Batalla de Somosierra



Batalla de Somosierra


Derrotados ó dispersos los ejércitos de la izquierda, Extremadura y centro, creyó Napoleon poder sin riesgo avanzar á Madrid, mayormente cuando los ingleses estaban léjos para estorbárselo, y no con bastantes fuerzas para osar interponerse entre él y la frontera de Francia. Urgíale entrar en la capital de España, así porque imaginaba ahogar pronto con aquel suceso la insurreccion, como tambien para asombrar á Europa con el terrible y veloz progreso de sus armas.

Corto embarazo se ofrecia ya por delante al cumplimiento de su deseo. La Junta Central, después de la rota de Búrgos, habia encargado á D. Tomas de Morla y al Marqués de Castelar atendiesen á la defensa de Madrid y de los pasos de Guadarrama, Fonfria, Navacerrada y Somosierra. Como más expuesto, se cuidó en especial del último punto, enviando para guarnecerle á D. Benito San Juan con los cuerpos que habian quedado en Madrid de la primera y tercera division de Andalucía, y con otros nuevos, á los que se agregaron reliquias del ejército de Extremadura, en todo 12.000 hombres y algunos cañones: endeble reparo para contener en su marcha al Emperador de los franceses.

Con todo, á fin de asegurarla obró éste precavidamente, tomando várias y atentas disposiciones. Mandó á Moncey ir sobre Zaragoza, á Ney continuar en perseguimiento de Castaños, á Soult tener en respeto al ejército inglés, y á Lefebvre inundar por su derecha la Castilla, extendiéndose hácia Valladolid, Olmedo y Segovia. Dejó consigo la guardia imperial, la reserva y el primer cuerpo del mariscal Victor, para penetrar por Somosierra y caer sobre Madrid.

Salió el 28 de Aranda de Duero, y el 29 sentó en Boceguillas su cuartel general. Don Benito San Juan se preparaba á recibirle. En lo alto del puerto habia levantado aceleradamente algunas obras de campaña, y colocado en Sepúlveda una vanguardia á las órdenes de D. Juan José Sarden. Con ella se encontraron los franceses en la madrugada del 28, acometiéndola 4.000 infantes y 1.000 caballos. En vano se esforzaron por romperla y hacerse dueños de la posicion que defendia. Al cabo de horas de refriega se retiraron y dejaron el campo libre á los nuestros; mas de poco sirvió. Temores y voces esparcidas por la malevolencia forzaron á los jefes á replegarse á Segovia en la noche del 29, dejando á San Juan desamparado y solo en Somosierra con el resto de las fuerzas. Siendo éstas escasas, no era aquel paso de tan difícil acceso como se creia. Dominado el camino real hasta lo alto del puerto por montañas laterales, que le siguen en sus vueltas y sesgos, y enseñoreada la misma cumbre por cimas más elevadas, era necesario ó cubrir con tropas ligeras los puntos más eminentes, ó exponerse, segun sucedió, á que el enemigo flanquease la posicion.

Densa niebla encapotaba las fraguras al nacer del 30, en cuya hora, atacando á nuestro frente con seis cañones y una numerosa columna el general Senarmont, desprendiéronse otras dos tambien enemigas por derecha é izquierda para atacar nuestros costados. Repelióse con denuedo por el frente la primera embestida, á tiempo que Napoleon llegó al pié de la sierra. Irritado éste é impaciente con la resistencia, mandó entónces soltar á escape por la calzada y contra la principal batería española los lanceros polacos y cazadores de la guardia,al mando del general Mont-Brun. Los primeros que acometieron cubrieron el suelo con sus cadáveres, y en una de las cargas quedó gravemente herido de tres balazos M. Felipe de Segur, estimable autor de la Historia de la campaña de Rusia. Insistiendo de nuevo en atacar la caballería francesa, y á la sazon que sus columnas de derecha é izquierda se habian, á favor de la niebla, encaramado por los lados, empezaron los nuestros á flaquear, abandonando al cabo sus cañones, de que se apoderaron los jinetes enemigos. San Juan, queriendo contener el desórden de los suyos, recorrió él campo con tal valor y osadía, que envueltopor lanceros polacos, se abrió paso, llegando por trochas y atajos, y herido en la cabeza, á Segovia, en cuya ciudad se unió á D. José Heredia, que juntaba dispersos.

