muertes en africa


Entre los Ovambo el cadáver era colocado en la posición considerada como más apropiada para su enterramiento: las rodillas flexionadas delante del pecho y sobre éste los brazos cruzados. Cuando se trata de un propietario importante, es envuelto con una piel de de buey negra. Así sucede también entre los Nyaneka y Herero.

En general, el enterramiento tiene lugar a las pocas horas de la muerte. Entre los Handa y grupos emparentados, se espera cuatro días antes de proceder a la inhumación del cadáver.

Antes de transportar el cadáver se realiza un interrogatorio necromántico sobre dos asuntos: la designación del culpable de su muerte y el nombramiento del heredero principal. Una autoridad familiar formula estas preguntas al difunto. Éste responde con el movimiento de la percha sobre la que está suspendido el cadáver y que reposa sobre las espaldas de los porteadores. Estas mismas preguntas son repetidas en el cementerio. La primera pregunta se hace como confirmación del oráculo que anteriormente ha sido emitido por el adivino de la comunidad. La segunda, igualmente, se hace como confirmación a la resolución legal que ya ha sido tomada por un Consejo de Familia.

Entre los Ovambo, cada individuo tenía asignado un lugar en el recinto de la propiedad familiar, y según su mayor o menor autoridad era enterrado más o menos cerca del corral del ganado vacuno que tenía un carácter sagrado para ellos, al igual que para otros muchos pueblos ganaderos. Lo más habitual, actualmente, es ser enterrado en la parcela familiar de los cementerios de cada distrito. Sólamente, los kimbanda (medicos-adivinos) de renombre tienen el honor de ser enterrados fuera de las propiedades o de los cementerios.  Se escoge generalmente para ellos la proximidad de un cruce de caminos, un lugar que esté protegido por la sombra de un gran árbol o de arbustos muy tupidos. Se cuelgan de las ramas los instrumentos del kimbanda. Antiguamente dos clases de personas eran pribadas de sepultura: los brujos(as) y los individuos muertos por causa del hambre.

El duelo por un difunto dura un número de dias proporcional con su categoría social. Entre los Nkhumbi, los funerales por una persona importante socialmente duran seis días. Desde el primer día del duelo, son abatidas una o varias cabezas de ganado que servirán de alimento para los numerosos miembros de la familia. De forma similar se hace entre los Obanbo y los Nyaneka. El consumo del ganado matado tiene ciertas restricciones. Así, por ejemplo, entre los Nkhumbi, no se toca la carne del primer animal sacrificado. En cuanto a los otros, la cabeza y las vísceras se reservan para los niños.

Entre los Herero, estos tabús son mucho más amplios. Para un gran propietario Kuvale, se mataban veinte bueyes. Los Himba, antiguamente, llegaban hasta un centenar. Pero ni los familiares del difunto ni los invitados podían comer de esta carne. Los Kuvale dicen que hay que tirarla a los perros y a los Vatwa (Khoisan). Parece que este sacrificio masivo indicaba el carácter sagrado de los animales que se destinaban a seguir a su dueño en la muerte, El antropólogo H. Vedder dejó constancia de cómo, los Herero del sur explicaban esta costumbre como el medio para que las almas de los bueyes acompañaran a su dueño en la otra vida. Los craneos de estos animales se colocaban sobre estacas clavadas cerca de la tumba.

El etnólogo alsaciano C. Estermann escribió en 1956 sobre lo que los Kwanyama le relataron en relación a los funerales de los reyes y altas jerarquías políticas tal y como se llevaban a cabo hasta el siglo XIX. Según estos relatos dos jóvenes eran enterradas vivas junto al cadáver del rey muerto: una para mantener el fuego y la otra para encender la pipa. Una de estas jóvenes era una esclava y la otra una joven del clan de los bueyes. Aún más antiguamente, dicen que una prmcesa de sangre real era acompañada en su tumba por el príncipe consorte. El duelo por estas personas duraba varias semanas y durante este tiempo estaba prohibido cualquier trabajo.

Después de la muerte de un hombre casado, propietario de una granja, las viudas continuaban viviendo en la misma casa durante algunos meses. La regla general establecía que ellas cultivaran los campos durante una estación. El producto de este trabajo se repartía entre ellas y el heredero principal del difunto. Terminada la cosecha, las viudas podían aceptar unas segundas nupcias, salvo en el caso en que ellas formaran parte de la herencia, costumbre que existe aún entre los Himba.



