Algunas consideraciones sobre el debate del Consejo Político de UPyD del día 28 de marzo


Apenas ha transcurrido una semana y todavía retumban los ecos del último Consejo Político. Es evidente, que la enmienda a la totalidad presentada por el Consejero Javier Carroquino, representa una concepción del partido diferente a la del Reglamento que se ha presentado avalado por el Consejo de Dirección.

Pero el debate, tal como lo ha expuesto Carlos M. Gorriarán en su Blog (“Del debate del día 28”), no tiene salida ni sentido, porque lo zanja desde una posición dogmática y hegemónica (Roma locuta, causa finita); aunque tiene una virtud, que no es otra que permitirnos a los demás referirnos públicamente al problema en cuestión con la misma franqueza y libertad como él lo ha querido plasmar. Es de agradecer que en el seno del partido podamos airear nuestras diferencias, cuando se dan, sin cortapisas de ningún tipo.

De hecho, el debate quedó listo para sentencia en el propio Consejo Político, no tanto porque existiera interés en mantener una discusión teórica, sino porque los términos airados en que el propio Carlos M. Gorriarán, y la misma Rosa Díez, afrontaron las réplicas no eran sinónimos de interés por aclarar nada, sino de afirmar un principio de autoridad. La vehemencia con que se exhibieron los dos máximos responsables del partido, no tenía como objetivo alcanzar algún espacio de encuentro, sino de romper todos los puentes con quienes podían presentar una manera distinta de entender la construcción del partido. Cuando Rosa vino a decir que “si esa visión del partido (la que presentaba la enmienda) triunfara, yo no militaría en ese partido”; senso contrario, podría entenderse que los derrotados en la enmienda estarían mejor fuera del mismo. A partir de ese momento ya no cabe discusión, ni se desea entendimiento posible. Lo que se escenificaba era un linchamiento sobre el enmendante –y sobre los que se dispusieran a sostener su propuesta- y una exigencia de plebiscito para dar por zanjada definitivamente la cuestión. Lo alarmante ya no era la discrepancia en sí, sino la forma autoritaria de abortarla.

El apoyo a la enmienda a la totalidad –por parte de quienes lo hicimos- no era tanto el estar de acuerdo, punto por punto, con todo el articulado de la enmienda, como con el espíritu que traslucía de la misma, más acorde, a nuestro parecer, con el proyecto originario del Manifiesto fundacional que con el Reglamento que se discutía. El debate sobre listas abiertas o cerradas no puede dirimirse en términos de todas abiertas o todas cerradas, sino en función de la racionalidad capaz de conjugar la eficacia organizativa con la mayor participación de los afiliados a la hora de conformar los órganos de dirección del partido.

En este sentido no tendría que ser difícil ponerse de acuerdo, si imperara la voluntad política de entendimiento, en convenir en el caso del Consejo de Dirección (sin duda el aspecto más controvertido) que el/la Portavoz, como máximo representante del partido, gozara de la facultad de elegir discrecionalmente un tercio, al menos, de los miembros del Consejo de Dirección, y el resto fueran elegidos en lista abierta. Otra cosa (elegirlo todo en lista cerrada) sería volver al punto de partida, donde UPyD nació como un partido carismático –no podía ser de otra manera- y así lo aceptamos todos de buen grado hasta que, en dos años, se celebrara el Congreso. Trasponer este mismo esquema, sin solución de continuidad, al momento actual legitimándolo en un Congreso con mayorías y minorías claras, no resolvería el problema de alcanzar un espacio que fuera compartido por todos los que creemos en el proyecto que nos dimos en el acto fundacional.

A fuer de ser realistas, este diseño sólo puede abocar a la creación de un macroaparato, incontrolable por los afiliados y proclive a caer en un modelo bipolar escindido, no de dirigentes y dirigidos, sino de dominantes y dominados. Si hay algo consustancial a la democracia es el control del poder y, naturalmente, la igualdad en las relaciones de poder. Algo difícil de hacerse realidad con la aplicación del Reglamento que aprobamos el pasado día 28 de marzo.

