(Ediciones COMOARTES, Colección Contemporáneos del Mundo 29, Serie Indagación sobre la memoria y el juicio, Madrid/México D. F., 2013.)

“La pintura es memoria humana y fruto”

 –¿Cuál es su personal definición de la pintura como arte? Su definición en general. Y, en su caso, ¿del “retrato” y del “paisaje”? Si ha reflexionado respecto al pintar o ilustrar para la niñez, ¿añadiría algo en específico a su respuesta, a su definición o definiciones?

La pintura es reflejo de nuestra cultura, lo que en este momento quizá se haya convertido en una aseveración no demasiado prometedora. La pintura es memoria humana y fruto, al tiempo, de nuestra natural inclinación a expresar aquello que nos inquieta o nos conforta,  lo que nos conmueve o alegra. Es un noble arte; la forma de expresión por antonomasia. Al menos bajo la óptica de un pintor, claro. A menudo, parafraseando el popular dicho “somos lo que comemos”, afirmo que también somos lo que pintamos. La pintura manifiesta esa búsqueda incansable del hombre, que suele concretarse en la búsqueda de uno mismo. Posiblemente, la búsqueda de una verdad  casi siempre oculta. En este sentido la pintura se convierte también en una forma de revelación.

La pintura puede tomar los caminos más diversos, hasta llegar a sus planteamientos actuales. En realidad esto no tiene gran importancia, porque se trata de distintas vías que confluyen siempre en la búsqueda de la esencia. Decía Aristóteles que “la finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia”.

La esencia siempre se encuentra en las cosas más sencillas de nuestro entorno, en las más cotidianas −que no vulgares−. Un niño fascinado por el mecanismo de un nuevo juguete puede resultar evocador. O los pétalos de una flor caídos sobre una mesa, poderosamente alegóricos. Pío Baroja, en sus Memorias, hace una reflexión muy interesante al respecto. Y de ella, si se me permite, echaré mano:

Cuenta Plinio que un artista de talento llama­do Pyreicus se hizo célebre pintando cosas hu­mildes: confiterías, zapaterías e interiores de cocina. La gente, indignada de que así se profa­nara la nobleza del arte, dio al pintor el mote despectivo de «rhyparógrafo» (pintor de motivos bajos). Entre esta gente enemiga de la pintura humilde abundaban sin duda tipos de carácter d'annunziano del tipo, que para alguno de nos­otros es distintivo de un carácter próximo a la cursilería.

Los pintores del Norte, y sobre todo los fla­mencos, parecen casi todos «rhyparógrafos» y pintaron con delectación cocinas, zapaterías, ven­tas, posadas y tabernas, con sus tipos habituales. Yo también me siento «rhyparógrafo», porque me parece mucho más típica como materia literaria la vida del pobre que la vida del rico. La riqueza es deseable para el que no disfruta de ella; pero como motivo artístico es tan vulgar o más que la pobreza.[1]


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Considero el retrato uno de los géneros principales en la pintura. ¿Qué actividad puede revelarse más noble que el estudio del ser humano, de nuestros semejantes? Creo sinceramente que tras su práctica se esconde un mecanismo psicológico: la búsqueda de muchas de las preguntas sin respuesta. La complejidad del ser humano es tan grande que, por esa misma razón, resulta merecedora de un profundo análisis. El acercamiento a lo humano puede hacernos mejores y más nobles. En nuestra imperfección, alimentamos la obsesión de encontrar alguna perfección. Y eso es lo que consigue el arte. Cada retrato refleja una parte de vida que el artista ha de extraer del modelo. Y el pintor ha de saber advertirla, captarla y plasmarla. Por eso, lo que la gente vea en mis retratos, eso serán. Y muchos ven cosas en ellos. Mensajes que aspiro a trasmitir. Esto demuestra que, en efecto, esos retratos están justificados y realmente sirven.

El paisaje, por el contrario, podría considerarse la otra cara de una misma moneda. Ambas, indisolublemente unidas: no existe creación sin destrucción. El arte no puede prescindir de ellas, de ninguna de las dos: ni de lo humano ni de lo natural. Como animales que somos, la naturaleza está dentro de nosotros, en nuestro instinto. Si el ser humano encuentra toda su trascendencia en la pintura, la madre tierra se convierte en el escenario perfecto de su grandiosidad. 

