Domingo 4 del Tiempo Ordinario - Ciclo A
Publicado en www.iglesia.org
Las Lecturas de hoy nos hablan de las llamadas “Bienaventuranzas”, que es aquella lista de motivos de felicidad que nos da el Señor en el Sermón de la Montaña, al comienzo de su vida pública, y que hoy nos narra el Evangelio de San Mateo (Mt. 5, 1-12).

Analizadas las Bienaventuranzas desde un punto de vista meramente humano, podrían parecernos una verdadera contradicción. Pero ya se había anunciado de Jesucristo en el momento de su Presentación en el Templo, que había venido “para ser signo de contradicción” (Lc. 2, 34). Y uno de los discursos del Señor en que se palpa bien este anuncio es precisamente el de las Bienaventuranzas.

Todas las Lecturas de hoy, incluyendo el Salmo 145 nos llaman también a esas actitudes virtuosas -aparentemente inhumanas- que nos llevan a la bienaventuranza, a la verdadera felicidad.

“Busquen la santidad, busquen la humildad”, nos dice el Profeta Sofonías en la Primera Lectura (So. 2,3: 3, 12-13).

San Pablo en su Carta a los Corintios (1Co. 1, 26-31) nos habla de esa humildad, de esa sencillez que pide el Profeta Sofonías y que Cristo ratifica en el discurso de las Bienaventuranzas. Y lo hace San Pablo hablando claramente del peligro de confiar en “criterios humanos” .

Entre los que han sido llamados por Dios, nos dice, “no hay muchos sabios, ni poderosos, ni nobles según los criterios humanos. Más bien Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para humillar a los sabios; a los débiles de este mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes, a los que no valen nada, para que nadie pueda presumir delante de Dios”.

Así son los criterios de Dios ¡tan diferentes de los criterios humanos! Pero ¿nos damos cuenta de esto? ¿O seguimos con los criterios que nos vende el mundo: el poder, la riqueza, el mucho valer, la auto-suficiencia, etc., con las que -contrario a los que nos dicen las Lecturas de hoy- estamos presumiendo delante de Dios, buscando glorias humanas, pensando que podemos por nosotros mismos, creyéndonos muy capaces de lograr cualquier cosa que nos propongamos, sin recordar que hasta cada latido de nuestro corazón depende de Dios que nos creó?

Y las Lecturas de hoy son muy claras y muy precisas. Contradictorias de los criterios humanos, sí; pero no dejan espacio para la duda.

La Primera Lectura nos habla del “día de la ira del Señor”. “Aquel día, dice el Señor, Yo dejaré en medio de ti, pueblo mío, un puñado de gente pobre y humilde. Este resto de Israel confiarán en el nombre del Señor”.

Los que queden el día del Juicio de Dios serán “los pobres y humildes”. Será un “resto”; es decir, lo que quede: una pequeña porción. ¿Cómo formar parte de ese “resto”? La respuesta está en el discurso de las Bienaventuranzas. Veamos cada una de estas actitudes que nos pide el Señor para ser contados entre los que heredaremos el Reino de los Cielos:

“Dichosos, felices, bienaventurados, los pobres de espíritu. Esta pobreza de que nos habla el Señor no se trata de la pobreza material, sino de una pobreza “de espíritu”, la cual consiste en poner nuestra confianza en Dios y no en nosotros mismos.

Así que “ricos”, según éste y otros pasajes del Evangelio, significan los que se creen capaces sin Dios. Y “pobres” son los que se sienten nada sin Dios, los que se saben que nada pueden sin Dios. La pobreza espiritual es lo contrario a la auto-suficiencia, al orgullo, al creer que todo se puede lograr, sólo proponiéndoselo uno. También significa no poner la confianza en el dinero, en los bienes materiales, sino sólo en Dios.

Así que no es la pobreza material lo que -necesariamente- nos lleva a la bienaventuranza, sino la correcta actitud de corazón ante lo que Dios es y ante lo poco o nada que somos ante Dios. La pobreza material es causa de bienaventuranza sólo en la medida en que nos lleva a esa actitud interior de pobreza de espíritu.

“Dichosos los que lloran. Se refiere esta bienaventuranza a los que sufren, pero a los que sufren como el Señor desea: no rechazando el sufrimiento que más tarde o más temprano, más fuerte o menos fuerte, nos llega a cada uno. No rechazando la cruz que el Señor nos presenta para seguirlo a El, como El nos pide.

