ITINERARIO  POÉTICO-VITAL  
DE 
 LEÓN FELIPE


Epílogo escrito por Guillermo de Torre para Antologia Rota de León Felipe, segunda edición, Editorial Losada S.A. Buenos Aires 1965

Como en el epílogo a su transustanciación —si es exacto llamar así a una paráfrasis recreadora, a una obra que no pretende ser traducción literal, pero que es algo más— del Canto a mí mismo de Walt Whitman, me corresponde aquí, en esta Antología rota de León Felipe, aportar los datos biográficos, las precisiones de lugar y tiempo que el poeta soslaya. ¿Misión ociosa, escrúpulo superfluo? En principio, así parece serlo, puesto que en rigor pocos poetas tan preocupados de autorretratarse desde su primer libro; pocos aciertan a definirse tan cabal y constantemente a sí mismos; nadie como León Felipe hace equivalentes los términos Biografía, Poesía y Destino con tan patético ardor, tan llameante sinceridad. Ahora bien, esas confidencias donde la biografía se torna poesía, y la poesía historia, historia viva, están siempre vertidas en cauces parabólicos y metafóricos. Y como quiera que tal lenguaje no es fácilmente descifrable por comentaristas y antólogos, ello determina que algunos empresarios de estos últimos bazares desbarren en lo más inalterable cuando intentan concretar los rasgos biográficos del poeta. Aprovechemos, pues, esta coyuntura para evitar que el error se reproduzca, trazando sobria y verazmente un esquema del itinerario poético-vital de León Felipe. Un esquema provisional, ya que él mismo será quien deba contar su vida algún día. Primera fuente será él misino: los datos personales que ha accedido a confiarme verbalmente; segunda, mi propio testimonio de recuerdos y experiencias en aquellas partes de su vida donde nuestros pasos coincidieron. De esta suerte evitaremos que la leyenda haga presa en su persona, tan propicia por su aura multitudinaria a estas desfiguraciones más o menos míticas —y casi nunca engrandecedoras—, y que los buceos interrogativos en que el poeta se hunde y desdobla al preguntarse ante los auditorios: ¿Quién soy yo? adquieran una traducción demasiado literal.

Por lo pronto ya hay puntos capitales que rectificar y puntualizar —empezando por el lugar de su nacimiento— en los esquemas biográficos que sobre el autor de Ganarás la luz. . . circulan impresos. Si, por ejemplo, consultamos —nadie está libre de una mala ocurrencia— cierta antología de intención y de resultados caóticos —ya que acoge cuantos nombres contemporáneos tentaron alguna vez, de cerca, o de muy lejos, la poesía—, advertiremos que el recopilador no indica ningún lugar preciso de nacimiento de León Felipe y le supone de "familia montañesa". Si persistiendo en la misma estrafalaria conducta abrimos luego, en busca de alguna aclaración, otro espicilegio —también procedente de España, y todavía inverosímilmente más amplio, puesto que abarca desde el siglo XII hasta 1946—, veremos que en él se ha optado por eliminar hasta las conjeturas, suprimiendo todo dato biográfico de León Felipe y llevando las dudas al punto de incluir escuetamente la fecha de nacimiento entre interrogantes. Si pasamos ahora a otras dos antologías, éstas publicadas en tierras de América, concretamente en México, notaremos que en ninguna de ellas figura nuestro poeta; en una, por su propia voluntad de quedarse fuera; en otra, por intemperancias del antólogo. Sin embargo, no deja de estar presente en esta última... mas sólo visible para quienes sepan captar ciertas quejumbrosas alusiones del prólogo. Ya que ese mismo agavillador hizo comparecer sin ningún escrúpulo a León Felipe en otra edición de su misma obra —bien que disfrazándole irrecognosciblemente de "poeta menor", a él, cuyo signo cabalmente es la voz llena, la ambición de altura— y pocos años después le expulsaba de su incómodo Parnaso. Caso inverso, por lo demás, al de otro fabricante de esos embelecos "pro domo sua" en forma de antologías "parciales", quien rehuyó la presencia de León Felipe en la primera edición y dio muestras de su "objetividad" acogiéndole en la segunda. Cierto es que aquí los datos que le conciernen son verídicos, como facilitados por él mismo. Por lo demás, la confusión en lo biográfico arranca de fuentes más serias. En la única antología de poesía española e hispanoamericana contemporánea hecha con miras superpartidistas (la de Federico de Onís), y que por tal motivo goza de un prestigio superior a todas las aludidas, se hace a León Felipe "oriundo de Santander, nacido en Sequeros, Salamanca". Pero nada de esto es cierto. Terminemos, pues, esta baldía compulsa y restablezcamos los datos verídicos de nuestro poeta.

