Facetas de Mi Vida

Memorias de Georgina Beatriz Pérez Rojas

¿Saben? Respondo al nombre de Georgina Beatriz Pérez Rojas, hija de Américo y Juanita, los que se conocieron en un baile; mi padre no bailaba, pero fue a ver la fiesta y conoció a Juanita enamorándose de ella a tal punto que en agosto 20, de 1920, seis meses después, se casaban: ella contaba con 19 años y él 21, quedándose a vivir en Iberia, y allí nací un 29 de Julio de 1921, en un pueblo muy cercano a Gibara.

Mamá contaba que yo lloraba todas las noches, salvo la del día en que cumplí un añito, cesando las lágrimas nocturnas a partir de esa fecha.

Mientras crecí, me entretenía con los libros de mamá y de papá, que también destrocé sin compasión. Más tarde, denunciaba a mis tíos por tocar el librero, no obstante, yo si podía ponerlos en el piso y nadie podía regañarme: eran míos. A la verdad, es innegable que yo nací Bibliotecaria!

Desde que me conozco, sé leer y escribir, y el maestro fue mi padre; poco a poco fui leyendo todo lo que encontraba bajo la supervisión de mis padres. Pero el primer letrero que recuerdo estaba en una caja plana de madera, con un olor y una escritura atrayentes: Bacalao Noruego: un pescado y un país nórdicos, alejados de nosotros ¡y tan frío!

Nos mudamos varias veces, una vez a Matamoros, un lugar con un arroyo, y papá, Jorge, Piro y yo, íbamos a bañarnos en sus aguas claras, pero otras veces me huía con mis hermanitos y regresaba a la casa corriendo para que creyeran que se habían ido solos y los regañasen a ellos y a mí no… hasta que me descubrieron….. imagínense!!!

Un día, no sé si de mañana o atardeciendo, vi ante el brillo de la corriente transparenté, a un pececillo de color rojo, y nunca más lo vi pasar. Al parecer era el único ejemplar de esa clase. Otro día, Jorge y yo recorrimos una orilla del arroyo buscando el rastro de un pequeño patico que le habían regalado; se había perdido, tanto Jorge como yo lloramos mucho y ni la búsqueda ni las lágrimas nos devolvieron al pequeño ánade.

Una noche, mi papá, mi tío Juan, al que yo amaba mucho por cariñoso y por hacerme buñuelos de yuca en forma de muñecos, con ojos y bocas rojas por las semillas de achote, pues una noche llegaron a la casa con un balde colmado de camarones que mamá cocinó, a la vez que entre las brazas del fogón se asaba una anguila, también procedente del arroyo aquel.

Así vivimos y crecimos, tanto aquí como en otros lugares, con gobiernos que no se caracterizaron por sus bondades y honradez, y si por su crueldad.

Después de Matamoros pasamos unos días con nuestros abuelos maternos en una finca que nunca fue de él por las “bondades de los dueños de las Leyes”. Allá había una loma bastante alta para mí con una palmera en su base, uno de mis tíos descubrió hacha petaloide color negro, de nuestros precolombinos habitantes. ¿Qué fue de ella? Lo ignoro. De ellos nadie existe.

De aquí nos mudamos para Redención, cerca del Central Chaparra, con una escuela sostenida por el central azucarero – Escuela No. 28, aula única, pegadita a mi casa, donde me matricularon. La primera maestra llevaba el nombre de Filomena y la segunda y única que conocí, Pepilla Bernaza, con dos hijas Julita y Ana María Cuevas.

Pepilla vivió largos años en Holguín, donde falleció.

Luis, el tercero de mis hermanos, fue el más mimado por ser enfermizo, y se negaba a asistir a la escuela, pero papá lo colocaba sobre sus hombros y lo depositaba en el pupitre frente a la maestra diariamente.

Yo iba hacia adelante en mi aprendizaje, siempre evadiendo la aritmética. Esos fueron los años de las colecciones de postalitas del recuerdo, ilustradas con animales, peces, mariposas, o flores que conservo aún, pese a los años.

Papá nos regaló “El Tesoro de la Juventud”, preciosa colección de 20 tomos para un grupo de hermanos que ascendía ya que media de docena de los mismos, vagaban por la casa en busca de un quehacer. Dejamos las muñecas, las yuntas de bueyes de botellas, el columpio y la suiza por los cuentos. Al terminarlos, buscamos nuevas secciones y seguíamos hasta leerlos todos…  La diversidad atractiva de los capítulos nos enriqueció a la vez.