El conocimiento de los géneros es importante; la práctica y estudio de cada uno de ellos, de todos. Unos géneros enseñan lo que otros no pueden. Cada uno tiene sus propias virtudes, y de esta forma se complementan. Así, mediante el aprendizaje en todos ellos, un creador se perfecciona y ahonda en el estudio pictórico. Un pintor es más valioso, más completo, cuanto más consigue abarcar. La excesiva especialización, la anulación sistemática de determinados géneros, nos carga de carencias; nos hace menos ricos en recursos. Y entonces nos convertimos en autores pobres. Resulta totalmente lógico que las elecciones arbitrarias tomadas por muchos artistas les aboquen a encasillarse en ciertos géneros durante toda una vida. Se necesitarían muchas otras vidas para poder desarrollar el resto de géneros. Entonces, nuestra única salida consiste en aprender mucho y rápido.

Entiendo que los pintores que dirigen su obra a la infancia se dedican fundamentalmente a la ilustración. Aunque algunos colegas de profesión se hayan especializado en argumentos que puedan resultar más atractivos para los niños y niñas, como los payasos, los arlequines, las muñecas y determinados juguetes o animales. Lo cierto es que no he ilustrado nunca, si bien en alguna ocasión se me ha propuesto. No me lo he planteado antes, pero supongo que mi definición de la pintura puede considerarse válida tanto para la dirigida a los adultos como para la dirigida a la infancia.


–   ¿Por qué pinta? ¿Y desde cuándo? ¿Y desde qué formaciones y procesos y etapas?

           

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      Siempre he sentido inclinación hacia la pintura. De niño se me despertaron gustos poco comunes para un muchacho de corta edad. Mientras otros pensaban en jugar o en el deporte, yo prefería acercarme a la música y el dibujo. Obviamente la profesión llega más tarde, en la adolescencia. Los recuerdo como años de mucha ilusión, aunque ésta conviviese con los conflictos e inquietudes propios de la edad. Si ese entusiasmo temprano no se perdiera nunca, los pintores seríamos las personas más felices del mundo. Pero la realidad se impone como una avalancha que lo aplasta todo, y nos enseña que las circunstancias, con el tiempo, van a demostrarse mucho más complicadas. Nadie nos regalará nada. Y esto será así siempre. Cuanto antes se aprenda esa lección, mejor le ira a uno en la vida.

           Hay un periodo, en los primeros años de formación, en que la más vulgar mediocridad artística nos puede parecer una gran obra. Esto dura poco; enseguida se desvanece el espejismo. Se empiezan a abrir los ojos. Sucede, por ejemplo, con muchos autores cercanos que se suelen mitificar localmente. Entonces, algunos años después, esos grandes iconos comienzan a desmoronarse uno tras otro como castillos de naipes, como ídolos con pies de barro[2]. Esa fase de transición está llena de momentos de confusión y zozobra, de auténtico desconsuelo. De sentir que algo que escapa a nuestro control está sucediendo. Consecutivamente uno toma conciencia de que ha evolucionado. Y es entonces cuando empiezas a ver caminos nuevos aún por recorrer. La vida de un pintor está plagada de dificultades y obstáculos,  por no mencionar  las dudas. Pero la experiencia y el tiempo permiten superar con éxito todas esas trabas. Siempre que se tenga una gran capacidad de análisis y autocrítica, por supuesto

            La influencia de otros autores es muy marcada en las primeras etapas de una carrera artística. La historia del arte siempre está presente en la vida de un pintor. Esto no es malo, siempre que uno no se conforme con ello. Ha de considerarse únicamente un punto de partida que nos encamine y guíe, no un fin en sí mismo. Yo siempre lo he juzgado un impulso que nos reaviva y normalmente nos da pie a profundas reflexiones sobre nuestra profesión. La formación siempre está presente o habría de estarlo; nos acompaña en todo momento. No se deja de asimilar y de aprender. El intercambio de opiniones nos enriquece. La observación nos enseña. La experiencia nos hace más sabios. El oficio nos da más seguridad. Todas estas cualidades, y la capacidad de estudio e investigación personal, nos ilustran como individuos profesionales de una disciplina. Pero luego hemos de concedernos ese margen de libertad y creatividad que los pintores siempre intentamos salvaguardar. Se pasa por innumerables etapas; no acaban nunca a no ser que uno se hunda en el conformismo más radical, cosa muy frecuente en los tiempos actuales.