Los espíritus de los antepasados pueden proporcionar ayuda o desgracias a los vivos, según la ayuda o el abandono que éstos les den. En estos Pueblos, al igual que en otros muchos grupos étnicos de Africa, es fácil ver cómo antes de cada comida, algunas personas echan al suelo un poco de agua y de comida. Es la forma simbólica de decirles a los antepasados que se les tiene presentes y que se les alimenta. Esta costumbre adquiere mucha más complejidad para los dos Pueblos de los que hablamos. Cada ocho días , Fene Bene ,el jefe dará parte de la comida y de la bebida para los espíritus. Cada siete años se sacrifica una cabra y se rocía con su sangre las imágenes o pilares de arcilla que representan a los antepasados. 

Las familias suelen contar con lugares determinados para orar o pedir ayuda a sus antepasados en casos de necesidad. Se considera una falta grave el hablar mal de los antepasados. Si una persona habla mal de un antepasado de otra familia y no se disculpa, ésta se desquita hablando mal contra los difuntos de dicha persona. Si el hombre se disculpa, deben realizar una ceremonia especial de expiación.

Al igual que sucede en vida, la sociedad de los difuntos está organizada de forma similar a la sociedad de los vivos. Hay un Jefe o Rey de los Espíritus, Nduen-Ama Yana-Gbaw para los Ijaw o Eze Ala Maw para los Ibo; un mensajero, Ffe para los Ijaw o Onwu para los Ibo, que trae la muerte a los vivos y un barquero, Asasaba, que lleva las almas de las personas buenas por el río de la muerte para ser reencarnadas en los árboles, animales u otros seres vivientes.

En cuanto a esta reencarnación, cada subgrupo étnico cree que se realiza de forma diferente. Por ejemplo, un Oratta Ibo bueno tomará la forma de una vaca, elefante o leopardo; un alma de Bakama buena se reencarnará en un árbol; en cambio, los Amuneke creen que sólo los espíritus malignos, las almas de aquellas personas que fueron malas en vida, se reencarnan en plantas.

Ceremonias.- Las ceremonias fúnebres varían según la importancia social del difunto y de la forma de muerte que tuvo, habiendo formas vergonzosas de morir para las que no se hace funeral alguno.

Entre los Kalabari, cuando muere una persona importante, sus familiares llevan su cuerpo a un lugar especial, Oto Kwbu, para lavarlo. Esta ceremonia conlleva la utilización de una olla especial, de agua especialmente preparada para este menester y telas que no deben tocar la terra. Una vez labado, las hermanas atan un Okuru alrededor de su cintura y sus esposas legales lo visten con telas especiales.

Luego, los hijos y hermanos llevan el cadáver a una cama en un local que contiene las urnas de sus antepasados, Wari Kubu. Los amigos muestran su respeto al difunto con lamentaciones y tocando tambores para avisar a los antepasados que pronto se les unirá el alma de difunto. Las esposas legales se sientan alrededor del cuerpo, en el orden en que se casaron, portando cada una un cuchillo con la hoja rota. Las hijas legales y hermanas se sientan, en orden de edad, en dos columnas a ambos lados del cadáver. Luego, la primera viuda y sus hijos ofrecen comida y bebida a los asistentes que seran consumidas entre las lamentaciones, toques de tambores y alabanzas al jefe muerto, a lo largo de toda la noche que durará el funeral. 

Ceremonias fúnebres Ibo

Durante los días que dura el funeral de un jefe, cada esposa se confina en un cuarto pequeño. Se pinta su cara y cuerpo de negro durante este aislamiento. Cada esposa prepara comida para los parientes que les visitarán y preparan la canción que durante estas visitas entonarán en honor del esposo y jefe muerto. Llevarán luto durante diez meses. Las viudas y los parientes femeninos cercanos deben llevar la tela Okuru , mientras que los vaarones lo llevan de color azul. Los hombres se afeitan sus cabezas, mientras que las mujeres no se lo pueden cortar ni cubrir durante los diez meses que dura el luto

Este luto es seguido por una peregrinación a Aro Chuko, donde el jefe será enterrado. Se entierran junto con el difunto sus ropas , ornamentos, platos, cuchillos, tabaco y ginebra y se coloca una cacerola sobre la tierra. Cada ocho días ("Fene Bene") se ofrece comoda al difunto. Se prohibe llorar, para que el espíritu del muerto deje esta vida apaciblemente. Si una mujer llora, ella debe sacrificar una cabra o ave a los pies del cadáver para purificar la mancha de sus lágrimas. Se disparan cañones para anunciar al mundo de los muertos que el jefe está llegando.