Esta bienaventuranza consiste en aceptar el sufrimiento, imitando a Cristo, uniendo nuestro sufrimiento al suyo, dándole así valor redentor, como nos indicaba el Papa Juan Pablo II en su Encíclica sobre el sufrimiento humano: valor redentor para nosotros mismos y para los demás.

Consiste esta actitud en imitar a Cristo en su sufrimiento. Todo lo que vivimos en sufrimiento aceptado en Cristo, es la cruz que el Señor nos regala para poder imitarlo y para poder “ser consolados”, como nos promete esta bienaventuranza.

“Dichosos los mansos. En la traducción actual se habla de sufridos, pero más exacto, para no confundir esta bienaventuranza con la anterior, es referirse a los mansos, a “los mansos y humildes de corazón”, como nos indica el Señor en otro pasaje. La humildad y la mansedumbre son requerimientos esenciales para “heredar la tierra”, la tierra prometida, la bienaventuranza del Cielo.

“Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia. Justicia en el contexto bíblico significa “santidad”. Se habla de hombres “justos”, como hombres “santos. Así que el Señor nos está hablando del deseo de ser santos, de tener hambre y sed de “santidad”. ¿Y qué es desear ser santos? Es desear cumplir la voluntad de Dios en todo. Así que el buscar la voluntad de Dios y no la nuestra, nos lleva a la verdadera felicidad de las Bienaventuranzas.

“Dichosos los misericordiosos. Ser misericordioso es saber perdonar y excusar a los demás y -sobre todo- sabernos necesitados de la misericordia divina, porque somos pecadores y le fallamos a Dios continuamente. Así, siendo tolerantes y sabiendo perdonar a los demás, podremos ser objeto de la Misericordia infinita de Dios.

“Dichosos los limpios de corazón. La limpieza o pureza de corazón consiste en buscar a Dios por lo que El es, tener rectitud de intención, honestidad interior. Significa esto, no tener dobleces en ninguna circunstancia, no tener hipocresía interior, y esto muy especialmente en la vida espiritual, en nuestra relación con Dios.

La limpieza de corazón es también no tener el espíritu sucio por el apego al pecado, a los vicios, a las pasiones, por el apego a los criterios del mundo. Y esta pureza de corazón nos dispone para comprender las cosas de Dios. Así podremos ver las cosas de Dios como El las ve, no como las ve el mundo. Así podremos “ver a Dios” en cada circunstancia de nuestra vida, como nos promete esta Bienaventuranza.

“Dichosos los que trabajan por la paz. Y ¿quiénes trabajan por la paz? Los que son pacíficos, los que llevan la Paz de Cristo en su corazón. Así van llevando esa Paz por todas partes y a todas las personas.

“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia. No se refiere esto a todos los presos o perseguidos por cualquier causa, o porque hayan cometido un delito. Aquí “justicia” se refiere también a “santidad”. Fijémonos que el Señor explica esta última Bienaventuranza en la siguiente frase: “Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía”.

Es claro que el Señor está llamando bienaventurados a los que son perseguidos por seguir a Cristo, por tratar de ser santos. Y esto va desde las persecuciones que llevan al martirio, como la de los primeros cristianos, a la de los católicos que por mucho tiempo estuvieron sometidos a practicar su fe en la clandestinidad en los países comunistas, y hasta las críticas que reciben los cristianos practicantes que ponen a Dios por encima de otra cosa. Y esta crítica puede venir de amigos o enemigos ... y puede tener lugar hasta dentro de la propia familia.

Las Bienaventuranzas son actitudes exigentes, aparentemente inhumanas -si las juzgamos con criterios de mundo, si las juzgamos sin pureza de corazón.

Las Bienaventuranza son regalos del Espíritu Santo, para aquéllos que estemos convencidos que son el camino que lleva a la eterna Bienaventuranza del Cielo, a la definitiva y Verdadera Felicidad, que sólo alcanzaremos en la otra Vida.

Pidamos, entonces, el don de las Bienaventuranzas al Espíritu Santo y por intercesión de nuestra Madre, María Santísima, que vivió las Bienaventuranzas en la tierra y vive la Bienaventuranza del Cielo, reinando con su Hijo Jesucristo.