Un viaje al pasado

Civilizaciones y culturas precolombinas

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Plantas medicinales en América

 

¿Es posible que fumar tenga su historia?

 

Bibliografía

 

Tanto se ha hablado del genovés, que es posible que una nueva narración luzca una copia de las anteriores; aquí nos limitamos a hacer algunos comentarios, remitiendo al lector a nuevas fuentes, a la vez que damos a conocer nuevas figuras que también forman parte de la Historia amerindia, debido a sus investigaciones sobre sus hombres y el paisaje.

De esta forma citamos al marino que abordó, aquél 12 de octubre de 1492, desconocidos litorales después de un largo viaje iniciado en agosto de ese mismo año, a bordo de La Niña, la Pinta y la Santa María, el trío de famosas carabelas. Largo fue el viaje a través de un océano inexplorado, más, ¿todo se ha dicho en torno al genovés...? No lo sabemos: ignoramos muchos rasgos de sus planes, más, la Historia es enigmática señora, misteriosa, que extrae a veces de su cofre mágico los viejos pergaminos llenos de letras que nos muestran la cara nueva de leyendas viejas. Pero eso sí, enviamos al lector a hurgar los libros nuevos y los viejos, tesoros escondidos, ocultos en los apuntes ya historiados, dejados por copistas soñolientos, mostrando un retrato de Cristóbal, con la sencilla y pura admiración de un niño, hacia el navegante ya Colón, que marcó en las azules ondas el camino de la España creyente en sus visiones de audaz piloto tras la lejana India...

Por que Cristóbal Colón, con experta visión marinera y ansiando un viaje por desconocidos mares, pudo sospechas que encontraría otras tierras o tenerlo sabido si consultó las cartas náuticas o los mapas de viajeros que surcaron las aguas en busca de otros mundos, mucho más que ya confiaba en que la redondez de este planeta lo conduciría hasta la India. Más, el Almirante creyó desde el primer momento que había llegado a las costas milenarias del hindú, designando al nativo como ‘indio’, error que continúa cometiéndose, sin tener en cuenta que si no estamos en la India estos hombres no tienen por qué llevar ese apelativo para siempre...

Diversos investigadores dejaron establecido que El Almirante Cristóbal Colón hincó su rodilla en la playa Bariay, Gibara, Cuba, al descender de la carabela el 27 de octubre de 1492. Otras playas de Oriente han reclamado para sí ese honor, al señalar las mismas condiciones geográficas que reportó el navegante genovés, más se ha reconocido que fue este puerto gibareño, el que recibió ese día este tributo de ser ...la tierra más hermosa que ojos humanos vieran... Años más tarde, cuando sufría los malos tratos de sus propios compañeros de esta empresa, dolido expresaba el que soñó este viaje ...De La Española... y de otras tierras, no me acuerdo de ellas que yo no llore...

Y fue aquel mundo azul, oro y esmeralda el que le conquistó al recibirle, y todas las bellezas, entre ellas la presencia de nuestros pobladores dulces y mansos al decir de Colón, se fueron perdiendo a medida que la colonización avanzaba, y casi al final de su vida es que el marino duda de la verdadera Tierra que esperó encontrar.

Después, al estudiar nosotros las culturas continentales, a la hora del descubrimiento, muchas respuestas parecen indicar que se encontraban en decadencia total. Y aunque estamos muy lejos de dominar todos los aspectos que componían la existencia de estos pueblos, sobre todo en las esferas económica, política y social, parece imposible que todos se encontrasen en esa fase decadente, puesto que cada una poseía sus métodos, sistemas y peculiaridades, propias y de difícil coincidencia, entre las diferentes civilizaciones y culturas, y por lo tanto, no tan simples de darse en todas ellas a un mismo tiempo para sucumbir.

