Pere Salabert: Una hermenéutica de la vida cotidiana  como horizonte mitogénico. 

 Pere Salabert 

Una hermenéutica de la vida cotidiana 

como horizonte mitogénico  

1.  Cuerpos de ficción  —  2.  Cuerpos inadaptados —  3.  El cuerpo innombrable

Ciclo de conferencias.

Teatro Porfirio Barba Jacob

Medellín. Colombia

Sept.-octubre de 2003


EL HOMBRE ESFÉRICO

O EL AMOR COMO SÍNTOMA DE UNA PÉRDIDA




    En el Banquete platónico, cada comensal que interviene en el diálogo expone por turno su criterio acerca del amor. Tras superar un hipo inoportuno, le llega el momento de intervenir al llamado Aristófanes (identifiquémoslo con el autor cómico y veremos cómo se incrementa lo ridículo de su propuesta sin que merme su sentido), que sostiene para empezar que el hombre en un tiempo remoto era físicamente diferente. Dejemos otros detalles para imaginar sólo la figura de su descripción. Los seres humanos, dice, eran dobles, macho-hembra (o macho-macho, o hembra-hembra) en un solo cuerpo: tenían « un cuerpo redondo, con espalda y flancos redondeados, cuatro manos y cuatro piernas, una cabeza con dos rostros opuestos entre sí, cuatro orejas, dos órganos sexuales y el resto según es posible suponer ». Por si eso fuera poco, la figura así descrita aún asciende otro peldaño en la escala de la irrisión cuando Aristófanes nos informa de la mecánica necesaria a la marcha de tales seres. Cada uno, dice, caminaba erguido, como nosotros hoy y en la dirección que le convenía, pero al correr hacía como los saltimbanquis, que giran en redondo lanzando al aire sus cuatro piernas. Con la ayuda de ocho miembros, gira pues sobre sí mismo a iuna gran velocidad. 

   Para representarnos eso mentalmente tendremos que imaginar una gran bola con ocho miembros extendidos girando como aspas de molino mientras avanza veloz rodando en la dirección que sea... Esféricos como eran y poseedores de gran fuerza física, prosigue Aristófanes, estos personajes fantásticos cometieron el error de querer atacar a los dioses. Quisieron escalar el cielo para combatirlos... haciéndose acreedores del mayor castigo imaginable.  


   


   Sea el desafío lanzado por el hombre a su hacedor, sea el acto de desobediencia en el origen bíblico. En el primer caso, hemos de pensar en la subida del hombre al cielo con el puño en alto (de la Torre de Babel a Blade Runer); en el segundo, imaginaremos la gran máquina conceptual del Génesis figurada por la Serpiente, al Árbol y la Manzana, todo ello con otras dos figuras: la de una cabeza entontecida por su poca retención mental (Eva, la Mujer) y otra testa ligera al frente (Adán, el Hombre). Tenemos así un mito bien conocido que nos llevará por contigüidad a otro de mayor peso. Sólo que Aristófanes en este caso atribuye a Zeus una demora en la ejecución del castigo a causa del tiempo que le toma decidir cómo hacer un escarmiento sin dar muerte —para no perder el culto que se le rinde— a esas criaturas insolentes. La decisión llega finalmente: consistirá en cortar sus cuerpos longitudinalmente en dos mitades dejando a cada uno con dos piernas y dos brazos, un solo rostro, que volverá del otro lado, hacia la parte cortada. Eso le facilitará el amargo recuerdo de su complexión originaria convertida ahora en falta.

   Carencia del «otro» sexual, falta que es fuente del deseo, y por ahí mismo de un afecto que cobra algún sentido. Lo sabemos, en adelante cada nueva criatura ocupará buena parte de su vida intentando hallar su otra mitad. Ya tenemos el origen del amor. Una herida imposible de cicatrizar es su irremediable síntoma. El órgano sexual se ocupa de recordárselo al cuerpo que es su pedestal... En el recinto de Dionysos, en la isla sagrada de Delos, lo dicen todavía hoy las grandes figuras fálicas en piedra. 

