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Historia del Chiquitania

Chiquitanos: Los indios de la hierba 
De dónde proviene el gentilicio de chiquitano? Las crónicas antiguas relatan que los colonizadores españoles que llegaron al territorio de los miembros de esta etnia se ex-trañaron por la pequeña estatura y contextura física de éstos, con relación a sus veci-nos guaraníes, y por las puertas diminutas de sus chozas, las que estaban construidas de esa forma para evitar el ingreso de insectos y animales salvajes. Por ello los deno-minaron “chiquitos”. Los guaraníes los denominaban tapuy miri,
“enemigos pequeños”; aunque igualmente se los llegó a conocer como los “indios de la hierba”, por su destre-za para usar las plantas venenosas en sus flechas. 
Según el libro Sistema jurídico indígena del Centro de Estudios Jurídicos e Investiga-ción Social, la mayoría de los antiguos chiquitanos eran sedentarios o agricultores de la selva tropical, y existían también grupos de cazadores, recolectores y pescadores nó-madas. Cultivaban maíz, yuca, maní, calabaza, piñas y tabaco. Vivían en aldeas y es-taban protegidos por setos vivos, picudos, plantas venenosas y palenques. Su autori-dad principal era el Cacique, cargo que era hereditario, un personaje que podía tener varias mujeres y que dominaba los secretos mágico-religiosos como curandero. Su economía se basaba en el trueque de productos. 
La búsqueda de la mítica ciudad de El Dorado trajo a las expediciones españolas des-de Paraguay hacia sus predios, por el año 1542. Así, los chiquitanos fueron vistos co-mo mano de obra para las minas de Potosí. Se estima que en 1561 ya sumaban entre 40.000 y 60.000 los reducidos a la servidumbre. El antropólogo Wigberto Rivero Pinto sostiene que en el año 1550, cuando se fundó Santa Cruz (La Vieja), a pocos kilóme-tros de lo que ahora es San José de Chiquitos, se tomó el primer contacto con algunas tribus de esta nación. “En 1591 se trasladó Santa Cruz a su actual ubicación y se per-dió el contacto con los chiquitanos hasta 1692”. 
A fines del siglo XVII empezó la época reduccional que duró hasta 1767 e involucró la llegada de los jesuitas a la Chiquitanía con la conversión de los indígenas al catolicis-mo. En este periodo se fundaron diez misiones, siendo la primera la de San Francisco Javier (hoy San Javier). Se instaló el mandato de la Directiva del Cabildo y la negación de la autoridad de los caciques. Sin embargo, en 1767, los frailes fueron expulsados y las reducciones pasaron a manos del clero secular; de esta manera comenzó la escla-vización, despojo y matanza de los originarios, que a la par fueron desplazados a las periferias y obligados a emigrar y fundar otras aldeas. 
Después de la independencia de Bolivia continuó el sometimiento, los abusos y la ex-clusión a los integrantes de esta etnia. Los cabildos fueron desconocidos por la Consti-tución Política, aunque éstos persistieron en la sociedad chiquitana. A fines del siglo XIX, el capital de los explotadores del caucho fue invertido en la Chiquitanía y se asen-taron nuevas familias de terratenientes. Así comenzó el enganche de mano de obra in-dígena para el trabajo en las estancias. Aparte, la Guerra del Chaco provocó otro mo-vimiento migratorio forzoso entre 1933 y 1936; en ese conflicto, los chiquitanos se co-nocieron con miembros de otras naciones originarias. 
La Revolución Nacional de 1952 trajo el sindicalismo al territorio chiquitano, pero los problemas agrarios continuaron, sobre todo con los empresarios ganaderos que habían aprovechado la ausencia de los indígenas durante la Guerra del Chaco para expandir sus haciendas. De esa forma se emprendió una lucha que se alargó hasta la década pasada, cuando surgieron las primeras demandas por parte de esta etnia para que el Estado le reconozca las tierras de sus antepasados, lo que llevó a la conformación de la Organización Indígena Chiquitana. Hoy, esta pugna sigue y el pueblo chiquitano ha recuperado su fortaleza identitaria. 
El olvido en la periferia 
José Soquereme Batá es el presidente de la Organización Territorial de Base del pue-blo chiquitano de Guayaba, en la provincia Ñuflo de Chávez. Él no se guarda nada a la hora de pronunciar la principal demanda de sus vecinos. “Nuestro camino de acceso es malo, por eso en época de lluvias quedamos incomunicados con la capital Concep-ción”. Su aseveración no es gratuita. Para arribar al lugar desde suelo concepcioneño hay que transitar una vía de tierra que se asemeja a una calamina repleta de huecos y piedras. En una región donde hay pistas para avionetas, llama la atención la deficiencia de las carreteras; moneda corriente en las zonas periféricas. 
En las aldeas que rodean a las localidades urbanas chiquitanas como Concepción y San Javier se reproduce este problema, a lo que se suma una limitación: la ausencia de servicios básicos. En Guayaba hay gente que bebe agua de pozos y ríos, la que puede estar contaminada y atentar contra su salud. El sitio cuenta con dos bombas de líquido potable que fueron instaladas por la Subprefectura, y todavía dista mucho que los hogares dispersos por los predios guayabeños cuenten con piletas particulares. “Con tal de conseguir nuestros votos para el referéndum revocatorio del 10 de agosto, la Prefectura cruceña nos prometió agua. Y nada hasta ahora”.
Lo mismo acontece con la provisión de energía eléctrica. El villorio cuenta con un motor que otorga electricidad para algunas labores agrícolas. En el día, sólo la luz del sol ilu-mina a Guayaba; por la noche, la de las estrellas. Tampoco los habitantes del área co-nocen las garrafas de gas licuado de petróleo. “Aquí no sabemos de eso. Ni tenemos plata para comer y vamos a tener para una cocina o una garrafa”. Los camiones repar-tidores de este carburante sólo llegan hasta Concepción, a media hora de viaje del sue-lo guayabeño, donde los fogones a leña son el instrumento empleado por las amas de casa para preparar los alimentos. 
