Theatrum Mundi

El theatrum mundi es un tópico literario que concibe la sociedad como una obra teatral ya escrita. Es decir, la realidad se entiende como un escenario. Según ello, todos somos actores, nos ocultamos bajo la interpretación de un papel, incluso de varios, adoptados en función de la situación. En el ámbito social, la persona importa no por quién es, sino por el papel que representa.
Cabe puntualizar que no se debe confundir con el tópico de vita theatrum (la existencia humana entendida como una actuación irrepetible). No obstante, sí podríamos relacionarlo con el metateatro (esto es, una obra teatral en la cual se incluye otra, un personaje de la obra se convierte en espectador).

Su máxima manifestación se sitúa en el Barroco, concretamente en El gran teatro del mundo de Calderón de la Barca (1655). Sin embargo, en la época clásica es un tópico latente. A lo largo de su evolución histórica va adquiriendo nuevos valores según la ideología dominante.

El teatro aparece comparado con la realidad por primera vez con los filósofos griegos, por lo que podríamos considerar que el Theatrum Mundi tomó su origen en la Antigüedad Clásica.

En esta época los actores se cubrían el rostro con una máscara, a la cual hacían referencia los estoicos para definir a las personas (prósópon). De este modo, se da la primera relación entre el teatro y la percepción de las personas.
Epicteto, seguidor de esta corriente, dice en su obra Enquiridión o Manual, cuya traducción al español lleva a cabo Quevedo

«No olvides que es comedia nuestra vida
y teatro de farsa el mundo todo
que muda el aparato por instantes
y que todos en él somos farsantes;
acuérdate que Dios, de esta comedia
de argumento tan grande y tan difuso,
es autor que la hizo y la compuso.
Al que dio papel breve,
solo le tocó hacerle como debe;
y al que se le dio largo,
solo el hacerle bien dejó a su cargo.
Si te mandó que hicieses
la persona de un pobre o un esclavo,
de un rey o de un tullido,
haz el papel que Dios te ha repartido;
pues solo está a tu cuenta
hacer con perfección el personaje,
en obras, en acciones, en lenguaje;
que al repartir los dichos y papeles,
la representación o mucha o poca
solo al autor de la comedia toca.»

Tal vez sea ésta la mejor explicación del tópico: la vida es como una comedia, así que todos somos farsantes al estar representando un papel. Nuestra única función en la vida sería representar dicho papel, un papel que nos ha sido asignado bajo la elección de otra persona. En este caso, quizá por influencia cristiana en el Barroco, Dios. 
Los estoicos defendían que la felicidad en la vida se encuentra haciendo caso omiso de los bienes materiales, lo cual se consigue dominando la propia voluntad. Por ello, debemos interpretar nuestro papel de la mejor forma posible, ahí aflora el estoicismo del autor.
Séneca, también estoico, postulará una opinión similar a la de Epicteto en Epístolas morales a Lucilio.

Filósofos que también se dedicaron al estudio de la naturaleza concluyeron que el ser humano era el ser vivo más miserable, ofreciendo dos percepciones: la pesimista y la cómica. Según Heráclito la vida era un teatro de miserias, todo era dramático. En cambio, Demócrito se refiere a la vida, también entendida como actuación teatral, con tono de mofa. Aristóteles afirma la similitud existente entre la tragedia y la comedia, ya que defiende que la diferencia depende sólo de la percepción. Él también reconoce el theatrum mundi:

«[El drama] representa e imita a personas que obran en la realidad social encarnadas en los personajes dramáticos»

El teatro, aun siendo obras de ficción, intenta representar la vida, la realidad. Pero la vida, a su vez, quiere imitar la ficción. 

Para Plauto los actores son conscientes de su vida como actores, logrando una armonía con la improvisación.

Será Platón quien lo exponga con total claridad en el famoso mito de la caverna, incluido en el Libro VII de La República:

«[…]Detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto, a lo largo del cual suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas.»

