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Geografía humana de la Sierra Nevada de San Marta

 

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Plantas medicinales en América

 

¿Es posible que fumar tenga su historia?

 

Bibliografía

Varios miles de años atrás el país contaba con diversidad de poblaciones, cuyo origen se pierde en la Prehistoria, aunque es creencia general que procedían del Asia. Cuando los europeos exploraron estas regiones consideraron de origen asiático la procedencia de sus hombres, a los que se les atribuye una antigüedad de 40 000 años a.C., aunque se ha mantenido que su presencia en estas tierras se remonta a la era glacial de Wisconsin: los arqueólogos tienen la palabra. En estos territorios se han descubierto restos de un hombre cazador y recolector, que vivió antes del período glacial de Winsconsin, desde Sandia Cave, Nuevo México hasta Abilene, Texas, que hacía uso de raspadores de piedra para la caza del mamut, del bisonte y otros animales grandes; era nómada, permaneciendo al aire libre, pero dejó la punta de una flecha clavada en los restos de un bisonte hoy fósil. En pleno período glacial hubo otro ser, el de Folsom, que ya conocía el fuego, usaba instrumentos con puntas acanaladas a ambos lados, cuchillos y raspadores, decorando con formas geométricas sus primeros intentos de trabajar el hueso Y cuando este período alcanza su fase final, las puntas de flechas, conocidas bajo el nombre de yuma, se asemejan a las solutrenses europeas.

Frank C. Hibben, antropólogo de Nuevo México, realizó en 1944 la búsqueda del hombre de Folsom, viajando desde Nuevo México hasta la Alaska congelada; el hombre de Folsom usaba puntas de lanza de sílex, con una hendidura longitudinal a cada lado. Este ser está considerado como uno de los primeros habitantes de América, cazador de mamuts, bisontes, camellos y otros animales que pastaban en la ilimitada región, desde las fronteras de México hasta Sankatchewan y Alberta en Canadá. Muy especiales son las armas de este hombre, diferentes a las que tallaron más tarde otros pueblos, como los constructores de túmulos y los cesteros.

Hibben investigó y exploró durante 1944, la bahía de Chinitna en busca de las huellas de este hombre, creador de la punta de sílex con que lanceaba animales mayores y llegó a la conclusión de que la bahía de Chinitna había sido uno de los primeros sitios ocupados por esta criatura al entrar al continente procedente del Este, por el estrecho de Bering hasta Alaska, investigaciones interrumpidas por la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, ¿qué fue del antropólogo Hibben después de la conflagración? ¿Tornaría a Chinitna tras del hombre de los pinchos de sílex que tan abundantemente encontró en la bahía batida por los vientos helados del Ártico?

Lanzas con puntas de piedra usaban cazadores de Arizona 10 000 años a.C; se calcula que 35 000 años a.C. ya vivían en Texas algunos grupos humanos...Y como curiosidad ofrecemos estos datos: La última glaciación en EE UU de Norteamérica nos dice que el bosque del Lago Michigan estaba bajo hielo 9 000 años a.C.; 1 000 años después, tanto el Hurón como el Michigan todavía estaban parcialmente cubiertos de hielo, de manera que unos 5 000 años a.C. es que el hielo dejó libre la región de los Grandes Lagos.

Se dice que los europeos encontraron aquí culturas Neolíticas; ya en el Lago Superior, con poca experiencia, trabajaban el cobre; la industria del cobre del Lago Superior se remonta a 4 000 años a.C., encontrándose restos de carbón en las minas de la Isla Real, dejadas por hombres que ya traficaban con poblaciones de más al Sur como Florida.

Cuatro mil años a.C. la etapa agrícola ya había sido alcanzada por los habitantes de algunas partes de América, como lo evidencian restos maíz y carbón encontrados en la Cueva de los Murciélagos en Nuevo México, comprobados mediante Carbono 14.

En todo el Sudoeste del Norte se encuentran señales del ser que residió hace más de 2 000 años, semejante ya al hombre agrícola, que sería, además cazador y recolector, lo que es revelado por las puntas de fechas, hachas de mano y las piedras donde trituraba los granos. Cochise es el nombre de esta cultura. Hacia el siglo III se habían extendido los Hopewell ocupando grandes áreas dejando en el valle de Mississippi y los de Ohio grandes túmulos bajo los que quedaron sus muertos. Tallaron piedras, y pipas, animales y aves en esa materia, dejando también discos de conchas, objetos de adorno y para rituales, con buen acabado.

Generalmente eran hombres ágiles, bien proporcionados, de estatura media, cabellos negros, lacios y abundantes, piel de color cobrizo, sociables de carácter. Cuando se encontraba fuera de su grupo se tornaban reservados y graves. La historia y las creaciones de estos hombres establecidos en este continente, son revelados por la arqueología. Como entre estos grupos no existía una escritura, es la pala del explorador y la investigación científica las que han determinado dividir en áreas estas regiones: Los bosques del Este; las Grandes Llanuras; el Sudoeste; Alaska.

En los Llanos guerreaban, casaban bisontes, cultivaban la tierra, practicaban la pesca. De piedra pulida dejaron instrumentos y armas, ásperas telas y una cerámica poco desarrollada. Habitaban pueblos nómadas y seminómadas, con casas o tiendas de pieles, los tepees. En los bosques Orientales, entre los Grandes Lagos y el Océano Atlántico, entre árboles inmensos y fértiles tierras se asentaron culturas que aunque cazadoras, eran ya agrícolas. Desde el Golfo de México hasta Canadá, al Oriente de las Montañas Rocosas, en vastas regiones, surgieron algunas culturas que tallaron la piedra, dejando agujas y punzones de hueso, produciendo una cerámica incisa con vasijas de varias dimensiones. Desde la actual Florida hasta el Canadá, otro pueblo fabricó cabañas de troncos, algunas con capacidad para medio centenar de personas albergadas. Hacia el Sureste aparecen casas de adobe. La cultura adena se estableció en Ohio: dejó túmulos cónicos donde se han descubierto pipas, objetos de cobre y una cerámica incisa. Más al Norte, los sioux vivían en poblados y se dedicaban al cultivo agrícola y a la caza.

Los iroqueses y los algonquinos eran diestros en labores de aguja, aplicando púas de puerco espín coloreadas en los trabajos en pieles realzando las hermosas labores con decoraciones. Algunos especialistas señalan que lo iroqueses son los más notables entre las diferentes etnias del Norte, por el desarrollo social y político que alcanzaron.

Contaban con un gran territorio desde las riberas del río San Lorenzo hasta el actual Estado de Nueva York. La familia iroquesa impedía a los alconquinos sus movimientos, formando una poderosa barrera como impedimento. En esa parte del país se habían establecido los mohawk, los onondaga, eneida, cayuga y senecas. Según los historiadores, en los inicios del siglo XV, los iroqueses organizaron una Liga o Confederación atribuída al héroe mítico Hiawatha, Liga con fines defensivos y de ataque, famosa Confederación de la que formaban parte los cinco grupos señalados antes, a los que se unirían los tuscarones, continuando independiente cada gobierno de cada grupo, con un Consejo o Senado de Jefes Civiles o Sachems elegido entre los hombres que componían la Liga. Mujeres pertenecientes a esos grupos tenían responsabilidades en la Confederación, por lo cual podemos ver la parte importante desempeñada por el sexo femenino en los destinos de sus pueblos: ¿Hubo atraso social y político entre los primitivos habitantes del Nuevo Mundo...?

Para los iroqueses, una rana de monstruoso vientre contenía toda el agua del mundo, y cuando Iosqueba la pinchó, brotó de ella el líquido que se dispersó formando lagos, ríos y mares de toda la Tierra..., leyenda que guarda parecido con la de los Miemae de Australia.

Los baskets-makers o tejedores de cestas o cesteros, poblaron, en los primeros años de nuestra Era, regiones del Sudoeste del país. Eran los navajos, seminómadas en ese momento, que tejían cestas con dibujos geométricos como adorno, aunque todavía no eran ceramistas. Usaban las cavernas como tumbas, y vestidos, adornos, instrumentos de piedra y objetos de uso personal, eran colocados junto al cadáver como ofrendas. Así se han encontrado momias muy bien conservadas, hecho que se atribuye a la sequedad del clima.

La cultura costera apareció en Arizona, Nuevo México, Utah y Colorado, a la que los navajos llamaban anasazis o ‘antiguas gentes’! Su vida transcurría al aire libre, en cuevas y luego en casas con un hogar (hoguera) central, cazando con tiraderas o atlatl, y aunque recolectores, ya inician el cultivo del maíz que se siembra abriendo un surco para depositar la semilla, con un palo aguzado. Falta todavía la cerámica, pero continúan tejiendo las cestas con decoraciones muy hermosas. Hacia el siglo V los cesteros habían evolucionado: sus casa forman ya poblados pequeños que disponen en forma de arco. Continúan con los tejidos pero ya hay indicios de una cerámica; aunque cazan en esos momentos existen cultivos de maíz y frijoles.

Hacía el siglo VII construyen poblados bajo rocas salientes, dividiendo las casas en habitaciones dedicando una a los ritos religiosos; luego sería preparada una sala en un subterráneo como centro ceremonial, donde tendrían lugar las ceremonias de su religión.

El tiempo transcurre. Los hombres avanzan. Se ve una cerámica de formas diversas y dibujos negros sobre fondo blanco. El agricultor conoce nuevas plantas, cuenta con vegetales diferentes. Las cestas continúan y se desarrolla la alfarería. Todavía se practica la caza. El frijol aparece en la huerta, en una cultura en ascenso, que va hacia adelante y será conocida bajo el nombre de pueblo por las grandes estructuras talladas bajo enormes masas rocosas de los acantilados, llamando la atención de los hombres de ciencia los edificios de Nuevo México, Mesa Verde y otras regiones, construcciones no esperadas procedentes de ‘gentes atrasadas’ como habían considerado antes. En esta parte del continente aparecen las obras de los hombres establecidos aquí desde épocas lejanas, como los mound-builders, los edificios de los barrancos de Colorado, las viviendas comunales de los ríos Manco, Gila y Salado, y las Grandes Casas de Chihuahua.

