Sudeste Asiático/18


             Llegamos a El Cairo con el mismo retraso que salimos. Solo queda media hora para el vuelo y la jardinera tarda. Estamos bastante nerviosos y se lo hacemos entender al personal de Egypt Air. Nos indican que debemos coger un autobús interno de la Terminal 3 a la 1, que tarda pocos minutos.

 

            Así lo hacemos y tras bajarnos, pasamos un control a la egipcia (todos pitamos, pero ningún vigilante se inmuta lo más mínimo) y obtenemos por fin nuestras tarjetas de embarque. Anuncian que el vuelo se retrasa, nuevamente, 45 minutos y aprovechamos para ir a la tienda libre de impuestos a abastecernos de cerveza, a razón de 1,5 dólares la lata de medio litro de la excelente Estela. Esta terminal es mucho más nueva que la 2, a la que volamos en nuestra visita a Egipto de hace ahora poco más de año y medio

 

            La sala de espera está llena al 50% de asiáticos y árabes. Pocos parecen turistas. Hemos pasado en escasos días de los

pueblos indígenas de América, a ver una amalgama de gruesas mujeres tapadas hasta las cejas, mezcladas con estilizadas asiáticas de pantalón de culo ajustado y piernas enteramente al aire. Mañana nos esperan los monjes.

 

            Subimos al enorme Boeing 777, con tan mala suerte que nos ha tocado en la fila 53, la última y al lado de los baños. Nos resignamos, ante la mirada circunspecta de la azafata que nos cruzamos, que con el gesto parece decirnos: ¡¡Qué se le va a hacer!!”. Pues sí, si se puede hacer algo. Vender estas plazas más baratas a quienes les puedan interesar, porque la merma de viajar aquí a hacerlo diez filas más adelante, es considerable.

                                                                         Bangkok (Tailandia)

            Recupero el ánimo bebiendo otra Estela (propia, porque en Egypt Air no se sirve cerveza ni pagando) y degustando la rica y copiosa cena, ahora si, guisada al estilo árabe, con las especias de la zona. He pedido pescado. Viene acompañado de patatitas rebozadas  y está exquisito. ¿Quién dijo que se come mal en los aviones?. El despegue de El Cairo ha sido bonito, dejando a los pies en una noche despejada y con la luna en lo alto, esta ciudad de casi veinte millones de habitantes.

 

            Nos ha tocado en la zona de atrás un azafato quisquilloso, meticuloso y tonto. Que si no te puedes poner la manta por las rodillas antes del despegue, que si me enseñas el móvil a ver si lo tienes apagado… ¡¡Que cruz!!. A pesar de lo bien que dan de comer, creo que no volveré a volar con esta compañía. Al menos nos entrega el “Kit Egypt Air”, una bolsita blanca o azul con cremallera, que contiene unos auriculares, unos calcetines, un llavero, un antifaz y algún otro objeto de uso cotidiano.

 

            Intento dormirme y es impasible. Las turbulencias laterales que golpean la cola me mueven de un lado a otro y el sonido de los baños, más el constante fogonazo de encender la luz, me impiden siquiera adormilarme unos minutos durante horas. ¡¡Maldigo a Egypt Air!!.

 

            Las turbulencias se agudizan por la mañana. Son las peores que recuerdo y eso que tengo bastantes vuelos encima. La espesa niebla recubre el aparato por todos sus lados. Imagino que andaremos sobrevolando el Golfo de Bengala, pero solo lo imagino, porque nada se ve y nos han quitado hace ya tiempo el itinerario de las pantallas para poner una aburrida película. Pero el desayuno lo alivia todo, es impresionante: empanadillas, croquetas, una salchicha, dos huevos escalfados, papas con un rebozado más crujiente que las de anoche, ensalada, quesitos, arroz con leche…).

 

           

BANGKOK

 

            Llegamos con la misma demora con la que habíamos partido. Antes del descenso hemos rellenado los formularios de inmigración, que tendremos que entregar junto con el pasaporte en la ventanilla de del mismo ramo. Pero primero hay que cruzar los enormes pasillos y cintas de un aeropuerto moderno y bastante funcional.

