* Revista "LA CANCIÓN MODERNA" Año 1936 - Por Martina Iñiguez

 Año IX                       Junio 6 de 1936                       Nº 429

A un año de la muerte de Carlos Gardel, para desvirtuar las sospechas que levantó el testamento, Armando Defino programa la publicación de una entrevista a Doña Berta Gardes, madre adoptiva del cantor, intentando bosquejar una suerte de “biografía” del mismo para poder fusionarlo en una sola persona con Charles Romuald Gardes.

Las declaraciones de Berta Gardes a “La Canción Moderna” constituyen un documento fundamental, cuya lectura debe ser hecha atentamente, pues constituye la médula de la teoría francesista que, paradojalmente, resultó una pieza básica para calibrar su falsedad.

Iré destacando las evidentes falsedades y contradicciones que se deslizan en la entrevista.

Martina Iñiguez

  
LA CANCIÓN MODERNA, Nº 429
6 del junio de 1936
LA VERDADERA VIDA DE CARLOS GARDEL
RECOGIDA DE LABIOS DE SU ANCIANA MADRE
 

SU INFANCIA

 

El 24 de junio, dentro de muy pocos días, se cumplirá el primer aniversario de la desaparición de Carlos Gardel. Ya sabe el lector, como lo sabe el pueblo, lo que ha significado para Buenos Aires, para todo el país, la trágica muerte de este pájaro cantor, que, como ninguno, supo poner su nombre, su voz, su sonrisa bondadosa y su vida abnegada, en el sensible corazón popular.
Quien era Carlos Gardel? ¿De donde provenía? ¿Donde nació? Para poner en claro, ordenadamente, estos aspectos de su primera infancia, ha debido llevarse a cabo una, intensa "búsqueda" periodística. Largas horas de conversación con la anciana madre de Carlitos Gardel, la viejecita que vive hoy con la misma angustia del fatídico 24 de junio del año pasado, cuando en la humilde casita de Toulouse, se enteró de la terrible desgracia. En sus pupilas, constantemente veladas por la emoción del recuerdo, se descubre la imagen de su muchacho muerto, que vive en sus labios, a su alrededor, y hasta en el constante ademán de caricia de sus piadosas manos viejas. La viejecita no se resiste a conversar de su hijo. ¿Como se va a resistir si no piensa en otra cosa? si su vida actual es una esperanza turbia de que su hijito volverá, de que no es posible que se haya ido para siempre sin decide su ultimo adiós, sin besarle en la frente, y con aquella voz que se hacía tan tierna para decirle: "vieja, viejita". Porque si alguna impresión primera y definitiva se recoge conversando con esta madre, es que Gardel la ha adorado por sobre todas las cosas; que ella sido la razón de sus luchas, de sus triunfos y de su profundo amor a la vida. Por eso llenó todo el panorama sentimental de esta anciana, que fue joven una vez, y que aunque su fortuna no se le mostró propicia, tuvo la inmensa fortuna del amor de su hijo; esta mujer que hubiera preferido continuar y cumplir su oscuro destino proletario, y que su hijo no alcanzase la notoriedad mundial que lograra su voz, pero que continuase aún a su lado adorándola, como cuando era un muchacho pobre, con sus ropitas humildes, y que al anochecer de cada día de trajín, llegaba a su casa para dormirse en el regazo de esta misma mujer de cabellos blancos que ahora está frente a nosotros, y que de tanto en tanto deshace su emoción en lágrimas que desgarran nuestro espíritu. Pero, sigamos su relato; escuchémosla:
 
FUE INQUIETA SU INFANCIA EN LAS CALLES DE BUENOS AIRES
 
 

 

"CUANDO YO ERA CHICA, EN TOULOUSE

Doña Berta ha conversado ya muchas veces con nosotros. Desde su llegada a Buenos Aires, después de la tragedia, más de una vez nos acercamos hasta ella con motivo de los homenajes tributados a la memoria de Carlitos Gardel, y en cada oportunidad nuestro corazón se ha sentido profundamente impresionado por su permanente dolor de madre. Cuando hace unos días, por intermedio de Armando Defino —que es para ella como un hijo, según sus propias palabras— le hicimos llegar nuestro deseo de conversar sobre la vida, la verdadera vida de Carlitos, no demoró en hacernos llegar su disposición incondicional para nuestra revista, traducida en las palabras del autógrafo, que figuran en esta misma página.

Y así una vez, y otra vez, hemos llegado hasta su casita de la calle Jean Jaurés, y sobre la amplia mesa comenzó a desfilar la vida gráfica de Carlitos Gardel, desde sus primeros años mientras en la conversación florecía, al través del recuerdo minucioso, el otro Carlos Gardel, el que recorrió el mundo ante el aplauso triunfal de todos los públicos; el que ganó el corazón de cuantos lo conocieron; el que supo despertar en el alma de esta viejecita un amor que no es posible traducir en palabras...

