Malta y Sicilia occidental/7

ABANDONAMOS MALTA, CAMINO DE SICILIA

 

Tomamos el autobús al aeropuerto. Es incómodo, pero me duermo. Al llegar y mirar en la pantalla, en nuestro vuelo pone, “closed”. ¿Closed?. Jamás he visto ese anuncio, en un trayecto, al que le quedan dos horas para la salida. Puede estar cancelado o retrasado, ¡pero no cerrado!. Consultamos al personal del aeropuerto y, efectivamente, nos dan la razón. Desaparece la inquietante palabra, en un instante.

 

Compramos un par de botellas de vino, en la tienda libre de impuestos. Paseamos mil veces por la zona de embarque. Somos de culo inquieto y no sabemos estar sentados.

                                                                                                                                                                 Trapani

           En el control de equipaje, nos han quitado el abrelatas, que a su vez, nosotros habíamos sustraído al hotel. El avión de Ryanair parte puntual y en 35 minutos –según va anocheciendo- estamos ya, en Trapani. Pedimos un plano, en la oficina de información turística de la terminal aérea. Es un aeropuerto pequeño y no con demasiados vuelos, pero permanece abierto las 24 horas del día.

 

Por eso, habíamos barajado la posibilidad de dormir hoy aquí y la última noche. Pero, cambiamos de estrategia. Son solo las seis de la tarde y serían demasiadas horas, aquí.

 

Con Google maps, hemos dibujado un plano para poder llegar hasta el apeadero de Ragattisi. Nos negamos a pagar los ocho euros, que cuesta el bus del aeropuerto. Hay que salir del mismo y en la rotonda tomar la carretera, que va dirección a Marsala y andar unos dos kilómetros. Lo peor de todo es, que es de noche y el arcén es muy estrecho. Por eso, cada vez que vine un coche en nuestra dirección, nos paramos y nos salimos de la carretera.

 

Hemos tenido suerte, porque en veinte minutos, hay un tren para Trapani. Y más todavía, porque la taquilla está cerrada y no hay revisor en el tren, con lo que el recorrido, nos sale gratis. Son las siete y media de la tarde y ya estamos en Trapani. Ahora, hay que buscar alojamiento.

 

 

TRAPANI

 

Y no resulta nada fácil, porque aunque la situación no es tan extrema como en Campobasso, apenas encontramos hoteles y lo poco que existe –en el casco histórico-, es caro. Menos mal, que la Lonely Planet hace referencia a la pensión Messina, como alojamiento económico. Hacía ella nos dirigimos. Está situada en la via Vittorio Emanuele, 71 y su dueña es muy atenta.

 

Es un alojamiento muy básico, pero las habitaciones son grandes y limpias. El baño es compartido. Cuesta 40 euros. Además, se puede pagar con tarjeta de crédito, cuestión importante, dado que no nos queda ya, demasiado efectivo y no queremos sacar del cajero, por las malditas comisiones.

                               Trapani 

            Dejamos las cosas y nos lanzamos a conocer, Trapani de noche. La estructura de su casco histórico es similar a la de La Valeta. El mar está a los dos lados y ahora mismo, golpea con fuerza las rocas y el dique protector. El agua salta por encima, llenando el suelo y los bancos del paseo, de verdosas y acuosas algas.

 

El casco históricos es muy bonito, con bellas iglesias y palacios y muy bien iluminado. En nuestro paseo de hora y media, dos perros callejeros se dedican a seguirnos y a guiarnos. Primero uno y luego, el otro. No se van, ni ahuyentándolos. Deben necesitar cariño pero a mi, me ponen muy nerviosa. Sobre las nueve y media, nos dirigimos a nuestro alojamiento. Hoy disfrutamos de mucho más silencio, que las noches anteriores. 



