* HÉCTOR ERNIÉ - Otro artífice de la fábula francesista

Mucho han insistido los gardelianos francesistas en los errores, fantasías o supuestas fabulaciones de AVLIS.

A través de las notas del segmento "Fantasías y falsedades" les iré mostrando que algunos de los sostenedores del Gardel francés no le han ido a la zaga.

A favor de Avlis puede afirmarse que investigó mucho más y refritó mucho menos.

Es envidiable la habilidad francesista para obviar fechas.

 

"La única verdad es la realidad" - Aristóteles

 

Notas tomadas de:

"CARLOS GARDEL - Edición Especial"

Año I - Julio 1990 - Para coleccionistas en su centenario - Número extraordinario

Héctor Ernié - Edit. Tango Bs.As. 1990


Una historia de altiva rebeldía

 

En la biografía de Carlos Gardel hay una instancia penosa que signó toda su trayectoria en la vida. Es un tono mediocre apesadumbrado y quejumbroso, que por cierto podrían componer los elementos de un tango.

No hay duda que en el origen del celebrado artista existen aspectos oscuros que corresponden a una etapa de la historia del mundo y de la organización de su sociedad, en que la condición de hijo natural representaba, no solamente un pecado de los padres, sino también un baldón que el ser humano debía soportar sobre la espalda, arrastrándolo como un castigo, en la forma de un sello en la frente.

Al cumplirse 45 años de la tragedia de Medellín, importa mucho señalar esos puntos de la crónica de Gardel, porque reside en ello buena parte de una pena que el artista soportó apenas empezó a tener uso de razón, y, enseguida, cuando debió crecer en un medio recio, hosco, muy difícil, demasiado maduro para un adolescente que venía de colegios religiosos, de muchachos creyentes, misarios, para chocar de golpe como contra una roca artera, con la noche enfrente y la noche detrás.

Gardel adhirió a la guitarra y al canto como soluciones evangélicas a una soledad compartida con doña Berta Gardés, en una independencia tremendamente apasionada. Ella, la mujer francesa, sola en Buenos Aires dentro de la lucha; cuyas miradas debían dirigirse únicamente al niño que crecía morocho y sonriente; él, un hijo cariñoso que todo lo planeaba en función de la felicidad de su madre, mientras se multiplicaba en los oficios casi baldíos, no siempre fáciles.

 

(Las declaraciones de Berta Gardes son una evidencia de que compartió muy poco tiempo con Carlitos en su niñez:

Afirmó haberlo dejado cinco años con la familia Franchini.

Cuando lo colocaba a trabajar como aprendiz en algún lado, Carlitos vivía en casa de sus empleadores.

Se escapaba a menudo y desaparecía días enteros.

Se fue de su casa por seis años de adolescente. (La Canción Moderna, junio 6 de 1936)

El mismo Razzano cuenta en su libro "Vida de Carlos Gardel":

"Enrique Falbi era inspector de una gran compañía de seguros y les ofrecía sus conocimientos del país para que emprendieran una jira...

... A Razzano le gustaba la idea de la gira, pero le tiraba mucho el cariño de la madre...

...Para Gardel, el problema materno ya estaba casi resuelto por abandono... en el mejor sentido de la palabra. El muchacho era andariego por naturaleza...

Le había menudeado ya los disgustillos a Doña Berta y éste de irse de "jira artística" no iba a ser precisamente el mayor."

Resumiendo, quien tenía un gran apego con su madre era Razzano. A Gardel no le costaba nada dejar a Berta.

Poco se sabe de esos años de Gardel, a no ser que se los imagine sencillamente viéndole corretear entre los carros del mercado de abasto, transportando aquí y allá unas bolsas, más allá un cajón, después mandadero de todo y de todos. Fundamentalmente, podría avizorarse en la retrospección, cada una de las corridas al centro para alimentar una clara vocación por lo teatral, desempeñándose como comparsa, ayudante de utilería, y,por supuesto, integrando los cuerpos de “claque”.

¡Cuántas veces habrá desfilado por la escena el propio drama íntimo y callado, mordido por la angustia!

El Gardel trotamundos de la tierra y de la noche, surgió como una fórmula de fuga que empezó en Toulouse una noche de misterioso advenimiento, y se prolongó en las distancias esquineras cual un esquema de salvación.

