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- La Ciudadela


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                La Ciudadela y la Vuelta del Castillo, cinturón verde que rodea a la primera, son el gran pulmón vegetal de la ciudad y su referencia urbanística principal.  280.000 m2 de arbolado y praderas se entrelazan con una construcción levantada entre 1571 y 1645 para la defensa de Pamplona. Sus pabellones, fosos, baluartes, rebellines y glacis son hoy lugares públicos de ocio, deporte y cultura. La Ciudadela está considerada el mejor ejemplo de arquitectura militar del Renacimiento español.

HISTORIA

LOS PRIMEROS CASTILLOS

Pamplona, desde siempre y por su cercanía a los pasos naturales del Pirineo, ha sido un importante punto estratégico. Todos los pueblos que ocuparon este lugar (romanos, visigodos...) crearon recintos defensivos.

        El primer castillo del que tenemos noticias data del año 1307, bajo el reinado de Luis Hutín. Se localizaba en lo que años más tarde sería el núcleo de la ciudad: la Plaza del Castillo. Esta fortaleza fue en el s. XV un importante elemento defensivo frente a las apetencias de la vecina Francia.

        En la 1ª mitad del s. XVI, cuando Navarra fue conquistada por las tropas castellanas, Fernando el Católico, temeroso de un posible levantamiento por parte de los herederos del trono navarro, decide construir un nuevo castillo (Castillo de Santiago). Esta nueva fortificación estaría situada en el lugar que actualmente ocupa el Palacio de Navarra.

        COMIENZAN LAS OBRAS

        En 1571, Felipe II, de nuevo temeroso ante una rebelión en Navarra y un más que posible ataque por parte de su eterna enemiga Francia, decide encargar al ingeniero militar Jácome Palear (conocido como “El Fratín”) el proyecto de una nueva fortaleza para conjurar ambos peligros (La Ciudadela), a la vez que se reforzaban las murallas preexistentes. El modelo en el que se inspiró fue la de Amberes (1568), obra de Paciotto Urbino. El Fratín, junto al virrey Vespasiano Gonzaga, decidió situarla fuera del recinto amurallado medieval, en el suroeste de la ciudad, debido a que ésta era la zona que quedaba más desprotegida de toda la plaza.

        La Ciudadela fue concebida en forma de pentágono regular con baluartes en los cinco ángulos formando puntas de lanza. Entre los baluartes se dispusieron muros de recios sillares colocados en forma de talud o escarpa y con un terraplén interior para contrarrestar los posibles efectos de las bombas de artillería. El conjunto se rodeó de fosos que se salvaban por puentes levadizos. Todo esto respondía a los nuevos modelos de fortaleza renacentista italianos.

        LOS PRIMEROS PROBLEMAS

        Para la construcción de las obras se expropiaron una serie de terrenos y propiedades (entre los que cabe destacar las iglesias de San Lázaro y de San Antón), se empleó mano de obra procedente de los pueblos de los alrededores y se aprovecharon las piedras procedentes del viejo castillo. Los abusos y expolios a los que fue sometida la población, la falta de dinero para continuar las construcciones, las agobiantes condiciones de trabajo..., provocaron un retraso considerable en el desarrollo de las obras que se demoraron excesivamente.

        Las primeras tropas que albergó la Ciudadela fueron soldados (algunos de ellos contaban con 60 y hasta 70 años) que provenían del castillo que, a la sazón, había sido derribado en Estella. Por estas fechas, y por esta zona de la ciudad, las murallas cambiaron de emplazamiento adelantándose hasta conectar con la Ciudadela, quedando la Taconera englobada dentro de la ciudad. Para hacernos una idea del ritmo al que avanzaba la ejecución de las obras diremos que a los diez años de iniciarse los trabajos, los muros eran de tierra y estaban pendientes de recubrir con piedra (lo que en el argot militar se conoce con el nombre de “encamisar”). En 1592, Felipe II viajó a Pamplona con un doble propósito: acompañar a su hijo (el futuro Felipe III) que juró los fueros, leyes, usos y costumbres del viejo reino, y, reconocer “in situ” el estado de las obras.

