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San José

Novena al Glorioso Patriarca San José:

PADRE DE JESÚS, ESPOSO DE MARÍA, SANTO PATRIARCA, 

FUNDADOR Y PADRE DEL CARMELO TERESIANO, PROTECTOR, PATRONO Y SEÑOR SAN JOSÉ.

Adaptación Iván Mora Pernía


Todos los días se inicia la Novena con estas oraciones:

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Glorioso Padre, San José: confiados en el valioso poder que tienes ante el Trono de la Santísima Trinidad y de María, 

tu Esposa y nuestra cariñosa Madre, te suplicamos intercedas por nosotros y nos alcances las gracias y dones que estamos necesitando:

 

SAN JOSÉ,  con Jesús y María, protege siempre nuestras almas.

SAN JOSÉ,  con Jesús y María, asístenos en nuestra última agonía.

SAN JOSÉ, con Jesús y María, lleva al Cielo nuestras almas.

SAN JOSÉ, con Jesús y María, danos salud de alma y cuerpo.

SAN JOSÉ, como el lirio tu pureza...  Ruega por nosotros.

SAN JOSÉ, violeta de humildad...  Ruega por nosotros.

SAN JOSÉ, rosa mística de amor...  Ruega por nosotros.

SAN JOSÉ, Patrono del Carmelo...  Ruega por nosotros.

 

San José, casto Esposo de María, cuida nuestras familias, concédenos salud mental y de alma y cuerpo, ayúdanos en el trabajo, 

en el descanso y en el estudio diario,  protégenos de las enfermedades y peligros, defiéndenos de los enemigos y custodia nuestra Iglesia. 

Santo Padre San José protege nuestro país y a nuestras familias.

 

Oración personal (del P. Jaime Llano):

Bendita sea tu humildad

Oh! José del alma mía,

Pues todo un Dios se gloría

Asombro de santidad.

A ti clamo, en ti confío

Séme favorable y pío

En la vida y en la muerte

En trance tan duro y fuerte

No me dejes Padre mío. Amén.

 

PRIMER DÍA: “El nacimiento de Jesús fue así. Su madre María estaba comprometida con José. Pero, antes de que vivieran juntos, quedó esperando por obra del Espíritu Santo”  Mateo 1, 18.

“¡Vigilantísimo Custodio del Hijo de Dios hecho hombre, glorioso San José!, junto con María santísima, nuestra madre, protégenos y líbranos de los peligros, de las enfermedades y pestes, de los robos, de los secuestros y sicariatos, de los asesinatos y suicidios, de los atentados terroristas, de las guerrillas, del pago de “vacuna”, del hampa común u organizada, de los incendios e inundaciones y desastres naturales. También líbranos de caer en tentaciones. Tu que tuviste la dicha de ver y oír al Hijo de Dios, y también tuviste la gracia de llevarlo entre tus brazos, vestirlo, guardarlo y defenderlo de todo, intercede ante Él junto con la Virgen María, a favor de nosotros.  ¡Glorioso Patriarca San José, ruega por nosotros! Amén.   Realizar las peticiones..., Padrenuestro, Avemaría, rezar el Gloria, la Petición General y la oración final (de igual modo cada día)

PETICIÓN GENERAL: Acuérdate, santo Patriarca San José, Esposo de María, Padre de Jesús, protector de la Iglesia y del Carmelo, que jamás se ha oído decir, que alguno haya invocado tu protección e implorado tu auxilio, sin que haya sido atendido y favorecido  por Ti. Con esta confianza venimos a Ti y a tu santidad nos acogemos con todo el fervor de nuestras almas. No  deseches nuestras súplicas y ruegos, antes bien dígnate recibirlas benignamente. Amén. 

 La Novena termina diciendo y orando lo que sigue:

LE CONSTITUYÓ SEÑOR DE SU CASA Y PRÍNCIPE DE TODA SU POSESIÓN.

OREMOS:  Oh! Dios que por una providencia inefable te dignaste elegir a San José por esposo de María Santísima, concede, te rogamos que, al venerarle como protector en la tierra, merezcamos tenerle como fiel intercesor en el Cielo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. 


SEGUNDO DÍA: “José, su esposo, como era un hombre justo, y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo tenía planeado cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” Mateo 1, 19-21.

“¡Bendito San José! Padre adoptivo de Nuestro Señor, guardián fiel de Jesús, casto esposo de la Madre de Dios, te suplicamos nos alcances junto con la Virgen que, después del camino de esta vida, vayamos a participar de las alegrías del cielo y que aquí en la tierra santifiques nuestro trabajo y descanso de cada día con tu presencia y con tu alegría. Danos trabajo estable y remunerado, bienestar y muy buena salud. Por el amor de Jesús Nuestro Señor y por la gloria de Su Nombre, oye nuestras oraciones y protégenos de todos los peligros y enfermedades mentales y virales constantemente. ¡San José, ruega por nosotros y defiéndenos! Amén. Realizar las peticiones..., Padrenuestro, Avemaría, rezar el Gloria, la Petición General y la oración final.

 

TERCER DÍA: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: Sepan que una virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros” Mateo 1, 22-23.

“Santo Patriarca, modelo de santidad, glorioso San José! Pon en nuestros corazones una chispa de tu caridad para que en nuestro país sepamos vivir en fraternidad y concordia, así como con otros países hermanos. San José, no permitas nunca que caigamos en regímenes dictatoriales, en golpes de estado o militarización. Que no seamos engañados ni oprimidos por falsas y negativas revoluciones. Líbranos de las corrupciones, mentiras y engaños por parte de nuestros gobernantes y autoridades religiosas, civiles y militares. Guarda junto con la Virgen María nuestras almas y nuestras familias, para santificar la gloria del Señor. Protégenos de los peligros, de los incendios, de las enfermedades, de los terremotos, maremotos, huracanes, ciclones y volcanes. Regálanos abundantemente la salud mental y del alma y del cuerpo. ¡Bendito San José, ruega por nosotros! Amén.      Realizar las peticiones..., Padrenuestro, Avemaría, rezar el Gloria, la Petición General y la oración final.  

 

CUARTO DÍA: “Despertando José del sueño, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado, y tomó consigo a su mujer. Y sin que tuvieran relaciones dio a luz un hijo, al que José puso el nombre de Jesús”.  Mateo 1, 24-25.

“Glorioso San José! Instrumento del Padre Eterno en su plan para la redención de la humanidad,  protege nuestros derechos y deberes humanos. Tu que tuviste la felicidad de ser el custodio de Jesús y guía de la Sagrada Familia, intercede ante tu hijo Jesús, por los favores que te pedimos.  Bendice y protege una vez más, junto a la Virgen María, nuestras relaciones personales, nuestras casas, vecinos y familias, a los matrimonios, a los laicos comprometidos, a los jóvenes, niños y ancianos, a las religiosas y religiosos, a los sacerdotes, a los obispos y al Papa. ¡José y María, rueguen por nosotros! Amén.       Realizar las peticiones..., Padrenuestro, Avemaría, rezar el Gloria, la Petición General y la oración final.

 

QUINTO DÍA:    “Los magos... al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino”.    Mateo 2, 10-12.

“¡Castísimo esposo de María Santísima, glorioso San José! Ayúdanos material y espiritualmente a ser cada día mejores. Concédenos junto con la Virgen, vivir siempre una vida santa, asegurada bajo tu Patrocinio. Permanece con nosotros en cada una de nuestras familias y comunidades. Cuida siempre nuestros hogares y casas, estemos o no en ellas. Tú que protegiste a la Virgen y amaste al Niño Jesús como a tu propio Hijo, protégenos como padre, de todos los peligros, de la injusticia, de las torturas, de las incursiones paramilitares, de la mafia, de los vicios, de las drogas, de las dictaduras,  de las enfermedades mentales y virales, de las depresiones y demás enfermedades. ¡Glorioso Patriarca San José, intercede por nosotros! Amén.    Realizar las peticiones..., Padrenuestro, Avemaría, rezar el Gloria, la Petición General y la oración final.

 

SEXTO DÍA: “Después que los magos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y quédate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.”   Mateo 2,13.

“¡Glorioso San José, ejecutor obediente de las leyes divinas! Guardián prudente de la Sagrada Familia, te imploramos nos guardes de la infidelidad de la mente, del cuerpo y del espíritu. Enséñanos a orar como conviene y a ser devotos de María Santísima tu Esposa. Que nuestro apostolado sea fructífero y bendecidos por tu patrocinio, trabajemos con alegría por el Reino de tu Hijo Jesús. Ayúdanos a frecuentar los sacramentos de la Iglesia. Protege siempre al papa y a nuestros obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos; danos cada día, más laicos y vocaciones santas. De una manera particular te pedimos que nos regales muchas vocaciones en el Carmelo de Santa Teresa y San Juan de la Cruz. ¡San José, ruega por nosotros! Amén.       Realizar las peticiones..., Padrenuestro, Avemaría, rezar el Gloria, la Petición General y la oración final. 

 

SÉPTIMO DÍA:      “José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: Yo llamé de Egipto a mi hijo.” Mateo 2, 14-15.

“¡Oh Santo Patrono de la Iglesia universal, glorioso San José!, imploramos junto a la virgen del Carmen, la intercesión poderosa para obtener del misericordioso Corazón de Jesús toda la ayuda y gracia necesaria para nuestro bienestar espiritual y temporal. San José una vez más te pedimos que nos ampares de todo peligro y nos quites toda enfermedad. Ayúdanos material y espiritualmente a ser cada día mejores, para que aprendamos a compartir con los más necesitados las riquezas materiales y espirituales que nos concedas. Y que si estamos urgidos materialmente, seas tú, nuestro socorro oportuno. Colma nuestras arcas de aquello que realmente necesitemos. Llena nuestras almas de tu humildad y nuestras manos de tu alegre y santo trabajo. ¡Bendito Patrono de los trabajadores, ruega por nosotros! Amén.        Realizar las peticiones..., Padrenuestro, Avemaría, rezar el Gloria, la Petición General y la oración final.


OCTAVO DÍA:    “ Muerto Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.” Mateo 2, 19-20.

“¡Glorioso Patriarca San José, Padre de la Humildad, del silencio y del Amor! Toma bajo tu protección las situaciones tan serias y difíciles o problemáticas que te encomendamos, especialmente las que no podemos expresar con nuestros labios públicamente, a fin de que tengan feliz solución lo más pronto posible. Bendice nuestro silencio al pedírtelas. San José, líbranos de la esclavitud del horóscopo, la hechicería, ocultismo, esoterismo, adivinación, idolatría, cábala, quiromancia, cartomancia y otras ciencias ocultas. Danos tu fe, la alegría de tu esperanza, tu bondad y tu firme servicio. Concédenos, que siempre bajo tu protección, podamos pasar nuestras vidas sin caer en pecado, cumpliendo los mandamientos de Dios. Te encomendamos de una manera particular a las siguientes familias, personas, comunidades e instituciones... Ayúdanos en la agonía y danos una santa muerte. ¡San José, junto con María Santísima, rueguen por nosotros! Amén.       Realizar las peticiones..., Padrenuestro, Avemaría, rezar el Gloria, la Petición General y la oración final.

 

NOVENO DÍA:  “José se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Pero al enterarse de que Arquéalo reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese lo que dijeron los profetas: Lo llamarán Nazareno”.  Mateo 2, 21-23.

