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"La narrativa es introspección y revelación” / 
entrevista a Salomé Guadalupe Ingelmo, Colección Contemporáneos en el mundo n. 22, Indagación Sobre la Narrativa, Ediciones COMOARTES, Madrid/México D. F.  2012

Se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid (Tesis en régimen de cotutela con la Università degli Studi de Pisa). Es miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo, con sede en la UAM, y desarrolla desde 2006 actividades docentes como profesor honorífico en dicha Universidad impartiendo cursos relacionados con las lenguas y culturas del Oriente Próximo.

Se forma en la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Università degli Studi di Pisa, Universita della Sapienza di Roma y Pontificio Istituto Biblico de Roma. Durante los diez años vividos en Italia desarrolló actividades como traductora de italiano y como docente de lengua castellana para extranjeros.

Ha recibido diversos premios literarios nacionales e internacionales en los últimos años y ha sido seleccionada en otros certámenes: Es ganadora absoluta del Concurso Internacional de Microtextos y del Premio Internacional de Microficción Dramatúrgica “Garzón Céspedes” organizados en 2010 por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE); y ha obtenido otros premios, internacionales y extraordinarios, de microficción, así como numerosos reconocimientos, especialmente en narrativa, entre los que destacan sus galardones en el certamen “Paso del Estrecho” de la Fundación Cultura y Sociedad de Granada. Así como los obtenidos en el V Certamen de Relato Corto Aljarafesa sobre el agua, el XVII Certamen de Relato Breve y Poesía “Mujerarte” de la Delegación de la Mujer de Lucena, el X Certamen Literario "Federico García Lorca" del Ayuntamiento de Parla, el I Premio Nacional de Relato Corto sobre Texto Científico de la Universidad de Murcia, y el XIII Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve 2010 de la Universidad de La Laguna.

Varios de sus relatos han sido incluidos en diversas antologías. Cabe destacar la publicación digital de su relato Sueñan los niños aldeanos con libélulas metálicas (con traducción al italiano de la autora, en Los Cuadernos de las Gaviotas n. 6, CIINOE/COMOARTES, Madrid/México D. F.: 2010). El mismo relato ha sido recogido por José Víctor Martínez Gil en la Antología de cuentos iberoamericanos en vuelo [Recurso electrónico. Libro-e], que puede leerse en la Biblioteca Digital del Instituto Cervantes de España. En la Biblioteca Digital del Instituto Cervantes de España, tiene también su relato El niño y la tortuga, en Los Libros de las Gaviotas número extraordinario VII (segunda edición). Literatura iberoamericana para niñas y niños. Brevísimos pasos de gigantes. Cuentos, poemas, monólogos teatrales hiperbreves para la niñez, COMOARTES/CIINOE, Madrid/Méjico D. F.: 2012 (primera edición de 2010). El niño y la tortuga fue de nuevo antologado en Quince cuentos brevísimos para niños y niñas, Los Cuadernos de las Gaviotas n. 92, CIINOE/COMOARTES, Madrid/México D. F.: 2013. Su texto Es el invierno migración del alma: variaciones sobre una estampa eterna apareció en “Las grullas como recurso turístico en Extremadura”, publicado por la Dirección General de Turismo de la Junta de Extremadura en 2011.

Fue ampliamente antologada, con un total de 13 textos, en Pupilas de unicornio, Antología de los textos premiados en el Premio Internacional de Cuento Hiperhiperbreve “Garzón Céspedes” 2012, Los Cuadernos de las Gaviotas número 89, Ediciones Comoartes, Madrid/México D. F. 2012. Siete de sus textos dramatúrgicos fueron antologados también en Picoscópico, Antología de los textos premiados en el Concurso Internacional de Microficción Dramatúrgica Hiperbreve “Garzón Céspedes” 2012, Cuadernos de las Gaviotas número 96, Ediciones Comoartes, Madrid/México D. F. 2012.