Desde el mundo prehispánico las grandes estructuras talladas por integrantes del grupo pueblo, iniciaron el camino por el que se alcanzarían las audaces formas arquitectónicas desarrolladas en Mesoamérica (o éstas influyeron en aquéllas?), y otras civilizaciones como los mayas y las colosales construcciones del Ande y del Inca.

Zuñis y navajos construyeron estructuras bajo grandes rocas salientes que consolidaban con piedras, adobe y maderos.

Hacia las interminables llanuras existían diferentes grupos, viajeros tras rebaños que pastaban en ellos, cazando para asegurarse el músculo y el atuendo. Se calcula que hacia el siglo IX aparecen las viviendas talladas en las rocas. Interesante es la alfarería de la época de este grupo humano denominado pueblo, que ha decorado con motivos geométricos semejantes a las ornamentaciones de cestas y telas. Como tejedores, unieron el algodón hilos de lana que realizaban con bordados y pinturas, logrando una bonita obra textil. Las máscaras, muy curiosas, llaman la atención como obras de zuñis y hopis, además de dejar interesantes estatuillas de madera.

La extensión del territorio ocupado por la etnia pueblo es la que sigue: Desde los límites del Oeste del Estado de Texas hasta California, y desde el centro del Estado de Utah hasta Zacatecas, México. Hacia mediados del siglo XVI toda esa parte del país la poblaban los zuñis, hopis, querés y tehues, pertenecientes a la familia lingüística Pueblo.

En estos momentos existen agrupaciones de esta cultura, manteniendo costumbres y tradiciones de su pasado. Arizona y otros Estados, Nuevo México y el Norte de México, estaban poblados por una veintena de grupos.

Hemos visto que hacia el Norte aparecen los cestos, variadas vasijas y pinturas murales atribuídas a los anasazis, los antiguos de los navajos, descendiendo de esos antiguos la familia pueblo, que se estableció en Arizona y Nuevo México. Hacia el Sudoeste los petroglifos, algunos recientes, otros grabados desde hace muchos siglos, con temas naturalistas o estilizaciones. Hoy se conocen grupos que mantienen costumbres y tradiciones sobre todo musicales, rico y fecundo patrimonio de su pasado, que ha llegado a nuestros días creciendo en valores, con solistas acompañados de pequeños tambores o varios intérpretes con el grave tambor mayor. Para las ceremonias mágicas con las sonajas; para los ritos de la danza del Sol, los silbatos. La música mexicana influye en la de la familia pueblo, que ha unido culturalmente a gentes del Norte y del centro del territorio, música que se considera como la más avanzada y fina de todo Norteamérica, manteniendo su identidad sobre toda posible influencia cultural externa, sobre todo en la danza de los espíritus, que se extendió imponiéndose desde las praderas hasta la Gran Cuenca. Música acompañada de estribillos que se encuentra en la región de California, de forma cambiante entre los ejecutantes, con instrumentos como flautas, silbatos, tambores, sonajas.

La gran familia pueblo conoció el hogar o kiva, excavado en el patio, lugar donde encendían la hoguera para la calefacción de las grandes construcciones que albergaban numerosas familias.

Hombres religiosos, sus rogativas estaban dirigidas a sus dioses solicitando lluvias para sus plantíos y su subsistencia. Ciertos ritos secretos se llevaban a cabo en las kivas; luego, todos disfrutaban de las ceremonias públicas, con los trovadores o koshare que lucían sus habilidades y sus juegos para diversión del público. Esta gran familia se ha caracterizado por su carácter pacífico y amante del orden, la educación y manteniendo altos conceptos morales.

La historia y las creencias de los hombres establecidos aquí las ha revelado la arqueología y las tradiciones conservadas por los descendientes, cuando vamos en busca de su pasado, encontrando que muchos grupos adornaban sus tiendas con ornamentaciones, realzando con cuero y con plumas distintos objetos. Con dibujo pintaron su historia, los ritos, festejos, cacerías o guerras, que estampaban como leyendas que se han considerado como un sistema muy expresivo de escritura; dejaron máscaras de paja de maíz trenzadas o de madera esculpida, fundamentales en las ceremonias religiosas, representando a sus dioses protectores de la caza y la agricultura.

Poblaciones del Norte de América usaron señales para comunicarse entre sí. Los hurones y los algonquinos se comunicaban mediante conchas de diferentes colores que solían colocar sobre un ‘cinturóan’ ancho o wampum portando información por medio de dibujos formados por conchas de colores. En la región de los Grandes Lagos el wampum equivalía a moneda.

La filología señala por su parte, que las lenguas y dialectos de estos nativos pertenecen a las aglutinantes, usando algunos grupos dos idiomas. Los colores desempeñaron un importante papel entre estas poblaciones donde la paz estaba simbolizada por lo blanco, el rojo representaba la guerra, el color amarillo el oro, y el negro la muerte. La flecha y el venablo lo bélico, acostumbrando entre ellos fumar la pipa de la paz o calumet para significar amistad y buenas relaciones.

Solían dibujar en la corteza de los árboles marcas o señales diferentes para guía del viajero que lo seguiría, o partían algunas ramas dejándolas como huellas de sus pasos por los senderos recorridos.

Fueron hombres adquirieron experiencia a través de observaciones y vicisitudes; son los que en cavernas, a gran altura sobre la Cuenca de Nevada y Utah, que abrieron las olas de lagos creados por las lluvias al Sur de los hielos en la Era Glacial, encontraron sitios que revelan sus huellas y que después del descenso de las aguas de lagos hoy secos, dejando cestas y redes de unos 11 mil años a.C., buscaron otros caminos que los condujeran hasta otras tierras. También hacia esa fecha y en la Zona Polar Ártica, hubo hombres instalados allí que dejaron pedernales que usaron en la época glacial, que decidieron dirigirse hacia el Sur.

Además, donde la Naturaleza abrió paso al río Colorado, que nace en las Montañas Rocosas y continúa su curso 2 250 Km, allí, en la grandiosa soledad, entre paredes de 1 500 m de altura, hombres desconocidos se instalaron en cavernas unos 4 000-3 000 años a.C., pero también, en siglos posteriores, los anasazis vivieron en esas alturas al borde del gigantesco río...

En fechas que oscilan entre cientos y miles de años se encuentra el ser que pobló este mundo desde tiempos lejanos, a la vera de ríos o lagos cerca de los mares, guardan el secreto de milenios donde se encontraban los antepasados de los pueblos precolombinos de ahora!

Para concluir veamos el artículo de Marta G. Sojo sobre los Pueblos precolombinos que aún existen en EE UU de Norteamérica, que viene a confirmar lo que está expuesto en estas páginas, que es el inquietante destino de esos pobres seres que en medio de un país tan grande y rico, malamente se conoce su número real de habitantes, o las mal llamadas ‘tribus’ de ‘indios’, en ‘reservas’ dedicadas a esos pueblos después de la firma de tratados y compromisos ‘de paz y convivencia’, con promesas de tierras, respeto a su soberanía tribal y jurisdicción territorial. ¿Han sido olvidados y muertas las letras en los papeles, ya no hay manera de cambiar esos destinos? No es fácil para ellos haber vivido desde hace milenios en este territorio para hoy continuar desposeídos de un sitio donde instalar con honorabilidad y derecho su tienda de cuero o su pequeño iglú.

Suerte mejor le corresponde a los inuits del Canadá, con el enorme espacio que han ganado. Las poblaciones específicamente de EE UU de Norteamérica, son las más pobres de ese país, que están a merced de las enfermedades, de la desnutrición, de las costumbres de los blancos que ha propiciado los vicios que ignoraban. Están reconocidas 547 ‘tribus’, obligadas a que sus ‘reservas’ sirvan de basureros de todo tipo y clase de desperdicios letales o no, que es la mejor y menos espectacular manera de destruir sus vidas y las tierras donde cosechan el poco de maíz o de frijol que necesitan. Por todo ello, han perdido las fuerzas que necesitan recuperar para alzar sus voces y clamar por sus derechos a sus posesiones, a su espacio vital, tan importante como el deseado por los grandes que rigen el Gobierno que así los desampara y los hace morir antes de tiempo.

Cuando los moradores del gran territorio norteño poseían suficiente experiencia, el caballo, que aparece hacia el siglo XVI pasa a formar parte de su transformación. Y grupos diversos cambiaron su forma de vida al adoptar un animal ajeno pero que le facilitaba sus incursiones y correrías. Así, dakotas, arapajos, cheyenes, kiowas, apalaches, comanches, y muchísimos más, dejaron sus hábitos, vuelta que origina la posesión del caballo y su uso, se dejan de producir diversos objetos pero en cambio aparecen pieles decoradas, casas, vestidos, escudos, bolsas y otros artículos, dibujando en ellos los temas geométricos las mujeres mientras los hombres realzaban las vivas figuras del caballo en la caza o la guerra...

