Desde Marrakech a Fez/4


¿Cuál es más bonita: La garganta del Dades o la del Todra?. Pues en un principio, no hay necesidad de compararlas, ni por qué elegir. Las dos están muy bien. Si solo se puede visitar una, decir, que la del Todra, en sí, es más bella. Pero, la del Dades, tiene más atractivos interesantes, en un entorno, de varios kilómetros a la redonda.

 

El retorno, se hace aún más duro, que la ida. No los primeros kilómetros, que cubrimos a muy buen ritmo. Pero el calor va aumentando, nos quedamos sin agua, cuando todas las tiendas están cerradas y se levanta muchísimo aire y una pequeña tormenta de arena, que casi, nos impide abrir los ojos. Ahora, que si lo necesitaríamos, no para nadie a recogernos.

 

A las seis, estamos de nuevo en Tinerhir, aún con fuerzas, para pasear un rato por el zoco. Luego, compramos una coca cola de dos litros y nos sentamos a tomarla, en un banco, al lado de una terraza, abarrotada de marroquíes, charlando sin parar. Nos empezamos a imaginar, sobre que versarán las conversaciones y hasta hacemos, una divertida traducción simultánea, de lo que –suponemos- se cuentan, en la mesa de al lado. Todos son hombres. No hay, ni una sola mujer. Las pocas, que hay en la propia calle, revuelven nerviosamente, entre los ropajes, de los puestos de faldamentos. Pregunto por el precio, de una bonita chilaba. No es cara: 140 dirhams.

 

Tratamos de averiguar, como podemos llegar mañana, hasta Merzouga. CTM, no tiene vehículos, ni a esta localidad, ni a Erfoud. Supratours, sí. El recorrido, cuesta 80 dirhams, pero el inconveniente, es que el bus, parte a las cuatro de la tarde. Es muy probable, entonces, que tomemos uno, de una empresa local, que sale para Erfoud, a las ocho y media de la mañana.

 

Camino del hotel, volvemos a encontrar a Hassan, el de por la mañana. Otra vez, trata de convencernos, de que vayamos a tomar un te, pero le retrasamos la cita, hasta mañana por la mañana, sabiendo de antemano, que ya no estaremos aquí.

 

En el hotel, empezamos a sentir, una desagradable sensación, que nos venía acompañando –en menor medida-, ayer y hoy y que tendría su máxima efervescencia, desde ahora, hasta abandonar el desierto, de Merzouga. Todo lo que tocamos, resulta estar, tremendamente caliente, desde nuestro pelo, hasta el colchón de la cama, que parece un radiador, a pleno rendiiento. Cuando te secas, después de la ducha, pareciera, que las toallas, las hubieran calentado, previamente. La pasta de dientes y la crema solar, caen del bote, como si fueran agua hirviendo y lo mismo ocurre, con la crema de afeitar.

 

Hasta el vodka, que no ha salido de la habitación, está como si fuera consomé alcohólico. Pero lo peor, es el agua. La temperatura, de las garrafas, que hemos bebido hoy, podía superar los 30 grados. Es muy desagradable, tener que estar bebiendo por obligación, para no deshidratarte, constantemente, agua caliente. A mediodía, hemos refrescado una botella en el Todra y a la media hora, ya estaba, casi hirviendo.

 

El calor, está empezando a hacer mella en nosotros y nos está convirtiendo, en mucho más irritables y menos fuertes, ante los contratiempos, que seguro, nos aguardan. Y mañana nos llevará, a situaciones, realmente desesperadas. Pero de momento y acostada sobre un inmenso mar de sudor, voy a tratar de dormir hoy. Al menos, consigo hacerlo, durante seis horas seguidas, no escuchando siquiera, al tempranero y habitual, muecín de la mezquita

 

ERFOUD

 

Cuando nos levantamos, no nos imaginábamos, que nos íbamos a enfrentar, al día más duro, de todo el viaje. Compramos los billetes para Erfoud (30 dirhams) y subimos al autobús. No me extraña, que sea tan barato, porque es viejo, sucio y no tiene aire acondicionado. Lleva abiertas las ventanas de arriba, pero al estar parado, no corre una gota de aire. La temperatura en el exterior, ya es a estas horas, de 34 grados. Los diez minutos que salimos tarde, se me hacen eternos y no dejo de sudar, por frente, cara y nunca, casi a chorro.

