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Cambios en las formas de vida



TABLA DE CONTENIDOS

       4.1   EL PODER DE LOS PADRES
       4.2   LA SOCIALIZACIÓN DE LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS
       4.3   LA FAMILIA INFORMAL
 8-   SEXUALIDAD

 

1-   LOS CAMBIOS EN LAS FORMA DE VIDA


A primera vista, la evolución de la familia es simple: ha perdido sus funciones públicas para sólo mantener las privadas. Una parte de las tareas que le habían sido confiadas han sido rápidamente asumidas por instancias colectivas: esta socialización de algunas funciones no deja a la familia otra función que la de la plena expansión de la vida privada. En este sentido, podemos hablar de una privatización de la familia.

Este análisis, aunque no es falso, se muestra insuficiente. En efecto, la familia que se consagra de ahora en adelante exclusivamente  a sus funciones privadas ya no es exactamente la misma que la que además tenía funciones públicas. El cambio de las funciones implica un cambio de naturaleza: a decir verdad, la familia deja de ser una institución fuerte; su privatización es una desinstitucionalización. Nuestra sociedad se encamina hacia familias informales. Pero también acontece que en el seno de la familia los individuos conquistan el derecho a tener una vida privada autónoma. En cierto modo, al vida privada se desdobla: dentro de la vida privada de las familia se erige de ahora en adelante una vida privada individual. En el horizonte de esta evolución se encuentran las unidades de convivencia formadas por una sola persona en las que la vida privada doméstica ha sido enteramente absorbida por la vida privada individual.


A grandes rasgos, la sociedad uruguaya urbana, y en especial la sociedad montevideana, tiende a reproducir algunos de los cánones más característicos de las sociedades europeas, por lo que la tendencias que se instalan a fines del presente siglo  en la vida privada de los uruguayos no difieren sustancialmente de aquellas que son reconocibles en sus formas más acabadas en las sociedades de pleno desarrollo. Una descripción  contemporánea no puede dejar de contemplar: a) el progresivo empequeñecimiento de la familia nuclear aparecida con los procesos de urbanización e industrialización de principios de siglo, cuyo prototipo alcanza su apogeo en la década del cincuenta en todo el mundo; b) el progresivo aumento de las tasas de divorcialidad, las uniones libres, los hogares uniparentales; c) la implementación de educación preescolar pública y privada para edades crecientemente más tempranas; d) tasas de fertilidad que apenas sustituyen la población; e) extensión de la expectativa de vida en general y particularmente de las mujeres; f) envejecimiento general de la población; g) descenso general de las tasas de mortalidad y de mortalidad infantil; h) sexualidad más fluida; i) creciente atención a la corporalidad (consumo de cosmética, gimnasia y alimentación dietética); h) aumento de la violencia en general y del violencia doméstica en particular, i) tendencias de conducta mimetizadas respecto de modelos de vida privada estandarizados por la publicidad y los medios de comunicación.


Cuadro sobre el peso relativo de la población joven y adulta en el Uruguay 


2-   LA CONQUISTA DEL ESPACIO


Desde este punto de vista, el siglo XX puede considerarse como la época de la conquista del espacio, pero no en el sentido de los cosmonautas: el conjunto de la población francesa ha conquistado el espacio doméstico necesario para el desarrollo de la vida privada.

En ese caso y sobre todo a partir de los años 60 se produce un fuerte incremento en cuanto al tamaño y la disposición de las viviendas destinadas a casa de familia. Ahora bien, estos cambios cuantitativos implican cambios cualitativos. Más espacio para vivir en la propia casa es otro espacio y otra manera de vivir en él. El aumento del espacio en las viviendas se ha realizado mediante el aumento del número de habitaciones, y ello ha implicado su especialización funcional. Se dispone una nueva configuración del espacio doméstico donde aparece una gran novedad, al menos para el pueblo: el derecho de todo miembro de l familia a llevar su propia vida privada. Así la vida privada se desdobla: en el seno de la vida privada familiar nace la de los individuos.