“¡Varón justo, glorioso San José! Modelo y patrono de aquellos que aman los Sagrados Corazones de Jesús y de María, a ti nos encomendamos. Líbranos de la tristeza, del engaño, de las opresiones, ataduras y enfermedades afectivas y sexuales; líbranos San José, de los trastornos psicóticos, del desánimo, de las depresiones, de la melancolía, de las manías, psicosis y alteraciones mentales. No desprecies nuestras peticiones, querido padre adoptivo de nuestro Redentor, ruega por nosotros ante tu Divino Hijo adoptivo para que, al sentirnos familia del Carmelo Teresiano Sanjuanista recibamos las gracias especiales que regalas a todos tus hijos carmelitas que bajo tu protección se amparan. Al llevar el Santo Escapulario de la Virgen del Carmen, favorécenos con especial atención y no desoigas las súplicas que te hacemos. ¡San José, Esposo de María, ruega por nosotros! Amén.    Realizar las peticiones..., Padrenuestro, Avemaría, rezar el Gloria, la Petición General y la oración final.

Siguen las otras oraciones finales que se prefieran.

LETANÍAS DE SAN JOSÉ (opcional)

Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.    Cristo, escúchanos.

Dios Padre celestial... ten piedad de nosotros.

Dios Hijo, Redentor del mundo... ten piedad de nosotros.

Dios Espíritu Santo...  ten piedad de nosotros.

Trinidad Santa, único Dios...  ten piedad de nosotros.

Santa María, ruega por nosotros.

San José, ruega por nosotros.

Descendiente ínclito de David, ruega por nosotros.

Luz de los Patriarcas, ruega por nosotros.

Esposo de la Madre de Dios, ruega por nosotros.

Custodio de la Virgen pura, ruega por nosotros.

Padre nutricio del Hijo de Dios, ruega por nosotros.

Fiel defensor de Cristo, ruega por nosotros.

Solícito defensor de los pobres, ruega por nosotros.

Jefe de la Sagrada Familia, ruega por nosotros.

José justísimo, ruega por nosotros.

José castísimo, ruega por nosotros.

José prudentísimo, ruega por nosotros.

José fortísimo, ruega por nosotros.

José obedientísimo, ruega por nosotros.

José fidelísimo, ruega por nosotros.

Espejo de paciencia, ruega por nosotros.

Modelo de los obreros, ruega por nosotros.

Ejemplar de artesanos, ruega por nosotros.

Glorioso carpintero,  ruega por nosotros.

Esplendor de la vida doméstica, ruega por nosotros.

Custodio de las vírgenes, ruega por nosotros.

Sostén de las familias, ruega por nosotros.

Consuelo de los menesterosos, ruega por nosotros.

Esperanza de los enfermos, ruega por nosotros.

Abogado de los moribundos, ruega por nosotros.

Terror de los demonios, ruega por nosotros.

Maestro de oración, ruega por nosotros.

Patrón y protector de la Santa Iglesia, ruega por nosotros.

Fundador y Padre del Carmelo, ruega por nosotros.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo...  perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo...  óyenos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo...

ten piedad y misericordia de nosotros.


Dios escogió a “una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1,26-27)  “María, estaba desposada con José y, antes de empezar  a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra  del Espíritu Santo” (Mt 1,18) para que Jesús “llamado Cristo” naciera de la esposa de José en la descendencia mesiánica de David (Mt 1,16) Y el ángel anuncia a José: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21).

José, como padre del recién nacido, le circuncida al octavo día y le impone el nombre de Jesús, que era un derecho inherente a la misión del padre. José es quien transmite a Cristo su ascendencia y genealogía y con ello la descendencia de Abraham y la de David junto a las promesas del reino mesiánico y eterno (cf Rm 1,3;  2 Tm 2,8;  Ap 22,16).

La presencia de San José en la Iglesia de Dios, destacada por San Mateo, como varón justo, Esposo verdadero de María y Padre singular y virginal de Jesús, ha sido celebrada por los Carmelitas, quienes fueron los primeros que en la Iglesia latina compusieron un oficio propio en honor de San José (Breviario, Bruselas, 1580)  Pío IX lo declaró Patrono de la Iglesia Universal el 8 de diciembre de 1870; aunque la fiesta fue suprimida más tarde. Actualmente le recordamos y celebramos el 19 de marzo.

            La devoción a San José en el Carmelo Teresiano va esencialmente unida a Santa Teresa de Jesús (de Ávila - España) Es ella, quien le asocia como Fundador de la Reforma carmelitana. Por esta causa, puso sobre la portería de todos los monasterios que fundó, a la virgen María y al glorioso San José; y en sus fundaciones llevaba consigo una imagen de bulto del Patriarca San José.

            Nos dice Santa Teresa de Ávila:

          “Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él.  Vi claro, que así de esta necesidad (por las falsas devociones que se tienen), como de otras mayores  de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, de haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer.

            Es cosa que espanta (que maravilla) las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre - siendo ayo - le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad...

            Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes, que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío.

            Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho este glorioso santo a mí y a otras personas... Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere y verá por experiencia el gran bien que es el encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción.

            En especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé como se puede pensar en la Reina de los Ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no le den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos.  Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro y no errará en el camino”  (Vida 6,6-8).

Si San José mandaba a Jesús como a hijo en la tierra y éste le obedecía, como a hijo sigue mandándole en el cielo: “San José no pide, manda; no ruega, ordena”

                                                                                                      Juan Gersón.



Solemnidad de San José   

19 de marzo de 2010. San José. (P.Eduardo Sanz de Miguel)  12 kb Ver Descargar   
 Nueve días con San José. (Fray Gregorio Cortázar Vinuesa)  79 kb Ver Descargar    

 SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA

NVulgata 1 Ps 2 E E -- BibJer2ed (en) -- Concordia y ©atena Aurea (en)

Juan Pablo II, Audiencia general 19-3-1980 (sp fr it po)

                                                                                                                         Juan Pablo II, Homilía 19-3-1981 (sp it po)  


Glorioso Padre, San José: confiados en el valioso poder que tienes ante el Trono de la Santísima Trinidad y de María, tu Esposa y nuestra cariñosa Madre, te suplicamos intercedas por nosotros y nos alcances las gracias y dones que estamos necesitando (se pide el favor). 

San José, casto Esposo de María, cuida nuestras familias, concédenos salud mental y de alma y cuerpo, ayúdanos en el trabajo, en el descanso y en el estudio diario, protégenos de las enfermedades y peligros, defiéndenos de los enemigos y custodia nuestra Iglesia. Santo Padre San José protege nuestro país y a nuestras familias. 

Bendita sea tu humildad
Oh! José del alma mía,
Pues todo un Dios se gloría
Asombro de santidad.
A ti clamo, en ti confío
Séme favorable y pío
En la vida y en la muerte
En trance tan duro y fuerte
No me dejes Padre mío. Amén. 


Fray Gregorio Cortázar Vinuesa, O.C.D
NUEVE DÍAS CON SAN JOSÉ
ESPOSO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA[1]

1. Antífona de entrada[2] (Una de las siguientes)

1) Deja que el gozo taladre / las tablas de tu taller. / Sombra de Dios has de ser: / ¡Esposo de Virgen Madre! / Te pide el eterno Padre / tu dócil consenti­miento: / has de ser­vir al portento / de su Verbo en su bajada. / Por María, tu mirada / velará su crecimiento.

2) Oh José, justo varón, / sombra del Padre, despliegas / en silencio las entregas / de tu amante corazón. / Se inicia la Reden­ción / en tu casa nazare­na. / De tu Esposa, en Gra­cia llena, / compartes su travesía, / su ser del Hijo y su vía, / su implorarnos dicha plena.

3) Solícito desde el cielo, / nos apre­mias, buen José, / a imitar tu invicta fe / y tu tem­poral desvelo: / si a Madre e Hijo tu anhelo, / a sólo ellos nuestro amor; / si en todos piden tal don, / démoslo sin calcular[3]. / Nuestro ser en caridad / lo ansía tu cora­zón.

2. Lectura del día

3. Rito de conclusión


Responsorio:
             R/ Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor[4].

- Cual Dios quiere recibes, / José, a María; / a la Madre y al Hijo / te los confía // y que ella forme / a Cristo, en el Espíritu, / en todo hom­bre[5]. R/

- Como esposo compartes / el maternal / misterio de tu Esposa: / su dig­ni­dad. // Tal de ella vives, / que por su Hijo y por todos / fiel te desvi­ves[6]. R/

- Éste es de tu grandeza, / José, el se­creto: / hacer de ti holocausto, / servicio a esto: // la Encarnación / y el plan que le está unido / de reden­ción[7]. R/

Padrenuestro. Avemaría. Gloria.

Oración. Dios todopoderoso, que confias­te los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de san José; haz que, por su intercesión, la Iglesia los conserve fielmen­te y los lleve a plenitud en su misión salva­dora. Por Jesucristo nuestro Señor[8].

O bien:

Oh Dios, que concediste al es­poso de la Madre de tu Hi­jo concluir su vida terrena en presen­cia de Jesús y de María[9]; con­cé­de­nos, por su interce­sión, una muerte seme­jante a la suya: en el amor y en los bra­zos de la Madre y del Hijo. Por Jesucristo nuestro Señor.


CÁNTICOS PARA LOS NUEVE DÍAS INSPIRADOS EN TEXTOS DE LOS PAPAS EN CADA CÁNTICO SE INDICA LA MÚSICA CON LA QUE PUEDE CANTARSE Y, SALVO ERROR U OMISIÓN, SE SEÑALAN LAS SINALEFAS 

«En el canto la fe se experimenta 
como exuberancia de alegría, 
de amor, de confiada espera 
en la intervención salvífica de Dios» 
(Juan Pablo II, Carta a los Artistas 4-4-1999, 12) 

1. GLORIA Y HONOR, ESPOSO DE MARÍA
                                  Música: «Gloria y honor, oh Reina del Carmelo»

Gloria y_honor, / esposo de María, / de quien nació / Jesús, el Redentor. / Les sir­ves fiel, / por tu_amor tú compartes / su plan, su ser, / su_afán por nuestro bien.

1. Es de la_Iglesia / muy propio_honrar / con muy excelso / culto_a José; / de Dios recibe / gloria_abismal, / todos arriba / gozan le ver.
2. Esposo virgen / de la sin par / Madre de su_Hijo / Dios te_eligió; / ellos, por tanto, / son ya tu_afán, / tu vida_entera, / todo tu­_amor.
3. Velar por ellos / es tu misión. / Dios, pues, de gracias / te_enrique­ció, / que te_ha­bilitan / desempeñar / tan grande_oficio / fiel sin cesar.
4. De tu grandeza / es el porqué / que­_un fiel servicio / tu vida fue / al gran miste­rio / de_Encarnación / y_al plan anejo / de Redención[10].

2. VIVIR PARA JESÚS Y MARÍA
Música: «Caminaré en presen­cia del Señor», de J. A. Espino­sa

Cami­na­ré en presencia del Señor. / Ca­minaré en presen­cia del Señor.

1. Oigo_a Gabriel, mensajero de Dios, que me dice[11]: / «Tú no temas llevar­te­_a María, / ¡que_es Madre del buen Dios!».
2. Gozo_en mi Dios, porque_ha puesto_en su siervo sus ojos: / por esposa me_ha dado_a su Madre, / ¡su Socia genero­sa!
3. Veo_a mi lado_al que_anhela morir por los hombres, / y la_entrega­_en su Madre la_ad­miro: / ¡abismos de virtudes!
4. Cómo vivir ante tanta_humildad y dul­zura; / sólo_anhelo a ellos servir: / ¡mil vidas entregarles!
5. Oh mi Señor, mi Señora, pues voy ya_a morir, / no podré_a vues­tra_o­fren­da_asistir, / ¡Jesús, Jesús, María!
6. ¡Cuánto la Madre y_el Hijo procuran viváis! / Sin medida también yo os amo. / ¡Oh cuánto_a mí me_apremian!

