Cuenca Matanza-Riachuelo – Parte V

El lagarto en nuestros días


Lic. Luis Alberto Cervera Novo

Luego de cuatro siglos de ocupación, el lagarto ya no respira y asiste indiferente al intenso movimiento urbano que lo olvidó. Su quietud no destila venganza ni odio, categorías humanas que él no puede entender; son los venenos inyectados en sus venas los que infectan y matan todo lo que lo rodea. Y el tramo final de su cuerpo despide el fétido perfume que lo caracteriza desde su muerte biológica.

El añora ese tiempo de peces, haciendas y labradores; recuerda el entusiasmo con que se lo pobló; se sigue sorprendiendo aún con los pocos barcos que lo surcan. Soporta en sus entrañas viejos cascos de un pasado pletórico de progreso que lo ha condenado. Si bien ya se acostumbró a la ausencia de pájaros, gaviotas y entrañables mamíferos, lejos está de comprender la desidia y el rechazo de los miles de seres humanos que a diario lo transitan.

Quizás, el deterioro mental venga a su auxilio y lo ayude a olvidar, tiene más edad y memoria que la almeja del mar irlandés. Por sus dominios desfilaron: querandíes, ranqueles y mapuches, españoles ambiciosos, ingleses piratas y también empresarios ambiciosos y piratas.

Criollos e inmigrantes compartiendo la esperanza de un futuro promisorio cruzaban sus puentes cada vez que les robaban sus ideales o reprimían sus conquistas.

Durante cuatro siglos, sueños, trabajo, esfuerzo, robos y traiciones poblaron sus costas; él dio origen y sostiene aún, a pesar de su morbidez, la gigantesca ciudad y sus alrededores. Sobre sus imprescindibles aguas se construyeron los pilares de un gran país que él no conoce, pero presiente.

Las riquezas que se amasan en sus orillas son descomunales, pero cómo se distribuyen esas riquezas no es parte de sus atributos. También se amasan inmensas pobrezas, es aquí donde casi todos lo hallan culpable. Algunos le reprochan su incapacidad para adaptarse al "progreso" y proponen entubarlo, como ya se hizo con varios arroyos que lo alimentan, cual venas canalizadas; quizás por eso de "ojos que no ven…"; pero su corazón siente que si se cura podrá darle a la ciudad otro paisaje, otros aires, otra historia.

Sabe por los navíos que lo visitan, cómo mejoró la salud de la Cuenca del Ruhr; de sus orillas se extrajo el carbón y se fundió el acero que impulsó la industria alemana, y hoy, recuperado de su muerte anunciada, cobija el mayor centro cultural de la Unión Europea. Siente admiración por el Támesis, que dejó de ser la cloaca de Inglaterra para contener viviendas y centros comerciales. Hasta una desorientada ballena navegó recientemente sus aguas.

Cómo no enternecerse cuando a sus oídos llegan relatos de amores que el parisino Sena, cómplice, contempla y protege. Lo emociona recordar los románticos misterios que celosamente acunaron sus mansas aguas.

Si ellos pudieron, ¿porqué yo no?

Las cavilaciones torturan a nuestro lagarto, mientras, sus vecinos reclaman por él y por ellos, sufriendo la pérdida de sus hijos a manos de la improvisación y avaricia empresarial. La gente y el río esperan una oportunidad ante la intoxicación y fetidez que avanza. Soluciones hay, pero no voluntad de resolverlo. Nuestro entrañable y memorioso lagarto puede recuperar su vitalidad, impulsar la integración de la ciudad partida y degradada. Sólo falta que los pequeños caciques municipales rompan el límite territorial entendiendo al lagarto; que escuchen a sus vecinos y que pongan la vida por delante en un acto de sabiduría escaso o nulo hasta ahora. Mientras tanto, nuestro Riachuelo seguirá conteniendo el espíritu de los querandíes, españoles y criollos que construyeron nuestra identidad; o destruirá irremediablemente su entorno, el paisaje y su razón de ser.