El telón para el drama se había corrido efectivamente, en una casa de la villa Toulouse, la ciudad gris de los arcos rosa, una villa calma y añeja como un vino zonal, perteneciente al departamento de Haute Garonne.

Berthe Gardes, mujer soltera de 25 años, dio a luz a un niño, el día 11 de diciembre de 1890, en una sala del Hospital de la Grave, en la calle Reclusane nº 78. Fue un nacimiento sin otra alegría que la del facultativo y sus ayudantes. Y, eso si, con la firme convicción de la madre, de profundas creencias religiosas, que acataba la orden de Dios, disponiéndose a luchar tesoneramente por impulsar la existencia de ese niño al que impuso los nombres de Charles Romualdo.

Charles Romualdo nació a las dos de la mañana. A los pocos días la flamante mamá y su bebé pasaron a la casa de la calle Canon d’Arcole nº 4, dirección que Berta diera en la clínica donde aguardó al niño, que era realmente el domicilio de la muchacha.

Pero en Canon d’Arcole nº 4 no había alegría, sino sigilos, que se prolongarían durante dos años entre vergüenzas y oprobio, porque los convencionalismos de la época traumatizaban la dicha del hogar de Juan Gardés y Hélène Cinegonde Camarés, padres de Berta.
 

(El padre de Berta no se llamaba Juan Gardés, sino Vital Gardes y estaba divorciado de Hélène Camarés. Esta era concubina de Louis Carichou y se ha probado que vivían en Bordeaux, no en Toulouse.

Isabel del Valle menciona en una entrevista que Berta le contó que su madre la echó de su casa cuando supo que iba a dar a luz. (El Día, de Montevideo 1º febrero 1981)
José Razzano en cambio cuenta que cuando Gardel estuvo en Tolulouse en 1924 corrió a los brazos de su abuelita (Madre de Berta) que lo esperaba impaciente "Para tocar tus manos con sus manos, para oír tu voz, ya que el destino le ha negado el consuelo de verte ya hombre."
 

Berta fue acogida en la casa de la calle Canon d'Arcole por su primo Marius Barrat.

 

Dice Christiane Bricheteau en su libro “Généalogie d’un mythe”:
“Marius Barrat, que fue administrador “Des Hospices Civiles de Toulouse”, tomó bajo su protección a Berta Gardes, soltera, cuando ella da a luz en 1890, en
La Grave.
Podemos
leer sobre la cruz que está en la tumba de Marius Barrat, en el cementerio de Cabade, Toulouse: “Berthe Gardes a Marius Barrat, su recordado primo” )
 
Juan y Hélène eran personajes simples, gente de trabajo, adheridos a sentimientos católicos profundos. El frente de la habitación principal estaba engalanado por un crucifijo y el retrato de un militar: Papá Charles, padre de Juan, supuestamente llamado Charles, algo no probado.
 
(Juan Gardes era hijo de Hélène, no su padre. Los sentimientos católicos de Hélène no eran tan profundos como para haberle impedido divorciarse y vivir en concubinato con Louis Carichou. Ernié no explica como determinó cual era el mobiliario de la habitación.)
 
Lo que sí se sabe es la profesión tradicional de la familia: confección de sombreros. Tenían un pequeño taller y comercio de sombrerería en el barrio Arnaud-Bernard, en las proximidades del hospital de la Grave.
 
(Hélène Camarés y su concubino Louis Carichou, el 27 de diciembre de 1889, (un año antes del nacimiento de Charles Romuald), cuando el Juzgado de primera instancia de Tolosa pronuncia el divorcio entre Vital Gardes y Hélène Jeanne Camarés, declaran estar domiciliados en Bordeaux.)
 
Berta fue dividiendo sus días entre el niño y el negocio, trabajando duramente, reclinada sobre la mesa de labor planchando pieza por pieza. Por lo demás ella era, como sus propios padres, una sombra más que se deslizaba furtivamente sobre el quieto ámbito de la modesta villa.
 
(Muy imaginativo el Sr. Ernié)

La muchacha pequeña y regordeta entonaba con voz apacible las canciones de cuna, Era el único ruido, por decir así, que trascendía de su epicentro vital. Lo demás era trabajo. Y espera. Y la reunión, moneda a moneda de algo que ya empezaba a correr en el ensueño inmediato: irse de Toulouse, abandonar la familia, buscar otro mundo y una nueva vida.

