La torre de la catedral

La torre de la catedral desde la calle de los hornos

Torre de la Catedral de Barbastro (J. Abizanda)

 

De ella se ha dicho todo o casi todo. Por lo menos todo lo importante Pero aún quedan por decir cosas de menor cuantía.


Se ha dicho que fue minarete de la mezquita, Así lo atestigua, rotundamente, el historiador Gabriel Sesé.

 

Se ha dicho que quedó muy mal parada, por la quema que sufrió por parte de los soldados de Beltran Du Guesqlin, en 1366.

 

Se ha dicho que entre 1610 y 1626, Pedro de Ruesta la restauró, dándole su fisonomía actual.

 

En su interior se conserva parte del minarete moro. Se desprende cla­ramente de la larguísima capitulación firmada por Ruesta: “lten se ha de obligar el dicho official (Ruesta) a proseguir el caracol viejo...”

 

Este caracol (escalera) puede contemplarse y usarse aún hoy. La obra de Ruesta se pactó en 100.000 escudos redondos. Pero a la hora de pagar, por eso de los imprevistos, quedó en 100.750, que después de mucho forcejeo quedó en 100.500.

 

Lo que no se ha dicho por cosa de poca monta, es que, muchas veces, la torre ha sido empleada para usos distintos de los que le son propios. Durar te algún tiempo sirvió de vivienda. Vivienda del Campanero como es natural.

 

En 1603, es despedido un campanero porque no cumple con su deber y encima, recoge en el campanario gente sospechosa y de mala vida. En sustitución es nombrado Diego Bustos, hombre casado, de buena fama y vecino de Barbastro Al nombrarle se enumeran sus obligaciones. La primera, como es natural, es tocar las campanas a sus tiempos, que son muchos: Sin contar los entierros y casos extraordinarios, como fuegos, tormentas, rebatos. . . tenía que tañerlas como unas seis veces al día, para los distintos oficios litúrgicos.

 

Por eso venía obligado a vivir en la Torre. Porque si, cada vez había de subir y bajar los 99 escalones, se pasaba la vida subiendo y bajando.

 

Otra obligación era cuidar del reloj. Cuando se restaura la Torre (1625) se coloca un nuevo reloj que costó cien escudos y el reloj viejo. El nuevo fue construido por el relojero de Laluenga, Juan Montaler.

 

También tenía la obligación de barrer la Catedral, dos veces por semana, no, con escoba de escobizo, sino con escoba de palma. Y, cosa curiosa, desde el día 1 de Mayo hasta el 1 de Octubre, tenía obligación de regar el suelo de la Seo, todos los días, para que se mantuviera fresca, en la época estival. El suelo era de losas que cubrían las sepulturas. En 1792, desaparecieron las losas sepulcrales y fue pavimentado con baldosas que fabricó el alfarero Calleja y las cobró a cincuenta duros el millar.

 

Pues arriba, en la torre, vivía el campanero. Y sin ascensor. Y cobraba 32 sueldos al año, mas los emolumentos de algunos toques, como bodas y entierros.

 

Menos acorde con la función específica de la Torre, es que, en algún tiempo, fuera destinada a cárcel. En 1634, el Cabildo acude al Obispo, a fin de “que no hagan cárcel de la Torre, porque entran y salen muchas personas para visitar a los presos y porque las campanas, que tanto cuestan, se han echado a perder”. No hemos podido averiguar como terminó la cárcel de la Torre, pero terminó y esta volvió a sus fines normales.

 

Pero más insólito es, que fuera en alguna ocasión, refugio de conspi­radores. En 1824, el Corregidor de la Ciudad D. Baltasar de Oncinellas, dirigió un escrito al entonces Obispo de Barbastro D. Juan Nepomuceno de Lera, en el que le dio traslado de un oficio del Subdelegado de Justicia de la Ciudad, que dice: ”Reservado. Diez sujetos de la Ciudad me presentaron sus manifestaciones de Comuneros a fin de acogerse al indulto concedido por S. M. a todas las sociedades secretas, manifestando todos ellos (que) no habían estado más que en dos o tres reuniones de las celebradas en la torre de la catedral de esta Ciudad, los que no tenían ni diploma, título ni insignia alguna. Dios guarde, etc.”

 

Estos comuneros pertenecían a una sociedad secreta, parecida a la masonería, que se denominaba Confederación de Caballeros Comuneros, en recuerdo de los Comuneros de Castilla. Y, que, por lo leído, llegó hasta Barbastro. De e­llos, estos diez pidieron la reinserción.

 

No obstante haber sido la Torre reempleada para usos ajenos aunque de manera ocasional, siempre ha estado dedicada a lo suyo, a ser campanario. Las campanas son para ella lo más familiar ha conocido un buen número. En las épocas de esplendor llegaron hasta diez, dispuestas en carrillón, que inter­pretaban ciertas composiciones musicales, alternando con la orquesta de la Catedral, que se situaba en un tablado al pie de la Torre.

 

La campana más grande fue bendecida con toda solemnidad en 12 de Ju­nio de 1827, e izada, inmediatamente a su sitio de la Torre, en presencia de un gentío inmenso. Pesada, antes de ser izada, dio en romana, cien arrobas justas, 1200 kilos. Toda una Señora Campana que se llamaba Pascuala Ramona y ha­bía sido fundida por el campanero barbastrense Jacinto Barnola. Los Barnola fueron familia de fundidores.

 

Todas aquellas viejas y entrañables campanas tenían su lenguaje. Llama­ban, lloraban, anunciaban buenas noticias. . . . En una campana de Grustán, pueblecito de encima de Graus, se leía la siguiente inscripción, que traducido al cas­tellano, dice así: “Alabo a Dios. Llamo al pueblo a Congrego al Clero. Lloro a los difuntos. Ahuyento las tempestades. Alegro las fiestas. Santa Bárbara”.

 

Las actuales campanas son todas posteriores a 1936, menos dos: las del reloj, que fueron fundidas en 1910, por Francisco Llanos.

 

Hoy la campana mayor se llama Isabel, fue donada por la familia Cosculluela Montaner y fundida por el campanero santanderino entonces afincado en Barbastro, D. Ramón Menezo.

Ahí esta la vieja Torre, que lleva ya un milenio de vida. Ojalá permanezca, por lo menos, otro milenio más y que ustedes lo puedan ver.

 

Artículo publicado en el Cruzado Aragonés

por D. Santos Lalueza el 6 de Agosto de 1988.

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