La anciana tiene toda su vida en estas cajas que guardan sus preciados tesoros... Las mira, las toma entre sus manos, y un recuerdo y otro, de distintas épocas, revive en sus labios...

—Cuando yo era chica, en Toulouse... Mis padres eran gente humilde. A mi padre no lo recuerdo bien. Mi madre era casada en segundas nupcias, y a mi padrastro, que era muy bueno, le decíamos "tío". La vida no era entonces como ahora. Costaba mucho ganarse el sustento, Mi mamá era modista de sombreros y tenía buenos clientes.
Su espíritu era muy andariego y la ambición la movió a emigrar de Francia, y aunque partimos con la intención de llegar a Montevideo, los viajes no eran como en la actualidad. Los vapores llegaban a América, pero a cualquier parte, y así fue como nosotros desembarcamos en Venezuela*. La gente allí era muy pobre. Mi madre no podía trabajar en su oficio de hacer sombreros, porque las mujeres en aquel tiempo no lo usaban, y por eso nuestra permanencia allí no fue larga y no tardamos en volver a Francia. Nunca supe comprender el espíritu de mi mamá, y por eso quizá nos sentíamos un poco extrañas. Mis recuerdos de esa época no son muy agradables. Tampoco me apoyó durante mi noviazgo, y mi casamiento concluyó de distanciarnos. Mi marido fue un hombre muy bueno; los mejores sentimientos de Carlitos fueron heredados de él.** —Y la viejita se abstrae en el recuerdo del hombre que fue el amor de su vida: el padre de su muchachito, que llegó a ser tan querido en todo el mundo. — Era un hombre muy inquieto —agrega—; inquieto en todo sentido y un gran soñador. La suerte no fue propicia con él --¡pobrecito!— y murió sin que mi hijo pudiera conocer el calor de su alma; Carlitos tenía apenas dos años cuando desapareció su padre**, después de una enfermedad.
 
* Berta intentó disimular antiguas confesiones suyas hechas a "El Debate", al actor Fernando Ochoa, al músico Colon Contreras, etc, referidas a su estadía en Uruguay con un argumento insólito: "Salió de Francia rumbo a Montevideo y el barco la dejó en Venezuela".
** BERTA GARDES nunca se casó con Paul Lasserre
*** Este padre que le adjudicaron a Gardel nunca lo reconoció y estaba vivo cuando Charles Romuald Gardes tenía 2 años. Falleció en 1921.

Un invento más atribuible al deseo de fusionar a Gardel con el hijo de Berta fue divulgado por el periodista Edmundo Guibourg, (muy proclive a dar información falsa sobre el cantor) y por su amigo Armando Defino, (libro "La verdad de una vida", pág.208), en el sentido de que Lasserre habría viajado a Buenos Aires a ofrecerle a Gardel su apellido, que éste rechazó.


Dice al respecto Christiane Bricheteau en nota publicada en internet:

"Paul LASSERRE murió el 20 novembre 1921 en Toulouse, 15 rue Arnaud Vidal, no lejos de su lugar de nacimiento.

Paul Lasserre no pudo encontrarse con Gardel cuando éste regresó a la tierra de sus ancestros en 1924. Paul fue inhumado en Blagnac.

Teniendo en cuenta la fecha de nacimiento de Fanny (Hija legítima de Paul Lasserre) en 1919, el relato de un viaje de Paul Lasserre a Buenos Aires en 1920, frecuentemente evocado por la literatura gardeliana parece hipotético. Además
mi búsqueda de un pasaporte a nombre de Paul Lasserre en los archivos del puerto de Bordeaux fue infructuosa."

Nota adicional:

En la base de datos de CEMLA de Buenos Aires no hay entradas al país de Paul Lasserre.

No parece lógico que Paul viniera a Buenos Aires a ofrecerle su nombre a Carlos cuando estaba engendrando hijos con su nueva mujer.

ENTONCES NOS FUIMOS A BUENOS AIRES.
 
No podía vivir junto a la incomprensión de mi madre y decidí abandonar Francia. Carlitos tenía algo mas de dos años. Les diré, que la única verdad sobre la fecha de su nacimiento, es el 11 de diciembre del año 1890, y que nuestra llegada a Buenos Aires fue el 23 de marzo de 1893. Poco tiempo después comencé a trabajar en el taller de planchado de doña Anais B. de Muñiz, que es esta misma señora que me acompaña actualmente. —Nosotros ya hemos visto más de una vez a esta viejita encorvada por los años y sus achaques, y que quiere a doña Berta como a una cosa sagrada.
—La vida en ese tiempo —prosigue la viejita— era muy dura, y por mi trabajo me era materialmente imposible atender a Carlitos. Entonces fue que resolví entregarlo a una familia que lo quería como a un hijo, y de quienes éramos casi vecinos. Así la casa de doña Rosa C. de Franchini se convirtió en un verdadero hogar para mi hijito. Ustedes pueden ir a visitar a los hijos de esta señora, porque la pobrecita ha muerto hace quince años, y ellos le dirán como era Carlitos cuando chico, sus inquietudes, y cuanto corazón tenia.
 