El vago plan fue creciendo en confidencias epistolares hechas en larguísimos itinerarios postales. Las respuestas eran incitantes. Allá lejos, en aquellas tierras cordiales, no le faltaría una ayuda, no carecería de un abrigo. Se le anticipaba que nada resultaría fácil, pero cualquier cosa sería mejor para la francesita que ese presente que se le ofrecía sin ningún perdón.

De pronto el calidoscopio muestra un color firme y único: esperanza. Y la joven madre con su niño, reúne todo su dinero y todas sus fuerzas y se embarca en el puerto de Burdeos, con rumbo a América. Algunos indicios permiten imaginar que en los trámites correspondientes al viaje le ayuda un hombre apuesto y silencioso, cuyo nombre revistaría en una sola carta de las enviadas con anterioridad al domicilio de una amiga en Buenos Aires.  
 

(Carta que hubiera podido probar que el posible padre era Lasserre si realmente hubiera existido)

Ese hombre no es otro que el comerciante Romualdo Paul Laserre, comerciante acaudalado, joven, casado, con dos niños. Pudo haber sido el gran amor de Berta, el amor secreto y dramático. Tal vez, visitante furtivo o estampa fantasmal en el muelle; el cuerpo y el espíritu de Romualdo Paul Laserre habrán sido la mira de Berta.
 
(Paul Lasserre era soltero)
 

Desde la borda y hasta que las distancias lo borrasen todo, Berta Gardés vio apagarse el camino que dejaba atrás, acaso murmurando un nombre: Romualdo… Romualdo…

(Hay un evidente propósito de hacer creíble la paternidad de Paul Lasserre, al adjudicarle el nombre Romualdo, que nunca le perteneció, según pudo comprobarse . En cambio, se ha probado que el tipógrafo hijo de estanciero llamado Romualdo que Avlis mencionaba en 1960, existió realmente y trabajaba en la imprenta de Carlos Escayola. ¿Casualidad o causalidad?)

Mientras, la mano pequeña y suave y ya curtida de Berta, acariciaba la cabecita del pequeño Charles Romuald, quien abriría sus ojitos por la fuerza del asombro que le deparaba ese primer juguete de su vida: la aventura de viajar.

En esos momentos Charles cuenta algo así como dos años y poco más; al 9 de marzo de 1893, contará dos años y algo más de dos meses. Esta es la fecha del arribo del futuro Zorzal porteño a Buenos Aires.

(Héctor Ernié, bajo el título “El mito llegó desde Bordeaux” publicó en "Clarín" del 26 de julio de 1980 una “certificación emitida por la Dirección Nacional de Migraciones(que) da fe de que el 11 de marzo de 1893, a bordo del vapor Dom Pedro arribó a Buenos Aires procedente de Bordeaux”.
Dicha certificación está fechada el 13 de junio de 1977 y firmada, según el sello aclaratorio, por Inés de las Nieves Barris, Jefe de División Registro y Certificaciones de la Dirección Nacional de Migraciones. Es de destacar que este documento fue emitido en un papel común, sin membretar.
(*)
En esta publicación, Ernié vuelve a la fecha del desembarco del Dom Pedro en Buenos Aires que viera AVLIS en 1967: 9 de marzo de 1893, agregando para que no queden dudas:
 
"Esta es la fecha del arribo del futuro zorzal porteño a Buenos Aires."
 
Berthe Gardes no pudo desembarcar allí por problemas sanitarios, pero ésa fue la fecha que aparentemente quedó asentada en Buenos Aires.
Ricardo Ostuni dice al respecto:

"Los archivos de la Dirección de Migraciones correspondientes a los años 1882 a 1925 han sido confiados al C.E.M.L.A. (Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos) ubicado en la calle Independencia Nº 20 de la ciudad de Buenos Aires.

Entre el 18 de mayo y el 10 de junio de 1994 realicé una intensa búsqueda en esas oficinas con un resultado sumamente interesante. En los registros de arribo al país no figuran Berta Gardes ni su hijo Charles Romuald."

Carlitos Gardel, con alrededor de 8 años cursaba su escolaridad en Montevideo.

