Entrevista con Robert Rosen














ENTREVISTA CON EL AUTOR DE NOWHERE MAN, ROBERT ROSEN


Primero de todo, quisiera que los lectores de este blog le conozcan. ¿Podría hablarnos un poco de usted?

 Hola, lectores de “Blog sobre libros de los Beatles”. Mi nombre es Robert Rosen, pero podéis llamarme Bob. Soy autor del libro Nowhere Man: The Final Days of John Lennon (Nowhere Man: Los últimos días de John Lennon). La mayoría de la gente que está familiarizada con mi trabajo me conoce a través de este libro, que por cierto ha sido un éxito de ventas en los Estados Unidos, Reino Unido, Japón, Méjico y Colombia.

 Soy escritor profesional desde 1974, y mis historias sobre el Pentágono, política y pornografía (así como las de Lennon) han aparecido en Mother Jones, The Soho Weekly News, Uncut, Proceso y Reforma (Méjico), Paniko y The Clinic (Chile), Headpress, Swank, High Society, La Repubblica (Italia), VSD (Francia), El Heraldo (Colombia), y The Village Voice. Hace poco he terminado un libro sobre la historia de la pornografía llamado Beaver Street.

 Vivo en Manhattan con mi mujer, Mary Lyn Maiscott, músico y cantautora –por favor, no olvidéis escuchar su CD, Blue Lights- y también escritora de relatos y obras de teatro. Nowhere Man está dedicado a ella.

 ¿Podría contarnos cómo se cruzó su vida y la de John Lennon? ¿Qué recuerdos tiene de él?

 Fui un fan que los vio por primera vez en el Ed Sullivan Show en 1964, y que los siguió como grupo y como músicos individuales durante los siguientes 16 años. La única relación personal que yo tuve con John Lennon fue cuando transcribí, edité y prácticamente memoricé sus diarios. Estos diarios los conseguí a través de Fred Seaman, amigo mío por aquel entonces. Me dio esos diarios pocos meses después del asesinato de John Lennon. Se suponía que los diarios iban a ser una fuente de material para la biografía sobre Lennon que Fred me había pedido que le ayudara a escribir. Todo esto lo cuento en el primer capítulo de Nowhere Man.

¿Recuerda qué estaba haciendo cuando le asesinaron?

 8 de diciembre de 1980. Era lunes. El cumpleaños de Jim Morrison. Estaba solo en mi apartamento en Manhattan aquella noche escuchando un especial sobre los Doors en la emisora local WPLJ. Una semanas antes, Fred me había dado un poco de hierba tailandesa del alijo de Lennon. Quedaban algunos restos así que me lié un porro y me lo fumé.

 Las noticias que contaban que habían disparado a Lennon llegaron a eso de las 11 de la noche. No dijeron que estaba muerto y yo pensé que no estaría herido de gravedad. Cambié de emisora y puse la WNEW-FM para escuchar el programa de Vin Scelsa (Nueva York por aquel entonces aún tenía buenos programas de radio comerciales, y el de Scelsa era un buen espacio de rock progresivo); Scelsa dijo que John Lennon estaba muerto. Su voz estaba rota, y él en estado de shock. Entonces puso “Let it be”. Fui al salón y puse la televisión. Estaba en todas las noticias. Me quedé impactado, no sólo por el asesinato, sino porque sabía que todo aquello iba a tener un impacto directo en mi vida. Llamé al Dakota para hablar con Fred. Quería decirle que no podía creérmelo y que lo sentía. Sin embargo, no conseguí localizarle.

 Cogí el metro hasta el Dakota ya casi a medianoche, y me encontré con el resto de personas que hacían vigilía allí. Me encontré con un artista que conocía de mis días de taxista, Peter Melocco, y estuvimos juntos por allí unas cuantas horas. Todo el mundo lloraba y sostenía con sus manos los titulares de los periódicos. También ponían una y otra vez “A Day in the Life” en sus equipos de música.

 También he escrito algo acerca de aquella noche en el primer capítulo de Nowhere Man. La edición de bolsillo americana de Quick American Archives contiene algunos extractos de mis diarios acerca de aquella noche que no están en las otras ediciones.

 El libro comienza con una historia algo extraña y decepcionante con el asistente personal de Lennon, Fred Seaman. ¿Qué recuerda de él?

 Fred era mi amigo, mi vecino, y un compañero durante muchos años. Yo fui su editor en el periódico de la universidad de nuestra ciudad, el Observation Post, que fue donde nos conocimos allá por 1973. Salíamos juntos, nos divertíamos, trabajábamos y viajábamos juntos. Incluso trabajé para su tío Norman en cierta ocasión, y colaboré en algunos sketch cómico-teatrales con su padre, Eugene, que era un músico clásico. Así que se puede decir que éramos como de la familia.

