Ayn Rand y las Tranqueras


Por Manfred F Schieder

Quien desea algo debe aceptar los medios correctos para lograrlo.” Este pensamiento del poeta latino Horacio acompaña a la humanidad desde hace ya 2.000 años. Debería haberse convertido entretanto en un lugar común pero es evidente que aún hoy la gran mayoría no ha entendido claramente su sentido.

No podemos obtener los resultados que anhelamos mediante métodos que son incorrectos. Las leyes de la Naturaleza lo imponen así. Si deseamos una vida de bienestar y felicidad debemos aplicar el sistema político-económico que produzca un sistema social que posibilite el logro de tales metas. En este propósito, empero, nos enfrentamos con un impedimento, una tranquera por así decir, que nos separa del logro. Esta barrera está formada por la inercia de permanecer en una forma social que es propia de nuestros antepasados y que ha permitido la permanencia de grupos de poder que extraen de tal situación beneficios y privilegios de los que no quieren prescindir. Esta forma social de índole masificante brinda sustentación para el parasitismo y no es propicia al logro productivo.

Dos factores esenciales coadyuvan a tal permanencia: por una parte el tipo de enseñanza, controlada gubernamentalmente, que se impone al “soberano” desde su más tierna infancia y, por la otra, la falta de interés por parte de la mayoría de los intelectuales en provocar el cambio intelectual-político requerido ya que ellos mismos usufructúan el sistema social establecido.

Esta situación, empero, sólo puede quedar establecida por un tiempo. Incluso las “renovaciones” del mismo brebaje estupefaciente bajo otro nombre logran mantener su efecto por un tiempo cada vez menor. Esto se debe a un efecto de la evolución misma: la realidad, que se despliega ante nuestros ojos sin oponer resistencia al escrutinio crecientemente penetrante a que la sometemos, permite a nuestro cerebro aprender aceleradamente a través de cada vez más datos descubiertos, deducidos y adquiridos. Cerebros geniales deducen de ello conclusiones inéditas y valederas por carecer de contradicciones tanto externas como internas.

Aprendemos las leyes de la Naturaleza y las aplicamos a nuestros propósitos pues así lo exige la forma en que debemos sustentar nuestra supervivencia. Como dijera Roger Bacon: “La Naturaleza, para ser controlada, debe ser obedecida.” Es decir, debemos aceptar las leyes de la Naturaleza como fijas e incambiables. De la combinación entre ellas y de la inteligente aplicación obtendremos la cornucopia de bienestar y felicidad que deseamos.

Ahora bien, la aplicación de este proceso, dictado por la característica de lo que somos, seres pensantes, provoca un ineludible enfrentamiento con la estructura social en la que se desarrollan tales empeños de progreso. Mientras algunos, que actualmente aún predominan, insisten en mantener el sistema social existente para retrotraernos a la más oscura de las edades otros - aquellos que reconocen que la evolución castiga tal disparate con la eliminación de la especie y que son los Nuevos Intelectuales - entienden el quid de la cuestión y promueven la realización de un cambio social basado en un concepto filosófico radicalmente nuevo y, por lo tanto, revolucionario. Oponerse a este dictado de la realidad no lleva a nada positivo.

No podemos cerrar los ojos o mantenernos en inútil sumisión a los poderes que son. “En el siglo veinte”, dice C.W. Ceram, autor de “Dioses, Tumbas y Sabios”, en su escrito “Yestermorrow”, “se está acabando un período de la historia humana que abarca cinco milenios. En oposición a Oswald Spengler y su concepto de que Occidente se está terminando, no se asemeja nuestra situación a la de Roma al comienzo de la era cristiana sino a la del hombre 3000 años antes de Cristo. Al igual que el hombre prehistórico, alzamos los ojos y nos enfrentamos a un mundo completamente nuevo. “En la prehistoria los póngidos (de una palabra africana que significa "monos"), al igual que todos los demás organismos vivos, aún estaban sometidos, para sobrevivir, a la exigencia de tener que adaptarse el medio ambiente. El continuo crecimiento del cerebro, empero, cambió radicalmente esta situación. Tanto el crecimiento como la complejidad del cerebro llevó paulatinamente a que cada vez pudiésemos elaborar más y mejor las impresiones que entran al cerebro a través de nuestros sentidos. De la elaboración de los datos surgían necesariamente conclusiones. Comenzamos a razonar y aplicamos estos razonamientos a modificar el medio ambiente en forma consciente y teleológica, con el propósito entonces quizás vagamente reconocido de mejorar y prolongar nuestra existencia.