Diez años después, en esta publicación, el mismo Ernié afirma que la fecha de llegada de ambos es la que diera  Avlis en 1967: 9 de marzo de 1893. Sabemos ahora, gracias al Sr. Georges Galopa, que el 9 de marzo el barco llegó a Montevideo, y el día 12 a Buenos Aires, coincidiendo con la fecha asentada en los diarios de la época.

Lo único que no existe es la constancia archivada en C.E.M.L.A. que tendría que respaldar esos testimonios.) CLARÍN - Los expedientes perdidos del Archivo de los Inmigrantes - No hay rastros del arribo de nazis ni de Gardel. El estado de conservación de los documentos de la inmigración es penoso.

http://carlosyberta.blogspot.com/ 

1ª Nota - BERTA GARDES en el Río de la Plata

2ª Nota - Llegada de Berthe Gardes y su hijo Charles Romuald a Buenos Aires - Registros migratorios - Contradicciones

Detrás quedará todo un mundo de cosas que participarán, en adelante, de la forja de una extraña personalidad. Extraña, si, por lo bilateral, diríamos, de su diseño. De un lado, el hombre sonriente, cordial, dicharachero, bromista: del otro, un señor partido por las dudas, una expresión grave, más que seria.

Doña Berta, alguna vez, debió dar explicaciones, contar verdades o simplemente, edificar leyendas, anécdotas sueltas, en fin, que al andar el tiempo se convirtieron en mitos.

Lo cierto es que una de las versiones circulantes alguna vez, es la muerte del padre de Gardel, cuando el niño contaba apenas un año. Es una versión increíble, aunque seguramente alimentada por el hecho de que el registro de inmigración, de ingreso a Buenos Aires, clasifica a Berta como “viuda”, lo cual probablemente se tratase de una alteración de la verdad para superar las restricciones que en ese tiempo existían

La dirección Nacional de Migraciones formalizó, en efecto, la siguiente tarjeta: “Número de Orden: 121. Bertha Gardes, francesa, viuda, 27 años, planchadora, católica. Pasaporte nº 94”

La ficha del niño lleva el número 122, y a la luz de los documentos naturales, auténticos, podíamos agregar que flamantes, señala los nombres de Charles Romualdo.

Al cerrarse este punto de la crónica gardeliana, no queda duda de la nacionalidad de Gardel, sobre el documento que reza: “el 11 de diciembre de 1890, a las dos, nació Charles Romualdo Gardes, en el hospital de la Grave, hijo de Berta Gardes, planchadora, nacida en Toulouse y domiciliada en la calle Cañón d’Arcole nº 4. Actas levantada el 11 de diciembre de 1890, a las 123 horas, según declaraciones de Jenny Bazin, partera de dicho hospital, en presencia de Juan Mandret. De 60 años de edad y de Dominga Dulón, de 23 años de edad, empleados de dicho hospital y domiciliados en él, y sin parentesco entre ambos, quienes, una vez que les fue leída la presente, la firmaron con la declarante y nosotros: Pedro Adouy, adjunto al alcalde de Toulouse, Oficial público del estado Civil, delegado por él”. Tal el acta de nacimiento.
 
(No quedan dudas de que el que nació en Toulouse era Charles Romuald, pero no hay nada que fusione las identidades de Carlos Gardel y Charles Romuald , salvo un muy irregular testamento ológrafo.)
 
Las firmas (Bazin, Mandret, Dulon, Adouy, adjunto) son como un adiós a la nave “Dom Pedro”, en el que formalizaron su travesía Berta y Charles. El paso de la mujer no se detendrá. No habrá miradas hacia atrás. Lo primero será ubicar a la amiga con la que se conectó desde Toulouse, saber si le han alquilado una simple habitación, y, sobre todo, si al día siguiente podrá comenzar a trabajar, como estaba propuesto.
 
En Buenos Aires aguardan a los viajeros las primeras sensaciones favorables: Anaïs Beaux, francesa, vieja relación de la familia Gardes, reservó un puesto para Berta, un puesto simple y esforzado como planchadora en su taller de Montevideo, entre Corrientes y Lavalle.

El domicilio se fijará en la calle Uruguay 162, una casa amplia, de muchas habitaciones, en la que a modo de premonición, diríase, suelen habitar artistas de diferentes especialidades, no faltando primeros actores ni tampoco exitosos cantantes de la época.

