Sudamérica, Centroamérica y México (Relato completo, montado con casi 400 fotos)

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Los sueños de adolescencia, también se cumplen


Viaje de 131 días, a través de 16 países de Sudamérica y Centroamérica, desde Río de Janeiro a Cancún, bajando hasta Patagonia y subiendo por la Panamericana


Todos los textos  y fotos de este relato son originales. Queda permitida su reproducción parcial en otros sitios webs, siempre que no se usen con fines comerciales, se cite la fuente  de procedencia y se me informe de ello a la dirección de correo electrónico que aparece en la página principal de esta Web


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           Es 17 de junio. No hace ni 24 horas desde que regresamos del viaje que nos ha llevado a través de 16 países de Sudamérica y Centroamérica durante los cuatro últimos meses y medio. Dentro de nueve días nos vamos para un periodo similar al sudeste de Asia, así que no hay tiempo material para confeccionar el relato del viaje que acabamos de vivir.

 

            Sin embargo, no quisiera emprender el nuevo periplo sin exponer algunos de los sentimientos experimentados durante el que

hasta ahora ha sido el viaje más largo de nuestras vidas. Hemos visitado más de cien lugares (desde lindas ciudades coloniales, hasta algunos de los enclaves naturales más bellos del planeta), que nos han emocionado de diferentes formas y que han construido el armazón de una experiencia inolvidable, que no hubiera sido la misma de no haber contado con lo que ha sido el principal soporte, que nos daba fuerzas para seguir afrontando con éxito día tras día:

  Vista de Río de Janeiro (Brasil), desde El Corcovado

            Me refiero a la gente que hemos tenido desde el primer día al otro lado del correo electrónico y algunos viajeros muy especiales (con unos estuvimos solo unas horas, con otros hasta llegamos a compartir casi una semana de viaje) que fuimos conociendo por el camino y que ahora también se han agregado a nuestra frecuente agenda de contactos. Todos ellos han sido los artífices de que los escasos bajones que tuvimos, hayan sido suaves baches y no barreras infranqueables.

 

            Uno de los miedos que más me inquietaba antes de enfrentarnos a esta aventura, era el de no saber como iba a reaccionar mi mente a las posibles adversidades en un viaje tan largo. Hoy, después de haberlo vivido, puedo afirmar que el desánimo solo se apoderó de mí apenas un par de días de los 131 que cubrió nuestro proyecto (y ni siquiera en esos escasos malos momentos deseamos abandonar nuestro camino). Y todo gracias a ellos. A los primeros, por estar siempre a nuestro lado a pesar de la distancia física. A los segundos, por enriquecer nuestro viaje y nuestras vidas, por compartir experiencias y por haber seguido en contacto tras la separación de nuestros caminos.

 

            Ahí va la lista de agradecimientos:

 

            -A nuestras familias. Por saber entender nuestras decisiones y no separarse de nosotros ni un solo minuto a pesar de la distancia.

 

            -A Tere, Mari Mar y Bea, compañeras de nuestros respectivos trabajos, que siempre nos mantuvieron al día de los avatares de nuestras empresas. A ellas (siempre son más ellas que ellos), les hubiera gustado compartir nuestras vivencias, pero ya que no pudieron hacerlo físicamente, lo hicieron a través del correo electrónico. ¡¡Gracias, chicas!, porque entiendo lo duro que debe ser que te hablen de cruceros en velero por el Caribe, cuando te has levantado a las siete y llevas media mañana currando!!.

 

            -A Flor y a Flopa, dos extraordinarias argentinas de Bariloche (que estudian en Mar del Plata), con las que compartimos casi una semana de viaje por Bolivia. No hace ni diez minutos que he estado viendo las fotos de su último periplo por el mundo, en esta ocasión por la Polinesia francesa. ¡¡Qué guapas y qué felices están!!.

