Chile

Civilizaciones y culturas precolombinas

Mi agradecimiento a Nora Guevara García, Chilena, Profesora de Lenguaje,
por el valioso tiempo dedicado a la revisión y corrección del contenido de este texto,
Blog: noraguevaragarcia.blogspot.com
Email: nora.guevara.sip@gmail.com
 Juana María Pérez
Febrero 7, 2013

Los mapas consultados nos presentan a Chile como una faja de tierra que se encuentra entre la Cordillera de los Andes y el Océano Pacífico –montañas y Costa-, con valles en la parte central, y al Norte una meseta árida o desierto de Atacama. Es país de volcanes, con el Cabo de Hornos como región glacial, con notables variaciones climáticas como resultado de la configuración Norte-Sur, alargada y angosta, de esta tierra chilena. El desierto, el paisaje mediterráneo, los lagos, los bosques australes, fiordos, y tundras, hacen de éste uno de los países más interesantes del continente.

Poblaban esta tierra numerosas etnias cuando arribó el hispano, que ya los Incas habían alcanzado con su civilización llegando hasta el río Maule. Al Norte estaban establecidos los tacamos en pequeños poblados, donde trabajaban el oro, la plata y el cobre, y cultivaban la tierra además de cuidar sus rebaños de llamas ya domesticadas.

Los changos, menos desarrollados, habitaban la Costa. Hacia el Sur y hasta el archipiélago de Chonos moraban los araucanos, menos cultos que los atacamos pero muy amantes de la libertad por encima de todo; eran muy valientes hasta el punto de que el español tuvo que esperar tres centurias para someterlos. Agrícolas eran sus faenas además de criadores de llamas y otros animales. Pero los indómitos araucanos opusieron tenaz resistencia a las avanzadas españolas, y no fue fácil la lucha. Todavía habitan al Sur de Bío-Bío, el mayor río de Chile, en la fría y lluviosa región del país.

Esta tierra conformada por la Cordillera Andina y el litoral Pacífico, es famosa por la valentía de sus hijos desde la antigüedad; más, las enfermedades transplantadas por los descubridores, diezmaron a los nativos, mientras otros sobrevivientes se mezclaron en mestizaje obligatorio.

Los alcalufes viven alrededor de Puerto Eden en los canales fueguinos; al Sur de Bío-Bío se encuentran descendientes de otras poblaciones antiguas; hacia el Norte permanecen los atacamas y los changos; hacia el Sur, changos y fueguinos marítimos (onas y yagames), los últimos y escasos habitantes que restaban de un tronco casi extinguido.

Entre el Río Bío Bío y la Isla de Chiloé existen hombres que se caracterizan por su apego y defensa de la tierra; los españoles los llamaron araucanos, aunque ellos mismos se llamaron mapuches** o gente de la tierra, y han mantenido costumbres y tradiciones del pasado, y poseen una artesanía que los enorgullece. La población autóctona de Chile, antes de la colonización, estuvo integrada por comunidades étnicas, pertenecientes principalmente a los pueblos diaguita, picunche y mapuche.

El desierto de Atacama, en la altiplanicie chilena, dio su nombre a una cultura de importancia, que dejó muestras muy notables de su quehacer, entre las que se encuentran tablillas de rapé. Se considera este grupo como viajeros y comerciantes, ya que cerámica de Tiahuanaco y del Sur del Perú, se han descubierto en los establecimientos del grupo étnico del desierto, además de viviendas de piedra, construidas en hileras y rodeadas de murallas. En las tumbas aparecen objetos de madera, atavíos para llamas, campanas, cajas decoradas, vasos, cuchillos, tablillas para el rapé con hermosos mangos tallados, numerosos utensilios de madera trabajados en una sola pieza, con figuras humanas y zoomorfas, obras en las que influyó notablemente el estilo Tiahuanaco, como en la cerámica de Atacama. En la alfarería y otras manifestaciones artesanales, de atacameños y changos, se notan diferencias, tal vez debido a que los changos eran pescadores costeros.

La población fronteriza con los diaguitos del Norte argentino, dejó en esa región de Chile sus huellas, en una cerámica similar a la diaguita, pero con particularidades propias en las figuras que decoran las vasijas, volúmenes y coloración, algunas más sólidas y de menores dimensiones. Aquí se encuentran las urnas diaguitas, pequeñas y adornadas con estilizadas siluetas humanas en el cuello, copas pequeñas de fondo liso y paredes verticales coloreadas de rojo, gris o negro sobre fondo blanco. Prevalecen los motivos geométricos, y las líneas, espirales y cenefas alternan con rostros humanos y animales, en los que se advierte el gusto del creador. Al parecer, la cerámica nasca influyó también en este grupo.