Mas como quiera que no estamos disputando la patria de Homero (cárguese el anterior preámbulo y su tonillo vejatorio a cuenta del "enderezamiento de entuertos" provocado por la fauna incriminada, pero no se confunda con la sencilla luz que ha de verterse sobre nuestro poeta); como tampoco estamos dando clarinazos para anunciar supuestas gestas inverosímiles, sino hechos cotidianos de un contemporáneo nuestro, diremos de una vez que León Felipe Camino Galicia —tal su nombre completo— nació en Tábara, un pueblo de la provincia de Zamora, el 11 de abril de 1884. Lugar circunstancial en su vida, adonde no ha vuelto, ya que hubo de dejarlo a los dos años, siguiendo a su padre, notario de profesión. Un traslado de éste le lleva, con su familia, a residir desde los dos a los nueve años en otro pueblo, Sequeros, provincia de Salamanca. Este lugar, sí, dejaría ya subconscientemente en la memoria de León Felipe ciertos recuerdos y preferencias de paisaje. Por ejemplo, su sentido de las formas y distancias, no de los colores, sobrestimando por ello la llanura castellana antes que los primeros términos, más dibujados, del paisaje norteño. A Sequeros, a Valladolid —cuna de sus padres—, la leyenda haga presa en su persona, tan propicia por su aura multitudinaria a estas desfiguraciones más o menos míticas —y casi nunca engrandecedoras—, y que los buceos interrogativos en que el poeta se hunde y desdobla al preguntarse ante los auditorios: ¿Quién soy yo? adquieran una traducción demasiado literal.

Por lo pronto ya hay puntos capitales que rectificar y puntualizar —empezando por el lugar de su nacimiento— en los esquemas biográficos que sobre el autor de Ganarás la luz. . . circulan impresos. Si, por ejemplo, consultamos —nadie está libre de una mala ocurrencia— cierta antología de intención y de resultados caóticos —ya que acoge cuantos nombres contemporáneos tentaron alguna vez, de cerca, o de muy lejos, la poesía—, advertiremos que el recopilador no indica ningún lugar preciso de nacimiento de León Felipe y le supone de "familia montañesa". Si persistiendo en la misma estrafalaria conducta abrimos luego, en busca de alguna aclaración, otro espicilegio —también procedente de España, y todavía inverosímilmente más amplio, puesto que abarca desde el siglo XII hasta 1946—, veremos que en él se ha optado por eliminar hasta las conjeturas, suprimiendo todo dato biográfico de León Felipe y llevando las dudas al punto de incluir escuetamente la fecha de nacimiento entre interrogantes. Si pasamos ahora a otras dos antologías, éstas publicadas en tierras de América, concretamente en México, notaremos que en ninguna de ellas figura nuestro poeta; en una, por su propia voluntad de quedarse fuera; en otra, por intemperancias del antólogo. Sin embargo, no deja de estar presente en esta última... mas sólo visible para quienes sepan captar ciertas quejumbrosas alusiones del prólogo. Ya que ese mismo agavillador hizo comparecer sin ningún escrúpulo a León Felipe en otra edición de su misma obra —bien que disfrazándole irrecognosciblemente de "poeta menor", a él, cuyo signo cabalmente es la voz llena, la ambición de altura— y pocos años después le expulsaba de su incómodo Parnaso. Caso inverso, por lo demás, al de otro fabricante de esos embelecos "pro domo sua" en forma de antologías "parciales", quien rehuyó la presencia de León Felipe en la primera edición y dio muestras de su "objetividad" acogiéndole en la segunda. Cierto es que aquí los datos que le conciernen son verídicos, como facilitados por él mismo. Por lo demás, la confusión en lo biográfico arranca de fuentes más serias. En la única antología de poesía española e hispanoamericana contemporánea hecha con miras superpartidistas (la de Federico de Onís), y que por tal motivo goza de un prestigio superior a todas las aludidas, se hace a León Felipe "oriundo de Santander, nacido en Sequeros, Salamanca". Pero nada de esto es cierto. Terminemos, pues, esta baldía compulsa y restablezcamos los datos verídicos de nuestro poeta.
Mas como quiera que no estamos disputando la patria de Hornero (cárguese el anterior preámbulo y su tonillo vejatorio a cuenta del "enderezamiento de entuertos" provocado por la fauna incriminada, pero no se confunda con la sencilla luz que ha de verterse sobre nuestro poeta); como tampoco estamos dando clarinazos para anunciar supuestas gestas inverosímiles, sino hechos cotidianos de un contemporáneo nuestro, diremos de una vez que León Felipe Camino Galicia —tal su nombre completo— nació en Tábara, un pueblo de la provincia de Zamora, el 11 de abril de 1884. Lugar circunstancial en su vida, adonde no ha vuelto, ya que hubo de dejarlo a los dos años, siguiendo a su padre, notario de profesión. Un traslado de éste le lleva, con su familia, a residir desde los dos a los nueve años en otro pueblo, Sequeros, provincia de Salamanca. Este lugar, sí, dejaría ya subconscientemente en la memoria de León Felipe ciertos recuerdos y preferencias de paisaje. Por ejemplo, su sentido de las formas y distancias, no de los colores, sobrestimando por ello la llanura castellana antes que los primeros términos, más dibujados, del paisaje norteño. A Sequeros, a Valladolid —cuna de sus padres—, a Falencia, a otras ciudades y pueblos de la meseta castellana volverá luego varias veces, en temporadas largas, que reafirmaron su predilección castellanista, el acorde de su espíritu con los paisajes y las gentes de llanura. En 1893 el padre asciende de categoría en su carrera y la familia se traslada a Santander. Sus primeros estudios los cursa en un colegio de escolapios, en Villacarriedo, cerca de la capital. También parte del bachillerato, terminado luego en el Instituto de esa capital provinciana.