        UNA GRAN FORTALEZA

        La Ciudadela de Pamplona estaba considerada en su tiempo como “la más insigne fábrica fortificada del mundo y más bien entendida”. Tanto ésta como las de Amberes y Turín, eran tenidas por las 3 obras maestras de su época. Y no es para menos, pues Pamplona era la puerta que cerraba el paso a una posible invasión francesa, evitando la ocupación primero de Navarra y después de todo el reino. Pensemos que en 1608, el gobernador de la fortaleza tenía serios recelos de las Cortes. Éstas querían instalar una universidad en Pamplona y aquél temía las revueltas y tumultos que podían ser ocasionados por la mezcla entre soldados, estudiantes y otras gentes venidas de Francia. Como dato anecdótico cabe decir que por aquellas fechas existía la imprudente costumbre de presumir ante los viajeros que se acercaban a Pamplona enseñándoles la Ciudadela, pues muchos de ellos eran espías. Uno de los muchos viajeros que hasta aquí llegaron fue el padre del rey Juan III de Polonia, al que le desvalijaron su equipaje y le robaron el dinero la posadera y su hija.

LA VIDA DENTRO DE LA CIUDADELA

La defensa de nuestra ciudad requería de la presencia de cientos o incluso miles de soldados (lanceros, infantes y artilleros) que formaron a su modo una población. Los soldados de la ciudad de Pamplona se mezclaban con los vecinos de los antiguos Burgos porque hasta el siglo XVIII no había cuarteles en los que residieran. Muchos de ellos dormían en una pensión y, a falta de dinero, se empleaban como canteros o zapateros. El hospedaje era una fuente de ingresos para los vecinos de la ciudad, especialmente para las familias más necesitadas (llegó a haber un censo de pisos interesados en la acogida). La relación entre soldados y vecinos no fue siempre pacífica, ya que hubo algunas quejas por el trato vejatorio de los soldados. También los regidores de la ciudad se quejaban porque el Virrey les reclamaba el sobrante del presupuesto para la reparación de las murallas. Los regidores decían, y con razón, que si la ciudad era “antemural de las Españas”, que pagara el Estado. Como puede apreciarse, la convivencia entre los soldados y los ciudadanos era buena hasta que en 1700, con la llegada de los Borbones, se racionaliza el ejército y hay abusos y conflictos importantes con los ciudadanos. Hasta esa fecha, y durante los siglos anteriores, como no había cuarteles, los militares se alojaban en casas particulares y había unos 300 repartidos por la ciudad, de manera que los ciudadanos se beneficiaban económicamente de esa presencia.

Dentro de la Ciudadela, durante los siglos XVI y XVII, se morían muchos soldados. No se les dejaba salir de la fortificación y el agua se recogía de los pozos que tenían y las condiciones no debían ser buenas. Hubo momentos en los que incluso los soldados mendigaban por la ciudad. Porque no cobraban. Tampoco recibían atención sanitaria, aunque el Virrey Gonzaga, artífice de la Ciudadela, lo fue también en 1572 del primer hospital militar que hubo en España, en donde hoy está el Paseo de Sarasate. Y los oficiales contribuyeron a su construcción con parte de su paga.

        LAS MEJORAS

        Aunque hacia 1650 se daban por concluidas las obras, en 1672 el ingeniero Rinaldi pone en evidencia dos grandes defectos: 1) las murallas eran excesivamente altas (se veían demasiado, cuando lo que se pretendía era que los glacis ocultasen la fortaleza), y, 2) mala defensa de la Puerta del Socorro y de cada una de las cortinas. En 1685, Verbon construye un completo aparato defensivo de caminos cubiertos, medias lunas, escarpas, rebellines y contraguardias o cubrecaras en los frentes que miran hacia la Vuelta del Castillo, todo ello inspirado en los nuevos sistemas y técnicas militares, más acordes con los tiempos que corrían y que tienen su origen en el ingeniero del rey Luis XIV de Francia, llamado Vauban.

        Por otra parte, basándose también en este mismo poliorceta, se empieza a construir una serie de edificios fabricados a prueba de bomba, es decir, capaces de resistir una posible ofensiva artillera del enemigo: Polvorín, Almacén de Mixtos, Bóvedas a prueba de bomba a ambos lados de la Puerta del Socorro, etc.

        LA CIUDADELA ES CONQUISTADA   

Durante la guerra contra la Convención Francesa (1793), el ejército atacante se acercó hasta Pamplona, pero sus murallas y su Ciudadela le intimidaron lo suficiente como para preferir no intentar sitiar la plaza.