Diez meses después del entierro, se hace otra ceremonia ("Kopinai"). Es es una gran fiesta con gran variedad de comidas y bebida. Un miembro de cada clan debe llevar vestido europeo y debe hablar sólo inglés.

En cuanto la familia pueda permitirselo (a menudo meses o años después), celebran un desfile de canoas de guerra representando una batalla naval en la que una de las partes es la familia del difunto. Para el desfile, un miembro del Poika entrega en secreto, una imagen tallada en madera, representando al familiar fallecido. Cuando acaba el desfile, que dura cuatro días, y cuando las canoas vuelven con las de la familia a la cabeza, mostrando que han ganado la batalla, la familia muestra la imagen como parte de su victoria. La imagen se pone entonces en una urna ("Arua") que contiene las imágenes de los antepasados ("Nduen Fobara") y se hace otra fiesta por el retorno simulado de la imagen.


En otros tiempos los funerales de los jefes iban acompañados de muchos sacrificios, incluidos los sacrificios humanos. Una vez lavado el cuerpo en un local destinado a este fin se llevaba el cuerpo al bosque donde, puesto sobre una mesa alta, era recubierto con telas, cordones, manilla y una hoja joven de palmera que simbolizaba el renacimiento.

La hija mayor dirigía a la procesión familiar y amigos alrededor del cadáver con cantos y bailes. Su marido, el yerno del jefe, ponía una pluma de águila, matado por un pariente del jefe, encima del cadáver, para ser enterrado.

A continuación se realizaban los sacrificios realizados por los hijos. Primero, se escogía un perro debido a su poder de clarividencia. Se decapitaba el perro y los hijos dibujaban un círculo alrededor del cadáver con la sangre. Después, se mataba a un gato, debido a su visión nocturna. Luego, un águila, por su buena vista a la luz del día. Finalmente, se sacrificaba un loro escogido por su voz clara para que el jefe siempre se oyera en su próxima vida.

Después de los hijos, era la familia de la madre los que continuaban con los sacrificios. Se mataba una cabra, que debido a sus pies fornidos, podría llevar al jefe dondequiera que le gustaría ir. Después de los animales, se sacrificaban las esposas de los esclavos. Primero la esposa del esclavo preferido del jefe (el "Aho'm"), a quien, al igual que a los demás esclavos sacrificados se les partían los huesos de las piernas y eran enterrados vivos junto al jefe. Algunas familias tenían cuerpos colgados de postes o árboles alrededor de la tuma de un jefe muerto. Si el jefe era muy rico, se mataban esclavos en los lugares donde aquel se bañaba, comá, durmía, donde recibía a los invitados y como un regalo a los árboles. Por ejemplo, se fertilizaba las raices de determinados árboles con las sangre derramada de las gargantas cortadas de esclavos.

Después de estos sacrificios, se tocaban tambores y trompetas para anunciar a los antepasados la llegada a su mundo del jefe muerto. Se procedía a cerrar la tumba, pero dejando un espacio pequeño para el último sacrificio. Se capturaba a un hombre de otro clan o de otra etnia, le decapitaban y ponían su cabeza en la pequeña abertura.

Durante los próximos tres meses, las viudas debían dormir junto a la tumba (Obiri) para vigilarla, y pasado este periodo, se abría el Obiri y se quemaban todas las tela y demás materiales. Las viudas volvían, entonces, a casa pero debían llevar ropa de luto durante un año.