Malo es, decíamos, estancarse en la repetición de las pautas ofrecidas por los clásicos sin realizar una búsqueda personal. Pero malo también es cuando, por estúpido orgullo o miserable envidia, uno es incapaz de saber apreciar y aprender de lo precedente, o de reconocer siquiera la valía de sus coetáneos. Malo es también cuando el aprendiz mediocre se atreve a desprestigiar, sin más, al maestro. Cuando el artista se ampara en la originalidad para justificar lo que en realidad son carencias en la profesión –cuántas veces he escuchado decir a un mal pintor “este es mi estilo” si un colega, con su mejor intención, le hacía notar que quizá su trabajo podría mejorarse–; cuando la novedad prima sobre la calidad y acaba suplantándola[3]. Un artista incapaz de aceptar la crítica constructiva y de emplearla para mejorar, un artista en absoluto interesado por progresar, es un artista muerto: el arte, en cualquiera de sus modalidades, también la literatura por ejemplo, es perpetuo movimiento. Y ello porque el pensamiento, como decía Luis Eduardo Aute, no puede tomar asiento. En nuestro trabajo no caben las orejeras. Alguien soberbio y atrincherado en sus propias inamovibles certezas, por principio, no puede convertirse en un buen pintor. O cuanto menos no puede alcanzar la excelencia; no logrará sacar el mejor partido de sí mismo.

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Es importante saber aprender de los demás, lo sigo afirmando. Aunque no deja de resultar sorprendente descubrirme un gran número de maestros que yo no recuerdo en absoluto. Personas con las que, como mucho, y la mayor parte de las veces ni siquiera eso, he conversado fugazmente en el pasado sobre pintura. Mientras, paradójicamente, los colegas en los que he invertido tantas horas, consejos más o menos sabios pero siempre bienintencionados, propuestas bibliográficas y demás, no reconocerían mi influencia ni aunque se les aplicase hierros candentes… No creo que sea la naturaleza humana. Sencillamente, la naturaleza de algunos seres humanos. También, la de algunos pintores. Yo, que tengo muchos defectos, sin embargo, odio la mentira. Y tampoco tolero demasiado bien la mezquindad; me considero una persona bastante noble.

Algo que por ejemplo nunca he logrado entender, y me lo he encontrado en diversas ocasiones, es la actitud de algunos colegas que, sistemáticamente, fingen ignorar la actividad pictórica de uno hecha pública mediante Internet –que por supuesto no es la única, pues personalmente soy un pintor muy prolífico–. Pero, curiosamente, en el mismo momento en el que uno decide comenzar a abordar o centrarse de modo particular en un determinado género o argumento, ellos se descubren cautivados por el mismo; por esos géneros o argumentos por los que jamás mostraron interés alguno antes. Que a veces incluso despreciaron manifiestamente. Supongo que determinadas vocaciones se descubren repentinamente, en los momentos más inesperados y sin dar anuncio previo. Como se suele decir, nunca es tarde si la dicha es buena. O, para seguir con los refranes, con su pan se lo coman.

–¿Cuándo tiene conciencia de haber visto, realmente visto un cuadro por primera vez? ¿O cuál es la primera imagen de una obra de arte: lámina, postal, cartel, anuncio… que recuerda le impresionara?  ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por medio de alguien? ¿Tuvo esa imagen una relevancia especial para usted? ¿En su infancia, en su entorno le dirigían o sugerían la atención hacia la pintura o el dibujo o la escultura u otras de las bellas artes? ¿Cuál fue o cuáles fueron las iniciales?

            Yo creo que esto sucede de verdad en el momento en que muchos falsos mitos caen. Cuando las medianías afloran irremediablemente. En ese preciso instante, uno despierta de su mentira como si de un sueño se tratara.