    En 1808, las tropas francesas al mando del General D´Armagnac llegaron a la ciudad en calidad de aliados de España con la supuesta intención de descansar y continuar su marcha hasta Portugal. Dichas tropas se alojaron en el Cuartel de San Martín, situado al final del Paseo de Sarasate, donde se cruza con la calle Ciudadela. En este cuartel de infantería se acomodaron los granaderos del General D´Armagnac. Diciendo recelar de dos batallones de suizos, solicitaron alojarles dentro de la Ciudadela. La sospechosa petición les fue denegada, por lo que idearon una curiosa y a la postre efectiva estratagema. En la noche del 16 al 17 de febrero de 1808, aprovechando el descuido de los soldados que montaban guardia y que había estado nevando, D´Armagnac mandó a sus soldados que, como todas las mañanas, fueran a recoger sus raciones de pan (éste era cocido y entregado en el horno de la Ciudadela); mientras se acercaban a la fortaleza iban jugando con bolas de nieve y sorprendieron a la guarnición ocupando por sorpresa la Ciudadela, Esta afrentosa traición fue llamada popularmente con el nombre de “la francesada” y supuso la ocupación de la plaza entera (Ciudadela y ciudad) durante cinco años sin necesidad de combatir. Fue la primera vez que la Ciudadela cayó en manos enemigas. Para volver a recuperarla hicieron falta 128 días de bloqueo en los que se evitó que la artillería causase daños mayores en nuestras propias defensas.

    Diez años más tarde, los Cien Mil Hijos de San Luis, que venían a reponer a Fernando VII, bloquearon la plaza y tras dos días de intenso bombardeo entraron en Pamplona por la Puerta del Socorro y el Portal de la Taconera. Pensemos que habían utilizado proyectiles de un calibre tan grande que eran capaces de demoler cualquiera de los entonces edificios a prueba de bomba.             

    Durante la sublevación del General O´Donell en 1841, las tropas que le eran leales tomaron la fortaleza y desde ahí bombardearon y destruyeron la torre de la iglesia de San Lorenzo.

        LA CIUDADELA ES MUTILADA 

    A mediados del s. XIX empieza a evidenciarse cómo la Ciudadela más que una ventaja supone un problema, pues se encuentra desfasada para la época. De hecho, mientras  duró el bloqueo carlista en 1874 y 1875, se puso de relieve su falta de operatividad defensiva y se decidió construir poco después el Fuerte de Alfonso XII en lo alto del monte San Cristóbal, “padrastro” de la ciudad (denominación que hace referencia a cualquier punto elevado desde el que se pueda hacer mucho daño en caso de guerra).

    Además de este motivo, de todos son conocidas las necesidades de expansión urbanística de la ciudad, debido al fuerte crecimiento de la población a finales del s. XIX. Como solución, en 1888 se decidió derribar los Baluartes de San Antón y de la Victoria, y en sus terrenos se llevó a cabo la construcción de lo que conocemos como Primer Ensanche. Esto no sirvió para solventar el problema, pues más de la mitad del espacio fue ocupado por cuarteles y dependencias oficiales y militares.

“¿Merecería la pena destruir la estrella magnífica, la buena estrella de la Ciudad en la bocamanga azul de un cielo comandante?”, escribía en 1946 Ángel María Pascual en sus conocidas “Glosas a la Ciudad”.

Hasta hace pocos años, dos aparcamientos en la Avenida del Ejército y en la Calle Yanguas y Miranda sustituyeron a los cuarteles. En el 2003, en el solar del primer aparcamiento se inauguró el Palacio de Congresos  y Auditorio de Navarra (“Baluarte”, por haber quedado los restos de éste, el Baluarte de San Antón, al descubierto), mientras que en el solar del segundo se ha instalado un gran almacén (el Corte Inglés).

EL CASTILLO SE CONVIERTE EN PARQUE

        En 1966, La Ciudadela fue cedida al Ayuntamiento de Pamplona por el Ejército a condición de mantener, respetar y restaurar el estado de las fortificaciones y dar al conjunto una finalidad cultural, de ocio y de esparcimiento públicos. Se respetaron las edificaciones de mayor interés y antigüedad (las que hoy siguen en pie), que fueron restauradas en los años 70 y en este momento tienen como finalidad servir de escenario de conciertos, conferencias, exposiciones y cualquier otro tipo de actividad cultural. Los pamploneses refrendaron, en una encuesta que se les hizo, esta doble misión: zona verde con edificios históricos restaurados. 

