¿Cuál fue el primer animal en ser domesticado?

La respuesta es sorprendente, porque no se trata de una especie que comúnmente sirva a los seres humanos de alimento: el perro. Hasta muy recientemente existían multitud de teorías acerca del origen biológico del perro y de cómo fue su domesticación. Entre otros factores, la gran variedad de formas, tamaños y rasgos físicos particulares de cada raza parecía apuntar a un origen complejo, a la mezcla de diferentes especies (zorros, lobos, hienas, perros salvajes africanos,...). Sin embargo, la genética, mediante el análisis del ADN mitocondrial (aquel que varía menos y que contiene la herencia materna), ha proporcionado una sorprendente respuesta: todos los perros domésticos descienden de una hembra de lobo que vivió hace más de diez mil años, antes del Neolítico.

En cuanto al procedimiento, la lógica y las costumbres de los cazadores implicados, tanto humanos como animales, ayuda a hacerse una idea de cómo fue la dinámica que llevó primero a la convivencia entre las dos especies, después a la domesticación. En una primera fase, probablemente los lobos rondarían los campamentos de los cazadores humanos y se beneficiarían de los restos de su producto, especialmente huesos y restos de carne en lugares poco accesibles del animal. Curiosamente, ambas especies coinciden en la práctica de la caza en grupo y durante el día. Probablemente, los seres humanos escogieron algunos ejemplares de perros que les parecían más dóciles, menos agresivos, de manera que los favorecieron, alimentaron, convivieron más íntimamente con ellos y favorecieron su reproducción. Mediante esta "selección artificial" fue apareciendo poco a poco una especie que, simultáneamente, fue cambiando su aspecto físico, pues aparentemente existe algún tipo de conexión entre el comportamiento menos agresivo y rasgos como la cola curvada o el pequeño tamaño. De esa selección y convivencia surgieron los perros actuales, que poseen características en términos de sociabilidad, comunicación e integración con los humanos que, por ejemplo, sus parientes cercanos los lobos no pueden adquirir ni siquiera cuando son criados desde cachorros entre hombres y mujeres. La transformación paulatina, tanto en el compartimiento como física, ha sido atestiguada entre generaciones de zorros criados en cautividad durante décadas en Siberia, en lo que representaría, piensan los expecialistas en comportamiento animal, un proceso muy similar a como se supone ocurrió con los antepasados de nuestros caninos domésticos durante un periodo mucho más prolongado.

La compenetración de humanos y caninos domésticos es tal que se ha llegado a demostrar mediante experimentos científicos que los perros son capaces de captar las emociones de los seres humanos mediante la observación de las facciones del rostro. Asimismo, los perros son capaces de entender órdenes expresadas mediante gestos y palabras. En algunos casos excepcionales, se ha demostrado que un perro puede establecer equivalencias entre unas doscientas palabras y los objetos designados por éstas, además de alcanzar cierto nivel de abstracción (equiparación entre objetos de diferente escala o entre imagen fotográfica y objeto) que correspondería aproximadamente a lo que consideramos normal en un niño o niña de unos dos años (por estas razones su "inteligencia" debe ser considerada superior a la de los simios que tan cercanos a nosotros están en cuanto a la genética). Inversamente, también se ha verificado que los seres humanos son capaces de identificar por lo menos seis tipos de ladridos de perros y establecer su significado, demostración ésta de que también nuestra especie ha aprendido durante estos miles de años a entender a este animal doméstico.

Finalmente, según algunos investigadores, la transformación del ser humano de cazador-recolector paleolítico a agricultor y, sobre todo, ganadero neolítico no habría podido suceder, o habría sido mucho más complicada, sin la presencia de un animal auxiliar como el perro doméstico. En efecto, a cambio de comida y otros beneficios, el perro habría mentenido a raya a los depredadores de ganado o, por lo menos, habría ayudado con sus ladridos de alerta.
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