 

3-   EL ESPACIO DEL INDIVIDUO


En efecto, antes de esta revolución de la vivienda se compartía necesariamente la propia vida privada con quienes vivían en el mismo espacio doméstico. El muro de la vida privada separaba el universo doméstico del espacio público, es decir, a los extraños al grupo familiar. Pero, detrás de este muro, salvo en la burguesía, no había lugares susceptibles de proporcionar un espacio privado a cada miembro del grupo: el espacio privado era, pues, solamente el espacio público del grupo doméstico.

De esta manera, no es exagerado hablar de la revolución para designar el cambio que se produce en las condiciones de vivienda de la gran masa de los franceses. Con la vivienda moderna, compuesta por varias habitaciones, generalmente independientes, con las modernas aplicaciones del agua y utilización de la calefacción, todos los miembros de la familia pueden apropiarse de un espacio personal. La democratización del ocio (cuarenta horas de trabajo semanal, vacaciones pagas) concede el tiempo de vivir en este espacio decoroso. La vida propiamente familiar se concentra en momentos precisos –las comidas, el domingo-  y en lugares concretos –la cocina, o en los que los arquitectos llaman después de la guerra el cuarto de estar-. La existencia se divide en tres partes desiguales: la vida pública, que esencialmente consiste en el trabajo, la vida privada familiar y la vida personal, todavía más privada.       

  

4-   LA VIDA PRIVADA CONTRA LA INSTITUCIÓN FAMILIAR


En cuanto al reparto del poder dentro de la pareja, el ejercicio de la autoridad paterna correspondía al marido. La familia ejercía un control bastante fuerte sobre sus propios miembros. El marido era el jefe; la mujer casada tenía necesidad de su autorización  escrita para abrir una cuenta en un banco para gestionar sus propios bienes. Habrá que esperar a las leyes de 1965 sobre los regímenes económicos matrimoniales y a la de 1970 sobre la autoridad parental para que desaparezca la inferioridad jurídica de la mujer respecto de su marido. Con la aparición de mujeres con una misma instrucción que los hombres, mujeres que ejercen un profesión o son capaces de hacerlo y que reivindican su derecho a intervenir n la esfera pública en iguales condiciones que los hombres, con  los matrimonios nacidos no tanto de las presentaciones familiares como de los encuentros en los acampamentos de juventud o en las aulas de las facultades, han aparecido parejas en el sentido moderno del término, y , con la pareja, una redistribución de los poderes sobre la vida privada.

 4.1   EL PODER DE LOS PADRES

Tocamos aquí un cambio capital en los dispositivos de la vida privada. Si por una parte se puede discutir sobre el reparto de los poderes entre el marido y la mujer en la sociedad de antes de 1950, por otra nadie pone en duda la autoridad que los padres ejercían sobres sus hijos: los hijos no tenían ningún derecho a llevar una vida privada. Su tiempo libre no les pertenecía: estaba a disposición de sus padres, quienes les encomendaban mil tareas. Vigilaban estrechamente sus relaciones y se mostraban muy reticentes frente a las camaraderías extrafamiliares. Todavía en 1938 el 30% de los lectores de una gran revista popular responden  afirmativamente a la pregunta: “¿Hace falta escoger la carrera de los propios hijos y dirigir sus pasos hacia ella desde su más tierna infancia?”.

Sin  embargo, el poder de los padres iba mucho más lejos: alcanzaba también a la vida privada de los hijos. El matrimonio era un asunto de familia y dependía, pues, de los padres, sobre todo cuando los patrimonios estaban en juego. En la parte inferior de la escala social, allí donde, a falta de patrimonio, apenas podía hablarse de estrategias familiares, los hijos escogían con bastante libertad a su cónyuge.

En principio, en todos los medios sociales el matrimonio marcaba el momento de la emancipación de los hijos, quienes, así, podían escapar al poder de los padres. Para que el poder se difuminase y para que la vida privada se organizase sobre el modelo del intercambio afectivo entre personas, para que la vida privada familiar se convirtiese en el lugar de encuentro entre las vidas privadas personales autónomas, no sólo hubiera hecho falta que el espacio doméstico se ampliase y se dispusiera de forma diferente, sino también que la institución familiar se suavizara. De nada habría servido una transformación del espacio si no hubiera venido acompañada de una evolución de las costumbres.

