EDITH LÓPEZ OVALLE: OJOS QUE SÍ VEN*

Carla Rippey**



Fui parte de una generación de artistas que iniciaron su carrera en la sombra del 68, o quizás debo decir, iluminados por los eventos del 68.  Como sea, el debate sobre lo pertinente de la política al arte y viceversa, nos fue real e intenso.

Hoy en día es menos común que los artistas se consideran protagonistas de luchas sociales, o que sienten la necesidad de implicarlas en su obra.  El ambiente artístico está más politizado que nunca, pero ve para adentro del medio, no hacia fuera.

El arte, mientras tanto, en un extremo (y esto es el espacio ocupado por los “outsider artists” además de otros solitarios y locos, a la Emily Dickinson), puede servir a los artistas como un modo personalísimo de externar sus obsesiones y preocupaciones, concretar sus inquietudes, y/o crearse un mundo a su medida. En el otro extremo, los artistas utilizan su obra para colocarse en el mundo exterior, mediante una lectura astuta de la coyuntura cultural y una diestra adaptación a ello.  Hasta pueden llegar a inventarse obra “comprometida” si resulta que ese tipo de obra se privilegia. Pero la mayor parte de nosotros caminamos la cuerda floja entre los dos extremos. Tratamos de hacer algo consecuente, algo que nos nazca, pero al mismo tiempo estamos atentos al medio ambiente, que indudablemente nos llega a influir, para bien o para mal.

En el caso de Edith López, lo que le nace, lo que ha sido un constante de toda su vida, es precisamente la militancia política.  Fue la realidad que sus padres le heredaron; fue su historia personal.  Aquí el concepto clásico del artista como individuo dedicado a lo suyo o intentando con lo suyo crearse una relación con “lo otro”, la sociedad, se quiebra. Edith es una artista y un individuo, pero siempre se ha concebido como parte de una colectividad de gente comprometida con cambios sociales profundos.

No toda su obra se ha dedicado a externar esa realidad.  De sus primeras obras impactantes recuerdo una que consistía en la totalidad de su cuerpo, desnudo y  fragmentado, impresa en transferencia sobre una sábana, con la imagen de su cabeza estampada en la almohada.  Fue una obra que tenía que ver con su intimidad frente al mundo, sin referencias políticas específicas. 

Pero no tardó en centrar su producción en temáticas que fueron centrales en la vida de sus padres, entre muchos mexicanos más, y así centrales en todo su proceso de crecimiento.  Son las temáticas de esta exposición, “La transfiguración de un sueño” y tienen que ver con la matanza de Tlatelolco y con los desaparecidos en la represión política que se suscitó después de la masacre.

Creo que Edith tiene varias metas en mente en abordar esta temática.  Está explorando los matices de estos eventos para ella misma, reinventándolos, reconstruyendo un mito de su infancia para ella misma.  Al mismo tiempo, está construyendo un testimonio a estos sucesos.  Como los poemas épicos se transmitían de generación a generación, la historia viva de su país le ha sido confiada, y esa historia la ha aprendido y la transmite a su manera.  Simultáneamente, Edith ha creado objetos que constituyen una memoria viva, elementos tangibles que fortalecen la lucha que persiste hoy en día.

Presenta varios años de trabajo, de 2004 al 2006. Su punto de partida es la gráfica, que se caracteriza por el uso de técnicas alternativas a las tradicionales: la transferencia o transgrafía (la fotocopia transferida con thinner, a mano o con el tórculo de grabado a tela o papel), collage, e impresión de computadora. También trabaja con la máquina de coser, para tareas estructurales (pegar) y para dibujar con la línea de costura.  Con estos elementos crea un conjunto de obras que abarca gráfica sobre papel, libros de artista, objetos como cajas y conjuntos de almohadas, y mantas, todo con una calidad innegable.

En algunas obras no hay una presencia obvia, propagandística, de imágenes y eventos.  Pero existe la sugerencia de eventos y de imágenes. Edith hurga en sus recuerdos y compone.  Deja la obra abierta a las interpretaciones; está jugando con la memoria, propia y colectiva.  Y en el acto, hace que la memoria persista.

En otras obras las referencias sí son específicas: pone caras a los desparecidos, pone fecha y lugar a su detención.  Nos invoca fantasmas, y nos invoca la oración de todos los pueblos a sus caídos: no será en vano.

Es con las mantas de Edith que vemos de forma inmediata la contribución a su colectividad: dos de las mantas han formado parte de la marcha en conmemoración del dos de octubre, y dos han participado en la marcha organizada cada 20 de agosto por las mujeres de Eureka, las madres de los desaparecidos, recordando su huelga de hambre de los años setenta que tuvo como resultado la liberación de presos políticos, y en el caso personal de Edith, el regreso de su madre del exilio.

Hay una manta que está hecha con un material poco común para este propósito: tul negro. Sobre su superficie de un metro por cinco, están cosidas decenas de ojos, “las miradas de los desaparecidos”.  Son ojos que ven lo que ve Edith: un país a menudo carente de memoria y carente de justicia. Y lo que ven los ojos de Edith, es lo que con su imaginación y sus manos trata de remediar, por medio de esta obra que vemos.

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*Texto de sala en la exposición “Transfiguraciones de un sueño” Realizada en la Galería de la ENPEG “LaEsmeralda”. México D.F. enero de 2007

**Artista Visual, originaria de Kansas City, Kansas, EUA. Actualmente trabaja en su obra y imparte el curso “Gráfica Alternativa” en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura, y Grabado, “La Esmeralda”, México, DF. (Carla Rippey El Uso de la Memoria)