Los funerales para personas corrientes socialmente, los entierros difieren dependiendo de la persona y la causa de muerte. Entre los el Ijaw, cuando una mujer anciana, se le entierra con danzas y fiesta, pero los asistentes irán con la cabeza descubierta, ya que esto sólo se hace en los entierros de los hombres. Cuando una mujer más joven, muere, su familia puede hacer fiesta en su honor, pero no es obligación, y si no era esclava, se le entierra en la casa de su familian no en la del marido. Cuando un hombre muere, se disparan cañones el día la muerte, la mañana siguiente, después del entierro, al retorno de la familia a la casa, la tarde siguiente y dos veces al día durante los seis días siguientes. Si una persona muere de una "muerte mala", el cuerpo se tira en secreto, sin entierro. Son consideradas "muertes malas" las de las mujeres que mueren en el parto (la muerte de una madre que ha tenido gemelos es especialmente vergonzosa); las  de los hombres muertos por lepra, la de aquellos ancianos que mueren muy mayores, cuando ya han muerto sus hijos; las habidas por suicidio; las de aquellos que mueren el mismo día en que se celebran determinadas fiestas religiosas ("Owo"); ...

Si una mujer Ibo muere, se le entierra en la casa de su hijo. Si no tiene ningún hijo, su cuerpo se tira en un bosque. Los hijos e hijas se suelen enterrar en casa de los padres. Para los Ibo "muertes malas" son, por ejemplo, las de las mujeres que se mueren durante la cuarentena pos-parto, las de los niños que se mueren antes de que les hayan salido los dientes, las de los suicidas y las de los que mueren durante el Ramadan. Además, hay que realizar determinadas ceremonias de purificación para proteger a la familia en casos como los siguientes: tras la muerte de una mujer que ha tenido gemelos; tras la muerte de niños que nacieron con los pies, o con un solo testículo; tras la muerte de hombres con elefantiasis


Los espíritus de los antepasados pueden proporcionar ayuda o desgracias a los vivos, según la ayuda o el abandono que éstos les den. En estos Pueblos, al igual que en otros muchos grupos étnicos de Africa, es fácil ver cómo antes de cada comida, algunas personas echan al suelo un poco de agua y de comida. Es la forma simbólica de decirles a los antepasados que se les tiene presentes y que se les alimenta. Esta costumbre adquiere mucha más complejidad para los dos Pueblos de los que hablamos. Cada ocho días , Fene Bene ,el jefe dará parte de la comida y de la bebida para los espíritus. Cada siete años se sacrifica una cabra y se rocía con su sangre las imágenes o pilares de arcilla que representan a los antepasados. 

Las familias suelen contar con lugares determinados para orar o pedir ayuda a sus antepasados en casos de necesidad. Se considera una falta grave el hablar mal de los antepasados. Si una persona habla mal de un antepasado de otra familia y no se disculpa, ésta se desquita hablando mal contra los difuntos de dicha persona. Si el hombre se disculpa, deben realizar una ceremonia especial de expiación.

Al igual que sucede en vida, la sociedad de los difuntos está organizada de forma similar a la sociedad de los vivos. Hay un Jefe o Rey de los Espíritus, Nduen-Ama Yana-Gbaw para los Ijaw o Eze Ala Maw para los Ibo; un mensajero, Ffe para los Ijaw o Onwu para los Ibo, que trae la muerte a los vivos y un barquero, Asasaba, que lleva las almas de las personas buenas por el río de la muerte para ser reencarnadas en los árboles, animales u otros seres vivientes.

En cuanto a esta reencarnación, cada subgrupo étnico cree que se realiza de forma diferente. Por ejemplo, un Oratta Ibo bueno tomará la forma de una vaca, elefante o leopardo; un alma de Bakama buena se reencarnará en un árbol; en cambio, los Amuneke creen que sólo los espíritus malignos, las almas de aquellas personas que fueron malas en vida, se reencarnan en plantas.

Ceremonias.- Las ceremonias fúnebres varían según la importancia social del difunto y de la forma de muerte que tuvo, habiendo formas vergonzosas de morir para las que no se hace funeral alguno.

Entre los Kalabari, cuando muere una persona importante, sus familiares llevan su cuerpo a un lugar especial, Oto Kwbu, para lavarlo. Esta ceremonia conlleva la utilización de una olla especial, de agua especialmente preparada para este menester y telas que no deben tocar la terra. Una vez labado, las hermanas atan un Okuru alrededor de su cintura y sus esposas legales lo visten con telas especiales.