3. UNA GRAN MISIÓN

Música: «Tu palabra me da vida» de J. A. Espi­no­sa

Tu palabra me da vida, / confío en ti, Señor. / Tu palabra es eter­na, / en ella espe­raré.

1. Humilde_y manso, lleno del Espíritu, / precia­do carpinte­ro_en Nazaret; / su santa prometida_ha conce­bido, / y_él sufre_y llora_y no sabe qué_hacer.
2. El joven piadosísimo ya_inmola / su_a­mor a la doncella sin igual, / con quien, en el Espíritu, pactaron / vivir en matrimonio virgi­nal.
3. Enton­ces, del buen Dios, le dice_un ángel: / «José,_hijo de David, ve sin temor, / recibe tú_a María,_y con su Hijo, / pues ella lo_engendró del Santo_A­mor.
4. Si_esposo de_esa Madre Dios te quiere, / Jesús, con ella,_a su_Hi­jo_­has de llamar, / él es el Emmanuel, Dios con vosotros, / que_a todos, por amor, viene_a salvar».
5. Y_así_a José Dios Trino_Amor confía / al Verbo ya_hecho carne_en la Mujer / y que­_ella le dé_a luz en todo tiempo / por obra del Espíritu, que_es fiel[12].
6. Dichoso,_el buen José, y genero­so, / su_esposa, con presteza, recibió; / su casa_es, pues, la de_ella_y de su Hijo; / servir­les, aho­ra_y siem­pre,_es su pasión[13].

4. SAGRADA FAMILIA
Música «¡Qué deta­lle!», de F. M. Viejo

Obediente_a sus padres Jesús siempre_estaba, / y su someterse / contri­buye_al clima / de pleno_entenderse / la Santa Familia. / ¡Oh Jesús, obediente_a José y_a María!

O bien:
Educado­_en familia Jesús se_aprestaba / a_anunciar el Reino / -cual predijo_el ángel-, / y_hasta, por salvarnos, / en cruz inmolarse. / ¡Oh María_y José, oh_educar admirable!

1. José_y María viven / la fe suya_en respuesta / a su_excelsa llamada: / servir al Señor. / Y su don a_él los hace / más y más solidarios, / a_ellos nada desune / y_es a todos su_amor.
2. El Niño Dios recibe / de continuo_el cuidado / de su Madre, que, virgen, / fue toda de Dios. / Y José,_en obediencia, / custodiaba_el secreto: / que_ella_es Virgen y su_Hijo / es el Dios Salvador.
3. Dios en el centro, viven / en servicio_al Dios-Hombre / y_en amor mutuo tierno, / fiel, fuerte sin par. / Muestran que_en matrimonio / de_uno_y una_es pactada / -fiando_en Dios él y ella- / mutua fidelidad.
4. Si_a_ejemplo de María / y José son los cónyuges, / roca son en que_apo­yan / sus hijos confiar. / Si_el hogar fe respira, / energía_hay que_a­fronta / pruebas, aun las difíciles. / Nazaret lo mostrar[14].


DÍA 1.°
MARÍA Y JOSÉ, UN MATRIMONIO VIRGI­NAL
Comenta el Papa Juan Pablo II:

            «El evangelista san Lucas, al presentar a María como virgen, añade que estaba "des­posada con un hombre llamado José" (Lc 1, 27). Hay que notar que el término griego uti­lizado no indica la situación de una mujer que ha contraído el matrimonio y que, por tanto, viva en el estado matrimonial, sino la del no­viazgo. Pero, a diferencia de cuanto ocurre en las culturas modernas, la institución del no­viazgo preveía un contrato y tenía normal­mente valor defini­ti­vo: introdu­cía a los novios en el estado matrimonial, si bien el matrimonio se cumplía plenamente cuando el joven condu­cía a la mucha­cha a su casa. En el momento de la Anunciación María se halla, pues, en la situación de esposa prometida.

            Nos podemos preguntar por qué había aceptado el noviazgo si tenía el propó­sito de permanecer virgen para siempre. Se puede suponer que entre José y María, en el momen­to de comprometerse, existiese un entendi­miento sobre el proyecto de vida virginal. Por lo demás, el Espíritu Santo, que había inspi­ra­do en María la opción de la virginidad con miras al misterio de la Encarnación y quería que ésta acaeciese en un contexto familiar idóneo para el crecimiento del Niño, pudo muy bien suscitar también en José el ideal de la virginidad. El ángel del Señor, apareciéndose­le en sueños, le dice: "José hijo de David, no temas recibir a María tu esposa, pues lo con­cebido en ella es obra del Espí­ri­tu Santo" (Mt 1, 20). El humilde y sencillo joven[15] recibe así la confir­ma­ción de estar llamado a vivir de modo totalmente especial el camino del matri­mo­nio. A través de la comunión virginal con la mujer predesti­na­da a dar a luz a Jesús, Dios lo llama a cooperar en la realiza­ción de su desig­nio de salvación.

            El tipo de matrimonio hacia el que el Espíritu Santo orienta a María y a José es comprensible sólo en el contexto del plan sal­vífico y en el ámbito de una elevada espiri­tualidad. La realización concreta del misterio de la Encarna­ción exigía un nacimiento virgi­nal que pusiese de relieve la filiación divina y, al mismo tiempo, una familia que pudiera asegurar el desarrollo normal de la personali­dad del Niño. José y María, en orden precisa­mente a su contribución al misterio de la En­carnación del Verbo, recibieron la gracia de vivir juntos el carisma de la virginidad y el don del matrimonio»[16]. «A la materni­dad vir­gi­nal de María corres­ponde, pues, el misterio virgi­nal de José»[17].

DÍA 2.° 
NO TEMAS RECIBIR A MARÍA TU ESPOSA 
Comenta el Papa Juan Pablo II:

            «"El ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo". Por obra del Espíritu Santo fue concebido el Hijo de Dios para hacerse hombre. És­te era el misterio del Espíritu San­to y de María. El misterio de la Virgen, que a las palabras de la Anuncia­ción contestó: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Y "el Verbo se hizo carne y habitó en­tre nosotros" (Jn 1, 14). Vino a habitar sobre todo en el seno de Ma­ría, que permane­ciendo virgen se convirtió en Madre.

            Éste era el misterio de Ma­ría. José no conocía este mis­terio. No sabía que en aquella de quien era esposo -aun cuando de acuerdo con la ley judía no la había reci­bido aún en su casa- se había cum­plido la promesa de la fe hecha a Abra­hán: "Te hago padre de mu­che­dumbre de gentes" (Gn 17, 5); esto es, que en ella, en María, de la estirpe de David[18], se había cum­plido la pro­fe­cía que había diri­gido en otro tiempo el profeta Natán a Da­vid: "Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia, y tu trono durará por siempre" (2Sam 7, 16).

            Éste era el misterio de María. José no conocía este misterio. Ella no se lo podía transmitir, porque era misterio superior a las capaci­dades del entendi­miento humano y a las posibilidades de la lengua[19]. Se podía sola­men­te acep­tar­lo de Dios y creer. Tal como creyó María. José no conocía este misterio, y por ello sufría muchísimo interiormente. Lee­mos: "José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, pensó repu­diar­la en se­creto" (Mt 1, 19). Pero llegó cierta noche en la que tam­bién José creyó; le fue dirigida la Palabra de Dios, y se hizo claro para él el misterio de María: "José hijo de David, no temas recibir a María tu esposa; pues lo con­cebi­do en ella es obra del Espíritu Santo" (Mt 1, 20s). Creyó, pues, que en ella se había cum­plido la prome­sa de la fe hecha a Abrahán y la profe­cía que había escucha­do el rey Da­vid. Ambos, José y María, eran de la estirpe de David[20]. Y José "hizo como el ángel del Se­ñor le había ordena­do" (Mt 1, 24).

            Y amó más pro­fundamente a María de la estir­pe de David, porque aceptó todo su mis­terio. "José hijo de David, no temas recibir a María y al que ha sido engen­dra­do en ella" (cf Mt 1, 20). Así dice Dios Padre al hombre con el que, en cierto modo, ha compar­tido su paternidad[21]. La paterni­dad es res­ponsabi­li­dad por la vida. El Dios que dice: "No abando­nes a la mu­jer tu espo­sa", dice al mismo tiem­po: "Acoge la vida con­cebida en ella", como le dijo a José de Naza­ret, ese hom­bre justo»[22].

DÍA 3.° 
CREYÓ EN DIOS QUE DA LA EXISTENCIA 
Comenta el Papa Juan Pablo II:

            «Leemos en la Carta a los Romanos: "No fue por la ley por lo que se prometió a Abrahán y a su des­cendencia heredar el mundo, sino por la justicia de la fe... Y fue por fe para que sea por gracia. Y así la pro­mesa -según lo que está escri­to: Te hago padre de muchedumbre de gentes (Gn 17, 5)- esté ase­gu­rada a toda la descenden­cia, no sólo a la le­gal, sino también a la que pro­cede de la fe de Abra­hán en aquel en quien creyó, esto es, en Dios que da vida a los muer­tos y lla­ma a la exis­tencia lo que no existe" (Rm 4, 13. 16-17). Abrahán es "pa­dre" de nuestra fe y de nues­tra espe­ranza: "Apo­yado en la espe­ran­za creyó contra toda espe­ran­za que llega­ría a ser pa­dre de mu­che­dum­bre de gentes... Por lo que le fue re­pu­ta­do como jus­ticia" (Rm 4, 18-22).

            Esas palabras de san Pablo se procla­man de nuevo en la liturgia de la fiesta de san José, las leemos pensando en ese "hombre justo", a quien le fue "repu­tado como justicia" haber creído en Dios "que da vida a los muer­tos y llama a la exis­tencia lo que no existe"[23]. En efecto, Dios mis­mo, con el poder del Espí­ritu Santo, llamó a la exis­tencia en el seno de la Virgen de Naza­ret, desposada con José, a la humanidad que fue propia del Ver­bo eterno del Padre. Dios es quien llama a la existencia a lo que aún no exis­te. Y José de Nazaret creyó a Dios; creyó cuando Dios le habló por medio del ángel: "No temas reci­bir a María tu esposa; pues lo con­cebido en ella es obra del Espíritu Santo" (Mt 1, 20-22). Y José "hizo lo que le había man­dado el ángel del Señor" (Mt 1, 24): tomó con­sigo a María y al que había sido en­gendrado en ella.

            La fe de José es la más perfecta seme­janza y analogía con la fe de María»[24]. «Po­de­mos decir que obtuvo el don de una "parti­cipa­ción" singular e inmedia­ta en la fe de María»[25]. «Ambos, María y José, están uni­dos con ese vínculo admirable. Ante los hom­bres su vínculo es el matrimonial; pero ante Dios y la Iglesia son las nupcias en el Espíritu Santo. Mediante estas nupcias en la fe se han con­verti­do ambos, María y junto a ella José, en los testigos y dispensadores de aquel misterio[26] por el que los corazones huma­nos se ha­cen de nue­vo mo­rada del Dios vivo. José de Naza­ret es "hom­bre justo" porque "vive total­men­te de la fe"; es santo porque su fe es verdade­ra­mente he­roi­ca. "José hijo de Da­vid, no temas recibir a María, pues lo con­ce­bido en ella es obra del Espíritu Santo" (Mt 1, 20). ¡Pueblo de Dios, no temas llevarte con­tigo, junto con José de Na­zaret, a María!»[27].