Hay hallazgos arqueológicos sorprendentes que también duelen un poco, como el de un cuerpo pequeñito, un niñito inca, cuya momia diminuta fue descubierta en la cima del Cerro de El Plomo, distante unos 40 km de Santiago de Chile. La historia, recogida hace cuatro décadas por una publicación continental, relata que durante treinta años, Guillermo Chacón buscaba una mina de plata sobre el citado Cerro, encontrando, en 1954, en las alturas de El Plomo, el cadáver congelado de un niño que había sido sacrificado unos cinco siglos o más, sobre la explanada de una cima de la colina andina.

En 1950 Chacón tras el tesoro soñado, encontró algunos objetos de plata labrada, cada vez que disponía de tiempo, subía a las alturas y hurgaba un poco en el suelo, y luego se marchaba sin encontrar la mina. Pasó el tiempo, contaba con dos amigos de confianza que lo acompañaban, pero uno falleció y el otro marchó a la Argentina. Los años pasaron, y ya con 80 años sobre sus hombros y la pérdida de la mano derecha, Chacón no podía como antes utilizar sus instrumentos para continuar la búsqueda. En el último intento, otros amigos le impidieron escalar el Cerro por su edad, pero ellos, decididos, alcanzaron la cima, excavaron, bajando con un bolso entre las manos, un pequeño envoltorio que llevaba, al parecer, más de medio milenio sobre la cúspide de la helada montaña.

Para los antropólogos fue un hallazgo impresionante, y para los arqueólogos igual. Greta Mostny fue la encargada del estudio de la momia del niñito de 9 años, en estado de casi perfecta conservación, la que bautizaron con el nombre de ‘el principito Inca’. Era la primera momia hallada en suelo chileno, acompañada de distintos objetos tales como plumas blancas y rojas, hojas de coca, una figurita femenina, una bolsa tejida de lana que contenía cabellos, dientes infantiles y amuletos, la figura de una pequeña llama trabajada en oro y plata, y otra llama, esta vez en una concha se realiza la obra.

Vestía el pequeño príncipe una falda de lana ribeteada con lana de vicuña.

Todos los cuidados requeridos fueron dedicados a la pequeñita momia infantil, la más valiosa adquisición venida del pasado, proveniente de un mundo ya perdido, que yacía enterrada en las frías alturas de un monte a 5 400 metros sobre el nivel del mar.

Por su atavío, así como por los diversos objetos que lo acompañaban, se consideró al pequeño de casta superior, tal vez el hijo de una princesa Inca. Muchos años de estudio profundo se dedicaron a esta criatura, preservada durante varios siglos en aquel medio, y la conclusión fue que pudo ser una criatura sacrificada a Inti, el dios Sol, como tributo...

La posición del pequeño dentro de la cámara elegida como tumba, era sentada, con las piernecitas encogidas, apoyando su pequeña cabeza sobre sus rodillas, ‘con la apacible expresión de alguien que se ha quedado dormido...’

Con pintura roja y amarilla colorearon la carita los que le condujeron a la cima, vestido con ropaje y manta de lana de vicuña, llama y alpaca; lo adornaron con un pendiente y un brazalete, de plata; su peinado consistía en más de 200 trencitas y adornaba su cabeza un penacho de plumas de cóndor. Una bolsa con hojas de coca y pequeños sacos conteniendo más hojas de esa planta, estaban a su lado, con cinco hebras de lana roja, motas de pelo, recortes de uñas y dientes de leche.

Como los Incas creían en la reencarnación, se considera que todo lo que acompañaba al niño sería necesario en ese tránsito, además de las ofrendas funerarias en forma de camélidos andinos y la de una pequeña figura de mujer, hecha de plata, profusamente ataviada con lujoso tocado sobre la cabeza. Las investigaciones realizadas sobre el cuerpo del pequeño Inca, finalizaron en 1986, revelando que había muerto de frío, embriagado con chicha, en el curso de un posible y frecuente sacrificio que se llevaba a cabo para propiciar a los dioses a su favor. Casi siempre el sacrificio se hacía con el primogénito, el niño o niña más bello de todos, solicitando el favor ante cualquier circunstancia, sobre todo, por la ascención al trono de un nuevo rey, que estaba considerado como el divino Hijo del Sol (Inti), al que se le sacrificaban infantes para propiciar la gracia del dios sobre el nuevo Inca. Al parecer, éste fue el destino de esa criaturita, que fuera enterrada con vida, embriagada como revelan las pinturas faciales, las ofrendas fúnebres, y la situación de la tumba, orientada hacia la salida del Sol, del día 23 de diciembre o solsticio de verano en el hemisferio Sur, fiesta del Capac Raimi, la de mayor relieve y esplendor celebrada en el reino Incaico.