El idioma sin escritores 
Cual si fuera un reloj inglés, de lunes a viernes, a las ocho de la mañana en punto, un talán se escucha por el territorio de la comunidad chiquitana de Guayaba, en la provin-cia Ñuflo de Chávez. Es el sonido que emana de la pequeña campana, que en realidad es una pieza sin forma de metal que convoca a los niños a pasar clases en la escuela del ciclo primario que recibe el mismo nombre de la localidad. El establecimiento es ca-tólico no porque sea sostenido por la Iglesia, sino porque allí se estudia en los ambien-tes prestados por el cura de la congregación. Los problemas educativos que afectan al sitio cercano a Concepción se reproducen en los villorrios periféricos de la región. 
El profesor René Valenzuela comenta que Guayaba es una de las diez aldeas que per-tenecen al núcleo de enseñanza de Nazcuay, que quiere decir en idioma bésiro “palma real”. Cuenta con tres educadores y más de medio centenar de alumnos. Sin embargo, en este pueblo no hay educación secundaria. Por ello, los muchachos que desean con-tinuar su aprendizaje en los niveles intermedio y medio deben partir con destino a Con-cepción, a unas dos horas de caminata. Más aún, los que pretenden incursionar en la universidad deben emprender viaje a la ciudad de Santa Cruz. “Así se reproduce la emigración juvenil, con la consiguiente pérdida de los valores netamente indígenas”. 
Su colega Roxana Barranco sostiene que a veces los pequeños que se inscriben para cursar el primer y segundo básicos deben esperar por que haya un mínimo de estu-diantes o pasar clases con otros de diferente nivel. “No tenemos aulas y los pobladores no se preocupan de reclamar esto a la Alcaldía, que se olvida de las localidades aleja-das de las zonas urbanas”. A tanto llega el olvido que no hay pupitres o sillas para los infantes; sus progenitores se encargan de construirles estos insumos para su aprove-chamiento diario. “El material de enseñanza igual no llega a tiempo, y los padres no tienen dinero para comprarlo. Así estamos, una pena por culpa de la desidia estatal y la pobreza”. 
El presidente de la Organización Territorial de Base de Guayaba, José Soquereme Ba-tá, comenta que desde 2007 hay una empresa que se adjudicó la edificación de am-bientes para la escuela; sin embargo, ésta no ha iniciado sus operaciones. El jefe de la Junta Escolar de la población, Sebastián Supepi, asegura que hay poco interés por el estudio entre los guayabeños, lo que igual se traduce en la asistencia de tan sólo cinco personas a los programas de alfabetización bajo el método cubano “Yo sí puedo”. La responsabilidad de Supepi se enmarca en el control del desayuno escolar y la coordi-nación de reuniones entre padres y profesores. 
Valenzuela arguye que la deserción en el rubro también se explica en los altos índices de pobreza imperantes, lo que obliga a las parentelas a que los hijos menores en edad para trabajar dejen las aulas para ayudar en el sostén del hogar. “Los más perjudicados en cuanto a este punto son los mayores, porque al cursar entre sexto y octavo de pri-maria ya se hallan a cargo de sus hermanos y deben dedicarse, por ejemplo, a la siembra”. La investigadora del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social Elba Flores Gonzales afirma que las mujeres forman otro sector que deja de lado a corta edad el sistema educativo para dedicarse a las labores caseras. 
Para lidiar contra estas dificultades, esta nación creó el Consejo Educativo del Pueblo Originario Chiquitano, perteneciente a la Organización Indígena Chiquitana (OICH), que entre otras cosas apunta a revalorar las tradiciones a través de las enseñanzas en las aulas y, sobre todo, el idioma bésiro con la capacitación de profesores originarios bilin-gües. Barranco informa que la educación intercultural es un método que ya se aplica en Guayaba con la organización de festivales en los que se muestran las danzas chiquita-nas; aparte de la recomendación a los progenitores para que empleen su lengua an-cestral en la relación con sus hijos. 
El primer cacique general de la OICH, Rodolfo López, dice que lo que sucede en las unidades de enseñanza de las comunidades apartadas es culpa de la falta de fiscaliza-ción de los líderes locales a los planes de los gobiernos municipales. “Ahora hemos im-pulsado un bachillerato pedagógico humanístico en Concepción, para que los adoles-centes que salgan de la especialización pasen a ocupar los ítems de los educadores en las áreas rurales y así se mantengan nuestra cosmovisión y creencias. El sueño es fundar un Instituto Normal de Lenguas, no hablamos de una universidad indígena; así podremos recuperar lo que es nuestra identidad”. 
Mientras tanto, el bésiro aún está en fase de recopilación de datos. Los chiquitanos lo hablan, pero no lo escriben. Ahí radica el desafío de los estudiosos del idioma. El an-tropólogo Wigberto Rivero Pinto sostiene que esta lengua no posee la “ch” española, la que es reemplazada por la francesa “sh”; aparte, la letra “j” es pronunciada como la “j” española, y la estructura básica de una oración son las consonantes Ñ, S, V y P. Algu-nas palabras en bésiro chiquitano son: asxriñe (yo), asxriictio (tú), ttoneeti (él), asriñe (nosotros), asxri (vosotros), ttoneeti (ellos), unca (no), tone (sí), ¿chamooxria? (cómo te llamas), ¿aquíbíi? (¿adónde vas?).
