Hace 75 años tuvimos un sueño

Página de Felipe Zayas

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Manifiesto

Con orgullo, con modestia y con gratitud

 

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Memoria del futuro
Memoria republicana

 

 

 El domingo 12 de abril de 1931 desde las ocho de la mañana se formaron inmensas colas de votantes ante los colegios electorales de todas las ciudades y pueblos del país [para elegir los gobiernos municipales.] 

A media tarde, comenzaron a llegar los resultados de los escrutinios que confirmaban el triunfo de las candidaturas republicano-socialistas en todas las grandes ciudades (41 de las 50 capitales de provincia). 

En Madrid los servicios de Seguridad se habían desplomado y , salvo hechos aislados, no intervenían contra los manifestantes. La bandera republicana flotaba a las tres de la tarde del día 14 sobre el Palacio de Comunicaciones.

De Cibeles a Puerta del Sol no se podía dar un paso. Los obreros habían abandonado las fábricas, los estudiantes los centros docentes, los empleados sus oficinas... la ciudad
entera estaba ocupada por las masas. El estado de ánimo multitudinario creó una inmensa esperanza de carácter primordialmente emocional. Cada cual piensa que la República será tal como él la concibe y que responderá a sus intereses.

 
 (Fuente: Página de la Universidad Carlos III de Madrid)
 

 

Testimonios

  I

Alguien, desde Madrid, nos llamó por teléfono, gritándonos:
—¡Viva la República!
Era un mediodía, rutilante de sol. Sobre la página del mar, una fecha de primavera: 14 de abril.Sorprenddidos y emocionados, nos arrojamos a la calle, viendo con asombro que ya en la torrecilla del ayuntamiento de Rota una vieja bandera de la República del 73 ondeaba sus tres colores contra el cielo andaluz. Grupos de campesinos y otras gentes pacíficas la comentaban desde las esquinas, atronados por una rayada "Marsellesa" que algún republicano impaciente hacía sonar en su gramófono.  Mientras sabíamos que Madrid se desbordaba callejeante y verbenero, satirizando en figuras y coplas la dinastía que se alejaba en automóvil hacia cartagena, un pobre guarda civil roteño, apoyado contra la tapia de sol y moscas de su cuartelillo, repetía, abatido, meneando la cabeza: 

—¡Nada, nada! ¡Que no me acostumbro! ¡Que no me acostumbro!

 —¿A qué no te acostumbras, hombre? —quiso saber el otro que le acompañaba y formaba con él pareja.

 —¿A qué va a ser? ¡A estar sin rey! Parece que me falta algo. 

[...] 

La República acababa de ser declarada entre cohetes  y claras palmas de júbilo. El pueblo, olvidado de sus penas y hambres antiguas, se lanzaba regocijado, en corros y carreras nfantiles, atacando como en un juego a los reyes de bronce y de granito, impasibles bajo la sombra de los árboles. A la reina y los príncipes, que quedaron un poco abandonados por los suyos en el Palacio de Oriente, ese mismo pueblo, bueno y noble, los protegió con una guirnalda de manos. Nadie puede decir qe le asaltaran la casa, le robaran la hacienda, desvalijasen los bancos o matasen una gallina. El único suceso grave que recuerdo fue una pedrada contra los cristales del coche del poeta Pedro Salinas, al cruzar la Cibeles en compañía del escritor francés Jean Cassou. Todo aquello fue así de tranquilo, así de sensato, de cívico. Dentro de la mayor juridicidad —como entonces la gente repetía satisfecha— había llegado la República.


Rafael Alberti, La arboleda perdida, 1. Primero y Segundo ibros (1902-1931). Alianza Editorial, 1998, pp. 342-344

 

II

 Todos los periódicos anunciaron la llegada del gobierno republicano en España; al conocer la noticia, los cambios que se proponían, decidimos embarcarnos y volver. Pero antes, fue curioso observar que la colonia española en Argentina se declaraba en su mayoría republicana [...] Sorprendía, porque por lo general el medio burgués era en su mayoría monárquico. Como apoyo a la República se organizaron mítines en los principales teatros de la ciudad; entraban multitudes. En uno de ellos participamos Consuelo [Berges] y yo; primero, ella leyó unos poemas míos de corte político; después, yo leí el único poema que Consuelo haya escrito: contaba la historia del capitán Galán, un capitán republicano que había mandado matar al rey. Llovían los vivas y los aplusos; sobre todo de los desertores del servicio militar, que se disponían a volver a España. 

La colonia eapañola, par despedirnos, nos ofreció varios  banquetes; a uno de ellos asistió Gómez de la Serna [...]  En otra fiesta repartieron pañuelos con la bandera republicana: aquella que había permanecido guardada en la caja de los maquinistas salió a la luz. Salió el barco que nos regresaba. El puerto se llenó de gente, de grandes personajes, como si nosotros en aquellos momentos simbolizáramos a España; nos daban vivas: "¡Viva España, viva, viva!". Con los pañuelos impresos nos decían adiós.

Paloma Ulacia Altolaguirre, Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas. Madrid, Mondadori, 1990