Apaches, navajos, utos, pueblos, disfrutaban saboreando carne de caballo los primeros; los últimos, dejando atrás a hispanos y su nueva religión, volviendo a sus antiguos compañeros de raza, con caballos robados y poseedores de conocimientos suficientes para confeccionar los arreos de este animal. Comprendiendo su utilidad, sigilosamente penetraban en territorios españoles robando todo caballo que pudieran por las noches. Se registran los nombres de grupos diversos que desde lugares lejanos llegaban para practicar esos robos. Los pies negros iban de Montana hasta Nuevo México. Los comanches llegaban más allá, se internaban en tierras mexicanas hasta Durango para realizar estos hurtos. Los caballos aparecían con dirección a Texas y a través de los Llanos por el Norte. Entre 1600-1700 los hombres de la Salle que se salvaron pudieron ver en la parte Oriental de Texas, entre los caddo, caballos españoles con la marca del reino. Otros franceses, más al Norte todavía, contaban que comanches y pawnes tenían caballos cerca del río Arkansas: esto ocurría en 1720. Poco más adelante, en Shoshoni, hacía hispanos enfermos de viruelas con numerosos caballos, ocasión aprovechada por los pies negros para apropiarse de ellos.

En 1757 Anthony Hendry, agente de la Hudson´s Bay Company vio a los pies negros con algunos equinos cerca de los actuales límites del Canadá con EE UU A.: Por el hecho de dar esta información a su superior de Nueva York fue destituído. ¿Razones? Su jefe declaró ‘que todo el mundo sabía que los indios no tenían caballos, por consiguiente, Hendry era un mentiroso y él no quería ese tipo de personas a su servicio’!

En la parte montañosa de la Gran Cuenca y antes que los de los Llanos del Norte, los grupos de esa región usaron los caballos para sus acciones. En los primeros años de 1800 cuando viajaban hacia la costa del Pacífico Lewis y Clark, se encontraron con enormes piaras de caballos por el camino, distinguiendo los de raza española que denunciaban su procedencia de Nuevo México. Los hombres del desierto, los de los Llanos y la Gran Cuenca, encontraron que este animal podía serles útil. Confeccionaban sillas y todo el equipamiento para sus cabalgaduras, adaptando sus armas, entre ellas el arco de doble curva a este bruto, cazando más y abatiendo a sus enemigos con mayor rapidez. En la guerra hacían uso de un pequeño escudo circular de cuero duro, una maza y la larga y mortífera lanza. Unicamente pudieron ser vencidos cuando aparecieron el revólver de seis tiros y el rifle de repetición, hacia el siglo XIX.

Los Llanos, para Coronado, eran un mar de hierbas cuando atravesó esa región hacia 1540, cuando todavía podían encontrarse cazadores nómadas, no así en los valles, donde ya agricultores habían construido aldeas sembradas de cabañas fortificadas. Hacia la primavera y el otoño, los grupos ya sedentarios solían emprender expediciones de caza, llevando con ellos sus portátiles tepees o tiendas ligeras de cuero, junto con sus ajuares domésticos, sobre dos varas o pértigas de madera tiradas por perros. Entre una y otra vara tendían una malla donde colocaban el equipaje. Así, el pequeño ‘carruaje’ o travois conducía los enseres caseros. Estas marchas estaban regidas por el orden y la disciplina, contrariamente a lo que algunos podían imaginar. Pero cuando conocieron el caballo muy pronto lo unieron al travois, se acortaron las distancias y las travesías más rápidas hacían que el tiempo rindiera más. Sobre todo los grupos que habitaban los Llanos podían trasladarse a cientos de kilómetros en pocas horas. Para organizar las salidas contaban con los Soldados Perros, una especie de policía que daba la señal de partida a todo el campamento.

La Florida tuvo sus caballos españoles desde San Agustín, Apalache, Pensacola; también los Crees, Chicksees y Seminolas usaron estos animales, adquiriendo gran fama estos últimos, nombre por el que fueron conocidos desde el Sudoeste hasta Carolina del Norte, llegando los descendientes a propagarse por la mitad Occidental del país ya en plena libertad. Antes de 1600 piaras de caballos salvajes podían verse en el Norte de México, Nuevo México y Texas. Las bestias libres fueron alcanzando el Norte a través de las verdes praderas, llegando al Canadá. En el año 1800 Nolan y otros viajaban a Texas como cazadores de caballos salvajes.

Con la nueva bestia los grupos norteños apreciaron la tremenda utilidad que para ellos representaba: podían ser invencibles, contra el viento las veloces siluetas por llanos, desiertos y valles. Fue tan importante, que la figura de un caballo adornaba la capa de piel de búfalo que usaba Mah-toh-to-pa, Jefe de los Mandana.

Así, los nativos dominaron el arte de la cabalgadura, volando tras la caza o el enemigo. Robustos y fuertes, hábiles en la persecución, el Piel Roja con poco alimento viajaba cientos de kilómetros en una jornada... Todavía hoy se encuentran en el Norte de América descendientes de aquellos abuelos lejanos de hace miles de años...

Cheyennes actuales: Wahipah-hah-yah o Dick West es pintor cheyene, perteneciente a un grupo autóctono de este territorio, hombres pacíficos que habitaban hacía el Mississippi y el Missouri, dos de las más grandes vías fluviales de EE UU A. Hacia los años 70 ya habían sido trasladados a una ‘reserva’ en el Estado de Oklahoma. Este pintor ‘indio’ ha dejado plasmados los juegos infantiles cheyenes tal y como antaño acostumbraban los pequeños de esa familia. Wahipah-hah-yah continúa la tradición de sus antepasados y ofrece escenas de otros tiempos con líneas y colores claros y vigorosos, de un arte que nunca se extingue entre los descendientes de este antiguo pueblo. Hacia 1950 se publica en revistas el renacimiento del arte autóctono, presentando obras de ‘indios’ que pintan al estilo de sus antepasados obras muy interesantes. Además de Dick West aparecen los nombres de Woodrow Crumbe, Cecil Dick y Blackbear Besin, que pintan temas de la vida del grupo del que forman parte: guerreros que danzan cubiertos con pieles de animales; la ceremonia del peyote, la caza del búfalo; los juegos de invierno; los ritos fúnebres de un guerrero que muere...

Hacia 1920 varios personajes de Oklahoma lograron el ingreso de algunos pequeños ‘indios’ a la escuela de Arte de la Universidad de esa ciudad como ‘estudiantes especiales’, niños artistas con aptitudes hacia la pintura y a su disposición todos los materiales necesarios para que expresaran las inquietudes artísticas inspiradas por su historia, costumbres y ritos. Ante el éxito obtenido por los cinco artistas nativos, aumentaron el número de los estudiantes impulsando esta labor una serie de concursos celebrados cada año, respaldados por el Philbrook Art Center de Tulsa, celebrándose el primero en 1946, exhibiendo en el museo de Philbrook las obras premiadas que poseen doble valor para la colección, el de ser muestra de un arte auténtico y el de constituir en el campo de la etnología un valioso estudio de un pueblo verdaderamente americano.

El Dr. Oscar Jacobson que en esos años dirigía la escuela de arte de la Universidad de Oklahoma, declaró de sus alumnos que: Hasta el más progresista (de ellos) lleva en el alma una nostalgia de la gloria de sus antepasados. Gustan de pintar la caza, los juegos y las danzas rituales de su raza, en una pintura formalista y simétrica, pero fidedigna y de hermoso colorido, donde representan su pasado, un pasado lleno de verdadera libertad y alegre expresión de vivencias, anhelos, creencias y esperanzas del retorno a una existencia creada por sus antepasados.

De nuevo esta autora se siente segura de que el alma del hombre que vivió en estas tierras continúa latiendo dentro del pecho de los pueblos que ahora se encuentran entre nosotros!

En Denver se encuentra un Museo del Arte. Y entre las variadas expresiones plásticas que posee se exhibe un mural tallado en madera y pintado, una obra creada por ‘indios’, de expresión vigorosa en su decorado, como bien lo supo expresar el director del centro cultural señalado, Otto Karl Bach. Es una obra a la vez funcional y simbólica por el tema que aborda, interesante pieza que fue realizada para ser colocada a la entrada de la Casa de un Jefe Tlingita de Alaska.

Como motivo de ornamentación aparece un tema de su religión, basado en la tradición tribal de que descienden de una gran Osa, que es el totem tallado en la magnifica represtación tlingita, pues es tradicional entre este grupo humano el símbolo del Oso que en esta pieza ha sido recreado con temas religiosos un tanto teatrales, pero interesantes a la hora de plasmarla el artista, dedicado para la Gran Casa del Jefe Tlingita.

Entre las aves nativas del territorio Norte americano, aparece el águila de cabeza blanca. Antes del descubrimiento, el águila de cabeza blanca abundaba en infinitos parajes; los Pieles Rojas admiraban esta hermosa ave por sus méritos de cazadora, y sólo los guerreros que habían demostrado su valor podían ostentar sus plumas entre sus cabellos.

Esta ave majestuosa, el águila de cabeza blanca, aparece como emblema en el escudo de los EE UU de Norteamérica desde hace más de 200 años. Hoy su caza está prohibida y sólo se la encuentra en las regiones agrestes, anidando entre rocas o sobre la cima de árboles muertos. Y aunque viven cerca del agua y se alimentan de pescados, entre sus bocados suelen encontrarse pajarillos y animales muertos.

Alaska. Esta región que vamos a presentar para darla a conocer, es otro aspecto de la vasta y helada región, cuando en 1867 pertenecía a la Rusia de los Zares.

Alejada más de 11 mil km de San Petersburgo, su nombre, Alaska, significa Gran País, vocablo aleutino Al-ay-ek-sa: los rusos la llamaron Alashka.

Vitus Bering, nacido danés, era oficial de la marina rusa; de las exploraciones realizadas informaba al Zar sobre esta parte del planeta. Así, en 1741 proclamaron los zares su soberanía sobre Alashka. El Gran País estaba separado del Asia y no dieron mucha importancia al mismo, salvo los rapaces traficantes de pieles que mataban inuits –esquimales- para lograra sus ‘comercios’ ilegales. Después de 1784 un hombre de negocios ruso y su esposa solicitaron el permiso de la Corte para explorar las riquezas del Gran País. Grigor Ivanovich Shelikoff y Natalia, se instalaron en la isla de Kodiak con casi doscientos amigos, despojaron de su poder a los explotadores y los moradores del territorio que habían sido tratados cruelmente, se transformaron en aliados trabajando para sus nuevos amos, y para ellos a la vez.

