León Tolstoi y la escuela de Yásnaia Poliana.

publicado a la‎(s)‎ 14 sept. 2011 0:48 por Escritos sobre Educación   [ actualizado el 2 nov. 2011 1:43 ]
 

 

“Los escolares son hombres, seres sometidos, por muy pequeños que sean, a las mismas necesidades que nosotros; como nosotros, seres pensantes; todos quieren aprender, y para esto van a la escuela, y por esto llegan sin esfuerzo a esta conclusión, que, para aprender, es necesario someterse a ciertas condiciones. No sólo son hombres, sino que constituyen una sociedad de seres reunidos en un pensamiento común. (…) Cediendo a las solas leyes naturales, a las leyes derivadas de la naturaleza, ni se oponen, ni murmuran; cediendo a vuestra autoridad intempestiva, no admiten la legitimidad de vuestras campanillas, de vuestro uso del tiempo, de vuestras reglas”.

(León Tolstoi, La escuela de Yasnaya Polyana)

Introducción.

        Lev Nikoláyevich Tolstói (1828,1910) famoso novelista ruso, tras ver la contradicción de su vivir cotidiano con su ideología libertaria,  decidió dejar los lujos y mezclarse con los campesinos con los que él se crió y vivió. No obstante, no obligó a su familia a que lo siguiese y continuó viviendo junto a ellos en una gran parcela, lugar al cual con frecuencia sólo llegaba a dormir, gastando la mayor parte del día en el oficio de zapatero. Fundó en la aldea de Yasnaya Polyana (“claro del bosque”)  una escuela para los hijos de los campesinos y se hizo su profesor, autor y editor de los libros de texto que estudiaban. Impartía módulos de gimnasia y prefería el jardín para dar clases. Creó para ello una pedagogía libertaria  cuyos principios antiautoritarios instruían en el respeto a ellos mismos y a sus semejantes. Se trataba de evitar que el autoritarismo del adulto se sobrepusiera a la libertad del niño, favoreciendo la instrucción en contraposición a la educación.

 
La escuela y su ambiente.

 

        La escuela se funda en 1860, es una casa de piedra, de dos pisos. Dos piezas están reservadas a los niños, dos a los maestros; otra sirve de cuarto de estudio. Sobre la escalinata, debajo del alero, suspendida por un cordón, una campana pequeña. En el vestíbulo, abajo, el gimnasio; en el de arriba, bancos. En los muros se puede leer el cuadro de la distribución del tiempo. La escuela es gratuita.   Cuenta con cuarenta   alumnos de siete a trece años, aunque  raramente asistente  más de treinta. Una pequeña parte (4 ó 5) son niñas.   Cada año tienen tres o cuatro adultos por un mes o  a veces por todo el invierno; después se van. Para estos adultos, según Tolstoi el régimen de la escuela es de lo más incómodo. Esto es debido a  su edad y su amor su amor propio. Estos aspectos  les impiden participar en la animación de la escuela, mezclarse con los pequeños, y debido a ello permanecen absolutamente aislados.  Todos los alumnos que pretenden entrar no lo consiguen, algunos son excluidos por Tolstoi por diversos motivos.  La escuela cuenta con cuatro maestros. A  las ocho, el maestro que vive  en la escuela  manda tocar la campana a uno de los alumnos. Los alumnos al llegar no traen  nada consigo; ni libro ni cuaderno; nunca se les impone tareas que cumplir en casa.  Nada de recriminaciones por un retraso, todo el mundo llega a la hora. Se sientan donde les parece bien: sobre los bancos, las mesas, en el alero de la ventana, en el entarimado, en el sillón. Las niñas se sientan y siempre permanecen juntas. 
 

        En las clases se sientan cercanos al profesor los mayores, (los mejores alumnos), un poco más distantes están sentados los alumnos menos buenos; después, los pequeños. Hacia las dos de la tarde se interrumpen las clases para la comida. Las notas existen como resto de su organización primitiva aunque comienzan a caer en desuso. Las clases de por la tarde son más relajadas que las de la mañana. De ordinario, las clases terminan entre las ocho y las nueve. Las noches están reservadas al canto, a la lectura progresiva, a las experiencias de física o a las tareas escritas. En estas horas según Tolstoi hay menos gritos, menos alboroto, más obediencia para el maestro y una docilidad más grande.

 

La autoridad.