* Berta falta a la verdad al decir "No podía vivir junto a la incomprensión de mi madre y decidí abandonar Francia. Carlitos tenía algo mas de dos años."
 
Su madre vivía en Bordeaux, calle Cours Balguerie nº 202 y ella, desde que regresó de Tacuarembó embarazada de Romualdo López, vivía en Toulouse, en la casa del 4 de la rue du Canon d' Arcole con su primo Marius Barrat, que en ese momento era Administrador de Hospitales de Toulouse y había tomado a la joven Berthe bajo su protección hasta que dio a luz en 1890 en La Grave. Por esta razón puede leerse aún hoy en la cruz de su tumba, en el Cementerio de Terre Cabade de Toulouse:
"Berthe Gardes. A Marius Barrat. Su lamentado primo" (Información dada por la investigadora francesa Christiane Bricheteau ).
 
* Berta afirma que Carlitos nació el 11 de diciembre de 1890 y en base a este año de nacimiento el cronista deducirá erróneamente otras fechas.
Es también muy enfática al afirmar que llegó a Buenos Aires el 23 de marzo de 1893
No existe en C.E.M.L.A. registro de su llegada y la fecha del certificado publicado como de su arribo -11 de marzo de 1893- no se corresponde con la verdadera fecha de llegada del vapor Dom Pedro, que arribó al puerto de Buenos Aires el 12 de marzo de 1893.
 
 
Berta afirma que: "Poco tiempo después comencé a trabajar en el taller de planchado de doña Anais B. de Muñiz... Entonces fue que resolví entregarlo a una familia que lo quería como a un hijo, y de quienes éramos casi vecinos."
Afirmación que coincide con la fecha probable de la fotografía tomada a Carlitos con Francisca Franchini en el estudio de fotografía Benincasa Hnos. Esta casa fotográfica usó el logo "Benincasa Hnos" hasta 1894. A partir de 1895 las fotografías llevan el logo "Bartolomé Benincasa".
Este hecho confirma que Carlitos Gardel tenía alrededor de 10 años en 1894, en consecuencia no podía ser el hijo francés de Berta Gardes de sólo 3 años de edad en ese momento, nacido en 1890.
 
 
UNA FAMILIA HUMILDE Y BUENA
 
Para completar esta parte tan íntimamente ligada a la vida de Gardel, resolvimos, junto con Armando Defino que nos acompañó en toda esta búsqueda, visitar a la familia Franchini, que vive en un extremo de Villa Devoto. 

Allí nos fuimos un frío sábado por la tarde. Una de esas tristes tardes del otoño porteño. Es una casita modesta, con un arbusto de mandarina tras la reja de entrada. Allí viven varios hermanos, que nos reciben con las manos extendidas en una franca cordialidad. Saben a qué vamos. Vamos a hablarles de aquel muchachito que durante cinco años fué hermanito de ellos, en quien adivinaban un destino extraño a la humildad de ellos mismos. 

En las paredes del modesto comedor donde nos sentamos, hay muchas fotografías de Gardel. Ellos las ponen sobre la mesa, y sobre los vidrios fríos pasan los dedos de este hombre y sus hermanas, gente de trabajo, de dedos rudos pero con una sensibilidad tan tierna... Miran con orgullo una fotografía casi reciente de Gardel, en la que éste aparece vistiendo un pulcro frac, con su sonrisa de muchacho triunfante sobre la vida poderosa...

—"En esta foto —dice una de ellas— doña Berta nos había prometido hacernos dedicar una frase por Carlitos... Pero después, cuando sucedió "aquéllo"... —Y "aquéllo" es lo que ellas no quieren nombrar: la desgracia que todavía no pueden olvidar... —Nosotros vivíamos en la calle Corrientes entre Paraná y Uruguay, en una casa de inquilinato. Nuestra madre lo quería a Carlitos entrañablemente, y éste la llamaba "mamá Rosa". Doña Berta venía a verlo muy a menudo, y se puede decir que tenía dos amores maternos. No lo olvidamos nunca. Era de un carácter muy vivaz, muy travieso, pero tan bueno... —Y las mujeres, solteras todas ellas, piensan acaso en el hijo que la vida no les dio, y en cómo lo hubieran querido, si fuese así como el Carlitos de hace cuarenta años.— ¡Cuarenta años! Si parece que fué ayer cuando se escapó de casa, y alguien nos vino a decir que lo habían visto en el puerto, con otros chicos, vendiendo fósforos. Pero el pobrecito no tenía noción ninguna de maldad. Tampoco era para tener monedas y malgastarlas...
 
