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Carteles

Tanto fastidiamos con la manía de verbalizar, colocando etiquetas a todo y reduciendo todo a signos, que en algo, en algún sitio, se dio por enterado y contestó.

Despertamos porque los relojes sonaron a la hora de costumbre, pero el cielo seguía tan negro como cuando nos habíamos acostado. Los que salieron de la intimidad del dormitorio y miraron por la ventana descubrieron un cartel escrito con letras amarillas. El cartel asomaba por el este y decía AMANECER.

Encendí la radio. Había música en todas las emisoras, seguramente emitida por equipos automáticos. Era estúpido suponer que los locutores y operadores estarían en mejores condiciones que el ciudadano común para superar el espanto producido por un comienzo de día tan anómalo.

Yo no encendí la radio en el momento de levantarme para hacerme cargo de los muertos de un accidente aéreo ocurrido en Tanzania o de un terremoto en Japón. Lo único que me importaba era la temperatura, la humedad, el viento, el pronóstico. Me disgustaba salir a la calle sin saber qué ropa debo usar.

Así que decidí nadar a contracorriente y aprovechar las luces de nuevos carteles que se filtraban a través del aire puro de la madrugada.

Me asomé y leí: NUBLADO-FRÍO-PROBABILIDAD DE LLUVIAS.

Me puse un par de botas y un impermeable amarillo, tomé un paraguas y salí a la calle.

Afuera comprobé que los carteles se desplegaban y afirmaban por toda la bóveda celeste: brillaban con una intensidad desusada, y uno de ellos anunciaba LLUVIA INMINENTE, algo que ningún servicio meteorológico maneja sin imprecisión.

Caminé un par de cuadras sin apartar los ojos de los carteles. No era el único que caminaba mirando hacia arriba. Los transeúntes tropezaban en la penumbra, una peregrinación de desgraciados que morirían sin alcanzar la Meca.

Según mi reloj ya eran las siete y los carteles volvieron a cambiar: LLUEVE, decían las letras amarillas. Abrí el paraguas instintivamente, y sonreí al notar el error. No cayó una sola gota. Sin embargo el cartel insistía con obstinación: LLUEVE. No cerré el paraguas. Tampoco hacía frío (o no se sentía), a pesar de que uno de los carteles marcaba 6 GRADOS 2 DECIMAS. No me pareció sensato desafiar a los elementos ahora que se expresaban con tanta claridad y sin intermediarios por primera vez. Me levanté las solapas del impermeable y eché a andar hacia la estación.

Había muy poca gente esperando, y yo no tenía razones para pensar que el tren fuera ajeno al caos y pudiese entrar a la hora debida. Un cartel insólito colgaba del cielo sobre la estación. El cartel decía : AHORA VIENE LO MEJOR...


Sergio Gaut Vel Hartman “Fantasías y Ciencia Ficción. Cuentos argentinos”

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