 Cuando Fred fue contratado por John (a través de su tío Norman, que era amigo de John y Yoko) era natural que acabase pidiéndome ayuda para escribir un libro sobre Lennon. Confié en él implícitamente, cosa de la que me arrepiento ahora. Mirando hacia atrás, es verdad que hubo señales de aviso, como cuando Fred me decía que él estaba “por encima de la ley”. Ignoraba todo eso –o elegí ignorarlo ya que estaba completamente absorbido por el material que tenía y la redacción del libro. También pensaba que estábamos haciendo lo que John quería. O eso es lo que Fred no dejaba de decirme todo el rato.

 Ahora, casi 29 años después, mi tendencia es la de ver a Fred como una figura débil y trágica que se vio superado por la situación. Creo que su proximidad a Lennon y Ono, para quienes su riqueza y fama parecían no tener límites, le volvieron literalmente loco de avaricia y envidia. Creo que las drogas y el alcohol –y por allí había mucho de eso- jugaron su parte en ello también. Creo que Fred estaba tan enfadado con Ono, sobre todo tras el asesinato de Lennon, que se sintió legitimado para robarnos a ella y a mí, porque yo simplemente era una marioneta en su plan, y al final parecía que me estaba entrometiendo en su camino y haciendo demasiadas preguntas.

 Tenía las llaves de mi apartamento. Me mintió. Me mandó fuera de la ciudad. Entonces aprovechó y registró mi apartamento y se llevó todo aquello sobre lo que estaba trabajando. Y la verdad es que no creo que nunca vaya a estar preparado para perdonar una traición así.

 

Para escribir este libro tuvo que descifrar la escritura y pensamientos de Lennon. Pensándolo bien, usted debe ser una de las pocas personas en el mundo que haya hecho algo similar. ¿Qué significó este trabajo para usted?

 Fred trajó los diarios de John a mi casa en mayo de 1981. Sacó el diario de 1980 de una bolsa, era uno de sobremesa de la revista New Yorker, y lo puso sobre mi mesa.

 “¿Qué es esto?” - pregunté.

 “Tú míralo,” dijo.

 Lo hojeé por encima. Había muchas partes que contenían una letra casi indescifrable, además de muchos recortes de periódico y fotos de los Beatles. Entonces me di cuenta: “¡Joder! Esto es el diario de John.”

 Quedaba claro desde aquel momento que los diarios eran la llave de la conciencia de John y de la “última biografía de Lennon”, la misma que John le pidió escribir a Fred en caso de que algo le pasara. Después de vivir con los diarios durante un par de semanas y hojearlos a diario (antes de que empezara a transcribirlos), sabía que aquellas hojas iban a cambiar mi vida. Esta era realmente la misión por la que había estado esperando. Aún así, no fue hasta octubre de 1981 que encontré la energía y la motivación para empezar a descifrar los garabatos, códigos y símbolos de Lennon. Entonces fue cuando me puse con ellos a tiempo completo, 16 horas al día, hasta que di el trabajo por finalizado. Tal y como dije en Nowhere Man, cuando finalmente conseguí romper aquella barrera y empecé a entender todo lo que él estaba diciendo, sentí como si la energía de Lennon fluyera por mi cuerpo, sobre todo cuando leía sus palabras en voz alta. Hacer esto en soledad en mi apartamento de Washington Heights en Manhattan era muy raro y emocionante a la vez. Me encontraba con la verdad tal y como nunca la había visto antes.

                                                                                                                       ...continuará.

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INTERVIEW WITH THE AUTHOR OF NOWHERE MAN, ROBERT ROSEN

First of all, I’d like the readers of this blog to meet you. Could you please introduce yourself?

Hello, readers of “Beatlebooks.blogspot.com.” My name is Robert Rosen, but you can call me Bob. I’m the author of Nowhere Man: The Final Days of John Lennon. Most people who are familiar with my work know me through this book, which has been a best-seller in the US, the UK, Japan, Mexico, and Colombia.

 I’ve been a professional writer since 1974, and my stories on such topics as the Pentagon, politics, and pornography (as well as Lennon) have appeared in Mother Jones, The Soho Weekly News, Uncut, Proceso and Reforma (Mexico), Paniko and The Clinic (Chile), Headpress, Swank, High Society, La Repubblica (Italy), VSD (France), El Heraldo (Colombia), and The Village Voice. I’ve recently completed a book about the history of pornography called Beaver Street.

 I live in Manhattan with my wife, Mary Lyn Maiscott, a musician and songwriter—please check out her CD, Blue Lights—and a writer of short stories and plays. Nowhere Man is dedicated to her.

 

Could you tell us how your life and John Lennon's life crossed? What memories have you got of him?