Santander, hacia ese epílogo del siglo, poseía cierta atmósfera intelectual: Pereda, Menéndez Pelayo, Amós Escalante, nacidos allí, junto a Caldos, en su condición de veraneante —acababa de construir su residencia San Quintín, cerca de la península de la Magdalena—, daban un tono literario a la ciudad marinera. Pero León Felipe en poco pudo beneficiarse de él. Mozo indeciso, de sensibilidad inadivinada por su padre —hombre chapado a la antigua—, sólo comprendido por su madre y un tío, tratado con autoritarismo, en trance de elegir una profesión, hojea cierto inverosímil pero existente "Libro de las Carreras", y al advertir que la de farmacéutico es la más breve, aun sin sentir mayor imantación química, opta por ella. Si la explicación anterior corre el riesgo de parecer hecha con vistas a la anécdota pintoresca, aclararemos que eligió tales estudios como podía haber elegido cualesquiera otros, siempre que le permitieran cursarlos en Madrid, cual así aconteció. Quería estar cerca del escenario del arte. Porque, no obstante sus indecisiones, ya desde temprano se había manifestado en su espíritu una predilección determinada: el teatro. A los dieciséis años dirigía un teatro de estudiantes en Santander, cuyo repertorio estaba integrado no tanto por los autores entonces vigentes —Echegaray, el mismo Caldos—, sino —según suele suceder en las compañías de aficionados— por aquellos que habían sido predilectos de la generación anterior: Tamayo y Baus, López de Ayala, etc. De suerte que a no haber tropezado con la oposición paterna, León Felipe en aquel entonces quizá hubiera optado por seguir los caminos de la farándula.

En Madrid frecuenta, pues, más gustosamente que las aulas el paraíso de los teatros "de verso". Y un día, al presenciar, desde las alturas del teatro de la Zarzuela, una obra sobre la que no tenía mayores antecedentes, sufre —nos confiesa— su primer "shock" literario poderoso. Aquella obra era Hamlet. Se enfrasca entonces en la lectura del teatro de Shakespeare, a través de las traducciones de Macpherson, cuyo noble empaque, cuyo lenguaje clásico no ha sido superado por ninguna otra de las que posteriormente aparecieron. Otra impresión estética cuya huella León Felipe recuerda es la del Museo del Prado. Goya, en primer término, y luego Murillo, los "Fusilamientos" y la "Santa Isabel"; es decir, la intensidad patética y el aura mística.

Muere el padre, León Felipe acaba sus estudios y —en ausencia o deserción de un hermano mayor— se ve obligado a hacerse cargo de la familia, compuesta de la madre y varias hermanas. Se instala, pues, como farmacéutico en Santander y luego en Balmaceda (Vizcaya).

Pocos años después, solucionado un oscuro trance familiar, libre ya de trabas que desvíen su vocación, se entrega al teatro. Ingresa en la compañía de Tallaví, uno de los mejores actores dramáticos a la sazón, trabaja luego con actrices de primer plano, Carmen Cobeña, María Gámez. Más tarde se incorpora a la compañía de Juan Espantaleón. Capitaneaba éste una compañía de "cómicos de la legua", trashumante por todos los pueblos y ciudades de la Península, ya que incluía también Portugal en sus itinerarios. A su vera León Felipe recorre capitales y villas de muy diverso y sabroso carácter. De tales andanzas, antes que saber escénico, extrae un conocimiento vivo de lugares y psicologías. Mas entre tanto otra vocación más profunda íbase abriendo paso en su espíritu: la poética. Para hallar tiempo de consagrarse a los versos, á sus cavilaciones y lecturas, León Felipe resuelve un buen día trocar las bambalinas por los tarros. Entonces divide su año en dos tiempos. Durante los inviernos se instala en Madrid. En las restantes épocas del año vive, como regente de farmacia, en varios pueblos castellanos: Villanueva de la Sagra (Toledo), Piedralaves (Ávila), Almonacid de Zorita (Guadalajara). En este último, ayudado por la soledad, estimulado por sus lecturas clásicas —el Romancero, Jorge Manrique, Lope, Calderón, Shakespeare— y algunos modernos —Ibsen, Unamuno, Antonio Machado, etc. — brota a la superficie su sentimiento poético. Va componiendo así las páginas que formarán sus Versos y oraciones de caminante.