En diciembre de 2012 ven la luz su primera antología personal digital de cuentos, La imperfección del círculo (La imperfección del círculo, Libros de las Gaviotas, Ediciones COMOARTES, Madrid/México D. F.  2012), y una extensa entrevista, La narrativa es introspección y revelación: Francisco Garzón Céspedes entrevista a Salomé Guadalupe Ingelmo (“La narrativa es introspección y revelación” / Francisco Garzón Céspedes entrevista a Salomé Guadalupe Ingelmo, Colección Contemporáneos en el mundo n. 22, Indagación Sobre la Narrativa, Ediciones COMOARTES, Madrid/México D. F.  2012), recogida en la colección

de indagación sobre la narrativa Contemporáneos del Mundo, a cargo del prestigioso escritor y hombre de cultura Francisco Garzón Céspedes, que la ha incluido en su “Indagación sobre la narrativa” junto a prestigiosas personalidades ya consagradas y premiadas por la crítica como María Teresa Andruetto y Fernando Sorrentino (Argentina), Froilán Escobar (Cuba/Costa Rica) y Armando José Sequera (Venezuela).

Alejandro Cabeza, Retrato de Salomé Guadalupe Ingelmo, Ángel Ganivet

Su monólogo Alicia se mira en el espejo ha sido objeto de publicación digital, acompañado por su entrevista El monólogo recrea una intimidad sin parangón, en la que la autora responde a Francisco Garzón Céspedes sobre diversas cuestiones relacionadas con la dramaturgia, en Alicia se mira en el espejo, Ediciones COMOARTES, Colección Los Libros de las Gaviotas 25, Madrid / México D. F., 2013.

Su publicación digital Medea encadenada y otros textos dramatúrgicos hiperbreves, Ediciones COMOARTES, Colección Los Cuadernos de las Gaviotas 97, 2013, reúne quince monólogos y soliloquios, la mayoría premiados en concursos internacionales.

Suyo es el prologo a la edición de El Retrato de Dorian Gray de la Editorial Nemira, (colección Literatum, Murcia, Nemira, 2008) y el de la antología del VIII Concurso Bonaventuriano de Poesía y Cuento 2012 (Universidad de San Buenaventura: Cali, 2012).

Desde 2009 colabora ininterrumpidamente con la revista digital bimestral miNatura: Revista de lo breve y lo fantástico, en la que han visto la luz sus microtextos de género fantástico, de ciencia ficción y terror.

Es autora de un par de antologías inéditas de poesía en lengua italiana. También sus poemas en lengua castellana siguen siendo mayoritariamente inéditos. Ha escrito dos novelas inéditas y un sinfín de relatos y microrrelatos aún no publicados.

Es jurado calificador permanente del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet, convocado por la Asociación de Países Amigos de Helsinki (Finlandia) con el respaldado del Ministerio de Asuntos Exteriores de España. Ha sido también jurado del VIII Concurso Bonaventuriano de Poesía y Cuento 2012, convocado por la prestigiosa Universidad de San Buenaventura de Cali (Colombia).

             Entre sus investigaciones y ensayos más recientes, sus extensos: “Libros como libros vivos”, “Dos libros de narrativa de un gran escritor” y “Borges, un tahúr en la corte del rey Assurbanipal” (en proceso de edición).

Fue invitada a leer públicamente algunos de sus textos en La Peña de los Juglares celebrada el 19 de julio de 2012 y el 16 de julio de 2013, ambas en Madrid.

En agosto de 2009 crea un blog en el que su pasión por la literatura se funde con el amor por la naturaleza y la afición a la fotografía: http://hervasencuatrosaltos.blogspot.com/.

Una idea más precisa sobre su trayectoria dentro del mundo de la Literatura se puede obtener consultando http://sites.google.com/site/salomeguadalupeingelmo/


Salomé Guadalupe Ingelmo, Alejandro Cabeza, Retrato de Salomé Guadalupe Ingelmo
Salomé Guadalupe Ingelmo,  Alejandro Cabeza, Retrato de Salomé Guadalupe Ingelmo
ENTREVISTA LA NARRATIVA ES INTROSPECCIÓN Y REVELACIÓN, FRAGMENTOS