 

    

        La fila de inmigración avanza con cierta lentitud. Cuando llegamos, el funcionario apenas cambia el gesto y se limita a introducir los datos en el ordenador, con corrección y sin hacer una sola pregunta. Sella el pasaporte, la tarjeta de inmigración, grapa ambos y estamos dentro. ¡¡Vaya por Dios, aquí todo está escrito con letras raras!!.

 

            Recogemos las mochilas sin incidencias y cambiamos un poco de dinero para los primeros gastos a una tasa muy razonable, como comprobaríamos más adelante.

 

            En el hall de llegadas hay una oficina de turismo, pero en estos momentos está cerrada, porque la chica que informa está comiendo. Toca esperar hasta la una y media. Hay buses para turistas que van y vienen al aeropuerto desde el Kaosan, pero son demasiado caros para dos pobres trotamundos (a50 bahts por cabeza, así que nos decidimos a usar el transporte local y no somos los únicos, porque dos guiris que venían en nuestro vuelo se han unido a nosotros.

 Bangkok (Tailandia)

            En el aeropuerto de Bangkok, en la terminal de llegadas, hay comisionistas y taxistas. Algunos son pesados, unos pocos agresivos y la mayoría, personas normales que se ganan la vida como cualquiera. Hay también servicio de limusinas, para quien quiera llegar a la ciudad de una forma más confortable y especial.

 

            El bus que tenemos que tomar, según nos indica la de turismo, es el 556 (33 baths), para bajarnos junto al monumento de la Democracia, que ya está cerca de Khaosan, donde pretendemos encontrar alojamiento. También es posible tomar el 551, pero no te deja tan céntrico.

 

            El recorrido, de tres cuartos de hora, no se hace demasiado largo. Ya desde el principio comenzamos a sentir esa amabilidad y trato exquisito, que no nos abandonaría en ninguno de los días que pasamos en el país.

 

            El sistema de cobro es eficiente. Se trata, generalmente, de mujeres que van con una especie de estuche –parecido a un bote de galletas-, donde tienen compartimentos para las monedas. Tampoco durante toda nuestra estancia, nos abandonaría esa especie de eficiencia tailandesa, que tan calculada tiene las cosas para crear objetos que hagan la vida más sencilla y funcional

 

            Como nos han dado de comer tres veces en las últimas 12 horas, rebañamos los restos de las comidas del avión (pan, quesitos y mantequilla) y caminamos hacia el Khaosan para buscar un alojamiento. Damos bastantes vueltas, porque no tenemos referencias de precios. Entramos en el primero: 700 baths. Ni miramos la habitación y seguimos buscando hasta que damos con uno de 300. Es el Hotel – Budget Guest House.

 

            La habitación es limpia, aunque no demasiado grande, algo espartana, sin televisión y sin baño (aunque los compartidos están

bastante nuevos y cuidados). Tiene ventilador, pero hace tanto ruido y levanta tanto aire, que por la noche es imposible mantenerlo encendido, por lo que sudas como un cochino. Como en cualquier otro hotel del país o de otros países de la zona, hay que quitarse los zapatos al entrar. Al menos hasta que te cansas –que es al segundo día- y te empiezas a hacer el loco.

 

            Salimos a la calle y nuestro primer objetivo e encontrar un bar que de la final de la Euro la madrugada siguiente, pero no hay que andar mucho, porque todos la dan. La zona es muy animada, sobre todo cuando cae la noche. Aunque tiene una virtud especial y es que se va retroalimentando a si misma. A las dos de la mañana, por ejemplo, puede parecer que hay poca gente y que todo está matado, pero una hora más tarde vuelven a montar puestos de comida y se anima de nuevo.

                                                                           Bangkok (Tailandia)

            En Kaosan hay tiendas de ropa bastante decente, restaurantes, coctelerías (con chicas en la puerta anunciando los cócteles), puestos de comida tai (fundamentalmente tallarines, arroz y brochetas, aunque también hay insectos fritos)… Incluso aparatosos y vistosos  vehículos móviles, que anuncian cualquier cosa, por ejemplo un restaurante de comida mexicana.