DÍA 4.° 
LA ALIANZA CON DIOS EN LA PATERNI­DAD 
Comenta el Papa Juan Pablo II:

            «"Tú eres mi Padre, mi Dios, mi Roca salvadora". Con estas palabras del salmo 89 (v. 27) deseo adorar la Pater­ni­dad de Dios en la grande y humilde figura de san José, el es­poso de Ma­ría Santísima. Dios dice: "Sellé una alianza con mi elegido, juran­do a David, mi siervo: Te fundaré un linaje perpe­tuo" (Sal 89, 4-5). El Salmista ha­bla de David-rey, pero la liturgia de la fiesta indica a José de Naza­ret. Dios selló con él una alian­za espe­cial que la Iglesia compara a la establecida con Abra­hán y con David. El Dios de la alian­za dice a Abrahán: "Te hago padre de muche­dumbre de gen­tes" (Gn 17, 5). Y a José de Nazaret le dice: ¡Te he hecho el padre de mi Hijo! He hecho de ti el pa­dre de aquel que fue "conce­bido por obra del Espíritu San­to".

            Abrahán creyó "contra toda esperanza" que llegaría a ser "padre de muchedumbre de gentes"; con­tra toda es­peranza, por­que huma­namente no podía espe­rar un hijo. Y José creyó que junto a él se había realiza­do el cumpli­miento de la Espe­ran­za. Creyó que "por obra del Espíritu Santo" María su prome­tida esposa, la Virgen de Naza­ret, "antes de que viviesen juntos", se había conver­ti­do en Ma­dre (cf Mt 1, 18)»[28]. «De ca­ra al misterio de la Encarna­ción nadie ha tenido una parti­cipa­ción tan directa en la fe de María como Jo­sé»[29]. «He aquí las pala­bras del mensajero de Dios a las que José creyó: "No temas reci­bir a María tu esposa; pues lo con­cebido en ella es obra del Espíritu Santo; dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 20s). Y José selló con Dios una alianza espe­cial: la alianza en la Paterni­dad.

            Desde entonces sa­bría lo que de­bían signi­ficar en su vida y en su vocación las expresio­nes del Sal­mo: "Él me invoca­rá: Tú eres mi padre". En efecto, Jesús lo llamaba así. Y José sabía que esas palabras se refe­rían al Padre eter­no, creador del cielo y de la tierra; sabía que su pobre casa de Nazaret se ha­bía llenado con el ines­cruta­ble misterio de la Pa­ternidad divina, del que él mismo se había convertido en el fidu­cia­rio más próximo y el siervo fiel; él, el es­poso de María, la esclava del Señor. La litur­gia pone, en cierto modo, en su corazón y en sus labios las pala­bras del salmo: "Cantaré eterna­mente las mise­ri­cor­dias del Señor, anunciaré tu fide­lidad por todas las edades" (89, 2-3). José, hombre jus­to, esposo castísimo de María, pro­cla­ma la gracia extraordina­ria que Dios le otorgó a seme­janza de Abrahán: La gracia de la alian­za en la Paterni­dad. Y proclama la fidelidad de Dios a esta alianza»[30].

DÍA 5.° 
MARÍA Y JOSÉ LE PUSIERON POR NOMBRE JESÚS 
Comenta el Papa Juan Pablo II:

            «"Dios envió a su Hijo nacido de Mujer" (Ga 4, 4). Ella se convierte en el primer testimonio materno de la dignidad humana del Hijo de Dios. Él ha nacido de ella. Ella es su Madre»[31]. «María fue la prime­ra de todos los que, en virtud del Espíritu San­to, pudieron pro­nunciar el nombre de "Je­sús": ¡Jesús es el Señor! Y esto fue el día de la Anunciación, cuando el Espíritu bajó sobre ella en el secreto de la casa de Nazaret»[32].

            «El mensajero divino le dijo[33]: "Conce­bi­rás en el seno y darás a luz un hijo y le pon­drás por nombre Jesús; será grande y se lla­mará Hijo del Altísi­mo" (Lc 1, 31s)»[34]. Y «co­mo Abraham, "espe­rando con­tra toda espe­ran­za, creyó, y fue hecho pa­dre de muche­dumbre de gen­tes" (Rm 4, 18), así María creyó que por el poder del Altísimo, por obra del Espíri­tu San­to, se convertiría en la Madre del Hijo de Dios según la revelación del ángel»[35]. Y así, «al octavo día des­pués del na­ci­miento, al cumplir el rito vetero­-testamentario de la circun­cisión, ella da el nombre al Niño[36]. Y el nombre es éste: Je­sús. Un nom­bre que habla de la sal­vación llevada a cabo por Dios. Esta salva­ción ha sido traída por su Hijo. "Jesús" quiere decir Salva­dor. Así fue llamado el Hijo de María en el momento de la Anuncia­ción el día en que fue concebido en su seno. Y así lo llama ella ahora ante los hombres. Él es Salvador del mundo. Su Madre es Madre del Salvador»[37].

            Ahora bien, «por tra­di­ción eran siempre los padres [esto es, ambos progenito­res] quienes ponían el nombre a sus hijos»[38]. Por ello, si el ángel le dice a José: «No temas reci­bir a María tu esposa; pues lo con­cebido en ella es obra del Espíritu Santo; dará a luz un hijo» (Mt 1, 20-21), se infiere que «del matri­mo­nio con Ma­ría, del que derivan para José su sin­gu­lar dignidad y sus derechos sobre Jesús»[39], deriva, como uno de ellos, el de poner­le el nombre. Por eso, como a María, también a José le ordena el ángel: «Le pondrás por nombre Jesús» (Mt 1, 21). Y así, «obe­diente a la vo­lun­tad divi­na»[40], tam­bién «José en la circuncisión pone al Niño el nom­bre de Je­sús. Este nom­bre es el único en el que se halla la sal­vación (cf Hc 4, 12). Al poner­le el nombre declara su pa­terni­dad legal so­bre Jesús, y al procla­mar el nombre procla­ma también su mi­sión salva­do­ra»[41]­.

            «¡Je­sús! Este nombre lo escuchó por vez primera la Virgen en Naza­ret. Así llamó el ángel en la Anuncia­ción al Niño antes de ser concebido. Y ella, María, fue la primera en pronunciar este nombre. Todos los demás aprendieron este nombre de ella, de la Madre. Y continúan aprendiéndo­lo»[42].

DÍA 6.° 
PATERNIDAD HUMANA Y PATERNIDAD DIVINA 
Comenta el Papa Juan Pablo II:

            «"Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote" (Lc 2, 48). María alude a la solicitud paterna de José -partícipe como es del misterio de ella y de su Hijo divino[43]-; y Jesús, con doce años, se retrotrae a la Paternidad del mismo Dios: "¿Por qué me bus­cabais? ¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?" (Lc 2, 49).

            Hay un profundo nexo entre la paterni­dad humana y la paterni­dad divina. Para el hom­bre engendrar un hijo es sobre todo "re­cibir­lo de Dios": se trata de acoger como un don de Dios la cria­tura que se engen­dra. ¿No se sitúa tal vez aquí la grandeza de la misión confiada al padre y a la madre? ¡Ser instru­mentos del Padre celestial en la obra de for­mar a los propios hijos! Deben, pues, educarlos prestando atención cons­tan­te a la relación privile­giada que tienen con el Padre celes­tial; del cual, más que de sus pa­dres terrenos, deben "ocu­parse" como Jesús.

            Por otra parte, la paterni­dad de José, como la de Abrahán, se basa en la fe: se basa en la fe de forma ex­clusiva. Por obra del Espíri­tu Santo creyó en el misterio de la con­cepción del Hijo de Dios en el seno de la Vir­gen, que era su Esposa; y por obra del Espí­ritu Santo, mediante la fe, llegó a ser testigo del naci­miento del Hijo de Dios en la noche de Belén[44]. Y se convir­tió en el custo­dio más dili­gente de este misterio, y en custodio de la Madre y del Hijo: primero en Belén, luego en Egipto, y por fin en Nazaret, donde Jesús cre­cía bajo su mirada y estaba a su lado para trabajar la madera como "hijo del carpinte­ro" (cf Mt 13, 55)»[45].

            Y «cuando María y José lo encuentran en el templo, después de tres días de an­gus­tiosa búsqueda, su Madre no pudo con­te­ner este amoroso lamento: "Hijo, ¿por qué has obrado así con nosotros?"»[46]. «Una frase muy "humana", una mani­fes­ta­ción ante todo de soli­citud. La paternidad y la maternidad se ex­presan preci­samente en la cotidiana solicitud creadora por el hombre desde el mo­men­to de su con­cepción en el seno de la ma­dre[47], por el ni­ño, por el ado­les­cen­te, por el adulto. Esta solicitud es un reflejo de la Pro­vi­dencia divi­na. Y Jesús añade: "¿No sa­bíais que debo ocu­parme de las cosas de mi Padre?" (Lc 2, 49). En el ám­bito de la soli­ci­tud del padre y de la madre se abre en el alma del niño el espacio interior de la vo­ca­ción que procede del mismo Dios: "Debo ocu­parme". ¡Di­choso aquel engen­drar humano que restitu­ye el hombre a Dios: a la Paterni­dad del mismo Dios!»[48].

DÍA 7.° 
JESÚS SOMETIDO A MARÍA Y A JOSÉ[49]
Comenta el Papa Juan Pablo II:

            «Se podría pensar que Jesús, al poseer en sí mismo la plenitud de la divinidad, no tenía necesidad de educadores; pero el miste­rio de la Encarnación nos revela que el Hijo de Dios vino al mundo en una condición hu­mana total­mente semejante a la nuestra (cf Hb 4, 15), requiriendo por ello la acción educati­va de sus padres. Ahora bien, el hecho de que en Jesús no hubiera pe­ca­do exigía siem­pre de ellos una orientación positiva. Y así su misión educa­ti­va se limitó a garanti­zar las condiciones favorables para que pudieran realizar­se los dinamis­mos y los valores esen­ciales del crecimiento ya presentes en el Hijo.

            Jesús en Nazaret se hallaba sometido a José y a María (cf Lc 2, 51): tenía la disposi­ción de recibir y estaba abierto a la obra educativa de su Madre y de José. Los dones singulares con los que Dios les había colmado les hacían particularmente idóneos para de­sempeñar la misión de educadores. En las circuns­tancias concretas de cada día, Jesús podía encontrar en su Madre un modelo para seguir e imitar y un ejemplo de amor perfecto a Dios y a los hermanos[50]. Además podía con­tar con la figura paterna de José, hombre justo (cf Mt 1, 19), que cooperó con su Espo­sa[51] para que la casa de Nazaret fue­ra un ambiente favorable a la maduración personal del Salvador de la humani­dad»[52]. «Cuando Jesús muestre su Corazón manso y humilde, abierto a todos, acogedor y benévolo, lleno de compasión por los infelices, a todos ofrece­rá los frutos de su desarrollo, en los que María y José habrán tenido una parte notable aun­que oculta»[53].

            «María fue, junto con José, quien intro­dujo a Jesús en los ritos y pres­cripciones de Moisés, en la oración al Dios de la alianza mediante el uso de los salmos y en la historia del pueblo de Israel centrada en el éxodo de Egipto. De ella y de José aprendió Jesús a frecuentar la sinagoga y a realizar la pere­grinación anual a Jerusalén con ocasión de la Pascua. Sin embargo, aunque fueron ellos quienes lo introdujeron en la cultura y en las tradiciones del pueblo de Israel, ayudándolo a crecer desde la infancia hasta la edad adul­ta "en sabiduría, en estatura y en gracia" (Lc 2, 52) y a formarse para su misión, será él quien revele, desde el episodio de su encuen­tro en el templo (cf Lc 2, 49)[54], su plena con­cien­cia de ser el Hijo de Dios enviado a irra­diar la verdad en el mundo, siguiendo exclu­sivamente la voluntad del Padre. De "ma­estros" de su Hijo, se convirtieron así en humildes discípulos del divino Maestro»[55].

