BIENVENIDO MÉXICO

Lolita Bosch 

He hecho una encuesta rápida entre mis amigos. En México, me dicen que leen a Enrique Vila-Matas, Fernando Savater, Joan Margarit y Javier Marías; y en Barcelona, a Juan Villoro, Jorge Volpi, Guillermo Arriaga, Mario Bellatin y Roberto Bolaño, por la parte que le toca. Aunque creo que mienten. Porque he visto a desconocidos en el metro leyendo Domar a la divina garza de Sergio Pitol, Las genealogías de Margo Glanz o las crónicas de Alma Guillermoprieto. Y tengo amigos en México que me piden las novelas de Julián Rodríguez, los disparates geniales de Kiko Amat y los desgarrados poemas de Blanca Andreu cada vez que los visito.
 

Nos conocemos mucho más de lo que parece.
 

Hoy, después de haber estado varios meses preparando una antología de literatura mexicana (Hecho en México, Literatura Mondadori, 2007) y un festival que se celebrará en Barcelona la primera semana de octubre con el nombre de Fet a Mèxic, no tengo ninguna duda.
 

Aunque hubo un tiempo en que era incapaz de convencerme de algo así. Viví en México durante 10 años y tuve la sensación de que la literatura española desaparecía casi por completo, y de manera natural, de mis lecturas. La veíamos antigua, anclada en una constante reivindicación política e histórica, sin ninguna intención literaria de inventarse mundos ni crear autenticidades, con algunas innovaciones estrictamente estilísticas, casi inculta. Y luego volví a Barcelona y creí que a los lectores de aquí México les parecía una reproducción permanente de los libros que ya habían leído de Juan Rulfo, Jorge Ibargüengoitia, Octavio Paz o Carlos Fuentes. Y que los autores mexicanos que podían leer desde aquí les parecían casi casi portadores de un mundo rural o una ciudad caótica que nada tenía que ver con ellos. Extraños habitantes de una frontera construida con un lenguaje incomprensible y unas referencias que parecían imposibles de rastrear.
 

Mundos cerrados y sin puentes a la vista.
 

Mundos explicados.
 

Aunque de lejos, como un eco, se sostenía una pregunta repetida de ambos lados: "¿Qué leo de allá? Dame nombres".
 

Fue precisamente para responderla que me animé a hacer la antología de literatura mexicana y a organizar, junto con María Fernanda Álvarez, David Colmenares y Enrique Díaz Álvarez, un festival literario. No sobre la literatura mexicana, sino sobre la literatura. A secas. Mesas sobre géneros, recitales poéticos, una muestra editorial que reúne a más de 40 editoriales, visitas a las universidades, números especiales en diversos medios de prensa, y diálogos ágiles y sin lecturas entre escritores, editores y lectores de aquí y de allá. Un programa que incluye a más de 60 participantes y ocupa los espacios más prestigiosos y concurridos de la cultura que se hace y pasa por Barcelona.
 

Todo para sumarme (sumarnos) a un camino lento que entre muchos vamos avanzando y que tal vez, con suerte, logre que nos "normalicemos" los unos a los otros.
 

Aunque ya haya un gran trecho de camino recorrido.
 

Me explico.
 

Aseguraba Carmen Martín Gaite en una entrevista que dio casi al final de sus días que lo que a ella verdaderamente le hubiera gustado es escribir un libro que nadie supiera que era suyo. Una caperucita roja, digamos. Un texto sin autor. Y esto es algo que, cada vez con más frecuencia, está comenzando a suceder en España con respecto a México. Ha ayudado mucho el cine, es innegable, y ahora se esperan las películas de Guillermo del Toro o de Alejandro González Iñárritu casi antes que las novedades cinematográficas nacionales. Pero si nos fijamos únicamente en la escritura, Antonio Ortuño acaba de sacar libro en Páginas de espuma; Julián Herbert ha sido un fenómeno con Cocaína: manual de usuario en Almuzara Editores; Debolsillo reedita El manual del distraído, de Alejandro Rossi; Martín Solares publicó primera novela en Mondadori; Álvaro Enrigue, Guadalupe Nettel, Juan Villoro, Guillermo Fadanelli, Carlos Monsiváis y Mario Bellatin son parte esencial del catálogo de Anagrama; José Eugenio Sánchez tiene su obra en Visor y Jorge Valdés Díaz-Vélez en Hiperión; Jorge Volpi, Nacho Padilla y Jordi Soler tienen en España lectores fieles que están pendientes de sus próximos libros; ha aparecido la obra poética completa de Xavier Villaurrutia y José Juan Tablada antes que en México; Tusquets, tránsito impecable, trae a Mario González Suárez, Hugo Hiriart, Gonzalo Celorio, Élmer Mendoza, Daniel Sada o Cristina Rivera Garza, entre muchos otros; los guiones de Arriaga aparecerán en Belaqva este otoño; Random House publicó el manifiesto del Crack, tiene otros libros de Fadanelli, las crónicas de Alma Guillermoprieto, saca nueva novela de Rossi y publica al novedoso Leonardo Plasencia; y RBA, Candaya, Alfaguara, Kalandraka, Media Vaca, PreTextos, Renacimiento, Laia y Planeta son otros de los sellos que editan a autores mexicanos en España.
 

Muchos, sin distinción. Esto es lo importante.
 