 

            Básicamente se trata de dos calles (una más animada y la otra más tranquila). Luego hay otras más pequeñas que cruzan. También, otra zona más elegante y coqueta cruzando la avenida donde está la oficina de turismo, pero esa no la descubriríamos hasta bastante tiempo después.

 

            Salimos del Khaosan, porque pretendemos ver algún templo antes de que anochezca. No se respeta demasiado a los peatones y el tráfico es caótico, pero no tanto como en ciudades como El Cairo o Lima. Los tuk tuks no son tan fieros como algunos los pintan (ni la décima parte de agresivos que los caleseros de Luxor). Uno se acerca y nos trata de convencer de que nos lleva hasta la orilla del Chao Praya por unos pocos bahts, para  que contratemos un paseo por el río por unos 1.000. ¡¡Debe pensarse que nacimos ayer!!. Le despedimos con educación y no insiste más.

 

            Llegamos a las puestas del Palacio Real, que ya está cerrado a esas horas. Las paredes que lo rodean son blancas y dejan ver de mitad para arriba, muchas de las bellas construcciones que alberga.

 

            Nos acercamos al complejo de templos llamado Po. Parece que la entrada cuesta dinero, pero nosotros nos colamos por otra puerta. La verdad es que aún hoy –cuando escribo y después de haber entrado en este lugar más de diez veces- sigo sin saber si realmente hay que pagar entrada. Nosotros nunca la pagamos, pero en la Lonely pone que sí.

 

            La emoción comienza a invadirnos, viendo las magníficas construcciones y el ambiente reposado y cotidiano (algunos monjes juegan al fútbol) del conjunto de templos, con casas próximas donde viven algunos de los monjes.

 

            Nos descalzamos –en Bangkok o Chiang Mai conviene llevar calzado que sea fácil de quitar y poner-  y entramos en uno de los templos donde están rezando y cantando el mantra. Nos sentamos y permanecemos en silencio. Realmente se respira espiritualidad y sin pompa ninguna. Son amables y hasta puedes fotografiarlos con flash sin que se ofendan o se desconcentren. ¡¡Que diferencia con el cristianismo o con musulmanolandia!!.

 

  

          Llegamos hasta el embarcadero, después de pasar por olorosos puestos de pescado y mariscos deshidratados. El río está lleno de mierda, pero hay una preciosa vista de algunos templos del otro lado. Cruzarlo cuesta tan solo 3,5 bahts y viajar a lo largo de la rápida línea que recorre el río 12 más. ¡¡Tendrá geta el que nos quería soplar 1.000!!.

 

            Volvemos cuando ya ha caído la noche y comenzamos a familiarizarnos con esos omnipresentes calduverios, que pueblan las calles y sirven de sustento a los lugareños. No sabemos ni lo que son, ni huelen a nada que conozcamos y cuando posteriormente nos decidimos a probarlos, también descubrimos que éramos incapaces de distinguir a que saben.

 

            Nadie habla español aquí. Ni siquiera los vendedores de los puestos. ¡¡Qué barbaridad. Nos hemos hecho 25.000 kilómetros desde América para ver puestos donde se vende lo mismo!!.

 Bangkok (Tailandia)

            A ambos lados de un canal, hay hileras de puestos colocados en el suelo, donde se vende de casi todo, sin apenas luz. Enseguida nos damos cuenta de que no muy lejos del Khaosan, está su hermano cutre y pobre, que es este. Cai nada de lo que se vende aquí puede tener interés para casi nadie –lugareño o turista-, que no se dedique a coleccionar objetos antiguos –más bien viejos-.

 

             A pesar de no haber dormido ni gota, andamos seis horas y matamos la tarde nuevamente en el Khaosan, que a estas horas está lleno de guiris comiendo en los puestos. Esta zona, que tanto nos encantó en estos primeros momentos de nuestra estancia en Bangkok, más adelante casi la terminaríamos odiando. Pero cada cosa a su tiempo.

