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Proyectos

Si encomiendas a un hombre más de lo que puede hacer, lo hará. Si solamente le encomiendas lo que puede hacer... no hará nada.

Kipling
 
 

Poner en marcha un proyecto en África, sin importar su tamaño, muestra la mejor parte del espíritu de los emprendedores y nos recuerda que somos humanos

 

El gran continente africano encierra infinidad de posibilidades en la realización de proyectos de todo tipo y, evidentemente, no hay una sola de ellas que no contenga una gran dosis de aventura. Mi nombre es Pedro Losa y soy Responsable de Proyectos de El Safari de la Vida. Mi labor es asesorar a personas, empresarios e instituciones sobre la puesta en marcha de proyectos en África o bien coordinarlos con organizaciones establecidas sobre el terreno. Tras más de doce años viajando por diferentes países africanos he comprobado que, hasta la persona que menos dinero tiene en España, estaría capacitada para emprender un negocio solidario en África. Creo que la constante falta de información nos ha hecho estar ciegos ante las verdaderas posibilidades de dar solución al problema africano, limitándonos a colaborar con organizaciones no gubernamentales como algo residual basado en la simple caridad e ignorando que África no requiere caridad, sino participación activa.

 

Desde que, recientemente, hemos comenzado a difundir el mensaje del librito El Safari de la Vida, muchas personas me escriben para preguntarme qué pueden hacer si dependen de un salario más bien pequeño y sus responsabilidades diarias no les dejan demasiado tiempo.  Mi respuesta inicial es que lean el librito de nuevo antes de dar el primer paso, porque solamente si comprenden bien el mensaje y asumen su compromiso estarán capacitados para la acción. Después, evidentemente, vamos a estudiar juntos las posibilidades de cada cual para encontrar la mejor manera de poner en marcha un proyecto viable, haciendo ver que, en muchos casos, la cuestión del dinero y la falta de tiempo son paradigmas fácilmente franqueables.

 

Estoy absolutamente convencido de lo sorprendida que se quedaría mucha gente si supiera lo mucho que se puede hacer con poco, y especialmente si ese “poco” lo trabajamos en forma de negocio solidario en lugar de, como decía antes, simple caridad. Los africanos necesitan ayuda, eso nadie lo discute, pero la mayor parte de las veces, como bien se explica en el librito, no nos damos cuenta que la caridad tiene un principio y un fin, porque antes o después nos cansamos de ejercerla. Y también que con quien ejercemos esa caridad son personas que tienen su dignidad y, por supuesto, estarían más encantados de hacer negocios con alguien que tener que limitarse a participar en una suerte de lotería, basada en el impulso caritativo de personas que viven a miles de kilómetros y que no conocen de nada.

 

Cada gesto que hagamos por África puede parecer una gota en el océano, pero no olvidemos que el océano está compuesto por millones de gotas

 

Voy a poner dos ejemplos reales de lo que puede hacer una persona con un salario bajo y con poca disponibilidad de tiempo en el mundo de los negocios solidarios. El primero se trata de un chico de Conakry de unos 23 años que atendía un pequeño puesto de café callejero en un barrio marginal de Bissau, donde había emigrado en busca de fortuna. Trabajaba durante todo el día haciendo café con un termo viejo y sucio sobre una mesa desvencijada debajo de la cual había una bombona de gas y un pequeño hornillo para calentar el agua. Cuando alguien le pedía un café abría el termo, echaba agua en un vaso de plástico, de los de usar y tirar, que contenía café soluble y comenzaba a cambiarlo de un vaso a otro desde arriba (como los escanciadores asturianos de sidra) hasta que conseguía una espuma considerable.

 

Al final del día, una vez descontados los gastos, le quedaba de beneficio alrededor de un euro o un euro y medio con el que tenía que atender las necesidades de su familia, compuesta de mujer y dos pequeños, eso sin contar que tenía la obligación de enviar dinero a casa de sus padres para ayudar al resto de la familia, ¿sabéis por qué ganaba tan poco? Pues porque tenía que pagarle el doble de su beneficio al dueño de la mesa, el termo, la bombona de gas y el hornillo, que a fin de cuentas era el que hacía el negocio real.

 

Durante un tiempo estuve tomando café allí todas las mañanas hasta que, cuando ya teníamos confianza, le planteé un negocio a medias. Yo pondría el dinero de la inversión para comprar todos los elementos nuevos del negocio y él sería mi socio. Cada día podía tomar el equivalente a dos euros y el resto de beneficio debería guardarlo en un fondo común. Como podéis imaginar, el muchacho se emocionó totalmente ante la posibilidad de dejar de ser un esclavo y pasar a ser copropietario y además socio de un “blanco”. Al día siguiente ya tenía la “factura pro forma” de toda la inversión necesaria para comenzar nuestro negocio de hostelería, en total 72 euros. Le entregué el dinero y comenzamos a funcionar, pero su sorpresa vino cuando al poco tiempo, una vez que en el fondo común ya había otros 72 euros, le dije que buscase a otro chico como él para montar una sucursal.