Los prisioneros son marionetas a los que se les ha designado un papel en la sociedad, están bajo el control de un tercero. Además, su realidad está totalmente distorsionada, sólo perciben las sombras a través de dicha mampara. Uno de ellos será quien logre escapar y alcance el conocimiento, pero deberá volver y enfrentarse a la burla de aquellos que han permanecido y no son capaces de comprender su experiencia porque siguen aferrados a aquello que les dicta su guión, sólo creen en las sombras, lo único que han visto en sus vidas.
Además, aquí se introduce el concepto de metateatro: hay dos mundos, el visible y el inteligible, es decir, el que se corresponde con el interior de la caverna y el que conoce el prisionero que escapa.
En su última obra, Las leyes, vuelve a hacer referencia a nuestro tópico insinuando quien ha escrito el guión:

«Figurémonos, que cada uno de vosotros es una máquina animada, que sale de la mano de los dioses, ya la hayan hecho por divertirse, ya en vista de un plan serio, porque en este punto nada sabemos. [...]»

La máquina animada sería un autómata, es decir, alguien que actúa siguiendo unas leyes mecánicas sin voluntad propia, o lo que es lo mismo, que interpreta fielmente un guión. Para él, los autores de la obra, así como los directores, serían los dioses.

Petronio
en El satiricón (primera novela picaresca europea), también defiende que la sociedad es como un teatro: que las personas son simples marionetas.


En la cultura medieval, sobre todo en la Baja Edad Media, nuestro tópico resurge a través de la Antigüedad pagana y se manifiesta como metáfora en la literatura cristiana. La obra más representante de este período es Policraticus de Juan de Salisbury (1159).


En el Renacimiento Pierre Boaistuau escribe un estudio titulado Le théâtre du monde (1558) en el cual se muestra la influencia de Heráclito, la vida entendida como una obra dramática. Le añade al tópico un carácter didáctico cristiano, desea que el lector vea los vicios del hombre para alejarse de ellos.

«Llorar habíamos en el día del nacimiento de una criatura humana, porque no nace si no para ser pobre y miserable, y a la fin sobrecargado de todas las miserias y trabajos y morir. Allí paran todos sus ayes y sollozos. ¿De qué sirve luego al miserable hombre vivir, o qué provecho saca el desdichado de esta luz?»

Dado que el ser humano es un mero actor ha de aceptar su condición, aunque no vivirá como él verdaderamente desee.

Tal y como he indicado anteriormente es en el Barroco cuando nuestro tópico se manifiesta en todo su esplendor. Hay dos corrientes: la religiosa, en la cual se afirma que el creador de la obra ha sido Dios y la persona-actor ha de seguir lo que Él ha escrito, propia del siglo XVI; y la escéptica, en la que se concibe el teatro como escenario de una forma negativa, como un engaño, lo que convierte la existencia en algo inútil, extendida durante el siglo XVII.

Mediante la representación de la realidad como teatro se muestra la capacidad de los escritores de destacar lo extraordinario en lo meramente cotidiano, así como la capacidad de conseguir mostrar orden en algo tan caótico como lo mundano.
También renace la mitología clásica, ya que los dioses creadores son capaces de transformar las vidas de los humanos, llegando a provocarles una fatalidad en sus vidas.

En la Comedia intitulada Dolería de Pedro Hurtado de la Vera (1572) aparece por primera vez Dios como autor, influencia de la tradición cristiana en la sociedad del momento.

En el Siglo de Oro español, Calderón de la Barca, en su auto sacramental El gran teatro del mundo escribe la mayor representación del tópico, ya que la propia obra trata de que cada personaje interpreta un papel teatral.