4.2   LA SOCILIZACIÓN DE LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS

El desarrollo de la institución escolar es uno de los rasgos principales de la evolución social durante el siglo XX

Si los padres se han hecho menos autoritarios, más liberales y permisivos, es sin duda porque las costumbres han evolucionado; pero sobre todo porque han desaparecido las razones para imponer una determinada actividad a los hijos de la mano de la ausencia parental debido a una multiplicidad de factores (trabajo, divorcio, etc.).

La liberalización de la educación familiar implica que el aprendizaje de la vida en sociedad se transfiera de la familia a la escuela. La escuela recibe la carga de enseñar a los niños a respetar las obligaciones de tiempo y espacio, las reglas que permiten vivir en sociedad así como a encontrar la relación adecuada con los demás. Y esta socialización  no atañe solamente a los años de adolescencia, sino también a todo el periodo de escolaridad.

Así la familia pierde progresivamente las funciones que hacían de ella una microsociedad. La socialización de los niños ha abandonado totalmente la esfera doméstica. La familia deja, pues, de ser una institución para convertirse en un simple lugar de encuentro de vidas privadas.

 4.3   LA FAMILIA INFORMAL

La evolución del matrimonio  constituye un dato muy revelador de esta transformación profunda de la realidad social.

En la primera mitad del siglo, casarse era fundar un hogar.  Para casarse, un hombre y una mujer debían gustarse, tener el sentimiento de poder comprenderse, apreciarse, estimarse, en pocas palabras, convenirse. Naturalmente todo esto no excluía de ningún modo que se amasen ya, como tampoco les aseguraba que habrían de continuar amándose más tarde: la valoración de los aspectos institucionales del matrimonio enmascaraba las realidades afectivas. Por lo que hace a los aspectos “físicos” –entonces todavía no se decía sexuales-, en una encuesta de 1938 sobre loas condiciones de felicidad conyugal en Francia, si bien alcanzan un alto porcentaje (67%), viene después de la fidelidad (78%), del reparto de la autoridad (76%) y sobre todo después de las preocupaciones y trabajos (92%). Casarse era ante todo formar un grupo.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, el amor ocupa un lugar central en el matrimonio: es su fundamento mismo. Sin embargo, el amor y el matrimonio no llegan todavía a disociarse, pues la sexualidad permanece vinculada a la procreación. Y no porque la contracepción sea entonces desconocida, sino porque depende sobre todo de los hombres, mientras que un embarazo y sus consecuencias atañen más directamente a las mujeres.

No obstante, las costumbres se modifican. Las ideas feministas, sobre todo a partir de los acontecimientos de la década de los 60, se extienden rápidamente. La generalización de la contracepción femenina permite la disociación entre la sexualidad y la procreación.

Entonces el matrimonio deja de ser progresivamente una institución para convertirse en una formalidad. Con la evolución de la educación, los jóvenes han conquistado dentro de su familia una amplia independencia: ya no es necesario casarse para escapar al poder de los padres. Pero tampoco hace falta contraer matrimonio para mantener relaciones regulares con un amigo del otro sexo, puesto que estas relaciones sólo tienen consecuencias cuando se quiere que tengan.

Vemos entonces multiplicarse las parejas de jóvenes no casados, lo que los sociólogos llaman púdicamente la “cohabitación juvenil”. El matrimonio no cambia en nada la vida de la pareja que cohabitaba antes de su celebración. No le aporta ningún reconocimiento social suplementario, puesto que existía ya como tal para sus amigos y padres. En el plano jurídico, para los subsidios familiares, para la Seguridad Social, una cohabitación probada produce los mismos efectos que el matrimonio. Los cohabitantes no ganan nada al casarse. Por el contrario, a menudo tienen el sentimiento de perder: casarse es comprometerse, inscribir su vida en un proyecto; la cohabitación encuentra su satisfacción en un presente caluroso y desconfía del porvenir. A los cohabitantes la apuesta matrimonial se les aparece como algo temerario. ¿No es casarse enajenar la propia libertad, sacrificar alguna de las propias posibilidades, en pocas palabras, disminuirse?