 

            -A Pau, un barcelonés que es tan buena persona como ameno conversador y con el que hicimos el circuito a través de las Islas

Flotantes y Tequile, en Perú. Con él y con nuestra guía (una guapísima quechua llamada Rocío) hablamos de casi todo. Fue uno de los días más enriquecedores del viaje.

 

            -A Catherine, la incansable londinense con la que compartimos cinco días inolvidables en un velero por el Caribe panameño. Hay que reconocer, querida, que tu español mejoró sensiblemente desde el día en que te conocimos.

  Moviendo el esqueleto, en Ciudad de México

 

PREPARACIÓN DE UN VIAJE LARGO (apartado común para los relatos de Sudamérica, Centroamérica y Sudeste Asiático)

 

            Para este apartado amos a considerar, aunque se hayan dividido en dos relatos, que ambos viajes son el mismo, dado que solo ha transcurrido poco más de una semana entre el final del primero y el principio del segundo y la preparación previa sirvió para los dos

 

            Aunque ya en sí parece obvio, me gustaría resaltar que es muy diferente la preparación de un viaje largo a la de uno corto. En el segundo caso, basta con centrarse en los destinos a visitar, el itinerario, los transportes y los alojamientos. Para los viajes de duración prolongada hay que manejar otros muchos factores, por lo que es necesario empezar a organizarlos con bastante tiempo de antelación (unos tres meses suelen ser suficientes).

 

 

            Hacer un calendario de planificación

 

            En nuestro caso –y es algo que recomiendo- establecimos un calendario de diez semanas, en el que distribuimos (de acuerdo a la importancia y al grado de dificultad de tramitación), todas las labores a realizar para que el viaje estuviera a punto el 7 de febrero. Este sistema te hace tener una visión de conjunto y te disciplina para no ir retrasando las cosas, evitando que se acumulen todas al final.

 

            Aunque antes de sentarse a echar cuentas no lo parezca, hay un montón de cosas que hacer en la puesta a punto y comprobaréis que todas las semanas hay al menos tres o cuatro cosas que hacer, porque muchas no se resuelven de una sola vez.

 

 

            Preparación psicológica:

 

             Prepararse psicológicamente para un viaje evita pasar muchos malos momentos cuando este se realiza. No es lo mismo hacer un viaje de veinte días que de cinco meses y eso hay que explicárselo a la mente, que no se tratan de unas simples vacaciones, sino que nos hemos decidido a cambiar de arriba abajo nuestro estilo de vida durante una larga temporada

 

      

      Porque no solo se trata de coger la mochila y largarse. Probablemente, dejaremos aparcado durante un tiempo nuestro trabajo y cambiaremos absolutamente el entorno y las relaciones cotidianas. La familia, los compañeros de trabajo y el resto de amistades –salvo que hayan decidido acompañarnos en la aventura-, van a quedar lejos y eso va a suponer un mazazo inicial, por lo que habrá que tratar de tenerlos lo más cerca posible, pero tampoco demasiado. Así que nada mejor, que estudiar desde el principio cuales van a ser las formas de comunicación con ellos durante el viaje.

  En la mina de Santa Rita, de Potosí (Bolivia), con Flor y Flopa

 

            Formas de comunicación durante el viaje:

 

            Esta es una de las cuestiones más personales y pocos consejos se pueden dar, porque cada uno sabe mejor que nadie la intensidad y el tipo de relación que mantiene con los suyos. Así que me voy a limitar a explicar como lo hicimos nosotros.

 

            La cuestión era como conseguir mantenernos cerca de ellos, pero –como ya he dicho- tampoco demasiado, para no tenerlos presentes o estarlos recordando todo el día. Esto habría afectado constantemente al estado de ánimo.

 

            Por eso, tuvimos claro desde el principio que, salvo para asuntos de mucha urgencia, trascendencia o gravedad, prescindiríamos del teléfono o de cualquier posibilidad de contacto directo de las que hoy ofrecen las nuevas tecnologías (y mucho menos con cámaras, que permitieran un contacto visual).