Estas son las conclusiones a que llegaron los investigadores del caso más impresionante y de importancia, desde el punto de vista de la arqueología andina.

Momias más antiguas que las egipcias fueron halladas al Norte de Chile, en 1986. Bien conservadas después de 8 000 años de antigüedad, estas momias se consideran las más viejas del planeta, más antiguas que las de los faraones de Egipto. Descubiertas en Chinchorro, población fronteriza con Perú, más de cien momias se desenterraron en la antigua población, nativas de un pueblo que desconocía los metales y la agricultura, que acompañaba a sus muertos con huesos de ballena, conchas de moluscos y cuernos de animales, instalados en una región de unos 500 km, donde subsistían de la caza y la pesca..., sin embargo, dejaron a la posteridad una técnica más antigua que la de una civilización adelantada varios milenios después que ellos!

Los conquistadores penetraron en Chile en 1535, por el río Maule. Fue su trato brutal para los mapuches especialmente, que defendían con tenacidad inquebrantable su derecho a la libertad.

Alonso de Ercilla, el poeta-soldado escribió, después de combatir a los araucanos, una obra épica en la que narra la lucha hispana contra esos hombres y la valentía con que enfrentaron al invasor. Sobre todo, Caupolicán y sus hombres, fueron inmortalizados en las sencillas y sentidas páginas de La Araucana... El patriótico arrojo de aquellos valientes basta para honrar al Continente Nuevo: cómo ellos ¿no nacerán sobre estas tierras otros hombres iguales...? Leer a Ercilla es admirar la varonil entereza y valentía de nuestros hermanos. Los últimos grandes Toquis (Jefes) de Araucaria resistieron al conquistador abatiéndolos. Serían, según el autor, Tucapel, Omgol, Cayocupil, Millarapué, Lincoya, Colocolo, Lemeleme, Elicura, Maraguano, Guaiemo, Lebopín, Purén, Ongolmo, Peteguelén, Thomé, Andalcán, y Caupolicán el principal! Sólo que a Lautaro una traición la vida le arrancó con una flecha, dejando viuda a su Guacolda amada, una víctima más, como otras tantas!

La lengua mapuche es la mapudungun: todavía se escuchan de ese idioma voces que emiten los descendientes de esa raza. Sus viviendas* de entonces eran de base circular. Como hombre agrícola, utilizaba para las cosechas el abono y el riego artificial, en plantaciones de maíz, frijoles, o papas, que con la carne de la caza o pesca abastecía de víveres su mesa. Aunque el arauca no logró buena cerámica, el barro supo darle las vasijas necesarias para el uso doméstico de la familia. Como metalúrgicos, del oro o la plata, con la técnica del martillado, les permitió lograr algunas obras, conociendo el cobre pero no su aplicación a los instrumentos o armas dedicadas a la caza, las necesidades diarias o la defensa, por desconocer las técnicas para proceder a su fabricación.

No se le conoce a este pueblo una religión determinada, ni aparecen templos entre sus construcciones, aunque al parecer practicaban una especie de totemismo, pero no existen evidencias de ello, ni representaciones de divinidades, aunque sí se estima que adoraban a los espíritus presentes en todas las manifestaciones de la Naturaleza.

Iquique se traduce ‘como lugar de mucho reposo’: es, en este caso, la capital más norteña de esta provincia chilena. En salas adecuadas de los museos de Iquique, seguardan los restos de momias de antiquísimos habitantes de sea región, entre éstos, los de una madre y su hijo recién nacido, el hechicero y su auxiliar. Al parecer, la madre era una princesa o noble señora, fallecida en un difícil parto, enterrando con ella a su pequeña criatura con los personajes que no tuvieron poder para salvarlos, de un hecho acaecido en el 1300 después de Cristo.

Además, el Museo atesora vasijas de barro, tejidos de lana hermosamente tenidos, mantas de pelos de llamas que ceden y airean cuando hace calor o se juntan y unen en los días de fríos intensos, o el casco de un guerrero tejido con fino junquillo, los cántaros barrigones de totora capaces de mantener el agua dentro de sus panzusas estructuras...

En Santa Cruz, Chile, fue descubierto /1980/, a unos 200 km de Santiago, un cementerio, mientras un campesino instalaba una tubería, encontrándose objetos de cerámica, platos, cántaros, con dibujos geométricos, además de puntas de flechas talladas en cuarzo.