Pero este espíritu ensimismado, este hombre trashumante, que compara su vida —en una de aquellas poesías— con una piedra, con el canto que rueda, con el guijarro humilde de los caminos, y que expresando con sencillez y sinceridad sus vivencias ha logrado un libro muy personal; este poeta de treinta y cinco años, maduro al nacer, es literariamente un desconocido, sin precedentes visibles. ¿Cómo logrará hacerse oír? De la tertulia que frecuentaba en un viejo y céntrico café —el Universal, en la Puerta del Sol— sale un amigo, el escultor Emilio de Madariaga —malogrado, no inferior quizá a Julio Antonio, si bien menos notorio—, que está relacionado, mediante su hermano el escritor, con el grupo de la revista España, llevando aquel manuscrito a Enrique Díez-Canedo. Éste, cuando al cabo de algún tiempo — ¡son muchos los libros y manuscritos que afluyen a la mesa de quien generosamente vive atento a la obra ajena!— resuelve leerlo, capta inmediatamente su valor. Y no vacila en proclamarlo desde la misma revista España, anticipando además varios poemas del libro. Estimulado, el poeta da una lectura pública en el Ateneo. Versos y oraciones de caminante suscita, pues, cuando al año siguiente sale impreso, comentarios, entusiasmos y discusiones que sólo contadas obras líricas remueven.

Cierto es que aquél era un mal momento para que la voz de León Felipe fuera escuchada sin rumores. Por entonces —como él mismo ha escrito, en unos recuerdos de homenaje a Díez-Canedo— "comenzaban a derrumbarse todas las puertas y a abrirse grandes boquetes en las viejas paredes sagradas, por donde se colaban en cuadrilla los jóvenes poetas revolucionarios". "Tampoco —agrega— entré por estos boquetes. Llegué en un mal momento. Cuando la pelea era más encarnizada. Y creo que piedras de los dos bandos me alcanzaron a mí en la frente". ¿Quiénes formaban esos dos bandos? El uno pueden intuirlo los lectores: era el de siempre, el de la pereza tradicional, el de la reacción académica. Del otro, sólo a mí precisamente me cabe dar explicación puntual, puesto que entre sus filas me contaba: era el de los ultraístas, quienes pretendían afirmar una poesía diferente objetivada sobre el mundo moderno, de visiones discontinuas, cuajada en imágenes y metáforas. Por eso, al historiar en otro lugar este trance, he escrito que aquellos versos de León Felipe se nos representaron imprevistamente "como un voto de humildad en una época de disipación; como una vuelta a la sencillez en momentos de rebuscas y complicaciones". La incomprensión, de consiguiente, resulta fatal. Pero aquella discrepancia, por lo demás, nada restó al saldo de celebraciones que obtuvo León Felipe en su primera salida.
Si este escritor deserta luego del mundillo literario madrileño, a otras causas ha de achacarse. En primer término, a su vocación indeclinable de hombre andariego —ya prefigurada en su apellido—; luego, la dura necesidad de ganarse la vida con trabajos más cotizables que los versos en cualquier época y país. Toma, pues, el rumbo de África, y reside dos años en Fernando Poo, hasta 1922, como administrador de los hospitales del golfo de Guinea. Pasa luego unas vacaciones en Madrid, y al hacer escala en Cádiz, con propósito de regreso a la posesión africana, siente la tentación de América. Se embarca, así, con medios improvisados, en el "Cristóbal Colón" hasta Veracruz, aunque su meta prevista era Nueva York. En México —con una carta de Alfonso Reyes como credencial— traba amistad con los intelectuales más representativos: Vasconcelos —ministro a la sazón, en su mejor época reformadora—, el filósofo Antonio Caso, Rivera el pintor, Pedro Henríquez Ureña, Daniel Cosío Villegas... Trabaja una temporada como bibliotecario. Después, cierta noche navideña de 1924, el poeta nicaragüense Salomón de la Selva quiere romper la soledad en que vive León Felipe y le lleva a recorrer los "nacimientos", llamados allí "posadas". Encuentran a unas muchachas amigas. Una de ellas era Berta Gamboa, profesora. Se enamoran y resuelven matrimoniar al poco tiempo; mas ella debe volver con urgencia a su cátedra en Norte América. León Felipe, en cuanto puede, deja México y desembarca en Brooklyn, y allí se casan. Celebración sobria: dos dólares la licencia de matrimonio, veinte centavos un viaje en autobús, y el resto, hasta tres dólares, la cena en una "cafetería". Agotada la dote, León Felipe ingresa al día siguiente como profesor de español en la escuela Bertlitz. Dura allí poco tiempo, pues una bailarina norteamericana le acusa de incompetencia: quería aprender el idioma en ocho días y no se resignaba a los métodos didácticos algo más lentos del novel profesor. Mas esta breve experiencia ha servido para revelarle una nueva vía. Resuelve, por consiguiente, hacerse con los diplomas de profesor en regla y comienza a estudiar con Federico de Onís en la Universidad de Columbia. Al año siguiente pasa a desempeñar el lectorado de lengua y literatura española en la Universidad de Cornell y permanece allí desde 1925 a 1929. A poco, su mujer se incorpora a la misma Universidad. Son cuatro años excelentes de estudio y concentración que León Felipe recuerda satisfecho. Traduce entonces —en colaboración con su mujer— España virgen, de Waldo Frank, y compone los poemas de Versos y oraciones de caminante, segundo libro, que editará, en 1929, el Instituto de las Españas en Nueva York.