 CASTELLAMARE Y SCOPELLO

            Duermo regular, dado que me despierto bastante pronto. Pareciera, como si hubiera vaticinado el día de quebraderos de cabeza, que vamos a tener. Nos hemos fiado de la web de Trenitalia y no miramos los horarios anoche en el tablón, para nuestro siguiente destino y ahora, ya en la estación, el tren que íbamos a coger, no existe. Como ocurre en muchos países del tercer mundo, en Sicilia, tú te puedes hacer unos planes previos, pero siempre algo, te los desmontará. ¿Cómo es posible, qué una compañía tan importante pueda tener mal algunos de los horarios en la web?

 

            Siempre, se habla de los países muy latinos para remarcar la improvisación y la desorganización. No deja de ser un tópico, que hace 20 años, se cumplía en casi toda Italia. Hoy, en la mayoría del país trasalpino, las cosas han cambiado y mucho, pero no, en lugares como Nápoles o Sicilia. No diría que en la isla –sobre todo en su parte occidental-, el transporte público es tercermundista, sencillamente, porque en la mayoría de los países en vías de desarrollo, lo mejor que funciona, precisamente, son los transportes colectivos.

 

            Nuestra intención hoy, era tomar el tren de las 8,40 (7,40 euros), con dirección a Palermo y bajarnos en Castellamare, para acercarnos a la localidad de Scopello y contemplar sus acantilados. Ya habíamos descartado de antemano anoche, por falta de tiempo, las ruinas de Segesta, que en los primeros planes, si habíamos incluido. Pero, ese tren no existe y tendríamos que esperar, una hora más.

 

            En una decisión precipitada, decidimos subirnos a uno, que llega hasta Castellamarte, pero dando una vuelta tremenda, en forma de círculo, por el sur occidental de la isla (Marsala, Mazara del Vallo y Castelvetrano).

 

                                                                                                                                                                                   Scopello

           Cuando llegamos a nuestro destino, a poco menos de cincuenta kilómetros y tras dos horas, constatamos, que el próximo tren para Palermo, no sale hasta las tres de la tarde, con lo que la validez de seis horas de nuestro billete, queda sobrepasada y deberemos pagar de nuevo, el mismo tramo, de Castellamare a Palermo. ¡Porca miseria!. Nos enfadamos, pero a la vez, buscamos alternativas.

 

            Para colmo, la estación está a tres kilómetros del centro. Menos mal, que hay un supermercado de camino, para comprar unas cervezas y relajar los nervios. Castellamare ofrece bonitos paisajes marinos y de la propia bahía, desde lo alto no está mal, pero poco más.

 

            Nos acercamos a la estación –explanada- de autobuses, a ver los horarios para Scopello. No hay uno, hasta la una y media de la tarde. Miramos los buses para Palermo y el último sale, a las 14,30. Es increíble, las limitaciones que presenta el transporte público, en esta zona de la isla. Y para más contrariedad, hemos cometido un error. No nos hemos fijado en la terminal de trenes, si después del de las 15,12, hay más convoys para Palermo.

 

            El que no tiene cabeza, debe tener pies. Nos toca, andarnos los seis kilómetros de ida y vuelta hasta la estación, para mirar los horarios. Afortunadamente, sí hay más trenes a Palermo. Hasta las ocho de la tarde.

 

            Reorganizamos el día: iremos en bus a Scopello y los 15 kilómetros de la vuelta, los haremos caminando y disfrutando del paisaje. A las seis de la tarde –asumiendo, que tendremos que volver a pagar el billete- nos marcharemos para Palermo, donde tenemos hotel reservado. Compramos viandas y más cerveza, para afrontar el día.

 

            Tomamos el bus para Scopello. Vamos solos, con dos conductores, como si se tratara de un taxi. Van despotricando contra la empresa, por lo que no es de extrañar, que les hayan mandado a este servicio tan escaso de pasajeros. El pabirama es muy bonito.

 

Primero, vemos Castellamare desde lo alto y luego, a un lado paisajes rurales y al otro, marinos. En 25 minutos y tras serpentear, ascender y bajar mucho, estamos en nuestro destino. Se trata de un bonito pueblo, de dos calles y una plaza, dotado de cierta infraestructura turística (y con habitaciones desde 50 euros). Aunque hoy, no hay nadie. Bueno, no. Si hay un par de perros callejeros, que como los de anoche, se dedican a guiarnos, envolvernos y seguirnos. No ladran. ¡Joder, con los perros callejeros sicilianos!.