Andando el tiempo Shelikoff dejó viuda a Natalia; unos de los hombres que componían la empresa, Alejandro Andrevich Baranov, de carácter duro, tomó en sus manos las riendas del negocio y no solamente dirigió la Compañía Ruso-Americana sino también toda la extensión de Alashka la dominó durante 25 años.

Cierto que se construyeron barcos que surcaron el mar hasta casi San Francisco donde recogían pieles en Puerto Ross. Después de fundar una colonia, Baranov construyó el primer faro que guiaría las naves del Pacífico Norte, en una isla que lleva su nombre situada en la ensenada de Sitka, con un puerto en que los almacenes contenían las mercancías necesarias, un aserradero, fundición, astillero, viviendas, muchas fabricadas de troncos, entre las que se veían algunas de tres pisos y medio centenar de metros de largo; otras contenían muebles europeos y hermosas obras de arte.

Baranov residía en una casa principesca, con alfombras orientales, importantes huéspedes y fiestas hasta el amanecer. Pero Baranov fallece en 1818 mientras viajaba hacia su país. Por lo que Sitka pasó a la marina rusa aunque se conservaron las tradiciones sociales, pero cometieron el error de prohibir a los barcos de otros países que entraran al puerto. Mientras, los contrabandistas se apropiaban de las pieles, y al no llegar esta mercancía a su destino, la Corte rusa muy pronto echó al olvido la colonia.

Tanto Inglaterra como Norteamérica (EE.UU.A.) respetaron el derecho de los rusos sobre aquella parte del continente nuevo, firmando un tratado en 1824. Más, como la Corte Imperial sospechara que los británicos podían anexar Alashka al Canadá aprovechando la guerra de Crimea, se decidieron a ofrecer su venta al gobierno norteamericano, que no llegó a efectuarse. Y pasaron años, hasta que un día surgió Alaska, se piensa en la posibilidad de obtener el gran territorio de hielo y el Secretario de Estado William Seward mantuvo conversaciones en diferentes oportunidades con el barón Stoeckel que representaba al Zar Alejandro II en Washington: si el Secretario de Estado tenía deseos de comprar y adquirir esa helada región, el barón deseaba desprenderse de ‘esos campos de nieves perpetuas’. Seward, entonces, hace al barón Stoeckel el ofrecimiento de $7 200 000 dólares incluyendo todas las propiedades que Rusia podía tener en el continente.

Una tarde, el barón Stoeckel se hizo anunciar en la residencia de Seward: era el día 29 de marzo de 1867, y el embajador ruso era portador de una noticia, la confirmación de que el Zar aceptaba aquella operación de compra-venta por la cantidad ofrecida por Seward, a nombre de su gobierno, por la venta de Alaska...

Todo fue aceptado, quedando como una transacción más de una mercancía molesta ya para el vendedor y apreciada por el comprador. Más, lo que ninguna de las dos partes conocía era la extensión, las reales dimensiones de aquel helado y singular ‘objeto’ que se vendió a buen precio. Para asombro, la gélida tierra no había sido tasada por ninguna de las dos partes que ignoraban a cuántas hectáreas ascendía: hoy sabemos que tiene una extensión de 1 530 700 km2!, y así, Al-ay-ek-sa de los aleutinos, o Gran País, paso a ser propiedad de Estados Unidos de América del Norte o un Estado más de la nación, contando con riquezas naturales inmensas, valles fluviales, elevadas montañas, 1 000 islas, 55 000 km de costas, pescado abundante, bosques, carbón, petróleo, oro y otros metales no menos preciosos... Así a la manera comercial, los nativos, los inuits, que hasta hacía muy poco pertenecían a la Corona Imperial de Rusia, de un momento a otro pasaron a ser parte de otro país, con sistemas distintos de vida y costumbres a las de los que acababan de vender!

La cultura más antigua de Alaska es la de Bering, presente desde el siglo III a.C. seguida, hacia los siglos II-VII por las culturas Ipituk y Punuk. Las obras artesanales de Alaska son de menores dimensiones que las producidas por la cultura Dorset de Groenlandia. Sus decoraciones son semejantes a trazos caligráficos sobre maderos llevados por las olas, huesos o marfil de colmillos de morsa logrando preciosos objetos. Entre la variedad de piezas, los inuits ofrecen pequeños juguetes de marfil, máscaras y útiles domésticos o de pesca, entre ellos cofrecillos, urnas, arpones, y muchos otros de fino y bien logrado acabado.

La cultura del mar de Bering, la más antigua y la más desarrollada; nos ofrece obras con decoraciones delicadas y diferentes, bellas figuras humanas, de aves y peces, descubiertas hace pocos años y que corresponden a la época Ipiutak. La cultura Punuk se originó de la del mar de Bering con influencias siberianas: decoraciones simples, grabadas, contactos que motivan que las formas geométricas varíen, apareciendo un estilo descriptivo inciso y pictografías que relatan historias del pasado del grupo.

Además, se conocen como expresión notable del arte inuit las máscaras de culto talladas en madera y adornadas con plumas y pinturas.

Para resumir digamos que si el hombre precolombino penetró en nuestras tierras procedente del Asia, los que continúan viviendo en el Ártico siberiano son, por lo tanto, hermanos de los inuits de América. Y si en Groenlandia sus hijos se creen descendientes de la diosa del Mar los que están establecidos en Siberia consideránse hijos de la Ballena, como lo recogen las leyendas de ambos pueblos, conocedores de sentencias tan sabias como la que sigue: Una palabra puede matar a un hombre...

Es hermosa la leyenda de la creación de inuits y chikchas o los hombres dedicados al mar hacia el otro lado de Alaska, que viven en yarangas o casas de piel de foca o reno, los que al calor del fuego van relatando los mitos extraídos de la rica literatura oral con que cuentan. Hasta hace pocos lustros vivía entre ellos Nutetein ‘el esquimal’, famoso por sus cantos y bailes, residente en la aldea de Nenukán, que cantaba acompañado de un tambor o yarar, tradicional instrumento de música, fabricado con el estómago de la morsa, y tensado luego sobre un aro de madera.

Nutetein cantaba sus composiciones en lengua chikcha y en ella se escuchaba la voz de los hombres del estrecho de Bering...

En 1979 la UNESCO proyectó un estudio sobre las Culturas Árticas en vista de que varios países tanto de América como de Eurasia cuentan con habitantes en esa región, debido al desarrollo económico que ha puesto sus miras en las riquezas que se encuentran bajo los hielos, además de las culturales y de aprovechar la experiencia de los nativos en lo ecológico en vista de su preservación; el valor social de los pueblos septentrionales, sus cualidades morales, desinteresados, fieles a la palabradada, su vida armoniosa con el entorno, su estoicismo, su ayuda permanentemente dispuesta. Además de la riqueza de sus hablas, y la conservación de sus idiomas que los filólogos tratan de preservar, a la vez se teme la pérdida parcial del folklor y el olvido de cuentos y leyendas, que si bien es cierto que han sido recogidas en gran medida, no es menos cierto que no se divulgan como debe ser y que todos tenemos derechos a beber tan hermoso caudal de nórdicos pueblos.

Se solicitaba la conservación de la cultura de los pueblos árticos como conexión viva según un escritor chukchi, de las generaciones, como prueba convincente de la inseparabilidad de la historia humana cualquiera que sea el lugar en que se haya creado...

Pero veinte años después, la prensa anuncia que peligra la vida de los habitantes de Ust-Kamchatka*, en la península del mismo nombre, tras ocho meses sin calefacción, con las viviendas congeladas y sin acueducto ni alcantarillado por la misma causa. En la península de Kamchatka no hay petróleo, gas ni carbón y son otras las regiones del país las que suministran estos combustibles para alimentar las centrales eléctricas y térmicas para que vivan 300 000 personas!, que mueren por frío y enfermedades producidas por estos inconvenientes en una época crítica de invierno.

Point-of-Pines. En 1959 en la publicación ArizonaQuarterly apareció un artículo sobre la ciudad de Point-of-Pines: poblado antiguo que murió de miedo. Su autor Albert Q. Maisel relata lo siguiente: Al Este de Arizona y en una montaña, los arqueólogos descubrieron parte de las ruinas de una de las mayores ciudades que los del grupo humano pueblo fundaron hacia el nacimiento de Cristo, que reunía unos    5 000 habitantes, con una buena alfarería y restos humanos bien conservados, además de graneros. El súbito despoblamiento de la ciudad es una incógnita. En la fecha de la publicación del trabajo de Maisel se estimaba que alrededor de un ciento de años antes de Colón los pobladores pasaron la noche en ella, pero que al día siguiente todos, absolutamente todos abandonaron su pueblo, dejando sus posesiones desde las más importantes hasta las menos valiosas: todo quedó atrás, las ollas sobre el fuego comenzando a cocinar... Y nunca más regresaron a Point-of-Pines...

Ningún ser humano tocó la ciudad. Sólo la mano del tiempo. Fue cubriéndose lentamente de polvo y sepultada, hasta quedar convertida en una ondulante extensión permaneciendo así durante unos cuantos siglos... Más, en los tres últimos años de los 40 un catedrático y el conservador del Museo, ambos de Arizona, así como un grupo de especialistas y recién graduados, se dedicaron a excavar para descubrir un establecimiento localizado en esa región, perteneciente a un grupo nativo que desarrolló una civilización que desapareció repentinamente. Está claro que ya no eran nómadas los hombres que cultivaban maíz, cereal que los había redimido de una vida errante, y que después, sus primeras habitaciones fueron huecos circulares techados con pajas y barro; almacenando los granos en depósitos apropiados y las mujeres trituraban el maíz en bloques de lava ahucados, auxiliadas de una mano de piedra.

