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Aracne


La historia que voy a contar no trata sobre ninguna princesa o de alguna mujer famosa por su belleza. La historia que voy a contar es sobre Aracne, una mujer experta en el arte de tejer. Su padre Idmón no era más que un humilde hombre que teñía la lana, así que Aracne se había ganado su popularidad en las ciudades lidias. Tal era su destreza a la hora de tejer, que las Ninfas abandonaron sus aguas para que les tejiera los vestidos, ya que no solo era agradable contemplar sus vestidos ya hechos, sino también era agradable ver como los tejía.

Pero, cuando la gente le decía a Aracne que ese don se lo había otorgado Atenea, ésta lo negaba, alegando que ni Atenea podría competir con ella en el arte de tejer. Atenea, que estaba cansada del comportamiento de Aracne, toma la figura de una vieja y le advierte que mida sus palabras a la hora de referirse a la divinidad. Aracne, dejó de tejer durante tan solo un momento para responderle  con estas palabras: “Privada de inteligencia vienes y agotada por la larga vejez; mucho daña, en efecto, vivir demasiado. Que oiga esas palabras tu nuera, si la tienes, o, si no la tienes, tu hija. Suficiente consejo tengo yo en mi misma, y no creas que has logrado nada con tus advertencias: mi actitud sigue siendo la misma. ¿Por qué no viene ella en persona? ¿Por qué rehusa esta competición?”. Atenea, al escuchar estas palabras y llevada por la ira, se quitó el disfraz de anciana y se mostró en todo su esplendor, aceptando así la competición. Una vez empezaron a tejer los mantos, se mostró cómo Atenea bordó en el suyo la ciudadela de Cecropía, el peñasco de Marte y su vieja disputa sobre el nombre del país. Aracne, sin embargo, tejió a Europa engañada por la apariencia de toro y a los múltiples amores de Zeus. La competición la ganó Aracne y Atenea, llevada por la envidia, destrozó el manto de la vencedora. Aracne, llevada por la desesperación, se intentó suicidar y se ató un lazo al rededor del cuello para ahorcarse; pero Atenea, conmovida, la sostuvo cuando estaba colgada del brazo y le aseguró que no le daría muerte, pero que se quedaría colgada y que tejería para el resto de sus días. Así pues, la regó con los jugos de la hierba de Hécate, e inmediatamente los brazos y las piernas de Aracne se encogieron, sus dedos se alargaron, su cuerpo se transformó en una bola, y el pelo la cubrió por completo. La soga, se transformó en hilo de seda; transformándola así en una araña y condenándole a tejer durante el resto de sus días.




Poema de autor desconocido por mi:


Os voy a recitar la historia
De una reina que con saña
Embrujó a una tejedora
Y la cambió en araña.

En un reino muy lejano,
Desde su oscuro castillo
Al pie de un lago negro
Pobre de aguas y sin brillo.

Entre lúgubres paredes
Pasea sobria la reina,
Tenía dos moños blancos
De canas que mucho peina.

Sus ojos eran ladinos
Su piel era blanca y tersa,
Y gustaba de ponerse
Vestidos de seda persa.

Sus ropas eran famosas
Atuendos de tela fina
Con mantillas vaporosas
Importadas de la China.

Pero se daba un asunto
Que la llevaba a enfurecer
Era una entre sus nodrizas
Muy sabida por coser.

Escondía muchas agujas
Entre sus rubias melenas
Y a todas horas tejía,
Zurcía rosas y azucenas.

Hacía bellos y hermosos 
Trajes largos y floridos
Eran estos en el reino
Los más bellos conocidos.

Llega a oídos de la Reina
La noticia de tal cosa
Maquina un diabólico plan,
De su criada está celosa.

Conocía ella a una bruja
Una vieja y horrenda mujer
Eminencia en artes negras
Prima hermana de Lucifer.

Penetró la Reina el bosque
Por sus valles y caminos
Hasta llegar a las brumas
Y sus macabros destinos.

Tras la neblina, una cueva
Entre penumbra fantasmal
Heladora de toda sangre
En su bruno vacío abismal.

Llanto de cuervos e incubos
Hedor a podrida piel muerta
Y al fondo del pasadizo
Una gótica y alta puerta.

Se abrió la Reina dentro
Alcanzó a ver a su sicario
La saludó cortésmente
Con un bello relicario.

Labios finos y marchitos
Piel pálida y escabrosa
Ojos grandes sin pupilas
Fatal mirada vidriosa.

Le colgaban negros pelos
Cabellos alborotados
Lúgubres y hundidas sienes
Dientes blancos y delgados.

“¿Qué demanda vuestra alteza
De esta sierva de Satanás?”
“Llevarte junto a mi criada
Que al complacerme matarás.”

“Como ordene, mi señora
Mas a cambio, qué vais a dar?
“Traigo fresca en este odre
Preciada sangre de magiar.”

Con esto marchó la bruja
Buscando a la tejedora
Dejando tras su marcha
Una risita heladora.

Habiendo entrado en palacio
Se paró frente a la cama
Derramó un mortal ungüento
Sobre el rostro de la dama.

Despertó ella horrorizada
Y contempló con pavura
Cómo cambiada iba siendo
En una horrenda criatura.

Perdió todos sus órganos
Sus dedos fueron sus patas
Plagadas de negros pelos
Ocho repugnantes matas.

La bruja usó después fuego
Quemó toda la habitación
Aquello fue alimento
De azufre y deflagración.

Lejos la malvada Reina
Reía por su mucha suerte
Gracias a su terrible plan
La tejedora halló muerte.

O al menos eso creía,
De la humeante oscuridad
Salió una pequeña araña
Que tejió por la eternidad.

En este poema podemos encontrar numerosos paralelismos con el mito, ya que se nota claramente que la reina es Atenea y la sierva es Aracne. También nos narra muy detalladamente la metamorfosis y como se transforma en araña. La única diferencia con respecto al mito es que en este poema no es la reina, Atenea, la que transforma a Aracne, sino que es una de sus esbirros.

Aitana Cano. 2º Bach.
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