Con semejante desgracia Madrid quedaba descubierto, y el Gobierno supremo en sumo riesgo, si de Aranjuez no se transferia en breve á paraje seguro. Ya al promediar Noviembre, y á propuesta de don Gaspar Melchor de Jovellanos, se habia pensado en ello; mas con tal lentitud, que fué menester que el 28 se dijese haber asomado hácia Villarejo partidas enemigas, para ocuparse seriamente en el asunto. El compromiso de la Junta era grande, y mayor por un incidente ocurrido en aquellos dias. Figurándose el enemigo que con la ruina y descalabros padecidos podria entrarse en acomodamiento, habia convidado, por medio de los ministros de José, á las autoridades supremas á que se sometiesen y evitasen mayores males con prolongar la resistencia. Al propósito escribieron
aquéllos tres cartas, concebidas en idéntico y literal sentido, una al Conde de Floridablanca y los otras dos al Decano del Consejo Real y al Corregidor de Madrid. La Central, sobremanera indignada, decretó el 24 de Noviembre que dichos escritos fuesen quemados por mano del verdugo, declarando infidentes y desleales á sus autores, y encargando á la sala de Alcaldes la sustanciacion y fallo de la causa. Con lo cual se respondió á la propuesta, é igualmente al decreto de proscripcion de Napoleon, aunque no tan militar ni arbitrariamente. Mas semejante resolucion, metiendo á la Junta en nuevos comprometimientos, la impelia á atender á su propia seguridad.

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La Junta Central sale para Badajoz


Las horas ya eran contadas. El 30 exploradores enemigos se habian divisado en Móstoles, y el 1.º de Diciembre muy de mañana súpose lo acaecido en Somosierra. Con afan y temprano el mismo dia congregó el Presidente á los individuos de la Junta para que se enterasen de los partes recibidos. Pensóse inmediatamente en abandonar á Aranjuez; pero ántes se encaminaron á la capital los recursos disponibles, se acordaron otras providencias y se resolvió elegir diferentes vocales que fuesen á inflamar el espíritu de las provincias. Deliberóse en seguida acerca del paraje en que el Gobierno deberia fijar su residencia. Variaron los pareceres; señalóse al fin Badajoz. Para mayor comodidad del viaje se dispuso que los individuos de la Junta se repartiesen en tandas, y para el fácil
despacho de los negocios urgentes se escogió una comsision activa, compuesta de los Sres. Floridablanca, Astorga, Valdés, Jovellanos, Contamina y Garay. Unos en pos de otros salieron todos de Aranjuez en la tarde y noche del 1.º al 2 de Diciembre. Apénas con escolta, en medio de tales angustias tuvieron la dicha de que los pueblos no los molestáran, y de que los franceses no los alcanzasen y, cogiesen. Libres de particular contratiempo llegaron á Talavera de la Reina, en donde volverémos á encontrarlos.

En tanto reinaba en Madrid la mayor agitacion. D. Tomas de Morla y el capitan general de Castilla la Nueva, Marqués de Castelar, habian discurrido calmarla, y aunque por órden de la Central promulgaron edictos que pintaban con amortiguados colores las desgracias sucedidas, sin embargo, no fué dado por más tiempo ocultarlas, acudiendo prófugos de todos lados. Alterada á su vista la muchedumbre, se agolpó á casa de Castelar, que disfrutaba de la confianza pública, y pidió el 30 de Noviembre con gran vocería que se la armase. Así lo prometió, y desde entonces con mayor diligencia y ahinco se atendió á fortificar la capital, y distribuir á sus vecinos armas y municiones. Madrid no era, en verdad, punto defendible, y las obras que se trazaron, levantadas atropelladamente, no fueron tampoco de grande ayuda. Redujéronse á unos fosos delante de las puertas exteriores, en donde se construyeron baterías á barbeta, que arcillaban cañones de corto calibre.