Luego, los hijos y hermanos llevan el cadáver a una cama en un local que contiene las urnas de sus antepasados, Wari Kubu. Los amigos muestran su respeto al difunto con lamentaciones y tocando tambores para avisar a los antepasados que pronto se les unirá el alma de difunto. Las esposas legales se sientan alrededor del cuerpo, en el orden en que se casaron, portando cada una un cuchillo con la hoja rota. Las hijas legales y hermanas se sientan, en orden de edad, en dos columnas a ambos lados del cadáver. Luego, la primera viuda y sus hijos ofrecen comida y bebida a los asistentes que seran consumidas entre las lamentaciones, toques de tambores y alabanzas al jefe muerto, a lo largo de toda la noche que durará el funeral. 

Ceremonias fúnebres Ibo

Durante los días que dura el funeral de un jefe, cada esposa se confina en un cuarto pequeño. Se pinta su cara y cuerpo de negro durante este aislamiento. Cada esposa prepara comida para los parientes que les visitarán y preparan la canción que durante estas visitas entonarán en honor del esposo y jefe muerto. Llevarán luto durante diez meses. Las viudas y los parientes femeninos cercanos deben llevar la tela Okuru , mientras que los vaarones lo llevan de color azul. Los hombres se afeitan sus cabezas, mientras que las mujeres no se lo pueden cortar ni cubrir durante los diez meses que dura el luto

Este luto es seguido por una peregrinación a Aro Chuko, donde el jefe será enterrado. Se entierran junto con el difunto sus ropas , ornamentos, platos, cuchillos, tabaco y ginebra y se coloca una cacerola sobre la tierra. Cada ocho días ("Fene Bene") se ofrece comoda al difunto. Se prohibe llorar, para que el espíritu del muerto deje esta vida apaciblemente. Si una mujer llora, ella debe sacrificar una cabra o ave a los pies del cadáver para purificar la mancha de sus lágrimas. Se disparan cañones para anunciar al mundo de los muertos que el jefe está llegando.

Diez meses después del entierro, se hace otra ceremonia ("Kopinai"). Es es una gran fiesta con gran variedad de comidas y bebida. Un miembro de cada clan debe llevar vestido europeo y debe hablar sólo inglés.

En cuanto la familia pueda permitirselo (a menudo meses o años después), celebran un desfile de canoas de guerra representando una batalla naval en la que una de las partes es la familia del difunto. Para el desfile, un miembro del Poika entrega en secreto, una imagen tallada en madera, representando al familiar fallecido. Cuando acaba el desfile, que dura cuatro días, y cuando las canoas vuelven con las de la familia a la cabeza, mostrando que han ganado la batalla, la familia muestra la imagen como parte de su victoria. La imagen se pone entonces en una urna ("Arua") que contiene las imágenes de los antepasados ("Nduen Fobara") y se hace otra fiesta por el retorno simulado de la imagen.


En otros tiempos los funerales de los jefes iban acompañados de muchos sacrificios, incluidos los sacrificios humanos. Una vez lavado el cuerpo en un local destinado a este fin se llevaba el cuerpo al bosque donde, puesto sobre una mesa alta, era recubierto con telas, cordones, manilla y una hoja joven de palmera que simbolizaba el renacimiento.

La hija mayor dirigía a la procesión familiar y amigos alrededor del cadáver con cantos y bailes. Su marido, el yerno del jefe, ponía una pluma de águila, matado por un pariente del jefe, encima del cadáver, para ser enterrado.

A continuación se realizaban los sacrificios realizados por los hijos. Primero, se escogía un perro debido a su poder de clarividencia. Se decapitaba el perro y los hijos dibujaban un círculo alrededor del cadáver con la sangre. Después, se mataba a un gato, debido a su visión nocturna. Luego, un águila, por su buena vista a la luz del día. Finalmente, se sacrificaba un loro escogido por su voz clara para que el jefe siempre se oyera en su próxima vida.

Después de los hijos, era la familia de la madre los que continuaban con los sacrificios. Se mataba una cabra, que debido a sus pies fornidos, podría llevar al jefe dondequiera que le gustaría ir. Después de los animales, se sacrificaban las esposas de los esclavos. Primero la esposa del esclavo preferido del jefe (el "Aho'm"), a quien, al igual que a los demás esclavos sacrificados se les partían los huesos de las piernas y eran enterrados vivos junto al jefe. Algunas familias tenían cuerpos colgados de postes o árboles alrededor de la tuma de un jefe muerto. Si el jefe era muy rico, se mataban esclavos en los lugares donde aquel se bañaba, comá, durmía, donde recibía a los invitados y como un regalo a los árboles. Por ejemplo, se fertilizaba las raices de determinados árboles con las sangre derramada de las gargantas cortadas de esclavos.