La guerra de los brujos
Lorenzo Anchera Aponte lleva más de 20 años sanando enfermos en la localidad chi-quitana de Guayaba, en la provincia Ñuflo de Chávez. Es el Responsable de Salud y tiene a otros tres ayudantes para realizar la tarea. Su trabajo es pesado, más aún ante la ausencia de una posta sanitaria en el territorio habitado por más de 200 personas. “Lo único que manejamos son botiquines, pero no nos entregan frecuentemente los medicamentos para tratar a los pacientes. Hay que ir a pedirlos hasta la capital Con-cepción. Allí yo me capacité en el hospital público. Y apoyo las campañas de vacuna-ción para evitar la llegada de epidemias a la zona”. 
Las enfermedades frecuentes que atiende son las diarreas, los vómitos y las fiebres, ocasionados generalmente por infecciones estomacales que son producidas por el consumo de agua no potable, o sea, de los manantiales. “En los pueblos de más aden-tro hay pequeños puestos de salud, pero aquí, por estar a poco tiempo de Concepción, nos obligan a ir donde los médicos del centro hospitalario”. El presidente de la Organi-zación Territorial de Base de Guayaba, José Soquereme Batá, sostiene que la mayoría de la población convaleciente recurre al nosocomio concepcioneño porque de a poco va perdiendo la preferencia por la medicina ancestral. 
El antropólogo Wigberto Rivero Pinto reconoce el Distrito Chiquitano Norte de Salud, correspondiente a los municipios de San Javier y Concepción, con dos hospitales de segundo nivel y siete postas sanitarias en la región. Elba Flores Gonzales, investigado-ra del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS), dice que las briga-das de salud ingresan una vez al mes en las zonas más lejanas de la zona chiquitana, las que padecen de una situación precaria en el rubro. Y revela que en Concepción se han instalado denuncias sobre la discriminación hacia las mujeres indígenas en el tra-tamiento del Seguro Universal Materno Infantil. 
Estas limitaciones y dificultades para tener un acceso normal al servicio de salud han ocasionado que en algunas comunidades chiquitanas, sobre todo las periféricas, aún se mantenga arraigado el listado de recetas naturales de los curanderos o chamanes, quienes son muy respetados entre los habitantes. “Están los brujos buenos y malos, que también son los que ocasionan más conflictos entre los pertenecientes a esta et-nia. Manejan una diversidad de árboles, plantas, tallos y raíces que tienen propiedades curativas, y brebajes que pueden ocasionar embrujos y producir la muerte de los afec-tados si no son atendidos por los Cheeserusch”. 
No todos los comunarios dominan los secretos de estos “médicos de la selva”. En la zona de Lomerío, por ejemplo, los merkux (como se denomina a los que curan enfer-medades mediante la medicina tradicional) o los hechiceros (los que manejan la ciencia oculta) o los pichareros (los que preparan venenos letales contra los seres humanos) manejan conocimientos que son mantenidos en el más absoluto misterio, salvo cuando sus portadores se encuentran en la agonía y los transmiten a sus hijos o herederos en el lecho de muerte, quienes deben ser personas con capacidad mental y fuertes en la fe de los poderes de sanación que tienen las plantas medicinales. 
El antropólogo Jürgen Riester sostiene que una de las figuras más representativas de la cultura chiquitana es precisamente el curandero. Un hombre temido y que penetra en las variopintas esferas de la vida cotidiana indígena. Los hay de dos tipos: el Cheese-rusch o brujo bueno, que se encarga de sanar a las personas que han sido embrujadas por el Picharero, Oboisch o brujo malo. El primero aplica métodos de curación como el masaje, la sobada y la succión con charuto; por sus servicios, los comunarios le pagan en especie o en dinero. Además goza de influencia porque en los conflictos o denun-cias de brujería se encarga de desenmascarar a los involucrados. 
El Picharero es su opuesto. Tiene la capacidad de hacer el mal a la gente, hechizar e introducir en el cuerpo humano objetos como huesos, y rociar veneno en las comidas o bebidas que invita, ocasionando la muerte lenta o instantánea. “El Oboisch es el ene-migo de las personas, aniquilarlo o dejar sin efecto su influencia es tarea de los Chee-serusch y asunto de interés para el grupo. El curanderismo se presenta como un siste-ma de profundas consecuencias que divide a los miembros de una población en grupos rivalizantes entre sí, lo que causa enemistades entre las diversas familias e influye de-cisivamente en la vida diaria de los chiquitanos”. 
El primer cacique de la Organización Indígena Chiquitana, Rodolfo López, sentencia que aún resta compatibilizar las medicinas chiquitana y occidental. “Pedimos al Ministe-rio de Salud la construcción de oficinas para que estén nuestros curanderos”, aquellos que diagnostican que la diarrea se cura empleando el árbol cuchi, el paludismo con la planta de la quina y la lengua de panza de res, la deshidratación conocida como mo-cheo con la panza de vaca, la papera con una danza alrededor del tacú; aquellos que alertan que los niños nacidos en luna nueva no deben bailar para no padecer el muere muere o epilepsia.
La fiebre de la madera
Bosques con ingentes recursos de madera rodean a las aldeas chiquitanas repartidas por cinco provincias del departamento de Santa Cruz. La pugna por estos territorios ancestrales aún no ha sido librada. Uno de los asesores de esta etnia en el tema, el di-rector del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (Cejis), Leonardo Tambu-rini, subraya que la batalla agraria de los indígenas es a muerte y tiene como principa-les enemigos a los madereros y hacendados ganaderos. Un conflicto que logró sus fru-tos con la aceptación estatal de dos Tierras Comunitarias de Origen situadas en la pro-vincia Ñuflo de Chávez, Lomerío y Monte Verde. 