DÍA 8.° 
HACEDLO TODO COMO PARA EL SEÑOR 
Comenta el Papa Juan Pablo II:

            «"Lo que hacéis, hacedlo de corazón, como para el Señor... Servid a Cristo Señor" (Col 3, 23s). ¿Cómo no ver en estas palabras de san Pablo el programa y la sínte­sis de toda la existencia de san José? José, "hombre justo", pasó gran parte de su vida trabajando junto al banco de carpin­tero. Una existencia aparentemente igual a la de mu­chos otros de su tiempo; y sin em­bargo, tan singu­lar y digna de admira­ción, que llevó a la Iglesia a propo­nerla como mo­delo ejemplar para todos los trabaja­dores del mundo.

            ¿Cuál es la razón de esta distinción? Está en la orientación a Cristo, que sostuvo toda la fatiga de san José. La presencia en la casa de Nazaret del Verbo encarnado, Hijo de Dios e Hijo de su esposa María, ofrecía a José el coti­diano porqué de volver a inclinar­se sobre el banco de trabajo, a fin de sacar de su fatiga el sustento necesario para la familia. Realmente "todo lo que hizo" José lo hizo "para el Señor"»[56]. «Servir a Cristo fue toda su vi­da, ser­virlo en la humildad más profunda, en la de­dicación más completa, ser­virle con amor y por amor»[57].

            «Todos los tra­bajadores están invitados a mirar el ejemplo de este "hombre justo". La experiencia singu­lar de san José se refleja de algún modo en la vida de cada uno de ellos. En efecto, por muy diverso que sea el traba­jo, su actividad tiende siempre a satis­facer alguna necesidad humana; está orienta­da a servir al hombre. Y el creyen­te sabe que Cristo ha querido ocultarse en todo ser huma­no, afirman­do que "todo lo que se hace por un hermano, incluso pequeño, es como si se le hiciese a él mismo" (cf Mt 25, 40). Así pues, en todo trabajo es posi­ble "ser­vir a Cristo", cumpliendo la recomendación de san Pablo e imitando el ejemplo de san José, custodio y servidor del Hijo de Dios. Todos los trabajado­res deben tomar, pues, reno­vada con­ciencia de la digni­dad que les es propia: con su fatiga sirven a los her­ma­nos, sirven al hombre, y en el hombre sir­ven a Cristo. Que san José les ayude a ver el tra­bajo en esta perspectiva para valorar toda su nobleza.

            Y al hablar de san José y de la casa de Na­zaret, el pensamiento se dirige a aquella que en esa casa fue durante años la Esposa afec­tuosa y Madre tiernísima, ejemplo incom­para­ble de serena fortaleza y confiado aban­dono. Que la Virgen Santa entre, pues, tam­bién en nuestras casas, obte­niendo con la fuerza de su intercesión mater­na que cada familia cris­tiana pueda llegar a ser una "pe­queña Iglesia" en la que se refleje y revi­va el mis­terio de la Iglesia de Cristo»[58].

DÍA 9.° 
LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET 
Comenta el Papa Juan Pablo II:

            «La fiesta de la Sagrada Familia nos lleva con el pensa­miento a la casa de Jesús, de su madre y de su padre putativo. La liturgia nos hace recorrer una línea no sólo geográfica, sino también espiritual, que va desde Belén -lugar del nacimiento del Niño- y desde Egipto -lugar del refugio de la primera persecución- hasta Nazaret en Galilea, patria de María. Allí se establece esa familia de artesanos compuesta por José, carpintero, María, ama de casa, y Jesús, que permanecerá con el sobrenombre de "hijo del carpinte­ro" (cf Mt 13, 55; Mc 6, 3)»[59]. «Fue en Nazaret donde Cristo, viviendo bajo la mirada amoro­sa de la Virgen Santísima y de San José, valoró y santificó la familia»[60].

            «Allí María y José viven su vida de fe, correspondiendo a una vocación sublime que vincula su existen­cia al misterio de Dios pre­sente en ese Hijo suyo, que es el mismo Verbo de Dios encarnado. Dedicándo­se a él encuen­tran la moti­vación diaria para una solidari­dad entre ellos que ninguna dificultad logra res­que­brajar. De la fe en aquel que saben que ha veni­do "a salvar a su pueblo" (cf Mt 1, 21), sacan el estímulo para abrirse a una solidari­dad inagota­ble hacia los demás. Así realizan "su peregrinación en la fe", de la que los relatos de la infancia de Jesús nos hacen ver sólo "el punto de partida"»[61]. «El Hijo de Dios, hecho un niño como todos los nacidos de mujer, recibía continua­mente los cuidados de la Madre. María, que siempre había permane­cido virgen, consa­graba diaria­mente su vida a la sublime misión de la materni­dad. Y José, desig­nado para proteger el misterio de la filiación divina de Jesús y de la materni­dad virginal de María, cumplía su papel de forma cons­ciente, en silencio y en obediencia a la voluntad divina»[62].

            «El mensaje que aporta la Sagrada Familia es, ante todo, un mensaje de fe: la casa de Nazaret es una casa en la que Dios es verdaderamente el centro. Para María y José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios que se les confió, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad. María y José enseñan con su vida que el matri­monio es una alianza entre el hombre y la mujer, una alianza que los comprome­te a la fidelidad recíproca y que se apoya en la confianza común en Dios. La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos. Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia»[63].

APÉNDICE 
EJERCICIO DE LOS SIETE 
DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ

1. Salutación (Del Papa Pío IX)

             «Con razón la Iglesia católi­ca honra con el culto más excelso y venera con el más profundo sentimien­to de amor al glorio­so pa­triarca san José, corona­do ahora de honor y de glo­ria en el cielo, a quien Dios todo­pode­roso, con prefe­ren­cia a todos los demás santos, escogió para ser en la tierra purísimo y verdadero espo­so de la Inmacu­lada Vir­gen María y padre virgi­nal de su Hijo Unigé­ni­to, y a quien enri­queció y colmó de gracias ente­ra­mente singu­lares, ha­bilitán­dolo así para desempe­ñar con la ma­yor fideli­dad tan excelsos ministe­rios»[64].

2. Dolor y gozo en verso (recitar lentamente)

            Día 1.° Primer dolor y gozo: Ves, José, con gran sorpre­sa, / que tu Esposa concibió; / y, apena­do, ya decides / inmolar tu fiel amor. / Y qué gozo que, del ángel, / sabes que ella es del Señor / la elegida Ma­dre Santa, / y servirles es tu honor. / Oh de amor servicio cuánto, / que a José lo encum­bra tanto.

            Día 2.° Segundo dolor y gozo: Qué dolor de no encon­trarle / a María dónde dar / luz al Hijo, al que cobija / en su seno y en su amar. / Y qué gozo, aunque en es­tablo, / al Dios Niño contemplar / y tomarle de las manos / de esa Madre sin igual. / La exterior y vil pobreza / tórnase en sin par riqueza.

            Día 3.° Tercer dolor y gozo: Qué dolor de que derrame / ya tan presto el Niño Dios / sangre, al ser circuncidado, / y qué gozo resonó: / es «Je­sús» su nombre santo, / su persona y su misión; / todo el Padre en él ha dado: / él es nuestra salva­ción. / Exclusivo es de este Nombre / que se salve en él todo hombre.

            Día 4.° Cuarto dolor y gozo: Simeón por Luz lo anuncia, / no sin gran contra­dic­ción; / y es espa­da que atraviesa / de María el Corazón. / Oh José, tú sufres de ello; / pero es gran consolación, / que con tantas penas logren / nuestra eterna salva­ción. / Ya la cruz bien se divisa, / que es de amor aquesta prisa.

            Día 5.° Quinto dolor y gozo: Con María tú compartes / el dolor del escapar / al Egipto y que a Dios Hijo / busque Herodes lo matar. / Y también con ella gozas / del amor que el Padre da / a quien, fiel y gene­roso, / colabo­ra con su plan. / Pues gustasteis del exilio, / en el nuestro es vuestro auxilio.

            Día 6.° Sexto dolor y gozo: Al vol­ver de Egip­to sabes / que Arquelao es de temer; / con Ma­ría y con su Niño / partes presto a Naza­ret. / Oh José, y qué gran gozo / -lo que Dios de ti querer- / de vivir para esa Madre / y ese Hijo, Flor de Edén. / Y si así, fiel, fue tu vida, / fiel por ellos me desvi­va.

            Día 7.° Séptimo dolor y gozo: Con la Madre tú convives / su apenarse, buen José, / pues Jesús quedó en el templo / sin deciros el porqué. / Y con ella luego gozas / la alegría de tener / muy al lado al que es la Vida, / don del Padre, nuestro Bien. / Cristo, así, pues, te busquemos, / cual Bien sumo te anhelemos.

3. Conclusión

            V/ Lo nombró administrador de su casa.

            R/ Y señor de todas sus posesiones.

             Padrenuestro. Avemaría. Gloria.

             Oración. Oh Dios, que concediste al es­poso de la Madre de tu Hi­jo concluir su vida terrena en presencia de Jesús y de María; con­cé­de­nos, por su interce­sión, una muerte seme­jante a la suya: en el amor y en los bra­zos de la Madre y del Hijo. Por Jesucristo...



           [1]. Designación oficial de la fiesta del 19 de marzo: S. Ioseph, Sponsi Beatae Mariae Virginis.

            [2]. Nuestra gratitud a Rafael Matesanz Martín por la parte que ha tenido en la elaboración de las antífonas de entrada.

            [3]. Cf Juan Pablo II, En el Cottolengo 13-4-1980: «Ante Cristo, que "no buscó su propia compla­cencia" (Rm 15, 3), sino que "se entregó por nuestros pecados" (Ga 1, 4), el cristiano aprende a "no buscar su propio interés, sino el interés de los demás" (Flp 2, 4), a apartar la mirada de sí para dirigirla a los demás, llegando, quizá por primera vez, a tomar plena conciencia de la existen­cia del otro, con sus problemas, sus necesidades, su soledad...

            Esta actitud de pobreza radical, de total separación de sí y de las cosas propias, es la que hace posible la apertura sin reservas a las interpelaciones de la gracia de Dios y de la miseria humana... El que se ha separado de todo, ha renunciado incluso a hacer cálculos sobre lo que tiene o no tiene cuando se trata de salir al encuentro de las necesidades del prójimo. Es plenamente libre, porque es totalmente pobre».

            [4]. Mt 25, 21: «Serve bone et fidelis... intra in gaudium domini tui» (Neo-Vulgata).

            [5]. Cf Juan Pablo II, Audien­cia general 19-3-1980: «"José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de los pecados" (Mt 1, 20-21)... Dios confía a José el misterio cuyo cumplimiento habían esperado desde hacía muchas generaciones la estirpe de David y toda la "casa de Israel" -la encarnación del Verbo eterno en el seno de la Virgen María (Carta A Concilio Constantinopolitano I 25-3-1981 III,8)-; y le confía al mismo tiempo todo aquello de lo que depende la realiza­ción/ejecu­ción de dicho misterio en la historia del pueblo de Dios -que la Virgen María, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, siga dando a luz a Cristo en cada generación (Al final de la Misa en Acra 8-5-1980)-. Desde el momento en que estas palabras llegaron a su conciencia, José se convierte en el hombre de la elección divina, el hombre de una particular confianza. Se define su puesto en la historia de la salvación... "Al despertar José de su sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado" (Mt 1, 24). En estas pocas palabras está todo. Toda la decisión de la vida de José y la plena característica de su santidad».