Nuevas poblaciones llegaron del Norte: eran los anasazis, los antiguos para los navajos. Los anasazis eran pacíficos, sus casas de piedra las iban levantando a la vera de las que habitaron los primeros pobladores.

Con hachas de piedra prepararon sillares de rocas volcánicas, aumentando los sitios habitacionales para una población que iba creciendo. Adosaron las nuevas habitaciones al edificio central, ahorrando así el construir nuevos muros, fabricando una casa sobre la anterior hasta un tercer piso. Grandes ciudades de este tipo han sido descubiertas, el piso inferior con más de 800 habitaciones, cubriendo su frente cerca de 400 metros.

Ante una población que se acrecienta se desarrolló la ingeniería para asegurara su sustento, y en la meseta semirárida utilizaron las aguas de las lluvias y las nieves, entre muros de contensión que retenían el vital líquido, y así trabajaron tal vez una centuria en esta obra, pero lograron que la tierra devolviera con creces cosechas de granos y de frijoles como ocurría antaño. Alimentando el pueblo, rebosantes los depósitos de maíz, la alfarería surgió entres las horas ociosas del hombre, logrando ahora variedad de formas y dimensiones con ornamentaciones policromadas, encontrándose en Port-of-Pines señales de un comercio entre sus moradores y poblaciones con un radio de acción de unos 800 kilómetros de distancia. La cerámica ostenta temas pintados que proceden de sitios alejados, y se estima que viajaban hasta Chihuahua, México, Río Grande y posiblemente a sitios del desierto como Phoenix y Tucson.

Los adornos de conchas de los nasazis procedían del Pacífico, que distaba unos 1 125 km. De hueso de venado y para sostener el peinado de los negros y largos cabellos usaron horquillas y ganchos; el color para pintarse el rostro lo tomaban del óxido de hierro que estimaban mucho, y que guardaban en pequeños estuches de barro en forma de pastillas, encontrándose algunos completamente intactos después de más de medio milenio bajo tierra.

La meseta donde fue construída la ciudad de Point-of-Pines estaba preparada para ser un sitio edénico; entre sus edificios se encuentran cámaras de grandes dimensiones que posiblemente estaban dedicadas a reuniones. En otros recintos semisubterráneos resolvieron los arquitectos de esa época, el sistema de ventilación mediante un túnel horizontal y un cañón vertical.

Ningún tipo de amenaza exterior ni falta o escasez de alimentos pudo ser la causa del abandono del lugar, toda vez que se encontraron en muchas viviendas depósitos de maíz y frijoles. También descartó la posibilidad de una epidemia porque no había señales de muerte: Las cazuelas sobre las hornillas, los utensilios domésticos, armas, joyas, instrumentos de labranza, los enseres y ajuar de las casas, todo se encontró allí.

Solamente el temor de una sequía pudo motivar la emigración de todos los que habitaban  la ciudad. Porque estudiando los anillos de los árboles de aquella época se ha conocido que entre 1276 y 1299 una terrible sequía asoló la región, y muy bien la falta de lluvia pudo afectar a esta cultura en su más rica fase porque se abastecía de agua potable por medio de un pozo construido en forma de embudo, sólo conocidos en la antigua Mesopotamia, que hacía accesible el precioso líquido a grandes profundidades, en los que se llegaba a los manantiales descendiendo por una rampa trabajada en la pared del embudo. Y si la sequía era tan asoladora, los anasazis ahondarían el pozo cada vez más encontrándose con que cada día era menor la cantidad de agua recogida.

¿Sería posible que la falta de agua potable obligara a los anasazis a abandonar la floreciente ciudad de la meseta? Su decadencia comienza hacia 1300; la alfarería ornamentada y las joyas cinceladas no vuelven a ser recreadas por sus artesanos. Las ofrendas a sus muertos se empobrecen dejándolos en alguna habitación cubiertos de objetos tal vez inservibles ya para los vivos.

Estiman los arqueólogos que los anasazis podían haber llegado a la miseria y no encontrando medios para levantar la quebrantada economía optaron por abandonar aquella ciudad construída con esfuerzos sobrehumanos durante cientos o más años... No es dudoso que el anuncio de que los apaches habían atacado a Gila, distante sólo 160 kilómetros de Point-of-Pines en 1385, fuese capaz de hacerles tomar esa determinación y decidieron abandonar su antaño floreciente meseta... dejando atrás todas sus pertenencias que significaban la historia de su vida, desde las más valiosas, hasta las necesarias e imprescindibles.

¿Hacia dónde se dirigieron los habitantes de Point-of-Pines? Los establecimientos de los hopis y zuñis distaban sólo 320 km de ellos hacia el Norte, y pertenecían a la misma familia manteniendo estrecha alianza entre los mismos.

En 1949 los hopis desconocían tradición alguna que se refiriese al éxodo de los antiguos; ahora bien, los zuñis recuerdan que hacia fines del siglo XVI se aumentó considerablemente su población.

Hasta 1949 el misterio velaba el súbito abandono de Point-of-Pines, la ciudad levantada en una época no conocida por nosotros pero en la que fueron capaces sus fundadores de desarrollar técnicas para producir alimentos abundantemente y mejorar las condiciones de vida sedentarias.

El artículo de Maisel concluye señalando que se necesitarían veinte años de excavaciones y estudios para alcanzar el fin de las investigaciones –y así posiblemente conocer si no la verdad, parte de lo real de esta historia. Y si así hubiese sido éstas debían haber concluído entre 1969-1970... Entonces, ahora mismo, ¿qué respuestas tendrán los especialistas afanados durante dos décadas en rasgar el velo del misterio que causó el abandono por los antiguos de la amada ciudad de la meseta...?

Nuevo México: los torreones misteriosos. Otro artículo de Franf G. Hibben se publica en 1945. Esta vez el antropólogo nos revela la historia de unos torreones encontrados en la región central del Norte de Nuevo México, y fue en 1933 que descubrió estas extrañas construcciones José Areano; en ellas estaba oculto un final de violencia y sangre ocurridos unos 700 años atrás. El buscador de oro que dio con los torreones relató cómo estaban fabricados sobre farallones de piedra arenisca, entre desfiladeros, en lo alto de agudas rocas. Aislados o en grupos, encontraron más de 500 torres en una extensión de 55 por 80 kilómetros; otra aldea, muy adentro de la región de la Gallina descubrió Areano, que informó a Hibben, esperando la terminación de la Segunda Guerra Mundial para reiniciar las instigaciones.

Las primeras excavaciones de los torreones dejaron expuestas la tipicidad de los mismos, su altura de 8 a 10 m; los bloques de arenisca y el y el barro para unir las construcciones, midiendo la base de las paredes unos 2 m de espesor... El techo del torreón tenía un parapeto de piedra; la entrada estaba en el techo, en forma de trampa, con escaleras para descender o el ascenso. Tierra, escombros, aparecieron en el interior; un friso pintado donde entre plantas y flores lucían intercalados gallardetes. Grandes losas de arenisca cubrían el piso que mide unos 6 por 6 m; bancos huecos rodeaban la habitación que a la vez servían de arcones. En el suelo, una excavación para el fuego, un caballete y un respiradero para el humo, que fungía de chimenea rudimentaria.

Nos cuenta el autor que en todas partes había rastros de vida..., y de muerte también. Al levantar la tapa de los arcones descubrieron objetos de uso personal, bolsas de piel de ante con afeites para el rostro; adornos de conchas; varas de madera pintadas y con penachos plumosos para las devociones; amuletos; ropas de ante; atuendos de plumas; saetas de caña y puntas de pedernal; máscaras y cuernos para las ceremonias religiosas. Pero lo más impresionante de todo el contenido del torreón eran los moradores que se encontraban allí, tendidos aquí y allá relata Hibben, cada uno en diferente actitud yacían dieciséis cuerpos momificados, que revelaban con muda elocuencia su trágico fin. No había dudas de que el torreón había sido atacado, muriendo sus moradores que habían sufrido, además, el fuego provocado por flechas incendiarias, que al quemar el techo y este desplomarse, arrastró a los que luchaban en el parapete. El fuego y el clima se conjugaron para preservar los cuerpos como en los momentos últimos que vivieron.

Aparentemente, las piedras dieron muerte a una mujer tendida sobre un arcón con gesto de intenso dolor, tenía dieciséis saetas carbonizadas clavadas en el pecho y el estómago. Otra mujer quedó atrapada por las piedras, con una flecha en el hombro. Sus cabellos partidos por la mitad, y dispuestos a cada lado de la cabeza en tres trenzas sujetas con tiras de ante pintadas y reunidas en moño sobre la nuca; la raya del peinado estaba pintada de rojo. Los guerreros, tendidos en el suelo; uno llevaba en la mano tres arcos y un haz de 27 flechas, con seguridad que distribuía las armas, murió de un hachazo; otros de sus compañeros cayó con un hacha de piedra de filo dentado hundida en el cráneo.

En el hueco de la chimenea un jovencito de unos quinces años, con los cabellos entretejidos en largas trenzas, había tapado el respiradero; al parecer, vivía aún cuando se desplomó el techo, ya que solamente la parte inferior de su cuerpo estaba carbonizada. En la espalda lo había herido una flecha; su rostro expresaba el espanto y la terrible agonía del dolor de todo lo descubierto, fue el caso más patético para descubridores.

Todos los torreones contenían la misma y aterradora respuesta: asalto, incendio, mujeres y hombres defendiéndose aunque perdieran la vida. Ni siquiera saber quién construyó los torreones, ni el pueblo que les enseñó su construcción por haberlos eregido antes, nada se sabe; ni tampoco conocemos qué otro grupo los exterminó fríamente. Se calcula que la construcción de los torreones databa de 1143-1248, estimándose que no pertenecían a la familia pueblo los habitantes de la Gallina.