Después de estos sacrificios, se tocaban tambores y trompetas para anunciar a los antepasados la llegada a su mundo del jefe muerto. Se procedía a cerrar la tumba, pero dejando un espacio pequeño para el último sacrificio. Se capturaba a un hombre de otro clan o de otra etnia, le decapitaban y ponían su cabeza en la pequeña abertura.

Durante los próximos tres meses, las viudas debían dormir junto a la tumba (Obiri) para vigilarla, y pasado este periodo, se abría el Obiri y se quemaban todas las tela y demás materiales. Las viudas volvían, entonces, a casa pero debían llevar ropa de luto durante un año.


Los funerales para personas corrientes socialmente, los entierros difieren dependiendo de la persona y la causa de muerte. Entre los el Ijaw, cuando una mujer anciana, se le entierra con danzas y fiesta, pero los asistentes irán con la cabeza descubierta, ya que esto sólo se hace en los entierros de los hombres. Cuando una mujer más joven, muere, su familia puede hacer fiesta en su honor, pero no es obligación, y si no era esclava, se le entierra en la casa de su familian no en la del marido. Cuando un hombre muere, se disparan cañones el día la muerte, la mañana siguiente, después del entierro, al retorno de la familia a la casa, la tarde siguiente y dos veces al día durante los seis días siguientes. Si una persona muere de una "muerte mala", el cuerpo se tira en secreto, sin entierro. Son consideradas "muertes malas" las de las mujeres que mueren en el parto (la muerte de una madre que ha tenido gemelos es especialmente vergonzosa); las  de los hombres muertos por lepra, la de aquellos ancianos que mueren muy mayores, cuando ya han muerto sus hijos; las habidas por suicidio; las de aquellos que mueren el mismo día en que se celebran determinadas fiestas religiosas ("Owo"); ...

Si una mujer Ibo muere, se le entierra en la casa de su hijo. Si no tiene ningún hijo, su cuerpo se tira en un bosque. Los hijos e hijas se suelen enterrar en casa de los padres. Para los Ibo "muertes malas" son, por ejemplo, las de las mujeres que se mueren durante la cuarentena pos-parto, las de los niños que se mueren antes de que les hayan salido los dientes, las de los suicidas y las de los que mueren durante el Ramadan. Además, hay que realizar determinadas ceremonias de purificación para proteger a la familia en casos como los siguientes: tras la muerte de una mujer que ha tenido gemelos; tras la muerte de niños que nacieron con los pies, o con un solo testículo; tras la muerte de hombres con elefantias

El sida es la gran hoz que lo cercena todo; ahora se añade el hambre. La única cosecha se recoge en Malaui en marzo-abril. En noviembre suele empezar la mvula (lluvia); pero no el año pasado, ni éste. "Tuvimos cada día entre 500 y 800 personas pidiéndonos comida, y este año podría volver", dice la hermana Brígida Moreta, carmelita misionera, abulense, con 26 años en Malaui y al frente del hospital Mtengo wa Nthenga (Árbol de Plumas), en el centro del país. "Lo tradicional es el maíz, pero el precio del fertilizante resulta prohibitivo y la gente devora hasta las raíces. Tenemos un programa, con las propias comunidades, para atender a la gente con huérfanos, con ancianos: se les dan semillas y se les enseña a producir. Pero la amenaza del hambre no puede hacernos olvidar el sida. Un 76% de los análisis que hacemos dan positivo. El freno sería impedir con antirretrovirales la transmisión madre-hijo, pero cuestan 250 euros, y el gasto sanitario del país es de cinco euros por persona al año"·

El hospital en el que Manos Unidas apoya la remodelación del ala de contagiosos es pulcro y organizado, pero afronta situaciones inauditas. Niños malnutridos, con marasmo o kwashiorkor. Un sinfín de tuberculosos (sólo el hospital de la capital, Lilongwe, tiene medicamentos contra esa enfermedad). La maternidad no es una isla: Ana, de 25 años, con tres niños vivos y otros tantos muertos, sufre un brutal herpes Zóster, asociado al sida, como la tercera parte de las parturientas. Con 20 euros tendría tratamiento; su marido gana 10. En una cama cercana, una abuela cuida de su nieto terminal, llamado Chuma Chayende (La Riqueza Funciona). Brígida tiene claro su objetivo: que Mtengo wa Nthenga sea modelo de referencia para una red de hospitales rurales. Está contenta con la reciente escuela para 100 niños y sobre todo de las 20 casas que le permitirán atraer a enfermeras.