 

Al cuarto de hora, cuando ya está empezando, a regularse algo la temperatura, el vehículo, para en una gasolinera y se sitúa sobre un foso, como si precisara de reparaciones. El conductor, se dirige al pasaje en árabe y hay un abucheo generalizado. La gente baja del autobús y nosotros seguimos sus pasos. Al menos, hay un par de árboles que dan sombra, donde todos, nos arremolinamos.

 

Que veamos, no se produce reparación alguna, aunque si contemplamos, como el conductor y otro hombre, a la media hora, salen de un cercano bar y como si nada hubiera ocurrido, se suben al vehículo. Todos vamos detrás y en otros cinco minutos, reanudamos la marcha.

 

Las tres horas de viaje, que nos restan hasta Erfoud, transitando por un paisaje desértico, salpicado de poblados, puebluchos y aldeas, van a resultar insufribles. La temperatura sigue subiendo y las constantes paradas, hacen que el calor, en el interior del bus, sea insoportable. En algunos pueblos, para hasta seis y siete veces, como si en realidad fuera, un taxi compartido o un servicio puerta a puerta.

 

En cada parada, sube y baja gente. Generalmente, son orondas señoras, de entre 20 y 35 años, de las del tupido faldamento, que suben con una criatura a cuestas y con otras dos o tres más –y hasta cuatro-, de las manos. También llevan bultos. ¿A dónde van?. ¿Qué irán a hacer?. ¿Por qué viajan tanto y tanta gente, a la vez?. En realidad, ¿sso nómadas?. No tengo ni la más mínima sospecha o idea, al respecto de estas preguntas.

 

Pero, muchas de ellas, no huelen demasiado bien. Además, hay que aguantar sus constantes culazos, bolsazos y niñazos, cuando tratan de acomodarse en el pasillo o en los asientos de delante o detrás. Y no vale mirarlas de mala manera, porque encima, se enfurruñan.

 

Para más agobios, no sé, si fruto de los nervios –porque no hemos desayunado-, comienzo a tener retortijones, en la tripa. Cosas, sin apenas relevancia son ya, que el vehículo no tenga casi amortiguadores y vayamos botando, como una pelota loca o que mi asiento, esté hundido hacia abajo. Son varias las veces, que nos planteamos bajar de aquí, pero no tenemos la certeza, de que haya más autobuses y no sabemos que es peor: Si pasar por esto o quedarnos tirados, en medio de la nada, a más de cuarenta grados. Este vehículo, debe ser lo más parecido al infierno

 

Al fin, llegamos a Erfoud. Nada más bajar del bus, nos aborda un agresivo hombre, al que tratamos de quitarnos de encima, diciéndole, que no necesitamos ayuda y que ya lo tenemos todo planificado. Su reacción, es enfadarse, empezar a echarnos la bronca y a pronosticarnos un negro futuro, en eeustra estancia en la zona. ¡Pero bueno, ya solo nos faltaba eso!. En este periplo marroquí, todavía no hemos mandado a nadie a la mierda, pero estamos, ya apunto de hacerlo. El agua, empieza a rebosar el borde del vaso.

 

Nos dirigimos a una tienda cercana y en cuatro o cinco tragos, nos metemos para adentro, tres litros de agua. Ayer llegamos a engullir, 14 litros de líquido y hoy, vamos camino del record. Paseamos por el zoco, que es pequeño, sucio y no muy bien abastecido y variado.

 

Constatamos, que no hay transporte público, hasta Merzouga –algo, que ya habíamos leído- y nos apuntamos, en la lista, de los taxis compartidos. Pero, pasa el tiempo y no llega nadie, que lleve nuestro mismo destino. Nos aborda, un chico de una agencia y tras tratar de vendernos, por 320 dirhams, una excursión en dromedario, desde Merzouga, pasando la noche en el desierto y volviendo al amanecer y rechazar su propuesta, nos dice que junto al río, hay una empresa, que tiene un autobús público, a las tres de la tarde.

 

Nos lo creemos, porque entendemos, que él con eso, no saca nada, pero luego constatamos, que nos ha mentido. Lo único que hay en esa zona, es un destartalado y grande mercadillo, asentado sobre terreno polvoriento y sin asfaltar. Cerca, una explanada, rodeada por tres partes de muro y llena de vehículos o puestos, que amontonan sandías y melones. Un amable joven, nos invita a una raja, de melón del desierto. Está muy rico de sabor, aunque y, lógicamente, tiene menos agua que el de aquí.