Claro que esto sucedía en medio de un ambiente social que trajimos de los tiempos en que aún éramos irracionales. La mayoría de nuestra historia se signó por formas tribales, divisiones en estratos de amos y esclavos, señores y siervos, teocracia y corderos, gobiernos y población dirigida.

Desde entonces conllevamos creencias que se oponen totalmente a la realidad de los hechos y para lograr nuestros propósitos continuamos aplicando métodos que son indignos de la condición alcanzada de seres razonantes y que se mezclan con conocimientos y entendimientos que sí son propiamente humanos y surgen del conocimiento científico y no de creencias y supersticiones.

En este sentido es más temprano de lo que creemos. Los tiempos en que, durante el transcurso de la evolución, estábamos más cerca de los animales irracionales que de nuestra verdadera esencia humana, continuarán siendo recientes mientras nos aferremos a un sistema social que ya no nos es propio. Estamos cruzando un tiempo de transición y cuanto más nos apuremos en dejarlo atrás tanto mayores beneficios obtendremos de ello.

Aún son mayoría quienes creen vivir en un lugar incomprensible e irreal donde poderes sobrenaturales rigen sus “destinos” y que a estos poderes debe apelarse mediante ruegos y contrición para pedir milagros o dádivas, todo ello en absoluta oposición al concepto de no esperar que “otros hagan por ellos lo que ellos deben hacer por sí mismos”. Los partidos políticos que basan su poder en tal ignorancia todavía son legión.

Debemos tener siempre presente que ni los hornos de sacrificio de Baal ni los sanguinarios templos aztecas ni la Inquisición trajeron mejoría alguna a la humanidad. Nuestro progreso no depende ni de la desaparición forzada de razas o estratos sociales como pretendieron la Revolución Francesa y los Stalitlers de todo tipo y color que pululan en la historia. El despotismo y el terror sólo logran retardar la marcha de la civilización por milenios al destruir ese material único y precioso que es la especie humana.

La Edad Media, epígono del oscurantismo y la superchería, la falta de higiene y las muertes tempranas por hogueras o pestes no fue el paraíso terrenal. Fue el abismo de la desesperación y el infierno de la infelicidad. Llamamos adecuadamente Renacimiento a nuestra capacidad de poder librarnos de sus horrores.

El camino del bienestar y la felicidad requiere una civilización basada en el logro de esfuerzos productivos. Pero para ello debemos rechazar la creencia de que cualquier método que apliquemos es el adecuado. Debemos abandonar el miedo, la inercia y el acostumbramiento. Debemos realizarnos como individuos y no como la masa que se nos quiere hacer creer que somos. Debemos reconocer definitivamente que vivimos en un universo comprensible, que responde a leyes naturales férreas que debemos aplicar productivamente. En pocas palabras: si deseamos una vida de bienestar, un ambiente donde se logre combatir las enfermedades con cada vez mayor éxito y donde se elimine no ya al hambre sino aún al mismo fantasma del hambre hemos de utilizar la razón, la facultad que nos caracteriza como seres humanos. Hemos de rechazar todo tipo de ideas masificantes porque el colectivismo es la forma social de los irracionales. “La civilización es el progreso hacia una sociedad de privacidad”, señala Ayn Rand en El Manantial, “Toda la existencia del salvaje es pública, sometida a las leyes de la tribu. La civilización es el proceso de liberar al hombre del hombre.”