Mi cuarto grado no avanzaba al 5to, ahora estaba muy lejos de la escuela, más, aproveché las libretas de uno de mis hermanos, estudié todo lo que pude y mi 5to grado llegó a su fin. Después, otro de mis hermanos se hizo de un libro grande con el título de “Preparatoria” y lo leí y consulté hasta alcanzar lo que quería, omitiendo siempre los tranquilos números. Consideraba que con lo que sabía ya y leyera e incorporara en el futuro a mis conocimientos, servían de algo.

Y así fue: obras de buenos autores, poesías, novelas, biografías y cuentos infantiles enriquecieron el gusto, la interpretación y conocimientos de los grandes en las letras, las artes y las culturas de todos los tiempos.

Logré que los libros fueran mis amigos, los acompañantes, seres vivos, latentes, que respondían a mis llamadas de siempre, a los que agregué Autobiografía de Hans Christian Andersen y El Pequeño Príncipe.

Vivimos unos cuantos años en Las Arenas que consideramos como una escuela siempre, tan arenosa como un desierto, donde crecimos espiritualmente: papá con sus hornos y su panadería, mis hermanos ayudando en todo, mi madre y mi hermana y yo también, haciendo la tarea el momento, leyendo o escuchando música en las tardes, como el programa de aquel que se llamó Aldo Peña Paneque, que los domingos regalaba al mundo las sinfonías de Beethoven, o al Mozart amado, Chopin o Wagner. Lástima grande que no exista otra ahora, que llene a plenitud mi corazón.

Pero algo conmovió esta parte del país la noche del 30 de Octubre de 1945, cuando una columna del ejército, al mando del Coronel Antonio Bilbatua, acampó en el territorio que escogió el titán de Bronce, en su ruta de Oriente a Occidente, y rodeaba el sitio que aún mantenía uno de los árboles en los que Antonio Maceo armó su hamaca para pasar la noche, contaron los más viejos que pelearon en la guerra. Allí se recordó al valiente oriental en el homenaje merecido, admirado no solo por las tropas, también por toda la población que no olvida al Gran General de la Guerra Libertadora.

Esta fue la fecha en que se conoció el valor histórico del poblado de Las Arenas, al que asistieron personalidades, como el Presidente de la Delegación de Veteranos del Municipio el Sr. Alfredo Guillén Morales y los veteranos de Las Arenas, mi abuelo materno Florencio Rojas Velazquez, que perteneció a las tropas holguineras, y fue de los últimos en soltar las armas.

Allá se alzó el pequeño obelisco, que cuidó este abuelo hasta que nos trasladamos de Las Arenas a Las Tunas, que perpetúa el recuerdo de aquel homenaje, mientras las Bandas de Música de la ciudad tunera, conmovía los corazones con las notas del Himno Nacional.

“El Eco de Tunas”, “El veterano” y otros periódicos de aquí y  La Habana, publicaron el acto, con la relación de los jefes de la columna invasora, y los corresponsales que la acompañaron como el de “Información”, Carlos Girón Jr., el de “Nueva Universidad”, Antonio Llano Montés, y no puedo recordar los nombres de los periodistas de “Hoy” ni del que representaba la “Mil Diez”, a la distancia de más de 40 años.

Rafael Zayas era amigo de mi padre, y a través de él me ofreció un espacio en su bisemanario, lo que agradó mucho a la población, que se veía bien atendida pese a vivir en pleno campo.

Yo había escrito algunos cuentos publicados en el “El País Gráfico”, magazine de “El País”, con la página “El Abuelito Pepe”, dedicada al mundo infantil, que remitían dibujos, cuentos y narraciones, como mis tres hermanos menores, Enedina (ya fallecida), Higo, residente en La Habana, y Rodolfo (también fallecido), y aunque yo ya no era una niña, acogieron mis cuentos publicándolos.

Antes, entre 1949-1950, tomé parte en un Concurso de Cuentos de la Revista “Alfa”, obteniendo mención de Honor por “Dos Cartas”.

También “El País Gráfico” me publicó trabajos sobre el Día de Las Madres, El Día de los Padres y la Navidad, que además fue publicada aquí y grabada para la radio local. Después escribí sobre Martí y la Niña de Guatemala, sobre los Estudiantes de Medicina, fusilados bajo el título de “Inocentes”, Luisa Perez de Zambrana, Juan Ramón Jiménez, Lucila Godoy, Juana Barrero y Emilio Ballagas, poco antes de fallecer, su hermana Alicia, amiga mía, lo llevó a la casa y apenas si murmuró una palabras sin salir del auto: Ballagas fue un gran poeta. Su hermana, más tarde, falleció fuera del país.