        En 1973 la Ciudadela fue declarada Monumento Histórico-Artístico de ámbito nacional, y, las esculturas modernas que se han ido colocando hasta la fecha son el arranque de un excelente museo de escultura al aire libre.

        Hoy en día, desde las murallas de la Ciudadela se queman todas las noches sanfermineras las colecciones de fuegos artificiales que reúnen a miles de personas en torno a la propia Ciudadela y a la Vuelta del Castillo en el que, sin duda, se ha convertido en el acto más multitudinario de las fiestas.

        En los años 90, el “Plan Ciudadela” preveía, entre otras cosas y caso de llevarse a efecto, la reconstrucción del Baluarte de San Antón, haciendo atravesar por debajo de él la Avenida del Ejército; por otro lado, en los fosos próximos al aparcamiento de Yanguas y Miranda, se acondicionaría un pequeño lago, y el Real de la Feria permanecería igual como zona de respeto de la Ciudadela, aunque en su subsuelo se ha instalado en el 2007 una nueva estación de autobuses subterránea.


               

ITINERARIO DE LA CIUDADELA

 

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                PUERTA PRINCIPAL

                Iniciamos nuestro recorrido desde la entrada localizada en la Avenida del Ejército. Esta avenida corre inmediatamente paralela a la muralla y se encuentra embellecida y adornada con tilos plateados y esferas pétreas que se colocaron hace pocos años, al igual que las jardineras.

                Antes de penetrar en el interior, en la Puerta Principal, observamos una inscripción referente a Gonzaga y 3 escudos que hay sobre ella que anteriormente pertencieron al Portal de Tejería: el escudo del centro presenta o porta las armas de la Corona Española, y a ambos lados los de dos virreyes, el Conde de Oropesa (que gobernó hasta 1646) y don Luis de Guzmán y Ponce de León (que lo hizo a partir de esta fecha). En una piedra de la torreta con cuatro arcos situada sobre la puerta y los escudos, aparece una curiosa cifra: 16456. Estos números podrían indicar la fecha prevista para concluir las obras de la Ciudadela (1645) y el último guarismo (6) la fecha real de su ejecución (1646).

                Delante de esta entrada, donde hoy se halla el Gobierno Militar, se levantó un rebellín o media luna a finales del s. XVII llamado de Santa Teresa, con el fin de proteger dicha entrada desde la ciudad. Además se comunicaba con ambos lugares por sendos puentes levadizos. La luneta, los puentes y los fosos desaparecieron al construirse el Primer Ensanche.

                CUERPO DE GUARDIA

                Pasamos bajo la recia bóveda que da acceso al interior. Vemos dos puertas: la de la derecha comunicaba con el antiguo cuerpo de guardia. En él, acaeció la aciaga e infortunada historia del Cabo Soria, quien fue enviado cuatro años a galeras por entregar, una noche del año 1603, las llaves de la Ciudadela al alguacil del obispo (que tenía la premiosa necesidad de abandonar la ciudad) en vez de entregárselas al virrey, como era su obligación. En la de la izquierda estaba el calabozo. Antiguamente, cerca de la puerta principal, bajo el terraplén de la cortina había dos calabozos: uno llamado “del agua” (por la humedad que abundaba en él) y otro “del fraile” (actualmente inexistente, donde fue encadenado un religioso partidario del Archiduque de Austria durante la guerra de Sucesión en el s. XVIII). Este fraile vivió un calvario encerrado en una jaula de estacas y con grilletes que se le llegaron a clavar en los huesos.

                Ya en el interior de la Ciudadela encontramos el nuevo cuerpo de guardia con sus dos casillas porticadas que datan de 1756; una de ellas servía como residencia de oficiales de Estado Mayor y la otra como prisión. Como dato anecdótico diremos que la Ciudadela fue utilizada desde el s. XVIII como prisión de hombres ilustres, como el Duque de Medinaceli, el Marqués de Leganés, el Conde de Requena, el Conde de Floridablanca, el inca Yupanqui, el antiguo ministro de estado Urquijo, el poeta Quintana...  Diremos también que durante dicho siglo, eran recluidos por sus progenitores los hijos de noble linaje para evitar relaciones y casamientos reprobables. Resumiendo, diremos que Pamplona era en el siglo XVIII una plaza importante, el equivalente a la Bastilla.

                Vamos a centrarnos en los edificios que podemos contemplar actualmente y que se conservaron y restauraron por su valor arquitectónico (según el criterio solicitado al tratadista de arte Marqués de Lozoya), olvidando los que estuvieron en pie y que fueron demolidos o derribados a partir de 1969.