Una señora amiga, Rosa C. de Franchini, guardará a Carlitos – ya es Carlitos – mientras su madre trabaja. Doña Rosa no es rica ni mucho menos. Al contrario, es de condición muy modesta y está, como se dice comúnmente, llena de hijos, pero no vacila en extender su mano amiga a la mujer francesa recién llegada.
 
(Se desprende de las declaraciones de Berta a "La Canción Moderna" que a poco de llegada a Buenos Aires, entregó a Carlitos por 5 años a doña Rosa Franchini.)

Berta inclina su cuerpo hacia la mesa de planchar y en el piletón del fondo de casa, donde comienza a lavar para afuera. Entre tanto el niño espera su destino. Y juega, y ríe. (¿Con Doña Berta o Con Rosa Franchini? ¿Lavaba para afuera o trabajaba en el taller de planchado de Anaïs?)

Una de las pequeñas habitantes de la casa lo llama “El francesito” y así comienza a difundirse su procedencia en los primeros pasos sobre la calle Uruguay. Aquella niña tiene 12 años y se llama Pierina Dealessi, que por entonces, entre mandados y otras tareas del hogar, soñaba son la magia del teatro.

(Con respecto al apodo de “El francesito” dice Ricardo Ostuni, pag. 105:
“No son pocos los autores que mencionan a Gardel con el apodo de “El francesito” por el cual, dicen, se lo conocía en los días de su infancia. Al respecto he realizado una prolija investigación tratando de establecer qué documentación fehaciente permitiría comprobarlo. Mi conclusión es que no existe ningún elemento de juicio, como no sea la fantasía creadora de algunos escritores.”

El supuesto testimonio de Pierina Dealessi es un invento más de la “Historia Oficial”, porque Pierina nació en Italia en 1894, lo que quiere decir que era 4 años menor que el francesito de Berta y aproximadamente unos diez años menor que Carlos Gardel. .Los 12 años de Pierina coinciden con el año 1906 y en esa época Gardel ya hacía rato que cantaba en el Abasto)

Llegada la edad escolar, el niño Gardes ingresa al colegio San Estanislao (Tucumán 2646) (El hijo francés de Berta Gardes cursa primer grado en 1897 en la Escuela Superior de Niñas de Talcahuano y Viamontedonde cumple el ciclo primario. Otros estudios serán realizados en el colegio San Carlos (Pío IX), de la calle Yapeyú y don Bosco. Bajo la conducción de sacerdotes Salesianos, Carlitos, va ensayando oficios. Esto es muy importante porque se acercan instantes definitorios de su biografía. Cuando el muchacho crece, las necesidades habitacionales se tornan más preocupantes y ello significa la multiplicación de esfuerzos por parte de la mujer. Además el taller del matrimonio Anais Beaux de Muñiz y Fortunato Muñiz no siempre rinde. Habrá que esperar que al salir del colegio, Carlitos encuentre pronto un trabajo digno.

(Lo cierto es que en el en el censo de 1895, (dos años después de la llegada de Berta a Buenos Aires) Libro 495, Ciudad de Buenos Aires, Sección 5ª, figura:
Anaïs Beaux, de 32 años, francesa, planchadora, huérfana de padre, viviendo en un piso de azotea en la calle Uruguay 686, con una hija natural llamada Amanda, de un año de edad, argentina, nacida en Capital Federal, pero no aparece Fortunato Muñiz viviendo con ella.)

 
 
No que le esquivara el cuerpo a la tarea, pero no tiene continuidad, es tiempo rudo, además, en materia gremial, los aprendices son mal pagos.
Carlos se ensaya en la cartonería de la familia Pagliani. Más tarde prueba con relojes. De la escuela lleva un aprendizaje importante: tipografía, y como tipógrafo se desempeña algún tiempo en la imprenta Cúneo, que estaba ubicada en Florida y Córdoba.
 
Dijo Esteban Capot a Crítica, Bs. As. 28.6.35:

 

“Un día, sabiendo que Carlitos estaba buscando trabajo, lo llevé a la cartonería de Pagliani, que estaba en la calle Sadi Carnot y Cangallo...”

 

Aníbal Pastor entrevista a Capot para la revista Platea, 1-07-1960 y le pregunta:

“P.: – ¿Cuánto tiempo trabajó (Gardel) en esa cartonería?