        La escuela se desarrolla libremente por los principios establecidos, por el maestro y por los alumnos. A pesar de toda la autoridad del maestro, el alumno tiene  el derecho de no frecuentar la escuela, y aun frecuentando la escuela, el de no escuchar al maestro. Este también  tiene el derecho de no conservar al alumno en su escuela. Cuanto más adelantan los niños en el estudio, más se extiende la enseñanza y más se impone la necesidad del orden. Por consiguiente, en una escuela que se desenvuelve normalmente y sin violencia, cuanto más instruidos son los discípulos, más capaces del orden resultan, más sienten ellos mismos la necesidad de él, y más fácilmente, bajo este punto de vista, se establece la autoridad del maestro.

        El ambiente no es rígido. La movilidad por el aula está permitida. Cuando el maestro llega a la primera clase, todo el mundo le rodea junto al encerado o en los bancos; se tienden o se sientan sobre la mesa en torno del maestro o del que lee en voz alta. Si es en la escritura, están tranquilamente sentados en los bancos; pero se levantan a cada momento para ir a ver los cuadernos de los otros, o para enseñar los suyos al maestro.Las actividades al aire libre y fuera de la escuela se consideran reforzadoras de la relación entre ellos y para con el profesor. Por este motivo se realizan siempre que el tiempo lo permite.Yasnaya Polyana para su fundador no pretende ser un modelo útil y bueno de imitar. Se trata de aplicar sus propias ideas a un proyecto educativo de la forma más consecuente y leal a sí mismo.

Tolstoi  no exigía nada a sus alumnos, ni orden, ni puntualidad, ni silencio, pues al comenzar a hablar sobre algo, todos prestaban atención y exigían a sus compañeros que no los intranquilizaran, “el resorte más eficaz es el del interés, por lo cual considero la naturalidad y la libertad como la condición fundamental y como medida de la calidad de una enseñanza[1]

 

El desorden u orden libre.

        Al principio en la escuela había mucho desorden y era imposible planificar y organizar el tiempo y las actividades. Una vez que la escuela está funcionando, esto se resuelve de manera natural. De hecho Tolstoi señala que:” En la primera clase, hay alumnos que piden ellos mismos seguir la guía de horarios y materias, que se aburren cuando se les saca de su lección, y que echan fuera a los pequeños que se atreven a estar entre ellos”. A su juicio, el desorden exterior u orden libre, aunque parezca al maestro tan extraño, tan incómodo, es útil, indispensable. Este parece  tan espantoso porque están acostumbrados a otro sistema según el cual han sido instruidos. Tolstoi afirma que la convivencia en la escuela es buena.  Durante las clase, afirma que muy pocas veces  les ha visto: “cuchichear, ni pellizcarse, ni reír por lo bajo, ni soplarse los dedos, ni querellarse uno de otro al maestro”. Considera que esta política de abstención no provoca daños físicos  a los chicos, al revés, señala que con el transcurso del tiempo se puede observar como los incidentes son mínimos.

        Cuando se acerca la hora de comer y los alumnos han estado sentados ya tres horas, Tolstoi entiende que, para eliminar tensión y preparar la siguiente clase,  los alumnos arrastren  los bancos y las mesas armando gran escándalo. Sabe que este cesará cuando empiece la siguiente actividad; el dibujo. Los propios alumnos imponen el silencio cuando empieza la clase.

        Tolstoi considera que ante los tumultos a la hora de sentarse, es más conveniente dejarles calmarse por sí mismos, y por sí mismos ocupar sus puestos naturales, que obligarles a ello por la fuerza. De hecho considera  que cuanto más grita el maestro más se excitan y gritan los niños: “Si se consigue contenerlos, desviar su atención hacia otra parte, el pequeño mar va agitándose menos cada vez, hasta apaciguarse”. En definitiva, su propuesta para la mayor parte de las veces vale más no decir nada.

        Hay  escenas que se reproducen una o dos veces por semana. Los niños abandonan la clase y vuelven a sus casas ansiando la estufa caliente y el baño. Otros provocan pequeños desordenes que contienen el mensaje latente de cansancio y deseo de acabar las clases. Tolstoi lo entiende y lo aplaude. Cree que es un signo de salud mental que debe darse puesto que es natural. Prefiere que se de varias veces al mes, porque hay niños en las escuela, a que no se de ningún día al año porque no hay niños.   “A pesar de la libertad dada a estos para que se vayan cuando les parezca bien, la autoridad del maestro es tan grande, sin embargo, que en estos últimos tiempos he temido mucho que la disciplina de las clases, el empleo del tiempo, las notas, aunque sean carga tan ligera, acabasen por coartar su libertad, por sujetarles completamente a la red tramada contra ellos por nuestra astucia para cercenarles la facultad de la elección y de la protesta”.