Loza conocida en Nebraska y en el valle del Mississippi fue encontrada en una de las torres; además, cultivaban otra clase de maíz y variedades de calabaza que sembraban pobladores de las cercanías de Iowa Missouri. Cerca de los torreones se encontraron pozos de 10 a 16 m de diámetro bien profundos, al parecer destinados a casas primitivas de los primeros pobladores de la región. Se deduce que los constructores de las torres procedían de las llanuras, estableciéndose allí varios siglos antes del asalto final, después de elegir esta hermosa pero escarpada región donde aprendieron a construir lo que parecen castillos medievales. Y es hacia 1250 que arrasan y queman uno tras otro todos los torreones acabando con sus habitantes a la vez. Sólo las fechas que permanecen clavadas en los momificados cuerpos llevan la marca del dueño: no eran navajos ni apaches –los únicos que marcaban las saetas con tres plumas y el distintivo en el cabo del asta pintado, eran los pueblo, que las fabricaban de cañas y madera con una pequeña punta pedernal.

¿Habrán descubierto ahora –1999- lo que realmente ocurrió en los altos torreones de la Gallina hace tantos siglos...?

En aquel Norte amerindio se hablaban muchos idiomas, llevando los Jefes nombres muy curiosos no olvidados por sus descendientes. Hombres de experiencia y observadores, para algunos males físicos empleaban el baño de vapor, conservándose fuertes y ágiles para las largas caminatas que emprendían frecuentemente.

Gran variedad de etnias integraron el vasto territorio donde aparecen los iroqueses los lawaros, powhatan, algonquinos, arapajos, blackfeet, creek, cheyennes, taten-dakota, comanches, cheroquíes, seminolas, navajos, apaches, mojaves, yumas, y otros más, con asentamientos en el Este, los Grandes Lagos, los Llanos, el Sur, el Sudoeste del país... Pero entre los nombres conocidos que brilla como un astro está el de Pocahontas, criaturita animada por un compasivo y tierno corazón.

Mateaka era su nombre verdadero; Pocahontas, la Juguetona, le decía su padre el Jefe de los Powhatas, Wahunsonacock, surgiendo, según Donald Culross Peattie, ligera como una gacela de los bosques de la leyenda para entrar en los despejados campos de la Historia.

Pocahontas. ¿Quién era esta pequeña...? Pues era una niña cuando conoció al capitán John Smith, que llegó a Virginia con los tres barcos que fondearon en la bahía de Chesapeake en abril de 1607 con la intención de fundar una colonia a la que dieron el nombre de Jamestown. Los compañeros de Smith llegaron en pos de fáciles riquezas, lo que no agradó al joven capitán que saltó a tierra en busca de alimentos, encontrando nativos que contribuyeron con maíz. En otra tentativa lo capturan, reconociendo en él a un hombre superior; lo pasearon por todo el pueblo, triunfantes, para luego llevarlo a los pies de Wahunsenacock el Gran Powhatan.

El padre de Pocahontas, sentado en el trono, esperó al prisionero rodeado de guerreros y de las mujeres más cercanas, pintados ellos, ellas adornadas con cuentas de madreperla. Todos miraban fijamente al capitán y con seguridad también tenía la pequeña Pocahontas sus ojos sobre John Smith. El capitán conocía algunas palabras de la lengua de estos hombres y para ganar tiempo hablaba seguido, desesperadamente. Como tenía una brújula la mostró al Gran Jefe señalando el Polo Norte, la rotación de la tierra, los eclipses, dando tiempo, hasta perder el aliento. A pesar de su amable comportamiento como lo exigían las costumbres nativas, Wahunsenacock hizo la señal de muerte. John Smith, arrodillado, colocaba su cabeza sobre una piedra mientras los ejecutores alzaban los brazos, las mazas en las manos para aplastarle el cráneo. Alguien gritó, gritó que resonó al brotar de los labios de la niña que corriendo velozmente abrazó al capitán para evitar su muerte. El Jefe, ante el gesto de la chica dio contraorden, ya que entre los Pieles Rojas se acostumbra que una mujer puede salvar a un condenado a la última pena: El Jefe Powhatan complacía a su hija; John Smith salvó la vida por el gesto de Pocahontas, regresando a Jamestown donde faltaban víveres: los colonos, prácticamente, se morían de hambre.

Pocahontas, desde entonces, visita la colonia atravesando el bosque acompañada de mujeres y guerreros, llevándoles maíz en grandes cestos, carne de venado y pavos silvestres. Semanalmente, la linda muchachita llevaba a los ingleses los dones de la selva, siendo el capitán el primero en las atenciones de la jovencita, que jugaba con los pequeños y en secreto hablaba con Smith lo que tramaban contra él junto a su padre; los nativos buscaban expulsar a los carapálidas al mar. Pocahontas, como ángel guardián, atravesó los bosques una noche para referirle que su gente los tenía cercados y se marchó.

Un día, John Smith enfermó y salió para Inglaterra. Pocahontas, bañada en lágrimas, dijo adiós al querido capitán. Desde entonces, la linda muchachita no volvió al fuerte ni los ‘indios’ llevaron provisiones... Después, los Pieles Rojas atacan Jamestown; los colonos capturan a la princesita como rehén, que había cumplido diez y ocho años y era la más hermosa de las chicas nativas. Cautiva, conoce que John Smith había muerto en un naufragio frente a las costas de Bretaña. Los ingleses respetaron la pena que mordía su corazoncito noble, tratándola como a una princesa por su carácter digno y adorable.

Pero Rolfe no perdía de vista a la muchacha, que aprendía el idioma inglés las costumbres y la religión de aquel país, despertando en el joven sentimientos hasta que confesó que estaba enamorado de una mujer de diferente educación, otras maneras y estirpe discrepante con la suya. Pero el amor es así: John Rolfe se casó con ella en 1614, en el mes de abril; Pocahontas ya había adoptado el nombre de Rebeca. A partir de ese matrimonio se mantuvo la paz entre los Pieles Rojas y los blancos, y Virginia pudo asegurar su desarrollo con grandes ganancias para los ingleses en el cultivo del tabaco.

Desde Inglaterra, un barco cargado de muchachas fue muy bien recibido por los hombres jóvenes de la colonia inglesa, fundándose nuevos hogares y naciendo nuevos niños que aumentaban la población. Las jóvenes blancas que arribaron a Jamestown agradecieron a Pocahontas su buena voluntad, pero no encontraron a la princesa de estas tierras, porque en 1616 Pocahontas, junto con su hijito, acompaño a Rolfe a Gran Bretaña, y allí, supo que John Smith estaba vivo! Cuando la indiecita, convertida en una elegante señora lo encontró en Londres, las palabras brotaron impetuosas de sus labios y exclamó: Siempre me dijeron que usted había muerto, y no supe que era mentira hasta que llegué! Al despedirse de Smith se desmayó.

Todas las bondades de la princesita hacia el capitán Smith y los ingleses de Virginia fue informado a la reina en carta que el capitán le dirigió.

Entonces, la linda historia se difundió y fue presentada en la corte donde Lady Pocahontas como heroína recibió la bienvenida en el palacio real.

A veces el capitán Smith la visitaba en Londres, evitando verla cuando el esposo regresó a Virginia. Ella no era capaz de comprender que Smith tomó esa decisión para que no surgiese duda alguna que empañase el nombre inmaculado de Rebeca.

Llegó el día en que la señora Rolfe iniciara el viaje de retorno a la colonia junto a su hijito. En Gravesend enfermó gravemente de viruelas y pronto supo que no se salvaría; más, no se acobardó, expresando su alegría de que a su hijo nada le ocurriría, lo que deseaba con maternal amor. Pocos días más tarde y en tierra extraña y entre ajena gente, la Princesita de los Pieles Rojas cerró sus ojos para siempre. Su padre, el viejo Wahunsanacock la seguiría doce meses después, y trece años más tarde el capitán Smith habría de reunírsele en la tumba. Nuevamente, cuando los que habían amansado los ánimos concertando la unión de Pocahontas y John Rolfe ya no existían, nuevos ataques ponen fin a una era de paz y es John Rolfe el que cae en esta ocasión.

Su hijo Thomas que lo es también de Pocahontas, los sobrevivió, y muchas personalidades importantes descendieron de él tanto en Virginia como en la brumosa Isla. Son los Randolp, orgullosos de un antepasado como la hermosa y distinguida Pocahontas, la que salvó la vida al capitán John Smith.

Matoaka Pocahontas Rebeca Rolfe está considerada como la madre de los primeros colonos de Jamestows, pueblo que existe como monumento nacional en recuerdo de la hija del Powhatan... Peattie concluye su trabajo sobre esta mujer, símbolo de femenina piedad, de esta manera: Todo respira desolación en este lugar de heroicos recuerdos, donde aunque no la vemos, una figurilla bronceada da volteretas en césped bajo la dorada caricia del Sol...

Completando la historia de Pocahontas insertamos la versión tomada de IN BRITAIN/marzo/1968, donde D. E. Wickln nos ofrece su visión del significado de la célebre princesa Piel Roja en la Historia de Inglaterra. He aquí, vertida al español en interesante interpretación del alumno de 4to. Año de Inglés Alexis Pérez Paniagua, del Instituto Superior Pedagógico de Las Tunas, Cuba.

Título: Pocahontas. Es de bronce. Es hermosa. Es Pocahontas, la estatua, tan encantadora y natural que no se necesita decir de quién es. Se encuentra expuesta fuera de la Iglesia de St. George de Graveset, en Kent. Viste un traje indio de color rojo y lleva una pluma entre los cabellos. Los que la contemplan por primera vez se preguntarán qué está haciendo aquí, en el puerto del Támesis, tan lejos de las tierras de su gente.