Chinchorro es la etapa más antigua conocida hasta ahora, que corresponde a los años 6000-2000 AC, en que ya poseían sus hombres técnicas de momificación muy complejas, no conocidas hasta hace pocos años. En la ciudad de Arica, perteneciente al período Chinchorro /1995/, se descubrió una momia con 2 000 años de antigüedad: el cuerpo es de un adulto.

También apareció en 1985 la noticia del descubrimiento de momias más antiguas que las egipcias, en Dacamarones, Arica, donde un grupo humano perteneciente a esa cultura llamada también de Los Anzuelos de concha, pescadores que desconocían la cerámica y la agricultura, pero que se dedicaban, según los investigadores, a utilizar otras técnicas de embalsamiento, usando el barro para llenar los vacíos que dejaba la extracción de las entrañas, envolviendo los cuerpos ya tratados con cuero de pelícanos que, en la etapa final del proceso cubrían con una estera a modo de fardos. La región donde se encontraron estas momias se encuentra al Norte de Chile.

La característica principal de los araucanos fue su estatura, con una lacia cabellera que dejaban crecer, piel de color aceitunado y aguileña nariz, no usando ni tatuajes ni pinturas en el rostro o en el cuerpo. Con finos junquillos tejían sus vestidos que colocaban prendidos alrededor de la cintura, tan largos que llegaban a sus pies.

Alrededor del fuego se reunían los hombres y es ahí donde sus mujeres les sirven el alimento, consistente éste en carnes, pescado, maíz, frutas y miel. A la hora de fumar, sus pipas son de madera o de piedra.

El pueblo mapuche fue uno de los pueblos más valientes y amantes de la libertad de sus tierras, defendiendo su pedazo a toda costa contra el asedio español.

Para ellos, nuestro respeto y admiración eternos.

ISLAS CHILENAS. Encontramos que, en el Océano Pacífico, hay algunas Islas que pertenecen a Chile, entre ellas el Archipiélago de Juan Fernández, las Islas Sala y Gómez y la Isla de Pascua, tan célebre. Unos 700 km separan las Islas de Juan Fernández de Valparaíso; a unos 3 000 km de la Costa y formando parte de Oceanía, tenemos la Isla de Pascua, y las islas de Sala y Gómez, donde el idioma nativo es el polinesio aunque oficialmente se habla el español.

La Isla de Pascua mide unos 180 km de superficie, su forma es triangular con cónicos cráteres de extinguidos volcanes, siendo el Tenevaka, al Norte, el de mayor altura, midiendo 601 metros. Los lagos formados en las depresiones de los cráteres, ofrecen agua potable a la población, ya que esta famosa Isla carece de manantiales o ríos de agua dulce... Se tiene por seguro que en siglos anteriores contaba con arboledas, reducidas en la actualidad a juncales de totora que crecen junto a los lagos, las hierbas comunes de las praderas y a los eucaliptus que se han sembrado en esta Isla.

La población, reducida actualmente por el mestizaje, es de origen polinesio; se reconoce que en algún momento de su historia, gentes de otras tierras arribaron a la Isla, lo que se hace presente por el color rojo de algunas cabelleras que contrastan con el negro de los que descienden de los polinesios.

La Isla de Pascua tiene su historia, cuando un navegante español, en 1572, descubrió en el Pacífico el archipiélago que conocemos actualmente como las Islas de Juan Fernández. Más tarde, una misión religiosa fundó una colonia que no rindió los esperados frutos, y abandonó las islas. Luego, los corsarios las conocieron y se instalaron en ellas en los siglos XVII y XVIII; pero no fue hasta 1704 cuando Alexander Selkirk, marino escocés, bajó a tierra en la mayor de estas Islas, la que habitó, solo, durante cinco años, viviendo como un hombre prehistórico, alimentándose de la caza y la pesca, pasando solitario esos largos cinco años, hasta que en 1709 fue rescatado regresando a su patria, donde su aventura dio motivo para que Daniel Da Foe redactara y publicara su Robinson Crusoe, novela que divulgó lo sucedido al escocés marino y llevó a la celebridad al escritor Da Foe.

La Isla de Pascua: como los Incas, los pascuenses la consideran el Ombligo del Mundo. Esta Isla posee distintos nombres, como Rapa-Nui, Te Pito y Te Henua. Fue un día de Pascua de Resurrección cuando Jacobo Roggeveen, un almirante holandés, la encuentra. La visita en 1774 James Cook y el francés J. F. La Pérouse, en 1786.

Alrededor de 1864 arribaron los primeros colonos que se unen a la población autóctona que adquiere enfermedades europeas o se suicida por los males que padecen, motivando la disminución de este pueblo tan notablemente, que en 1872 alcanzó la cifra de sólo 171 individuos ¡vivos, en la Isla pascuense...!