Continúa, desde luego, la línea del primero, pero al mismo tiempo su voz se ensancha, bajo el cielo de América; aparece el tono levantado, el apostrofe —"Pie para el niño de Vallecas, de Velázquez"—; y, sobre todo, cogido de la mano de Zaratustra se le aparece Walt Whitman, con ese ímpetu de comunión cósmica, no sólo humana, que tanta huella marcaría en la posterior evolución de su poesía. Huella considerable, sin duda, pero menor de la que ha ejercido sobre él la Biblia. Reintegrado al ejercicio literario escribe y publica en México —adonde se dirige, en unas vacaciones de "año" sabático, en 1930— un poema orgánico: Drop a star. El contraste de direcciones que la mera asunción de esas palabras indica —verticalidad ascendente de la estrella, caída de la moneda metaforizada— expresa quizá indirectamente la oscura pugna de fuerzas interiores que en su espíritu domina. No será, no es, un poema criptográfico ni superrealista, no será un poema de clave —según el autor declaraba en un prefacio a la cuarta versión del mismo—, pero tampoco su intención última resulta diáfana. ¿Reminiscencias indirectas del poema por aquellos años más leído y pluralmente interpretado en lengua inglesa, Tierra baldía, de T. S. Eliot, de William Blake, de John Donne y los poetas metafísicos que León Felipe tenía entonces como predilectos? No he de elucidar ahora este punto, puesto que mi único propósito en el presente epílogo es diseñar su vida, sin míe las caracterizaciones agregadas a la mención de los libros rebasen el límite de apuntes. Pero no obstante, haré notar que en Drop a star aparecen ya ciertos temas como, por ejemplo, las interrogaciones sobre sí mismo, los desdoblamientos, que luego adquirirían más concreto desarrollo. Por lo demás, el mismo León Felipe me confiesa verbalmente que en Drop a star pretendió dar un nuevo sesgo a su poesía. Se trata, pues, de un poema fronterizo entre dos edades de su poesía que deberá ser encarado a esta luz cuando se intente una explicación orgánica de su obra toda.

Tras todos estos años de América, León Felipe siente la nostalgia acrecida de la patria, y, al año siguiente de proclamarse la República, vuelve por unos meses a España. Pero en 1033 ya está reintegrado nuevamente a Norte América: esta vez su destino profesoral le lleva a la Universidad do Las Vegas, en New México. Pasa después a la ciudad de México, donde se le encomienda un curso sobre el Quijote para estudiantes norteamericanos en la Universidad Nacional, al mismo tiempo que dirige el cuadro dramático radiofónico de la Secretaría de Educación Pública. Mas tampoco estas tareas logran hacerle echar anclas: torna a España una vez más en 1934, consagrándose a traducciones. En Madrid, al año siguiente, aparece una Antología, editada por sus amigos, a modo de homenaje. Y siguiendo su destino de devanadera atlántica, torna, pocos meses después, a cruzar el océano. Esta vez rumbo a Panamá, como profesor de aquella Universidad, uniendo a este cargo el de agregado cultural en la Embajada de España.

Allí, en julio de 1936, recibe las primeras noticias de la rebelión contra España. Frente al confusionismo alevoso de los primeros momentos, a distancia, alzándose contra la marea calumniosa que desde el día siguiente aniso desnaturalizar el claro sentido de la lucha, León Felipe no vacila, ve claramente cuál es el rostro de la justicia. Quiere proclamarlo así impetuosamente, pero el oscurantismo del medio panameño se lo impide. Entonces se dirige a Colón y, por la radio de esta ciudad, emite un "Good bye, Panamá" flagelante, justiciero. Se embarca rápidamente hacia España en un barco holandés, sufre en Madrid los crueles bombardeos de octubre y noviembre. Luego, en enero de 1937, pasa a Valencia, con los intelectuales de la Casa de la Cultura. Es el momento en que la protesta, la emoción lírica se desfoga en romances. León Felipe no aborda este género, salvo en una ocasión, cuando le toca hablar, junto con Antonio Machado, en el tabladillo de una plaza valenciana. El 11 de febrero de ese año escribe su primer gran poema de la guerra, La insignia, a raíz de la caída de Málaga. Lee esta arenga poemática primero en Valencia, y luego en el Coliseum de Barcelona el 28 de marzo.