La narrativa nos permite reorganizar el mundo, darle un sentido a nuestra presencia en él. Nos ayuda a descifrarnos y comprendernos, a enfrentarnos a nosotros mismos y perder el miedo; a ser más libres. Nos concede más elementos de juicio y más argumentos. Y por ello nos hace también más indulgentes y tolerantes: nos ayuda a preocuparnos por entender a los demás. Nos permite descubrir otras vidas y vivirlas cuanto menos en nuestra imaginación. A veces, con un poco de suerte, incluso nos ofrece ejemplo y alternativas para cambiar realmente la nuestra. La narrativa nos recuerda que no estamos solos. Por eso, en una sociedad cada día más incomunicada, resulta esencial para conservar nuestra humanidad, para no acabar de olvidar que somos seres gregarios. La narrativa apacigua esa soledad que a menudo nos corroe.

La narrativa es la oportunidad, el pretexto si se quiere, para legar en vida, sin necesidad de haberse muerto antes; pudiendo disfrutar con la satisfacción de nuestros herederos, con su enriquecimiento personal. La narrativa nos permite cultivar la ilusión, la esperanza, de que nuestro periplo vital, nuestras experiencias y conclusiones –obtenidas a veces a cambio de gran esfuerzo y sufrimiento–, podrán convertirse en valiosas para otros. La narrativa se revela, por tanto, oportunidad para compartirse: generosidad, altruismo, amor por nuestros semejantes […]

Y en lo personal, en lo más íntimo, para el autor la narrativa es búsqueda de la lucidez, del equilibrio. No creo que sirva para aniquilar nuestros demonios, sino para algo infinitamente mejor y más útil: para colocarlos –que no para encerrarlos o esconderlos– en el lugar en el que menos estorben, en el que resulten menos dañinos. En el mejor de los casos, donde se revelen más útiles para nosotros o incluso para los demás. No, definitivamente, cuando escribimos no acabamos con ellos; pero sí los vemos menguar, perder fuerza y poder sobre nosotros, superados por el peso de nuestra mortal pluma. Los vemos someterse. Entonces los papeles se invierten, y conquistamos el control. Porque la literatura es también, para mí quizá muy especialmente, ejercicio de disciplina y superación. […]

Escribo narrativa como vía de gnosis –de esclarecimiento interior que puede comportar aspectos místicos o no–, porque no temo enfrentarme a mis miedos y tampoco me asusta aceptar mis errores. Escribo narrativa para que esos errores no lo sean del todo, o al menos no sean del todo estériles: para que resulten útiles a otros. Escribo narrativa para que todo, hasta lo más doloroso, cobre sentido. Escribo narrativa para que lo vivido no haya sido en vano. Quizá, para convencerme de que no ha sido en vano. […]

Escribo narrativa también como adiestramiento, como disciplina; para de-mostrarme que soy fuerte y para aprender a serlo aún más. Superarse siempre, no importa en qué campo o faceta, me parece importantísimo. Por eso, para no olvidar que el “milagro” es posible si se desea con la suficiente fuerza y se trabaja con el ahínco necesario, me gusta afrontar nuevos desafíos. Ése, además de mi natural curiosidad, es el motivo de que haya abordado tantos géneros, algunos de los cuales a priori no creí que transitaría jamás –y al final hasta me he instalado cómodamente–. Es un círculo vicioso: mis personajes salen de sus atolladeros tocados pero no hundidos porque, en efecto, creo que siempre hay esperanza; pero probablemente también porque, a mi vez, necesito creer que hay esperanza. Y así lo afirmo sin descanso en mi obra, que no deja de ser un reflejo de mi vida. La fe, independientemente del objeto hacia el que la dirijas, es algo que, como el amor, ha de alimentarse diariamente si no quieres que se te muera. […]