*Berta dice que Carlitos quedaba al cuidado de "doña Rosa", en franca contradicción con lo que afirmara Esteban Capot a dos días de la muerte del cantor al diario Crítica. Según él, era Odalie Ducasse de Capot -su madre- quien lo cuidaba. Capot miente también al decir que había conocido a Carlitos en Toulouse, -en su afán de hacerlo francés-, ya que llegó con su madre a Buenos Aires un año y medio antes del nacimiento del hijo de Berta en el Hospicio de la Grave.

Hablan del hecho como ocurrido 40 años atrás... (¿1896?)

 
Ver "Carlos Gardel y su accidental ligazón con Toulouse"
 
Están presentes en la entrevista las tres hijas de Rosa Franchini, pero ninguna de ellas se identifica como la niña de la foto.
 
"YO SERÉ UN GRAN CANTOR", LE DECÍA A SU MADRE QUE SOÑÓ HACERLO MÉDICO
 
 
 
 
OTROS RECUERDOS Y SU VOCACIÓN
 

Yo creo— dice uno de los hermanos— que desde muy chiquito soñaba con ser cantor. Él mismo lo decía. Muchas veces, de noche, cuando se acostaba, lo veíamos en la cama con un pequeño palo, a manera de guitarra, y cantaba las canciones de la época, mientras decía: "Yo voy a ser un gran cantor". Y esas palabras que entonces se le oían como ocurrencias de chico, cobran ahora, a través de tantos años, valor de predestinación. "Yo seré un gran cantor"...*

Y asoma al recuerdo de todos los que estamos alrededor de esa humilde mesa, la evocación de sus ruidosos triunfos, de los públicos que lo aplaudieron en París, en Nueva York, en Madrid, y en tantos escenarios, desde los que despertó la ensoñación de hombres y mujeres, de ricos y pobres, de humildes y poderosos... Manos que se unieron en el aplauso frenético... Ojos de mujer que se humedecieron de emoción... Corazones de madre que apresuraron su latir después de su muerte. Carlitos... Cómo te ha querido esta gente... Bendito sea tu destino breve; tu destino de pájaro que quemó sus alas, que supo despertar esta ternura que vamos recogiendo con Armando Defino, en este bucear de recuerdos.

Su infancia fué toda así. Pasamos por él más de un sobresalto. A los siete años se sentaba en las puertas de calle a cantar, y en seguida lo rodeaba un mundo de muchachitos y por intermedio de ellos, muchas familias se lo llevaban a sus hogares durante días enteros. Después volvía como si nada hubiese pasado, y su ternura borraba toda intención de castigarlo. Más tarde doña Berta lo inscribió en el colegio San Carlos y algún tiempo después volvía a vivir con ella...
 
 
*Hay un evidente ocultamiento en las declaraciones de los Franchini: están todos presentes pero ninguna de las tres mujeres se identifica como la niña que fue fotografiada con él.
Tampoco el periodista parece tener interés en saber cual de ellas acompaña al cantor. ¿Olvido... o condición impuesta por Armando Defino, presente en toda la entrevista?

De acuerdo a la trayectoria de la casa fotográfica "Benincasa Hnos", la fotografía fue tomada en 1894 y la niña que está con el cantor es Francisca Franchini.
Gardel aparenta en esa fotografía alrededor de 10 años.
Hay un error evidente en la datación de la foto.



 
 
 
SU CARÁCTER. — SUS INQUIETUDES
 

Aquí estamos otra vez con doña Berta. Primero conversamos con ella sobre estos oscuros rumores que se han dado a rodar, acerca de que Carlitos Gardel no ha muerto; que está loco... en Medellín...

Y mientras tratamos de demostrarle que son rumores fantásticos, caemos en la cuenta de que nuestra palabra, lejos de tranquilizarla, ahonda su dolor. Ella querría que fuese la verdad y su palabra entrecortada vuelve a morder nuestro corazón.

¿Acaso no podría ser verdad que no hubiese muerto? ¡Quién sabe...! En la confusión de los primeros momentos puede haberse escapado...

Tal vez por efecto de algún golpe perdió la memoria... Y aunque estuviese loco, yo lo cuidaría a mi hijito... Y acaso se resignase, aunque ya no pudiese cantar...