«Pues soy tu Autor, y tú mi hechura eres,
hoy de un concepto mío
la ejecución a tus aplausos fío:
una fiesta hacer quiero
a mí mismo poder, si considero
que sólo a ostentación de mi grandeza
fiestas hará la gran naturaleza;
y como siempre ha sido
lo que más ha alegrado y divertido
la representación bien aplaudida,
y es representación la humana,
una comedia sea
la que hoy el cielo en tu teatro vea;
si soy autor y si la fiesta es mía,
por fuerza la de hacer mi compañía;
y pues yo escogí de los primeros,
los hombres, y ellos son mis compañeros,
ellos en el teatro
del mundo, que contiene partes cuatro,
con estilo oportuno,
han de representar. Yo a cada uno
el papel le daré que le convenga»

El propio autor se introduce en el texto convirtiéndose en personaje, para mostrarse, a su vez, como el autor de la obra de teatro que se lleva a cabo dentro de la obra (metateatro).
«Ya sé que si para ser
el hombre elección tuviera,
ninguno el papel quisiera
del sentir y padecer;
todos quisieran hacer
el de mandar y regir,
sin mirar, sin advertir,
que en acto tan singular
aquello es representar,
aunque piense que es vivir»

A pesar de que se crea que la existencia humana se vive libremente, no se está sino siguiendo un guión teatral. 
Ante ello Calderón, influido por el pensamiento estoico y asimilándolo al cristiano, reconocerá que gracias al libre albedrío el ser humano se puede salvar si efectúa lo mejor que puede su papel.

Lope de Vega con Lo fingido verdadero constituye un ejemplo más, los personajes protagonistas (animales santos) sólo tienen una función teatral en la obra, son como el decorado lingüístico. Lope pretendía crear una obra sobre la forma de escribir teatro.
En Castigo sin venganaza (1631) encontramos:

«que es la comedia un espejo, 
en que [. . .] 
siendo al ejemplo escuchada 
de la vida y del honor, 
retrata nuestras costumbres, 
o livianas o severas. 
[...] 
Basta que oí del papel 
de aquella primera dama 
el estado de mi fama; 
bien claro me hablaba en él»

Uno de los personajes afirma que la comedia es semejante a la vida que él mismo lleva.

El mundo de lo onírico, de las ilusiones, de la locura… ganará peso gracias a la desconfianza de los sentidos propia de las demás corrientes filosóficas del momento. Así, la realidad se convierte en algo ilimitado.
Cervantes nos ofrece un diálogo en Don Quijote de la Mancha sobre el Theatrum Mundi:


«-Así es verdad –replicó don Quijote-, porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representas y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se ven al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales. […] Pues lo mesmo –dijo don Quijote- acontece en la comedia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.
-Brava comparación –dijo Sancho-, aunque no tan nueva, que yo no la haya oído muchas y diversas veces».

Sancho quiere decir que ya sabe de que está hablando, puesto que se trata de un tópico literario: el teatro del mundo. Don Quijote habla de personas que tienen una función social, pero que realmente son todas iguales, tal y como acontece en una obra teatral.
Con el entremés de El retablo de las maravillas Cervantes expone la máxima representación de metateatro (teatro dentro del teatro): los personajes son espectadores de una obra que ellos mismos representarán.

«CHANFALLA- Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las Maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere contagiado de estas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas jamás vistas ni oídas, de mi retablo.»

Chantafalla y Chirinos se inventan, con el fin de mofarse, que representarán un retablo (teatro de marionetas) que sólo podrá ser visto por cristianos viejos. Los pueblerinos espectadores, fingen que lo ven para no tener que confesar que no lo son, cuando realmento tal retablo es una mera invención y no existe. Así, Cervantes, además de hablar del teatro, hace una crítica social.

Baltasar Gracián, más que volver a criticar que somos marionetas, hace una advertencia sobre todos los escenarios que constituyen el mundo mediante el uso del tópico, latente a lo largo de la obra. Ello se muestra en El Criticón.

«Todo cuanto inventó la industria humana ha sido perniciosamente fatal y en daño de sí misma: la pólvora es un horrible estrago de las vidas, instrumento de su mayor ruina, y una nave no es otro que un ataúd anticipado. Parecíale a la muerte teatro angosto de sus tragedias la tierra y buscó modo cómo triunfar […] ¡Oh suerte oh cielo oh fortuna!, aun creería que soy algo, pues así me persigues; y cuando comienzas no paras hasta que apuras: válgame en esta ocasión el valer nada para repetir de eterno».

