EL BOSQUE

Luis Alberto Cervera Novo

 

“¡Proponga eso cuando sea ministro de agricultura!"

Destemplada, cortante, la frase pegó brutalmente, en el corazón el asesor del diputado. El grito, aun resonaba en el pasillo del congreso, cuando llegó el remate:

"Hay que tener cuidado con lo que se dice, viejo. Mucha gente vive de la madera de los bosques, suspender los desmontes significa, gente que se queda sin trabajo y ellos tienen que vivir…y votarnos. ¡En que estás pensando carajo!, ¿para eso te pago?".

Este segundo estallido rompió el débil puente que unía la relación, de Juan y Arturo.

Juan es especialista ambiental; de andar aplomado, seguro, pero con un dejo de resignación.

Arturo es diputado de la nación por una provincia del norte; de mirada altanera e inquisidora, andar rápido y reacciones propias del que sabe que su poder es temporal.

Finalizaba la reunión de comisión, que analizó un proyecto de ley que suspendía los permisos de desmonte, en todo el territorio nacional.

Allí, Juan respaldó los dichos de una de las pocas diputadas, que con vehemencia, se oponía a seguir destruyendo bosques, en búsqueda de la soja milagrosa, que modifica la geografía de todos y los bolsillos de pocos.

Intentó explicar a un auditorio, por demás heterogéneo, una verdad simple: "esos bosques tienen un ciclo muy lento de desarrollo, desmontarlos significa expulsión y hambre de sus pobladores originales, desierto en breve y pérdida de biodiversidad. Rompemos el milagroso tejido, que, a la naturaleza, le llevó más de 400 años construir. Allí las temperaturas varían 50º en un día, hay 6 meses de seca y otros 6 de lluvias. Todo, completamente todo, sobrevive gracias al achaparrado bosque subtropical. ¿O porqué creen que al El Impenetrable lo llaman así?"

La cara del presidente de la comisión se fruncía al ritmo de los argumentos de Juan, sus ojos destilaban un brillo amenazador, punzante, que proyectaba sobre el diputado norteño responsable de la presencia del asesor en uso de la palabra.

El clima del encuentro se tornaba irrespirable, denso.

Arturo se retorcía incómodo en su butaca, mientras ensayaba una mirada perdida, intentando alejarse de los argumentos de su asesor.

La diputada, vehemente, confirmaba con la cabeza cada dicho de Juan.

El resto de diputados de esa fila escuchaban con indiferencia o con rechazo los representantes del norte argentino.

Los asesores observaban a sus jefes para ver que postura debían adoptar. Algunos, amigos de Juan, jugaban a los distraídos con sus celulares.

Era claro el resultado; ganaba el desmonte; triunfaban los negocios.

Juan veía perdida la partida. Intentó un último recurso, invitó a proyectar el documental "Cuando Sólo Sopla el Viento", que recrea escenas del raleo y quemazón de la Selva; la desaparición de sus habitantes y la ausencia de sus pájaros.

"Lo único que faltaba, que los diputados nos dediquemos a ver cine en lugar de legislar", bramó un conservador de Tucumán.

"Es preferible que los legisladores vean cine, a que poblaciones enteras desaparezcan bajo los efectos de los agroquímicos", se escuchó a una directora de escuela, hoy diputada.

Pero la sesión llegaba a su fin y con ella el trabajo de Juan como asesor ambiental.

Mientras recogía los papeles, en la que ya no era más su oficina, pensaba en las motivaciones del diputado para no aprobar el proyecto y su reacción de pasillo.

Sólo encontró una: mi ex jefe es víctima del mal de las Tres I, recordando frases de un viejo patriarca caribeño: "…en los temas medioambientales la mayoría de las decisiones se toman desde los intereses, la indiferencia o la ignorancia, estas I, son responsables de los desaciertos que se llevan adelante…".

Sentado en la estación Congreso, Juan, no lograba resolver cual de las Tres I había pesado más en la decisión de su ex jefe.

El MP3 resonaba la voz de Luis Aute: "...Dios creó al Homo Sapiens en un rapto de locura.... aleluya."

 

(*) Licenciado en Gestión Ambiental Urbana (UNLa)