Por lo demás, tampoco puede ser tan difícil de entender que el cargo de Portavoz fuera elegido independientemente del resto del Consejo de Dirección –y está muy bien que lo sea por todos los afiliados- pero esa separación tiene, entre nosotros, una lógica aplastante, porque en un partido donde la figura y el liderazgo de Rosa no lo discute nadie, tratar de montar una lista para enfrentarse a la del actual Portavoz es absurdo, tan absurdo como que ésta nombre a su gusto a la totalidad de los miembros del Consejo (sin posibilidad de revocación), una vez transcurrido el período precongresual y fundacional de dos años.

El intento de conformar el principal órgano de dirección del partido en elección de listas cerradas no tiene otro sentido que mantener el mismo modelo de autoridad vertical que rige en el presente, y denotar, a su vez, una desconfianza absoluta hacia el conjunto de los afiliados. No nos engañemos, lo que hemos defendido todos desde el principio, empezando por la Dirección, han sido las listas abiertas, y no sólo para mejorar nuestra democracia a nivel del Estado, sino a nivel de los partidos, como una forma inevitable de revitalizarlos, otorgando a los afiliados una vía de participación que, en España, brilla por su ausencia y ha hecho de los partidos estructuras oligárquicas ajenas a los ciudadanos. No es serio que vengamos ahora con que lo de las listas abiertas está bien para el conjunto de la sociedad, pero no para las formaciones políticas, dado que serían incompatibles con la eficacia y la coherencia que tiene que exigirse a los equipos de trabajo en el interior de un partido.

Si para defender esta postura tenemos que buscar soportes teóricos en los clásicos de la sociología política (Michels, Duverger, Sartori,etc.), vamos a encontrar tantos puntos a favor como en contra, por lo que será mejor que tomemos como referencia nuestras propias experiencias políticas y saquemos conclusiones. Y, la más importante de todas ellas, es que quienes hemos llegado a UPyD desde otros partidos no queremos reproducir los mismos clichés y los mismos aparatos que hemos conocido en los partidos que son hegemónicos en España, que pueden servir para ganar elecciones, imponer orden entre los militantes y promocionar políticamente a los más fieles (y no necesariamente los más leales); pero estos partidos son responsables en primera instancia de habernos instalado en una partitocracia sin paliativos, y de haber conducido a nuestro país a una crisis política de tal envergadura que ha hecho necesario el alumbramiento de una fuerza política como UPyD.

Los que pretendemos fórmulas partidarias que -a nosotros, claro está- nos parecen más democráticas, no proponemos una democracia asamblearia (por cierto, querer endosarnos a algunos esta intención sí que es una verdadera falacia), sino la misma democracia representativa que queremos para el conjunto de la sociedad, que no tiene que ser idéntica, pero sí equivalente. Quienes vemos así las cosas nos resulta paradójico que en un partido donde no se dan discusiones políticas sobre el programa y la acción política –que, a fin de cuentas, es lo importante- porque hay una unanimidad total, tengamos, sin embargo, tantas dificultades para ponernos de acuerdo sobre el modelo de partido, y lo descubramos ahora y no cuando echamos a andar. Sería difícil, para cualquiera, entender una fractura basada en cuestiones meramente organizativas, sin que haya diferencias ideológicas de cierto calado.

Una última cosa. Nos negamos a admitir que nos hemos dejado, a lo largo de casi dos años, nuestras energías, nuestra entrega incondicional, nuestra ilusión, el esfuerzo con el que también hemos contribuido a conseguir representación parlamentaria, para tener que llegar a la conclusión que esto podría ser más de lo mismo. Nos negamos.
La transversalidad, que está funcionando ideológicamente, no tiene porqué no funcionar a la hora de ponernos de acuerdo en articular las estructuras organizativas; lo inverso haría pensar que su significado sólo tiene sentido como ingenio de propaganda de cara a la galería. Sólo es cuestión de voluntad política, la misma que se necesita para lograr los pactos que nosotros exigimos a otros partidos en cuestiones que nos parecen capitales, y ésta –el acuerdo de convivencia política en el interior del partido- también es una cuestión capital. Lo contrario parecería un suicidio político programado.

(*) Este artículo se remitió hace días al responsable de la web del partido en Andalucía, sin que hasta la fecha (16/04/2009) se haya publicado



Gerardo Hernández Les
Miembro del Consejo Político de UPyD

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