En 1888 la Isla de Pascua pasó a formar parte de Chile: la antigua población fue confinada como no merecían, en Hanga Roa, Costa Occidental, donde cultivan el pedazo de terreno que les ‘correspondió’, trabajando otros en distintos oficios para mantenerse. Pero la pregunta ritual en toda esta América es la siguiente: ¿Por qué tuvo que suceder todo ésto a los habitantes de Rapa Nui también...? Es inconcebible que en la Europa No se conocieron nunca estas expulsiones de grupos numerosos o no, dueños de su comarca, por obra y gracia de los extranjeros!

Muchos aspectos faltan por conocer sobre la Historia cultural de la Isla de Pascua, aquel mundo perdido entre las aguas del Pacífico. Sin apenas árboles, aquella tierra de base volcánica inspiró entre sus hijos el amor a la talla de piedras, para lograr los monolitos misteriosos, masculinos en su mayoría, sorprendentes a la contemplación las estatuas, algunas de pie, otras yacen sobre el suelo, sin concluir muchas de ellas, de espaldas al mar, algunas con cuerpos humanos y cabezas de aves o lagartos.

Las pocas estatuas femeninas presentan formas más llenas, aunque de todos modos las monumentales esculturas talladas por anónimos artistas han llenado de celebridad esta Isla. Se afirma que los habitantes de este solitario pedacito de tierra sobre el Pacífico, eran gentes despiertas, que pusieron su sensibilidad en función del arte, y se concluye afirmando que de todos los pueblos de Oceanía, los de este pequeño punto del mapa son los únicos poseedores de una escritura, los rongo-rongos aún sin descifrar, dejando evidencias de su avance, de su inteligente ingeniosidad, al sentirse capaces de por medio de signos jeroglíficos, dejar un mensaje que ha de ser descifrado algún no lejano día.

Así, para los pobladores de Pascua, descendientes de los escultores de rocas volcánicas, con talleres en las laderas de los mismos, aquí está presente el recuerdo y el ferviente deseo de saberlos dichosos, felices, dueños de sus pedazos y de su antigua Isla, que de ellos es desde que un día, la bahía de Anakena recibió a Hotu Matua, ¿cuántos siglos atrás...? Anakena, la playa donde según los nativos desembarcó un día Hotu Matua, su antepasado primero, cuentan los pascuenses, que tienen al valle de ese nombre como el sitio donde se estableció el recién llegado, fundando la ciudad original y ocupando varias cavernas hasta que construyeron viviendas, levantando muros y terrazas con enormes sillares, tallando figuras en piedra gris-amarillenta, para alinearlas en una plazoleta a modo de templo, colocando sobre las cabezas de las humanas figuras, cilindros de piedra roja a modo de adornos.

La cocina real con su horno, bases naviformes para las viviendas, carreteras pavimentadas con grandes losas de piedra, pozos excavados y revestidos con bloques de piedras labradas, aunque estas aguas fuesen salobres...

Todo quedó allí: pocos siglos más adelante fueron sacados a la luz por los miembros de una expedición arqueológica, descubriendo puntas de lanzas, un cuenco de piedra, cuchillos de vidrio volcánico color negro, rotos anzuelos de huesos humanos o de piedra pulimentadas a la perfección. Excavaciones más profundas arrojaron más fragmentos de anzuelos, conchas, restos óseos, carbón vegetal, dientes humanos, y una perla de vidrio azul procedente de un collar regalado por Reggeveer, en 1722, cuando visitó la Isla, aquel lejano domingo de Pascua, con cuevas familiares secretas, escondite de los rongo-rongos, las tablas de madera de los jeroglíficos tallados (la escritura de la Isla), de valor inapreciable. Las cuevas que conoció Thor Heyerdhal eran en remotas edades túneles o respiraderos de los gases internos de los volcanes, que luego servirían como refugios cuando conocieron la guerra civil, y después de tumbas o cofres subterráneos, donde guardar sus obras de arte esculpidas sobre duras piedras: ellos fueron la ingeniosidad hecha hombres.

Coinciden las ideas de los científicos de que en la Isla de Pascua convivieron dos culturas: los ‘orejas largas’ y los ‘orejas cortas’, que por rivalidades o exigencias se enemistaron y lucharon entre sí durante mucho tiempo, hasta que los orejas cortas extinguieron, incinerando a casi todos los orejas largas, salvándose solamente Ororoina, personaje del que descendieron los orejas largas actuales, de tez blanca, ojos azules, nariz semítica, labios finos y cabellos rojos, aunque los hay menos blancos, de cabellos castaños u oscuros, ojos claros, etc. Desde la guerra de la que se salvó Ororoina, ya no hubo más estatuas esculpidas ni colosos erigidos sobre las plataformas de sus templos, derribando muchas de sus pedestales durante la contienda. Las luchas derivaron en canibalismo; se estima que fue blanca la raza que convivió con el resto de la población polinésica, señalándose que pertenecían a esa casta el último monarca que reinó en la Isla.