La revista “Bohemia” contaba con una sección especial “El Menú de la Semana”, tema atrayente a todo público, allá por la década de los años 40, en 1952, Adriana Laredo, su autora, publicó el libro “Arroz con Mango”, donde recoge secciones publicadas en la revista aludida. Pero ese no era su nombre: ella se llamaba Rosa Hilda Zell, muy amiga de Dora Alonso, excelente escritora y cubana íntegra, a quien conocí y visité. Y tanto en algunas páginas de “Bohemia” como en “Arroz con Mango”, el nombre de Adriana Laredo, Dora Alonso y el mío se unen para hablar de cocina...

Y otro nombre que no puede faltar aquí, es el de María Alvarez Ríos, inolvidable en sabiduría, en su simpatía y delicadeza y cultura. Musicóloga y consejera, dejó su nombre muy alto con sus respuestas, en su página de la revista “Ellas”. Aquí va un saludo cariñoso y el agradecimiento por tus atenciones en mis visitas a tu hogar, María.

Eran otros tiempos, residíamos en el campo. Completábamos ya once hermanos, nueve varones y mi hermana y yo, mis padres y el abuelo materno.

Le escribí a Adriana Loredo por una receta y le remitía noticias del pueblito; o la receta del ajiaco oriental o de un postre; del cangrejo moro de que hablaba Antonio, mi otro abuelo, y sobre el cantar tunero o “El Cucalambé”. Y en una de esas largas misivas le relaté lo del homenaje al recuerdo del General Antonio Maceo y el relato de la muchacha, que ansiando conocer personalmente al Titán de Bronce, tuvo la tarea de lavarle la ropa, después de la larga jornada que había recorrido. Y entonces Adriana, me indicó los regalos que podía yo llevarle en las Navidades cercanas a la noble señora. Y así lo hice. Cumplí con mi amiga que no conocí.

Y ahí en las Arenas abrí una escuelita donde enseñaba a leer y escribir a numerosos niños, que al iniciar la Escuela, le facilitaba el aprendizaje, contribuyendo a la enseñanza de los pequeños.

Se cumplieron en febrero ( del 2008 )  57 años de vivir en Las Tunas, dejando Las Arenas, aquí había más oportunidades para estudiar o trabajar – para el bien de todos.

Habíamos crecido física y moralmente, cada uno de nosotros deseaba algo diferente. Los menores, Enedina, Hugo y Rodolfo no sabían elegir ¡Eran tan niños! Con el tiempo crecieron, Enedina quería ser dibujante, Hugo astrónomo y Rodolfo nada quería. Pero al crecer, y sin escuela alguna, Enedina fue tornándose en una pintora! Hugo eligió las Matemáticas y a Rodolfo le encantó la Ingeniería. Volviendo a Enedina, ella desarrolló esa inclinación, tal vez guiándose por su maravilloso sentido de belleza y observación, dejando en sus obras verdaderas facultades pictóricas. Todos queríamos destacarnos en algo, además de seguir el curso del tiempo. No sé, lo ignoro todavía, como entró en mi casa un libro muy grueso llamado “Preparatoria”.

Los que no vivieron El Batistato en sus agónicos días desconocen la tensión continua de la mayoría de los cubanos, y la exposición constante de caer preso o de ser asesinado. Era el 31 de diciembre de 1958, la cena de mi casa la componían arroz con bacalao, boniatos hervidos y una ensalada. Grave pasó mi abuelo materno la noche, informándole a las autoridades su posible fallecimiento. Pero no, como mambí perfecto superó la crisis, y la noche en vela, esperando lo peor, me dejó un dolor de cabeza que me estallaba.

Las armas de los casquitos derramaban balas, que chirriaban fuerte bajo las lloviznas de la noche oscura ¡estaban tan cerca de nosotros!

Amaneció, abuelito vivía pero no estaba como en otros días. Era 1ro de enero de 1959, Año Nuevo, con un dictador asesino en la Capital. Las horas pasaban, comenzaron a llegar rumores que venían de Occidente hasta Oriente. Nadie sabía qué pasaba, la verdad de lo que se escuchaba, si el monstruo había desaparecido o no. La verdad se fue agrandando como un alud, se temía un engaño ¿dejaría vacante su “trono” la terrible hiena?

