Otro Triple Play: todos por la concentración mediática

 

Más allá de las deleznables leguleyadas de Baruch Ivcher para sangrar al Estado Peruano, estos días han mostrado tres cambios no muy saludables para el futuro de los medios en el Perú.

En primer lugar, ha comenzado un soterrado intento de justificar la completa "estatificación" de TV Perú, como lo comentó Jerónimo Pimentel en Caretas antes de Fiestas Patrias. Aunque se ha respetado buena parte de la parrilla "toledista", por llamarla de alguna manera, poco a poco se ha ido incorporando más y más programación "oficial": las actividades del jefe de Estado han suprimido o postergado la programación convencional. Como siempre, se espera que el canal del Estado lo haga, pero para variar, el problema reside en el cuánto y el cómo: escribo esto tras haber visto como en la tarde del 2 de agosto TV Perú transmitía la presentación de un libro escrito por Armando Villanueva (no relation), con palabritas alusivas de nuestro señor presidente. No creo que esto justifique en lo más mínimo interrumpir la señal del canal del Estado, porque no es de interés nacional, sino apenas un acto cortés pero privado, de un ciudadano más. Si el presidente escoge usar un acto privado como público y dar iniciativas de ley o algo así, es su decisión, pero eso no cambia la naturaleza del acto.

Esta estatificación se ha unido a la campañita, comenzada por Mauricio Mulder y continuada de manera francamente alucinante por el hijo del sobredimensionado (intelectualmente) Hernán Garrido Lecca, para justificar que el canal del Estado se dedique a difundir más "los logros del gobierno" y menos de la programación "normal"; un buen seguimiento al asunto lo provee Ocram, como siempre pertinente aunque ácido. Asumiré que no hay tanto un intento de copamiento del estado como una genuina capacidad de auto engaño, y que realmente creen que les irá mejor no siguiendo los consejos de personas inteligentes, sino cacareando todo el día cifras y datos que nadie verá. Finalmente vienen del partido que cree que Aurelio Pastor está calificado para dirigir la comisión de constitución, así que es obvio que viven bajo el embrujo de su propio campo de distorsión de la realidad. Pero...

El retiro del grupo Santo Domingo, colombiano, de la gestión de América TV, y la aceptación por el grupo La República de vender en algún momento futuro su participación al adquiriente de los colochos: El Comercio; la fuente no puede ser mejor, el histórico de La República Mirko Lauer. El decano puede tener su corazón en el lado correcto, al menos en lo social, y ser esencialmente dirigido por gente esencialmente decente, en el sentido moral del término, pero eso no quita que sigue siendo una empresa privada que cada vez controla más espacios mediáticos, tomando un poder desproporcionado, quizá no el que tuvo en sus años de gloria pre caída de la república terrateniente con Velasco, pero igual. Mucho para estos tiempos de supuesta abundancia informacional, que como se tiene claro hace tiempo, coinciden con concentración de la propiedad de los medios, tanto horizontal como vertical.

Es un tema complicado, bien complicado, que algún día convertiré en un trabajo bastante más grande, pero la llamada convergencia multimedia trae un montón de preguntas sobre políticas de comunicación, en el gran sentido, que ni siquiera nos estamos haciendo. Ni siquiera voy a hablar por ahora de la Televisión Digital, porque con lo que tenemos por delante es suficiente.

Si el gobierno aprista decide aplatanar TV Perú y convertirla en nada más que un Hocicón de cualquier cosa que ellos consideren logros, la televisión será un páramo: un gigante, El Comercio, controlando el único canal con reservas más o menos pasables como para emprender cosas nuevas, con solo un par de zombies, un par de  mercenarios y un grupo de ignotos que no se sabe para dónde van. Encima, el gigante tiene dedos en casi todas las demás formas de comunicación masiva... 

(Digresión dirigida a todo menor de 35 años que lea esto: si quieres saber cómo era la televisión de "antes", tómate el trabajo de ver RBC, Canal 11 de Lima, cualquier noche. Salvo por los implantes de la modelo titular, la falta de ternos y el color, es como si el tiempo no hubiese transcurrido: exactamente igual de misio, plano y esencialmente banal como era hace 40 años, con la ventaja para el pasado de ser eso, pasado).

Si a esto le sumamos la más lejana pero no menos preocupante "invasión" o "santanitazo" que Andina de televisión hizo de la televisión digital, al presentar lo que no era más que un prueba de equipos como el inicio de transmisiones, con Presidente de la República y todo...

¿Es esto saludable? Mi opinión es que no lo es. No solo es pertinente reclamar, como lo he hecho antes y como lo hace el Morsa, por crear televisión pública, terminando el trabajo que pudo y no quiso iniciar el gobierno de Toledo. Es más, es una situación perfecta para ejercer regulación.

Regulación en este caso no significa poner censores en los medios (aunque habrá algún idiota que crea que eso es lo que quiere decir). Se trata de garantizar varias cosas más: que no hayan subsidios cruzados entre actividades mediáticas, para que El Comercio no pueda sostener su canal deficitario con los beneficios de sus periódicos; prevenciones para impedir que El Comercio use sus frecuencias para defender intereses privados, en particular si no lo hace honestamente, sin enmascararlos como "periodismo"; o para promover negocios, como lo han hecho muchas veces otros "broadcasters": recuerden los vergonzosos reportajes de Panorama haciéndole propaganda a tecnologías traidas por algún accionista, o promoviendo la "concretización" de la Costa Verde de la que después tratarían de aprovecharse. Estoy casi por completo seguro que El Comercio no lo haría, pero ¿por qué dejar a la buena voluntad de individuos sometidos a vaivenes comerciales, financieros y hasta familiares la salud de las comunicaciones en nuestro país? No voy a entrar a la administración de frecuencias, a la no comercialización de los permisos de operación, o peor aún, a la obligación de revelar estados financieros para asegurar la transparencia de su actuación en el mercado. Eso es complicado, o mejor dicho, mucho más complicado que lo poco que planteo aquí.

Lo básico y elemental: cosas simples, de las que ya se le impiden a otros conglomerados de las telecomunicaciones, y que no requieren censura, sino que son faltas pasibles de ser sancionadas administrativamente si se cometen. Nada más ni nada menos.

Sé que es pedirle demasiado a la política peruana llegar a tanto, pero por lo menos, hay que decirlo, ¿no?