Los escultores de los gigantes adornaban el cinturón de los colosos con símbolos; una sola de las estatuas es femenina, entre más de 600 catalogadas por el padre Sebastián, todas talladas en el volcán Rano Raraku, en un tipo único de roca de esa coloración y el pukao o penacho que adornaba sus cabezas, era de piedra roja de otro extinto volcán alejado, el Puna Rau.

Pero no solamente la Isla de Pascua posee estatuas: las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por el grupo de Heyerdhal, ofrecieron diversas esculturas desconocidas, piedras talladas con bellas figuras de ballenas o serpientes, reptil desconocido en el Ombligo del Mundo. Y cosa curiosa, existe gran parecido entre esos monolitos y otros que se encuentran en Perú y Bolivia, en la antiquísima región de Tiahuanaco...

Rapanui reserva muchos secretos: allí estaba el foso de Iko, excavado por los orejas largas para defenderse de los orejas cortas, pero que sirvió para su destrucción por medio del fuego, prendido por los orejas cortas por la traición de una mujer.

Los descendientes de los orejas largas conocían muchas leyendas, recordando además, muchos cantos de los antiguos pobladores; algunos mantenían en secreto copias de rongo-rongos heredados de lejanos abuelos.

En lo alto de Rano Kao fue descubierto un templo desconocido, al voltear un bloque grande y cuadrado de piedra, que en la parte de abajo habían tallado una extraña cabeza, de labios gruesos, nariz aplastada y grandes bolsas debajo de los ojos, cabeza que carecía de parecido con alguna otra obra pascuense conocida antes. Los nativos recordaban a un rey muy antiguo, Tuu-ko-ihu, mientras algunos de los nativos isleños consideraban que entre ellos unos cuantos podían descender de familias de rancio abolengo. Si en Rano Raraku había aparecido una gigantesca estatua, que en el pecho tallaron el dibujo de una gran balsa de totora, con tres palos y varias velas, y una cuerda que baja del barco hasta el vientre de la figura, que termina tocando a una tortuga, en Rano Kao los investigadores encontraron muros y plataformas desconocidos para los propios habitantes, diversos muros, terrazas escalonadas, aberturas subterráneas que conducían a viviendas bajo tierra, semejantes a las de los acantilados de Orongo, que poblaban los hombres-pájaros, cuando visitaban esa parte de la Isla en busca del primer huevo de la estación. Aquí las paredes tienen relieves muy antiguos, las terrazas parecen haber estado destinadas a cultivos agrarios.

Miembros de una cultura ya desaparecida, cortaban el dorado junco como lo hicieron los antiguos hombres del lago Titicaca, los que fabricaron barcas para surcar la gran extensión de agua dulce que situó la Naturaleza a tan gran altura...

Expertos ancianos trabajaban los haces de totora para fabricar su propia nave, segura y ligera, adaptable a los vaivenes del oleaje en las peligrosas costas de Pascua. Los nativos sostienen que Hotu Matua arribó a esta pequeña ínsula tripulando grandes balsas de totora con muchos hombres a bordo.

Pero no solamente en Polinesia se construían balsas de totora: la canoa balancín o vaka poe poe, también la pora o balsa de totora la produjeron hombres sudamericanos, como lo demuestran vasijas descubiertas en Perú que tienen, como motivo ornamental, las balsas antiguas de totora que usaban esos pueblos. La vaka poe poe era utilizada en las grandes travesías en tiempos arcaicos; estas construcciones naviformes aparecen talladas en canteras y sobre grandes efigies pascuenses, en las que se determinan claramente los haces del junco dorado que las componían.

Aparentemente, la apapa, es el ‘camino’ pavimentado que permitía conducir al varadero, las naves que regresaban de sus viajes.

Hermosas representaciones de arte son las esculturas de piedra procedentes de las cavernas de la Isla de Pascua, algunas de extraño aspecto aunque de una belleza considerada clásica: entre estas piezas se encuentran langostas, serpientes y otros motivos, expresiones realistas logradas sobre un trozo de piedra pulida. En las cuevas, además, se guardaban con seguridad, mechones de cabellos del rojo y característico color de los orejas largas, que envolvían cuidadosamente y ataban con una cuerdecilla con tantos nudos como de generaciones tenía la persona fallecida de la cual se tomaban.

