Marruecos/4

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            Nada más bajar, un pesadísimo camellero –ayer me he enterado, de que los camellos tienen 3 párpados, para afrontar las tormentas de arena- nos da la brasa persistentemente. Habla bastante bien español, pero se queda muy extrañado, cuando le decimos la frase “¡Vale ya!, coño”. “¿Coño?”, repite. Hace mucho aire y la arena, te entra por todas partes.

 

            Subimos a la duna más grande y no resulta muy esforzado, dado que la arena.-fina y rojiza- está algo endurecida y no te hundes mucho. Luego nos sentamos un rato a su propio abrigo, en la parte que no golpea el aire y más tarde, recorremos otras, que son más pequeñas. Hay varias jaimas por aquí y algunos 4X4 aparcados, de gente que ha debido pasar la noche en este lugar. También hay un hotel, que se llama Puerta del Sahara.

 Tamegroute

            Cruzamos a las dunas de enfrente e iniciamos el camino de vuelta. Tras una hora y cuarto andando, por la carretera que cruza el inmenso y pedregoso desierto, llegamos a Tamegrouete.

 

 

TAMEGROUETE

 

Es un lugar muy auténtico y precioso. Vemos la biblioteca y luego quedamos maravillados con su Kasbah Subterránea. Es una pena, que la tengan tan abandonada y que de nuevo, haya tantos niños –y algún mayor-, agobiándote, para hacer de guía. ¡Qué manía tienen los más pequeños –parecen discos rayados- de extender la mano y pedir un dirham, en el idioma que sea!. Y es que parecem que fuera lo primero que aprendieran en la escuela, en diez o doce lenguas distintas.

 

Pero el pueblo es una gozada y muchas de sus construcciones parecen medievales, de tal forma que te da la sensación estar dentro de una película o cuento. Las casas son las típicas del desierto, construidas en adobe y casi lo único nuevo en este lugar, como en muchos otros, es la imponente mezquita de la plaza. En las escasas tiendas se vende cerámica típica, de color verde y también dan bastante la lata para colocártela. Solo encontramos un restaurante muy caro y a la una de la tarde todos los puestos cierran.

 

Manos mal que tenemos provisiones y sólo necesitamos hacer acopio de pan, en el único tenderete que ha quedado abierto.

Afortunadamente, muchos de los pedigüeños también se han debido ir a su casa a comer y el pueblo se queda más tranquilo y habitable para pasear. Pero siempre hay algún pensado dando la brasa. Da igual la edad: Los hay de 5, de 18 de 42, de 63, de 85…

 

Podríamos haber tomado un taxi compartido desde aquí, pero como nada tenemos ya que hacer en Zagora, decidimos hacer la vuelta andando y así llenar la tarde. El camino es algo aburrido y anodino, siempre monocromático y previsible y con tan solo un núcleo urbano intermedio, compuesto por una mezquita y cuatro casas. Y encima el sol, nos da en la cara y la brea, que es bastante granulada, nos hace algo de daño en los pies. Un buen samaritano, en forma de conductor con furgoneta, para y nos ofrece llevarnos, pero declinamos amablemente la invitación

 

Llegamos a Amezrou y de nuevo, tenemos que enfrentarnos a los niños pedigüeños. Optamos por una maniobra de ataque y según se acercan, vamos nosotros a pedirles a ellos. La mayoría salen corriendo, pero hay alguno más despierto, que hace que nos va a dar algo y luego quita la mano, cuando extendemos la nuestra.

                                                                                                  Tamegroute

Llegamos a Zagora y entretenemos el tiempo paseando, hasta la salida de nuestro autobús a Marrakech. Hace más frío que ayer y en las teles de los bares, ponen el partido de la Champions del Barça.

 

 

PUNTO FINAL A LOS VIAJES DE 2.008

 

El autobús sale un cuarto de hora tarde. Es bastante cómodo, aunque al principio sobre todo, pasamos algo de frío y no tiene baño. Según abandonamos el desierto, vemos llover durante unos diez minutos. Es la primera vez en mi vida y después de visitar unos cuantos, que veo caer precipitaciones en el desierto.

 

 Llegamos a las cuatro a Marrakech. El autobús se detiene primero en la estación, cercana a la muralla y luego en la propia terminal de Supratours, junto a la estación de trenes. Decidimos bajarnos en la segunda, por creerla más cálida y nos equivocamos, porque es completamente abierta y circulan a sus anchas las corrientes, provocando una sensación muy desagradable de frío. Para colmo, empieza a llover.

 

Desayunamos y pasamos congelados, dos horas y media, tras las cuales llega el momento en que nos vamos andando hasta la estación de autobuses y hacemos tiempo, también en un ambiente bastante gélido, hasta que abre el supermercado que hay al lado, junto al Riad Mogador, el hotel donde habíamos estado, en nuestra estancia en la ciudad en 2.005. Compramos provisiones para la jornada y nos vamos a dar la última vuelta por Marrakech.

 

Es tan pronto, que es la primera vez en las tres visitas a la ciudad, que vemos la plaza de Jamaa el Fna casi desierta. No han abierto todavía, ni los vendedores de zumo. Luego vamos hasta la torre de la koutobia, de 70 metros de altura. El nombre significa “libros” en árabe y es todo lo que queda, del mercado de libreros, que hubo antes en este lugar.

 Aeropuerto de Marrakech

Más tarde nos vamos hacia la mezquita y madraza de Ali Ibn Yusuf , en la zona de los curtidores. Y antes de tomar el autobús al aeropuerto, damos un paseo por la Kasbah –donde se encuentra el palacio el Badi, con muchos nidos de cigüeñas-, las Tumbas Saadies –junto a la mezquita de la Kasbah, era el cementerio original de los descendientes de Mahoma- y el palacio de la Bahía, que fue antigua residencia de un visir.

 

            Consumimos nuestros últimos zumos de rica naranja, nos dejamos agobiar por los últimos pesados, compramos tabaco de shisha (20 DH$ por caja) en el estanco y tomamos el bus para el aeropuerto. Ahora tardamos bastante más que a la ida, porque como va haciendo un recorrido circular por la ciudad, tiene que pasar por las estaciones de bus y trenes y por toda la zona nueva de la ciudad.

 

Facturamos el equipaje. El embarque es largo y nos tienen un buen rato pasando frío en la calle, antes de subir al avión, pero el vuelo resulta muy tranquilo. Llegamos a Madrid. En el Alsa que nos devuelve a casa, ocurre todo lo contrario y nos asfixiamos de calor. 2.008 ha sido un año increíble, en el que nos hemos pasado casi diez meses de viaje, disfrutando muchísimo y sin un solo contratiempo importante.



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