Y escuchar esta viejita, con los ojos húmedos, soñar estas cosas imposibles, desgarra el alma. Ya no nos atrevemos a decirle que no puede ser. ¿No es mejor dejarla soñar? Y ella sueña... sueña... día y noche, mientras pasea de una a otra habitación por esta casa donde todo le recuerda a su hijito.

Carlitos no sabía hablar en francés cuando chico. Por eso, algunas veces yo no podía retarlo, porque como hablaba muy poco en castellano, si lo retaba en francés mi hijito se reía. Yo también concluía por reírme y lo abrazaba.*

 En ningún sitio podía estarse tranquilo. Cuando terminó su sexto grado, con las mejores clasificaciones, según ustedes podrán ver, no quiso estudiar más.

Entonces lo coloqué en los más diversos oficios. Tenía habilidad para todos los trabajos. 

Estuvo un tiempo en la cartonería al lado de la casa que ocupábamos... pero no duró.

El dueño lo quería mucho y me lo reclamaba. Después estuvo de tipógrafo y llegaron a pagarle treinta pesos mensuales, cosa que en aquel tiempo, y para un muchacho de su edad, era una verdadera fortuna. Tampoco puedo olvidarme de cuando lo coloqué en una joyería. ¡Pobrecito!
A la primera salida, quince días después, vino a verme* y me traía un regalito escondido en la mano. Cuando la abrió, vi que dentro había un anillo que él mismo había hecho... para mí... Él mismo me lo puso en el dedo y lo miraba con orgullo... ¡Ah, mi muchachito...! —Y doña Berta vuelve a lagrimear, entrecortadamente...
 
* Que la misma Berta diga que Carlitos no sabía hablar francés cuando chico indica que no habla de su verdadero hijo.
Que diga que lo colocó en una joyería y que "A la primera salida, quince días después", indica que Carlitos, en los períodos en que trabajaba como aprendiz, vivía con sus patrones, no con Berta.

 

DURANTE SEIS AÑOS SE LE CREYÓ MUERTO
 

 
"DAME LA LLAVE DE LA PUERTA DE CALLE..."
 

-Nunca me voy a olvidar- dice la viejita con una suave sonrisa— de aquella tarde que llegó a casa a decirme que "esa noche tenía un programa"... Seguramente sería para ir a cantar a casa de alguna familia amiga. Con su carita llena de picardía y ademanes de hombre grande, me pedía que le diese la llave de la puerta de calle... ¿Se dan cuenta?

Y ¿qué edad tenía? —le preguntamos. Doce años. —Y la viejita se queda seria, con la misma seriedad de hace treinta años, cuando le explicaba a Carlitos que a los doce años ningún chico pide la llave de la puerta de calle. Probablemente lo habrá estrechado contra su corazón, acaso para ampararlo de algún posible peligro que lo acechase... Luego reanudamos la conversación...

Ahora es el recuerdo de cuando tenía catorce años...* Una tarde salió de casa y no volvió. Lo busqué como loca por todo Buenos Aires, pero no lo encontré... Viví unos días muy tristes y casi no podía trabajar. Por la tarde, al terminar mi tarea, salía a recorrer las calles, pero todo era inútil. En una de mis diarias búsquedas, frente a una casa donde había una mudanza ví un gran carro, y sentado en el pescante estaba mi Carlitos, con un aspecto impresionante. Le habían puesto un traje de hombre con pantalones largos, a él, que era muy menudito. Las mangas del saco se las habían dado vuelta hasta el codo.

—¡Carlitos! —le dije—. ¿Qué estás haciendo? Y el pobrecito me contestó que estaba trabajando: ¿No ves —me dijo— que estoy cuidando este carro? Mirá, ¡hasta me han puesto un traje nuevo! Lo llevé a casa, lo cambié de ropa y me parecía un sueño volver a tenerlo entre mis brazos.
Pero a los pocos días, esa fiebre de inquietud que llevaba en el pecho volvía a separarlo de mí. Yo soñaba que mi hijo sería médico... Si hubiese podido hacerle cumplir ése sueño mío! Pero él siempre decía que quería ser un cantor. Y ésto, en aquel tiempo me daba miedo. Como vivíamos frente al Teatro Politeama, y yo trabajaba para algunas figuras de renombre, él solía meterse en los camarines, donde todos lo querían mucho. Había escuchado algunas óperas, y como tenía buen oído las cantaba después, haciendo él solo todos los personajes... Era muy desinteresado. En algunas de las casas donde trabajaba, ni siquiera se acordaba de cobrar cuando se iba; luego cuando yo iba preguntar por él, me pagaban a mí su sueldo, veinte pesos, treinta pesos... Seria difícil describir la ternura que hay en los ojos de esta mujer humilde mientras pasea su recuerdo por esos años lejanos.