La insignia era —es— esencialmente una exhortación a la unidad, al abandono de las insignias plurales que entonces pululaban, quedándose con una sola que resumiera luminosamente todas: "¡Hay que encender una estrella! — ¡una sola, sí!"— clamaba airada, dramáticamente. ¿No es, pues, algo abusivo que esta 'insignia" única, general, quisiera prendérsela monopolizadora-mente éste o el otro partido? Y el poeta resultaba ajeno al hecho de que uno de ellos, que encarna en "seres angélicos y adánicos", como califica a los anarquistas, hiciera de tal texto, generosamente, una edición en Barcelona, que luego se reprodujo en Buenos Aires, independientemente de otra, autorizada por el autor, completa, que surgió en Valencia y se reimprimió en México. Consignar estos detalles no implica menoscabo ni censura para los militantes de aquel partido. El hecho de que se sintieran quizá más hondamente sacudidos que otros por aquella arenga, que patrocinaran un acto donde se recitó y luego le arrancaran al autor el manuscrito para publicarlo, solamente testimonia en último caso cuan identificados se sentían por aquel llamamiento, que apelaba tanto a ellos como al fondo heroico, quijotesco, libérrimo de todo español.

Su franqueza, su pureza, el tamaño y la altura de aquella alocución poemática —y de otras que seguirían— radica precisamente en el hecho de que el poeta no se supedita a ninguna fórmula o consigna política partidista; quiere encarnar un sentimiento unánime —por encima de banderías— de heroísmo y sacrificio, que ojalá hubiera tenido verdadero eco, alcanzando traducción empírica ("Yo no soy más que una voz, — la tuya, la de todos, — la más genuina, — la general, — la más aborigen ahora, — la más antigua de esta tierra, — la voz de España que hoy se articula en mi garganta — como pudo articularse en otra cualquiera"). Y este canto —poesía de circunstancias, desde luego, pero elevada a un plano intemporal, realizadora de aquella que Unamuno llamaba la "eternización de la momentaneidad"— deriva su valor, por consiguiente, de que el poeta no habla por boca de ciertos hombres o nombres, sino en representación del hombre. "El poeta —dice él mismo— habla desde el nivel exacto del hombre".

León Felipe encuentra, pues, su tema en aquella conmoción que remueve el ser de España, y este padecimiento encuentra en León Felipe su poeta más alto. De ahí brota su más verdadera poesía, inspirada por un viento heroico, irreal, que nos arranca —para emplear su fraseología— de lo doméstico y cotidiano, que transforma los hechos y purifica los símbolos. Por eso combina y macera en sus cantos elementos de tan vario linaje, desde los más prosaicos a los más peraltados, sin cuidarse de la fácil tacha de "impureza" que puedan hacerle, pues en rigor esta poesía trasciende lo puramente lírico y linda con un plano épico —al cabo, único género legítimo en estos tiempos no grandiosos, pero sí atroces, conturbados—. Por eso mismo baraja las fórmulas más nuevas y las más antiguas, de la elipsis a la parábola, de la soflama al salmo, y aprieta los pedales de sonoros registros para verter la música de su conciencia desvelada. ("Yo digo: lloro, grito, aúllo, blasfemo..., luego existo").

En marzo de 1938, cuando los bombardeos arrecian sobre Barcelona, escribe su poema Oferta, leído también públicamente. Lo completa con otras partes —escritas va de camino a México— hasta formar El payaso de las bofetadas y el pescador de caña, del cual brinda una lectura en La Habana y otra en la capital mexicana, antes de aparecer el libro. Se incorpora a la Casa de Espina, creación del Presidente Cárdenas, junto con otros intelectuales españoles exiliados.

Y en México hace entonces la posada más larga de su vida andariega: siete años. A lo largo de ellos León Felipe se ahínca en sí mismo, recoge las congojas del éxodo y vuelve a encontrar más cercana que nunca la España esencial, de la que jamás había desertado. Pues resulta grotesco, no sólo injusto, el vituperio que alguien intentó enrostrarle de "español descastado". Si León Felipe había dejado a España años atrás era justamente para marcar su ruptura total con una "España podrida" —tales sus palabras—. Lo hizo con la misma decisión y espontaneidad con que luego, en un momento de riesgo y desamparo para España, tornó a ella. No fue el único, por lo demás, en este doble movimiento de repudio y reencuentro. En México había de encontrarse fraternalmente con el poeta Juan Larrea, que había seguido pareja trayectoria. Al autor de Rendición del espíritu —ese libro tan original y lleno de revelaciones— le estaba precisamente reservado sistematizar lírica y racionalmente la pérdida de España y el hallazgo de América, como continente del espíritu. (Europa, con la vieja civilización oriental detrás, es el Padre, España el Hijo y América la paloma del Espíritu). No discutiremos ahora tesis tan incitante y rica en perspectivas polémicas. Sólo anotaremos que las conversaciones de León Felipe con Juan Larrea, y también con Eugenio Imaz, habían de tener consecuencias fecundas: entre otras el espíritu fundador de la revista Cuadernos Americanos.