            Homilía 19-3-1988: «José es el hombre al cual se le confió de modo especial y excepcional "el gran misterio" de Dios mismo: el misterio de la Encarnación».

            Audiencia general 10-7-1996: «A José se le comunica la generación virginal de Jesús en un segundo momento: no se trata para él de una invita­ción a dar su consenti­miento previo a la concepción del Hijo de María -fruto de la inter­ven­ción sobrenatural del Espíritu Santo y de la cooperación exclusiva de la Madre-, sino sólo de aceptar libre­mente su papel de esposo de la Virgen y su misión paterna respecto del Niño».

            [6]. Cf León XIII, Encíclica Quam­quam pluries 15-8-1889: «Si Dios concedió a la Virgen a José como esposo, se lo dio en verdad no sólo como compañero de la vida, testigo de la virginidad y defensor del honor, sino también como partícipe de su excelsa dignidad en virtud de la misma alianza matrimonial».

            San José participa en lo que constitu­ye la excelsa dignidad de María: su maternidad del Cristo total. Participa, pues, de María -"virginal" y "paternal­men­te"- en la gracia y solicitud por la Cabeza y por los miembros. Y así, como estuvo «plenamente entregado a Jesús y a Ma­ría» (Pablo VI, Ángelus 19-3-1975), «se alberga todavía y se albergará siempre en su corazón, ahora dichoso con incon­mensurable sabidu­ría y poder..., una singular y preciosa simpatía por toda la humani­dad» (Pa­blo VI, Homilía 19-3-1969). Y, pues «por José somos conducidos directamente a María y, mediante María, a la fuente de toda santidad, Jesús» (Benedicto XV), «la Virgen hará suya la inter­vención de él en la comunión de los San­tos» (Pablo VI, Ángelus 19-3-1975).

            [7]. Cf Pablo VI, Homilía 19-3-1966: «Éste es el secreto de la grandeza de San José, que tan bien rima con su humildad: haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio en holocausto del misterio de la Encarnación y de la misión redentora que le está unida; haber usado de la autoridad legal que le pertene­cía sobre la Sa­grada Familia, para transformarla en total don de sí mismo, de su vida y de su tra­bajo; haber convertido su humana vocación al amor domés­tico en sobrehumana oblación de sí mismo, de su corazón y de todo su ser, en el amor puesto al servicio del Mesías, engendrado en su casa, hijo suyo nominal e hijo de David, aunque en realidad Hijo de María e Hijo de Dios.

            Si jamás a alguno pudo convenir esta enseña evangélica, que es la gloria de María, la profetisa de "Magníficat", que es la del Pre­cursor, que es, se puede decir, de todo santo: "servir por amor", ése fue San José, que se nos aparece revestido de ella, como del perfil que lo define, como del esplendor que lo glorifica: servir a Cristo fue toda su vida, servirlo en la humildad más profun­da, en la dedicación más completa, servirle con amor y por amor».

            [8]. Oración colecta. 19 de marzo, solemnidad de san José.

            [9]. Cf Juan Pablo II, Audiencia general, 21 de agosto de 1996: «Los cristianos han reconocido siempre en José a aquel que vivió una comunión íntima con María y Jesús, deduciendo que también en la muerte gozó de su presencia consoladora y afectuosa».

            [10]. La música nos parece muy bella. Quien no la sepa, procure se la enseñen.

            Cf Pío IX, Inclytum Patriarcham 7-7-1871: «Con razón la Iglesia católica honra con el culto más excelso y venera con el más profundo sentimiento de amor al glorioso patriarca san José, coronado ahora de honor y de gloria en el cielo, al que Dios todopoderoso, con preferencia a todos los demás santos, escogió para ser en la tierra el purísimo y verdadero esposo de la Inmaculada Virgen María y padre putativo de su Hijo Unigénito, y a quien enriqueció y colmó de gracias enteramente singulares, habilitándolo así para desempeñar con la mayor fidelidad tan excelsos ministerios».

            Pablo VI, Homilía 19-3-1966: «Éste es el secreto de la grandeza de San José, que tan bien rima con su humildad: haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio en holocausto del misterio de la Encarnación y de la misión redentora que le está unida; haber usado de la autoridad legal que le pertene­cía sobre la Sa­grada Familia, para transformarla en total don de sí mismo, de su vida y de su tra­bajo; haber convertido su humana vocación al amor domés­tico en sobrehumana oblación de sí mismo, de su corazón y de todo su ser, en el amor puesto al servicio del Mesías, engendrado en su casa, hijo suyo nominal e hijo de David, aunque en realidad Hijo de María e Hijo de Dios.

            Si jamás a alguno pudo convenir esta enseña evangélica, que es la gloria de María, la profetisa de "Magníficat", que es la del Pre­cursor, que es, se puede decir, de todo santo: "servir por amor", ése fue San José, que se nos aparece revestido de ella, como del perfil que lo define, como del esplendor que lo glorifica: servir a Cristo fue toda su vida, servirlo en la humildad más profun­da, en la dedicación más completa, servirle con amor y por amor».

            [11]. Si Gabriel anuncia a Zacarías el nacimiento del precursor de Cristo (cf Lc 1, 19), y a María el nacimiento del mismo Cristo (cf Lc 1, 26), es de suponer que haya sido también Gabriel quien se lo anuncia a José. Si san Lucas lo hubiera referido, no parece hubiera omitido el nombre del ángel; pero a san Mateo le bastó decir que fue «un ángel del Señor» (Mt 1, 20).

            Juan Pablo II: Audiencia general 14-1-1987: «Por tradición eran siempre los padres quienes ponían el nombre a sus hijos. Sin embargo, en el caso de Jesús, Hijo de María, el nombre fue escogido y asignado desde lo alto, ya antes de su nacimiento, según la indicación del ángel a María en la Anunciación (Lc 1, 31) y a José en sueños (Mt 1, 21)».

            Homilía 19-3-1988: «Conocemos bien el texto de la Anuncia­ción de María en el Evangelio de Lucas. Allí se dice que la Virgen de Nazaret se turbó; aquí (en el Evangelio de Mateo) se habla de que se turbó José. Allí María manifiesta su emoción ante el mensa­jero celeste. Aquí el ángel, en cierto sentido, prevé la pregunta de José y responde a su inquie­tud. Allí María responde: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 58); aquí José "hizo lo que le había mandado el ángel del Señor" (cf Mt 1, 24)... No hay ninguna "diferencia" en lo sustancial del mensaje. No hay disparidad entre lo que María primero y José después oyen de boca del mensajero: Es el anuncio de que el Hijo de Dios se hará hombre al nacer de la Virgen».

            Citamos algunas de las liras que Carmen Teresa del Niño Jesús de Praga (22-8-1898 / 6-4-1978), carmelita descalza que fue de Plasen­cia, dedica en sus Poesías (pp. 164-165) al arcángel san Gabriel:

            5ª Se mostró a Zacarías, / del Altar del Incienso a la derecha, / y le dijo que Elías, / cuando él no lo sospecha, / vendrá en el Precursor, de su cosecha.

            6ª Y más tarde a María, / la Virgen que es más pura que azucena: / ¡Alé­grate -decía-, / de gracia toda llena, / el Señor es contigo; no hayas pena!

            8ª También se le aparece / en sueños a José, a quien decía / que el Hijo que le ofrece / en su esposa María, / del Espíritu Santo provenía.

            [12]. Cf Juan Pablo II, Audiencia general 19-3-1980: «Dios confía a José el misterio cuyo cumpli­miento habían esperado desde hacía muchas genera­ciones la estirpe de David y toda la casa de Israel -esto es, "la encar­nación del Verbo eterno en el seno de la Virgen María" (Carta A Concilio Constantinopolitano I 25-3-1981 III, 8)-, y le confía, al mismo tiempo, todo aquello de lo que depende la realización de dicho misterio en la historia del Pueblo de Dios», es decir, que la Virgen María, «cubierta con la sombra del Espíritu Santo, siga dando a luz a Cristo en cada generación» (cf Al final de la Misa en Acra 8-5-1980).

            [13]. Cf Pablo VI, Homilía 19-3-1975; Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1982; Carta Apostólica 6-8-1985, con motivo del Cuarto Simposio Internacio­nal de estudios josefológicos; Ángelus 19-3-1986; Homilía 19-3-1986; Homilía 19-3-1987; Homilía 19-3-1988; Homilía 31-12-1988; Discurso de bienvenida en Magliano Sabina 19-3-1993; Ángelus 29-12-1993.

            [14]. Cf Juan Pablo II, Homilía 19-3-1988; Ángelus 27-12-1987, 31-12-1989 y 29-12-1996.

            [15]. «Joven». Con esta palabra sintetizamos el siguiente párrafo del Papa: «La dificultad de acercar­se al misterio sublime de la comunión esponsal de María y José ha inducido a algunos, ya desde el siglo II, a atribuir a José una edad avanzada y a considerarlo el custodio de María, más que su esposo. Es el caso de suponer, en cambio, que no fuese entonces un hombre anciano, sino que su perfección interior, fruto de la gracia, lo llevase a vivir con afecto virginal la relación esponsal con María».

            Nunca un esposo fue tan semejante a su esposa como José lo era a María. Semejante en dones de naturaleza y de gracia; y también, cómo no, en edad, estatura y apariencia externa. Si ella era «la joven de Nazaret» (Audiencia general 13-9-1995; cf Is 7, 14; Mt 1, 22s), José no podía menos de ser joven. Y si Jesús era extremada­mente parecido a María, ya que su carne procedía toda de ella, también hubo de ser -¡milagro de la gracia!- parecidísimo a José. En suma, cuanto más José se parecía a María, tanto más se parecía a Jesús.

            «Humilde y sencillo». Cf Audiencia general 19-3-1980: «Desde el momento en que esas palabras llegaron a su conciencia, José se convierte en el hombre de la elección divina: el hombre de una particular confianza. Se define así su puesto en la historia de la salvación. José entra en este puesto con la sencillez y humildad en las que se manifiesta la profundidad espiritual del hombre».

            [16]. Audiencia general 21-8-1996.

            [17]. Audiencia general 24-3-1982.

            [18]. Cf Radiomensaje para la celebración del 1.600 aniversario del Conci­lio Constantinopolitano I y 1.550 aniversario del Concilio de Éfeso 7-6-1981: «La obra del Espíritu Santo, la obra más perfecta en la historia de la creación y de la salvación, está constituida simultáneamente por el hecho de que el Hijo de Dios, de la misma naturaleza del Padre eterno, se ha hecho hombre, y que María de Nazaret, la esclava del Señor, de la estirpe de David, ha llegado a ser la verdadera Madre de Dios: Theotókos».

            [19]. Cf Juan Pablo II, Alocución a los delegados de Cáritas Internacional 30-5-1983: «María acude a compartir con su prima Isabel la alegría de la Buena Nueva del Salvador y a ofrecer sus servicios».

            La afirmación del Papa, «ella no se lo podía transmitir», indica, pues, que, si el Espíritu Santo no la inspiraba comunicarlo, no podía menos de callar.

            [20]. Cf Juan Pablo II, Ángelus 5-1-1997: «Hoy deseo detenerme en un título que se da a Jesús más de una vez en los evangelios. Se le llama "hijo de David". El evangelio de Mateo comienza precisamente con estas pala­bras: "Genealogía de Jesucristo, hijo de David" (Mt 1, 1).

            Podríamos decir que es un título de familia. A través de José, su padre putati­vo, Jesús se vincula a toda la cadena humana que de hijo a padre llega hasta el rey David. Esta relación genealógica subraya el carácter concreto de la encarnación: el Verbo eterno de Dios, al hacerse hombre, entró con pleno título en la familia humana, insertándose en una tradición familiar particular. También en esto quiso ser uno de nosotros, experimentando ese vínculo singular que, uniendo a las generaciones, permite a cada persona sentirse arraigada no sólo en el tiempo y en el espacio, sino también en un entramado benéfico de recuer­dos y de afectos.