                HORNO DE LA TAHONA

                Dirigiéndonos hacia esta construcción hallamos olmos, falsas acacias, pino albar, haya roja y dos esculturas (una de ellas es de Eduardo Chillida y sirvió algunos años de laberinto a los niños, hasta que algunos se quedaron atrapados y decidieron rodearla con un jardín de flores). El edificio tiene una lápida en bronce con el escudo de Pamplona y las fechas de restauración por la Caja de Ahorros Municipal de Pamplona. El horno se edificó hacia 1640 con una planta que nos recuerda a la forma de una gota de agua o lágrima. En un principio sirvió como polvorín o “torreón de la pólvora”. Ante un posible asedio enemigo, la Ciudadela debía disponer de todo lo necesario para resistir el bloqueo durante el mayor tiempo posible. Por ello era imprescindible contar con un horno que asegurara el abastecimiento de pan para la tropa, producto de primera necesidad. A mediados del s. XVII, nos consta que hubo un enorme molino para moler el trigo y así poder hacer pan para la guarnición. Se accionaba por tracción humana, aunque también solían utilizarse caballerías. Entre el horno y el Almacén de Mixtos hay otra escultura.             

                ALMACÉN DE MIXTOS

                Junto al horno se localiza el pabellón de mixtos, edificado a finales del s. XVII. También posee una lápida con la inscripción en bronce, las fechas de restauración por la C.A.M.P., y, el escudo de Pamplona. Es una sólida construcción de planta rectangular con contrafuertes exteriores en las paredes laterales. Su función era la de almacenar víveres y servir como bodega. En 1720 se le añadió un sobrepiso que servía como granero.

                Tras este edificio, delante de la puerta de acceso al nivel superior, encontramos dos pequeños bosquetes (uno de pino carrasco y otro de álamo blanco) sobre una de las parcelas con césped, de las diez que posee actualmente la plaza de armas de la Ciudadela.

                CENTRO DE LA PLAZA DE ARMAS

                Dirigiéndonos hacia el centro de dicha antigua plaza de armas, vemos una escultura. Justo en el centro, rodeada por círculos concéntricos de sauce llorón, arce negundo (que ha sido quitado hace poco), abeto rojo y ciprés común, se halla el estanque de agua en el que en 1987 se instaló una “fuente musical” (se deterioró al poco tiempo y la quitaron), obra de François Baschet, formada por 16 parejas de flores metálicas a distintas alturas que giraban impulsadas por el viento y por los chorros de agua, con distintos ritmos; de las flores colgaban unas bolas metálicas y tubos afinados que emitían distintos sonidos por el choque de las bolas y la caída del agua, buscando una sensación de centelleo plástico y sonoro, según afirmaba su autor.

                POLVORÍN

                Encaminándonos hacia el polvorín, dejamos a la izquierda un grupo de cipreses de Lawson, una pequeña concentración de abedules (árboles llamados de la sabiduría, bajo los que se colocó una escultura de Rafael Huerta Celaya) y varios cerezos del Japón y hayas. Este polvorín o almacén para guardar pólvora, munición y demás explosivos se construyó en 1694 siguiendo el modelo ideado por Vauban, es decir, a prueba de bomba, relevando así de su misma misión al antiguo “torreón de la pólvora”.  Posee una planta rectangular con recios contrafuertes y está cubierto con bóveda de medio cañón sobre la que se puso una techumbre a dos aguas para evitar filtraciones de agua y de humedad. Sobre la puerta hay dos pilastras y un frontón triangular. Aquí se habría colocado algún motivo ornamental.

                Cien años después, en 1794, se instaló un pararrayos para prevenir una posible catástrofe, pues en el polvorín se almacenaban cerca de 8.000 quintales de explosivo, motivo que alarmaba enormemente a la ciudadanía.  Cerca de aquí se encuentra una alineación de pinos piñoneros, delante del edificio de mayores dimensiones de todo el recinto. Se trata de la Sala de Armas.

                SALA DE ARMAS

                Fue proyectada en 1725 como arsenal de artillería y su construcción se alargó por espacio de más de 25 años. Su creador fue el mismo que ideó la Ciudadela de Barcelona, Jorge Próspero de Verboom. El edificio se mantiene más o menos como se construyó. Tenemos informes que nos dan cuenta de que en el piso de abajo se colocaban las “cureñas” (armazones sobre los que se montaban los cañones) y demás efectos pesados. En el principal se guardaban en distintos estantes un gran número de fusiles, y, en el desván se instalaban los objetos más ligeros.