Retrocedamos varios siglos hasta llegar a principios del XVII a Virginia, donde los inglese fundaron la colonia Jamestown. John Smith fue uno de los fundadores, un barbudo soldado, venido de Willeughby en Lincolnshire, que fue prendido y condenado a muerte por el Powhatan, Jefe supremo de todos los Pieles Rojas locales. Pero Pocahontas, la hija del Jefe, 13 años de edad, salvó la vida del inglés arrojándose entre él y sus ejecutores, cuando Smith estaba en el suelo cerca de dos piedras colocadas ante el Powhatan, con la cabeza caída delante de los guerreros preparados con sus porras para la ejecución, cuando Pocahontas, la queridísima hija del Powhatan, tomó la cabeza del acusado entre sus manos para salvarle de la muerte, a lo que accedió el Powhatan, alegrándose de que no fuera ajusticiado. ¿Estaba la hija preferida del rey enamorada de Smith, a quien ella describía como ‘el gran hombre de su corazón’? Quizás, porque su mediación trajo la paz por un tiempo entre nativos y colonos de Jamestown. Ella, más tarde advirtió a Smith que entre sus gentes se intentaba la muerte de los colonizadores; otra vez llevó carne y cereal a los hambrientos hombres blancos.

Cuando Smith retornó enfermo a Inglaterra la jovencita fue atrapada por los ingleses, y éstos le informaron que John Smith, su ‘hombre de barba’ había muerto. Andando el tiempo se casó con otro colono, John Rolfe, el primer inglés que cultivó tabaco en Virginia. En 1616 adoptó la fe de su esposo bajo el nombre de Rebeca Pocahontas y acompañó a Rolfe a su país siendo acogida como una princesa virginiana en la corte del rey James I.

También en Londres se encontró con el capitán Smith. ‘Me dijeron que estaba muerto’ gritó ella. Sintió que descubrir que estaba vivo le partía el corazón. En verdad, su salud se quebrantó después del encuentro; en 1617 hizo planes para regresar a su tierra natal.

Según una versión murió cuando se encontraba a bordo de un barco rumbo a Virginia, surto en aguas del Támesis. Fue enterrada el 21 de marzo en el puerto más cercano, Gravesend, donde el registro de la Iglesia de St. George hizo constar el funeral de Rebeca Wrolfe, esposa de Thomas Wrolfe Gent, una dama virginiana de porte. Como descripción, una muchacha india Piel Roja, de 22 años de edad; el nombre de su esposo parece estar incorrecto, es su pequeño hijo el que llevaba Thomas como nombre, esto pudo ser motivo del error que aparece registrado en su defunción.

En 1737 la Iglesia de St. George fue destruída por el fuego, pero muy pronto fue construído el edificio actual que se convirtió en capilla Anglo-Americana de unión entre los dos pueblos y de Memorial para Pocahondas. En 1974 se colocó una placa en el entrecero y dos vitrales en memoria de la Princesita India Piel Roja. Ambas obras fueron solicitadas por la Sociedad de Damas Coloniales de América, llevando la placa esta inscripción: A LA AMIGA DE LAS TEMPRANAS LUCHAS DE LOS COLONOS INGLESES.

La estatua de Pocahontas tamaño natural, fuera de la iglesia, es semejante a la que puede verse en Jamestown, y fue donada por el pueblo de Virginia e inaugurada en 1958 por el entonces Gobernador de ese Estado, Mr. John S. Battle. Cerca se plantaron árboles de cornejo como recuerdo de la ciudad natal de la hija del Powhatan.

En Heacham, villa de Morfolk donde nació John Rolfe, Pocahontas aparece en una estatua de alabastro, en la Iglesia de St. Mary. Su vestuario incluye un sombrero alto y un collar de encaje rígido, atuendo con el que visitaba la corte del rey James, y con el que aparece en un retrato en la villa de Heacham, de pie.

Rolfe regresó a Virginia; su hijo Thomas se educó en Inglaterra; luego pasó a América y a través de él varias familias distinguidas reclaman la directa dignidad real de Pocahontas. Una de sus descendientes era Edith Belling, la segunda esposa del Presidente Woodrow Wilson. La otra fue Nancy, Lady Astor.

Londres recuerda a Pocahontas con uno de las más exquisitos ejemplos de la escultura moderna para exposición al aire libre: se trata de un desnudo de bronce, de David MacFall, expuesto en la Plaza Red Lion Square, Holbern. Con el cabello trenzado cubriéndole los hombros, la princesa virginiana se inclina junto a la vuelta de una de las calles de mayor tráfico, sosteniendo en una mano una flor de tabaco que contempla con regia serenidad.

Cerca de una milla al Norte de la playa Red Lion Square se encuentra Lufgate Hill en la ciudad de Londres. Aquí, en 1616 John Rolfe y Pocahontas permanecieron en el albergue Bell Hin, que más tarde recibiría otro nombre el de Belle Sauvage, donde se conserva un retrato de Pocahontas exactamente fiel. En 1951 cuando el mesón dejó de serlo, pasó a la firma de Cassell, que usó una fotografía (un retrato) de Pocahontas como emblema de la Casa. Después de la Segunda Guerra Mundial, Cassell se mudó para Red Lion Square porque su antiguo centro de Ludgate Hill había sido destruído por las bombas alemanas.

Londres tiene una estatua al aire libre de John Smith que se encuentra de pie al lado de la Iglesia de St. Mary-le-Bow en Cheapside, donde las campanas fueron regaladas por la Fundación Jamestown. No esta muy lejos la Iglesia de St. Sepulchre-Without-Newgate donde Smith, que vivió en las cercanías de Snow Hill unos doce años, fue sepultado en 1631. Incidentalmente, el Sat. Sepulchre’s tiene otro vínculo con América por Roger Williams fundador de Rhode Island nacido en esta parroquia. La fuente donde fue bautizado aún permanece en la Iglesia.

En Pocahonta se rinde homenaje de veneración y recuerdo a todos los que integraron las diversas culturas y civilizaciones que a su arribo encontrarían los europeos. No eran salvajes! Únicamente defendieron sus derechos mientras los hombres de las viejas culturas que los encontraron no quisieron comprender en su ciega avaricia, los valores morales y culturales de los Nuevos Hombres!

Quinientos años atrás en la parte nórdica continental se encontraban grupos humanos diversos como los inuits, o esquimales, y los indios, las poblaciones más antiguas de esta región tan vasta. Los primeros ocupaban las partes más heladas donde se contaban por millares los habitantes de etnias y lenguas diferentes. De su permanencia en aquellos lugares han quedado nombres en lagos, ríos y montañas que los hacen recordar. Y un día aparece un fotógrafo, el hombre que dedicó sus mejores años a viajar, que se impuso la misión de retratar en un enorme espacio de tierra, a sus habitantes casi en total estado de extinción. Llevaba este fotógrafo el nombre de Edward S. Curtis, y está considerado como el mejor al captar la imagen física de los nativos, que ‘copia el alma profunda de ese mundo...’

Casi un siglo después conocimos la obra de Curtis a través de las páginas de una revista mexicana (1995). Noventa años antes estos retratos resultaron impresionantes al Presidente Teodoro Roosevelt, además de los relatos que los acompañaban, labor a la que dedicó Curtis 34 años de su vida, reflejando en su obra la verdadera existencia de aquellas poblaciones que aún vivían. Desde el Norte de México hasta las congeladas regiones donde moran los inuits, la cámara de Curtis no cesó de fijar todos escenarios inmortales a la vez que los rostros crecidos en ellos, los sitios de lucha y de dolor donde duermen para siempre multitudes de hijos de este continente. Porque Edward S. Curtis se ganó la confianza de aquellos seres marginados por los avances de otra cultura y otra época. Sus retratos son testimonios inolvidables, vívidos en los miles de imágenes de unos hombres que quedaron atrás por obra de los blancos colonizadores. Alguien, con el mismo espíritu de este voluntario del lente, debió de dedicar sus esfuerzos a la misma causa: captar y así inmortalizar las etnias todas que lastimosamente han ido desapareciendo ya de nuestro mundo!

Por esa obra inestimable, digna de ser reproducida para admiración del universo nuestro, se recuerda en estas cuartillas el decidido valor y la profunda comprensión que acomañaron a Edward S. Curtis en su noble empeño, con el deseo de que sirva de estímulo a algún lector de estas páginas, inspiradas en relatos e historias sobre nuestros antepasados!

De algunos destacados caciques han quedado sus nombres, registrados en la memoria de sus descendientes; hemos elegido al azar algunos de ellos por su proceder valiente ante el extraño que llegaba como conquistador violento, pasando así a la historia los caudillos de los Pieles Rojas Cochise y Pontiac; Tecumased, el guerrero Shawne; el Jefe Seminola, Osceola; Caballo Loco de los Sioux; Mano Amarilla y Gerónimo, el Apache rebelde lobo del desierto; Halcón Rojo, el legendario dirigente de Sioux; Oso Sentado, arrogante rey de los Arikara, Sealttle, el defensor de su tierra en una carta a un Presidente..., que combatió una docena de veces defendiendo su terruño, e infinitos apelativos más que harían interminable esta relación no dando fin a este relato. También Squanto en otro aspecto, el que viajó a Inglaterra donde aprendió el idioma para luego, cuando los Peregrinos arribaron a Plimouth (1620) servir de intérprete entre los nativos hermanos y los recién llegados, mostrándoles el cultivo del maíz y dando a conocer la fauna de que podían disponer.