En la primera parte (antes del paréntesis) se observa la advertencia sobre el mundo, sobre lo creado por los seres humanos. En la segunda parte de la cita critica que ni siquiera es alguien tan importante como para verse afectado por la fortuna, lo cual podría decir que está sujeto a la dirección de alguien, que está siguiendo algo ya escrito y por ello el azar no le afecta.

En el ámbito europeo cabe destacar a Shakespeare. En Como gustéis (As You Like It) uno de los personajes dice:

«El mundo es un gran teatro,
y los hombres y mujeres son actores.
Todos hacen sus entradas y sus mutis
y diversos papeles en su vida.
Los actos, siete edades. Primero, la criatura,
hipando y vomitando en brazos de su ama.
Después, el chiquillo quejumbroso que, a desgano,
con cartera y radiante cara matinal,
cual caracol se arrastra hacia la escuela.
Después, el amante, suspirando como un horno
y componiendo baladas dolientes
a la ceja de su amada. Y el soldado,
con bigotes de felino y pasmosos juramentos,
celoso de su honra, vehemente y peleón,
buscando la burbuja de la fama
hasta en la boca del cañón. Y el juez,
que, con su oronda panza llena de capones,
ojos graves y barba recortada,
sabios aforismos y citas consabidas,
hace su papel. La sexta edad nos trae
al viejo enflaquecido en zapatillas,
lentes en las napias y bolsa al costado;
con calzas juveniles bien guardadas, anchísimas
para tan huesudas zancas; y su gran voz
varonil, que vuelve a sonar aniñada,
le pita y silba al hablar. La escena final
de tan singular y variada historia
es la segunda niñez y el olvido total,
sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada
»

Cada acto se corresponde con una etapa de la vida. Aquí la actuación, además de seguir un rol prototípico, se entiende como el hecho de emprender una acción, más que fingir.
En su famosa obra Hamlet encontramos otro ejemplo de metateatro. El protagonista de la obra de teatro, al mismo tiempo, es espectador.

«CLAUDIO- Tú, mi amada Gertrudis, deberás también retirarte, porque hemos dispuesto que Hamlet al venir aquí, como si fuera casualidad, encuentre a Ofelia. Su padre y yo, testigos los más aptos para el fin, nos colocaremos donde veamos sin ser vistos. Así podremos juzgar de lo que entre ambos pase, y en las acciones y palabras del Príncipe conoceremos si es pasión de amor el mal de que adolece.» (Tercer Acto, escena II).
El protagonista ha planeado una “encerrona” a otros personajes de la obra, por lo cual en ese momento está actuando como espectador, deseoso de conocer que acontecerá en lo que se podría entender como obra teatral.


En el siglo XIX podríamos encontrar reminiscencias del tópico en La comedia humana de Balzac.

En el siglo XX, incluso hasta la actualidad, volvemos a observar reminiscencias del Theatrum Mundi. En la Generación del 27 con la crítica social que Federico García Lorca hace a través de Poeta en Nueva York encontramos varios ejemplos, uno de ellos es:

«[...] No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. 
Ya lo he dicho. 
No duerme nadie. 
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes, 
abrid los escotillones para que vea bajo la luna 
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros»
(Ciudad sin sueño o Nocturno de Brooklyn Bridge, en el capítulo de Calles y Sueños).

Las copas falsas son los cálices que contienen veneno, no vino. La calavera es la sustituta de la hostia, el supuesto cuerpo de Cristo, pero así representa la victoria de la muerte. De este modo, la falsedad de vivir se consigue haciendo alusión a estos elementos teatrales, que muestran el engaño de una Iglesia incapaz de ofrecer la salvación. Abandona la espiritualidad positiva de épocas anteriores, para reafirmar aquello en lo que el tópico siempre ha insistido: la sociedad sigue siendo una farsa.


* Las fuentes consultadas para la elaboración del presente trabajo las podéis encontrar aquí.


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