En Orongo fueron descubiertos restos de una construcción antigua, bajo unas ruinas, de enormes piedras cortadas al estilo incaico, una cabeza sonriente y sobre las piedras grandes ojos grabados, considerándose que son símbolos solares, además de un curioso sistema de orificios en la roca, que hace suponerlo un observatorio solar ceremonial polinesio, señalando el Solsticio del hemisferio Sur, 21 de diciembre y también el Solsticio de invierno en la fecha correspondiente, sobre un muro estilo incaico también, pueblo adorador del Sol como los egipcios.

Vasijas de cerámica o ipu maengo que no se conocían en la superficie de la Isla dieron su sorpresa al encontrarlas en algunas cavernas, piezas de barro trabajadas manualmente, similares a las producidas en todos los pueblos precolombinos, así como algunos rongo-rongos mantenidos en secreto en cuevas familiares.

Grande fue el asombro del Señor ‘Kon Tiki’ cuando en medio de las excavaciones durante la larga permanencia en el Ombligo del Mundo, unos de los hombres del pueblo le presentó un cuaderno cubierto totalmente con los curiosos jeroglíficos pascuenses, informándole que ese tesoro lo había tomado su padre de una copia que había pertenecido al abuelo... Así pudo saberse que en la Isla solitaria aún quedaban muestras de los signos ideográficos más difíciles de descifrar en el mundo, según informa Thor Heyerdhal a la autora de estas cuartillas.

De esa libreta fotocopió la escritura un fotógrafo de la expedición, un libro salvado de la desaparición si el dueño fallecía sin entregar antes a otra persona la ‘llave’ de su caverna, que debe guardar un sucesor confiable, tal es el valor que éstos hombres saben darle a esas piezas.

Estas cuevas contienen fabulosas obras, dignas de los más grandes Museos del mundo, material inestimable para el etenólogo las tallas de piedra, las más diversas formas y motivos de seres mitológicos, seres humanos, animales además de la fértil imaginación de los artistas isleños que solitarios han logrado que cada pieza, cada obra se convierta simplemente, en una inapreciable creación del artista de esta pequeña brizna de tierra y pase a ser la admiración del espectador global.

Otros magníficos trabajos se llevaron a cabo en el arte plumario del pasado, entre los que se encuentran las hermosas tiaras como símbolo de poderío, o capas y mantos que pudieron conocer los primeros visitantes de la Isla. Otro rongo-rongo conoció Heyerdhal, con la advertencia de ...Cuando esté gastado por delante y por detrás... era hora de hacer otra copia muy pronto, pero después de ceremoniosas palabras en polinesio, le fue entregado el libro con las inscripciones pascuenses al ‘Señor Kon-Tiki’, como reconocimiento de los poderes sobrenaturales de su Aku-Aku.

En aquella Isla batida por las olas del Pacífico, Thor Heyerdhal pudo localizar rostros de rasgos árabes entre los descendientes de los Orejas largas y otras muchas personas cuyas facciones y cabellos son semejantes a las características de los irlandeses...

Otras interesantes obras descubiertas en la Isla son una escultura de una barca de totora adornada con un mascarón y dos velas, un jarro de piedra con asa y decorado pascuense, semejante a ciertas vasijas de cerámica así como una ballena, con una vivienda naviforme pascuense grabada sobre el lomo además de otras piezas talladas de modo admirable.

La misteriosa Isla de Pascua pertenece a la provincia chilena de Valparaíso, y se la considera como centro mundial de la etnoarqueología, como un muestrario artístico de lo antiguo y lo actual, como sus gigantescas estatuas arcaicas, talladas en piedra volcánica o moais, las bóvedas funerarias o ahus, las viviendas o tupas, petroglifos o ronas. Y los famosísimos rongo-rongos o tables parlantes!

Según Arte Popular Chileno/1959/, en una Mesa Redonda de especialistas chilenos, convocada por la XIX Escuela de Invierno de la Universidad de Chile con la colaboración de la UNESCO, el informe del profesor Oreste Plath de la Universidad de Chile, expone que de las tablillas que contienen los pictogramas denominados rongo-rongos, existen unos 65 ejemplares que se encuentran en diferentes e importantes Museos del Mundo.

Son bastante conocidos los artículos publicados que versan sobre esta Isla, entre ellos El Misterio de la Isla de Pascua /1956/, de Malcolm K. Burke o el que cita de que siguen en pie los misterios de la Isla de Pascua/1974/.