Si deseamos obtener el bienestar y la felicidad pero rechazamos los medios para lograrlo jamás conseguiremos alcanzar nuestro cometido...salvo que queramos vivir la inmoral y despreciable existencia de los ladrones, los asesinos, los déspotas y los tiranos. Los Stalitlers aún pueden ser mayoría pero jamás significaron la felicidad de nadie, ni siquiera de ellos mismos. Como los dueños de esclavos de la antigüedad vivieron permanentemente rodeados por el terror ante su propia destrucción. La destrucción de las fortalezas y los búnkers cuasi inasequibles que construyeron lo demuestran claramente.

El bienestar y la felicidad humana no son, pues, producto de lo arbitrario. Son producto directo del sistema social correcto. Pero, ¿cuál es éste?

Un sistema social dado es el resultado del marco político dominante. Este, a su vez, es el producto de un fundamento filosófico determinado. Si este fundamento es falso, errado, así será también el resultado social. Un sistema social es, pues, la concretización de las abstracciones filosóficas que forman su base. En otras palabras: “Dime la filosofía que predomina donde vives y te diré la sociedad en que transcurre tu vida” y viceversa. Si la mayoría sostiene, consciente o subconscientemente, una filosofía dada propugna, automáticamente, una sociedad determinada. Pretender una sociedad productiva basada en una filosofía destructiva es un despropósito. Son los intelectuales quienes deciden la filosofía y el sistema social que es su producto. Si adhieren a una cierta filosofía pero repugnan la forma social que resulta, cometen una contradicción en términos. “Quien desea algo debe aceptar los medios correctos para lograrlo.” Ya lo dijimos pero debemos repetirlo.

Esto se aplica en todos los órdenes de la vida: quien entiende ser una hoja en la "tormenta" de la vida, quien presuponga que nada puede hacer para mejorar las circunstancias que lo rodean “en un mundo que no hizo”, quien crea que todo acto de voluntad es inútil y todo esfuerzo fútil, no logrará realizarse por medios propios y así construirá un círculo vicioso donde su sensación de impotencia retroalimentará su convicción de que su propia errónea visión de la existencia es correcta.

A nivel de sociedad esto tiene efectos realmente catastróficos. La mentalidad predominantemente religiosa de la Edad Media erradicaba al éxito y los logros como meta y los desprestigiaba al considerar que la vida terrenal era efímera (sin duda lo era si consideramos que el promedio de vida alcanzaba sólo 25 años pero la razón de ello radicaba precisamente en las ideas que dominaban), que el mundo no era real, que el cerebro carecía de valor, que toda ambición personal era malvada y que era virtuoso derrotar a la vida ya que la perfección y la felicidad sólo se alcanzan en esa otra vida imposible prometida por los místicos. El resultado fue un estancamiento intelectual y, en consecuencia, material y la entronización de injusticias e impunes atrocidades cometidas contra quienes pretendían usar la facultad excelsa del hombre: la razón. Giordano Bruno y Galileo son ejemplos suficientes.

Hoy en día corremos grave peligro de retrogresión. Quien no lo crea ha de leer los malvados comentarios que los ambientalistas expresan contra la humanidad. Quien no lo crea ha de observar los místicos ritos de Jim Jones en Guyana y de los Davidianos en Waco.

A nivel de país una filosofía errada, que implanta un método de existencia inadecuado, condena a toda la población - con pocas pero muy significativas excepciones que señalan donde reside la esencia malévola de la filosofía dada - a la retrogresión y el desaliento general.

Marx, heredero de “La República” de Platón, exponente “moderno” de la “Utopía” de Tomás Moro, “La Ciudad del Sol” de Campanella y las “Instituciones Republicanas” de Saint-Just, etc., etc. compuso el principio del desastre social que vemos en la actualidad.