Me gustaría que el lector, el posible crítico, pudiese advertir, ante todo, mi honestidad, la que me profeso a mí misma y también a él. También mis buenas intenciones, el deseo de que cuanto hago tenga una utilidad social. Si mis textos consiguen transmitir ambas cosas, me doy por satisfecha. Me aferro a poco equipaje en la vida: me basta con ser consecuente y fiel a mis propias normas morales.
Desearía que mi obra pudiese reflejar con sinceridad y benevolencia, con asombro y admiración, la enorme complejidad del ser humano. Desearía denunciar sus miserias, pero también alabar su grandeza. Creo que el ser humano disfruta más haciendo el bien que el mal. Sospecho que cae en el segundo sólo por miedo, desidia o intereses muy a menudo creados por otros, por una mal entendida competitividad, por ejemplo. Diría que cuando un autor coloca a sus semejantes ante el espejo, la vergüenza que a menudo se deriva puede revelarse muy instructiva. Pienso que este trabajo puede ayudar a reforzar conductas positivas y a erradicar, o cuanto menos reducir, otras que no lo son. Un poco como el experimento del perro de Pavlov. Sin pretender parecer arrogante, desearía que mi obra contribuyese a mejorar la especie. […]

Me gustaría que mis lectores concluyesen ante todo que sus vidas son sólo suyas, y que pueden hacer de ellas lo que quieran. Que el deseo, la voluntad y el trabajo –entendido en sentido amplio– mueven montañas. Que nunca es tarde. Que pueden tener todas las nuevas oportunidades que decidan concederse, porque siempre se puede rectificar y siempre hay otras vías, otras opciones. Me gustaría que obtuviesen un mensaje de esperanza y redención, pero también de estímulo. Porque las oportunidades no nos caen nunca del cielo; hay que ganárselas una y otra vez. Y continuar mereciéndolas. Me gustaría que sintiesen que no están solos: que otros han pasado antes por esos lugares oscuros que quizá ahora transitan ellos, y han salido con bien. Que incluso de allí se vuelve con vida si uno se lo propone. Me gustaría que supiesen que no son los únicos; que otros les entienden. […]

Salomé Guadalupe Ingelmo, Alejandro Cabeza, Retrato de Salomé Guadalupe Ingelmo, Ángel Ganivet, Concurso Literario Ángel Ganivet

Estoy dispuesta a aceptar que mi pasado me ha marcado y por tanto ha dejado su huella también en mi obra. El pasado nos marca, es inevitable. Puede que incluso se revele positivo. Luchar contra ello no sirve de nada. Y mucho menos, intentar negarlo. Lo que hay que evitar a toda costa es que el pasado nos condicione, y mucho menos que nos determine. Que nos aboque a un final ya escrito por otra mano. Como decía Omar Shariff en Lawrence de Arabia, “para ciertos hombres, nada está escrito si ellos no lo escriben”. Yo creo que hemos de procurar pertenecer siempre a esa especie.

 La narrativa nos ayuda a no olvidar, a recordar o a descubrir quienes somos: la narrativa nos ayuda a forjar y defender nuestra identidad. Es necesario dejar testimonio.

(“La narrativa es introspección y revelación” / Francisco Garzón Céspedes entrevista a Salomé Guadalupe Ingelmo, Colección Contemporáneos en el mundo n. 22, Indagación Sobre la Narrativa, Ediciones COMOARTES, Madrid/México D. F. 2012)


BIENAVENTURADOS LOS SEDIENTOS[1]

Tan fascinado está por esa superficie insidiosa que no ha reparado en la presencia del temido representante de la ley. El espejo líquido ejerce siempre un enorme poder sobre él. Reclama toda su atención. Incluso logra que por unos momentos se abstraiga de la realidad fea y sucia que le circunda.

¿No te olvidas de algo? dice el alguacil. La voz sobresalta al corso, por lo general impasible.

Es verano y, aunque los aguadores sevillanos tienen permiso para llenar sus cántaros en las fuentes públicas de la Alameda gratuitamente, están obligados a regar el paseo mientras dure el calor sofocante. Lejos de adoptar una actitud servil, el corso se limita a lanzarle una muda mirada torva. En su pueblo natal, una pequeña aldea encaramada en la montaña, tenía fama de ser hombre de pocas palabras, y los muchos años vividos en Sevilla no le han vuelto más locuaz: Está seguro de que los vecinos no son conscientes de cuán justo es el sobrenombre por el que le conocen: él es y será siempre un corso. No importa dónde viva ni dónde muera.

Precisamente ahora nos disponíamos a regar el paseo. Cuando lo hayamos dejado fresco como mandan las ordenanzas, llenaremos de nuevo los cántaros y nos dirigiremos al corral. Aún tenemos tiempo antes de que empiece la comedia interviene, obsequioso, el muchacho recién llegado.