        De hecho su propuesta a nivel preventivo es muy clara, permitir cierta relajación y libertad:” Hay que perdonarles tales defectos. Es bueno, es necesario dejarles la facultad de semejantes escapatorias, siquiera sea para prevenir faltas mayores, más graves abusos”.

 

El castigo.
 

        Tolstoi está  convencido de que la escuela no debe intervenir en la educación, que es pura incumbencia de la familia y por tanto  no debe castigar ni recompensar lo que ella no tiene derecho. Considera  que su mejor policía y administración consiste en dejar a los alumnos en libertad absoluta de aprender y de arreglarse entre ellos como mejor les parezca.

        Pese  a creer en  esta regla y por herencia del pasado se lamenta de apartarse con frecuencia de la misma. De hecho y ante algunos robos reconoce la aplicación de castigos decididos por todos y  tales como portar un letrero. La mofa y el escarnio que se produce ante tales hechos no le agradan y denuncia sus efectos contraproducentes[i].

        Sobre el empleo de la violencia considera que está fundado en una interpretación irreflexiva e irrespetuosa de la naturaleza humana. Parece que el desorden aumenta, crece por momentos, no conoce límites; parece que nada puede detenerlo sino la represión violenta, cuando basta esperar un poco para ver el desorden (o el fuego) extinguido por sí mismo, produciendo un orden más perfecto y estable que aquel por el cual lo sustituiríamos. Con este soporte teórico y ante los incidentes violentos (peleas, agresiones, etc.), propone la no intervención del maestro: “Dejadles, pues, solos si no sois el padre o la madre, que, todo piedad para sus hijos, siempre tienen razón para tirar de los cabellos al que pega; dejadles, y ved cómo todo se arregla, todo se apacigua sencilla, naturalmente”.

        Esta postura le acarreará críticas y de hecho algunos de los padres le manifiestan su perplejidad de que pese a la  ausencia de castigos y de orden, la enseñanza que reciben sus hijos sea buena.

  Roberto L´Hotelleríe



[1] Nicola Abbagnano y A. Visalberghi. Historia de la Pedagogía. México, 1993: Fondo de Cultura Económica. p. 656