Se aspilleraron las tapias del recinto, abriéndose cortaduras ó zanja en ciertas calles principales, como la de Alcalá, carrera de San Jerónimo y Atocha. Tambien se desempedraron muchas de ellas, y acumulándose las piedras en las casas, se parapetaron las ventanas con almohadas y colchones. Todos corrían á trabajar, siendo el entusiasmo general y extremado.

Muerte del marqués de Perales


En 1.º de Diciembre se confió el gobierno político y militar á una junta, que se instaló en la casa de Correos. A su cabeza estaba el Duque del Infantado, como presidente del Consejo Real, y eran ademas individuos el Capitan general, el Gobernador y Corregidor, como tambien varios ministros de los Consejos y regidores de la villa. La defensa de la plaza se encargó exclusiva y particularmente á don Tomas de Morla, que gozaba de concepto de oficial más inteligente que el gobernador D. Fernando de la Vera y Pantoja. En Madrid no habia sino 300 hombres de guarnicion y dos batallones con un escuadron de nueva leva. Corrió la voz aquel dia de que el enemigo estaba á cinco leguas, y el vecindario, léjos de amilanarse, se inflamó con ímpetu atropellado. Repartiéronse 8.000 fusiles, chuzos y hasta armas viejas de la Armería. Y para guardar órden se citó á todos por la tarde al Prado, desde donde á cada uno debia señalarse destino. Escasearon los cartuchos, y áun para muchos faltaron. Pedíanlos con instancia los concurrentes, mas respondiendo Morla que no los habia, y dentro de algunos habiéndose encontrado, en vez de pólvora, arena, creció la desconfianza, lanzáronse gritos amenazadores, y todo pronosticaba estrepitosa conmocion.

Habia entendido, como regidor, el Marqués de Perales en la formacion de los cartuchos, y contra él y su mayordomo se empezó á clamar desaforadamente. Este marqués era ántes el ídolo de la plebe madrileña, presumia de imitarla en usos y traeres, con nadie sino con ella se trataba, y áun casi siempre se le veia vestido á su manera con el traje de majo. Pero acusado, con razon ó sin ella, de haber visitado á Murat, y recibido de éste obsequios y buen acogimiento, cambióse el favor de los barrios en ojeriza. Juntóse tambien, para su desdicha, la ira y celos de una antigua manceba, á quien por otra habia dejado. Tenía el Marqués por costumbre escoger sus amigas entre las mujeres más hermosas y desenfadadas del vulgo, y era la abandonada hija de un carnicero. Para vengar ésta lo que reputaba ultraje, no sólo dió pábulo al cuento de ser el Marqués autor de los cartuchos de arena, sino que tambien inventó haber él mismo pactado con los franceses la entrega de la puerta de Toledo. Sabido es que entre el bajo pueblo nada halla tanto séquito como lo que es infundado y absurdo. Y en este caso con mayor facilidad, saliendo de la boca de quien se creia depositaria de los secretos del Marqués. Vivia éste en la calle de la Magdalena, inmediata al barrio del Avapiés (de todos el más desasosegado), y sus vecinos se agolparon á la casa, la allanaron, cosieron al dueño á puñaladas, y puesto sobre una estera le arrastraron por las calles. Tal fué el desastrado fin del Marqués de Perales, víctima inocente de la ceguedad y furor popular; pero que ni era general, ni anciano, ni habia nunca sido mirado como hombre respetable, segun lo afirma cierto historiador inglés, empeñado en desdorar y ennegrecer las cosas de España. La conmocion no fué más allá; personas de influjo y otros cuidados la sosegaron.