Entonces dejas de tener una visión parcial y sesgada de la realidad para adquirir una óptica más crítica y pormenorizada. Una buena obra de arte mejora con el paso del tiempo: se hace atemporal, se revela eterna. No sufre ni siquiera las consecuencias del gusto. Es vista y disfrutada generación tras generación. Y siempre que se vuelve a ella ofrece nuevas perspectivas. Ésa es su virtud y su esencia. La obra de arte que no tiene esa cualidad se desmorona. Arrastrando consigo a su autor. Si el creador de la mala obra no posee conciencia ni aspiraciones, el revés no tiene consecuencias. El pintor sigue siendo lo que siempre ha sido sin remordimiento ni pesar alguno. Nada distinto ambiciona, puesto que su propia mediocridad le impide ver más allá de su estrecho horizonte. Porque en realidad, lo queramos reconocer o no, es uno el que más se conoce a sí mismo: el que mejor sabe a qué nivel está. Y también, a qué nivel están los demás.

En mi entorno siempre ha habido cuadros, representaciones de algunos clásicos a los que al principio no presté la atención adecuada. Aunque el caso es que ya entonces me gustaban. Realmente mi generación siempre ha estado vinculada al arte. Los libros escolares, por ejemplo, ilustraban muy a menudo etapas y periodos históricos, así como otros argumentos de lo más variado, con representaciones pictóricas.

La primera obra de arte que recuerdo haber visto fue un cuadro que siempre creí perteneciente a la escuela de Murillo, o quizá obra de algún coetáneo. Era una lámina enmarcada de forma clásica, con un gran marco. Parecía casi una obra de museo. Se trataba de uno de esos cuadros comerciales que se fabricaban en los años setenta. Y lo cierto es que se vendían como churros. Se había obtenido relieve mediante un tratamiento con barniz, creando la ilusión de que en efecto la lámina hubiese sido ejecutada con pinceladas gruesas. El cuadro representaba a un niño de unos cuatro o cinco años. Parecía un mendigo, con ropajes andrajosos y el pelo enmarañado. La mirada, perdida. Era una composición hasta la cintura. Una escena en pardos y marrones, muy del estilo de Murillo. El cuadro estaba en el  pasillo de la casa de mis padres, a la entrada. Y cada vez que uno entraba o salía de casa, tenía que pasar por delante de esa imagen melancólica y triste. Terminó relegado al olvido y, al final, fue descuartizado por mí, según fui pintando y necesitando más espacio para mis nuevas obras; sustituyendo los cuadros que ocupaban las paredes.

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No he sabido con certeza de quién era hasta hace poco. Resultó obra de un pintor Frances, Jean Baptiste Greuze (1725, Tournus – 1805, París), que decidió titularlo Un muchacho de pelo rubio con una camisa abierta. El misterio fue difícil de desvelar durante mucho tiempo. Puesto que, siendo un retrato de tantos que pintó este autor, resultaba complicado encontrarlo citado en los libros españoles. Hoy por hoy se ha convertido en curiosidad satisfecha después de tantos años.Hubo otro cuadro mucho más grande. Mejor dicho, una reproducción en forma de vidriera. Se trataba de El guitarrista de Picasso. Aquello era terrible… Daba hasta un poco de reparo. Éste también compartió el destino del cuadro de Jean Baptiste Greuze, y acabo descuartizado.

Cuando uno entraba en las casas de amistades y conocidos en aquellos tiempos, era fácil encontrar exactamente los mismos “cuadros” o similares. Aún alcanzo a recordar una etapa en que los establecimientos de Galerías Preciados se hincharon a vender paisajes con temática de caza al estilo inglés. Eran terriblemente malos, pero inspiraban una gran nostalgia por los espacios abiertos y, en general, diversos sentimientos en el público. De ahí su éxito. Se trataba de los albores en la comercialización de la pintura industrial como se entiende hoy en día, en cuanto a reproducciones y láminas. Por aquel entonces uno se compraba una librería y los decoradores le incorporaban lo que les parecía más adecuado o lo que en ese momento estaba más de moda. Hoy sucede algo parecido, si bien el fenómeno es de signo contrario: en lugar de sumar elementos, se restan. Actualmente prima la austeridad, los espacios vacíos y las líneas sencillas; lo que se ha dado en considerar modernidad. En resumidas cuentas, esos mismos decoradores, o sus sucesores, te venden paredes desiertas y asépticas. Y te las cobran.