 

En esta nueva aventura el tema consistía en que el chico que regentase esa nueva sucursal se quedaría cada día con el equivalente a dos euros, nos pasaría otro euro diario de royalty a nosotros y el resto del beneficio lo guardaría en un fondo común. Como ya habíamos  montado una sucursal, mi socio africano pasó a ganar cada día 3 euros y el resto del beneficio lo guardaba para mí. Ahora, después de un año, él ha podido regresar a su país, mantiene a toda su familia y tenemos cinco sucursales funcionando de “cafeterías callejeras”. El muchacho gana entre 3 y 3,5 euros diarios de su trabajo directo y otros 2,5 de los royalties diarios de nuestras cinco sucursales (más o menos el salario de un alto funcionario en su país). Yo sigo dejando que guarde mi parte de los beneficios para añadirlos al fondo común y seguir creando sucursales. En total, entre nuestra “cafetería” principal y las cinco sucursales se benefician de manera directa 42 personas, que son la suma de los familiares de cada uno de los responsables del negocio.

 

El otro proyecto que quiero comentaros es el de un chiquillo de 14 años de Yopougon, un barrio super poblado a las afueras de Abidján (Costa de Marfil). Su madre es viuda de guerra y tiene a su cargo ocho hijos (ha tenido dos partos de gemelas). El chaval quería colaborar, como fuera, al mantenimiento de la familia y me pidió dinero para comprar una tele vieja y unos video juegos de los que nuestros hijos en España ya no quieren ni regalados. Yo le di el dinero (50 euros) con la condición de que fuéramos socios y me rindiera cuentas del negocio, a lo que accedió sin más problemas. En menos de una semana había puesto cuatro tablas en la puerta de su casa y en su interior había una pequeña televisión con varios chicos que se arremolinaban a su alrededor para jugar turnándose el mando a un precio más que razonables. Hoy en día, después de dos años, tenemos un establecimiento con aire acondicionado, diez pantallas planas y video juegos de última generación, de ese negocio vive casi toda la familia.

 

  Naturalmente, no siempre hemos de centrarnos en los negocios, también hay acciones solidarias específicas en las que podemos involucrarnos con resultados verdaderamente espectaculares. El mejor ejemplo es el de un niño canadiense Ryan Hreljac, que hace nada, cuando en 1998 tenía 6 años, escuchó una charla de su profesora sobre las enormes diferencias a la hora de poder utilizar el agua en la mayor parte de África. El niño canadiense, como es obvio, sabía que para tener agua bastaba con abrir el grifo, pero ignoraba totalmente que en ese lugar tan lejano del que hablaba la profesora muchísimos niños y niñas no habían visto nunca un grifo y que, especialmente las niñas, no podían ir a la escuela porque cada día tenían que caminar varios kilómetros con un cubo en la cabeza en busca de un pozo de donde poder sacarla, y sin garantías de que se pudiera realmente beber.

 

Ryan quedó tan impactado que le preguntó a la profesora cuánto podría costar una bomba manual para sacar agua. Ésta le dijo, de oídas, que creía que alrededor de 70 dólares. Al llegar a casa el niño contó la historia a su madre y le pidió el dinero para hacer un pozo en algún lugar de África pero, como la madre no se lo daba, le propuso hacerse cargo de las tareas de limpieza de la casa durante el tiempo que fuera necesario para conseguirlo. La madre aceptó y Ryan trabajó diariamente durante cuatro meses hasta que  entendió que el esfuerzo hecho por el niño bien merecía ese dinero que, además, era para una buena causa. Pero posteriormente la sorpresa fue que, efectivamente, la bomba manual podía costar más o menos el dinero que Ryan tenía, sin embargo hacer el pozo costaba alrededor de 2.000 dólares.

 

El ánimo del pequeño Ryan le hizo seguir adelante con el proyecto y, poco a poco, su fuerza de voluntad se hizo conocida mediante los periódicos locales, lo que le hizo conseguir parte del dinero necesario a través de aportaciones de amigos, vecinos y desconocidos y más de la mitad del propio Gobierno canadiense. El día que sus padres le acompañaron a Uganda para inaugurar el pozo (gracias a un vecino que viajaba mucho y les regaló los puntos acumulados en la tarjeta de fidelidad de su compañía aérea), poco podía imaginar el recibimiento que iba a tener por el impacto que su buena acción representaba para la comunidad, especialmente por tratarse de la iniciativa de un niño que había mejorado, de golpe, la vida de más de 5.000 personas. Hoy en día es responsable de la Ryan’s Well Foundation (http://www.ryanswell.ca/) y ha contribuido a hacer 518 pozos y proyectos sanitarios en 16 países y beneficia a unas 640.000 personas. 

    

Estos ejemplos nos pueden servir para imaginar todo lo que se puede hacer por África para ayudar a acabar con el grave desequilibrio que supone la situación en que están viviendo la mayor parte de sus habitantes. Como se puede leer en nuestra sección de Preguntas , cualquiera puede tomar la iniciativa y ponerse manos a la obra desde hoy mismo, solo hace falta querer hacerlo.

 

Animo a todas las ONG que trabajan en África a que contacten con nosotros para saber más de sus trabajos y proyectos, de tal forma que podamos orientar mejor a las personas que nos pidan información. Igualmente, animo a empresas e instituciones a que nos soliciten información sin compromiso alguno sobre cómo pueden actuar de manera más eficaz y llegar a más gente. Y especialmente espero que, a nivel individual, o con familiares, amigos o asociaciones, muchas personas nos planteen la pregunta ¿por dónde empiezo? Ese será el mejor comienzo.

 

Mi email donde espero vuestras ideas es: info@elsafaridelavida.org
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