                En dirección a la rampa que accede al Baluarte de Santa María, observamos a su izquierda un vano abierto en el muro que en otra época proveyó de agua a la fortificación. A su derecha hay una puerta con un arco de ½ punto protegida por una reja que da paso a la Capilla.

                CAPILLA

                En nuestro camino habremos dejado a la derecha una escultura en acero oxidante de Néstor Basterrechea. Pero volvamos a centrarnos en la Capilla, que actualmente se halla cerrada al acceso del público. Sabemos que antes de su existencia hubo dos iglesias dedicadas a San Antón. La primera de ellas perteneció en la Edad Media (s. XIV) a la Población de San Nicolás y, con la construcción de la Ciudadela, quedó englobada en el baluarte del mismo nombre, dándoles otra iglesia y convento en la que desde entonces hasta nuestros días se conoce con el nombre de calle San Antón. A mediados del s. XVII, esta iglesia debía estar en ruinas y en 1684 se construyó una nueva de medianas dimensiones en estilo barroco, con una torre de ladrillo en la cabecera. La torre era tan alta que resultaba fácil de alcanzar en un bombardeo. Si a esto añadimos que la iglesia no se hizo a prueba de bomba, no es de extrañar que por su vulnerabilidad fuera sustituida por la que ahora vemos y que sí fue ideada con este sistema.

                BÓVEDAS A PRUEBA DE BOMBA

                Tanto la Capilla, como las otras 12 construcciones que corren paralelas al tramo de la muralla, abierto para acceder a la Vuelta del Castillo a través de la Puerta del Socorro, se proyectaron a prueba de bomba. Para contrarrestar el efecto de aquellas bombas, utilizadas en el s. XVIII (calibre de 32 cm. y 78 kg. de peso), Vauban aconsejaba utilizar estas bóvedas con un grosor o espesor de entre 1 y 2 metros, y, su diámetro debía ser inferior a 6 metros. Pensemos que estos proyectiles, si se disparaban con una trayectoria inicial de 60º, alcanzaban 2.400 metros produciendo su mayor efecto devastador.

                PUERTA DE SOCORRO

                Antiguamente se localizaba más cerca del Baluarte de Santa María, exactamente en la Capilla que acabamos de dejar. Hacia 1720 se cambió su emplazamiento por el actual, centrándolo más entre dicho baluarte y el de Santiago, justo en medio de la muralla, ya que de esta manera podía ser defendida desde ambos. Atravesamos el túnel abovedado hasta llegar al puente donde vemos la entrada, de aspecto deteriorado, que consta de un arco rebajado flanqueado por dos pilastras toscanas sobre las que se encuentra un dintel con una inscripción latina. Rematando el conjunto, vemos un escudo con las armas de Castilla y León.

                Si continuásemos por el puente dirigiéndonos hacia la Vuelta del Castillo atravesaríamos la media luna de San Saturnino y la contraguardia de Santa Isabel, encontrando dos sencillas puertas que ya no conservan sus puentes levadizos, al igual que sucede con la principal. Ya en la Vuelta del Castillo, encontraríamos en el suelo una rosa de los vientos.

                El nombre de “puerta de socorro” hace referencia a la ayuda que podía ser recibida desde el exterior de la fortificación a la vez que servía también de salida de emergencia.

                POZO

                De nuevo en el interior, muy cerca de la rampa que da acceso al Baluarte de Santiago, vemos otro pozo abierto junto a las bóvedas a prueba de bomba. Antiguamente había una fuente que suministraba de agua a la guarnición desde uno de los manantiales de Iturrama (“itur” o “iturri” = fuente, y, “ama” = madre). Al desaparecer dicha fuente, se vieron obligados a beber el agua de los pozos que a tal efecto se hicieron. Lógicamente, la potabilidad del agua no era todo lo aconsejable para su consumo, especialmente en verano, por lo que muchos soldados enfermaban.

                Antes de subir al baluarte, dejaremos a la derecha unos álamos blancos alternando con pinos carrascos.