 

            Aquí falsifican de todo: Ropa, sí, pero también carnés de estudiante, carnés de prensa, licencias de buceo… Se dan masajes a precios tan razonables, que por 160 bahts te penen listo de arriba abajo en una hora. Y también hay bastantes agencias, que te venden boletos de autobús, te organizan viajes o gestionan visados. Pero estas no son muy recomendables.

 

            No hay supermercado, pero si Seven Eleven –los hay por todo Bangkok y por toda Tailandia-, que te hacen la vida mucho más sencilla. Nosotros los conocíamos de la época en que vivíamos en Madrid –creo que ahora ya no los hay-, pero aquí están mejor montados y son baratos. Ambas cosas se notan, porque están abarrotados por los propios lugareños. Venden bebida fría, alcohol, snacks, dulces y galletas, sándwiches, hamburguesas, perritos, sopas calientes, café, helados, granizados…

 

            Volvemos al hotel y nos cruzamos con una pareja de ingleses con la camiseta de España. Son realmente animosos y explotan de alegrría al comprobar que somos españoles. ¿Serán hinchas del Liverpool?. No sabemos si mañana cambiaremos de alojamiento, porque hemos visto un hotel en otra zona de Khaosan, donde se anuncian habitaciones con baño desde 250 bahts.

 

            Pero al menos esta noche tendremos una cama. Cerramos los ojos. El cerebro tiene un pequeño lío. No sabe ya si realmente estuvo en América y hace cuanto y asegura no haber pasado siquiera por casa.

 

            El agobiante calor nos tiene en duermevela toda la noche y es precisamente cuando suena el despertador, el momento en que

estoy más a gusto. Sentimos cierta pereza en cambiar de alojamiento y además, lo mismo tendríamos que esperar a ver el otro a las doce y perderíamos toda la mañana. Así que nos quedaremos aquí, en esta infernal caldera.

           

            Son las nueve de de la mañana de nuestro primer domingo en Tailandia y las calles ya a estas horas están llenas de puestos con comida Thai. A pesar de que hay bastante actividad comercial casi a todas las horas del día, las calles no están apenas sucias. ¿Serán limpios o se trata de los eficientes servicios de limpieza?.

 

            Caminamos un buen trozo hasta llegar al Templo de Mármol y tras pasar por delante del bonito edificio de un museo. Según creemos, el acceso al templo es de pago, pero a nosotros solo nos llamaron una de las veces que entramos, nos hicimos los locos y no insistieron.

                                                                         Bangkok (Tailandia)

            De todas formas, no acabo muy bien de entender el sistema de pago en los templos de Tailandia. Parece que en unos hay que pagar en la puerta del complejo, en otros en la del propio templo y en la mayoría, ni se abona nada. Siguiendo dos recomendaciones muy básicas, como fue nuestro caso, no pagaréis en un solo templo de Tailandia y Laos (de este segundo país, me refiero a los de Luang Prabang, porque los de Vientiane son gratis).

 

            -Si veis a alguien cobrando en una puerta, buscad otra. Hay varias y no todas están vigiladas. Los tailandeses suponen que como ellos son honrados, todo el mundo lo es y creen que si te dicen que debes entrar por la puerta de los turistas, así lo harás.

 

            -Si lo anterior falla, visitadlos a partir de las 17 o 17,30. Aún es de día y ya no hay vigilantes en ninguno de ellos.  

 

            El Templo de Mármol es precioso y respira cotidianidad, dado que puedes ver a los monjes haciendo sus ocupaciones diarias o las túnicas tendidas, secándose al sol en cuerdas colocadas delante de las casas. Y es que algunos templos son verdaderas ciudades y las modestas casas de los monjes rodean a los edificios religiosos

 

            En este caso, las viviendas y los templos están separados por un canal, cruzado por diferentes puentes. Una inmensa zona verde, le da al complejo un aspecto todavía más acogedor


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