Durante sus siete años mexicanos León Felipe compone, lee públicamente, transforma —pues torna siempre a ellos en nuevas versiones— esa serie de poemas doloridos y vindicativos, que en rigor son todos el mismo, o al menos muy fraternos e indisolubles, como eslabones de una misma cadena patética y que se llaman: El hacha (1939), Español del éxodo y del llanto (1939), El gran responsable (1940), hasta desembarcar en esa summa riquísima de motivos y yacencias: Ganarás la luz... (1943). De todos ellos el lector encontrará —junto con poemas inéditos— muestras en esta Antología rota, mas no siempre como aparecieron originariamente, ya que León Felipe nunca da por acabada definitivamente ninguna obra, la considera parte de su propio devenir vital, e introduce en ella modificaciones, haciéndola crecer y transformarse como un ser vivo.

Mas en 1945 —convertida la Casa de España en Colegio de México, puestos en marcha los Cuadernos Americanos, merced al encuentro de Jesús Silva Herzog y Juan Larrea—, siéntese de nuevo espoleado por su antiguo e inextirpable espíritu andariego, corta amarras y emprende un viaje sin límites de plazo por todo el continente. Una curiosa circunstancia familiar le facilita los medios iniciales. Ésta encarna en un sobrino suyo, Carlos Arruza, famoso torero, quien con desprendimiento de raza le dice un día en México. "¿Por qué no vas a la Argentina? Tienes allí más cartel que yo". Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, El Salvador, Panamá. . ., todos los países de América central son las estaciones preliminares de su circuito. Después, en la América del Sur, Venezuela, Colombia, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, las etapas sucesivas. Porque este poeta español desterrado no se siente tal en América: simplemente ha multiplicado su patria. Y su americanismo, no espectacular ni artificioso, arranca de un conocimiento y un amor directos. Revive con botas de siete leguas la figura del juglar medieval. Habla, recita, predica en todas las ciudades, ante los auditorios más diversos, en las Universidades y en las tribunas populares, suscitando idénticos fervores. La gente escucha transida, arrebatada, a este poeta prometeico, poeta que arde, conciencia en vigilia, protesta pura, alma religiosa, que llega un buen día y se va al siguiente. Llega y se va porque tal es su destino innato de hombre empujado, movido a cantar por el viento —como él mismo dice—, porque ése es su deber de predicador hispánico, mensajero auténtico de la España peregrina. Su inocencia natural, su fervor religioso prístino, la altura de su canto —unido a su prodigioso arte recitativo, el cual multiplica el valor de los poemas— hace que todos le escuchen, que hasta los más reacios a los mensajes líricos le entiendan, se sientan sacudidos y atravesados por sus salmos e imprecaciones, experimenten al escucharle la presencia viva de la poesía plural, más allá de la estrecha efusión subjetiva, elevada a un plano heroico. Este poeta ardiente, esta llama sin tregua — símbolo de su obra y de sí mismo—, esta conciencia estre­mecida, este barbado peregrino promueve así en todas partes un espectáculo nada sólito, la comunión de espí­ritus, allende cualquier credo unilateral, en el plano más alto y noble.

Pero estas sobrias, humildes, apuntaciones mías tienen un límite prefijado. La interpretación del mensaje que aporta León Felipe ya quedó esbozada en otro lugar (en un capítulo de mi libro La aventura y el orden) y allí he de remitir —provisionalmente, pues el tema es tenta­dor y cuento reincidir— a los lectores que deseen más esclarecimientos. Allí encontrarán una definición del con­cepto de la poesía nunista —centrada en el tiempo— como clave preliminar para penetrar mejor en su obra. A modo de última sugerencia sólo quiero agregar lo siguiente. Hoy, cuando al socaire del existencialismo, tanto se habla de "literatura comprometida", cuando tan con­tradictorias definiciones se dan de su verdadera expre­sión, al margen de cualquier consigna yo no vacilaría en señalar un modelo inequívoco: León Felipe y su poesía. En cuanto a esta Antología rota, quizá su más cabal pre­sentación o resumen, que hubiera excusado todo lo an­terior, esté sencillamente en aquellas palabras de Walt Whitman que cierran sus Cantos de adiós:

Camarada, esto no es un libro.
Quien vuelve sus hojas toca un hombre.