Por ello, se necesita una divulgación más amplia a todos los niveles de los descubrimientos y estudios correspondientes a éstos que se lleven a cabo en nuestro mundo, sobre las sociedades anteriores al encuentro. Pasado que debe ser conocido por todos los pueblos de la América, porque con las facilidades con que cuentan las ciencias actualmente para revelar algunos enigmas que rodean a una cultura o a un pueblo, pueden esclarecerse sin guardar el tono de academia, por especialistas de diversas ramas, muchos de los puntos oscuros que tenemos sobre la prehistoria y después... ¿o no es posible...? Comprendemos también que no podemos conocerlo todo, descubrirlo todo; más, siempre surge a la superficie algún aporte que enriquece o aclara las sombras que lo opacan, que completen el dato o la información deseados, que requerimos necesaria ya.

Nuestros pueblos ansían conocer sus orígenes, su pasado, su avance y posible resurgir como cultura viva, la herencia del pasado que no logró despojarnos el forastero...

Porque paciente y sabiamente, con su modo de ser noble y pacífico, ha de escalar un día las alturas donde soñaron ascender los remotos abuelos de la raza, los que sembraron el maíz, inventaron ciudades y canciones, tallando en piedra a sus dioses y forjados en oro ofrendarían en una llamarada religiosa, alzados en valiente gallardía, no para guerrear con el hermano o... asesinar sino para vivir en orden y paz, sobre todas las regiones que nos hermanan, cada uno con su modo peculiar, pero hermanos al fin para seguir unidos. Muchas voces claman la hermandad entre todos nuestros pueblos a los carapálidos que causaron tantos inmerecidos dolores a la raza!

Nos encontramos ahora con otro nombre, el de Américo Vespucio, que visitó el Nuevo Continente por encargo de España. Era cartógrafo además de navegante, explorador y mercader. Cinco siglos se cumplieron en 1954 del nacimiento de Vespucio. Germán Arciniegas, en un estudio sobre la vida y la obra de este hombre señala que el cartógrafo no intentó despojar a su amigo Cristóbal Colón de su gloria. Su viaje fue el de un hombre deseoso de conocer el recién descubierto mundo y a petición del rey Fernando el Católico, Vespucio emprendió el viaje partiendo de Cádiz en 1497 navegando durante 24 días, desconociéndose el punto donde desembarcaron en Centroamérica. Le maravilló el verdor y desarrollo de los árboles, las gentes temerosas pero de buen trato, sus figuras, color, la ligereza al andar, correr o nadar.

Exploraron Yucatán, Florida y Cabo Hatteras; luego, regresó a España, no volviendo al Continente Nuevo hasta pasados varios años.

En los mapas del primer viaje ya Cuba aparece como isla; en el tercero Vespucio confirma que es un continente el descubierto por Colón. Continúa Arciniegas que Vespucio describe las costumbres del nativo, las plantas y animales que conoce con un interés científico y de investigación. Gran amigo de Vespucio, Colón fallece en 1506, dejando una carta al florentino donde le recomienda a su hijo. Vespucio muere en 1512. Según el escritor citado antes, se dudó de las cartas y de los viajes de Vespucio.

Sólo cuando el barón Alexander von Homboltd estudió los documentos relativos al Nuevo Mundo, comienza a rectificarse la ‘leyenda’ que se había producido en torno a Amerigo y se verificaron sus afirmaciones consultando otros documentos. El gran investigador argentino Roberto Lavillier, en 1948 comprobó los viajes de Vespucio al estudiar las cartas de las tierras exploradas por el cartógrafo. Cinco años antes de su muerte acaecida en 1507, fue que apareció el nombre de AMERICA en un mapa del continente recién descubierto.

