíritu de comprensión revela toda su fecundidad es al presidir las motivaciones económicas de un pueblo, pues es este sentimiento el que tiene mayores posibilidades para actualizar las energías latentes y despertar los intereses dormidos.

Quienes pretenden aumentar la capacidad productiva de un pueblo, satisfaciendo las motivaciones de algunas de sus clases en desmedro de otras, obtendrán un magro resultado en comparación con una obra de adecuación y armonía de todos los intereses sociales.

Se equivocan quienes temen que la masa de bienes no baste para satisfacer todas las motivaciones de un pueblo. Quienes analicen los intereses que pueden actualizarse sobre un mismo bien, advertirán que la productividad del mismo es proporcional a su receptividad de motivaciones. Pero esta experiencia es solamente accesible al sentimiento que estudiamos. De ahí que su vigencia sea tan esporádica en la historia económica de los pueblos. Cuando la comprensión prevalece en la conducción de la economía, los pueblos viven las grandes etapas de su crecimiento, la expansión material de sus energías, y participan de un impulso creador al que se entregan con el entusiasmo que merece la manifestación colectiva de una fuerza nueva.

Luego caen en la etapa de las motivaciones particulares, capaces de mantener un ritmo de crecimiento pero que carecen del énfasis creador que puede comunicar a la sociedad el sentimiento de unidad de todas sus clases.

La humanidad se aproxima a una aplicación de la etapa anticipada por el filósofo griego, "cuando los telares trabajen solos'". Pero las relaciones económicas de cada trascendental son independientes de la técnica, y la vigencia de su estructura pertenece a un orden de automación más productivo que el de las máquinas.


VI - ORGANIZACIÓN POLITICA: LA PAX NOVA

 

Al sentimiento de comprensión corresponde una organización política de proyección universal, como la ejecutaron los fundadores de imperios y los grandes guerreros de la historia. El imperio es la reunión de pueblos bajo un principio unificador de sus particularidades e idiosincracias, el cual representa el surgimiento de un nuevo sentimiento dispuesto a actualizarse en la conciencia de la historia. Cada imperio es la expansión o recuperación de un sentimiento en el alma de la historia, con la conformación del mundo y de las conciencias que le son propias. El imperio no es una forma política fortuita, cuyo surgimiento es resultado de una gran voluntad individual, sino que su aparición está precedida por una profunda maduración en la conciencia de los pueblos, vivida como un anhelo simultáneo de quienes tienen una historia en común.

Los imperios representan los grandes cambios en la conciencia de la historia; son formas civilizadoras de vigencia universal que reclaman las energías de los pueblos vinculados por recuerdos comunes. Representan la evolución del sentimiento en el campo de la historia universal, y recíprocamente, la asimilación de todos los cambios y resultados de la historia en el renacimiento de la capacidad afectiva de pueblos vinculados. El fundador del imperio es el héroe que remoza la fuerza del sentimiento en la historia universal. Es el guerrero que no vacila en hacerse cargo de la destrucción que requiera la vida de un nuevo sentimiento. Los moldes que deja son cauces donde fluyen las energías recuperadas de los pueblos: Son estructuras que les permiten crecer y proseguir su evolución espiritual. El emperador aparece cuando una lenta gestación del anhelo ha acumulado energías de expansión en la conciencia de un pueblo; cuando un nuevo sentimiento ha cobrado la fuerza de una evidencia que requiere su expansión sobre la historia.

La historia actual requiere la aparición de una nueva evidencia en el sentimiento de los pueblos; un sentimiento que eleve sus conciencias sobre la imposición de un mundo de cosas, que ha materializado las conciencias. El trascendental res ha cumplido momentáneamente su función de multiplicar los recursos materiales del mundo pero un exceso en su vigencia ha deteriorado la vitalidad de las conciencias. La superación del mismo obedecerá a la irrupción de un nuevo trascendental que negará la evidencia del anterior y sumergirá a sus representantes en el ocultamiento. Tal destrucción puede ser obra del asombro, y la fuerza de la juventud no puede dejar de entusiasmar a los observadores de los cambios. Pero la maduración de la conciencia del mundo requiere la emergencia de un trascendental más alto: el bien que pueden despejar los cambios como el sentimiento que proporcione un nuevo núcleo a la historia, en un mundo con fuerzas para destruirse. Es en el poder unificador de esta nueva conciencia universal donde estriba la esperanza de salvación de una Humanidad donde la superpoblación compite con la Naturaleza.

Los pueblos que se sumerjan en la corriente de los cambios con esa joya en su corazón son los destinados a completar la organización política del mundo.


