LA CUENCA MATANZA-RIACHUELO - PARTES 3 Y 4
LIC. LUIS ALBERTO CERVERA NOVO

Parte III: La nueva ciudad

A los reclamos por los olores y putrefacción de las aguas del Riachuelo se le sumó, equivocadamente, la responsabilidad por la epidemia de fiebre amarilla que asolaba la ciudad; el miedo generalizado a la peste dio origen a una ley que erradicó los saladeros que poblaban sus costas. El traslado de estas industrias a la localidad de Atalaya, dio a nuestro lagarto un breve período de descanso recuperando vegetación y oxigenando en parte sus aguas. Sólo el arroyo Cildanez continuaba aportando sus rojas aguas luego de cruzar la zona de mataderos. Estamos en 1880, Europa se encontraba en plena revolución industrial y aquí la llamada "generación del 80" terminaba de expulsar al pueblo mapuche a la región patagónica. Con el desierto "liberado de atraso y barbarie", según decían, planificaban un Buenos Aires moderno, con puerto, diagonales, la casa de gobierno y grandes edificios, todo acorde a los destinos de grandeza que se imaginara por primera vez.

Atrás quedaban cien años de sarampión, viruela, fiebre amarilla, cólera y guerras civiles.

La ciudad se expandía. En su camino hacia el sur nacían nuevos poblados: Avellaneda, Lanús, Lomas de Zamora, Monte Grande, eran enhebradas por los relucientes rieles del ferrocarril del sur, las vías asentadas en la parte alta de la cuenca, rápidamente llegaron a Mar del Plata.

El nuevo siglo amanece a la luz de una gigantesca ola de inmigrantes del viejo continente. Europa combinaba contradictoriamente, modernidad con crisis y expulsión. Sueños de progreso y culturas diferentes comenzaban a ocupar Buenos Aires y el extenso territorio conquistado.

Lógicamente, las fábricas y múltiples actividades de los nuevos vecinos requerían de un patio trasero donde ocultar incomodidades ¡qué mejor que los cursos de agua y sus bajos!

El lagarto sorprendido, veía como sus arroyos, auténticas venas hídricas que alimentaban su cuerpo, eran transformados en receptores de todo tipo de basura. El verde que siempre acompañó la geografía de sus orillas mutaba a un gris carente de vida.

Sólo algunos puentes cruzándolo con las zonas bajas transformadas en "quemas" donde los desperdicio se apilaban, sellan su destino de soledad y abandono. La ciudad entierra e incinera sus desechos invadiendo al lagarto con cenizas y fluidos pestilentes.

Sin embargo éste, ve entusiasmado como su boca se puebla de colores, banderas, idiomas y dialectos desconocidos, canturreados a lo largo de su orilla, mientras que bullangueros niños se divierten con los últimos peces que él brinda generosamente.

El petróleo se instala en el mundo, y aquí en la Patagonia, reducto silencioso del pueblo mapuche, Mosconi descubre nuestros propios barriles de oro negro.

El país da un salto en su capacidad energética; los sueños se multiplican.

Nuestro lagarto alborozado ve poblar la orilla sur de su amplia boca por coloridas casas de chapas. Dock Sur es un hecho más del prepotente desarrollo impulsado, ahora, por una fuente de energía maravillosa e inagotable.

El número de barcos que arriban a nuestra costa crece a diario. Centenares de marinos fatigados por largas travesías buscan el descanso y los placeres inexistentes en alta mar; con el rabillo de un ojo nuestra bestia amiga observa como crece la Isla Maciel, con el otro, los talleres de reparaciones navales que completan el maxilar norte de su poblada boca; la Vuelta de Rocha ya es parte definitiva de su paisaje y sus dominios.

El movimiento es incesante. Toneladas de cereales provenientes de nuestra pampa llegan por flamantes vías ferroviarias que convergen a los rebosantes silos del puerto nuevo. El comercio internacional genera un agitado tráfico de naves, reparaciones, cargas y descargas; actividad frenética que deja huellas en sus aguas. Negros lamparones de petróleo irritan la piel de nuestro lagarto que dificultosamente inspira sus últimas reservas de oxígeno, observando, no sin cierta envidia, el mejor pasar de su amiga: la serpiente Reconquista. Hacia esas aguas había migrado el primer club de remos por no soportar más su infecto aliento. Mientras tanto, indiferentes a los problemas existenciales de nuestro lagarto, se seguía consolidando una pujante e intrépida ciudad que ya reunía el 28% de la población del país.

