LA CUENCA MATANZA- RIACHUELO - (Parte II) - Sobrevuelo


Luis Alberto Cervera Novo

Una Almeja

 

La agencia de noticias Bloomberg dio cuenta en estos días que en aguas de Islandia hallaron una almeja con más de 400 años de vida. El auténtico matusalén de los animales pudo llegar a esta edad, debido a que no hubo grandes modificaciones en las condiciones de temperatura, salinidad y nutrientes del agua que le dieron origen y continuidad a su vida.

 

El encuentro fortuito con cuatro siglos de historia abre la posibilidad de encontrar en los tejidos del molusco las claves para demorar el envejecimiento humano. Los investigadores de la Universidad de Bangor, en Gales, encargados de este estudio ejemplificaron su edad destacando que era joven, el bivalvo, cuando Shakespeare escribía sus más grandes obras literarias.

 

Esta excelente comparación, nos puede proponer el ejercicio de sobrevolar e imaginar la Cuenca del Matanza-Riachuelo en los tiempos adolescentes de ésta longeva  almeja.

 

En esos momentos, en la hoy llamada Buenos Aires, los conquistadores españoles desembarcaban en una inmensa llanura con suaves ondulaciones, una vegetación más bien achaparrada y cursos de agua con infinidad de meandros que lentificaban su viaje hacia el estuario del Plata.

 

Sus intrincadas curvas creaban grandes valles de inundación al ritmo del régimen de lluvias humedales y pantanos. Los mismos crecían y se secaban en toda la extensión del río que hoy denominamos Matanza-Riachuelo. Sus peces y la caza menor alimentaban tanto a los habitantes nómades que recorrían estas tierras como a los conquistadores  instalados en lo más alto de las barrancas, en el hoy llamado Parque Lezama. La boca del Riachuelo era el refugio ideal de los navíos a la espera de nuevos viajes o apresurados escapes ante la hostilidad de los indígenas invadidos.

 

Para nuestro río y la calidad de sus aguas nada nuevo ocurría, salvo los generosos orines y heces aportado por las embarcaciones fondeadas en su curso. Así comenzaba a registrar nuestro lagarto a sus nuevos pobladores.

 

Consolidada la fundación de Santa Maria de los Buenos Aires, la población comenzó a crecer y a expandirse. Los múltiples cursos de agua que cortaban las barrancas desaguando las lluvias de la aún desconocida pampa, en su camino al gran río color de león, tuvieron que dejar de ser ámbito de improvisadas faenas de vacunos para pasar, éstas, a realizarse en las afueras de la ciudad, en la parte baja, en las orillas del hoy asfixiado lagarto. Su destino de patio trasero y olvido comenzaba a construirse.

 

Su curso asimilaba sangre y vísceras de animales y de cientos de indígenas que una “matanza civilizadora” diera origen al nombre de nuestra cuenca.

 

La ciudad se extendía y el comercio crecía en base a  ganado, que abandonado, luego de fracasar la primera fundación, se multiplicó por miles en las soledades de una inmensa y fértil llanura.

 

Su primer y único producto fue el cuero, las reses eran arrojadas a las aguas del sorprendido lagarto. Posteriormente con sal obtenida en el interior de nuestro territorio, surgieron los saladeros que ocuparon ambas márgenes del ya rojizo curso, preparando el tasajo que alimentaría a los esclavos traídos a Sudamérica.

 

Posteriormente la revolución industrial y el dominio del frío da nacimiento a la potente industria frigorífica que llega hasta nuestros días; como el tanino que extraído de los quebrachales santafesinos permitiría curtir cueros, dando nacimiento a otra industria que puebla hasta hoy zonas de Lanús y Lomas de Zamora.

 

La almeja de Islandia cumplía dos siglos de vida y Shakespeare ya no estaba entre nosotros cuando Domingo Faustino Sarmiento y la prensa de la época nos advertían sobre los niveles de contaminación y olores nauseabundos de la sufrida cuenca Matanza-Riachuelo; pero  aún así, seguía ofreciendo peces y la posibilidad de nadar en sus aguas; quizás, como  expresión de su creciente enojo inundaba cíclicamente los valles, hoy barrios de Flores, Villa Celina, Lugano, Bundge y Fiorito.

 

Pese a todo, nuestro agonizante lagarto no sospechaba lo que estaba por venir.