                                   Hacia Castellamare

            Pero, el mayor reclamo de la villa son sus bonitos acantilados, junto a unas torres defensivas. También, se pueden contemplar los restos de una “tonnara” (fábrica para el tratamiento del atún) abandonada. Todo el entorno está muy verde y la climatología es ideal, desaparecida ya la ventolera, que nos había perseguido en Malta, los dos últimos días. Nos pegamos una buena sudada. Parece agosto por el clima y la exuberante vegetación, aunque no, por la hora a la que oscurece (sobre la cinco y media de la tarde).

 

            Comemos andando, sin ni siquiera sentarnos, porque vamos muy ajustados de tiempo, para deshacer caminando, los casi quince kilómetros, que hay hasta la estación de ferrocarril, de Castellamare. Disfrutamos de bellas estampas, que mezclan las playas de arena negra, los acantilados, la montaña y el paisaje urbano, contemplado desde las alturas.

 

            Anochece, justo cuando llegamos a la estación. Aún deberemos esperar 20 minutos. La ventanilla de venta de boletos está ya cerrada, así que subimos al tren, sin billete, con tan buena suerte, que no pasa el revisor y nos ahorramos al menos, cinco euros por cabeza. Un día, que comenzó con muchísimas dificultades, ha salido al final, casi perfecto. Aunque, nuestro trabajo nos ha costado. Y cuatro horas de tren, para unos 90 kilómetros reales (aunque hemos hecho bastantes más).

 

  

PALERMO

 

            Todavía, nos queda superar una última dificultad. El tren no ha llegado hasta Palermo Central, por haber obras y nos ha dejado en otra estación, a 45 minutos del centro. Afortunadamente, durante el viaje, la hemos encontrado en el plano. Iremos andando, dado que aún es pronto.

 

            Palermo parece una ciudad más elegante, que la que dejamos en 2.003 y menos caótica. Se respetan hasta los pasos de cebra, cosa que en Nápoles es inaudita. Hace bastante calor, a pesar de ser las ocho de la tarde. Aún hay algo de ambientillo por las calles.

                                                                                                                                                                             Castellamare

            Llegamos a nuestro alojamiento, el hotel Orientale, situado en la vía Maqueda, número 26  (40 euros). El establecimiento es un casón histórico –parece que de su interior, fueran a salir los mosqueteros-, que se halla detrás de un enorme portalón de madra. Es algo decadente en su exterior y más, si llegas de noche. Al entrar, parece que te hubieras trasladado en el tiempo. El interior está mejor, aunque huele ligeramente a humedad. El hombre que atiende a estas horas es un poco tosco y nada hablador. Mira, así no mete la pata. La habitación es pequeña, pero correcta y el baño compartido, no está mal. Lo mejor, el desayuno buffet, solo de dulces y tartas y el bellísimo salón donde se toma.    

 

            Hoy. no nos pasa lo que ayer. Así, que nos acercamos hasta la estación a estudiar todo tipo de horarios, para el itinerario de los próximos días. En sus puertas se encuentra lo peor de cada casa, pero a nosotros, no nos molestan. Ni nos miran. Los grillos cantan, huele a jazmín y continuamos en pantalón corto. Pero, los lugareños no. Hace más de 20 grados y algunos –sobre todo, algunas- visten incluso, trencas y prendas de gruesa lana. Al fin, hemos topado con una máquina automática de billetes. En la zona occidental, ni rastro de ellas. Constatamos que hay mejores horarios, hacia el este de la isla.

 

            De nuevo en el hotel, planificamos el día de mañana. Nos hemos dado cuenta, de que no recordamos casi nada de la ciudad de Palermo. Así, que ampliaremos la visita prevista, en un principio para un par de horas y suprimiremos la excursión, a Monreale y a su bella catedral. Por la tarde nos acercaremos a Cefalu.