La verdad llegaba y no era un sueño, invadiendo los ámbitos de Cuba. Se había marchado el horror, las diabólicas bestias dejaron vacíos los palacios y fincas: ¡Era libre esta tierra, eran libres sus hijos, el cobarde tirano se llevó su maldad! Necesitábamos silencio y tranquilidad para poner en orden todos los pensamientos y también los sentimientos. La Verdad arrasó con el Mal. El abuelo mambí preguntó y se le refirió todo lo sucedido, y fue feliz.

Dejándolo todo y contemplando el día, las gentes del campo salieron y volcaban ante todos los productos que hacía tanto tiempo no llegaban al pueblo: leche fresca, queso, pollos, viandas, cerdos. Mi casa se tornó en una colmena: brindis al que llega y se sienta y ollas y más ollas de comida para los que viajaban por la carretera central. Muchos recordarán esto que escribo, de la Sierra a los Llanos de toda la Isla pasaban “barbudos” llegando a mi hogar, por un vaso de agua, una taza de café o un plato de comida…. Y uno de esos viajeros, que procedía de Delicias se dirigía a la capital fue, nada menos que Pablo Armando Fernández, que almorzó en casa antes de ser lo que hoy es, una celebridad en el mundo de las Letras Cubanas. Es posible que él no recuerde este episodio. Los escritores tienen gran memoria y él no lo ha olvidado y visita a Las Tunas algunas veces.

En enero: todo parecía acabado de crear, la hierba, las flores, los árboles agitaban sus ramas suavemente. Ya Jorge era libre, y caminaba hacia la casa, donde estaba congregada su familia… y encuentra la banderita que confeccioné en su centenario, y enarbolándola, se fue con ella. Después tuve que reclamar su devolución, para luego donarla a uno de los museos de la ciudad.

Todo estimulaba a trabajar: héroes y paisajes aparecían en los lienzos de mi hermana. Los varones, unos continuaban con sus trabajos y con sus estudios los otros. Yo anhelaba una Biblioteca y una Sala de Conciertos, para leer todo lo bueno y bello, para escuchar todo lo bello y bueno de los grandes compositores, Mozart, Beethoven, Wagner, Chopin y otros.

Se ordenaron las ideas, las esperanzas y las acciones entre 1959-1961. En Octubre de 1959 el Comisionado Municipal de Victoria de Las Tunas, el Dr. Gilberto E. García Hernández me comunicó en una carta que yo había sido seleccionada como parte del Tribunal del Premio Periodístico “Cucalambé”, que acepté asombrada. Y el 26 de Octubre del mismo año es la carta fechada por Octavio Vidal Avilés, agradeciendo la selección que el Tribunal del Premio Periodístico otorgaba a su obra presentada en el Concurso Periodístico “Cucalambé”.

El 10 de Mayo de 1961, en carta firmada por Roberto Robert Montoya, Presidente, Zebe Z. de Robert, Directora, y Víctor M. Mayo Acosta, Secretario firman el aviso citando para la reestructuración de la comisión de Cultura y Bellas Artes Municipales.

Se insiste en la citación el 15 de Mayo de 1961 que Georgina Perez Rojas forma parte de la Secretaría de Literatura de la Comisión de Cultura y Bellas Artes. También Enedina formaba parte de la Comisión en Bellas Artes.

Otra misiva, del 10 de mayo de 1961, firmada por Roberto Robert Montoya, Presidente, Zebe Z. de Robert, Subdirectora y Víctor M. Mayo Acosta, Secretario, citan para la “restructuración” de la Comisión de Cultura y Artes Municipales.

Citan el 15 de Mayo de 1961 e insisten en que forme parte de la Sección de Literatura de dicha comisión.

El 19 de Octubre de 1961 formé parte del Tribunal del Premio Periodístico “Juan Cristóbal Nápoles Fajardo”, “El Cucalambé”, por ser integrante del Comité de Literatura del Consejo Municipal de Cultura.

En Enero de 1963 me comunicaron que me presentara en el local escogido para la instalación de la Biblioteca Pública “José Martí”, señalando la colocación de los libros, empolvados y arrojados por el piso, en los estantes.

Seleccionaron para colaborar en esa tarea conmigo, a la compañera Elsida Pérez, magnífica e inteligente, y entre las dos recogimos, limpiamos y comenzamos a ordenar los restos de la Biblioteca inaugurada el 28 de enero de 1951, por el Alcalde Pepillo Hernández, buen amigo y muy preocupado en su puesto, por mantener la educación y el respeto en la ciudad, para todos y por todos.

