ellos                                    

                                                      Amo el trozo  de tierra que tú eres,                    
                               porque de las praderas planetarias
                               otra estrella no tengo. Tú repites
                              la multiplicación del universo.

                                   -fragmento de Soneto XVI Neruda

 


A la derecha: "Escondiendo y develando un misterio" - Michele Muennig, pintora estadounidense

 

El viaje del poeta

él

ella

 

poesía entre dos

 






Sobre cómo se conocieron

 

 

Entré a la librería, luego del acostumbrado ritual. Había comprado en la farmacia más cercana –en este caso la farmacia Puerto Rico (quizás la más antigua del Viejo San Juan)-  baterías y casettes para la grabadora. Y esta vez no entrevistaría a una o a dos escritores, en esa ocasión entrevistaría a tres. Todo se trataba de que en aquella librería –Cronopios- se efectuaría un recital con los ganadores del Certamen de Poesía del periódico El Nuevo Día (que más adelante llamarían Certamen de Poesía Olga Nolla, en homenaje a la insigne poeta puertorriqueña).

 

Así entre las fisuras de tiempo que permitieron la oportunidad de conversar brevemente con Juan Carlos Rodríguez, Javier Ávila y Noel Luna, mis ojos tropezaron con los de una joven entusiasta. La curiosidad saltaba en la mirada. Allí estaba. La sala atestada y Su Presencia. No recuerdo si para ese entonces ella había comenzado a publicar sus reportajes científicos en el mismo periódico que auspiciaba el evento, pero lo cierto es que hicimos click inmediato, y una sintonía, el guiño del destino emergió espontáneo. La complicidad mutua hizo posible el gesto de comunicarnos con la premisa y el fundamento de la simbiosis artística, un lúdico acuerdo en continua formación.

 

Más allá de los talleres literarios, incluso del periodismo cultural que disfruto tanto, la decisión de sentarme en una mesa redonda con Iris Mónica, para leernos, compartir textos, hacer borradores que dialogaran con sus piezas poéticas, ha sido fuente inagotable de aprendizaje y emoción, silencio y palabra, distancia y cercanía. Por lo anterior, me siento afortunado. Esta experiencia no es una fortuita.

 

He tenido el inmenso privilegio de establecer ese tipo de sintonía con escritores y escritoras a los que respeto. Ellos y ellas saben quienes son y por qué merecen mi admiración. Pero es imperativo reconocer que ha sido con la escritora Iris Mónica Vargas con quien he podido profundizar en esta forma –a dos manos- de hacer poesía.

 

Desde aquel abril han pasado varios años. Hoy, al emprender una nueva fase en nuestro junte (permitiéndonos la oportunidad de que usted nos lea) sé cuánto nos une la poesía.

 

 

Carlos Esteban Cana