El joven aguador comienza a salpicar la hilera de árboles más próxima. Sólo su mirada suplicante logra que finalmente el corso aparte los ojos del alguacil y le imite con desgana. Una vez acabada la tarea, ambos aguadores llenan de nuevo sus cántaros y echan a andar lentamente hacia el Corral de San Pedro. En la entrada principal les esperarán los dos pilluelos que se cuelan entre la multitud y venden sus productos. Mientras, ellos permanecen tras los aposentos bajos y al lado de la escalera de los altos, justo en la parte derecha de la entrada al patio del corral, en el angosto “sitio del aguador”, de apenas siete tercias de lado[2].

Ándate con ojo, corso susurra el compañero. A Alonso lo han pillado con las manos en la masa. Lo han detenido ayer. Está acusado de coger agua ilegalmente en los Caños de Carmona.

Bien podía encargarse la justicia de perseguir a los delincuentes de verdad en lugar de cebarse con los pobres muertos de hambre como nosotros. Nuestro oficio es duro. A veces robamos el agua, sí, pero lo hacemos para sobrevivir.

Razón no te falta. Pero razones no les faltan tampoco a ellos. Sabes bien que en Sevilla el agua es casi tan preciosa como el oro.

Sé que los pobres desgraciados beben con ansia los vasos que les ofrezco por unas monedas ganadas con mucho esfuerzo. Que los miran con devoción, como si fuesen el cáliz en el que el de Arimatea recogió la sangre de Nuestro Señor. Pero sé también que en los palacios hay tinas en las que los señores se sumergen por completo. Tampoco me parece que los aguadores que transportan varios cántaros sobre sus mulos o en sus carritos, quienes venden grandes cantidades de agua por las casas de Sevilla, sean tan perseguidos como nosotros.

Salomé Guadalupe IngelmoCaminan lentamente, pues la carga es mucha y temen derramar el precioso contenido de sus cántaros. Cada gota tendrá un precio apenas lleguen a suCaminan lentamente, pues la carga es mucha y temen derramar el precioso contenido de sus cántaros. Cada gota tendrá un precio apenas lleguen a su destino y los vecinos, asaeteados por el sol inmisericorde, reclamen sus servicios. Tendrán que pagar una buena cantidad de maravedíes al arrendador del corral para poder vender entre sus muros, pero habrá valido la pena. Por supuesto ofrecerán también vino, aloja e incluso hielo a quien lo pueda pagar. Unos pocos afortunados se permitirán incluso alguna pieza de fruta. Al fin y al cabo, los corrales reúnen a un público muy variado. No faltan miembros de la clase alta dispuestos a mezclarse con el vulgo. Algunos acuden en busca de esas aventuras galantes que ni siquiera la separación de sexos impuesta por las autoridades logra evitar, y en las que muy a menudo los propios aguadores actúan como intermediarios, llevando recados de uno a otro lado con la excusa de ofrecer de beber. Otros, ansiosos de reyertas en las que ahogar su exceso de ardor. Los estudiantes son quizá los más temibles. Acostumbrados como están a ver el espectáculo gratis, no es infrecuente que se nieguen a pagar lo consumido. Más de un aguador ha recibido heridas de arma blanca por pretenderlo[3].

Dice aquel caballero que unos labios tan jugosos como ésos no deben quedarse nunca secos. Que él haría cuanto estuviese en su mano por evitarlo, pero que, habiéndose empeñado la autoridad en ir contra natura al separar a los caballeros de las damas en este recinto hecho para solazarse, estándole vedado por el momento cualquier otro procedimiento para conseguirlo, me envía a mí con este pobre sustituto el picaruelo le tiende la delicada copa de vidrio veneciano, pues el caballero a accedido a pagar un poco más por el mandado. Debe de estar muy interesado. Y no es de extrañar: a pesar de ser ya gallina vieja, tiene aún un cuerpo bastante lozano.

