Aquí, ahora
Cuatro notas sobre la nueva novela mexicana


Rafael Lemus 

En la imagen, Alonso Quijano lee. Lee un libro. Lee una novela de caballerías mientras sostiene, en la mano derecha, una espada. El acto, que según los cursis debería ser apacible, es tormentoso: jinetes, soldados, espectros –desprendidos todos del libro– amenazan, o al menos cercan temiblemente, su lectura. No es difícil imaginar un grabado adicional, también de Gustave Doré, con Cervantes escribiendo el Quijote. De no ser manco, Cervantes aparecería sosteniendo con una mano la pluma y con otra la espada. Porque no sobra, nunca, la espada. Porque no se escribe, nunca, plácidamente. Porque otros monstruos, rara vez nacidos de la imaginación, amenazan la escritura. Escribir es, para decirlo melosamente, combatir. En este caso, contra los engendros del presente: la corona española, el malevo feudalismo, la diaria condena de estar vivos. Hoy, contra los nuevos, y no obstante idénticos, engendros del presente: la república mexicana, el malevo capitalismo, la diaria condena de estar vivos. Se escribe siempre aquí. Siempre ahora.
    No hoy ni aquí, Susan Sontag predicó la escritura comprometida. Cuando un buen hombre le preguntó qué recomendaba a los jóvenes escritores, respondió: Que no sean cínicos. Para ser sinceros, Sontag no demandaba demasiado: ningún acto heroico, ninguna campaña humanitaria en Las Filipinas. Sencillamente, estar atentos, escribir responsablemente, de cara al presente. Hoy –eso es seguro– es ya imposible escribir una prosa válida y a la vez inconsciente. Para escribir significativamente, es necesario hacerlo de modo crítico. Quien perpetra cuentos y novelas a mansalva, como si el mundo alrededor no supusiera un desafío y exigiera una respuesta, no es cínico sino prescindible: su obra es menos que nada. Lo mismo aquellos que facturan cándidamente más narrativa, como si ésta no hubiera sido una y otra vez abollada. Hay que escribir aquí y ahora: después de Beckett y las vanguardias, en medio del mercado y sus toscas recompensas, antes de la oscuridad definitiva.
    Escribir aquí y ahora: no puede pedirse algo más elevado a los nuevos narradores mexicanos. Si sólo tres o cuatro de ellos actuaran de ese modo, la generación quedaría justificada. Porque hay una nueva generación y aún no se justifica. Una generación recortada, en el tiempo, con torpeza: compuesta, sencillamente, por aquellos escritores nacidos en los años setenta. Un corte burdo y, acaso por eso mismo, efectivo. Nosotros, los nacidos en los setenta, nos sabemos un corro aparte. Aunque nos vigilamos envidiosamente los unos a los otros, no sabemos todavía si valemos algo más que un cacahuate. Para valerlo, hay que escribir aquí y ahora, de cuerpo presente.