La afirmación de la vida privada de cada individuo socava así, desde dentro, la institución matrimonial. La pareja, lugar privilegiado para la expansión de la personalidad, es un asunto puramente privado que sólo atañe a los interesados. La sanción jurídica del matrimonio se hace a la vez más débil y más rara.

Más allá de matrimonio, la familia se estremece. El grupo familiar constituido por una pareja y su hijos deja de ser la norma única: las familias monoparentales son cada vez más frecuentes. En 1981 el 10% de los hijos son educados por un solo padre, por la madre más de tres veces sobre cuatro.

Las transformaciones del espacio doméstico, la socialización del trabajo y de una amplia parte de la educación, el aligeramiento de las obligaciones de la vida cotidiana y la evolución determinante de las costumbres han provocado una verdadera mutación. Hace medio siglo la familia se situaba delante del individuo; ahora el individuo pasa delante de la familia. El individuo estaba incorporado a la familia; cuando no se confundía con su vida familiar, su propia vida privada era secundaria, subordinada y a menudo clandestina o marginal. La relación del individuo con la familia se ha invertido. Hoy en día, salvo en el caso de  la maternidad, la familia no es otra cosa que la reunión de los individuos que la componen momentáneamente: cada individuo vive su propia vida privada y espera que una familia informal venga a favorecerla. ¿Tiene por el contrario la impresión de que la familia le ahoga? Se separa de ella y busca encuentros más “enriquecedores”. La vida privada se confundía con la vida familiar; a partir de ahora, la familia ha pasado a ser juzgada en función de su contribución al pleno desarrollo de las vidas privadas individuales.

 

5-   ¿UNA NUEVA SEXUALIDAD?


Una de las transformaciones menos aparentes pero quizás más importantes dentro de la vida privada de las últimas décadas la ha constituido la sexualidad. Ha emergido una nueva sexualidad en contraste con un modelo anterior más ligado a la reproducción.  Esta nueva sexualidad que tiende a pernear las relaciones íntimas de las generaciones jóvenes y medias se manifiesta en ocasiones muy ligada a la identidad de género y a las reivindicaciones por la democratización de la vida íntima y de los dominios interpersonales, en una forma en todo homologable a la democracia en la esfera pública. Asociada a este último tema aparece también la cuestión de las identidades sexuales, su conformación cultural y el espectro de derechos que les atañen bajo el lema de la democratización de las relaciones personales y de las relaciones sexuales, asuntos que revisten una mayor visibilidad que antes al interior de las sociedades contemporáneas.

Podría hablarse de una creciente liberalidad de las perspectivas desde las cuales los uruguayos enfocan la sexualidad,  de acuerdo a las investigadoras M. Calero e I. Spinelli, y teniendo en cuenta la edad de los opinantes y su nivel educativo y social. A medida que las edades descienden y crecen los niveles educativos y sociales, se aprecia actitudes menos conservadoras y opiniones y actitudes más tolerantes, referidas por ejemplo a la homosexualidad, a la utilización de métodos anticonceptivos, a la masturbación y a los sueños y fantasías sexuales. Se aprecia asimismo una tendencia general al descenso de la edad en la iniciación sexual y a su consumación con novias y novios, en vez de prostitutas y esposos, por lo que las autoras concluyen que el matrimonio pierde su peso como motivo  de la iniciación sexual.

Dentro del llamado sexo adolescente, predominan las relaciones inestables de pareja formadas casualmente dentro del mismo círculo de amigos del liceo o del barrio. Puede presumirse que los padres contemporáneos hablan más libremente con sus hijos, especialmente respecto de las precauciones que deben tomarse con relación al sida y al embarazo. Pero no solo los padres hablan de sexualidad: es sexo está presente en programas televisivos, en la publicidad, en la prensa cotidiana, en el discurso ilustrado de los psicólogos y sexólogos, en la enseñanza. Y el placer sexual, construido como nuevo fetiche, ya desde la ciencia, ya desde el hedonismo creciente, se transforma en obsesión: “El logro del placer sexual, en realidad, se ha convertido en un deber, en la prueba clave de la salud psíquica, y en el testimonio ineludible de la felicidad personal; su ausencia o su subordinación a otros fines, antes virtud social, religiosa o política, es ahora signo de enfermedad y fracaso, el núcleo del drama psicológico moderno.”