La dama de mediana edad no despega los labios del borde hasta no haber apurado la copa. Lo hace sin apartar los ojos en ningún momento del caballero, con un descaro inaudito pero no inusual. En los corrales todos se sienten libres de abandonar sus papeles cotidianos por unas horas. Es un lugar para el disfrute, el desenfreno y, no pocas veces, para la lujuria. Seguramente se tratará de una dama tenida por especialmente recatada, una de las más honestas de su vecindario.

La mirada lasciva de ella y la de él se encuentran a medio camino. Danzan en el aire ajenas al resto de ojos que se buscan y se encuentran entre la muchedumbre.

A pesar de su corta edad, el bribonzuelo está muy acostumbrado a ese género de escenas y sabe hacer bien su trabajo, de modo que ni siquiera se sonroja. Los observa con una curiosidad casi científica. Toda la información que acumule sobre el comportamiento de los adultos le será útil con sus sucesivos clientes. Al fin y al cabo, las mayores propinas se obtienen como alcahuete y no como vendedor de agua o fruta[4].

            Dile a ese caballero que aún me he quedado con sed. Con mucha. Pero que, entre tanto, puede pagarme media docena de higos bien dulces.

            El caballero sonríe satisfecho mientras escucha al muchacho. Mete la mano en la cesta y, tras asegurarse de que ella aún mira, comienza a apretar sin demasiadas contemplaciones uno de los invitantes frutos casi negros. El muchacho se dice que tanto sobar esas brevas ya maduras no puede hacerle ningún bien a la fruta. Pero poco importa: es evidente que, con tal de complacerle, ella se las comerá estén blandas o no. Y a juzgar por los ojos con los que mira el generoso escote, él hará otro tanto apenas se le ofrezca la oportunidad.

¿Quién podría resistirse a semejante delicia? No hay nada como un vaso de agua recién cogida con este calor dice el caballero mientras le tiende una moneda. Le ofrece una amable sonrisa. No todos lo hacen. El corso intenta corresponderle como mejor puede; no está acostumbrado a sonreír.

Salomé Guadalupe Ingelmo

            El pintor se dirige al cercano Corral de San Pedro. Está a unos pocos pasos de la casa de sus padres[5] y allí seguramente tendrán agua que ofrecerle, pero desde niño le fascinan esos hombres que la venden por las calles. Recuerda su primer vaso: el delicioso aroma del líquido cristalino, el higo maduro, negrísimo, henchido hasta el punto de abrirse y dejar escapar por sus delicadas llagas el dulce néctar, en el fondo de la copa. Además ha estudiado su rostro desde lejos. Tiene que ser él. A medida que se ha ido acercando a esos dos hombres, ha comprendido que no puede dejar pasar la oportunidad.

Prodigioso. Las gotas que rezuman y resbalan por la panza del enorme cántaro… Es sin duda vuestro bodegón más soberbio. Qué extraño. Parece casi como si las figuras fuesen saliendo a la luz progresivamente. Como si las tinieblas se fuesen disipando a su alrededor poco a poco, lavadas quizá por esa agua tan cristalina. Así iluminados, parecen casi figuras sacras. No se diría una escena cotidiana. Como si no se tratase de un aguador sino, Dios me perdone si blasfemo, del mismísimo Cristo ofreciendo el cáliz de la redención, el dulce fruto de su martirio y Pasión[6], el néctar de la reconciliación comenta sobrecogido.

El pintor sonríe casi imperceptiblemente

Los puestos de los aguadores son tan angostos que apenas están iluminados. La única luz que llega hasta ellos es la que proviene del patio del corral, y lo hace siempre desde el frente. Por otro lado, como sabéis, el agua es tan valiosa en Sevilla que bien merece un lugar de honor en un cuadro. Porque, en efecto, quien tiene sed debe ser saciado se limita a decir.