 VII — CONTENIDO ESTETICO: LA FORMACIÓN

 

La conciencia humana es el material más alto que se ofrece a la creación del artista. Creación que debe consistir con respecto del hombre, en aportarle el concurso externo que necesita para llegar a su esencia. Así como la conciencia descubre su naturaleza por medio de otra conciencia, del mismo modo el ser humano requiere en sus años de formación la ayuda y el trabajo de los demás para actualizar las formas posibles que presidirán su vida.

Todo ser humano es en cierto sentido la creación de otro ser humano. Nadie ha carecido de un maestro que diera forma a las energías de su alma según pautas que dirigieran su actividad. Un maestro no tiene que ser necesariamente un contemporáneo del discípulo. Puede ser una presencia espiritual que sigue creando desde el pasado, a través de la fuerza de irradiación de las obras que dejara. El verdadero maestro es el que procura formar personas sobre la base del sentimiento dominante en las mismas. Ese sentimiento y la facultad cognoscitiva correspondiente están inscriptos en la vocación del educando.

El problema fundamental de la educación consiste en conocer los modelos del maestro, las formas que su convicción imprimirá sobre las energías todavía receptivas del discípulo. Esas pautas han sido hasta ahora eminentemente intelectuales y tal circunstancia constituyó un hecho positivo cuando las tareas de la inteligencia estaban acompañadas por la vida de una civilización que supo impregnar su actividad con la expansión de un sentimiento intenso y franco. Pero tal beneficio se fue perdiendo a medida que la inteligencia se fue materializando y cuando hubo subordinado su actividad a las apetencias del deseo. El conocimiento de las leyes de la armonía fue sustituido por la acumulación de datos sobre cosas, conjunto inconexo tendiente a materializar, a su vez, la conciencia de los educandos.

La educación moderna ha incurrido en el error de separar la inteligencia de la imaginación, creando pautas aisladas y compartimientos estancos en la formación de estudiantes. La falta de belleza de los resultados ha afectado igualmente a la verdad de los mismos y la juventud se ha visto paulatinamente obligada a aprender a manipular conocimientos que eran meramente cosas.

El redescubrimiento del sentimiento como fundamento de la vida psíquica del hombre debe crear un nuevo contenido en las pautas de la educación. El cultivo de las facultades debe responder a la unidad total de las mismas en cada conciencia, y las formas impartidas al educando deben apuntar en última instancia al fortalecimiento de los sentimientos que están llamadas a servir.

Con cada generación que aparece en el mundo se renueva la evolución de la energía consciente en la experiencia de todos los sentimientos. El sentimiento dominante es la vocación de cada conciencia y formarla para que la expansión del mismo sea una acción armónica y útil para el educando y la sociedad, es la tarea indeclinable de cada generación con la vida humana que la continúa.

Esta tarea de formación es la creación estética más alta del sentimiento: formar conciencias armónicas y fuertes para cumplir con su vocación; modelar a la nueva generación de modo de disminuir sus frustraciones y fortalecer sus energías, para que cumpla con el destino de crecimiento que es el sentido del psiquismo humano, y pueda aprontarse para manifestaciones más altas.

Un campo infinito se ofrece a la actividad de cada sentimiento. Recorrerlo es la vocación de cada conciencia; prepararla para el viaje, la mejor ayuda con que puede despedirla la antigua generación.

 


VIII — REFLEXION FILOSOFICA: LA METAFISICA

 

La metafísica es el descubrimiento de formas espirituales en la vida del hombre. Como tal la misma surge con el pensar y está contenida en la primera pregunta. La comprensión de la forma se ha ido aclarando en el proceso de la evolución consciente y su manifestación ha sido el resultado del sentimiento que constituía la evidencia de la conciencia.

Toda reflexión filosófica es el descubrimiento de una forma, esto es, de una estructura metafísica informando la vida humana. Y la actividad del hombre ha consistido y consistirá en recrear formas descubiertas por su reflexión filosófica, guiando conforme a ellas su acción y su conducta.

Todo oscurecimiento metafísico se revela en una debilidad para descubrir la forma. Y es paralela al descenso del sentimiento en cuanto a la intensidad y estructura de su vivencia. Surge entonces la exaltación de la irracionalidad y de la materia como testimonio de la pérdida del nivel metafísico de la conciencia.

En este tratado, el sentimiento es presentado como substancia. El descubrimiento aristotélico de materia y forma en la unidad de la substancia es expresado conforme a la comprensión actual como energía y estructura. Para comprender esta experiencia es necesario intuir el sentimiento como la unidad de materia y forma en la identidad de su substancia. Pero también la idea platónica recuperó en el sentimiento su vigencia en cuanto sentimiento puro o estructura trascendental de la conciencia. En el trascendental forma y energía constituyen la unidad del Poder Creador.

La experiencia del sentimiento nos revela que las formas fundamentales descubiertas por la reflexión griega encuentran su reconciliación final en el sentimiento humano.