La toma de Madrid


En la mañana del 2 aparecieron sobre las alturas del norte de Madrid las divisiones de dragones de los generales La Tour Maubourg y La Houssaie; ántes sólo se habian columbrado partidas sueltas de caballería. A las doce Napoleon mismo llegó á Chamartin, y se alojó en la casa de campo del Duque del Infantado. Aniversario aquel dia de la batalla de Austerlitz y de su coronacion, se lisonjeaba sería tambien el de su entrada en Madrid. Con semejante esperanza, no tardó en presentarse en sus cercanías é intimar por medio del mariscal Bessières la rendicion á la plaza. Respondióse con desden, y áun corrió peligro de ser atropellado el oficial enviado al efecto. No habia la infantería francesa acabado de llegar, y Napoleon, recorriendo los alrededores de la villa, meditaba el ataque para el siguiente dia. En éste no hubo sino tiroteos de avanzadas y correrías de la caballería enemiga, que detenia, despojaba y á veces mataba á los que, inhábiles para la defensa, salian de Madrid. Con
más dicha, y por ser todavía en la madrugada oscura y nebulosa, pudo alejarse el Duque del Infantado, comisionado por la Junta permanente para ir hácia Guadalajara en busca del ejército del centro, al que se consideraba cercano. Por la noche el mariscal Victor hizo levantar baterías contra ciertos puntos, principalmente contra el Retiro, y á las doce de la misma el mariscal Berthier, príncipe de Neufchatel, mayor general del ejército imperial, repitió nueva intimacion, valiéndose de un oficial español prisionero, á la que se tardó algunas horas en contestar.

Amaneció el 3 cubierto de niebla, la cual disipándose poco á poco, aclaró el dia á las nueve de la mañana, y apareció bellísimo y despejado. Napoleon, preparado el ataque, dirigió su principal conato á apoderarse del Retiro, llamando al propio tiempo la atencion por las puertas del Conde-Duque y Fuencarral, hasta la de Recoletos y Alcalá, y colocándose él en persona cerca de la Fuente Castellana. Mas barriendo aquella cañada y cerros inmediatos una batería situada en lo alto de la escuela de la Veterinaria, cayeron algunos tiros junto al Emperador, que diciendo: Estamos muy cerca, se alejó lo suficiente para librarse del riesgo. Gobernaba dicha batería un oficial de nombre Vasallo, y con tal acierto, que contuvo á la columna enemiga, que queria meterse por la puerta de Recoletos para coger por la espalda la de Alcalá. Los ataques de las otras puertas no fueron, por lo general, sino simulados, y no hubo sino ligeras escaramuzas, señalándose en la de los Pozos una cuadrilla de cazadores que se habia apostado en las casas de Bringas, allí contiguas. Tambien hubo entre la del Conde-Duque y Fuencarral vivo tiroteo, en los que fué herido en el pié, de una bala, el general Maison. Mas el Retiro, cuya eminencia, dominando á Madrid es llave de la posicion, fué el verdadero y principal punto atacado.

Los franceses ya en tiempo de Murat habian reconocido su importancia. Los generales españoles, fuese descuido ó fatal acaso, no se habian esmerado en fortificarle. Treinta piezas de artillería, dirigidas por el general Senarmont, rompieron el fuego contra la tapia oriental. Sus defensores, que no eran sino paisanos, y un cuerpo recien levantado á expensas de D. Francisco Mazarredo,
resistieron con serenidad, hasta que los fuegos enemigos abrieron un ancho boqueron, por donde entraron sus tiradores y la division del general Villatte. Entónces los nuestros, decayendo de ánimo, fueron ahuyentados, y los franceses, derramándose con celeridad por el Prado, obligaron á los comandantes de las puertas de Recoletos, Alcalá y Atocha á replegarse á las cortaduras de sus respectivas é inmediatas calles. Pero como aquéllas habian sido excavadas en la parte más elevada, quedaron muchas casas y edificios á merced del soldado extranjero, que las robó y destrozó. Tocó tan mala suerte á la escuela de mineralogía, calle del Turco, en donde pereció una preciosísima coleccion de minerales de España y América, reunida y arreglada al cabo de años de trabajo y penosa tarea.