Vuelve a ver a su hijo pequeño, travieso, inquieto, pero suyo de cuerpo y alma. No conocía entonces los halagos de la fortuna que su hijo puso después a sus pies, pero era feliz... La infancia de Carlitos fue en realidad para ella un dolor entrecortado, una inquietud derramada en sus ausencias y sus regresos. Pero todas las madres del mundo son así. Viven para sufrir por sus hijos, y acaso en el sufrimiento que les causamos, encuentran ellas la razón de su honda maternidad.  

Después de los catorce años**, viene para la viejecita una época más dolorosa aún. Todavía lo recuerda emocionada. Carlitos llegó una tarde y le dijo que había encontrado un buen empleo de tipógrafo en Montevideo. Allí se iría con un buen amigo suyo, otro muchacho de su edad. —Esta es la dirección, vieja. —le decía—. Andá si querés a preguntarle a la madre, a ver si es cierto. Y doña Berta, fue a visitar a la señora y claro que ella le dijo que era verdad. La anciana sonríe cuando nos dice: "Claro, el otro le había mentido también a la madre".*** Pero doña Berta entonces lo creyó. Con qué amor preparó un pequeño baúl para su muchachito. La ropita blanca y también un catrecito, y un montón de consejos. "Portate bien, Carlitos, mirá que ya sos un hombre". Y el le prometió todo, y le dio un beso para la separación que había de durar seis años.
 
*Berta dice que Gardel se fue a Montevideo después de los 14 años sin especificar en qué año ocurrió el hecho.
Agrega que ***había mentido al decir que había encontrado un buen puesto de tipógrafo.


Quien inventó que el lustro transcurrido entre los 14 y los 19 años Gardel lo había pasado en Montevideo fue Armando Defino. (Declaración hecha al diario La Mañana el 12 de agosto de 1935).
 
En realidad, **Gardel, con más de 14 años, alrededor de 1889 fue en busca de su familia biológica, quien le brindó un discreto apoyo, -aunque manteniéndolo alejado de su madre-, y aprendió el oficio de tipógrafo en Montevideo con su tío Clelio Oliva. Ver la relación de Carlos de Carlos Gardel con la familia Escayola en :
 
 
 
SEIS AÑOS DE SOLEDAD.
 

—Desde entonces —prosigue doña Berta—, no volví a tener más noticias de él. Al correr del tiempo, me mudé de la casa donde había vivido hasta entonces, y comencé a perder la esperanza de volver a encontrarlo. Inútil resultó mi visita a la madre del compañero de Carlitos. Tampoco ella sabía nada de él, y como yo, estaba desesperada. Algunas veces imaginé que había vuelto, y recorrí los cafés que acostumbraba a frecuentar, pero la respuesta era siempre la misma: "No sabemos nada, señora". Nadie sabía nada...

Así comenzaron a pasar los meses, y con los meses los años. Esta pobre madre nació para un destino atormentado. Ya entonces creyó que había perdido definitivamente a su hijo. La vida se lo devolvió después, para muchos años más tarde volver a robárselo, pero esta vez para siempre. La viejita nos dice que ya casi había perdido toda esperanza... Su hijito no volvería más. Tal vez una mujer le había robado su corazón para siempre. Pero… Era posible que olvidase a su madre, la que lo había querido tanto, la que por él cruzó el océano y dejó allá en Toulouse, en una casita de los alrededores, a su madre, a sus tíos, es decir, todo su pasado...

Pero un día, después de transcurridos seis años, alguien, la viejita no recuerda quién, le dijo que había visto a su hijo cantando, en un café del centro. ¿Su hijo? ¿Y cantando? La buena mujer corrió hasta ese café, pero le dijeron que eso había sido unos días atrás. Nadie sabía donde estaba ahora "El morocho". Después le dijeron haberlo visto en otro café, y en otro. Entonces fue cuando ella encargó a un amigo de Carlitos, que le llevase a éste la nueva dirección de su madre, y que le dijese que si aún la quería que la fuese a ver, pero en seguida. ¡Como no la iba a querer! ¡Quien podría no querer a esta madre que es como la cuna y el albergue de la ternura! A esta madre que es una verdadera definición viva del sentimiento maternal, a esta anciana que lleva sobre su cabeza la nieve del dolor de todas las madres del mundo, a esta mujer para quien la vida reservó poca alegría, que hundió sus manos en el duro trabajo a la edad en que otras viven la ensoñación del amor y la ternura. Tuvo un hijo, pero en voz baja, suavemente en el oído, podríamos preguntarnos que para qué lo tuvo, para que se lo dio la vida, si había de quitárselo después, cuando más unido estaba a su vejez, a su destino casi cumplido.