 

              Todo sabemos lo preocupada y nerviosa que se puede poner la familia si te ve un poco mal, te escucha algo desanimado o si observa en tu cara que has perdido unos kilos. Imaginan lo peor: Que no comes, que estás enfermo, que estás deprimido…. Nunca que esa mañana te has cascado un trekking de 40 kilómetros. Así que ojos que no ven…

 

            Además, las conversaciones de larga distancia y cuando hay sentimientos fuertes por medio, siempre tienden a enredarse en los mismos términos. Que si cuídate, que si te echo de menos, que si hay como nos lo estáis haciendo pasar, que si quien os habrá mandando iros tan lejos…

 

            Es por ello que optamos por una forma más distante, pero a la vez, más reposada y creo que acertamos. Me refiero al correo

electrónico. Al principio resulta más fría e impersonal, pero cuando ellos y nosotros nos fuimos acostumbrando, nos dimos cuenta de que era la forma perfecta de estar cerca, pero no tanto como para que los sentimientos afloraran desbocados y nos pudieran atormentar a unos y a otros.

  Atardecer desde nuestro velero, en el Mar Caribe (Panamá)

            Porque de nada sirve estarnos llamando todos los días para decir que nos echamos de menos (aunque sea verdad). En ese caso es mejor no irse o volver anticipadamente.

 

            Y al final y paradójicamente, el reposo hace que las comunicaciones sean más relajadas y fluidas. Ellos siempre tuvieron constante y completa información de todo lo que hacíamos y vivíamos, dado que solíamos enviar –en la medida de lo posible-, un par de mensajes por semana de tres o cuatro folios cada uno.

 

            Como todo va evolucionando, comenzamos con mensajes individualizados para cada uno de los que habíamos decidido comunicarnos (familia, amigos de todo la vida y un par de compañeros de trabajo cada uno). Eran de unas veinte o treinta líneas. Pero resultaba poco práctico, así que decidimos escribir crónicas más largas y enviar a todos la misma, con un PD al final para cada persona, con los asuntos particulares que le quisiéramos transmitir o preguntar

 

            ¿Hay que contarle a la familia todo lo que se está viviendo o los peligros que se corren?. Es otra cuestión muy personal. Si os apetece leer nuestra opinión, somos partidarios de contarlo casi todo. Eso sí, siempre con mucha ironía, suavizando la cosas y dando la sensación de que los hechos o sensaciones negativas no te están afectando más de lo conveniente. Eso además, es mucho más fácil de disimular por correo electrónico que por teléfono o por el skype.

 

            También creo que, por responsabilidad, la familia debe saber donde nos hemos metido. Las madres –todas- de lo único que se preocupan cuando salimos de viaje es de si comemos  y dormimos bien, de que te notan un poquito resfriado y se inquietan, de si estamos más delgados o de haber si nos va a pasar algo (ese algo siempre resulta tan indefinido, que prácticamente lo engloba todo). Afortunadamente nuca piensan en si tienes riesgos de contraer malaria, dengue o encefalitis japonesa. Pero si los hay, creo que lo sensato es contarlo. Eso sí, quitándole hierro.

 

 

           Paradójicamente –y al menos en nuestro caso-, descubrimos que cuando vas con la verdad por delante ellos confían más en ti y se quedan más tranquilos. Es tan fácil como por ejemplo: “Hemos sacado el boleto para volar a Vietnam la semana que viene. Es un país bastante seguro. El mayor peligro que puedes correr allí es morir atropellado por una moto, porque conducen como locos y no respetan a nadie. Nos han contado que es muy colorido, muy auténtico, que tiene unos mercados alucinantes. Y que se come estupendamente. Menos mal, porque en aquí en Camboya no estamos comiendo del todo bien…”

  Desfile nocturno en Puerto Iguazú (Argentina).

            Es recomendable dejar a una persona –y solo una, para que la casa no quede sin barrer-, que se encargue de nuestra correspondencia y nos mantenga informados sobre ella. Por supuesto, dejarle claro que no firme cartas o telegramas certificados y burofaxes sin consultarnos.