La pérdida del Retiro no causó en la poblacion desaliento. En todos los puntos se mantuvieron firmes, y sobre todo en la calle de Alcalá, en donde fué muerto el general frances Bruyère. Castelar en tanto respondió á la segunda intimacion, pidiendo una suspension de armas durante el dia 3, para consultar á las demas autoridades y ver las disposiciones del pueblo, sin lo cual nada podia resolver definitivamente. Eran las doce de la mañana cuando llegó esta respuesta al cuartel general frances, é invadido ya el Retiro, desistió Napoleon de proseguir en el ataque, prefiriendo á sus contingencias el medio más suave y seguro de una capitulacion. Pero para conseguirla mandó al de Neufchatel que diese á Castelar una réplica amenazadora, diciendo «Inmensa artillería está preparada contra la villa, minadores se disponen para volar sus principales edificios..... las columnas ocupan la entrada de las avenidas….. Mas el Emperador, siempre generoso en el curso de sus victorias, suspende el ataque hasta las dos. Se concederá á la villa de Madrid proteccion y seguridad para los habitantes pacíficos, para el culto y sus ministros; en fin, olvido de lo pasado. Enarbólese bandera blanca ántes de las dos, y envíense comisionados para tratar.»

Junta, establecida en Correos, mandó cesar el fuego, y envió al cuartel general frances á D. Tomás de Morla y á D. Bernardo Iriarte. Avocáronse éstos con el Príncipe de Neufchatel, quien los presentó á Napoleon; vista que atemorizó á Morla, hombre de corazon pusilánime, aunque de fiera y africana figura. Napoleon le recibió ásperamente. Echóle en cara su proceder contra los prisioneros franceses de Bailén, sus contestaciones con Dupont, hasta le recordó su conducta en la guerra de 1793, en el Rosellon. Por último díjole: «Vaya V. á Madrid; doy tiempo para que se me responda de aquí á las seis de la mañana. Y no vuelva V. sino para decirme que el pueblo se ha sometido. De otro modo V. y sus tropas serán pasados por las armas.» Demudado volvió á Madrid el general Morla, y embarazosamente dió cuenta á la Junta de su comision. Tuvo que prestarle ayuda su compañero Iriarte, más sereno, aunque anciano y no militar. Hubo disenso entre los vocales; prevaleció la opinion de la entrega. El Marqués de Castelar, no queriendo ser testigo de ella, partió por la noche, con la tropa que habia, camino de Extremadura. Tambien y ántes el Vizconde de Gante, que mandaba la puerta de Segovia, salió subrepticiamente del lado del Escorial, en busca de San Juan y Heredia.

A las seis de la mañana del 4 D. Tomas de Morla y el gobernador D. Fernando de la Vera y Pantoja pasaron al cuartel general enemigo con la minuta de la capitulacion . Napoleon la aprobó en todas sus partes con cortísima variacion, si bien se contenian en ella artículos que no hubieran debido entrar en un convenio puramente militar. El general Belliard, despues de las diez del mismo dia, entró en Madrid y tomó sin obstáculo posesion de los puntos principales. Sólo en el nuevo cuartel de guardias de Corps se recogieron algunos con ánimo de defenderse, y fué menester tiempo y la presencia del Corregidor para que se rindieran.

Silencioso quedó Madrid despues de la entrega, y contra Morla se abrigaba en el pecho de los habitantes ódio reconcentrado. Tacháronle de traidor, y confirmáronse en la idea con verle pasar al bando enemigo. Sólo hubo de su parte falta de valor y deshonroso proceder. Murió años adelante ciego, lleno de pesares, aborrecido de todos.

Consiguióse con la defensa de Madrid, si no detener al ejército frances, por lo ménos probar á Europa que á viva fuerza, y no de grado, se admitia á Napoleon y á su hermano. Respecto de lo cual, oportuna, aunque familiarmente, decia M. de Pradt, capellan mayor del Emperador, primero obispo de Poitiers, y despues arzobispo de Malinas, «que José habia sido echado de Madrid a puntapiés y recibido á cañonazos.»