Pero estas tendencias liberalizadoras no se distribuyen de manera uniforme en toda la población y otras variables pasan a primer plano. Los problemas de violencia, alcoholismo, abandono e incomunicación pesan más sobre la sexualidad femenina de las mujeres de estratos bajos que sobre el resto y las situaciones de pobreza acentúan la diferenciación de los roles masculino y femenino, cobrando particular fuerza para las mujeres la maternidad como el rol por excelencia.

 

6-   AL RITMO DEL RELOJ: ADOLESCENTES URUGUAYOS DE LOS AÑOS CINCUENTA


Es posible empero señalar algunas novedades de la década y notar diferencias con la actualidad.

Para empezar, ser joven no significaba lo mismo que ahora, cuando los adolescentes se muestran como el paradigma de la plenitud personal. Aun asumiendo que la figura actual de adolescente es una creación de la modernidad (en la década de los cincuenta los países hispanoparlantes no crearon una palabra para referir a la franja etaria referida a la adolescencia), no es fácil verla en la prensa y la publicidad uruguayas de los tempranos cincuenta, donde se repetían las imágenes de hombres y mujeres maduros.  Aparecían muy pocas personas que hoy se definirían como adolescentes y prácticamente no se exhibían usos característicos de la edad. La obsesión del cuerpo juvenil que inunda el presente se limitaba a la prédica sanitaria por el deporte y contra la obesidad. La seducción, la plenitud física e intelectual, la realización individual se asociaban generalmente a la vida adulta.

Aparentemente, la cultura adolescente que surgió en los tempranos cincuenta en los Estados Unidos y Europa no impactó inmediatamente en Uruguay. Excepto algunos modelos del New Look, promocionados como juveniles, prácticamente no había un modo de vestirse que distinguiera al adolescente. En general, las tiendas publicitaban modelos para niñas o señoras, para niños o para caballeros. Y cuando por fin apareció una moda distintiva, se criticó duramente a “los mozalbetes de pelo largo  camisolas multicolores y a las damiselas, que mal copiando una moda de la calzadura italiana, en realidad andan –como las chirusa de El Viejo Pancho- en chancletas”. Hasta casi los sesenta, escucharon típica y jazz en los bailes de los clubes barriales o salas de baile céntricas, los mismos a los que concurrían las generaciones anteriores.


7-   EL ROL DE LA MUJER


Al igual que en Europa en América Latina la mujer fue excluída del  derecho de ciudadanía durante el siglo XIX pero existió una fuerte tensión entre la exclusión de derechos políticos y la inclusión simbólica de la mujer como sostén de la nación. (La tensión entre Estado excluyente y nación inclusiva recorre todos los escenarios sociales de América Latina)

Hacia 1930 las mujeres de Argentina, Brasil y Uruguay no gozaban del derecho al voto (derechos políticos) y más aún tampoco gozaban del derecho al pleno ejercicio de sus libertades individuales (derechos civiles).        
Su inclusión legal como ciudadanas políticas se alcanzó en 1932 en Brasil y Uruguay y en 1947 en Argentina. Paradójicamente las mujeres casadas tuvieron graves limitaciones para el ejercicio de sus libertades individuales hasta la promulgación de las leyes de emancipación civil de 1926 en Argentina, de 1946 en Uruguay y de 1962 en Brasil.

En estos países el feminismo que comenzó a perfilarse en 1890 fue un fenómeno urbano de clase media liderado por mujeres que habían tenido acceso a la educación, especialmente a la universitaria .Los temas en torno a los que se organizaron las mujeres fueron el divorcio, la igualdad civil y penal, el aborto y el voto.

En Argentina las mujeres obtuvieron el derecho pleno al voto en 1947, durante el Peronismo mientras que en Uruguay fue en 1932.