Según los cálculos de este experto, hay más de dos millones de hectáreas que fueron consolidadas para el pueblo chiquitano en suelo cruceño: más de un millón en Monte Verde, casi 300.000 en Lomerío, otras 380.000 en Bajo Paragua... “Debe haber por lo menos otras dos millones de hectáreas pendientes de definición, varias de las cuales están en el Parque Otuquis. Son territorios donde manda la madera, y también está la zona cercana al Pantanal, donde se inserta el proyecto mineral de El Mutún que va a impactar ambientalmente sobre muchos predios. Y ni hablar de la fauna y la flora pre-sentes, porque se está hablando se áreas perteneciente a la Amazonia”. 
La meta de la Organización Indígena Chiquitana (Oich) es lograr el reconocimiento de las otras peticiones agrarias para conformar, si se puede, una continuidad territorial ét-nica para aplicar las autonomías indígenas. Una continuidad que ya trata de hacerse patente con la creación de la mancomunidad chiquitana que fue creada el 23 de no-viembre de 1996 por más de una docena de gobiernos municipales que se hallan al es-te y noreste del departamento de Santa Cruz y copan una extensión de 231.577 kiló-metros cuadrados, equivalentes a aproximadamente 23 millones de hectáreas, es de-cir, el 62 por ciento de la superficie del total de la región cruceña. 
Los sembradíos de los chiquitanos se hallan insertos en sus Tierras Comunitarias de Origen, a kilómetros de sus hogares. Acceden a ellos mediante el permiso de una Asamblea Comunal convocada por la máxima autoridad local. El antropólogo Wigberto Rivero Pinto sostiene que estos predios tienen una importante riqueza forestal sujeta a la explotación ajena de empresarios ganaderos y madereros. Además, el constante desmonte para la habilitación de tierras de cultivo, la quema de bosques y la tala selec-tiva han llevado a la pérdida de cobertura vegetal importante, lo que ha ocasionado el deterioro del ecosistema. 
El primer cacique general de la Oich, Rodolfo López, prefiere hablar de la conformación de una provincia chiquitana que aglutina a las provincias Germán Busch, Ñuflo de Chá-vez, Chiquitos, Ángel Sandóval y José Miguel de Velasco. “Hay unos 450 pueblos de la etnia en esos lugares. Y superamos los 100.000 habitantes, pero vamos
a hacer nues-tro propio censo para demostrar que somos más. Hemos luchado por siete demandas de territorio, y aún quedan pendientes otras tres. La lucha no ha acabado. Pero nos es-tá tocando ahora lidiar contra la piratería de la madera, ya que lamentablemente no hay control social en nuestro terreno. Es algo pendiente”. 
La investigadora del Cejis Elba Flores Gonzales dice que la fiebre por la madera ha cundido entre los originarios, quienes por esa razón incluso dejan de lado sus activida-des económicas ancestrales como la agricultura, la caza y la pesca. “Ayudan a la ex-tracción de este recurso. Otorgan autorizaciones para el asentamiento de barraqueras y a cada familia le llega un promedio de 200 bolivianos al mes. Una miseria si habla-mos de la tala de madera de calidad como la mara, el tajibo, el membrillo... que esca-sean por esta labor abusiva”. Y en Lomerío, se tiene hasta 22 concesiones mineras que pueden dañar el medio ambiente. 
Para Tamburini, otro asunto en ciernes es el tráfico de tierras que concierne a inmigran-tes brasileños y terratenientes cruceños. “Hay como un intento de acorralamiento a las aldeas para que sus habitantes rurales se vean obligados a vender sus propiedades. Pero el principal desafío de los chiquitanos es impulsar el saneamiento de estos predi-os y el diseño y aplicación de una política de desarrollo económico con normativas cla-ras para los explotadores de recursos naturales. Y para ello es necesario que haya una autonomía indígena. Esto costó muchos años de lucha incesante y el bosque no se lo puede liquidar en cinco o siete años. Debe haber un futuro sostenible”. 
López afirma que se han aprobado planes de gestión territorial en los predios que fue-ron recuperados por los originarios. “La Ley de Reconducción Comunitaria de la Ley 1715 del Instituto Nacional de Reforma Agraria nos faculta a implementar este tipo de proyectos. Ahora buscamos una asociación forestal indígena nacional para garantizar el área maderera. Estamos conscientes de que todos los recursos son del Estado boli-viano y que, por lo tanto, deben ser cuidados, y quienes mejor que los indígenas para velar por todo esto porque no tenemos una visión mercantilista”. Una propuesta que no avanza tan rápido como la tala verde que cunde a 
 
Las denuncias de brujería 
Un funcionario judicial de la localidad chiquitana de Concepción, en la provincia Ñuflo de Chávez, contó esta historia a Domingo. Hace un par de años, en un poblado cerca-no, acaeció una muerte singular, cuya averiguación llegó a los estrados concepcione-ños. Un individuo había fallecido atado con alambres de púas a un árbol, luego de ser torturado sin piedad. Los comunarios alegaron haber aplicado contra éste las sancio-nes de su justicia comunitaria y lo acusaron de brujería: de poder transformarse en los animales que deseaba y de haber llevado a sus hogares la desdicha y la mala suerte. “Lo amarraron para que no se convierta en tigre o ave”. 
Un pacto de silencio se instaló en el villorio en cuestión. Nadie confió algún testimonio a los investigadores. El caso quedó archivado. Pero la Policía determinó una hipótesis que quedó como tal: el hecho fue provocado por la venganza de varias mujeres que habían sido violadas por el individuo, quien las amenazaba con convocar a las fuerzas de la naturaleza si es que no cedían a sus pedidos. En realidad, el sujeto no habría si-do brujo, y en la comunidad tampoco se habría aplicado la justicia originaria, sino lo que se llama comúnmente linchamiento, o en otras palabras la Ley del Talión, el cono-cido “ojo por ojo y diente por diente”. “Se intentó, y se logró, tapar un crimen común y corriente bajo la figura de la justicia comunitaria”. 