EL 6 se desarmó á los vecinos, y no se tardó en faltar á la capitulacion, esperanza de tantos hombres ciegos y sobradamente confiados. Dieron la señal de su quebrantamiento los decretos que desde Chamartin y á fuer de conquistador empezó el mismo dia 4 á fulminar Napoleon, quien, arrojando todo embozo y sin mentar á su hermano, mostróse como señor y dueño absoluto de España. Fué el primero contra el Consejo de Castilla. Decíase en su contexto que por haberse portado aquella corporacion con tanta debilidad como superchería, se destituian sus individuos, considerándolos cobardes é indignos de ser los magistrados de una nación brava y generosa. Quedaban, ademas, detenidos en calidad de rehenes; por cuyo decreto, el artículo sexto de la capitulacion, con afan apuntado por los del Consejo, y segun el cual debian conservarse «las leyes, costumbres y tribunales en su actual constitucion», se barrenaba y destruia.

Siguiéronse á éste el de la abolicion de la Inquisicion, el de la reduccion de conventos á una tercera parte, el de la extincion de los derechos señoriales y exclusivos, y el de poner las aduanas en la frontera de Francia. Varios de estos decretos, reclamados constantemente por los españoles ilustrados, no dejaron de cautivar al partido del gobierno intruso ciertos individuos, enojados con los primeros pasos de la Central, dando á otros plausible pretexto para hacerse tornadizos. Mas semejantes resoluciones, de suyo benéficas, aunque procedentes de mano ilegítima, fueron acompañadas de otras crueles é igualmente contrarias á lo capitulado. Se cogió y llevó á Francia á D. Arias Mon, decano del Consejo, y á otros magistrados. El Príncipe de Castel-Franco, el Marqués de Santa Cruz del Viso y el Conde de Altamira, ó sea de Trastamara, comprendidos en el decreto de proscripcion de Búrgos, fueron tambien presos y conducidos á Francia, conmutándose la pena de muerte en la de perpétuo encierro, sin embargo de que por los artículos primero, segundo y tercero de la capitulacion se aseguraba la libertad y seguridad de las vidas y propiedades de los vecinos, militares y empleados de Madrid. Igual suerte cupo en un principio al Duque de Sotomayor,
de que le libró especial favor. Estuvo para ser más rigurosa la del Marqués de San Simon, emigrado frances al servicio de España: fué juzgado por una comision militar y condenado á muerte, habiendo defendido contra sus compatriotas la puerta de Fuencarral. Las lágrimas y encarecidos ruegos de su desconsolada hija alcanzaron gracia, limitándose la pena de su padre á la de confinacion en Francia.

Napoleon permanecia en Chamartin, y sólo una vez y muy de mañana atravesó á Madrid y se encaminó á palacio. Aunque se le representó suntuosa la morada real, segun sabemos de una persona que le acompañaba, por nada preguntó con tanto anhelo como por el retrato de Felipe II; detúvose durante algunos minutos delante de uno de los más notables, y no parecia sino que un cierto instinto le llevaba á considerar la imágen de un monarca que, si bien en muchas cosas se le desemejaba, coincidia en gran manera con él en su amor á exclusiva, dura é ilimitada dominacion, así respecto de propios como de extraños.

La inquietud de Napoleon crecia segun que corrian dias sin recoger el pronto y abundante esquilmo que esperaba de la toma de Madrid. Sus correos comenzaban á ser interceptados, y escasas y tardías eran las noticias que recibia. Los ejércitos españoles, si bien deshechos, no estabandel todo aniquilados, y era de temer se convirtiesen en otros tantos núcleos,
en cuyo derredor se agrupasen oficiales y soldados, al paso que los franceses, teniendo que derramarse, enflaquecian sus fuerzas, y áun desaparecian sobre la haz espaciosa de España. En las demas conquistas, dueño Napoleon de la capital, lo habia sido de la suerte de la nacion invadida; en ésta, ni el gobierno, ni los particulares, ni el más pequeño pueblo
de los que no ocupaba se habian presentado libremente á prestarle homenaje.