Mientras conversa con el amigo sigue pintando su hermético mensaje[7]. Concentra su atención en el joven del fondo, el que aún reside en la penumbra de la que el contenido del vaso que apura le sacará en breve, saciándole de unos conocimientos que ni siquiera es consciente de ansiar. Sus ojos buscan después la escena principal, ésa en la que el aguador ofrece su experiencia al muchacho dentro de una copa, encerrada en ese higo, en ese fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal[8], iluminándole como él espera iluminar con ese cuadro a todos cuantos sepan leer la alegoría que encierra. El muchacho mira el evanescente vidrio con reverencia y respeto, embelesado aunque aún incapaz de comprender el secreto tesoro que se le ofrece. Los jóvenes dedos y la piel áspera del hombre maduro se rozan levemente mientras ese precioso testigo pasa de una mano a la otra. El corso tiende con elegancia el fino regalo,

siguiendo las instrucciones recibidas del pintor. Sin embargo, algo empaña el gozo del momento. Algo turba al pintor. Algo enturbia el mensaje de su cuadro. Observa detenidamente el perfil anguloso. El gesto desabrido del corso acabará arruinándolo todo.

Procurad parecer un poco menos hosco pide sin lograr esconder su disgusto―. Imaginad que la copa que ofrecéis al muchacho no está llena de agua sino de salvación. Imaginad que rebosa la dulce sangre de Cristo.

El corso le mira extrañado, con una singular pesadumbre en el rostro. Porque dentro de ese cáliz primorosamente labrado, en efecto, él no ve agua cristalina sino sangre. Una sangre tan densa que jamás la podrá borrar, tan persistente que toda el agua de Sevilla no logrará lavarla jamás. Una sangre que su perpetuo destierro no podrá compensar.

Qué has hecho, desgraciado. Corre, no pierdas tiempo en recoger nada.

¿Qué podría recoger, si nada poseo?

A partir de ahora ya no tendrás ni siquiera patria. Corre, Giacomo, corre. Si te encuentran, te matarán. Y ellos sabrán buscarte. Huye lejos, lo más lejos que puedas. No habrá perdón, lo sabes. No regreses jamás su padre se limita a estrecharlo entre sus brazos fugazmente. Contiene las lágrimas. Ese día pierde a su único hijo para siempre. El agua no correrá más en su casa.

Salta entre los riscos. Con cada zancada maldice ese temperamento que a menudo no es capaz de domeñar. Él, que rara vez se acuerda de Dios, ruega pidiendo

recibir templanza un día. Y caridad, toda esa caridad que habría podido salvarle. Una discusión tan estúpida por una oveja, por una oveja que no debería haber bebido en ese arroyo… Y sin embargo, todas las criaturas deberían tener derecho a no pasar hambre ni sed, ahora lo sabe. Ahora, casi treinta años después y mil fatigas después, lo sabe bien. Pero entonces él era sólo un muchacho ignorante, un muchacho estúpido e impulsivo. La sangre se extiende, inunda el arroyo, fluye entre las piedras empapando el suave musgo que las viste y manchando el verde de las orillas. Ya nunca nada será lo mismo. Los colores jamás volverán a estar limpios. Porque jamás habrá redención ni reconciliación consigo mismo.

Salomé Guadalupe Ingelmo

La voz aterrada del muchacho le salva de sus negros recuerdos.

Creí que habíais acabado de pintar el agua, señor se disculpa el muchacho mientras la copa vacía tiembla entre sus manos.

Es justo que quien tiene sed sea saciado el pintor le ofrece una leve sonrisa.

Y que quien padece hambre sea nutrido añade el corso. Extrae el higo maduro de la copa ahora vacía y lo ofrece con inaudita delicadeza al muchacho, como un pájaro alimentaría a su polluelo.

El día que el pintor da la última pincelada, su alma se aflige. El hombre generalmente sombrío, no sabe bien cómo, ha ido librándose de un peso que le aplastaba. En los últimos días ha sido incluso capaz de esbozar la tibia sonrisa que el pintor le pedía. Aunque no sepa precisar muy bien el qué, siente que ese cuadro le ha devuelto algo, algo que nada tiene que ver con el dolor que le ha acompañado toda la vida.

Mientras se disponen a abandonar el taller, escucha a sus espaldas la voz campechana que le agradece de nuevo su diligencia. No sólo les ha pagado bien, sino que además les ha tratado con respeto, les ha devuelto dignidad.

Aguador, no me habéis dicho vuestro nombre grita Velázquez.