Pero no fue en los mapas que levantara Américo Vespucio ni en los de su sobrino Giovanni, aclara Arciniegas, y agrega, que el nombre de América nació en Sait-Dié, un pueblito con unos pocos edificios, una iglesia, unos claustros, unas pocas casas y una muralla, en el corazón de las montañas de pinos de Lorena, Francia. Había una imprenta. Los poetas Matías Ringmann y Jean Basin de Dandecourt y el cartógrafo Martín de Waldeesmüller, componen el grupo de aquel pequeño centro de estudios e impresores, de donde salió una gramática ilustrada. Entre los planes del editor estaba el de publicar una vez más la Geografía de Ptolomeo, edición en la que los mapas estarían a cargo de Martín Waldeesmüller y en la corrección de pruebas Ringmann el poeta. Los preparativos para la impresión avanzaban, cuando la lectura de una carta de Vespucio a Piero Soderini, con los informes de sus viajes al Nuevo Mundo, causó gran impresión la noticia de que la travesíahacia el Oeste condujera a otro continente y no al Asia como esperaban todos. En la edición de la obra de Ptolomeo se hace referencia en las palabras introductorias, a la esfericidadde la Tierra segúnla nueva concepción. Entre el grupo de Saint-Dié surgió la idea de que el nuevo continente debería ser llamado Amerigo o Américo, es decir Tierra de Américo. Los mapas de Vespucio fueron para los miembros de la pequeña academia la última información que necesitaban, y México, Cuba y Yucatán aparecieron en los mismos! Hacia el Pacífico todo se ignoraba, aunque se presumía que al terminar la tierra firme tenía que encontrarse otro Océano! Martín Waldeesmüller confeccionó, con los mapas de Amerigo, una carta provisional. Germán Arciniegas concluye su artículo de esta manera: Waldeesmüller era menos exaltado que los poetas amigos pero aceptó sus ideas. En el mapa grabó por primera vez el nombre de AMERICA. Eran cuatro sílabas que volaron por Europa adquiriendo resonancia universal. En la pequeña aldea de las montañas de pinos de Lorena la fantasía de un poeta había acuñado una palabra que hoy resuena en todo el mundo, honrando así al calumniado florentino del que fue tomado el nombre de América... Esta es la historia y la razón de por qué hoy nos llaman Americanos y no Colombinos...!

Pero veamos que Miguel Servet fue el primero y más firme opositor de que al Nuevo Continente se diera el nombre de Américo Vespucio y no el de Cristóbal Colón su verdadero descubridor histórico. Pero ‘la costumbre pudo más que su honrada protesta y la idea de Waldeesmüller y la injusticia histórica quedó consumada para siempre’. Todavía en pleno siglo XVIII, en España se usó el nombre de Indias Occidentales en los documentos acerca del Nuevo Mundo.

Miguel Servet, para nuestro conocimiento, fue un célebre médico y humanista español, que tomó parte en las contiendas religiosas provocadas por la Reforma. No considerando Calvino la reputación del descubridor de la circulación pulmonar de la sangre, lo llevó a la cárcel y de ahí a la hoguera, donde dio una espantosa muerte a tan valiosa vida.

Siguiendo adelante en nuestra relación, encontraremos algo nuevo que viene a despertar otras preguntas y sus posibles respuestas: las siguientes notas se refieran al nombre de nuestro continente que finalizarán con interrogaciones sin aclarar...?

¿Será el de América el verdadero nombre de estas tierras nuestras...?: Mary Ruiz de Zárate en su obra Del Bravo a la Patagonia señala que cuando Alonso de Ojeda arribó a la costa firme de la actual Nicaragua, encontró a unos indios llamados Américos, que moraban en un extenso territorio, encerrados entre la cadena montañosa que discurre de noroeste a sudeste del país, desde el lago Nicaragua al Océano Atlántico. Este territorio era dominado por los indios amerricúas y Ojeda ordenó a su cartógrafo que le designase en el mapa que se levantaba de la comarca. Este cartógrafo era el italiano Alberigo Vespucci.