Son pocos los delitos que son derivados a los jueces ordinarios por parte de los chiqui-tanos, generalmente los problemas suelen ser resueltos entre ellos. Y para esto se so-meten a las determinaciones que asume la Asamblea Comunal o General, que es lide-rada por el Presidente de la Organización Territorial de Base (OTB) y el Corregidor, o el Cacique bajo el sistema del Cabildo. Todos estos jefes recurren a las recomendaciones de Consejos de Ancianos y en sus directivas hay personas encargadas de determinar o aplicar la sanción para los infractores de las normas: el Cacique Juez, el Primer Comi-sario, el Primer y el Segundo Fiscal. 
El presidente de la OTB de Guayaba, a media hora de viaje de Concepción, José So-quereme Batá, sostiene que el respeto a las reglas internas es importante entre los miembros de esta etnia. “Por eso no hay muchos problemas y si los hay, son muy le-ves, porque somos muy severos. Yo me reúno junto con el Corregidor para analizar las denuncias y luego instalamos una audiencia donde escuchamos a las dos partes del conflicto”. Cuando se trata de hablar de los castigos, Soquereme prefiere evadir la pre-gunta; sólo atina a decir: “No somos malos, no matamos ni nada por el estilo como en otros lugares. Llamamos la atención hasta en tres ocasiones”. 
Para ser pasible a una sanción en el sistema de justicia chiquitano, los comunarios de-ben saber cuáles son sus deberes. Los de las localidades de Monte Verde y Lomerío, situadas en la provincia Ñuflo de Chávez, por ejemplo hacen referencia a: “defender el territorio, asistir a las reuniones, participar de los trabajos comunales, mantener la con-vivencia, ser buen vecino, respetar y obedecer a las autoridades, cumplir con las cos-tumbres, ayudar en la minga los sábados o un día que necesite la familia, proteger los recursos naturales, portarse bien, vivir con respeto y tranquilidad, respetarse entre co-munarios, no robar ni andar en chismes. Son los mandamientos internos de conducta. 
La investigadora del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS) Elba Flores Gonzales sostiene que los castigos difieren entre los villorrios de esta nación originaria. Cuando el tema involucra a varias aldeas, el caso puede ser atendido por una Central, o si implica a conglomerados de pueblos, el proceso puede ser atendido por la Organización Indígena Chiquitana. “Incluso los maltratos contra niños y mujeres van a la Secretaría de Género de esta organización, o los afectados recurren a la De-fensoría del Pueblo o a la Asamblea de Derechos Humanos, pero generalmente tratan de solucionar los problemas al interior”. 
Una investigación publicada por el CEJIS y titulada Sistema jurídico indígena determina que la decisión del traspaso a la justicia ordinaria a veces es asumida directamente por las autoridades comunales, y en otras ocasiones por la Asamblea General. Esto se da cuando los casos son considerados de suma gravedad, o cuando los líderes originarios reconocen que éstos no son de su competencia, o cuando la víctima y sus familiares optan por acudir a los organismos estatales. En primera instancia, la denuncia llega an-te el Corregidor Cantonal o directamente ante la Policía de las aldeas cercanas de los centros urbanizados como San Javier y Concepción. 
Según su incidencia, los problemas más frecuentes entre los chiquitanos tienen que ver con: la brujería causada por el hechicero malo Picharere u Oboisch, que puede provo-car la presencia de osamentas de animales en el cuerpo o envenenar las comidas o bebidas que invita; el rumor o chisme, que genera conflictos en las localidades peque-ñas porque todos los habitantes se conocen; las peleas entre comunarios, que suceden durante las fiestas y cuando éstos toman bastante chicha de maíz o yuca; el robo de chanchos, gallinas, cosecha, bicicletas u otros bienes; y la violencia contra la mujer por los celos y los efectos de la borrachera. 
¿Cuáles son las sanciones? El consejo se aplica cuando alguien cometió una falta por primera vez. La compensación en caso de perjuicio cubre los gastos en especies o di-nero por los daños causados cuando los animales de alguien arruinan el chaco de una persona, o cuando los robos o peleas ocasionan lesiones al afectado. La tarea comu-nal, castigo común para los borrachos y peleadores: corte de postes, limpieza de pla-zas, elaboración de adobes y alambrados... La multa de entre 100 y 300 bolivianos del Corregidor Cantonal en los asuntos de abusos contra la autoridad; por esto último los chiquitanos prefieren evadir el veredicto estatal. 
Otro castigo es la expulsión de la aldea, la cual es asumida por la Asamblea en los ca-sos considerados graves, como la brujería, el mal comportamiento y los asesinatos. Aparte está la guasca, aplicada con el cuero de mocho cuando las otras penas no sur-ten efecto, o los azotes con la cola de peji, que están vigentes en la localidad de Pal-marito: se aplican tres azotes cuando el autor del delito está involucrado por primera vez, y entre 6 y 12 a los reincidentes. La sanción más drástica son 25 guascas sin lla-mada de atención; 12 si hay traición a la comunidad; y en los conflictos entre parejas, las mujeres son castigadas con entre 3 y 6 azotes. 
El primer cacique general de la Organización Indígena Chiquitana, Rodolfo López, acla-ra que el sistema de sanciones originario de su nación es aplicado según las costum-bres de las localidades. Informa que cuando entre los involucrados hay personas que no pertenecen a su cultura, el asunto puede ser llevado a la justicia ordinaria a pedido de éstas. Además, cuando se presentan conflictos con empresas madereras o ganade-ras, se solicita asesoramiento jurídico a entidades que apoyan las causas indígenas. “El castigo es para todos bajo nuestra lógica, por eso las autoridades igual pueden ser guasqueadas si es que se portan mal”. 