Parte IV: La crisis

 

El crecimiento constante produjo tal alboroto productivo y comercial que incluyó la aparición de nuevas empresas: químicas, tintorerías industriales, fábricas de jabones, etc. Las industrias se instalaban en los terrenos bajos  de la ciudad y sus obreros ahorraban traslados y dinero edificando sus viviendas en las proximidades. De esta manera, los valles de inundación- tierras baratas- en su mayoría fuera de los catastros por no ser habitables, se ocuparon rápidamente por los que serían las futuras víctimas del lagarto agonizante.

 

El crecimiento se extendió  a lo largo de la orilla capitalina del Riachuelo y Homero Manzi le puso poesía a esta nueva realidad: “Sur paredón y después...la esquina del herrero barro y pampa (...) Pompeya y más allá la inundación”.

 

La euforia productiva se ve paralizada por la crisis mundial de 1930; desocupación, miseria y ollas populares se incorporan al paisaje de tierras anegadizas y rellenas con los desperdicios de la población. De esta manera, nuestra cuenca queda a la deriva a lo largo de esos años.

 

El país, exportador de alimentos e importador de todo tipo de  manufacturas, ve quemar en sus usinas y ferrocarriles los granos de cereales que Europa no adquiere. Se reduce el tráfico de barcos que arribaban a Puerto Nuevo y la Boca da, entonces, un momentáneo reposo al sufrido lagarto.

 

Letargo y miseria que finalizan cuando el aislamiento internacional, que  provoca la segunda guerra mundial, obliga a una acelerada industrialización confirmando que en toda crisis hay una oportunidad.

 

Esta nueva etapa genera una gigantesca movilización de mano de obra, despliegue que supera la orilla sur del riachuelo y se extiende en las profundidades del horizonte.

 

La mayor migración interna de nuestra historia se consuma: los paisajes que pintara el inmortal Benito Quinquela Martín, se ven sacudidos por un histórico fenómeno político y social que modificó nuestra historia para siempre. El protagonismo de esta inmensa masa trabajadora tiene al lagarto como testigo principal.

 

Empresas metalúrgicas, curtiembres, papeleras, pinturerías y caucho,  invaden el territorio y sus cursos de agua. Las venas del lagarto comienzan a recibir sus descargas, ahora, inorgánicas y letales. Nuestro amigo, que venía de no entender porque había perdido sus peces, ve desaparecer crustáceos y moluscos, que soportando la falta de oxigeno de sus aguas, habitaban aún sus barrosas profundidades. La longevidad sólo estaba permitida a las almejas de Islandia, alejadas ellas, de los metales pesados, petróleo, cromo y mercurio que invadían el cuerpo y la sangre del querido reptil.

 

El incremento poblacional es descomunal. Se perfora el suelo para extraer agua potable, se construyen pozos negros que luego contaminarían esas mismas aguas para beber; las fábricas  extraen agua del acuífero Puelche para sus procesos productivos que luego, corrompidas e hirvientes, son volcadas al río. Los demás desperdicios también tienen como destino los espejos de agua, otorgándole el irremediable color negro-azulado que lo caracteriza.

 

Humo, olores y hollines borran  el “perfume de yuyos y alfalfa...” que describió  H. Manzi.

 

El lagarto, muerto y sin sepultura, comienza a cobrar venganza con sus victimarios. Los más débiles primero: diarreas, erupciones, enfermedades respiratorias, saturnismo y cáncer integran el arsenal acumulado en las venas de la víctima, que ahora descarga, sin compasión, sobre los empobrecidos habitantes de las orillas.

El hollín generado por la quema de basura en el bajo Flores, más los incineradores instalados en los edificios de propiedad horizontal, logran empañar el sol  en amplias zonas de la ciudad y su cuenca. Para 1970 se prohíben estas prácticas y se inicia el proceso de compactación y disposición final de los residuos – CEAMSE –, hoy también colapsado.

 

El aire se torna transparente pero, traicioneras, las emisiones de las usinas y el crecimiento irracional del parque automotor, saturan esa transparencia con azufre, plomo y monóxido de carbono.

 

Mientras tanto, en las orillas del lagarto crece la producción de pesticidas y fertilizantes. Se multiplican las curtiembres y los talleres de  galvanoplastía sin importar que el lagarto ya no tenga vida.

 

Un siglo de anárquico alboroto productivo, con jugosas ganancias y un autismo casi permanente del estado, facilitan la destrucción final del río y su territorio. La década de 1990 y su proceso de desindustrialización deja miles de habitantes desocupados y enfermos en sus orillas. Inmensos galpones y espacios abandonados representan el esqueleto superficial del  lagarto; él ya no puede ver como su amiga, la serpiente Reconquista,  pierde su frescura de antaño y pasa a compartir su trágico destino.