La quemazón llegó para quedarse
Lic. Luis Alberto Cervera Novo

Barbijos, gotas oftalmológicas, medicamentos anti-alérgicos. Todo agotado gracias a productores inescrupulosos que incendian campos, concesionarios de carreteras a los  que sólo les interesa cobrar peajes, autoridades que no actúan a tiempo y ausencia de lluvias que apaguen las irresponsabilidades. En ese humo mueren usuarios de rutas y los afectados por la contaminación atmosférica son millones. Todas las formas de transporte se paralizan dentro de la mega ciudad. Entonces debemos quedarnos en los hogares, no correr y en las escuelas no salir a los recreos. La  gran urbe se debate en explicaciones y mal humor. Si en estos días no cambia el viento la emergencia puede transformarse en catástrofe.

 

La actual crisis ambiental – premeditada según el gobierno - es histórica en la región más poblada de nuestro país. Pero no para el mundo.

 

En el último verano del hemisferio norte, en el estado de California, se debió evacuar a más de medio millón de personas por incendios, sequía y altas temperaturas, facilitaron el avance del fuego. En la misma fecha, en Grecia, los picos de calor arrasaron  miles de hectáreas, muchas vidas y pérdidas económicas por 1,6 billones de euros. Ya en 2003 Europa tuvo más de cuarenta mil muertos por la misma causa.

 

El calentamiento global facilita estos incendios a escala desconocida, derrite lentamente los polos elevando el nivel del mar y condenando a emigrar o desaparecer a las poblaciones costeras. Los expertos vaticinan que los deltas y estuarios de Argentina y del Sudeste de Asia serán las primeras víctimas.

 

La mayor temperatura del planeta amplía el radio de acción de diversas variantes de mosquitos,  portadores  de epidemias que se creían controladas como la malaria y el dengue. Esta última enfermedad tiene tratamiento pero no cura y se estima que para el 2080, seis mil millones de personas, estarán expuestas a contraerla. Por cada grado de temperatura las diarreas aumentan un 8% que, combinado con la falta de agua potable y la mala nutrición,  llevará la extinción a extensas regiones del globo. Mientras, una botella de gaseosa es más económica que una de agua y la escasez de alimentos genera hambrunas, muerte y rebelión.

El humo que asfixia a Buenos Aires nos integra a la globalización. El monóxido de carbono condena al planeta; ya no hay marcha atrás. Este tipo de emisiones perduran por más de un siglo.

 

Ganancias a cualquier precio son las reglas de un sistema de producción, sea agrario o industrial, que destruye las bases de  todo sustento: los recursos naturales. Tres cuartas partes de la población mundial están excluidas del ritmo consumista y de sus ganancias; necesitaríamos agotar cinco planetas más para lograr equidad. Científicos convocados por las Naciones Unidas nos alertan sobre la catástrofe, pero no todos escuchamos. Los sofocones planetarios se consolidan y con ellos asoma la infertilidad que nos llevará a la desaparición. Los calores y el humo de estos días parecen confirmar ese rumbo suicida.