                GARITA

                Ya sobre él, nos dirigimos, atravesando un parque infantil construido en madera, hasta la garita desde la que podemos apreciar una amplia y hermosa panorámica de los glacis de la Vuelta del Castillo y de un sector de los fosos, recorrido por el camino que más tarde andaremos. A mano izquierda observamos: el baluarte de Santa María, la media luna llamada de San Saturnino (fortificación de forma más o menos semicircular situada delante de la muralla entre dos baluartes) y la contraguardia llamada de Santa Isabel (obra exterior compuesta por dos caras que forman ángulo y se colocan delante de una media luna o luneta), atravesadas por el puente de la Puerta del Socorro; y, un pequeño estanque junto al camino de los fosos. A mano derecha: la media luna de Santa Ana, un frontón y los restos del baluarte de la Victoria.

                BALUARTE DE SANTA MARÍA

                Desde el baluarte en el que nos encontrábamos nos dirigimos hasta el de Santa María por el camino de ronda que une las cinco puntas de lanza. En nuestro trayecto apreciamos a la derecha y junto al talud pequeñas construcciones en mal estado de conservación que se corresponden con los respiraderos de las bóvedas a prueba de bomba, y, aprovecharemos ahora para admirar, desde una nueva perspectiva, el interior de la Ciudadela con sus edificios, jardines, etc. En esta ocasión, la garita no ofrece seguridad debido a que no está suficientemente protegida. No obstante, la perspectiva vuelve a ser de lo más sugerente.

                BALUARTE REAL O DE SAN JUAN           

                Continuamos por el camino de ronda hasta llegar al baluarte de San Juan. Éste, a diferencia de los anteriores, presenta una fortificación añadida. Se trata de un “caballero” o posición dominante situado sobre él, desde el que se puede dominar la plaza. Además, se instalaban en él cañones de mayor calibre y alcance. Este es un buen lugar para hacer referencia a todo el sistema de “troneras” y “aspilleras” del que dispone la Ciudadela. Éstas servían para disparar al enemigo cubriendo todos los ángulos de tiro posibles, resguardándose a su vez del ataque del adversario.

                Desde aquí descendemos hasta llegar a una “poterna”, pequeña puerta que desde una rampa da acceso a los fosos.

                FOSOS  

                Desde este lugar se puede subir por unas escaleras al solar destinado hasta hace pocos años a las barracas sanfermineras y que hasta finales del s. XIX estuvo ocupado por la luneta de Santa Lucía y el Baluarte de San Antón, derribados a raíz de la construcción del Primer Ensanche y del traslado de los Cuarteles de Intendencia y Caballería a esta zona. Recordemos también que el tramo de muralla comprendido entre este baluarte y la puerta principal de la Ciudadela fue reconstruido sin terraplenar en 1971, al  abrirse al tráfico la Avenida del Ejército.          

    Iniciamos un paseo por un camino trazado a lo largo de los fosos sembrados con césped, rodeando baluartes y lienzos de muralla, que dejaremos a nuestra derecha, mientras que por el lado izquierdo nos encontraremos lunetas y contraguardias. El primer baluarte rodeado será el de San Juan o Real; vemos un pequeño estanque junto al camino y nos dirigimos a continuación hacia el de Santa María. Entre ambos, observamos la media luna de San Francisco Javier con su contraguardia llamada de Santa Clara.     

    En el Baluarte de Santa María y a la derecha de un solitario chopo, un camino lleva a otra poterna desde la que se puede acceder al interior de la fortaleza. Desde el estanque, se puede apreciar en el frente de la media luna el escudo del virrey Benavides. Rodeamos este baluarte y nos encontramos ante una de las vistas más interesantes: un puente que comunica la Puerta del Socorro con la luneta de San Saturnino y su contraguardia (de las que ya hemos hablado al referirnos a dicha puerta). En esta parte de los fosos y glacis, tuvieron lugar numerosas ejecuciones.  Pasando por debajo de sus arcos, veremos una pista de tenis y otro estanque para, a continuación, bordear el tercero de los baluartes: el de Santiago.        