Respecto a la pregunta de si alguien de mi entorno dirigió mi atención hacia la pintura en la infancia, me temo que no. No tuve la fortuna de contar con un ejemplo: ni influencia ni promoción hacia el mundo del arte. Pero mi entorno sí supo tolerar mi vocación. Realmente es muy inusual que esto suceda; la sociedad en su mayoría tiene una visión poco favorable de la pintura. Nos rodea la mala fama. Somos víctimas de los tópicos sobre el mundo del arte: los prejuicios y el escaso pragmatismo que suele caracterizar a los artistas, a los de cualquier disciplina incluidos por ejemplo los escritores, nos convierten en blanco fácil para los profanos. Si de los escritores se piensa que son unos alcohólicos, asiduos consumidores de whisky y otros licores, de los pintores se cree que son unos perturbados, unos locos. Desafortunados ejemplos concretos, por otro lado muy a menudo magnificados, han provocado que esa imagen indigna y desalentadora haya quedado grabada a fuego en el imaginario colectivo. Supongo que cada uno arrastra su propia cruz.

Y sin embargo “un pintor es un hombre, me atreveré a decir, igual que los otros, pero más gravemente, más vivamente herido por la realidad” (Ramón Gaya, El sentimiento de la Pintura).

Todos lo padres esperan que sus hijos se conviertan en grandes personas de provecho para la sociedad, y que ello les permita afrontar los envites de la vida con éxito. El problema es que cualquier opción que no responda al concepto más generalizado y extendido de éxito no es bien recibida, o al menos es vista con mucho recelo.

Tampoco creo que de haber tenido un padre pintor, esa circunstancia hubiese implicado necesariamente consecuencias positivas en mi carrera profesional. De hecho casos de ese tipo son frecuentes, y suelen salir mal paradas ambas partes. Padres autoritarios que pretenden imponer cómo el otro ha de pintar… Hijos que acaban sintiendo de por vida que su arte no alcanza las cotas atribuidas a su padre... Realmente las sagas artísticas son un desastre. Y más, ante un público siempre crítico que se aferra a sus propios lemas −como “segundas partes nunca son buenas”− y prejuicios. Las comparaciones son odiosas, pero suelen revelarse inevitables.

En un primer momento, una de mis motivaciones para acercarme a la pintura fue precisamente la rebeldía propia de la edad: “¿No quieres que haga eso? Pues entonces es eso lo que voy a hacer”. Sucesivamente, casi como parte de un sino que siempre está al acecho de cada individuo, me mandaron la notificación de que debía presentarme para hacer el servicio militar. Y esa nueva tragedia eclipsó inmediatamente a la que había supuesto la revelación de mi verdadera y definitiva vocación. De repente convertía la otra noticia en buena. Luego el tiempo, poco a poco, fue colocando las cosas en su sitio y logrando la total normalización. Hasta que todos comprendieron que mi destino era la pintura.



[1] Pío Baroja, Desde la última vuelta del camino: Memorias, vol. 7, Caro Raggio Editor, Madrid, 1983, p. 99-100.

[2] Concuerdo con Pío Baroja cuando dice aquello de “El patriotismo en todo pone bien a los propios y mal a los ajenos. Yo creo que hay que prescindir de él en medidas científicas, literarias, artísticas e históricas” (Pío Baroja, Desde la última vuelta del camino: Memorias,  vol. 5, Caro Raggio Editor, Madrid, 1983, p. 179).

[3] Algo similar parece pensar Ramón Gaya: “La vanguardia a veces tiene mucho de mero juego intelectual: no se puede estar inventando lenguajes nuevos continuamente. Yo creo que a la pintura hay que respetarla” (Pascual Vera, Ramón Gaya, nuevo doctor Honoris Causa: Doctor de la luz y de la forma, Revista Electrónica de Estudios Filológicos, n. 2, noviembre 2001, http://www.um.es/tonosdigital/znum2/entrevistas/EntrGAYATonos2.htm).


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