Elsida compartió conmigo la limpieza y la colocación de los volúmenes recogidos de entre el polvo y al parecer sin valor alguno para quien así los fue tirando. Tanto ella como yo, ignorábamos la catalogación y la clasificación de los volúmenes, y eligiéndolos por materias los colocamos, además de limpios, ordenados.

Nunca más nos hemos encontrado Elsida y yo, y me agradaría saber de su vida y de su familia, y de los ya lejanos años en que tratábamos de hacer el papel de buenas bibliotecarias.

Un mes más tarde, en Febrero, el Dr. Pedro Verdecia, comunicó la mejor noticia, que aquí se esperaba, que el Curso de Bibliotecología iba a iniciarse ese mes en La Habana y que de Las Tunas se escogería una persona para que recibiera el Curso de Capacitación Bibliotecaria.

Y viajé: ya había comenzado el curso, pero me puse al día. Este Curso fue lo más importante que podía sucederme en toda mi vida.

Profesores y profesoras, todos eran buenos, preparados, inteligentes y deseaban que nos llevaran a ese mundo insospechado, que nos prepararía para una de las más hermosas tareas, en la que se atesora y obsequia cultura y belleza. Todo mi empeño estaba en obtener buenas notas, para cumplir la misión de despertar otras mentes y otros se sensibilizaban. Terminamos el 1ro de Junio y nos despedimos. No nos hemos encontrado más durante estos años. Recuerdo a Margarita, a Yolanda, a Serafina Wood, a las muchachas de Cienfuegos, a todas!

Así es que terminé el curso con buenas notas y con el retorno, supe que iba a dirigir la Biblioteca “José Martí” de esta ciudad ¡Menuda sorpresa!

Retorné y comencé a trabajar, con afán, con amor. En los años que permanecí allí pude darme cuenta del valor que para mí poseen los libros: ellos son como la familia, si no hay nadie en casa, no me siento sola, porque me acompañan todos los autores y los personajes de cada una de las obras, desde allí están conmigo como si fuesen seres de verdad.

Era 1965, recibí una carta del Ministerio de Etnología y Folklores, solicitando mi colaboración mi colaboración para investigar cómo surgió y se desarrolló la idea de fundar el Puerto y Central Manatí y el progreso posterior de ambos proyectos. ¿La búsqueda? Revisar todos los números de “Eco de Las Tunas”, desde su fundación en 1909 hasta la terminación del proyecto. Toda la búsqueda, sin desatender a los usuarios y el estudiantado, asombrados de la tarea que tenía que emprender, sin poder quejarme. Todo lo llevé a cabo en la Biblioteca. Uno de los compañeros, después de consultar con Rafael Zayas, el director del bisemanario, estaba al tanto del trabajo, y al concluir con los números iniciales, iba y los devolvía  a su dueño, y así hasta que todo llegó a su fin, sin una sola página rasgada o con manchas, cumpliendo con la entrega.

Así llevé a cabo esta investigación remitiendo al Instituto de Etnología y Folklor el trabajo semanal.

Así se sucedían los días, las semanas, los meses que me llevaron hasta el año 1933 y después hasta concluir esa búsqueda. Luego el Instituto de Etnología y Folklor le pondría el formato requerido, y por su utilidad me siento feliz, por mi contribución del Puerto y Central de Manatí.

Recibí elogiosas cartas de este instituto sobre mi tarea, que fue algo así como la búsqueda detectivesca de una importante pista. No hubo errores, equivocaciones ni omisiones: solo la exacta copia de cartas o extensas descripciones de cada hecho. Y así, quedé tranquila, solo que nunca recibí el ejemplar prometido, de todos modos fue un trabajo investigativo llevado a cabo con mucho gusto, y la satisfacción de ser útil en cosas como esas, tan valiosas para conocer el desarrollo de nuestro país.

Pasaron los meses, en 1966, en los primeros días de Junio se comienza a escuchar el pseudónimo  de “El Cucalambé” y el 137 aniversario de su nacimiento, al que debíamos nuestro homenaje de reconocimiento, por su divina facultad de canto para su tierra y los suyos.

Y en el Salón de Lectura de la Biblioteca “José Martí”, fue como el sitio escogido por el Dr. Pedrito Verdecia para los proyectos para honrar el bardo, que nada faltara para la fecha de su natalicio: Así Pedrito dirigió las ideas, siempre inquebrantable en sus decisiones, porque parecía que si algo faltaba, aquel cantor grande no estaría tranquilo, lográndose entonces, por sus notables ideas, dejarnos dentro del retrato de su pensamiento, con una personalidad imposible de superarla.

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Juana Perez,
1 mar. 2010 19:12
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