 
El accionar comunal en los divorcios 
Entre los chiquitanos, aunque no con mucha frecuencia, según un estudio del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social, se presentan casos de separación de cónyuges. Las causas generalmente están relacionadas con la infidelidad; o cuando hay peleas cuando la pareja no se comprende, lo cual desemboca en maltrato físico, abandono del hogar o la expulsión de la mujer de la casa del esposo. Cuando ocurre ello, primero las autoridades tratan de impedir el alejamiento, aconsejando la reconci-liación de los involucrados; si no lo logran, los hijos se quedan viviendo con la madre, quien asume toda la responsabilidad de su manutención. En algunos casos, los padres firman actas en las que se comprometen a ayudar a los vástagos en su educación, sa-lud y alimentación. Algunas mujeres inclusive acuden a la Central Indígena para resol-ver el problema de la asistencia familiar. 
 
El caso del hombre que tenía al diablo metido en el cuerpo
Julio Cuasace, de la localidad chiquitana de Palmarito, relata: Una vez le dije a un se-ñor: “Bueno, usted me va a cortar 50 postes para alumbrar el registro civil”. Entonces él comentó: “Yo prefiero que me dé su castigo”. Eran seis azotes, por primera vez. “Por-que usted no hace caso, no escucha lo que le aconsejan”. “No, yo prefiero que me san-cione porque ese diablo está en mi cuerpo, porque cada que me pongo a beber me pi-ca esa mano para pelear, parece que me obliga”. Entonces le dije: “No, usted me traba-ja, por ahí nos denuncia”. “No —dijo—, yo pues cómo voy a denunciar si estoy pidiendo porque quiero que me compongan”. Entonces, él se inclinó ahí para que le demos sus seis azotes y solicitó: “De una vez, señor Cacique”. 
El Cacique ordenó al Primer Comisario: “Déle, él lo pide así, no quiere trabajar”. El Pri-mer Comisario agarró el látigo y dijo: “Bueno hermano, yo no tengo la culpa, no te vas a enojar conmigo, yo no te he obligado a que pelees, vos nomás lo buscaste y vas a re-cibir tu sanción para que no lo vuelvas a hacer. Por ahí mañana, pasado, como Caci-que me toca a mí también, voy a ser sancionado para que nos pongamos y vivamos bien en nuestra comunidad”. Terminó de hablar el Primer Comisario, le dio la guasca y listo. Después el sancionado se levantó y se disculpó con el Cacique General: “Bueno mi general discúlpeme, no tiene la culpa, usted no me obligó para que yo pelee, yo si hey llevado fue porque yo me busqué el problema, porque usted como autoridad no me dice peléate con fulano, para que yo te guasquee”. El afectado sostuvo entonces: “Bueno, ya he recibido la sanción. Yo con usted no estoy bravo, yo tengo la culpa, ya recibí mi sanción, el diablo ya salió de mi cuerpo; bueno, él que está ahí sigue todavía molestándome”. 
Los amos de la naturaleza 
Las misiones jesuíticas marcaron a los chiquitanos, de eso no hay duda; pero su fe hacia el Dios católico no tarjó que puedan establecer un sincretismo religioso con la anexión de las creencias de sus antepasados. Los miembros de esta etnia guardan una amplia mitología que expresa sus orígenes, por ejemplo, los chamanes siguen en vi-gencia y ejercen control sobre la sociedad. El antropólogo Wigberto Rivero Pinto co-menta que los momentos cruciales de la vida como el nacimientos, el matrimonio, la muerte y actividades como la cacería, la siembra y la cosecha están impregnados por el chamanismo, lo cual arma un mundo espiritual y sobrenatural en las comunidades. 
Esta nación mantiene la creencia en los astros del universo, como el sol y la luna, divi-nidades que ayudan en el agro, la concepción y los quehaceres rutinarios. Según el Atlas Étnico de Investigaciones Antropológicas del Viceministerio de Culturas, el Oboisch es el genio que se aparece a una persona para causarle una enfermedad mor-tal que sólo se cura mediante un hechizo. El Chovoreca no es más que el diablo, que se muestra ante los niños en las noches para llevárselos al monte y hacerlos desapa-recer. Con la llegada de los misioneros, esta cosmovisión se llegó a completar con la omnipresencia de las almas condenadas: la Llorona o la Corta Mortaja. 
Sin embargo, un sitial preponderante en su imaginario popular está ocupado por el Jichi o el amo de la naturaleza, al que se reconoce como el dueño del monte y los animales, con dominio sobre el agua. “Mitad saurio y mitad culebra, es un animal legendario de apariencia gomosa habituado al agua y muy difícil de ver, pues sólo sale de noche. Pe-se a su fabulosa apariencia, no se dedica a espantar ni asolar los caseríos. Todo lo contrario. Es el guardián de los manantiales de agua potable y evita que ésta sea des-perdiciada; protege la flora acuática. Cuando se marcha, el agua merma, la pesca dis-minuye, la caza huye y la vida se vuelve insostenible”. 
El antropólogo Jürgen Riester estudió a las leyendas que rodean a este personaje míti-co, y habla de varios Jichis presentes en la cosmovisión chiquitana por la ausencia de un Dios Creador y otros seres supremos autóctonos, los cuales intervienen en la rela-ción de los seres humanos con la naturaleza y entre indígenas. Según la clasificación de este investigador, los comunarios destacan por su importancia al nirri tuúrr, amo del agua o de los puquios; el nirri kaar, amo del cerro; el nirri muurrto, amo del monte; el nirri taar, amo de los chacos; el nirri rroüz, amo de la pampa. “Hay también temor al ar-co iris que tiene su propio Jichi y se puede llevar a las personas”. 