R.: – Casi tres años. Durante dos estuvo sentado cerca de la administración, una oficina pequeña próxima al taller”.

 

La cartonería Pagliani se mudó a Sadi Carnot y Cangallo recién en 1904, desde 1895 hasta 1903 tuvo sus talleres en la calle Alsina.

En 1904, cuando Gardel es detenido en Florencio Varela, declara ser tipógrafo. Trabajaba como tal en la imprenta Cúneo donde se imprimía “El Heraldo” de Buenos Aires.

Charles Romuald Gardes estaba pupilo en el Colegio San Estanislao.

  
Tiene una caligrafía que le valió siempre diez puntos en el colegio. Actúa como virtual corresponsal de gente que tiene dificultades para escribir o expresarse. El mocito les escribe bajo una cotización determinada que al final no percibe, de propia voluntad. Ese no es un oficio redituable, sino, simplemente, una gauchada.

(Es de público conocimiento que Gardel tenía muchísimos errores de ortografía, mal podía escribir para otros) Quien tuvo 10 puntos en caligrafía fue Charles Romuald Gardes en el Colegio San Estanislao.

Del colegio trae algo importante: la educación de la voz. Le gusta cantar, haciéndolo con sentido de escuela. (se cuentan dúos armoniosos con su condiscípulo Ceferino Namuncurá).

(No apareció ningún alumno del Colegio Pio IX que recordara al cantor como su compañero de colegio. Tampoco lo recordaba el padre Spadavechia, quien fuera profesor de canto del hijo francés de Berta, que sí asistió a esa escuela, pero no sabía cantar)

Le atraen, por lo tanto, los artistas líricos y allí mismo se justifican sus excursiones noctámbulas a los teatros en cuyas huestes de la “claque” se pliega tesoneramente. Doña Berta ha de acostumbrarse a aguardarle hasta altas horas. Será cuando la mamá se lamente de haberse mudado a este epicentro bohemio y teatralero que representan las tertulias de trasnoche en los cafés de la calle Corrientes. Vive, en efecto, en corrientes 1553, una especie de km 0 para ese muchacho regordete, peinado con raya al medio, que surcará todos los rumbos, hasta las tenidas corales en el Abasto y las voces, imantadas por la leyenda, de los rayadores de los suburbios. Gardés ya ha sido deformado por el uso: ahora es Gardel, el francesito ha dejado de serlo. En la ciudad comienza a hablarse de El Morocho.

Gardel observa a los payadores, vive hechizado por ellos. Canturrea algunas cosas mientras alimenta la tramoya teatral. Por las noches se desata en el café O’Rondeman, de los hermanos Yiyo, Constancio, Felix y José Traversa, rasgueando un poquito alguna viola, mientras observan el salto los carreros que habías acostumbrado as mentarle “Morocho” solamente para proponerle changas. En adelante no hablarán de él como colaborador sino como cantor.

En el ambiente popular del Abasto comienza Carlos Gardel a definirse como intérprete. Aprende canzonetas y estilos, zambas y chacareras, valses y cifras. Canciones románticas nutren su repertorio para as serenatas que se programan, algunas profesionalmente, pero otra vez, a la hora del reparto de las monedas, rechaza preguntándose: “¿cobrar por cantar?”

Realmente el canto para este morocho es una necesidad interior de florecer, de brotar a la luz, de saltar al vuelo. Lo material no le importa. En el café de los Traversa, el acuerdo es tácito, sin palabras: unos versos por un poco de café, de copas para los amigos más cercanos, unos cigarrillos, que Gardel no fuma, sino que distribuye.

Estamos en un  período que decíamos definitorio. Es el que va de los 15 años – primero en la calle, solo – y los 20 años, el tiempo con el que arribará  toda la noche y también a todos los barrios. Asimismo al comité y el cabaret, ya vecino de la calle Jean Jaurés.

Se llamará decíamos Carlos Gardel. Pero esto necesita una imaginación ajustada a las realidades probables. Porque Gardel gana la calle un poco hastiado de la presión del entorno que pregunta siempre lo mismo: “si el papá le da permiso para trasnochar, si le permite fumar… si el papá vive…”

Francesito en el apodo elemental, el mote, llega a disgustarle. Se siente argentino. Más todavía: se sabe argentino, criollo auténtico, porteño de ley. Y rechaza el apelativo para aceptar otro más legítimo, por espontáneo, sincero y localista: Morocho.