            Pero, además de este significado antropológico, el título de "hijo de David" reviste también un sentido específico que arroja luz sobre el designio de Dios. En efecto, nos recuerda que el evento cristiano es la cumbre de una historia de salvación que Dios actúa progresivamente desde el Antiguo Testa­mento, ofreciendo al pueblo judío una "alianza" especial y haciéndolo portador de promesas salvíficas que, en Jesús de Nazaret, se realizarían para toda la humanidad.

            Así, cuando los contemporáneos lo llaman "hijo de David", reconocen que en él se cumplen las promesas antiguas y proclaman la realización definiti­va de la esperanza mesiánica. Todo hombre puede tener ya esta esperanza, hacien­do suyo el grito que en el evangelio dirige el ciego Bartimeo: "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10, 47). Invocando al "hijo de David", la humanidad puede reencontrar la luz de los ojos del corazón.

            María, la humilde joven de Nazaret, que al engendrar al Hijo de Dios lo introdujo en la genealogía davídica y en la entera familia humana, nos ayude a comprender cada vez mejor nuestra inserción en esta historia de salvación. Dejemos que ella nos guíe a la intimidad de la Sagrada Familia, donde se halla el germen de la humanidad nueva. Que al comienzo de este nuevo año, la Virgen santa bendiga a todas las familias del mundo, para que reconozcan en Jesús a su auténtico Salvador».

            [21]. El Papa añade: «Queridos hermanos: Dios comparte, en cierto modo, su paternidad con cada uno de vosotros. No del modo misterioso y sobre­natural con que lo hizo con José de Nazaret. Y sin embargo, toda paterni­dad en la tierra, toda paterni­dad humana, toma su origen de Dios y en él encuen­tra su modelo».

            [22]. Homilía 19-3-1981.

            [23]. El Papa añade: «Así pues, la fe de san José debía manifestarse ante el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Precisamente entonces José de Nazaret pasó por la gran prueba de su fe, como había pasado Abrahán».

            [24]. Homilía 19-3-1982; Cf Homilía para los enfermos 11-2-1981: «La fe permitió a María asomarse sin temor al abismo inexplorado del designio salvífico de Dios: no resultaba fácil creer que Dios pudiera "hacerse carne" y venir a "habitar entre nosotros" (cf Jn 1, 14), es decir, que quisiese ocultarse en la insignificancia de nuestra vida ordinaria, vistiéndose de nuestra fragilidad, sometida a tantos y tan humillantes condicionamientos. María se atrevió a creer en ese proyecto "imposible", se fio del Omnipotente y se convirtió en la princi­pal cooperadora de esa admirable iniciativa divina»; Ángelus 3-7-1983: «Aun siendo llamada a creer lo increíble, María exclama: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38)».

            [25]. Homilía 19-3-1988.

            [26]. Cf Benedicto XV, Motu proprio Bonum sane, 25-6-1920: «De José vamos derechamente a María, y mediante María a la fuente de toda santi­dad, Jesús, namque ab Ioseph ad Mariam recte deducimur, per Mariam autem ad omnis sanctitatis fontem, Iesum».

            Pablo VI, Ángelus 19-3-1975: «San José, que fue pobre y humilde, hombre de fe y de sacrificio, plenamente entregado a Jesús y a María, es ciertamente, un interce­sor eficaz y capaz de escucharnos y de ser escuchado por Cristo... Amémosle mucho y procuremos que él nos ame... La Virgen -pensamos- se sentirá feliz por ello, y hará suya la intervención de él en la comunión de los Santos».

            [27]. Homilía 19-3-1982.

            [28]. Homilía 24-3-1985.

            [29]. Homilía 19-3-1988.

            [30]. Homilía 24-3-1985. «José, hombre justo, esposo castísimo de María, pro­cla­ma la gracia extraordina­ria que Dios le otorgó..., la gracia de la alian­za en la paterni­dad..., la fidelidad de Dios a esta alianza». Hacerle Dios Uno y Trino a José "padre" de Jesús, era comprometerse a hacerle el don día tras día, no sin súplica constante por parte de él, de un amor paternal, siempre creciente, digno de tal Hijo. A María la primera, a José el segundo, y al resto de los santos después, se pueden aplicar, a cada cual en su medida, los siguientes versos de Carmen Teresa del Niño Jesús de Praga (22-8-1898 - 6-4-1978), carmelita descalza que fue de Plasencia: «Jesús, adorado Esposo, / único amor de mi alma (...), compadécete de mí, / que de tu amor fascinada / sufro el martirio más cruel / que traspasa mis entrañas, / por no amarte cual mereces, / dueño adorado del alma» (Poesías, Añoranza del cielo, pp. 109. 111).

            [31]. Homilía 1-1-1987.

            [32]. Homilía en Pentecostés 22-5-1988.

            [33]. Cf Audiencia general 23-5-1990: «Es difícil explicar el origen de la página de san Lucas sobre la Anunciación (cf Lc 1, 26-38) sin pensar en una narración de María, la única que podía dar a conocer lo que había acontecido en ella en el momento de la concepción de Jesús».

            [34]. Carta enc. Redemptoris Mater, 25-3-1987, 13.

            [35]. Ib., 14.

            [36]. Cf Al Congreso Eucarístico Nacional de Ecuador 13-11-1988: «En el Pan bajado del cielo adoramos al Hijo de Dios, "nacido de mujer" (Ga 4, 4), nacido de María, quien por obra del Espíritu Santo concibió en su seno y dio a luz un Hijo a quien puso por nombre Jesús (cf Lc 1, 31-35)».

            Mensaje Urbi et Orbi de Navidad 25-12-1999: «"Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado" (Is 9, 5)... Estas palabras proféticas se ven realizadas en la narración del evangelista Lucas, que describe el "aconteci­miento" lleno cada vez más de nueva admiración y esperanza. En la noche de Belén, María dio a luz un Niño, al que puso por nombre Jesús».

            Benedicto XVI, Homilía 1-1-2007: «La liturgia medita hoy en el Verbo hecho hombre, y repite que nació de la Virgen. Reflexiona sobre la circuncisión de Jesús como rito de agregación a la comunidad, y contempla a Dios que dio a su Hijo unigénito como cabeza del "pueblo nuevo" por medio de María. Recuerda el nombre que dio al Mesías, y lo escucha pronunciado con tierna dulzura por su Madre. Invoca para el mundo la paz, la paz de Cristo, y lo hace a través de María, mediadora y cooperadora de Cristo (cf Lumen gentium, 60‑61)».

            [37]. Homilía 1-1-1987.

            [38]. Audiencia general 14-1-1987: «Por tra­di­ción eran siempre los padres quienes ponían el nombre a sus hijos. Sin embar­go, en el caso de Jesús Hijo de María el nombre fue escogido y asignado desde lo alto ya antes de su nacimiento, según la indicación del ángel a María en la Anuncia­ción (Lc 1, 31) y a José en sueños (Mt 1, 21)».

            [39]. Exhort. Ap. Redemptoris Custos, 15-8-1989, 7. 20: «La paternidad de José -una relación que lo sitúa lo más cerca posible de Jesús, término de toda elección y predestinación (cf Rm 8, 28-29)- pasa a través del matrimonio con María (...). Es precisamente del matrimonio con María del que derivan para José su singular dignidad y sus derechos sobre Jesús».

            [40]. Homilía 18-3-1991.

            [41]. Redemptoris Custos, 12.

            [42]. Homilía 31-12-1988.

            [43]. Ángelus 19-3-1986.

            [44]. Cf Mensaje Navideño 25-12-1988: «¡Qué hermosa es la Navidad!... Este en­canto es la revelación del misterio del recién nacido, la revelación de la verdad, del bien y de la belle­za que subsisten en él y que, más bien, son él mismo. El encanto del nacimiento de Cristo atra­viesa todas las generaciones; se manifiesta a los hombres y a los pueblos: por doquier se quedan arrobados sus ojos ilumina­dos por la fe...

            Los ojos iluminados por la fe descu­bren el encanto del Misterio de Dios bajo la aparien­cia de la pobreza y del abandono. ¡Cuánta be­lleza han visto los ojos de María aquella no­che! No hay modo de expresar­la. Y la mirada de José seguía la de su esposa. Así toda la pobre­za exterior se transformaba en sus corazones en la más grande riqueza, a la cual nada puede compararse. Verdade­ramente sólo de este modo podía nacer Cristo. Sólo así podía habitar entre los hombres el Emmanuel, "el Mensaje­ro que trae buenas nuevas" (Is 52, 7).

            El encanto de la Navidad se extiende por todos los caminos por donde pasará él, el Santo de Dios. El Hijo, que es resplandor de la gloria del Padre e impronta de su sustancia (cf Hb 1, 3). Él pasa­rá haciendo el bien a todos (cf Hc 10, 38). Dios dirigirá, en él y por él, su palabra definitiva a la humanidad».

            [45]. Homilía 19-3-1986.

            [46]. Ángelus 31-7-1983.

            [47]. Cf Juan Pablo II, Ángelus 19-12-1993: «"Conce­birás en el seno, conci­pies in utero, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús" (Lc 1, 31)... La concepción del Hijo de Dios en el seno de la Virgen es, ciertamente, un acontecimiento único e irrepetible; pero, indirecta­mente, arroja luz también sobre la dignidad del hombre, de todo ser humano, desde el momento de su concepción en el seno materno...

            La evidente proyección del embrión hacia su futuro impide que se le trate como pura materia biológica, ya que, en el plan divino sobre el hombre, la precisa "individualidad" biológica, acogida en el seno materno, es acogida también por el amor omnipotente de Dios, que interviene para dotarla de un alma inmortal... De ahí se sigue que al ser humano, incluso al más frágil, protegido a la vez por el calor del seno materno y por el amor creador de Dios, se le debe brindar el respeto debido a toda persona humana».

            Así pues, Dios es «creador en cada hombre del alma espiritual e inmortal» (Pablo VI, Credo del pueblo de Dios 30-6-1968 n. 8), no cuando el óvulo de una mujer es fecundado por el espermatozoide de un hombre, sino cuando el embrión humano o «"individualidad" biológica» resultante de la fecundación, anidando -implantándose- en el tapizado del útero (cf ABC, El médico responde 775) o, rarísimamente, en otro lugar del cuerpo de la mujer (cf Ib. 601: embara­zo "ectópico"), comienza a recibir su nutrición de la madre, lo cual es ser «acogida en el seno materno, protegida por el calor del seno materno».

            Como en Cristo no hubo fecundación, sino sólo concepción -y nuestro misterio se esclarece a la luz del suyo (cf Gaudium et spes 22)-, se comprende que la Iglesia haya deducido que nuestro ser personal comienza en la concep­ción, no en la fecundación. «La persona humana -afirma el Catecismo de la Iglesia Católica- desde su concepción está destinada a la bienaventuranza eterna» (n. 1703). La inmaculada concepción es lo primero que celebramos de María. El mismo Catecismo (nn. 2273-2275), no sólo en su promulgación definitiva (15-8-1997), sino también en la provisional (11-10-1992), al citar la instrucción Vitae donum (22-2-1987), donde todavía latía la hipótesis de que el momento de la creación del alma coincidiera con el de la fecundación, no le cita nada que no esté de acuerdo con lo expresado por Juan Pablo II en el Ángelus aludido.