Vespucci, después de su tercer viaje al Nuevo Mundo publicó un mapa en 1507, donde por primera vez firmó Amerigo Vespucci; luego, en mapas posteriores puso Américus, firma que muchos consideran apócrifa, ya que en la XIX edición de sus famosas Cartas Geográficas aparece de nuevo el nombre de Alberigus Vespucci en lengua latina. Esto dio pie al error de considerar que el nombre de América dado a nuestro continente venía del patronímico del italiano, que tampoco, por cierto, era Américo. En realidad, la idea de dar el nombre de América al Nuevo Mundo se debió a la proposición del cosmógrafo alemán Matín Waldeesmüller, en su obra Geographia Introductio, publicada el 25 de abril de 1507, basándose precisamente en la declaración hecha por los indios amerricúas, de Ojeda. (Hasta aquí lo que refiere Mary Ruiz do Zárate).

Por su parte Celima Bernal, en la Sección del Lenguaje /Granma/ octubre/30/1997/ ofrece lo siguiente: Nuestro continente había sido bautizado por ¿sus descubridores?, como Indias Occidentales. En su cuarto viaje, Colón oyó a los indígenas decir que el oro venía de Americao o América, una cadena de montañas de Nicaragua. Desde entonces la llamaron así. Según esa teoría, el nombre es aborigen. Hylacomyle, un librero, creyó que Vespucio, el cual era Alberigo o Amerigo, había sido honrado con ese homenaje; cambió por Américo el de pila del navegante, en cuanto escribió y lo hizo constar. De ahí el error.

Sobre este nombre existe una leyenda geográfica nicaragüense titulada: ¿Es ‘americano’ el nombre de América?, que dice así: Hoy está universalmente admitido que el Nuevo Mundo se llama América por Amerigo Vespucci, un italiano que se apropió descubrimientos y mapas de otros navegantes, especialmente de Juan de la Cosa. Una cosmografía alemana de 1507 propuso su nombre y quedó injustamente aceptado.

Sin desmentir lo que parece una verdad histórica, recordaremos una curiosa teoría, según la cual América sería un nombre de origen nativo.

En la actual Nicaragua hay una región situada entre el Atlántico y el lago de dicho nombre, cuyo nombre indígena era Amerricua, que significa ‘País del Viento’, Vespucci, agregado a Juan de la Cosa, escribió esta palabra por primera vez en un mapa de 1499. Según esta teoría, Vespucci se llamaba Alberigo, no Amerigo, nombre este último que aparece luego como supuesta firma apócrifa de otros mapas. Si esto fuese así, acaso podría relacionarse Amerricua, El País del Viento, con el mito de Quetzalcoatl, el más extendido del continente.

Fue este personaje un tolteca (antiguo pueblo americano), gran conocedor de las artes y las ciencias, que vino de un misterioso país de Otiente, donde se forman las tempestades y el viento. Fundó el pacífico reino de Tulá, en México, y allí vivió hasta que descendió del cielo deslizándose por el hilo de una araña el malvado Tezcatlipoca. Ofrecióle un licor que dijo proporcionaba la inmortalidad, pero Quetzalcoatl enloqueció con él y sintió incontenibles deseos de volver a su paísde origen.

Destruyó Tula y vagó como un loco por todo México y la América Central. Hizo milagros, levantó obras prodigiosas y fundó ciudades. En Cholula se detuvo veinte años. Al fin, construyó una balsa, la llenó de serpientes yse perdió en el mar rumbo a su legendaria patria, sin que nadie haya vuelto a sabor de él!

Quetzalcoatl significa ‘serpiente emplumada’ y así se le representó. Pero también se le figura como un hombre de labios enormes por los que deja escapar vientos furiosos. Recibió culto como dios entre toltecas, aztecas y mayas. Amerricua es palabra maya, y por su significado no sería extraño que recordara un viejo culto a Quetzalcoatl. Si así fue, una región de Nicaragua habría dado nombre al Nuevo Continente, por obra y gracia del mitológico dios americano, que nada tuvo que ver con el navegante italiano (Enciclopedia Uteha para la Juventud /1956/).

