4.5) Dios revela que desea un pueblo santo

        Cuando finalmente respondemos en forma apropiada a la iniciativa de Dios y nos decidimos a iniciar la búsqueda del propósito con el cual nos creó, entonces Él nos revela la siguiente etapa. En cierto momento de nuestras vidas nos acercamos a Dios en oración y le decimos con toda sinceridad que creemos que Él nos creó con un propósito definido y que deseamos conocer ese propósito. Le pedimos en oración que nos muestre qué es lo que Él espera de nosotros. Entonces Él nos revela, personalmente, en lo más íntimo de nuestro ser, que lo primero que Él espera de nosotros, antes de entrar en más detalles, es que vivamos una vida limpia y recta delante de sus ojos: “pues la voluntad de Dios es vuestra santificación… pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación.” 1ª Tesalonicenses 4:3,7. De la misma forma que lo hizo con el pueblo de Israel después de sacarlo de la esclavitud de Egipto, nos revela que Él espera que cumplamos los Mandamientos de la Ley de Dios, que no mintamos, que no robemos, que no matemos, etc.  De esa forma Dios se nos revela como “el Dios que desea formarse un Pueblo Santo”: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios… vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios…” 1ª Pedro 2:9,10. Un Pueblo Santo en donde reine la justicia, el amor y la paz: “porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.” Romanos 14:17. Ese es el mismo viejo sueño que Dios ha puesto en los corazones de todos los buenos gobernantes, y de todos los buenos líderes de todos los países del mundo en todos los tiempos. La razón de que no veamos avances significativos en el logro de esta meta se debe a que queremos alcanzar la meta de Dios utilizando nuestros propios métodos y nuestros propios recursos, en lugar de tomarnos la molestia de venir delante de Él, para que nos enseñe sus propios métodos y nos capacite con sus propios recursos. Más que tomarnos la molestia de recurrir a Dios, en realidad lo que se nos dificulta es revestirnos de la humildad requerida para reconocer nuestra incompetencia. Es el mismo viejo e inconfesable deseo de querer ser como Dios. Queremos hacerlo nosotros mismos. Y a nuestra propia manera. Una de las primeras frases que pronuncian frecuentemente los niños pequeños que están apenas aprendiendo a hablar es: “Yo solito… yo solito”. Es algo que ya viene integrado en el equipo desde que lo recibimos. Y Dios tiene que esperar hasta que nos cansemos de darnos topes contra la pared.

        Al pedirnos que guardemos siempre todos sus mandamientos, lo que Dios nos está pidiendo es que vivamos en santidad. Ya vimos en la primera parte de este ensayo que Dios definió santidad como la habilidad o capacidad de cumplir siempre todos los mandamientos de la ley de Dios. Al mismo tiempo Dios definió justicia, puesto que si en una comunidad de creyentes cada uno de sus miembros está viviendo en santidad, no se cometerán injusticias, y entonces se manifestará la justicia en sus relaciones personales como una consecuencia necesaria.

        Es realmente muy interesante que aún cuando en esta etapa Dios nos revela su meta o propósito de formarse un pueblo santo para sí mismo, no nos revela para qué quiere ese pueblo santo, ni tampoco nos revela nada acerca de su propósito final para nuestras vidas. Antes de entrar en los detalles Él desea ver cómo reaccionamos ante esta primera demanda que Él hace de nosotros. Para Dios es muy importante observar qué tanto esfuerzo hacemos para cumplir sus mandamientos, y qué tan honestos somos con nosotros mismos, y con Él, acerca de los resultados obtenidos después de haber hecho nuestros mejores esfuerzos.

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