[i] Otro caso. En el verano precedente, mientras se reconstruía la casa, desapareció del gabinete de física una botella de Leyden. En muchas ocasiones se habían perdido lápices y libros, cuando los carpinteros y los pintores no estaban allí. Interrogamos a los muchachos: los mejores alumnos, los más antiguos en la escuela, nuestros amigos desde el principio, enrojecían y balbuceaban de manera tal, que cualquiera habría creído ver en su turbación una prueba de su falta. Pero yo les conocía, y hubiese respondido de ellos como de mí. Comprendo que la sola idea de una sospecha era lo que les afectaba tan profunda, tan dolorosamente: uno de los alumnos, a quien nombraré Fedka, naturaleza delicada y distinguida, tembló y lloró, todo pálido.
Prometieron decir quién fuese el culpable, si llegaban a averiguarlo; en cuanto a buscarlo, se negaron a ello. Algunos días después descubrióse quién era el ladrón: un chico del caserío de un dominio lejano. Había inducido al hijo de un aldeano, llegado con él del mismo lugar, y ambos a una habían ocultado los objetos robados en un cofrecito. El descubrimiento produjo singular impresión en sus camaradas: una especie de alivio y aun de alegría, y al mismo tiempo desprecio y pesar por los ladrones.
Les propusimos que indicaran por sí el castigo. Unos designaron el látigo, y pidieron azotar ellos mismos a los culpables; otros fueron de opinión que se les pusiera un letrero con la palabra ladrón. Este castigo, habíamosle ya infligido nosotros, para vergüenza nuestra, y el muchacho que, el año antes, había llevado un letrero con la inscripción embustero, precisamente se mostró el más implacable al reclamar uno para los
ladrones.
Quedamos de acuerdo en el rótulo, y cuando una niña fue a coserlo, todos los alumnos miraron a los castigados con alegría mal intencionada mofándose de ellos. Para agravar aún más el castigo, pidieron que se les llevase así al lugar, dejándoles la etiqueta hasta el día de fiesta, dijeron.
Los castigados lloraron. El hijo del mujik, el que se había dejado inducir por su camarada -narrador notable y divertido-, un renacuajo regordete y blanco, lloraba con todas sus fuerzas de niño; el otro, el principal culpable, de nariz gibosa, facciones duras, fisonomía inteligente, estaba pálido
, sus labios temblaban, sus ojos lanzaban miradas dañosas y salvajes por la alegría de sus camaradas, y muy rara vez el llanto contraía su rostro. Su gorra, de visera destrozada, estaba echada atrás sobre el occipucio, tenía los cabellos en desorden, la ropa manchada de tiza.
Todo eso nos llamó la atención como si lo hubiéramos visto por primera vez. Contemplábale cada cual con atención malévola, y él lo sentía dolorosamente. Cuando, sin mirar a su alrededor, bajó la cabeza, y, a lo que me parece, con la manera de andar de un malhechor, se fue a su casa, los niños, persiguiéndole tumultuosamente, le hostigaron de manera tan poco natural, tan extraña y bárbara, que se les habría creído poseídos, sin darse ellos cuenta, del espíritu maligno. Algo me decía que esto no estaba bien, pero el asunto siguió su curso, y durante todo el día el ladrón llevó su letrero.
Desde entonces creí notar que era menos aplicado; y ya no se le vio más, después de la clase, mezclarse en los juegos y en las conversaciones de sus compañeros.
Una vez, en ocasión de llegar yo a la escuela, todos los niños me anunciaron aterrados que el chico había robado de nuevo. Había tomado de la habitación del maestro veinte kopeks en piezas de cobre, y había sido sorprendido escondiéndolos en la escalera.
Se le cosió otra vez el letrero, y de nuevo se reprodujo la misma monstruosa escena. Yo le reprendí como hacen los instructores. Un muchacho crecido que se encontraba allí, un hablador, se puso a sermonearle también, repitiendo palabras que, sin duda, había oído pronunciar a su padre, un dvornik(conserje).
-Ha robado por primera vez, ha robado por segunda vez -decía con voz acompasada y grave-; lo tomará por costumbre. ¿Hasta dónde lo arrastrará el amor al lucro?
Esto me excitó. Me sentí casi irritado contra el sermoneador. Contemplé el aspecto del castigado. Al verle aún más pálido, más doliente, más bravío, me acordé, no sé por qué, de los forzados, y la conciencia de una villanía gritó en mí súbito y tan fuerte, que arranqué el letrero diciendo al culpable que se fuera adonde quisiese. Sentí bruscamente, no en el pensamiento, sino en todo mi ser, que no tenía el derecho de torturar al pobre niño, que no podía hacer con él lo que queríamos yo y el hijo del dvornik. Pensaba que hay secretos en el alma que nos están cerrados y que la vida puede modificar, no los cargos ni los castigos. Y ¡qué tontería! El niño ha robado un libro -por un largo proceso, complejo, de sentimientos, de pensamientos, de falsos silogismos, ha sido arrastrado a sustraer un libro: no sabe para qué lo ha guardado en su cofre- y yo le pongo un letrero con la palabra ladrón, ¡que significa otra cosa muy distinta! ¿A santo de qué? Para castigarle por la vergüenza, se dirá... ¿Castigarle por la vergüenza? Pero, ¿a santo de qué? ¿Se sabe si la vergüenza destruye la disposición al robo? Acaso la estimule. Acaso no haya de vergüenza más que lo que expresa el rostro. Yo tengo asimismo la seguridad de que no era vergüenza, sino cualquier otra cosa que acaso tendría dormida para siempre en su alma, y que no habría sido conveniente despertar.
Que en el mundo que se llama práctico, en el mundo de los Palmerstons y los Caínes, en el mundo que tiene por razonable, no lo que es razonable, sino lo que es práctico, que en él las gentes, castigadas ellas mismas, se arroguen el derecho y el deber de castigar. Nuestro mundo de niños, de seres sencillos, francos, debe mantenerse puro de mentira, de esa creencia criminal en la legitimidad del castigo, de la que se seguiría que la venganza es justa desde el momento en que nosotros la llamamos castigo...

(La Escuela de Yasnaya Polyana Estudio primero. Examen general y carácter de la escuela. Lectura mecánica y progresiva. Gramática y estilo).

 

 

 

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