Ahora bien, nos decimos,¿sería ése el nombre dado a todo el territorio continental? ¿O realmente es el de la región cartografiada por Vespucio cumpliendo órdenes de Ojeda? concluimos, a más de 500 años de distancia histórica. ¿Por qué entonces no se ha citado con frecuencia esa información? Amerricúas, nombre nativo que debió de ser más divulgado. Porque ¿cuánto de cierto o de leyenda existe en esta historia, donde el nombre real de un continente es motivo de dudas o de equívocos?

Revisando las historias de todos los países nuestros, entre los nombres de incontables grupos no aparece el de Amerricúas! ¿Olvido? ¿Omisión? ¿Un abandono que obedece a lapoca o ninguna importancia que le fue dada en este casoy en otros, por algunos hombres? Muchas, incontables veces, en el curso de las investigaciones realizadas por nosotros, ha rondado esta duda. ¿Cómo sería llamado nuestro continente por los nativos de esta tierra, el inmenso territorio en que vivieron? ¿Por qué nombre se referían al sueloque los vio nacer? ¿Cómo nombraban los habitantes verdaderos al gran espacio que se extendía ante sus vistas, en su total conjunto? ¿Quién puede responder justa y correctamente a las dudas que asaltan ante el enigma? Para borrar la incógnita de siglos debemos dirigirnos en pos de la Verdad: ¿El nombre del nativo correspondía al sitio localizado en Nicaragua? Amerricúas. ¿Quedarán sobrevivientes de este grupo humano que Ojeda y que Colón conocieron de oídas? ¿Existirá en este caso algún nexo entre ese nombre y el de todo el continente...? Arriba!, a buscar, a indagar entre los viejos pergaminos que se encuentran en Sevilla, en Madrid, o en algún otro lugar hispano o en Europa. A hurgar como polillas todos los documentos, publicados o no, que traten sobre esta tierra nuestra... Eso nos pertenece: esas letras, esas escrituras, esos nombres, son nuestros! Para nosotros hablarán los folios que se han negado a otras investigaciones. Arriba por nuestro nombre! A buscar la Verdad oculta todavía en los Archivos de las Indias, en las Bibliotecas del Universo nuestro! ¿Cuál será en realidad el nombre nuestro...?

El barón de Humboldt. No deja de ocupar uno de los primeros lugares en esta Historia el barón Humboldt. No podríamos por tanto, dar fin a esta obra si no recordásemos a este hombre, descendiente de una familia noble y adinerada de Alemania, que dedicó su existencia al estudio, que nació en 1769 y fallece en 1859. Ese niño se convirtió andando el tiempo en Alejandro von Humboldt, uno de los hijos más insignes del país germano, apunta Carlos Eteczer, que como objetivo de su vida se consagró al estudio de las ciencias naturales y sociales de nuestro continente, por el que sentía un gran cariño, llegando a considerarse como un nativo más de nuestras tierras, lo que nos enorgullece de tenerle en la gran Patria de este Mundo Nuevo.

En el momento más brillante de la Ilustración, cuando la ciencia, el ansia de progreso social, el estudio de la naturaleza y 1a razón, inspiran a los grandes pensadores, viene al mundo Alejandro que se educa bajo el influjo de lo intelectual, de los descubrimientos y de un nuevo orden que inspira a los hombres de la época. La luz irradiada por aquellas mentes iluminó su espíritu, que al alcanzar la juventud lo relaciona con grandes científicos además de que socialmente tuvo acceso a todas las formas de vida cultural, social y política europeas.