            Apuntamos algunas conclusiones que parece pueden deducirse de lo dicho:

            1.ª Cada uno de nosotros tiene lo que pudiéramos llamar una "prehisto­ria" -una "individualidad" biológica- y una "historia", es decir, desde el momento de la concepción, en que, por la acogida en el seno materno y la consiguiente acogida del amor omnipotente de Dios -que intervino para dotarla de un alma inmortal-, se pasó de "individualidad" biológica a persona humana. De la "historia" se deduce el respeto debido a la "prehistoria".

            2.ª A toda "historia" le es debida una "prehistoria" digna: «El matrimonio no confiere a los cónyuges el derecho a tener un hijo, sino solamente el derecho a realizar los actos naturales que de suyo se ordenan a la procreación. Un verdadero y propio derecho al hijo sería contrario a su dignidad y a su naturaleza» (Vitae donum II, 8b). «La generación de un hijo ha de ser el fruto de la donación recíproca realizada en el acto conyugal, en el que los esposos cooperan como servidores, y no como dueños, en la obra del Amor Creador» (Ib. II, 4c). «El acto de amor conyugal es... el único lugar digno de la procrea­ción humana» (Ib. II, 5f).

            3.ª Toda "prehistoria" indigna de preceder a una "historia", es decir, todos los embriones humanos -"individualidades" biológicas- obtenidos artificial­mente nos parece que deben destruirse cuanto antes. Se evita así eficazmente la posibilidad de que lleguen a ser "historias", es decir, personas humanas, con "prehistoria" indigna y, quizás, manipulada. Obviamente, no son menos dignas las personas con "prehistoria" indigna de ellas.

            4.ª Cuando una mujer "presta" su útero a la implantación y desarrollo de un óvulo de otra mujer fecundado in vitro, ¿de quién es más hijo el que va a nacer, de aquella de la que era el óvulo, y cuyo parecido en cierta medida heredará, o de aquella en la que fue creada el alma y, por lo mismo, constituida la persona?

            [48]. Homilía 19-3-1986.

            [49]. La alocución de Juan Pablo II, de la que se extrae la presente lectura, fue pronunciada en el contexto de una cateque­sis sistemática sobre María, en la que el Papa hizo sólo algunas alusiones a José. Unos contenidos se los atribuye a la Virgen, otros a ella y a José. No vemos inconveniente en que, tanto los unos como los otros, se atribuyan a ambos. Y así, los párrafos -de punto a punto- en que hacemos tal atribución, los iniciamos, para que se sepa, con frase en cursiva.

            He aquí un texto que nos confir­maría en buena medida: «José, en la casa de Nazaret, ofreció al Niño que crecía a su lado el apoyo de su equilibrio viril, de su clarividencia, de su valentía, de las dotes propias de todo buen padre, sacándo­las de esa fuente suprema "de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra" (Ef 3, 15) (...). José y su Esposa castísima, la Virgen María, no abdicaron de la autoridad que les competía como padres. El Evangelio dice significativamente de Jesús que "les estaba sometido" (Lc 2, 51). Era una sumisión "construc­ti­va" aquella de la que fueron testigos las paredes de la casa de Nazaret, ya que dice también el Evangelio que, gracias a ella, el Niño "crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2, 52). En este crecimiento humano José guiaba y sostenía al Niño Jesús, intro­duciéndolo en el conocimiento de las costumbres religiosas y civiles del pueblo judío» (Juan Pablo II, Homilía 19-3-1983).

            [50]. Cf Exhort. Ap. Catechesi tradendae, 16-10-1979, 73: «En su regazo, y luego escu­chán­do­la a lo largo de la vida oculta en Nazaret, este Hijo, que era el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, ha sido formado por ella en el conoci­miento humano de las Escrituras y de la historia del designio de Dios sobre su pueblo en la adoración al Padre. Por otra parte, ella ha sido la primera de sus discípulos».

            Audiencia general 4-1-1984: «Tras la concepción extraordinaria por obra del Espíritu Santo, María, con su maternidad, permite al Hijo de Dios tener un desarrollo humano y una inserción normal en la sociedad de los hombres... Siempre sentimos el asombro de que una mujer haya podido dar al mundo al que es Dios, que haya recibido la misión de amamantarlo como cada madre ama­manta a su hijo, que haya preparado al Salvador, con la educación materna, para su futura actividad. María ha sido plenamente Madre y, por ello, ha sido también una admirable Educadora. El hecho, confirmado por el Evange­lio, de que Jesús, en su infancia, les estaba sometido (cf Lc 2, 51), indica que su presen­cia materna influyó profundamente en el desarrollo humano del Hijo de Dios. Es éste uno de los aspectos más impresionantes del misterio de la Encar­nación».

            [51]. Cooperó con su Esposa. He aquí la síntesis de toda la labor educativa de José respecto de Jesús. El Magisterio de la Iglesia, según que esté hablando princi­palmente de María o principalmente de José, aporta expresio­nes que, miradas unilateralmente, harían suponer que todo o casi todo depende de ella o que todo o casi todo depende de él. A veces habla de los dos a un tiempo, atribu­yendo unos contenidos a María y otros a José, sin que, necesaria­mente, debamos excluir a ella de lo que se dice de él o a él de lo que se dice de ella.

            Un ejemplo. Juan Pablo II, en el estadio de Jalisco, Guadalajara, México 30-1-1979, dijo: «Me viene a la mente la figura de aquel que nació en el seno de una familia artesa­na, que creció en edad, sabiduría y gracia, que de su Madre aprendió los caminos humanos, que en aquel varón justo que Dios le dio por padre tuvo al maestro en la vida y en el trabajo cotidiano».

            Evidentemente, también puede decirse que Jesús aprendió de José los caminos huma­nos; y también que María fue la maestra de su Hijo en la vida y en los trabajos cotidianos. Si Jesús «asimiló todos los secretos del trabajo humano en el que José era experto» (Juan Pablo II, Homilía 19-3-1983), también asimilaría todos los secretos de los trabajos en los que ella era experta, ya que a ello le llevaba su extremado espíritu de servicio y su singularísima capacidad de aprender.

            [52]. Audiencia general 4-12-1996.

            [53]. Ángelus 10-12-1989.

            [54]. Cf Discurso a los niños en el santuario de Loreto 10-9-1995: «Para Jesús la primera escuela verdadera de vida fue precisamente su familia: de José y de María aprendió las cosas más importantes: la humildad, la fidelidad, la oración, el trabajo... Jesús, a los doce años, quiso dar a entender a sus padres que deseaba seguir, ante todo, la voluntad del Padre celestial, y, podríamos decir, precisa­mente por eso fue siempre obediente, viviendo en Nazaret y ayudando a José en su trabajo de carpintero».

            [55]. Audiencia general 4-12-1996.

            Benedicto XVI, Discurso en la inauguración y bendición en los jardines vaticanos de la nueva funte dedicada a San José, 5-7-2010: «José... vive la angustia de perder al hijo Jesús. San Lucas describe la afanosa búsqueda y la maravilla de encontrarlo en el Templo..., pero aún más el asombro de sentir las misteriosas palabras: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" (Lc 2, 49).

            Estas dos preguntas del Hijo de Dios nos ayudan a entender el misterio de la paternidad de José. Recordando a sus padres el primado de aquel al que llama "mi Padre", Jesús afirma la primacía de la voluntad de Dios sobre cual­quier otra voluntad, y revela a José la verdad profunda de su papel: también él está llamado a ser discípulo de Jesús, dedi­cando su existencia al servicio del Hijo de Dios y de la Virgen Madre, en obediencia al Padre celestial».

            [56]. Regina caeli 1-5-1982.

            [57]. Pa­blo VI, Homilía 19-3-1966.

            [58]. Regina caeli 1-5-1982.

            [59]. Juan Pablo II, Ángelus 30-12-1990.

            [60]. Ángelus 26-12-1993. El Papa añade: «El 5 de enero de 1964 mi venera­do predecesor Pablo VI, precisamente desde la basílica de la Anunciación en Nazaret, pronunciaba una vigorosa meditación, que conserva una palpitante actualidad. Presentaba a Nazaret como escuela de Evangelio y escuela de vida familiar. "Enseñe Nazaret ‑decía‑ lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fundamental e insuperable de su sociología".

            Hoy es más urgente que nunca, amadísimos hermanos y hermanas, redes­cubrir el valor de la familia como comunidad basada en el matrimonio indisoluble de un hombre y de una mujer, que, en el amor, funden juntos su existencia y se abren al don de la vida; redescubrir la familia como ambiente vital donde cada niño que viene al mundo es acogido desde su concepción con ternura y gratitud y encuentra todo lo que necesita para crecer serenamente -como dice el Evangelio refiriéndose a Jesús- "en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52). El redescubrimiento de ese originario plan divino es de importancia decisiva en la crisis que atraviesa la humanidad en nuestra época».

            [61]. Homilía 19-3-1988. El Papa añade: «El resto del camino, especialmen­te de José, está como envuelto en el silencio. Sabemos sólo que su vida se consu­mió en la cotidiana fatiga de carpintero, jun­to al Hijo de Dios Jesús, el cual, creciendo a su lado, se hacía cada vez más su colabora­dor eficaz: carpintero al lado del car­pintero.

            También todo hombre que trabaja es llamado por Dios a construir la propia exis­ten­cia en el afán diario y con generosa solidari­dad, recorriendo con perse­verancia su cami­no. Un camino en el que la fe aporta un rayo de luz vivaz, en­se­ñando a amar a cada hombre como herma­no en Cristo, ayu­dándolo a cargar con la parte de cruz cotidiana que se encierra en cada tipo de activi­dad, invitán­do­lo a leer su destino en el cua­dro de un designio provi­den­cial más amplio, que tiene como finalidad la sal­va­ción de la humanidad y como perspecti­va final el triun­fo de la jus­ticia y del amor cuando Cris­to vuelva en la gloria.

            Amadísimos trabajado­res: Estas verdades no son abstrac­tas; el ejemplo de los miembros de la Sagrada Familia las hacen extrema­da­mente concretas. Son ver­dades que pasan por la fatiga de María en la casa, se empapan del sudor coti­diano de José, tienen el espesor de las herra­mientas maniobradas por las ma­nos encalle­cidas del mismo Hijo de Dios».

            [62]. Ángelus 27-12-1987.

            [63]. Juan Pablo II, Ángelus 29-12-1996.

            [64]. Inclytum Patriarcam 7-7-1871.

            «Padre virginal». Pío IX dice: «Padre putativo». El término "putativo" es ya poco usual. A la luz de los textos que siguen, pensamos que se puede sustituir por "virginal". Es "madre virginal" la que lo es sin concurso de varón, y es "padre virginal" el que lo es sin su propio concurso.

            Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1982: «Cristo -casi contra las expectativas de toda la tradición veterotesta­mentaria- nació de María, que en el momento de la Anunciación dice claramente de sí misma: "¿Cómo será esto, pues no conozco varón?", esto es, profesa su virgini­dad. Y aunque él nazca de ella como cada hombre, como un hijo de su madre, y aunque esta venida suya al mundo esté acompañada también por la presencia de un hombre -que es esposo de María y, ante la ley y los hombres, su marido-, sin embargo, la maternidad de María es virginal: y a esta materni­dad virginal de María corres­ponde el misterio virginal de José, que, siguiendo la voz de lo alto, no duda en "recibir a María..., pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo" (Mt  1, 20)».

            Juan Pablo II, Homilía 19-3-1986: «Cuando encuentran a Jesús a los 12 años en el templo de Jerusalén, María dice: "Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote". Estas palabras tan "humanas" contienen toda la grande­za del misterio divino. La paternidad virginal de san José de Nazaret encuentra su confirma­ción en este misterio. En él encuentra también la fuente de su irradia­ción espiritual».