Antirretrovirales no hay, pero contra el hambre se hacen milagros. Uno es el reparto a miles de personas de la Likuni Phala, una papilla con maíz, alubias, cacahuete y aceite, inventada por la hermana Trinitas, una misionera irlandesa de Nuestra Señora de África ya fallecida y fundadora de hospitales. Pero la valenciana Amparo Cuesta, de la misma congregación, con 20 años en Malaui, está volcada en el Home Basic Program contra el sida. "En la diócesis murieron en 1999 unas 70.000 personas de sida, y hay 400.000 huérfanos.", dice. "Es escandaloso que organizaciones internacionales paguen a gente local dietas equivalentes a todo un sueldo; ello genera reunionitis y ninguna eficacia". Amparo cuenta con unos mil voluntarios, casi todas mujeres.

La queja contra la cooperación paracaidista, que cuando se va no deja nada atrás, es habitual en los proyectos sensatos en Malaui. Hay una línea que une algunos trabajos. Chezi, al norte de Lilongwe, gestionado por las misioneras de María Mediadora, ha generado un estilo. "Empezamos con un centro para niños desnutridos, luego el dispensario y después las casas para huérfanos", dice la asturiana Mercedes Arbesu. Chezi acoge a 125 huérfanos del sida y controla a otros 345 recogidos por familiares. Allí vive Sara, una niña hidrocefálica de cinco años operada en 1999 en España gracias a Tierra de Hombres. Los críos duermen en coquetas casitas con literas. La huerta, obra de la hermana colombiana Ángela Flórez, es espectacular. "Queremos que los niños vean que por ahí fuera no se vive como en Chezi, y en vacaciones les mandamos a sus aldeas", dice Mercedes. "La gente, desde pequeña, aprende a vivir el presente, porque su vida está siempre amenazada". Las hermanas aceleran un pabellón de contagiosos. "Cuando llueva, habrá cólera", dicen.

El pueblo de Chezi montó el pasado día 28 una fiesta para inaugurar la escuela para 626 alumnos financiada por Manos Unidas. Los críos recibieron con danzas a los alendos (forasteros) y el nfumo (jefe local) Kavala leyó rítmicamente un discurso con petición de más casas para profesores y un campo de fútbol. Al director de la escuela, Timothy Balaza (Cuarto de Estar), le brillaban de alegría los ojos.

En Alinafe, más al norte, cerca del Lago Malaui, el modelo ha cuajado. El motor, José María Márquez, se apoya en pequeñas ONG como Solidaridad con Malaui, Yamba o Wawitai y en Manos Unidas. "En ocho años la esperanza de vida de Malaui ha bajado de 45 a 37 años", dice Márquez, "pero hay que tener esperanza, porque todo es posible si tienes claro que los de aquí son los protagonistas". Alinafe integra hospital, centro nutricional, cuidado de huérfanos y construcción de pozos. Es exaltante acompañar a una de sus unidades móviles en servicio de vacunación y de reparto de Likuni Phala. El personaje clave es Devlin Msowoya, ayudante médico, dinamizador nato: con un par de monitores animadores dan charlas danzas a cientos de madres con bebés concentradas en un punto, y les enseñan higiene y salud. Devlin, además, ha creado huertas donde la comunidad trabaja unas horas para los más necesitados. Es el Programa de Invierno, que aspira a lograr dos cosechas y no la única tradicional.

"Da risa cuando oyes a ciertas organizaciones alardear de haber hecho un pozo. Con sólo 6.000 euros hemos hecho casi 50 en un mes, porque la propia comunidad lo ha visto como suyo", dicen Javier Márquez, hermano de José María, y Bea Orbea. Con una simple paleta la gente cava pozos de 10 metros, los cubre con cemento e instala una bomba. La vida cambia de golpe, porque ya no enferman al beber de los charcos. Y Devlin está entusiasmado con las bombas a pedal que, por 20 euros, irrigan los huertos.