 

            Nos levantamos pronto y tras desayunar, salimos a la calle, en un día completamente nublado y que amenaza lluvia. Habíamos barajado la posibilidad, de tomar a última hora de la tarde un tren para Castelvetrano y buscarnos allí la vida, para dormir. Pero, con la claridad de la mañana hemos recapacitado.

                                          Palermo

Supone demasiado riesgo, porque en la Lonely Planet, no viene un solo alojamiento en esta localidad. Nos quedaremos a dormir en Palermo, pero buscaremos otro hotel, por la tarde, a la vuelta de Cefalu. Esto, nos supone renunciar a la visita a las ruinas de Selinunte. Los días son cortos y los autobuses muy infrecuentes Hemos sido demasiado optimistas en nuestros planteamientos, sin tener en cuenta los transportes y la hora de anochecer.

 

Palermo es mucho más bonito y agradable, de lo que nosotros recordábamos. Aunque, lo esperábamos algo menos soso y con más chispa. Vamos, del estilo de Nápoles. Tenemos la sensación de no haber estado aquí antes, porque casi ni nos viene a la memoria, su bellísima catedral (2,5 euros). Palermo mezcla bonitas zonas monumentales, con otras más decadentes, que requieren de urgente y esmerada renovación.

 

Atractivos turísticos tiene unos cuantos. Laa plaza Pretoria -con la fontana del mismo nombre-, el palacio Pretorio, Quatro Canti, las iglesias de santa Caterina y san Francisco de Asís, el palacio del Normani (7 euros de lunes a jueves y 8,5, el resto de los días), con la capilla palatina, la puerta Nueva, la plaza Marina –con los palacios Chiaramonte y Mirlo-, los teatros Massimo (5 euros) y Politeama Garibaldi, las catacumbas de los Capuchinos (3 euros)…

 

DE lo que esperábamos algo más es de los mercados de esta ciudad. Quedamos algo decepcionados en este capítulo. Cerca del hotel está el Ballaró, fundamentalmente de frutas y verduras. Hay muy buenos precios (uvas a 39 céntimos). Más alejado está el Pulci (de las Pulgas), con la mayoría de la tiendas chapadas. Las que están abiertas ofrecen cacharros y cachivaches, de distinta época –más bien antiguos-, empaque –más bien, inservibles- y valor –más bien, escaso-. No hay prácticamente nadie.

 

El tercero y más tradicional –según la guía, aunque no es así- es el de la Vucciria. La realidad es, que se trata de cuatro puestezujos de pescado –con muchos peces espada, de bonita cabeza- y frutas, en un barrio decadente, muy cerca del puerto. El del Capo –no hay jefe mafioso ninguno, que hayamos visto- se encuentra no demasiado lejos del anterior. Este, sí que es grande, aunque también, carente de ambiente y de griterío. Hay tenderetes de ropa y calzado, de fruta, carne, pescado, chucherías varias…

                                                                                                 Palermo 

Llueve y lo deja, afortunadamente, sin entorpecer mucho nuestras visitas. Aparecen vendedores callejeros de paraguas, a un euro. A media mañana nos cruzamos con una bulliciosa y festivalera manifestación de estudiantes. Dicen no ser, ni de izquierdas, ni de derechas y proponen, a golpe de camión musical y humo naranja, cambios en las escuelas. No son tampoco demasiados, pero meten mucho ruido.

 


No hay apenas puestos de comida por las calles, aunque si algunos establecimientos, que venden paninis de malci (callos o vísceras). Son pequeños y no muy baratos. Aunque son típicas de aquí, se ven menos arancini que en Nápoles y además, resultan más caras. Pero, si hay más variedad, porque además de las habituales de queso, aquí las tienen rellenas de carne y guisantes o de prosciuto (jmán de york).

 

En la zona cercana a nuestro hotel viven bastantes residentes chinos e hindúes, pero sus tiendas aquí, no son de alimentación o comida preparada y bebida, sino de collares, pulseras, pendientes… En esta ciudad, como ocurre por ejemplo, en Génova, no se han ocupado de revitalizar, con sus negocios y presencia, los barrios más decadentes de la ciudad.

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