El Jichi puede presentarse al hombre en forma de serpiente, de una hermosa mujer o de su esposa; y a la mujer bajo la apariencia de varón, de su esposo o de animal. El respeto a este ser sobrenatural se expresa en varios rubros: cuando se caza o pesca, los chiquitanos deben pedirle permiso y hacerle ofrendas para que la actividad sea pro-vechosa, además de que no deben ser ambiciosos porque se debe cazar lo necesario para alimentar a la familia; aparte que lo conseguido no debe ser vendido porque, si no, se ocasiona la furia del “amo”, y el cazador puede ser castigado: nunca más los anima-les le serán visibles, el Jichi los esconderá. 
El libro Sistema jurídico indígena, publicado por el Centro de Estudios Jurídicos e In-vestigación Social, resume que “los chiquitanos reproducen las prácticas religiosas le-gadas por los jesuitas y las combinan con su mitología y creencias presentes en el ‘amo de la naturaleza’. Las celebraciones religiosas como Semana Santa y Corpus Christi igual inspiran respeto: en esas fechas tienen prohibido cazar o trabajar en el chaco, lo hacen por la fe y por el apego a las prácticas religiosas de la Iglesia Católica, como manifiestan: Hay que acordarse de nuestro Señor Jesucristo; y por otro lado, te-men el castigo del Jichi, pudiendo la persona trastornarse o morir”. 
Aparte, otro de los actores espirituales centrales de sus creencias es el curandero, quien en la antigüedad cumplía también la función de Cacique, empero, que fue margi-nado por los misioneros jesuitas. Hoy se distinguen dos tipos: el Cheeserusch o brujo bueno, que se encarga de sanar a las personas que han sido embrujadas por el Picha-rero, Oboisch o brujo malo, que tiene la capacidad de introducir en el cuerpo objetos como huesos, poner veneno en las comidas o bebidas que invita, ocasionando la muer-te. El Cheeserusch, como establece Riester, tiene la tarea de aniquilar a su antítesis, o dejar sin efecto su influencia entre sus protegidos. 
Por último, está el mundo de las supersticiones de esta etnia indígena. Entre ellas, que sus miembros creen que el ave guajojó indica el cambio de clima con su canto, para bien o para mal y de acuerdo con el tono; la lechuza tiene el poder sensible de detectar el mal que está presente en un territorio. Igual arguyen que si la gallina canta de día en la puerta de su casa, es un anuncio de muerte o enfermedad en la parentela o en la comunidad; pero si lo hace en cualquier parte, es un símbolo de protección. Y también le otorgan un significado de mala suerte a la presencia del zorro y el lagarto, este último cuando aúlla atrae lluvias torrenciales. 
 
Ritmos de unidad comunal 
Los chiquitanos de Lomerío, en la provincia Ñuflo de Chávez, recuerdan que sus ante-pasados se daban modos para comunicarse: utilizaban gritos o empleaban los recursos naturales, aves y animales silvestres que habitaban su entorno para ello. Hoy, por ejemplo, cuando una persona se halla perdida en el bosque, se trata de ubicarla con el uso de instrumentos musicales como el churuno, la corneta, el pututu o el bombo, los que también sirven para la convocatoria a reuniones. Un comunario de la localidad de Guayaba explica que, a veces, se suelta al gallo para que, a través de la lejanía o cer-canía del canto del ave, el extraviado pueda ubicar su morada. 
El antropólogo Wigberto Rivero Pinto sostiene que la organización social de los chiqui-tanos se basa en la “familia nuclear monogámica con residencia matrilocal, en la que pueden reunirse ocasional o permanentemente varias parentelas constituidas por las hijas casadas. El jefe es el hombre más viejo del clan y le siguen sus hijos por orden de edad. El o los yernos aceptan esa autoridad, pero a su vez reciben un trato cordial; aunque sólo definen cuestiones al interior de su familia nuclear”. Las parejas engen-dran un promedio de cinco retoños; los progenitores confían en que éstos serán los que los atenderán en casa cuando sean ancianos. 
Aún existen los matrimonios acordados. A la par, se han dejado de lado las uniones pa-ra preservar la sangre, lo cual ha permitido el casamiento de chiquitanos con integran-tes de otras culturas y naciones originarias. En la antigüedad, para tener a una esposa, el indígena se sometía a diferentes pruebas como chaquear el monte, comer comida con bastante ají; y la mujer debía demostrar sus dotes en el hilado, la costura, la cocina y la elaboración de la chicha. Y hay las creencias de que cuando una persona parte el tallo del árbol del bibosi, su primogénito será del sexo femenino; o que en luna nueva, las embarazadas no deben salir de sus hogares. 
Cada miembro de la parentela tiene definidas sus tareas. Los hombres se dedican a la agricultura, la ganadería, la labor forestal, las artesanías y en algunos casos a la reco-lección de frutos silvestres; la caza y la pesca también son parte de sus atribuciones exclusivas, actividades que las realizan con el apoyo de los hijos varones. La mujer es-tá destinada al cuidado del hogar y colabora a su esposo en los trabajos anteriormente descritos, junto con las hijas mujeres, más la elaboración de artesanías como tejidos de algodón y alfarería. Eso sí, se intenta que los menores no dejen los estudios a causa de sus obligaciones caseras.
Los platos típicos entre los integrantes de esta etnia son escasos, pero salen a relucir el locro de gallina, una sopa acompañada por vegetales, y los pescados chapapeados, o sea, asados sobre una parrilla elaborada con palos de madera. Los animales del monte, los peces de los arroyos y la producción de sus chacos son los que abastecen de alimentos a la mesa de los chiquitanos. La bebida indispensable para sus aconteci-mientos es la chicha de maíz o yuca, la cual es fabricada por las féminas luego de mezclar estos insumos con harina y guardar la preparación en cántaros de arcilla por varios días, para que esté fermentada. 