Alinafe ya tiene familia. En Nambuma, a 30 kilómetros de una carretera, hace tres semanas no tenían agua en el hospital de las Misioneras Teresianas. Manos Unidas financia la rehabilitación de instalaciones, que datan de 1950. "Cuando llegué en 1996", dice la hermana Modesta Chilembwe, enfermera, "no había nada. Viví con una vela y sin médico". El madrileño Alejandro Buitrago está lanzado: "El proyecto incluye casas para médicos, letrinas y baños, mortuorio y un molino de maíz para conseguir dinero". La médico Pilar Robres, zaragozana, con experiencia en enfermedades tropicales en el hospital Ramón y Cajal de Madrid, sueña con el inminente laboratorio. "Podremos evitar, con diagnósticos correctos, que la gente se tenga que tomar 20 pastillas casi a voleo, porque lo único que saben es que tienen malungo ".

En la capital de Mozambique, Maputo, abunda la propaganda antisida. En anuncios de televisión, madres e hijas hablan de no olvidar el jeito (literalmente, maña; realmente, condón). Hay cartelones con chica y chico mirándose y un lema: "Sabemos lo que te pasa por la cabeza". Él piensa en una cama, ella en una casa. El jeito es requisito para ambos. Pero el campo no ve anuncios.

La noche de Maputo, hace tres años, antes de las inundaciones, era segura. Pero la vecindad de Suráfrica trae consecuencias: un pasable parque automovilístico y también mafias armadas. Las inundaciones de 2000 (unos 700 muertos, un millón de desplazados) también tuvieron que ver con Suráfrica, que ante las lluvias abrió sus presas. El agua, a 8.000 litros por segundo, lo arrasó todo. Chamankulo era un barrio pobre. Quedó anegado, pero 500 familias tienen ya casa, construida por Cáritas, en Mumemo, a 30 kilómetros, y se aspira a techar a 1.777 familias. A primera vista el sitio es un erial, con raquíticas machambas (huertos) de maíz o mandioca en la pura arena. Pero la vida empuja. El Gobierno proporcionó el suelo. Manos Unidas ha pagado un centro de salud, escuela primaria y dos pozos. Las Consolatas, un centro preescolar. Los vecinos están construyéndose un mercado. Se ha logrado luz. "Estoy feliz de estar aquí, aún recuerdo el agua al cuello", dice aliviada Leonor, con tres hijos. El policía Tomás Francisco Conrapa ("Mi apellido significa No Se Baña, pero le aseguro que nos hemos mojado"), tiene un puesto absolutamente vacío, con sólo una mesa y un jarrito con flores. La hermana Susana Custódio, de las Franciscanas Hospitalarias, una auténtica líder con mano izquierda para lidiar con políticos y empresarios, se considera "un puente con la gente" y sueña con una escuela secundaria. "La tragedia de Mozambique", señala, "es que no hay escuelas secundarias, y tras la primaria no hay salida".

A 200 kilómetros al norte, en Chalucuane, las Hijas de la Caridad atienden en su centro de salud a 100.000 personas. En las inundaciones hubo partos en el tejado. En la carretera, llagada e imposible, están el monumento al fallecido presidente Samora Machel y la mansión de su esposa, hoy señora de Mandela, Graça Machel: no hay atisbo de asfalto. "El sida aquí es terrible", dice la hermana mexicana Adela Orea. "De ocho análisis hechos ayer, siete dan positivo". Amparo Nuin, navarra, explica que el sida y la tuberculosis las expanden los mineros mozambiqueños que, tras pasar un año en Suráfrica, vuelven a casa.

Y están los curanderos. Los enfermos recurren primero a ellos, que a cambio de un dineral les hacen incisiones con cuchillas a menudo infectadas o les atiborran con hierbas que les producen quemazón intestinal, y un cuadro de desnutrición muchas veces fatal. En las camas hay rostros que se te marcan a fuego, como el de un hombre con los ojos en blanco, volcados de muerte. "Quiso matar a su tía porque el brujo le había dicho que era la culpable de que él sufriese sida, y ahora él no tiene a nadie en su agonía", dice Adela.

El hombre será enterrado cristianamente en un ataúd fabricado bajo la supervisión de un gran carpintero, el senhor Madureira, que ha montado con el hospital un taller para jóvenes. "Travalho digno", dice Madureira. Como quien pronuncia un conjuro de salvación.


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