Dos días después, mientras doña Berta trabajaba en su penoso oficio, una puerta se abrió y Carlitos cayó en brazos de su madre. Se había ido un niño, y volvía un hombre, con sus facciones maduradas, con la dureza de la vida escrita en su expresión, en su firme voluntad de luchar y triunfar. Habían pasado seis años de silencio y de distancia. El tiempo que cambia la niñez en juventud. Pero nada había entibiado la figura maternal en el corazón del hijo. La quería como siempre, como cuando tenía cuatro años y hacía sus ingenuos paseos en bote tomado de la mano con la hijita de doña Rosa Franchini.* Aquellos años que nadie puede borrar del corazón de la viejita...

Carlitos a los cuatro años, y a los diez, a los veinte, y más tarde, cuando todas las mujeres admiraban su porte, su sonrisa, su voz... y ahora...

Pero hemos llegado al término de una parte de la vida de Carlos Garde!. Ya tiene veinte años y su destino va a cambiar como si al influjo de una misteriosa fuerza una mano invisible girase el timón de su porvenir. ¿Qué sucedió entonces? ¿Qué mano, qué influencia se acercó a su vida? ¿Pronunció Dios una palabra de apoyo a este muchachito sufrido y ambicioso? ¿Por qué milagroso influjo habría de llegar hasta él la fortuna, la ciega y misteriosa fortuna que algunos no han visto ni siquiera una vez en la proximidad de su vida, para sacarlo de la penumbra de su modesta realidad de muchachito pobre e iniciar un vuelo de triunfos sobre el mundo entero? Nada podríamos decir. Ha sido un verdadero milagro social. Nadie en nuestro país llegó hasta tan altas cumbres de popularidad. Gardel llegaba nada más que con su presencia hasta donde no han podido acercarse artistas que dedicaron sus vidas enteras al estudio, y que, arrullados por la música, pasaron los años de la más remota infancia. Carlos Gardel nació en la penumbra de una dura pobreza. Vivió la infancia triste de los niños que viven luchando para ganarse el pan, y que frecuentemente se pierden en un mundo confuso de sueños. El niño que a los cuatro años vendia fósforos en el puerto de Buenos Aires llegó a ganar muy cerca de los cuatro millones de pesos.

¿No parece esto una novela de Carlos Dickens? Moderno David Copperfield, Carlos Gardel vivió también su novela dramática. Drama que conmovió el corazón de millones de hombres y mujeres, que lo lloraron como a un hermano, como a un novio, o como a un hijo, y que hará que su recuerdo quede grabado por mucho tiempo, pues la admiración que en el pueblo había despertado es de las que no se olvidan fácilmente.

Carlitos Gardel, que pudo gustar la gloria, triunfó y cayó bajo el peso de sus propios triunfos. Fué su destino.

Ya lo veremos, lector. El capítulo que hemos querido ofrecer hoy, ya esta cumplido.
 
 
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COMENTARIOS
 
*El cronista parece no haber notado que la fotografía de Carlitos con Francisca Franchini fue tomada en un estudio, no en un ocasional e ingenuo paseo en bote, a pesar de estar especificado en el texto de la fotografía. Tampoco nota que el niño de la fotografía tiene alrededor de 10 años, no los 4 que menciona para que pueda haber sido tomada "poco tiempo después" de la llegada de Berta con su hijo a Buenos Aires. De acuerdo a esta clasificación, Carlitos se había "achicado" al cumplir 6 años y ser fotografiado con el grupo escolar.
 
Algunas de las fotografías incluídas llevan leyendas destinadas a confundir:

"Una extraordinaria primicia: Carlitos Gardel rodeado de sus compañeros de escuela, en el año 1896, cuando tenía seis años de edad.* Foto obtenida por cortesía de su señora madre."

 

 

Una semana después en “La Canción Moderna” se vuelve a publicar la foto escolar con el siguiente epígrafe:

“Un grupo escolar en el que aparece Carlitos Gardel cuando cursaba el primer grado de la instrucción primaria. Foto que corresponde a las primicias ofrecidas en nuestro último número.”

En ningún momento se especifica el lugar donde fue tomada la foto. Sí se especifica que Carlitos cursaba su primer grado.

 

*Charles Romuald Gardes tenía 5 años en 1896 porque había nacido en diciembre y cursó su primer grado en 1897 como lo prueba su documentación escolar.

Lo cursó en el Colegio de niñas de la calle Talcahuano y Viamonte. El grado estaba compuesto por 46 niñas y 21 varones.

 

En la foto donde está Gardel son todos varones porque no fue tomada en la escuela de Buenos Aires sino en el barrio Sur de Montevideo alrededor de 1891, antes de que Berta Gardes llegara a Buenos Aires con su hijo francés.

 

Ver: * AUTÉNTICA ESCOLARIDAD DE CARLOS GARDEL  

 

Retrato oval

 

 

 La fotografía de la derecha no corresponde a Carlos Gardel sino al hijo francés de Berta Gardes.