Los trascendentales, en cuanto formas puras del sentimiento, constituyen la estructura metafísica de la realidad. Esas estructuras informarán la evolución de la energía cuando la misma se manifieste como conciencia humana. El sentimiento particular del hombre revela el grado en que la energía de una conciencia ha podido asimilar su estructura trascendental. La forma metafísica que el sentimiento buscaba en el intelecto revela ahora su plenitud en cuanto sentimiento mismo. El sentimiento es, conforme la antigua experiencia de las religiones, la presencia del fundamento, esto es, la Divinidad, en la conciencia: los trascendentales son los sentimientos de Dios. El carácter creador de la Divinidad es lo que justifica a los trascendentales.

La metafísica es la disciplina formal que permite al hombre comunicar con su fundamento. La tarea metafísica culmina con la revelación de la forma como experiencia de la Divinidad. Es la manifestación del poder creador de la misma. Dicha experiencia es inmanente en la reflexión filosófica propia de todos los sentimientos, pero alcanza a su unidad en el sentimiento de la comprensión. La atribución de un fundamento nihilista a las formas metafísicas es una expresión filosófica propia del deseo, en el cual la conciencia de la Divinidad se presenta en la intuición oscura de la magia.

El descubrimiento de los trascendentales como sentimientos del Poder Creador es una revelación de Pallas Atenea, Diosa de la claridad y mediadora de las conciencias. Todo el Universo es el templo de su luz.


IX - CONCIENCIA RELIGIOSA: LA RELIGION UNIVERSAL

 

La conciencia religiosa del sentimiento de comprensión ha alcanzado la intuición de las religiones universales: "Dios es amor" y "La Divinidad reside en el loto del corazón". En la religión universal la conciencia vive su identidad con el fundamento de la vida, conforme a la revelación de la Divinidad en sus manifestaciones temporales. Las conciencias religiosas portadoras de la revelación han traído a los hombres el mensaje del poder divino del sentimiento. En la medida en que el hombre crece en el amor, va creciendo en la Divinidad que lo sustenta.

El estudio del sentimiento reivindica experimentalmente para la filosofía su tarea de ser auxiliadora y servidora de la religión en el proceso de maduración de la conciencia humana. Toda filosofía es la reflexión que acompaña y aclara la intuición religiosa de la conciencia, pues toda conciencia, lo admita o no, tiene su modo de religación con el fundamento, en la intuición de la estructura de su sentimiento.

Los resultados nihilistas de la filosofía actual responden a la elaboración de la inteligencia en el trascendental del deseo, donde la verdadera religión del filósofo es el poder mágico adquirido con su trabajo paciente y perseverante en la aplicación de la inteligencia sobre las cosas. La filosofía del sentimiento ha rescatado a la conciencia humana del nihilismo substancial proveniente del mundo del deseo. Ha advertido que tal nihilismo surgía del ejercicio metódico de la inteligencia al servicio del trascendental res, donde el trabajo intenso sobre las cosas retribuye al filósofo con su poder sobre las conciencias.

Pues toda verdadera filosofía es un combate, donde prevalece el más fuerte, y más fuerte es el nutrido por un mayor sentimiento, como son las encarnaciones divinas de la historia del hombre.

En todas las religiones universales el trascendental de la Unidad se ha verificado en la búsqueda de un Principio Creador, cualquiera sea el nombre que se le otorgue: Lo Uno, El Bien, Dios, Brahman, Naturaleza, etc. Este Principio Creador es concebido como fuente de vida, esto es, del sentimiento que impregna toda su creación.

No todas las conciencias llegan a comprender que esa unidad es trascendente al espacio-tiempo, en el sentido de que continuamente genera Universos dotados de vida humana. Pero el sentimiento no excluye la realidad trascendente del mismo, como lo hemos manifestado al afirmar que los trascendentales son los sentimientos de la Divinidad. De no ser trascendentes, no podrían aparecer en la sucesión de Universos que son la vida del Principio Creador ¿Y qué diferencia hay entre una sucesión de Universos y un Universo que continuamente se recrea? Quienes se han elevado a la comprensión de la Unidad y se saben partícipes de la misma, pueden tener la seguridad de que los sentimientos que vivieron en esta vida y los seres que los motivaron, son un patrimonio del alma que han conquistado para siempre.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AVE MARIA

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El 30 de abril 1970, día de Santa Catalina

de Siena, Doctora de la Iglesia, se terminaron

de imprimir 500 ejemplares de este libro en

los Talleres Gráficos de ' 'Editorial Baraga

S.R.L.", situados en Pedernera 3253 de la

Capital Federal, República Argentina.

 

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Fernando Demaria,
14 abr. 2011 7:45
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