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Las Lavanderas


En el marco de una ciudad sin agua corriente, el de la “Rocha” era el lavadero más importante y concurrido. Ciertamente, entre los muchos oficios desaparecidos, éste nos parece hoy uno de los más duros. Ya fuera invierno o verano, las lavanderas recogían la ropa sucia los lunes y la devolvían al final de la semana limpia y planchada. Los clientes que podían pagar su servicio controlaban las prendas entregadas mediante dobles recibos que se cotejaban una vez terminaba el servicio. Como hemos dicho, aquel era el lavadero mayor de la ciudad. Un poco más adelante, aunque resguardado de la lluvia por un tejado, estaba “el prado de la lana”. Cerca de éste, al otro lado de la calle Errotazar, se encontraba “el prado de la cera”. Más lejos, cerca de Capuchinos, estaba el lavadero de San Pedro. También existía el lavadero del Molino de Caparroso (junto a las pasarelas del río Arga). Y ya por último, en Tejería, se localizaba “el nuevo lavadero” perteneciente al Conde de la Rosa.
Aquel gremio de lavanderas estaba integrado por sufridas mujeres que aguantaban estoicamente los solazos del verano, el cortante cierzo y la frialdad de las aguas del Arga, a veces heladas. Arrodilladas sobre un saco vacío doblado dentro de media caja de las de sardinas, hombro con hombro, luchaban varias horas al día lavando afanosamente la ropa que luego habían de colgar en los tendederos, de los que pagaban una ochena por cada tramo que alquilaban. En febrero de 1899, el Ayuntamiento mandó plantar dos hileras de plataneros (hoy magníficos ejemplares). Aquello llenó de gozo a aquellas pobres mujeres que prometieron proteger y regar las jóvenes plantas.
Además, en otros tiempos en los que no había lejía para blanquear la ropa, utilizaban ceniza para el mismo fin: blanquear la ropa. A esto lo llamaban “hacer la colada”, ya que para ello era necesario calentar agua en un recipiente y colarla a través de una capa de ceniza (la ceniza de la madera de las hayas era la mejor). De este modo el agua se impregnaba de las sustancias que le daban la propiedad de blanquear la ropa. Por lo tanto, “hacer la colada” era sinónimo de blanquear la ropa, y no de lavarla, como hoy en día se tiende a pensar.
También habría que recordar que las planchas que se utilizaban antaño para eliminar las arrugas de la ropa eran eso: “planchas” o láminas de metal que se calentaban en las antiguas cocinas económicas. Luego evolucionaron y se les añadió un depósito en el que se introducía una brasa del fuego que las mantenía calientes durante algo más de tiempo. De entonces a ahora han evolucionado mucho, hasta llegar a las actuales planchas eléctricas con vapor. Si nuestras abuelas levantaran la cabeza y vieran que ya no es necesario ir al río o al lavadero público para poder lavar la ropa y que ya no es necesario “hacer la colada”, se maravillarían de los adelantos tecnológicos de nuestro tiempo presente.

(Ver también: RECORRIDOS POR LA CIUDAD – Ruta Urbanística)

(Ver también: RECORRIDOS POR LA CIUDAD – Ruta de los Parques y Jardines - Río Arga)