En aquel Norte amerindio además de múltiples lenguas y dialectos y diferentes etnias entre los millares de seres humanos establecidos en esos territorios, nos vienen nombres dados a ríos, montañas o lagos, permanentes hoy en todo su valor; entre ellos podemos señalar el de Chigago-Shicau-ge voz aplicada a un río que atraviesa la ciudad industrial de Chicago actual, y como ésta ¿cuántas más a lo largo y ancho del continente nuevo continuarán respondiendo a los nombres que desde siempre impusieron sus hijos ya lejanos...?

Confiamos que estas Historias llegarán hasta los vivientes hijos que todavía forman parte de los pueblos de toda nuestra América, descendientes de lejanos progenitores que fundaron sociedades en esta parte del globo de las que estamos agradecidas incontables personas, por su grande e inmenso aporte a nuestra civilización; sean estas palabras el reflejo de los más puros deseos de la Autora y hermana vuestra; Por ellos y para ustedes son esos sentimientos...

Ishi o el Hombre: El último de los yana, dueños del territorio de California desde tiempos ancestrales, donde la población autóctona tenía a su alcance las riquezas de la vegetación y de la caza, abandonó las regiones donde vivía escondido y una noche alcanzó, agotado, una pequeña ciudad.

Corría el verano de 1911; un carnicero despertó a los ladridos de los perros y salió a buscar el origen de la llamada de sus canes y descubrió a una famélica y extraña criatura que estaba arrinconada contra una de las paredes de su casa. Su aviso al comisario trajo como consecuencia que el ‘salvaje’ fuese esposado y conducido a una cárcel donde se le encerró en una celda dedicada a dementes... Al divulgarse la noticia ésta atrajo la curiosidad: todos querían conocer al prehistórico hombre americano. Para Ishi, que esperó la muerte como tantos de sus hermanos de raza, la cárcel y el alimento recibido en ella fueron excelentes para él. Y tuvo un buen recuerdo de esos blancos, pese a todo el mal que los suyos habían recibido anteriormente. Porque la colonización de California en la búsqueda de oro, trajo la apertura de caminos donde, entre los bosques, se habían establecido los pocos yahi que quedaban, y opuestos a perder sus valles, resistieron. Se sabían despreciados por la nueva raza y ya, alrededor de 1872 se daba por seguro que no existía ni un solo miembro de aquel humano.

Entonces, los yahi decidieron volver a ser errantes como en los lejanos tiempos ya olvidados y se internaron entre las boscosas montañas californianas, donde se ocultaban en los desfiladeros los miembros de lo que constituía la nación más pequeña del mundo en habitantes. Y siendo tan pequeño, el grupo sacó fuerzas para resistir mucho más que nativos pertenecientes a otra etnia. Eran valientes los que vivían ocultamente entre las espesas arboledas detectados solamente por el humo de las fogatas imprescindibles. Cuentan que quedaban sólo doce hombres que no queriendo esclavizarse prefirieron la vida al aire libre como bestia perseguida antes que caer en poder de los colonos.

Sin descanso, precavidos, como errabundo grupo correteaban tras la caza o los frutos. Cansancio, sed, edad, enfermedades, sus enemigos más cercanos, y fueron acabándose hasta que no quedaron más que Ishi, su anciana madre, su hermana y un viejecito. Pero uno de esos día llegaron al refugio unos ingenieron: todos huyeron, sólo la madre de Ishi inválida, quedó allí, llevándose los alimentos y lo necesario, los desalmados visitantes. Ni el anciano ni la hermana retornaron. Ishi quedó como único sobreviviente de los yanas pues su madre pocos días más tarde del asalto falleció.

Por cinco años vagó Ishi entre los árboles hermosos de los bosques de su tierra, y temió más a la soledad que al hombre blanco, decidiendo salir en busca de los que acabaron con su mundo, aunque le privasen de la vida.

Cuando el profesor Alfred L. Kroeber, antropólogo, conoció la noticia, envió al también profesor Waterman para que se entrevistara con el comisario; y Waterman, conocedor de los habitantes del territorio californiano, dominaba sus lenguas y se acompañó de un vocabulario de las hablas de los diversos grupos nativos. Ante Ishi leía y volvía a leer las diferentes listas de palabras, hasta que el rostro del cautivo se iluminó ante la voz siwini, término que significa ‘madera’ en lengua yana. Comprendiendo que podía comunicarse con alguna persona, Ishi no se sintió ya solo, y con el permiso del comisario el etnólogo Kroeber lo trasladó para la Universidad de California; donde se sorprendieron de que aquél ser que salía de la Era prehistórica al que le calculaban medio siglo de edad, pudiese adaptarse tan pronto al siglo XX, y aprender una y mil cosas desconocidas para él, sin inmutarse al enfrentarse con novedades como el ferrocarril, el ferry-boat, el cine, los aviones y los rascacielos, viajando, comportándose y comenzando una nueva vida como si fuese un blanco más. Como un valiente aceptaba todos los inventos con naturalidad, sin miedo ni emociones negativas. Como invitado, en las comidas no cometió torpeza alguna, pues buen observador como buen ‘indio’, siempre cuidó mucho sus modales.

Desempeñó el cargo de asistente del portero del Museo de la Universidad, y cobraba como todos los empleados su salario cada mes en un cheque: Ishi no sabía escribir y para el cobro, aprendió muy pronto a firmar aquel papel. Se creía que sus conocimientos eran muy pobres, pero bien pronto Ishi asombró a Kroeber llevando buena cuenta de más de 80 dólares que había economizado. Estos hombres solo se refieren a altas cifras cuando cuentan con cierta cantidad de objetos o de prendas. En este caso eran monedas.

Grande fue la sorpresa de Ishi cuando se encontró en San Francisco y no cesaba de repetir: Muchos blancos! Muchos blancos!

Jamás ningún nativo ha confiado su nombre verdadero a hombres de otra raza: Ishi obró igual y no reveló el suyo diciendo que lo había olvidado de tan viejo que era ya. Ishi, en lengua yana significa ‘hombre’, y por eso Kroeber lo llamaba así. Este hombre fue capaz de adaptarse al medio que lo acogió, algo increíble; en poco tiempo pudo sentirse bien entre los blancos en medio de una civilización que había avanzado mucho respecto a su cultura. Su raza, su grupo, su familia y su lengua habían desaparecido ya, así como las tradiciones y leyendas de su cultura...

En el tiempo que vivió en la Universidad de California, Ishi pudo transmitir a los etnólogos toda su sabiduría precolombina, la viva voz de una sociedad que ya había muerto, quedando en su memoria los recuerdos, las costumbres, las técnicas que usaban y las experiencias de que se valía en el pasado, toda su casta. Mostró sus habilidades tallando puntas de sílice y obteniendo fuego frotando dos maderos; como sus antiguos padres, podía fabricar flechas y otras armas, todo esto ante un grupo de observadores maravillados de sus dotes primitivos.

Volvió a los valles donde se establecieron sus últimos parientes y donde acabó tornándose un hombre errante y solitario. Llevó a sus nuevos amigos a la región donde pasó su vida con el ánimo de que conocieran formas de existencia anteriores a la vida histórica, con todo lo que de agradable o contradictorio hubiese en ella. Ante los científicos, Ishi pudo revivir por vez postrera la última experiencia de su destino como etnia, todo lo que su vida en aquellos parajes hermosos solitarios y selváticos había sido. Y para aquellos hombres del siglo XX fue una suerte compartir los secretos de aquel ser humano, con el Hombre venido de las profundidades del pasado, esas horas, ese tiempo, que sirvió para mirar y conocer de otro modo la Naturaleza, y a existir de otra manera con la pura visión de un cazador Neolítico.

Las primeras horas que pasó en su tierra, en su mundo del pasado, fueron muy gratas para Ishi: a los recuerdos de la niñez y juventud se añadieron los de los últimos tiempos, en los que perseguido y aterrorizado pasaba tantos días de soledad, vagando hambriento, escondido y temeroso de los hombres blancos, a los que no podía llamar hermanos y sí asesinos de su grupo exterminado ya! Aprisa se despidió de su pasado. Tomó el tren y partió con sus amigos del territorio de sus antepasados para tornar al mundo de los blancos que lo acogía ahora como a un hijo.

Fuerte era Ishi, pero enfermó. No resistió su cuerpo el mal de los blancos, el bacilo de Koch, que se hundió en sus pulmones hechos a la oxigenada libertad, traicionero y mortal como una daga. Y así, después de cuatro años de convivencia con gentes de este siglo, tan semejantes y tan distintos a él, en una época diferente, avanzada y difícil de entender, pasó sus últimas horas en el Museo de Etnología, que para Ishi era ya su hogar. Y allí, sin queja alguna, dejó de existir el último de los yani –una cultura que desaparece, una lengua que se borra, un Hombre que extinguió su raza definitivamente!

Fue incinerado Ishi tal y como él y los suyos lo hubiesen querido un día. A su lado, como ofrendas, le colocaron su arco y las flechas, y las conchas marinas que tanto le gustaban: junto a Ishi, el último de los ‘indios’ yana, que dejó de existir en 1916.

Un pasado que pudo continuar junto a las nuevas gentes formando una nación, y que se apaga por obra y gracia de una civilización de la cual somos parte integrante, aunque no compartimos sus criterios estrechos de destrucción, de muerte, de desapariciones masivas... Porque Ishi perteneció a una raza de este continente; era algo nuestro, merecedor de continuar su vínculo con la vida en esta Tierra y el Destino que lo vieran nacer un día entre boscajes...

* Hace de 40 a 60 millones de años, en Kamchatka crecían secoyas, vides, lianas, nogales y otras especies de la flora subtropical. Los paleontólogos han descubierto huellas de hojas, pinochas y semillas de antiguas plantas en las sedimentaciones de rocas. Se ha reunido una gran colección y se ha incluído en el ATLAS DE LA FAUNA Y LA FLORA DE KANCHATKA.