(No olvidar que el francés Charles Romuald Gardes nunca se nacionalizó argentino, quien lo hizo fue el uruguayo Carlos Gardel.)

No era Gardel muchacho de peleas, pero se sabe bien que sus actitudes eran francas y firmes. No extraña, pues, que haya defendido con ahínco, y hasta con fiereza, el sobrenombre dilecto, el mismo que le daría dignidad y gentilicio: El Morocho del Abasto.

 

Conclusión: Héctor Ernié intentó sostener la versión del Gardel francés desarrollando su fantasía. A pesar de sus intentos por hacer a Gardel francés, incorpora elementos que favorecen la tesis oriental:

El padre de Gardel se llamaba Romualdo.

Recalca su profesión de tipógrafo, oficio en el que se inició con ayuda de su familia biológica, una familia de tipógrafos.

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(*) El investigador Héctor Ernié, además de una desbordada fantasía, tiene antecedentes de haber “hallado” documentos cuya autenticidad no puede probarse porque “se desconoce su paradero actual”.

Bajo el título “El mito llegó desde Bordeaux” publicó en "Clarín" del 26 de julio de 1980 una “certificación emitida por la Dirección Nacional de Migraciones(que) da fe de que el 11 de marzo de 1893, a bordo del vapor Dom Pedro arribó a Buenos Aires procedente de Bordeaux”.

 

Dicha certificación está fechada el 13 de junio de 1977 y firmada, según el sello aclaratorio, por Inés de las Nieves Barris, Jefe de División Registro y Certificaciones de la Dirección Nacional de Migraciones. Es de destacar que este documento fue emitido en un papel común, sin membretar.

Pero diez años después, en, "CARLOS GARDEL - Edición Especial" - Año I - Julio 1990 -Para coleccionistas en su centenario - Número extraordinario - Héctor Ernié - Edit. Tango Bs.As. 1990, Hernié se contradice él mismo al volver a la fecha que viera AVLIS en 1967: 9 de marzo de 1893, día en que el Dom Pedro llegó a Montevideo. 

Berthe Gardes, supuestamente no pudo desembarcar allí por problemas sanitarios, pero ésa fue la fecha que aparentemente quedó asentada en buenos Aires.

Sabemos ahora, gracias al Sr. Georges Galopa, que el 9 de marzo el barco llegó a Montevideo, y el día 12 a Buenos Aires, coincidiendo con la fecha asentada en los diarios de la época.

Lo único que no existe es la constancia archivada en C.E.M.L.A. que tendría que respaldar esos testimonios. (Diario CLARÍN - Los expedientes perdidos del Archivo de los Inmigrantes - No hay rastros del arribo de nazis ni de Gardel. El estado de conservación de los documentos de la inmigración es penoso.)

 

Hay más “hallazgos dudosos” en la trayectoria de este investigador:

Así se refiere Héctor Ángel Benedetti a un contrato supuestamente hallado, también por Ernié, en “Apostillas al Gardel de 1912 - una descripción reseñada de sus primeras grabaciones”

 

Contrato Taggini

… “En medio de esta prosperidad fue incorporado Gardel. Ha sobrevivido el acuerdo de grabación entre la empresa y el cantor, celebrado en Buenos Aires el 2 de abril de 1912. Fue hallado por el historiador Héctor Ernié en los años ochenta, quien ante la sorpresa de sus pares exhibió las fojas insospechadas durante siete décadas.

La autenticidad de este documento ha sido discutida, siempre puertas adentro, desde el momento mismo en que se hiciera público.

La objeción principal apunta al propio papel sellado del contrato, acusado de no ser de la época por estar timbrado con un valor muy superior al que se estilaba entonces: de hecho, era costumbre utilizar hojas de coste mínimo, completándose con estampillas el importe que correspondía según el monto del convenio. Fuera de esto, que por sí no constituye un argumento definitivo, no habría causas graves para impugnarlo; sin embargo, es justo aclarar que cualquier crítica seria a este expediente debería basarse en su observación directa, pero se desconoce su paradero actual.”



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