El epígrafe dice: “Carlitos a los cuatro años de edad. Otra foto obtenida en calidad de primicia por una cortesía de Doña Berta.”

 

Dos antropólogos determinaron en diferentes oportunidades que el niño del retrato oval no era el mismo niño de la foto escolar:

 

 

a) Juan B. Gaffuri, comisario de la Policía Federal durante 30 años, estableció:

“Uno, el del cuadro ovalado, es de tez pálida, cráneo ovoide, labios finos y cabellos y orejas distintos a los del otro.

El del núcleo (escolar), es de cara y cabeza bombé, labios gruesos. Desemejanza en las barbillas, ya que una es puntiaguda y la otra de forma oval.”

Termina el peritaje estableciendo:

“Por los rasgos que presentan los niños, podemos afirmar que se trata de dos personas distintas.”

 

b) El Diario “El País” de Montevideo” el 24 de Junio de 2002 en un suplemento titulado “La ciencia avalando la historia”, publica un Estudio Antropológico Forense realizado por el Licenciado Horacio E. Solla (técnico del Instituto Técnico Forense de Uruguay y Miembro del American College of Forensic Examiners) sobre las dos fotos anteriormente mencionadas con el siguiente resultado:

1) El niño de la foto oval presenta una cara de forma oval (según Pöch, en Comas 1976, p.283), barbilla fina (mentón), labios relativamente gruesos (Martin-Saller, 1957), nariz fina y algo pronunciada.

2) El niño de la foto nº 2 presenta una cara de forma redondeada, mentón redondeado , labios de espesor medio y su nariz es de un ancho medio (alar-alar) y corta (nasión-subnasal).

Los estudios comparativos de superposiciones digitalizadas, cortes sagitales y diversas mezclas de ambas fotos realizados señalan la no existencia de coincidencias fisonómicas significativas entre el niño del retrato nº 1 y el niño del retrato nº 2, vale decir, son dos niños diferentes.

 

  

 
Dice: “Paul Gardes, padre de Carlos Gardel, y a quien éste casi puede decirse que no conoció, pues falleció a los pocos meses de su nacimiento.”
 

El Sr. de la fotografía se llamó Paul Lasserre, nunca se casó con Berta, no reconoció al niño como suyo, fue soltero hasta 1898, vivió hasta 1921 y, en 1893, cuando Berta viajó al Río de la Plata con su hijo, él estaba preso por robo en París.

 

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El 24 de junio de 1977, La revista "Radiolandia" reproduce la nota de "La Canción Moderna del 6 de junio de 1936, agregando la siguiente "Nota de redacción":

"Debe tenerse en cuenta que se trata de un texto escrito en 1936, un año después de la muerte del ídolo, y que Doña Bertha, por diversas razones, tenía necesidad de seguir mintiendo con respecto al origen de su hijo. En aquel momento hablar de "hijo natural" era poco menos que un estigma. El padre de Gardel, de nombre Paul Romualdo, era un militar francés. Con doña Bertha se habían querido mucho, (por eso ella, al nacer su hijo, le puso también el segundo nombre de su gran amor). Pero no pudieron casarse porque él ya era casado... Muchos años después, y Gardel ya famoso, su padre vino a la Argentina y hasta conversó con Doña Berta. La viejecita, una mañana, le comentó a su hijo que había estado su padre. Entonces Gardel, con la delicadeza con que siempre hablaba a su progenitora, le dijo: "Mire , madre, ya no lo necesito. Ahora lo que usted haga, estará bien". El padre regresó a Francia sin lograr nada.
Gardel y su madre tenían el mismo temperamento, abierto a la gente, generoso, hasta las mismas características físicas.
El ídolo tenía además verdadera devoción por la señora Anaïs B. de Muñiz, quien le diera una mano tan importante a Doña Berta cuando llegó a Buenos Aires. Doña Anaïs vivió, ya en la ancianidad, al cuidado de Doña Bertha. Carlitos se preocupaba por que no le faltara nada. Inclusive había llegado a comentarle a su madre que si algún día él faltara (¿Intuición de una muerte prematura?), nada le iba a faltar a ella y tampoco a Doña Anaïs. Y así fue."

Como puede verse, se trata de justificar la mentira con más mentiras, porque Paul Lasserre no se llamaba "Romualdo", no fue militar y no estaba casado cuando Bertha dio a luz a su hijo en Francia.
Gardel hubiera dicho:
... "y he sabido que el guerrero
que murió lleno de honor
ni murió ni fue guerrero
como me engrupiste vos.
La historia seguía armándose con más falsedades. ¿Quiénes eran los gestores de las mismas en 1977?


"La única verdad es la realidad" - Aristóteles 


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