GUILLERMO DE TORRE.
1947

ADDENDA

¿Admite más variaciones una antología que otro tipo de libro, al reeditarse después de varios años? Aparentemente sí, puesto que su unidad, hecha de variedad, no corre el riesgo de quebrarse con la adición o interpola­ción de nuevas páginas. Sin embargo, León Felipe ordenó hace diez años su Canto roto con cierto sentido orgánico, más que estrictamente selectivo, puesto que la función antológica definitiva sólo se la atribuye al Viento... De ahí que ahora, por su parte, se haya inhibido de cual­quier intervención, encomendándome la tarea de incorporar algunas páginas nuevas que pongan al día este libro. Esta tarea se ve facilitada, en cierto modo, por la circunstancia de que durante la última década el poeta ha sumado pocos libros específicamente poéticos a su haber, dejando dispersa en las revistas buena parte de su producción. Además ésta se ha vertido preferentemente en el cauce dramático y escénico. Pero reseñemos todo ello someramente para completar el inventario de las anteriores páginas.

En 1950 da a las prensas Llamadme publicano (Al­mendros y Cía., México), libro nuevo en su primera parte (la titulada "Versos para el Arcipreste en este año jubilar de 1950"), y en las siguientes, hecho de transcripciones y variantes de poemas anteriores. Un año des­pués publica La manzana (Tezontle, México), subtitulado "Poema cinematográfico", y donde valiéndose de una fábula mitológica tiende a crear, frente al "cine pragmá­tico", un "cine dionisiaco", regido por la invención y la fantasía. En 1954 da una nueva versión menos escueta, más elaborada, de la misma obra (La manzana, sobretiro de Cuadernos Americanos, México). En dicha fábula, lo mismo que en sus paráfrasis de Shakespeare —que luego reseñaremos—, León Felipe insufla nueva vida a viejas historias de aire mítico y simbólico "que vienen navegando —según escribe— por la oscura sangre de la Historia y empujadas por el hálito anónimo de poetas innumerables; en el Génesis y en la mitología pagana laten los veneros inmortales". De acuerdo con estos propósitos, y por encima de sus, desmelenamientos, ¿no podría decirse que León Felipe es un genuino poeta clásico? El hecho es que torna a un concepto prerromántico de la "originalidad", subestimando ésta, o dejándola reducida a sus verdaderos límites, por lo que respecta al motivo inspirador; contrariamente valoriza las virtudes de la "continuación" o "tradición" y se siente solicitado por el empuje milenario de los temas míticos o tradicionales, pulidos, recreados en sucesivas versiones, y cuya potencia fecundadora nunca se agota, según ha mostrado Gilbert Highet en el erudito itinerario La tradición clásica. Todo ello, por supuesto, a condición de que el escritor contemporáneo acierte a utilizar esos temas no como pautas fijas, sino a modo de nuevos y libres puntos de partida. Escribe:

Hay tragedias antiguas que me siguen
para que yo las prolongue con mi carne.

No es otro, por ejemplo, el sentimiento y el espíritu que guían a León Felipe en sus recreaciones de Shakespeare. Dos lleva publicadas hasta el día: Macbeth y Noche de Reyes. Los títulos exactos míe les ha dado son los siguientes: Macbeth o el asesino del sueño (Librería Madero, México, 1954) y No es cordero que es cordera. . . (Cuadernos Americanos, México, 1953), hecha esta última "con una libertad que va más allá de la paráfrasis" y representada por el Teatro Universitario de la capital mexicana. Variaciones shakespearianas perfectamente logradas, particularmente la de Macbeth, y que frente a cualquier opinión distinta, no suponen ninguna irreve­rencia; antes al contrario, la mayor filialidad, pues es bien sabido que Shakespeare no hizo quizá otra cosa sustancialmente que "variar" genialmente fábulas allegadas de las más diversas fuentes.

Lógicamente ninguna de estas paráfrasis puede tener suficiente representación en la presente antología poética. Limitamos, pues, las adiciones a dos poemas de Llamadme publicano ("La poesía llega. . . Ahí está" e "Interrogatorio"), más uno titulado: "Un poderoso talismán (tomado de Cuadernos Americanos, México, número 4 de 1954), y los restantes de su libro próximo El ciervo.

Ninguna vicisitud en lo biográfico cabe anotar —salvo una muy sensible, la muerte de su mujer—, ya que durante este último decenio, en contraste con el anterior, el poeta terminó con su nomadismo, permaneciendo en México. A sus setenta y tres años León Felipe —tal como hube de reencontrarle hace pocos meses en México—, ensimismado y generoso, incrédulo y entusiasta, abatido e invicto, continúa con sus vislumbres, sus trenos y admoniciones, imponiendo su voz personalísima en el coro de la poesía contemporánea.


G. de T.
Buenos
Aires, 1957.