La bolsa de harina


Luis Alberto Cervera Novo

¡Hace diez días que me viene prometiendo harina y aceite, me están tomando el pelo, viejo!

 

El grito, preludio del trompazo que desmayó al encargado del almacén mayorista, resonó en todo el galpón. Ya en la comisaría, la mente de Raúl seguía ocupada con la falta de harina, los reproches de su mujer y la cara de sus hijos.

 

Unos años atrás había decidido alquilar su campo. Fue un buen trato: la empresa sembraba y cosechaba con sus máquinas y él iba a porcentaje sin ningún riesgo.

 

El primer año compró un mundo de cosas: televisor de 29 pulgadas, DVD, celulares, cambió la camioneta por el auto y se fue a vivir al pueblo.

 

Al principio iba casi a diario a su chacra, allí mantenía la huerta, las gallinas y algunos lechones. Pero, la fumigación, que asegura el éxito de la soja, intoxicó a vecinos, mató las gallinas y arruinó la quinta; poco tiempo después vendió los lechones y la vaca porque ya no engordaban como antes y alimentarlos se hacía costoso. El campo se pintó de verde soja.

 

Total, todo esto lo compramos en el mercado del pueblo, decía intentando convencer a Rosa, su mujer, que dio la primera señal de alarma: “Yo sin la quinta, los huevos y las gallinas me siento insegura, tengo miedo. El gusto del pollo no es el mismo, tampoco el de la leche.”

 

El reía y reprochaba: Vos no estás para vivir en la comodidad de la ciudad, adaptate, pensá en tus  hijos. ¿Qué querés?,  seguir viviendo allí, ahora estarías intoxicada como los otros.

 

La segunda cosecha serenó los ánimos con buen dinero. Podían ahorrar y vivir bien.  Disfrutaba leyendo en los diarios cómo crecía el precio de la soja en el mundo. El negocio iba viento en popa. Era nieto de gringos y madre criolla,  había sido educado con el ejemplo y herramientas: la tierra, el trabajo y el esfuerzo, claves con las que construyeron la propiedad que él heredó.

 

Pero los tiempos eran otros. Cuando murieron sus padres, en 1999, la chacra estaba al borde del remate. Ahora, todo había cambiado; la semilla valía, se podía vivir de la tierra sin el ejemplo heredado ¿Por qué no dejar todo e instalarse en el pueblo? ¿Para qué seguir lidiando con las vacas, la avena y el trigo?

 

Cuando empezaron a encarecer y escasear los alimentos, intentó reconstruir la quinta, pero la tierra no era la misma, la falta de estiércol animal y el herbicida con que bañaban el sembradío no dejó crecer nada que no fuera soja. Las colmenas se vaciaron, pues la soja no es melífera y las abejas emigraron. Los palomones que tantas veces habían  impedido que el hambre se instalara en la mesa de sus padres y abuelos, ya no estaban. Junto con otros pájaros, buscaron refugio en las ciudades.

Esto no lo desanimó, pasaba tardes enteras con sus cañas en el arroyo, pero ya  no era la misma situación de antes. Las lluvias lavaban el campo sembrando herbicida en el curso de agua y los peces  murieron.

 

Tampoco le sirvió la escopeta española, reliquia de familia que él custodiaba. Liebres, perdices y mulitas habían sucumbido ante el acoso humano.

 

Su mujer no pidió mucho: ¡trae harina y grasa, con eso me arreglo! le gritó esa mañana, cuando él salió de recorrida a mercados semivacíos.

 

Quizás, las imágenes del arroyo sin peces, del gallinero vacío, de los árboles silenciosos, de las colmenas dormidas y la huerta inerte, lo superaron.

 

Miraba la carátula policial sin poder comprender: “Lesiones graves, desacato a la autoridad, daños a la propiedad”. Raúl firmó y entró al calabozo sin entender, como ellos no entendían, que él sólo salió a buscar una bolsa de harina y un poco de grasa.