El corso se gira en el umbral de la puerta. Podría estar entrando o saliendo. Alguien recién llegado nunca podría saberlo. La mano derecha, apoyada con reverencia en el quicio, en ese símbolo del hogar que él, en el fondo, nunca podrá tener. La mano derecha, sobre la madera, como quien se dispone a jurar sobre el sacro libro.

Cors… el corso duda unos segundos. Su rostro normalmente impenetrable parece revelar un profundo padecimiento. Pero luego, súbitamente, las sombras se disipan y la luz regresa. Giacomo[9] dice con una voz inusualmente clara, tintineante como los arroyos de tierras lejanas.


[1] Ganador del V Certamen de Relato Corto Aljarafesa sobre el agua, y publicado en la antología de los textos ganadores, Sevilla, España, 2010, pp. 7-34. Posteriormente incluido en la antología personal de la autora La imperfección del círculo (Antología de trece relatos de la autora), Libros de las Gaviotas, Ediciones COMOARTES, Madrid/México D. F.  2012.

[2] Siete tercias equivalían aproximadamente a dos metros. En cualquier caso, la tercia no correspondía a la misma cantidad de centímetros en cada región española.

[3] De la persecución del hurto de agua por parte de los aguadores sevillanos (es decir, su acceso a fuentes, conducciones o depósitos en las que no podían abastecerse gratuitamente) queda constancia en el Archivo del Alcázar de Sevilla. Los documentos revelan también los conflictos entre estudiantes y aguadores, uno de los cuales (el aguador del Corral de la Montería, en 1652) resultó muerto durante una pelea. Las fuentes del periodo también informan sobre el pago de dinero por parte de los aguadores a los arrendatarios de los corrales para que se les permitiese vender durante los espectáculos.

[4] En efecto sabemos que los aguadores y/o los chiquillos que trabajaban para ellos actuaban también como alcahuetes, y que estas prácticas se veían facilitadas durante las representaciones de comedias en los corrales.

[5] El Corral de San Pedro estaba situado a cien metros de la casa en la que nació Velázquez. Dicho corral, efectivamente, estuvo activo mientras el pintor vivía.

[6] La tradición según la cual José de Arimatea recogió la sangre de Cristo crucificado en el cáliz usado durante la Última Cena, el denominado Santo Griaal que se le atribuirían poderes milagrosos después, aparece citada por primera vez en la obra Joseph d'Arimathie de Robert de Boron, escrita en el siglo XII. Éste, como es bien sabido, pasará a ser un tema central en el Ciclo Artúrico

[7] Se sigue debatiendo sobre el significado alegórico que el cuadro El aguador de Sevilla pudo tener. Podría tratarse de una alegoría de la caridad o incluso de la prudencia, pero normalmente se considera que representa la transmisión del conocimiento entre las tres edades del hombre. En cualquier caso, sigue sin poderse afirmar si la alegoría es de naturaleza sacra o profana. Quizá, en realidad, en el cuadro se fundiesen ambas.

 [8] Sabemos que los aguadores, aprovechando que también vendían fruta, introducían higos en las copas de agua para perfumarlas y hacerlas aún más agradables al paladar. No obstante, dado que el mensaje del cuadro parece ser que la sabiduría ilumina al hombre, la autora ha querido relacionar la presencia del higo con los comentarios de los sabios hebreos sobre el texto bíblico. Muchos de estos estudiosos, ya desde muy antiguo, consideran que el fruto prohibido no fue una manzana sino un higo. Razón por la cual el higo se convertiría en el símbolo de la sabiduría.

[9] La tradición según la cual el aguador del famoso cuadro de Velázquez era conocido como “el Corso de Sevilla” no aparece documentada hasta cuatro décadas después de la muerte del propio Velázquez. Nada se sabe sobre este personaje al que el relato ha pretendido dotar de un pasado. Ni siquiera sabemos si realmente era corso. Por supuesto, no conocemos el nombre del aguador. El nombre italiano de Giacomo, Santiago en castellano, ha sido elegido atendiendo a la tradición según la cual éste apóstol era denominado el “Hijo del Trueno” por su fogosidad.


Retratos de la escritora Salome Guadalupe ingelmo por Alejandro Cabeza