En 1984 aparece otro título: ¿Germanos los misteriosos escultores de la Isla de Pascua?, en el que un arqueólogo alemán manifiesta que los signos pictográficos de los rongo-rongos poseen notable semejanza con los nueve signos que sirven de ornamento al Cuerno de Gallenus, de increíble semejanza en distribución y grafía con las de las tablillas, creyendo en la posibilidad de que remotos germanos se hicieran a la mar y fueran a anclar en las orillas rocosas de la indescifrable Isla, con su figura singular, y exíguas dimensiones, creadora de cíclopes silenciosos del taller volcánico de Rano Raraku, donde usando simples y rudimentarios instrumentos de piedras duras, cortaron y esculpieron una y otra vez en las laderas de las montañas,dejando sobre la superficie de este pequeño mundo insertado en la inmensidad oceánica, las moles gigantescas de unos colosos silenciosos, como guardianes del secreto de sus creadores, envueltos en el anonimato de los siglos aunque hollaron con sus pasos la Easter Island (Isla de Pascua), ‘la remota, situada al Oriente del Sol y a Occidente de la Luna: Rapa-Nui, Te-Pito, Te Henua...’

Muchas cosas curiosas se encuentra el investigador que llega al Ombligo del Mundo..., anzuelos y esculturas de piedra, ornamentos de hueso, adornos de plumas de aves marinas o de fibras, cabellos humanos, caracoles o conchas marinas...

Fue un pueblo que en su lengua llamaban al pez con la palabra Ika, y tangatamanu a la estatuilla del hombre-pájaro, reimiro a los adornos pectorales o en forma de media luna, moko-miro a los lagartos, ua a los remos y moai-kava-kava a las figurillas humanas de vientre hundido y vértebras salientes –todas éstas son palabras de los polinesios-.

Ruperto Vargas Díaz, antropólogo de la Universidad de Chile señala en su informe sobre el Estado Anual del Arte Indígena de la Isla de Pascua, las experiencias de los viajes exploratorios a la Isla realizados en 1957-1958, una expedición chileno-alemana con el profesor Thomas Barthel de la Universidad de Hamburgo. El señor Vargas se refiere al arte actual./ pascuense, que en esos años era prácticamente comercial o para canjear con los turistas por artículos que mejoraran su vida cubriendo necesidades no satisfechas por la precaria economía y falta de trabajo. Algunas de estas piezas contienen verdaderos valores estéticos, las meramente comerciales no representan las antiguas formas tradicionales de la Isla: son las necesidades personales, sociales y humanas, las que obligan a variar los temas ancestrales en el tallado de madera, no siendo así cuando las piezas continúan siendo de mayor producción con un intercambio más fructífero para el artista.

Oreste Plath informa acerca de los pequeños cestos, canastas y esteras, sombreros para ambos sexos y otros trabajos realizados con fibras de mahute, plátano y caña; los adornos de plumas para los sombreros y vestidos, aretes y flores diminutos para adornos, creados con finas plumas o los collares de conchas y caracoles marinos, y las tallas de madera donde puede observarse la creación del artesano imaginativo o en la representación del tema y estilos del pasado añorado.

Varios son los aspectos que han conspirado para que el arte del isleño se separe de sus moldes antiguos, señalándose las mezclas de razas, las nuevas religiones, diferentes modelos sociales, guerras, extracción obligada de pascuenses para engrosar las filas obreras de otros países, la entrada de los europeos, y el pertenecer a otro país con los consiguientes cambios de costumbres, ritos, tradiciones, lo que ha ido normando culturalmente todo el pasado de los habitantes de la Isla de Pascua, que debió de ser respetado en primer lugar y siempre, por su valor como cultura viva que, desde el punto de vista del etnólogo, es vitalmente importante.

Vargas Díaz agrega cómo se percibe la disminución de tallistas dedicados por entero a la producción artesanal válida comercialmente, como las conocidas en las exposiciones locales y ferias en espera de la visita anual del barco, y como es natural, del turista.

En 1959 uno de los mejores artistas –y existían muchos- era Juan Haoa Vari, constructor de la plaza de Hangaroa, hermoso trabajo al que se le dio el nombre de Plaza de Tuu Ko Ibe, decorada con antiguos petroglifos de césped, y con material de un moai destruido, talló dos esculturas que se colocaron en la Plaza: Pedro Atán Pakemio es el alcalde que una y otra vez menciona Thor Heyerdhal en Aku-Aku, El Secreto de la Isla de Pascua.

Pedro Atán residía en Valparaíso desde 1957; en esa ciudad estaba dedicado a su trabajo preferido, en su taller la madera y la piedra, como digno descendiente de los Orejas Largas y como artista.

 

*Rucas es palabra araucana que significa ‘vivienda’.

**En Chile se los llama mapuches, en respeto a sus tradiciones y valores étnicos.