Soñador desde muy joven con la realización de viajes por tierras atrayentes por lejanas, amante de la naturaleza, estimularon sus sueños los nombres de ilustres viajeros y descubridores, los estudios geográficos, las investigaciones geológicas, las exposiciones que sobre el mundo que nos rodea se presentaban. Además de todos esos intereses, estudió botánica, grabado, dibujo, física, y, el segundo pararrayos instalado en su país natal, estaba en su residencia de Tegel. Más, su sabiduría humanística le hizo hacer caso omiso de sus nombres y títulos nobiliarios, y sus cartas, trabajos y obras llevaron sencillamente como firma Alejandro Humboldt.

En 1799 sería en Cumaná, Venezuela, donde este sabio pisó las tierras del mundo descubierto por al genovés, lo que ha sido considerado como el segundo descubrimiento de América. Viajó por Sudamérica y visitó a Cuba, llegando hasta Isla de Pinos (Islas de la Juventud), acompañado de un joven botánico de nacionalidad francesa. Cuba recuerda los pasos del hombre ilustre como científico y humanista, que ofreció sus afanes y fortuna al estudio de gran parte de nuestros países, como su viaje al Chimborazo, el guano del Perú, el volcán Teide en la isla de Tenerife, los diamantes en los Urales... En todo buscó, encontrando, los puntos de interés, poniendo su afán de científico y descubridor, moviendo a esta gran figura enciclopédica la pasión de la aventura para ofrecer conocimientos en un mundo dedicado a estos afanes, en el período del despertar de las conciencias que avizoraban nuevas perspectivas en todos los aspectos para la Humanidad.

Juan Cristóbal Gundiach. Otro científico alemán, Juan Cristóbal Gundiach está considerado como el tercer descubridor de Cuba. Este nuevo amigo nació en Marburgo, falleciendo en 1896, después de dedicar medio siglo al estudio de la flora y la fauna de nuestro país; reconociéndose la excelencia de sus trabajos al conferirle la distinción Académica de Mérito el 26 de mayo de 1861; la primera Academia de Ciencias Médicas; Físicas y Naturales de Cuba.

Sus conocimientos y dominio de la Zoología y la Botánica lo indujeron a dirigirse a Cuba; donde la riqueza de la fauna y la flora lo conquistaron haciendo posible nuevos ejemplares para las colecciones alemanas; pero el encanto de la naturaleza nuestra lo conquistó para siempre y decidió ser un cubano más en esta tierra.

Nuestro poeta Juan Clemente Zenea fue admirador de sus obras como taxidermista; pero además de esos trabajos Gundiach dejó obras sobre Ornitología; entomología y crustáceos. Sus colecciones de Historia Natural formaron parte de la Exposición Universal de París en 1867; y por ser únicos en su clase el museo dedicado a la fauna cubana, recibió un premio. Han transcurrido 102 años del fallecimiento de Juan Cristóbal Gundiach, un hombre que consagró sus obras al estudio de las especies –flora y fauna de nuestro mundo insular-, al que recordamos en estas líneas por su aporte en estudios y divulgación inestimables; de las riquezas naturales de nuestra Patria cubana.

El trabajo, el estudio, la investigación así como el amor que sentimos ante cualquier tarea, lleva hacia adelante al ser humano y lo conduce por el sendero de la paz. Porque tanto Humboldt como Gundiach nos llevan recordar a Spinoza (1632-1677) que dejó reflexiones tan sabias y oportunas para nuestros tiempos caóticos y descentrados ideas del derecho del ser humano, que no porque provienen de tres centurias atrás, carecen de valor actual. Hélas aquí:

La paz no es simplemente la ausencia de guerra: es una virtud enraizada en la fuerza del alma, ya que la obediencia es el deseo constante de hacer lo que debe hacerse de acuerdo con el derecho consuetudinario de la Ciudad. Una ciudad, hay que repetirlo, en donde la paz reina solamente gracias a la inercia de sus ciudadanos, conducida como un rebaño de ovejas y acostumbrado únicamente a la servidumbre, debería ser llamado un yermo y no una ciudad. (El Correo de la Unesco/agosto-septiembre/1982/.