Impacientábale tal proceder, sobre todo cuando nuevos cuidados podrian llamarle á otras y lejanas partes. Mostró su enfado al Corregidor de Madrid, que el 16 de Diciembre fué á Chamartin á cumplimentarle y á pedirle la vuelta de José, segun se habia exigido del Ayuntamiento; díjole, pues, Napoleon que por los derechos de conquista que le asistian podia
gobernar á España, nombrando otros tantos vireyes cuantas eran sus provincias. Sin embargo, añadió que consentiria en ceder dichos derechos á José cuando todos los ciudadanos de la capital le hubieran dado pruebas de adhesion y fidelidad por medio de un juramento «que saliese, no solamente de la boca, sino del corazon, y que fuese sin restriccion jesuítica.»

Sujetóse el vecindario á la ceremonia que se pedia, y no por eso trataba Napoleon de reponer á José en el trono, cosa que á la verdad importaba poco á los madrileños, molestados con la presencia de cualquiera gobierno que no fuera el nacional. El Emperador habia dejado en Búrgos á su hermano, quien sin su permiso vino y se le presentó en Chamartin, donde fué tan mal recibido, que se retiró á la Moncloa y luégo al Pardo, no gozando de rey sino escasamente la apariencia.

Muerte del general Benito San Juan


Más que en su persona ocupábase Napoleon en averiguar el paradero de los ingleses y en disipar del todo las reliquias de las tropas españolas. El 8 de Diciembre llegó á Madrid el cuerpo de ejército del Duque de Dantzick, y con diligencia despachó Napoleon hácia Tarancon al mariscal Bessières, dirigiendo sobre Aranjuez y Toledo al mariscal Victor y á los generales Milhaud y Lasalle. Por este lado y la vuelta de Talavera se habia retirado D. Benito SanJuan, quien, despues de haber recogido en Segovia dispersos, y en union con D. José Heredia, se habia apostado en el Escorial antes de la entrega de Madrid. Pensaban ir ambos generales al socorro de la capital, y áun, instados por el Vizconde de Gante, que con aquel objeto, segun vimos, habia ido á su encuentro, se pusieron en marcha. Acercábanse, cuando esparcida la voz de estar muy apretada la villa y otras siniestras, empezó una dispersion horrorosa, abandonando los artilleros y carreteros cañones y carruajes. Comenzó por donde estaba San Juan, cundió á la vanguardia, que mandaba Heredia, y ni uno ni otro fueron parte á contenerla. Algunos restos llegaron, en la madrugada del 4, casi á tocar las puertas de Madrid, en donde, noticiosos de la capitulacion, sueltos y á manera de bandidos, corrieron como los primeros asolando los pueblos y maltratando á los habitadores hasta Talavera, punto de reunion, que fué teatro de espantosa tragedia.

Habituadas á la rapiña y al crímen las mal llamabas tropas, pesábales volver á someterse al órden y disciplina militar. Su caudillo, D. Benito San Juan, no era hombre para permitir más tiempo la holganza y los excesos encubiertos bajo la capa del patriotismo, de lo cual temerosos los alborotadores y cobardes, difundieron por Talavera que los jefes los habian traidoramente vendido. Con lo que apandillándose una banda de hombres y soldados desalmados, se metieron en la mañana del 7 en el convento de Agustinos, y guiados por un furibundo fraile, penetraron en la celda en donde se albergaba el general San Juan. Empezó éste á arengarlos con serenidad, y áun á defenderse con el sable, no bastando las razones para aplacarlos. Desarmáronle, y viéndose perdido, al querer arrojarse por una ventana, tres tiros le derribaron sin vida. Su cadáver, despojado de los vestidos, mutilado y arrastrado, le colgaron por último de un árbol en medio de un paseo público, y así expuesto, no satisfechos todavía, le acribillaron á balazos. Faltan palabras para calificar debidamente tamaña atrocidad, ejecutada por soldados contra su propio jefe, y promovida y abanderizada por quien iba revestido del hábito religioso.
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