Las fiestas cívicas y patronales marcan a su sociedad, a la par del Carnaval, la Sema-na Santa, la Navidad, el Año Nuevo y el Corpus Christi. Las danzas que se despliegan en esas fechas son por ejemplo: la de los abuelos, que se realiza cada 1 de mayo; el sarao, en la que los bailarines sujetan un palo que representa la raíz de la sociedad, cintas que demuestran el respeto y la armonía con la naturaleza, y un tejido que implica la integración en la comunidad; el baile de los lanceros, que muestra la destreza en el manejo de las armas para defender al pueblo del enemigo; el carnavalito, el baile del bejuco, la chovena, el taquirari… 
Hay medidas de peso, longitud o distancia que los chiquitanos aplican desde tiempos memoriales. Por ejemplo, una hora de caminata es el equivalente a cinco kilómetros. Una vara de madera extendida de la punta de los pies al ombligo de una persona sirve para calcular aproximadamente un metro. El palo de bejuco, medido desde la punta de la mano a la nariz, igual es aceptado como un metro. Dos piedras medianas colocadas en un recipiente de cualquier material son una libra. Y hay incluso más: una decena de espigas de maíz chiriguano equivalen al peso de un kilogramo, igual que 12 espigas de maíz colorado; y 60 espigas de maíz (colorado, chiriguano o blanco) son una arroba. 
 
La vestimenta perdida 
En la comunidad chiquitana de Guayaba resaltan los comunarios que portan vestimen-ta occidental. Sólo las ancianas llevan el característico tipoy, una túnica colorida y flo-reada que les llega hasta las rodillas; la herencia de las misiones jesuíticas. El primer cacique general de la Organización Indígena Chiquitana, Rodolfo López, es crítico al hablar del tema. “Esto nos fue impuesto desde la llegada de los curas siglos atrás. An-tes de ellos, mis abuelos me decían que los hombres usaban ropas hechas con pieles de animales e incluso utilizaban las cortezas de los árboles para hacerse trajes”. Eso quedó en el recuerdo dejado por la historia. 
Hoy, las prendas que emplean los miembros de esta nación distan mucho de las que portaba, por ejemplo, el chiquitano y ex diputado masista José Bailaba Parapaino en el Congreso: cueros de tigre, plumas y flechas. En fiestas patronales y cívicas, Carnaval y Pascua, recalca el Consejo Educativo del Pueblo Originario Chiquitano, el varón usa camisa, pantalón con lienzo, sombrero de palma y abarcas hechas con cueros de ani-males silvestres, entre los que sobresale el de anta; mientras las mujeres emplean el tipoy de lienzo común acompañado con trencillas y sombreros que están celosamente adornados con cintas de colores. 
El diseño de las camisas chiquitanas, por su colorido y adaptación al clima tórrido de la región, ha permitido la instalación de apuestas microempresariales familiares y comu-nales que las han comenzado a comercializar a los mercados local e internacional. Las mangas cortas y los dibujos pintados o bordados en las solapas o los cuellos en V han seducido a las clases dirigenciales de la urbe de Santa Cruz, que emplean los atuen-dos como un símbolo, con los colores blanco y verde. López comenta que estas crea-ciones hechas tanto por hombres como por mujeres son un derecho tangible que re-presenta a su etnia. 
No obstante, el cambio de la moda entre los jóvenes chiquitanos tiene mucho que ver, manifiesta López, con la emigración a las ciudades porque los ingresos económicos otorgados por la producción en los chacos son insuficientes para “vivir dignamente”. El antropólogo Wigberto Rivero Pinto sostiene que los integrantes de esta cultura parten de sus hogares como medio de sobrevivencia y en busca de una fuente laboral y de mejores tierras para la aplicación de la agricultura, “desplazamientos que pueden ser temporales o definitivos, dentro de la misma zona y fuera de la misma, hacia los cen-tros urbanos intermedios y mayores”. 
La investigadora del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social Elba Flores Gonzales explica que este fenómeno está influido por la pobreza y pone en duda la consolidación del territorio de las autonomías indígenas por parte de las nuevas gene-raciones. “Los adolescentes emigran a las haciendas cercanas de sus comunidades para volver a estar bajo el mando de un patrón, como era hasta antes de la Revolución Nacional de 1952, sólo que esta vez tienen acceso a un salario mensual”. Esta emigra-ción es una de las razones por las que muchas aldeas chiquitanas se hallan habitadas especialmente por niños y ancianos. 
Otra de las causas de esta partida, sentencia Flores, es la falta de oportunidades edu-cativas en las localidades periféricas de esta nación, las que cuentan con escuelas que generalmente imparten clases sólo hasta primaria, lo que obliga a los muchachos a emprender viaje a las ciudades rurales o a la ciudad de Santa Cruz, algo común entre los que apuntan hacia las universidades. El presidente de la Organización Territorial de Base de Guayaba, José Soquereme Batá, ratifica esta tesis. “Si los hijos crecieran aquí, no tendrían futuro. Por eso nos esforzamos para que se eduquen afuera; aunque hay el riesgo de que pierdan sus costumbres”. 
En la otra cara de la moneda se encuentra la inmigración. La región chiquitana es tam-bién la casa de “paisanos” o residentes collas, ayoreos, guaraníes, guarayos… que permiten la existencia de una interculturalidad que hasta el momento tiene una convi-vencia pacífica. López arguye que una de las características de los chiquitanos es que no son “envidiosos y son hospitalarios. Por eso es que muchos vienen a vivir a nues-tras tierras para poder trabajar”. Lo único que exigen las autoridades originarias a los “nuevos vecinos” es el respeto a las reglas comunales y la garantía del cuidado del bosque, la fauna y la flora.
 
via http://www.amazonia.bo/amazonia_bo.php?id_contenido=280&opcion=detalle_des
 
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