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Museo comunitario El Asalto a las Tierras

publicado a la‎(s)‎ 18 ene. 2011 16:20 por Carlos Alberto Gutiérrez Aguilar   [ actualizado el 27 ene. 2011 16:52 por Divulgación Dhiré ]

Yolanda Sánchez Ogás


El 24 de octubre de 2010 se cumplieron 21 años del funcionamiento del museo comunitario El Asalto a las Tierras. Veintiún años de enseñar a personas de todas edades la historia de la participación social de los campesinos en la recuperación del valle de Mexicali, la aplicación de la reforma agraria y el inicio de la vida ejidal en la región. Un espacio cultural donde se hace patente la participación ciudadana, porque desde hace muchos años el museo no cuenta con apoyos oficiales de ningún tipo, salvo el pago de un custodio por parte del gobierno municipal.

En este pasado aniversario se festejó con un desfile, baile y canciones de mariachi.


La historia

El 24 de octubre de 1989 en el ejido Michoacán de Ocampo hubo fiesta popular, sin faltar un conjunto de música de viento que la propia comunidad invitó. El motivo era la inauguración del primer museo comunitario de Baja California. Con ese acto se daba vida a un proyecto nacido varios años antes, cuando yo trabajaba en el Museo Hombre, Naturaleza y Cultura, del Gobierno del Estado.

Entonces inicié una investigación que como mexicalense me debía. Muchos años antes, como estudiante de la Escuela Normal Fronteriza, me llevaron a las fiestas del día del Asalto a las Tierras; íbamos a interpretar el corrido El agrarista. Después de cantar, nuestra estancia allí significaba disfrutar de los juegos mecánicos y  de la barbacoa que nos ofrecían.

Mi vida urbana era muy alejada del campo. Para mí, tres años como normalista no fueron suficientes para enterarme del significado y origen histórico de la fiesta del 27. Tampoco hubo nunca un maestro que me explicara. Como profesora de la escuela del Uno del Shenk, en el medio rural tuve algunas nociones del origen de la fiesta. Pero fue muchos años después, ya laborando en el museo, cuando me propuse investigar el hecho histórico que se celebra el 27 de enero.

A través de testimonios orales de los participantes que todavía vivían en el valle, empecé a vislumbrar la historia. Fue en el ejido Michoacán de Ocampo donde encontré mayor número de sobrevivientes, quienes para 1984 (cuando inicié la recopilación de testimonios) tenían entre 70 y 85 años y muy buena memoria, sobre todo doña Petra Pérez, viuda de Rentería, compañera del dirigente del movimiento agrario de 1937, Hipólito Rentería.

Como resultado inicial de este trabajo, en el museo Hombre Naturaleza y cultura montamos la primera exposición temporal sobre el acontecimiento, inaugurada ante la presencia de los agraristas del 37. Un año después, en 1985, la exposición se montó en la escuela del ejido, construida en 1938.

Fue tanto el entusiasmo de los ejidatarios, que en una reunión en la comunidad propuse la creación del museo y acordaron ceder el inmueble de la vieja escuela, entonces secundaria, para hacerlo. Ya para esas fechas se había creado en Baja California la delegación del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia), y varias personas que laborábamos en el museo del estado pasamos a la nueva institución.

En el INAH continué con el proyecto, porque en el ejido Michoacán de Ocampo radicaron los principales dirigentes del movimiento agrario. El INAH dio su apoyo, sobre todo después de la visita al poblado del gobernador interino Oscar Baylón Chacón, durante los trabajos de preparación del festejo conmemorativo de enero. Allí, junto con unos campesinos y la directora del INAH, hablamos con el mandatario. Le explicamos la importancia del inmueble como una de las primeras escuelas ejidales, la visita que le hizo el expresidente Lázaro Cárdenas y otras razones que justificaban la creación del museo.

El gobernador aceptó apoyar con la reconstrucción del inmueble, muy deteriorado por la invasión de las abejas, que casi acabaron con el techo y las paredes. La dirección de la escuela proyectaba tirar el local antiguo para construir otro y acabar con el problema de los insectos.

Se quitó la madera del techo y del piso, pero se conservó para utilizarla de nuevo. Se colocó triplay grueso en ambas partes y encima se puso de nuevo la madera que se había retirado. El edificio se restauró respetando su originalidad, bajo la supervisión de la arquitecta Diana Guerrero González, del INAH. El Instituto de Cultura (ICBC) del Gobierno del Estado aportó diez millones de viejos pesos para la museografía. En total, casi cien millones aportó el gobierno estatal. La comunidad, por su parte, contribuyó con 500 viejos pesos para gasolina, trabajo y objetos museables.

Me correspondió elaborar el guión museográfico con el material de las entrevistas a los agraristas y sus esposas que aún vivían. Personal del INAH realizó la museografía. Todos esos factores se conjugaron para que el 24 de octubre de 1989 se inaugurara el museo, que desde entonces ha crecido bajo la dirección de la profesora Bertha Chávez Villalobos y el apoyo de los campesinos.

En 1990 nos integramos al programa de Museos Comunitarios del INAH, que aportaba algunos recursos económicos y capacitación para la coordinadora y las promotoras. Hasta 1992 la promotora recibió apoyos para asistir a cursos de capacitación, algunas veces para gasolina y para material de aseo, que proporcionaba el ICBC.

Al darse algunos cambios a nivel nacional, cambió la estructura del programa y se acabaron las visitas de seguimiento periódicas que nos hacían los asesores. A nivel local, salí de la coordinación y también se suspendieron los apoyos que otorgaba el Gobierno del Estado, por problemas entre la directora del INAH y el ICBC.

Con todo, el museo es una clara muestra de la capacidad e interés de la profesora Chávez y el trabajo participativo de la comunidad, porque, pese al abandono de la institución que supuestamente lo coordina y del mismo gobierno estatal que lo creó, el museo ha crecido en todos los aspectos.

Es el centro de la vida social y cultural de la comunidad. Todo lo que tiene que ver con la organización de grupos o eventos que interesen a los pobladores del ejido es apoyado por el museo, que a su vez siempre que ocupa alguna obra recibe el respaldo de los ejidatarios, jóvenes y mujeres de la comunidad, que lo han hecho suyo. Es también un escaparate donde cada año se lucen las autoridades de instituciones que debían participar en su mantenimiento; están allí cada 27 de enero, por supuesto, a la hora en que el gobernador hace su acostumbrada visita.

Además de su función de rescatar la microhistoria local que revalora el hacer de antes y ahora hacia el interior de la comunidad, el museo sirve a la población mexicalense. Aproximadamente diez mil personas acuden a él anualmente, sobre todo entre enero y abril, cuando es común recibir de seis o siete grupos de alumnos de todos los niveles educativos por la mañana, e igual número por la tarde.

Ningún libro, ningún historiador, ha difundido los hechos históricos relacionados con la tenencia de la tierra en Baja California, la aplicación de la reforma agraria y los inicios de la vida ejidal, tan popular y masivamente como el Museo Comunitario El Asalto a las Tierras, del ejido Michoacán de Ocampo.