Mientras perdure esta mentalidad no será posible revertir las nefastas consecuencias del colectivismo. No por haberlo dicho ya muchas veces dejaré de decirlo una vez más: el progreso social no proviene de dádiva alguna. Surge del esfuerzo individual que sólo se puede fomentar implantando un sistema político y económico donde el ciudadano no se sienta explotado y aplastado por un Estado omnipotente e ineficiente que expropia el producto de su trabajo y le quita así el derecho a la felicidad y a una vida plena de logros. Sólo mediante el método correcto se logrará una población productiva, rica, sana y ergo, feliz. Los tiempos tribales pueden ser adecuados a seres irracionales (porque no conocen otro medio ni pueden crearlo) pero no lo son para hombres razonantes. Un sistema dado es implícito a quienes deben adaptarse al medio ambiente para sobrevivir. Otro, completamente distinto, es dictado por la realidad para quienes, para sobrevivir, deben adecuar el medio ambiente a sus necesidades. Se requiere de la implantación del único sistema social-político-económico que actúa en favor del hombre y de su más preciado bien, su vida individual: el Capitalismo de “laissez faire” total con su sólido fundamento filosófico: el Objetivismo de Ayn Rand.

¿Qué implica esto? Implica un abandono de la inercia intelecto-política. Implica aprender que el capitalismo es un sistema social basado en el reconocimiento de los derechos del individuo, incluyendo el derecho a la propiedad, donde toda propiedad se halla en manos privadas. Implica comprender que para el hombre el método adecuado para obtener conocimientos es el uso de la razón y no la fe. Implica la prohibición de la violencia en las relaciones humanas. Implica aceptar que en una sociedad Capitalista ningún hombre ni grupo debe iniciar el uso de la violencia contra otros. El Capitalismo es la única forma de sociedad humana posible porque en ella todas las relaciones son voluntarias. “Los hombres se hallan en libertad de cooperar o no”, dice Ayn Rand en su escrito “Qué es el Capitalismo”, “cooperar o no tal como su juicio individual, convicción o intereses lo dicten. Pueden tratar entre sí únicamente mediante el uso de la razón, o sea mediante la discusión, la persuasión y el acuerdo contractual, por elección voluntaria y en mutuo beneficio.” En éstas y otras premisas concordantes que sería largo de enumerar aquí pero que han sido claramente delineadas en los libros de la filósofa, en los escritos de sus colaboradores y seguidores (por ejemplo: El Objetivismo, la Filosofía de Ayn Rand, por Leonard Peikoff) y en los tratados de economía de, principalmente, Ludwig von Mises y George Reisman (discípulo de Mises y de Ayn Rand y autor de la obra fundamental que abarca tanto la filosofía del Objetivismo misma como un pormenorizado detalle de la Escuela Austríaca de Economía: Capitalism), radica la creación de un mundo nuevo y definidamente humano. Definitivamente no radica el bienestar humano en el suelo que habita sino en la calidad de la filosofía que predomina. Y ésta no está sometida a región alguna del planeta o del espacio.

Debemos quitar del camino las tranqueras que nos impiden avanzar. Esta es una actividad principalmente intelectual. Pero desde ya cabe aquí mencionar una anécdota que enseña el camino: en los años de la Revolución Norteamericana un cronista europeo preguntó a John Adams, uno de los Padres Fundadores, cuándo empezaría la revolución. Adams, sorprendido, le contestó que la revolución ya había tenido lugar tiempo atrás, cuando las nuevas ideas predominaron en el cerebro de los hombres. Una vez efectuado el cambio allí lo demás era sólo cuestión de tiempo: un sistema social distinto, más adecuado al ser humano como ser libre, habría de tener lugar en la realidad. Aquel cambio social, sin duda valiosísimo en la evolución de la civilización humana, adolecía aún de muchos defectos que terminaron por corromperlo.

En el siglo XX se ha recomenzado el trayecto hacia la implantación definitiva del nuevo sistema social: el Capitalismo.

Manfred F. Schieder fue uno de los pioneros en difundir la filosofía Objetivista en Argentina. Este artículo fue escrito en el año 1997 y publicado por la Fundación Atlas para una Sociedad Libre (www.atlas.org.ar).