    El último tramo nos presenta frente a un grupo de chopos de Carolina, la luneta de San Fermín (o de Santa Ana), ya próxima a la Avenida del Ejército y que durante unos años fue el escenario del Tiro de Pichón. Por detrás descubrimos un frontón y desde aquí subimos hasta la avenida y vemos a la derecha los restos del incompleto Baluarte de la Victoria. Como es lógico, el ejército accedió al derribo de la parte que quedaba dentro del recinto amurallado de la ciudad para la construcción del Primer Ensanche, pero no debía descuidar su defensa, por lo que se prolongó la muralla de la Taconera hasta enlazar con el ángulo del seccionado Baluarte de la Victoria. Esta prolongación fue derribada al abrirse la Avenida del Ejército y todavía podemos ver algunos tramos, uno adosado al baluarte donde nos encontramos, y el otro junto al Edificio Singular. Recordaremos al paseante que a comienzos del s. XVII toda esta zona de los fosos de este baluarte más una parte del de Santiago y otra del de San Antón, estaban llenos de agua.

                VUELTA DEL CASTILLO

                Continuamos hasta la confluencia con la Avenida de Pío XII y a nuestra izquierda, en el comienzo de la Vuelta del Castillo, encontramos una escultura de Faustino Aizkorbe y, sobre el pavimento, un plano de piedra de dos tonalidades en el que se representa a grandes rasgos las trazas de la Ciudadela.

                El Parque de la Vuelta del Castillo está compuesto por extensas praderías sombreadas que rodean la Ciudadela y se halla recorrido por dos caminos. Los árboles forman bosques ajardinados de agradable sombra en verano. Abundan el álamo blanco, el castaño de Indias, el plátano de paseo y el almez. Hacia el puente que da acceso al interior de la Ciudadela hay grupos de cedros junto a una secuoya gigante. Más adelante, vemos cerezos del Japón y tilos. En el frente del rebellín y del puente observamos cipreses, ailanto, arce y abeto rojo.

    Todo este parque no es otra cosa que los antiguos “glacis” de la fortificación que, a principios del         s. XVII, contaron con una estacada de madera de haya rodeando el foso. La razón de la conservación de la Vuelta del Castillo es militar, ya que es una zona en ligero desnivel hacia los fosos y las murallas de la Ciudadela en la que no se ha permitido construir. Desde el s. XVII, uno de los paseos predilectos de los pamploneses ha sido “dar la vuelta del Castillo”, es decir, circundar el Castillo Nuevo o Ciudadela por sus glacis. Actualmente es una amplia y cuidada zona verde en la que los paseantes se cruzan con deportistas aficionados al fútbol o al “jogging”. Dispone de bancos, fuentes y caminos empedrados que hacen agradable su tránsito.

                REAL DE LA FERIA

                Terminando de rodear la Ciudadela, en los terrenos que se encuentran entre ésta y la calle Yanguas y Miranda, vemos el Real de la Feria, zona que antiguamente estuvo ocupada por el Baluarte de San Antón, la media luna de Santa Lucía y los fosos. Este solar, en el que hasta hace poco podíamos disfrutar de las “barracas” sanfermineras y el aparcamiento, estuvo desde 1914 ocupado por los andenes y vías del ferrocarril conocido como “El Plazaola”, que unía las ciudades de Pamplona y San Sebastián. El primer convoy que inauguró la línea, llevaba al alcalde de la capital guipuzcoana que, junto con otras personalidades, fueron recibidos por las autoridades pamplonesas e invitados a comer en el “Grand Hotel” de la Plaza de San Francisco. Posteriormente, en 1950, esta estación fue compartida con el otro tranvía que iba hasta Aoiz y Sangüesa (“El Irati”). Esta única estación estuvo construida en la actual Avenida del Conde de Oliveto, frente a la vieja estación de autobuses. Ambos ferrocarriles eran de vía estrecha.

                 El Irati recorría 58 km. y se inauguró en 1911, siendo uno de los pioneros de la tracción eléctrica en España. El viaje a Sangüesa duraba 2 horas y 15 minutos. El servicio, deficitario, se suspendió en 1955.

                El Plazaola, a vapor, recorría 95 km. Alcanzaba los 62 km/hora y el viaje a San Sebastián duraba 4 horas. Hubo que construir numerosos túneles y puentes en su trazado. Destacaba el túnel de Huici, de 2.700 metros, uno de los más largos de España. Tras unas graves riadas, el servicio se suspendió en 1953. Túneles, estaciones, postes y hasta vías son vestigios de ambos trenes que todavía hoy se pueden ver en su antiguo recorrido.

                En 2007 se inauguró la nueva Estación Subterránea de Autobuses en el solar donde hasta hace poco se ponían las barracas durante los Sanfermines, recuperándose así esta parte de la Vuelta del Castillo, incluidos sus fosos y su media luna de Santa Lucía, que habían desaparecido años atrás.