 

Paseamos, por las dos calles principales de la localidad y decidimos comer, dado que sigue, sin haber más pasajeros, para Merzouga, en la terraza de la esquina, en un bar, donde un grupo de españoles, están tomando te a la menta. Previamente, nos ha abordado otro joven, vendiéndonos la misma excursión de antes, pero ahora, por solo 300 dirhams.

 

Casi, nos levantamos de la mesa sin almorzar, porque a la media hora de pedir, no nos han traído ni los cubiertos. Finalmente y tras protestar, nos sirven nuestra pequeña ensalada marroquí, el delicioso, bien especiado y generoso tajine de pollo y una kalia. Se trata, de un sabrosísimo y contundente plato de aquí, que mezcla carne picada y ternillas de cordero, con tomate, cebolla, pimiento, algún otro vegetal y especias. Desde luego, la espera aunque larga, ha merecido la pena.

 

No hemos terminado de comer, cuando se acercan a nuestra vera, los que nos han ofrecido las excursiones. Resulta, que son hermanos. Intentan, de nuevo convencernos y les volvemos a decir, que no. No es que nos parezca caro, porque hemos pagado precios similares, en el desierto Blanco o en el Wadi Run. Pero es que este tipo de excursiones, ya no nos llaman la atención. Preferimos explorar el desierto, por nuestra cuenta. Y lo de dormir al raso o en jaimas, no nos hace mucha ilusión. Nos hemos vuelto, demasiado cómodos

 

Entonces, cambian de estrategia y nos dicen, que se vienen en el taxi compartido con nosotros y pagamos entre las cuatro, las dos plazas no cubiertas. Desconfiamos de ellos, pero creemos, que nada tenemos que perder y aceptamos. Perom lo que pretenden, es intimar con nosotros, ganarse nuestra confianza y al rato, decirnos, que ya han hablado con su otro hermano, para que vaya preparando los dromedarios. Ante esto, nos levantamos muy enfadados y nos vamos, sin aguantar allí, ni un segundo más. Y ante esto, la irritante pregunta, que siempre surge, en estos casos: ¡Eh, amigo, ¿por qué te enfadas?!.

 

La forma de actuar de estos desalmados, carentes de escrúpulos, está muy estudiada. No es que traten de engañarte, es que también intentan, que te sientas culpable. Es eternamente, lo mismo. Soy tan ingenua, que siempre sigo esperando, cuando viajamos a Marruecos, que alguien nos va a entrar, simplemente para charlar y para conocernos. Y nada más. Pero, no. En lso cuatro viajes, eso solo nos ha ocurrido una vez, con Raschiid, en Midelt (como ya se ha contado).

 

Lo que nos ha hecho gracia, son los latiguillos, a modo de refranes, utilizados, por uno de los chavales: “Volando como pájaros libres” (al decirle, que no íbamos organizados); “la vida es como una vaca, que unas veces da leche y otras nada” (al hablar de occidente y Marruecos) o “el mundo es un pañuelo” (repetida, sin venir a cuento, tras cualquier comentario). Y algunas otra más.

 

A sus predeterminadas y eficientes tácticas de persuasión, cuando quieren vender algo u obtener beneficio, en el caso de los españoles, ahora, han añadido, la  buena marcha de la selección hispana, en el Mundial de fútbol. Te hacen la pelota, hasta límites insospechados y hasta ser casi más entusiastas, que los propios jugadores de la roja. Aunque, hay mucha gente –cierto es-, que también lo hace, de forma sincera y sin buscar nada a cambio.

 

Sigue sin haber más pasajeros para Merzouga y nosotros, continuamos engullendo líquido. Superamos con creces, los cuarenta grados y cuesta casi, hasta respirar. Al sol, sencillamente, te derrites. Pero, tenemos que movernos. Buscamos un cajero automático. Los chicos de antes, de nuevo nos habían mentido, diciendo que no había ni uno y que tendríamos que sacar dinero, de camino a Merzouga. También, preguntamos el precio de la doble, en el hotel Merzouga, por si acaso, nos toca quedarnos a dormir: 80 dirhams, sin desayuno y 120 con él

 

Volvemos a la plaza y le preguntamos, al que parte el bacalao de lso taxis, si resultaría más fácil, llegar hasta Rissani y desde ahí, tomar otro vehículo a Merzouga. Nos dice, que sí y decidimos arriesgarnos. Es muy normal, que no haya desde Erfoud, mucha gente para Merzouga, porque lso turistas organizados, van en bus y los independientes, suelen llegar en coche de alquiler o propio.