 

            No es mala idea dejarle también una copia del Documento Nacional de Identidad y una autorización por escrito para gestiones pequeñas. Lo de dar o no poderes para gestiones mayores, es cosa de las necesidades de cada uno. En nuestro caso no lo hicimos

 

 

            Que hacer con el trabajo y la vivienda:

 

            Si se tiene vivienda en propiedad, hay que decidir si se va a arrendar o no. En nuestro caso no la alquilamos, dado que los viajes iban a sumar solo un total de nueve meses, con una estancia de unos diez días en casa entre ambos. Poco tiempo en total para alquilar una casa, más si se estudia la Ley de Arrendamientos Urbanos..

 

            Si se va a abandonar temporalmente el trabajo (cosa bastante frecuente), hay que tramitar la correspondiente excedencia. No es necesario hacer los papeles con mucha antelación, basta con gestionarla un par de semanas antes de abandonar el trabajo. En la actualidad la ley permite tomar excedencia desde tan solo cuatro meses (consultar en internet el artículo 46 del Estatuto de los Trabajadores) y, como mínimo, tres años después de que se haya disfrutado de la última. Hay que tener en cuenta que la reincorporación hay que solicitarla con un mes de antelación a la fecha de expiración de la excedencia, porque sino, se pierde el puesto de trabajo.

 

 

            Que suministros dar de baja y cuales no:

 

            Se trata de estudiar si nos va a salir rentable o no, dar de baja los suministros habituales de nuestra vivienda, en relación a lo que

puede costar volver a darlos de alta al regreso.

 

            En nuestro caso, dimos de baja el teléfono, internet y el seguro del coche y de  la casa y hemos mantenido el agua, la luz y el gas.

  Parque Nacional de las Torres del Paine (Chile)

 

            Vacunas y enfermedades:

 

            Acudir al Centro de Vacunación para informarse de las vacunas necesarias para los destinos a visitar y si no se tienen puestas, solicitarlas (para algunas se necesitan dosis de confirmación o periodos mínimos, así que es necesario ir con bastante antelación). En dichos centros son algo alarmistas y suelen pretender ponerte el brazo como un acerico. Es libertad de cada uno seguir las recomendaciones a rajatabla o hacer una criba.

 

            En nuestro caso, solo nos pusimos la de la fiebre amarilla (como mínimo, quince días antes de partir y puede dar reacciones), tétanos-difteria y fiebres tifoideas (en cápsulas). Renunciamos  a la de la hepatitis A, dado que nos comentaron que en el entrono de los cuarenta años ya no es necesaria, porque estás protegido y a la hepatitis B (creo que de volver atrás está última nos la habríamos puesto, pero en su momento no nos daba tiempo a ponernos las dosis de confirmación necesarias antes de partir),

 

            Dentro de las que nos recomendaron, tampoco nos administramos la de la encefalitis japonesa, ni tomamos pastillas contra la malaria, por los motivos que se explican a continuación.

 

 

            La malaria:

 

            He querido abrir un apartado exclusivo para referirme al coco de las enfermedades. Para algunos viajeros pareciera que es el único riesgo que se corre cuando se aborda un periplo por el mundo y de eso tienen también gran parte de culpa –aunque no exclusivamente- los centros de vacunación, que no saben explicar –o no quieren, dados los pingües beneficios que dan estas pastillas a los laboratorios- algunos factores de esta enfermedad y el riesgo real que se puede correr en cada zona del planeta.

 

            Para muchos viajeros hablarles de malaria es hacerlo de Satanás –y lo es-, pero apenas se inmutan si les mencionas el dengue (que es tan peligroso o más), la encefalitis japonesa o la leismaniosis (también provocada por un mosquito, en este caso el de la arena). Tampoco parece muy razonable que alguien tome pastillas contra la malaria y luego se siente a devorar alimentos inciertos en mercados locales con pésimas condiciones de higiene, como hemos visto. Pero allá cada uno.


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