Los defensores de los nativos

Civilizaciones y culturas precolombinas

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Bibliografía

 

Un día del año 1510 una decena de frailes dominicos arribaron, con el ánimo de fundar un convento, a La Española, donde además de llevar una humilde existencia tenían ante sus miradas la diaria visión de los maltratos y abusos cometidos por los conquistadores contra los verdaderos y legítimos habitantes de estas tierras, lo que a más de conmoverlos profundamente despertó en ellos el ansia de trabajar en su favor, defendiéndolos con palabras hondamente compasivas, movidos por la piedad cristiana que agitaba sus conciencias de verdaderos humanistas, dedicando sus energías a defender el derecho a la libertad de estos hombres, basándose en la ilegitimidad de su servidumbre.

Para llevar a cabo su propósito fue suficiente la celebración de una fiesta religiosa ofrecida al finalizar el año, con la asistencia del Virrey e importantes personalidades de la capital dominicana, ocasión aprovechada por Fray Montesinos para condenar desde el púlpito el hecho de mantener en la más penosa esclavitud a unos hombres que nacieron libres en este continente! El fraile Montesinos escogió como tema de su prédica unas palabras tomadas del Evangelio que se convertirían en la divina frase de Yo soy la voz que clama en el desierto...!

Sorpresa; agravios; desafío, crudas reacciones se produjeron en el grupo principal de los oyentes, llegando sus protestas al álgido punto en que los frailes casi se sintieron devueltos a su patria original, quejándose ante el rey los dueños de las encomiendas, ‘a quien dejó perplejo la extraña escena de Santo Domingo’. La vida de aquellos infelices se tornó más negra a partir de esa reunión; los encomendadores hacían cada día más difícil su existencia por el excesivo rigor a que estaban sometidos en sus trabajos. Según César García Pons en la Conquista de América (1951): Las órdenes religiosas –franciscanos, dominicos, jesuítas-, brazos culturales del Imperio no tardaron, sin embargo, en idealizar la conquista aspirando a la conversión del indio, ni cedieron un punto de su independencia de juicio frente al atropello y al desmán. Por eso en las soledades de la enorme tierra conquistada hay muy frecuentemente dos imágenes que se excluyen: la del conquistador, de manos tintas en sangre, y la del fraile que le imputa su pecado. En este sentido es la voz de la iglesia la primera que se alza en protestar. Y es de notarse que mientras en el propio solar español no había fuera del campo teológico espacio para la discusión, para las minorías discrepantes, en América fuese un fraile dominico, Antonio de Montesinos, el primero que se pronuncia en defensa de la libertad.

Y continúa García Pons: Esto tiene importancia. Es el momento inicial de la llamada Controversia de Indias. Los sermones de Montesinos, que aprobaban antes de pronunciarse los doce dominicos que constituían en 1510 la primera comunidad en La Española, sentaron en las barbas mismas de Diego Colón y sus hombres una tesis radical y absoluta: la ilegitimidad de la conquista. “Decid ¿con qué derecho, con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a aquellos indios, y con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis cometido?... No se retractan ni el prior Fray Pedro de Córdoba ni Montesinos. Fernando el Católico condena las rebeldes palabras, lo que daría motivo a sucesivas exposiciones, hasta que hace su aparición el padre Las Casas.

Bartolomé de Las Casas nació en Sevilla en 1474. Casi tres décadas más tarde llegó a La Española Licenciado en la Universidad de Salamanca. Ya en la Isla, se sintió inclinado hacia la población nativa, la cual le devolvió su simpatía a Las Casas. Allí tomó los hábitos y, luego del suplicio de Hatuey el cacique de Guahabá, Diego Velázquez lo reclamó desde Cuba, donde muy pronto emprendería su más humana e importante misión...

Las Casas recibió de Diego Velázquez un repartimiento en el poblado ‘indio’ de Canarreo, cerca de Jagua, hoy Cienfuegos; allí dirigía a los nativos en el cultivo de la tierra y la minería hasta que, mientras consultaba un día pasajes de la Biblia preparando una de sus prédicas, tropezó con ciertos textos que lo condujeron a renunciar a la encomienda por razones de conciencia. A partir de esa fecha comienza para Las Casas la más dura y purísima tarea de su vida que se extendería durante cincuenta años, dedicándose íntegramente a luchar para defender a los habitantes de un continente recién descubierto a los que habían privado de su libertad en nombre de la pacificación colonial. Si bien es cierto que en tan duros años contaría con el apoyo de muchos sacerdotes, también se enfrentaría con los encomenderos poderosos, tanto de España como del Nuevo Mundo.

Varios serían los viajes de Fray Bartolomé de Las Casas de la Isla de Cuba hacia la España, en busca de una solución para los pobres nativos, fustigados por el látigo y el horror de una esclavitud en manos extrañas.

El título de Protector que recibiera lo condujo de uno a otro país en busca de soluciones, con propuestas, noticias, programas, hechos y episodios que presentaba una y otra vez ante los hombres, fuesen éstos reyes y eclesiásticos, no importa el rango o jerarquía que ocuparan en sus puestos de teólogos o juristas de la Corte española. Su voz se alzó piadosa estremeciendo las conciencias de los hombres, hasta que al fin le comprendieron. Fue capaz su palabra de remover señores de sus puestos desde el que imponían órdenes injustas, y de hacer que tres frailes gobernasen regiones de las “Indias”, logrando suavizar el rigor de aquella servidumbre, y que después declarasen ilegal la aplicación de esta esclavitud...

En 1545 fue nombrado obispo de Chiapa el fraile Bartolomé de Las Casas. Dejó tras sí tres magníficas obras en las que relata la destrucción de las Indias entre los temas relacionados con el Nuevo Continente.

Hasta el final de su vida basó su prédica en el mantenimiento de “un régimen social de justicia para los indios”; aclarando, que fue un error el suyo el de preferir la esclavitud negra a la de los nativos: arrepentido, así lo declaró el defensor de nuestros hombres, el padre Las Casas, continuador de la obra de Montesinos el fraile dominico...

El padre Bartolomé de Las Casas falleció a los 92 años de edad, después de cumplida la hermosa misión de amparar en su corazón las almas de los infelices seres torturados por la injusticia de tantos ignorantes que les consideraron meros seres irracionales e indignos de ser tratados como humanos: nuestros Hombres, los del continente Nuevo...!