En Uruguay en la primeras décadas  del siglo XX  la precocidad, la audacia y la desenvoltura eran condenadas en ese país que fortalecía su mito de la medianía, que castigaba el protagonismo y la disidencia. En este sentido, se solía aludir a la buena educación de esos jóvenes que ya tuteaban a sus padres. Se advertía en especial a las mujeres, recordándoles que “Por muy despierta que sea una jovencita, por grande que fuese su cultura, no debe pensar nunca en dirigir una conversación existiendo personas mayores y más experimentadas. Impresionará siempre mejor manteniéndose en un estricto nivel de discreción, sin procurar sobresalir, lo que sí puede hacer libremente en el círculo de sus amistades, entre las de su misma o parecida edad”.

Criadas por (y para) amas de casa, muchas tuvieron frente a sí la posibilidad de la independencia económica y de la realización profesional o laboral; y eran comunes la condena y la burla de las nuevas aspiraciones. En Mundo Uruguayo, por ejemplo, solían aparecer notas críticas  hacia el desenfado y la frialdad atribuidos a las nuevas maneras femeninas: “Todas las jovencitas sueñan con parecerse a esas rutilantes criaturas que caminan con paso rápido, toman decisiones importantes en contados minutos y no paran en sus casas más que para comer y dormir. Y la muchacha hacendosa y diligente, la que ha hecho de su hogar un mundo, parece tan fuera de moda como las polleras de nuestras abuelas o los primeros automóviles”.

Mientras  tanto, el casamiento seguía funcionando como momento de emancipación y los padres aún intervenían decisivamente. La elección de un buen partido o de una buena chica no concernía solamente a los futuros cónyuges. También los futuros suegros evaluaban la posición social, las intenciones y demás atributos de los candidatos. En 1958, Alma Fermar, de Mundo Uruguayo, afirmaba que “El amor se manifiesta ahora de manera totalmente distinta al de hace 30 años “y exponía un “gran avance de los nuevos noviazgos: Los padres son simples espectadores del hecho amoroso y no les cumple otra misión que la de informarse de las condiciones económicas y de carácter del proyecto político”. Aunque resulta difícil determinar precisamente la edad en que esto ocurría, puede afirmarse que la emancipación efectiva de la tutela paterna era el signo usual de que la vida adulta había comenzado. Sin embargo, también estos límites se fueron desdibujando: comenzaba a extenderse la imagen de una juventud ampliada e incierta.

Todos los análisis concuerdan en mostrar la influencia cada vez mayor de las mujeres en el engranaje de la sociedad en el  siglo XX y no se ha dejado de proclamar la igualdad de los sexos. Durante el siglo XX las mujeres entraron masivamente en la educación y en el empleo  remunerado, pero existe una marcada desigualdad de oportunidades escolares y las profesiones no tienen un carácter sexualmente mixto. Se continúa con la segregación de una forma más sutil.

En el mundo de la educación y del trabajo las posiciones dominantes son siempre ocupadas por varones.


A medida que se eleva la tasa de escolarización, la feminización de las ramas crece. Las jóvenes generaciones se orientan hacia las ramas ya feminizadas En las universidades las ramas preferidas siguen siendo las letras, las lenguas, la farmacia y , en menor medida, la medicina. Las mujeres siguen siendo minoritarias en estudios de ingeniería. Además con igual titulación las chicas acceden menos que los varones a las profesiones.

A los hombres se los exhorta a trabajar para atender las necesidades de la familia, mientras que a las mujeres se las acusa de abandonar esa misma familia por un salario complementario. Los hombres entran en la carrera, las mujeres desertan del hogar.

El siglo XX proclama educación y trabajo para las mujeres, pero en determinadas condiciones, siempre que no revierta en perjuicio de la familia.

La discriminación puede ser directa: otorgando un salario menos elevado a una mujer que tiene la misma formación que un hombre y que realiza el mismo trabajo que ella,  o indirecta: concediendo ventajas a los hombres a igual empleo y salario.

Frente a la imagen de mujer triunfadora, emprendedora, de superwoman, que se difunde actualmente, se oculta la realidad de muchas mujeres sumergidas.

Hoy en día las mujeres tienen todas las leyes a su favor, les están abiertas todas las escuelas, están integradas por doquier. Engañadas respecto de su victoria, luchan poco contra las formas enmascaradas de desigualdad.. 