    ¿Qué hacer mientras tanto? Extender el mito, diversificarlo. «Binarizar» el mundo, es decir: proseguir con la imaginación del Zeus aristofánico que soluciona la disidencia, liquida el descontento, da fin a la infelicidad, corta —nunca tan bien dicho— con la amargura de vivir, haciendo del problema dos, para que la energía de cualquiera de los elementos resultantes se canalice proyectado hacia el otro elemento, que a su vez se la devolverá en un vaivén de trayectoria horizontal sin desperdiciarse en la poco aconsejable vertical de los dioses, que es la línea del castigo, la dirección de la derrota. 

    ¿Cómo entender ahora lo masculino sin lo femenino?, ¿cómo impedir que lo uno vaya hacia lo otro como su mejor bien y su fatalidad al mismo tiempo? ¿Cómo ver la tierra sin el cielo, la oscuridad prenatal sin la luz del venir al mundo que es su territorio opuesto, el lugar para el encuentro con el goce de la vida cuya irrupción provoca el llanto? ¿Qué decir del mundo que no sea a través de algún otro mundo al que tenderá el primero de modo natural para un descanso final imaginario? Lo que se dice de palabra, se lo lleva el viento estafador; en cambio lo que se escribe parece resistir viento y marea, desafiar el paso del tiempo. La voz y el gesto, la mirada y la actitud, el ser y el parecer. Oposiciones, contrastes, diferencias que están en el origen de un sentido cuyo final siempre es diferido. No en vano el amor, Eros, es hijo de Poros y Penia, la inteligencia y la fuerza frente al cacumen inestable e hipócrita. La noble riqueza del primero y la vergonzosa miseria de la segunda. Dos caras del amor, Eros binario: amor de los sexos, amor del artista a su obra, amor de los santos a la otra vida. Lo «otro»: goce y amargura al mismo tiempo, poder y no alcanzar, ir y no llegar. 


   

   La subjetividad está bañada subterráneamente por los mitos. Y las relaciones humanas, sobre todo las afectivas, acusan en ella alguna transformación: la presencia de la persona amable —merecedora de amor— se vuelve representación al cumplirse su merecimiento. El amor, sea de la clase que sea, ennoblece, pero enbruteciendo, saca las cosas a una luz que no permite ver. Lógicamente, esta dirección que lleva de la presencia a la representación puede invertirse. Entonces se producen «realidades» a partir de la ficción, las representaciones se convierten en presencias. Ocurre cuando la escultura en marfil de una mujer realizada por Pigmalión cobra vida y satisface los deseos amorosos de su autor. Presencia y representación, esencia y fenómeno, cosa y signo: ida y vuelta, round trip. La ilusión, óptica o mental, asoma por ambos lados. Y por ambos, también, circula la energía que interviene en el proceso: el amor en el sentido más amplio de la palabra. Amor de los sexos o de la fuerza gravitatoria en el Universo, aquel de la Voluntad de Schopenhauer o el otro del malestar baudelaireano, amor del espíritu libre de Nietzsche o de aquella piedra a la que atribuyeron vida los antiguos: la magnetita, un imán natural. La amplitud semántica del término amor nos permite tener en cuenta esa energía que circula entre los sexos —sexo plural, polaridad efecto de un castigo—, o hacia alguna cosa inanimada sexualizada por la imaginación; amor en las ambiguas relaciones del artista con su obra durante o después de su realización; en la fantasía de otros mundos, en la negación de una identidad a la mujer para dársela enteramente al hombre... ¿Cómo compartir el ser, dejando el no-ser al margen, haciendo como si el no-ser tuviera la ostensividad de alguna cosa? En cualquiera de los planos que queramos explorar, ¿no es el amor un paradigma de la ceguera? Si para Argos es el poder de sus 100 ojos, el ver total, para Eros serán las cuencas vacías, ese misterio de la energía que atraviesa el Universo al azar de todas las direcciones.