De modo que un gran número de estos autores son leídos desde España sin seña de identidad que los encasille en los prejuicios con los que me creí encontrar cuando regresé a vivir a Barcelona. "¿Julián Herbert es mexicano?", me han preguntado recientemente --a pesar del lenguaje, las atmósferas y las tramas del autor acapulqueño. Y yo sonrío. Creo que es señal de buena salud, para la literatura mexicana, que se pueda leer sin adjetivos adicionales. Sin necesidad de saber su procedencia. Sin entender, muchas veces, el contexto del que procede.
Aunque también sería bueno que este mundo creciera y pudiéramos ver, como tratamos de traer con el festival, un universo literario más compacto y continuo.
Y aun así, desgraciadamente, este proceso, a la inversa, parece que todavía no ocurre. Y en México la literatura española sigue siendo esto: española. Dejando de lado que apenas se editan autores españoles ni catalanes en México, todavía al leer a Manel Zabala, que recientemente ha publicado en la editorial Arlequín, a los poetas catalanes que se publicaron en ocasión de la FIL 2004, o a algunos de los autores por los que está apostando Almadía, tiene un peso, extraño e inclasificable, la nacionalidad de dichos autores. Para bien y para mal. De tal modo que los escritores extranjeros, en México, siguen siendo inevitablemente extranjeros, pertenecientes a un panorama actual también desconocido. Y eso dificulta un poco la fluidez lectora, sospecho. Porque parece que esperemos de esos autores algo distinto o que los recibamos de otra manera. Y así, los escritores catalanes y españoles, en México, todavía no son escritores "normales".
 

Es probable que esto tenga muchas explicaciones literarias, que no hay espacio para pensar aquí y que pueden resultar irrastreables, pero tiene también que ver con un fenómeno editorial preocupante.
En una entrevista que está colgada en el blog del festival Fet a Mèxic, Beatriz de Moura, editora de Tusquets, nos habla de algo que hemos estado pensando en estos últimos meses de trabajo. Nos dice: "Pensar que publicar en España es darse a conocer en el mundo, es una mentira, es una falacia. Porque España, como cualquier país del mundo, defiende a sus propios autores. (...) Un autor tiene primero que darse a conocer muy bien en su propio país, porque ahí están sus raíces, ahí es donde vive, ahí es donde escribe y ahí es donde tiene que crearse su público. Su crítica. Y luego, con ese bagaje, puede viajar".
Dardo en la llaga.
 

Y es que a pesar de saber que lo que dice Beatriz de Moura es cierto, a menudo me pregunto (y veo) qué haría un autor mexicano que tuviera la oportunidad de elegir entre publicar en una editorial mexicana de prestigio o publicar en una editorial española como Anagrama, Mondadori o Tusquets. Y entonces me cuestiono qué papel están asumiendo espléndidas editoriales mexicanas como Era o el propio Fondo de Cultura Económica; las nuevas, arriesgadas y valientes propuestas editoriales como Sexto Piso; e incluso las filiales de sellos españoles con un sólido espíritu propio como Joaquín Mortiz, Alfaguara México, Tusquets México o Plaza y Janés.
Y sospecho, por lo menos, que todo indica que puede desaparecer la igualdad de condiciones en cuanto al prestigio, el catálogo y el pulso editorial de ambos países.
Es triste.
Aunque no ignoro que esto que digo en México es fácilmente reprobable, sobre todo si procede de una voz extranjera. Pero he publicado en ambos países y he visto algunos de los prejuicios que es necesario combatir. Tanto en México como en España he recibido los mismos adelantos, el mismo trato, la misma pasión y el mismo esfuerzo editorial para que los libros circulen. Y me preocupa pensar que no darse cuenta de lo que sucede pueda converitr a las editoriales mexicanas en inseguras y discontinuas editoriales periféricas. Que se usen como mero espacio de transición, en un trampolín que permita soñar otra cosa. Tal y como parece que está comenzando a suceder, ya en México, y sin ningún tipo de duda, con la literatura infantil y juvenil.
 

Obviamente el vínculo editorial entre México y España tiene múltiples razones, personales y literarias, y todas ellas son válidas y comprensibles. Por no mencionar el derecho de todos los escritores a crearse una carrera del modo en que elijan. Pero deberíamos plantearnos si el conjunto de esta nueva relación editorial puede llegar a enturbiar nuestra capacidad para reconocer la solidez y la maravilla de formar parte, unos y otros, de una tradición propia. De nuevo: para bien y para mal. Pero sea como sea: propia.
 

Y aun así el vínculo mexicano-español es innegable y el agradecimiento que le debemos a México desde España no hay manera de retribuirlo. De modo que con este festival queremos que se haga presente la literatura mexicana en Barcelona. Pero sobre todo buscamos sumarnos al deseo de afianzar una relación entre iguales. Cultural y editorialmente. Sin prejuicios hacia dentro ni hacia afuera. Con escritores, lectores y editores de aquí y de allá. En un festival sin precedentes en Barcelona. Un encuentro independiente y sin coordenadas editoriales ni institucionales de ningún tipo, que quiere establecer un diálogo real sobre literatura y escritura entre los participantes que vienen de México y los que los reciben en Barcelona: interlocutores parejos de un festival que no sólo busca crear descubrimientos mutuos, sino que pretende generar un espacio de reflexión y celebración literarias. En un trabajo que hubiera resultado imposible si no llegamos a descubrir, a tiempo, que además de los 60 participantes, las casi 100 personas que colaboran con el proyecto de manera desinteresada, lo hacen por pura pasión lectora. Todos ellos, conocedores de nuestra tradición literaria. La mexicana, quiero decir. A la que, con permiso, me uno.
 

Véanlo ustedes mismos: http://fetamexic.blogspot.com