 

 

MERZOUGA

 

A los diez minutos, ya estamos camino de Rissani, en un taxi compartido (pagamos 20 dirhams, pero a la mañana siguiente, descubriríamos, que cuesta doce y que también en esto, nos engañaron). La incomodidad y el calor, resultan un alivio, en comparación, con las restantes horas, vividas este día, tanto en Erfoud, como en el bus, que nos llevó hasta allí. En Rissani y rápidamente –después, de que varios comisionistas, nos traten de colocar, varios hoteles de Merzouga, a más de 300 dirhams, la doble-, nos “acomodamos” en otro vehículo, rumbo, a nuestro destino final de hoy. ¿Por qué siempre, el pasajero que peor huele o el que más abulta, me toca al lado?. ¡Porca miseria!.

 

Antes de las cinco, estamos en Merzouga. Al bajar, otra nube de vividores, nos rodea, de nuevo, para ofrecernos alojamiento, pero nos deshacemos de ellos, sin mucho esfuerzo. Caminamos por el centro del pueblo. Este, consiste en una calle sin asfaltar, con puestos, tiendas, bares y restaurantes, a ambos lados. Los llamados albergues, están desperdigados por toda la zona. Las maravillosas dunas, se encuentran al lado del pueblo.

 

 Vemos tres albergues. El precio es el mismo (200 dirhams, con desayuno) y decidimos, quedarnos en el último, llamado Les Roches, porque es el único, que tiene baño en la habitación. Nos decantamos por esta proposición, rechazando otras dos, consistentes, en 300 dirhams, por una estancia con aire acondicionado y 400, si queremos incluir la cena. En ninguno de los tres complejos visitados –muy bonitos por fuera, dado que tienen forma de kasbah y también sus patios- no hay, un miserable ventilador.

 

En la habitación hace más calor, que en los altos hornos de Bilbao. Los muros son gruesos y contienen en su interior, todo el calor del desierto, de hoy y de las jornadas precedentes. Da igual, sea de día o de noche, la temperatura es la misma (más de 35 grados). Por la pequeña ventana, apenas entra el sol, pero tampoco el aire (cuando lo haga, claro, que no es el caso).

 

Pero, lo que a nosotros nos sorprende, el propietario, lo toma con normalidad. Nos indica, al repecto, que si tenemos calor, nos subamos a la terraza, a dormir y listo. Después, nos prepara un té-encerrona –modalidad muy extendida, en ciertas zonas del país-,, como nos tememos, para vendernos las excursiones, bien en dromedario o en todoterreno. Para ello, se sirve de fotos de sitios, a los que luego no te llevan y de un grueso cuaderno, donde otros supuestos clientes del hotel, cuentas las excelencias de estos tours. El trato amable y hospitalario, de Mustafá, se rompe bruscamente, cuando le decimos, que no estamos interesados. Me doy la primera, de las decenas de duchas, que me daría, en las siguientes horas.

 

Estar en la habitación, resulta una tortura china. Aunque en la calle, ocurre casi lo miso. Absolutamente, todo lo que tocas, despide gran calor. Da igual, que sea la pared, el armario, el colchón, las toallas, la ropa de la mochila o la colocada sobre la silla, la cortina, la garrafa del agua, el jabón, el bote de champú, tu pelo. ¡Y así, hora tras hora, sea del día o de la noche. ¡Aaaaaaahhhhhh!.

 

Aunque, aún el sol está alto, decidimos irnos ya, al desierto. Nos aprovisionamos de dos garrafas de agua y sin más preámbulos, nos metemos hacia el enorme arenal, caminando hacia adentro, más de dos horas y disfrutando de las dunas, el cambio de color de las mismas, dependiendo de los momentos del día o de que haga sol o no y, de todas las maravillas, que encierra este desierto del Sahara –la propia palabra, significa, desierto en árabe-, en esta zona. Debe haber dunas de 300 metros, incluso, aunque las que nosotros contemplamos, ascendemos o descendemos, no son tan altas.

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