 Other than as a fan who first saw the Beatles on The Ed Sullivan Show in 1964, and followed them as a group and as individuals for the next 16 years, my entire “personal” relationship with Lennon took place when I transcribed, edited, and virtually memorized his diaries, which his assistant, Fred Seaman, who was my friend at the time, gave me a few months after Lennon was murdered. The diaries were supposed to be source material for a Lennon biography that Fred asked me to help him write. I tell this story in the opening chapter of Nowhere Man.

 

What do you remember doing at the time John Lennon was killed?

December 8, 1980, a Monday, was Jim Morrison’s birthday. I was home alone in my apartment in uptown Manhattan that night listening to a Doors special on WPLJ, a local radio station. A few weeks earlier, Fred had given me some “Tai” weed from Lennon’s stash. There were a few crumbs left, so I rolled a joint and smoked it.

 The news that Lennon had been shot came over the radio around 11 o’clock. They didn’t say he was dead and I assumed that he wasn’t badly hurt. I switched to another radio station—WNEW-FM—to listen to Vin Scelsa’s show. (New York still had good commercial radio stations in those days, and Scelsa had an especially good progressive rock show.) He said that John Lennon was dead. His voice was breaking. He was in a state of shock. And he put on “Let It Be.” I went into the living room and turned on the TV. It was all over the news. I was stunned, not only by the murder, but because I knew that it was going to have a direct impact on my life. I called the Dakota to talk to Fred. I wanted to tell him that I couldn’t believe it, and that I was sorry. But I couldn’t get him on the phone.

 I took the subway down to the Dakota around midnight, just to be there with everybody else. I ran into an artist I knew from my cab-driving days, Peter Melocco, and we hung out there for a few hours. Everybody was crying, and holding up the newspaper headlines, and playing “A Day in the Life” over and over on their boom boxes.

 I also wrote about that night in the opening chapter of Nowhere Man. (The US paperback edition from Quick American Archives contains some excerpts from my diaries from that night that aren’t in the other editions.)

 
The book starts with some strange and disappointing stories about your relationship with Fred Seaman, Lennon’s personal assistant. What do you remember about him?

Fred was my friend, neighbor, and colleague for many years. I was his editor on our City College newspaper, Observation Post, which is where we met in 1973. He was always a big supporter of my writing. We hung out, we partied, we worked together, and we traveled together. I even worked for his uncle Norman at one point, and collaborated on musical-comedy skits with his father, Eugene, who was a classical musician. So I guess I was like family.

 When Fred got the Lennon job (through his uncle Norman, who was friends with John and Yoko) it was only natural that he asked me to help him write a book about Lennon. I trusted him implicitly, which I obviously shouldn’t have. Looking back on it, there were a lot of warning signs, like Fred telling me that he was “above the law.” I ignored these things—or chose to ignore them because I was so into the material and doing the book. And I believed that we were doing what John wanted. That’s what Fred kept telling me.

 Now, almost 29 years later, I tend to see Fred as a weak and tragic figure who was in way over his head. I think that his proximity to Lennon and Ono, and their seemingly unlimited wealth and fame, literally drove him insane with greed and envy. I think that drugs and alcohol—and there were a lot going around—played a part in it, too. I think that Fred was so angry at Ono, especially after Lennon was murdered, that he felt completely justified in ripping her off and ripping me off—because I was just a pawn in his scheme, and by the end I was getting in his way and asking too many questions.

 He had the keys to my apartment. He lied to me. He sent me out of town. Then he ransacked my apartment and stole everything I was working on. And I don’t think I’ll ever be able to completely forgive that kind of betrayal.

To write this book you had to decipher Lennon’s writing and thoughts. Actually, you must be one of the unique persons on this planet that has done such a job. What did this hard work mean to you?

Fred brought John’s diaries to my house in May 1981. He pulled the 1980 journal, a New Yorker magazine desk diary, out of a shopping bag and put it on my desk.

 “What’s this?” I asked.

 “Just look at it,” he said.

I thumbed through the book. There was a lot of almost indecipherable handwriting, and a lot of newspaper clippings and pictures of Beatles. Then it hit me: “Holy shit! This is John’s diary.”

It was clear from that moment that the diaries were the key to John’s consciousness and to the “ultimate Lennon biography” that Fred said John had told him to write in the event of his death. After living with the diaries for a couple of weeks, and thumbing through them every day (this was long before I began transcribing them), I knew that these books were going to change my life. This was the assignment I’d been waiting for. Still, it took me until October 1981 before I found the energy and motivation to begin deciphering Lennon’s scrawls and codes and symbols Then I just kept going at it every day, 16 hours a day, until I finished the job. As I said in Nowhere Man, when I finally broke through and began to understand everything he was saying, it felt as if Lennon’s energy was flowing through me, especially when I read his words out loud. Doing this work, in isolation in my apartment in Washington Heights in upper Manhattan, was bizarre and thrilling. I saw the truth as I’d never seen it before.


                                                                                                                                                                    ...to be continued.


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