Los medios masivos de comunicación difunden distintas imágenes de mujeres que dan cuenta de situaciones reales y permiten a las mujeres conocerlas y compararlas con sus experiencias de vida y buscar en muchas  oportunidades cambios. Por otra parte la publicidad se dirige a la mujer como potencial sujeto consumidor pero a su vez la mujer es empleada como objeto. Se utilizan sus cuerpos para fomentar el consumo del producto que se está publicitando. Muchas mujeres protestan contra el uso que se hace del cuerpo femenino pues supone una sobrevaloración del mismo y una  desvalorización de sus capacidades intelectuales

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8-   SEXUALIDAD


Los testimonios recogidos hablan del ocultamiento de todo indicio de intimidad de la pareja frente a los hijos, incluyendo generalmente cualquier gesto afectuoso. Se trata de un ejemplo del fuerte pudor que aún se prescribía para las relaciones entre hombres y mujeres. Con respecto a estos temas existía, como señala Norbert Elias al analizar el caso europeo, un “muro relativamente espeso de secreto en torno a los adolescentes constituido por la coacción a la que se someten los adultos con el fin de relegar a la esfera íntima todos los impulsos, especialmente los sexuales”.

Introducir a los adolescentes en la vida adulta no demandaba una enseñanza específica del sexo, como empezó a exigirse luego de los sesenta, cuando una sexualidad satisfactoria comenzó a centrar la plenitud personal.  Era, sin embargo, un tema reiterado en los grupos de adolescentes y las alusiones más o menos veladas eran frecuentes en los adultos de la época. Es sintomático que los únicos reproches que los jóvenes universitarios encuestados en 1960 hacían a sus padres estuvieran relacionados con la educación sexual

Por otro lado, parecía que la desmesurada prédica sobre los peligros de la masturbación que caracterizó la visión del adolescente del Novecientos había perdido intensidad hacia  los años cincuenta. No eran excepcionales los pedagogos que aceptaban como propias de la edad las prácticas masturbatorias.

De hechos, en lo que refiere a la educación y aprendizaje del sexo eran abismales las diferencias entre las experiencias alentadas en hombres y mujeres. Los padres tenían la posibilidad de sugerirles a sus hijos varones una visita al prostíbulo, lugar de sociabilidad masculina y rito colectivo bastante generalizado.

Según los testimonios recogidos, se vivía un ambiente puritano desde el cual se hace difícil imaginar la liberalización de las costumbres que comenzó a despuntar unos diez años después. La virginidad era un tesoro que ellas debían defender hasta el matrimonio; y aparentemente lo hacían con cierto éxito, con la colaboración de los respetuosos varones de la época.

La iniciación sexual marcaba el fin de la infancia de los hombres y era para las mujeres una bienvenida a la edad adulta signada por el casamiento.

Seguramente la culpa y el miedo envolvían la vida sexual de esos adolescentes que no conocieron la píldora  y apenas la penicilina, amenazados por la medicina y por la moral. Pero siempre hay un juego de ida y vuelta en la interiorización de las normas. Los asientos traseros de los autos, la siesta familiar o los baldíos fueron escenarios preferidos por novios y “dragones”.


9-   BIBLIOGRAFÍA


 Adaptado  a partir de:

·         GARCÍA, M. y GATELL C. “Actual, Historia del Mundo Contemporáneo”. Ed. Vicens Vives, Barcelona 2001.

·         DE MIGUEL, A. y otros. “La década prodigiosa”. Ed. Grupo 16, Madrid 1987.

·         ARIÉS P. y otros. “Historia de la vida privada. De la Primera Guerra Mundial hasta nuestros días”. Ed. Taurus.

·         BARRÁN J. y otros. “Historias de la vida privada en el Uruguay. Individuo y soledades 1920-1990. Ed. Taurus.

·         ANSALDI, W. coordinador. "Calidoscopio latinoamericano" . Ed. Ariel, 2004

·         DUBY G. y otros. "Historia de las mujeres". Ed. Taurus, 1993

·         Artículo en la Enciclopedia Wikipedia: "Sociedad de Consumo". Disponibilidad en Web: http://es.wikipedia.org/wiki/Sociedad_de_consumo

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