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Las Fiestas de San Antón


En la actual calle de San Antón, allá por el siglo XIII, hubo dos agrupaciones gremiales que se instalaron en ella: los herreros y los zapateros. En el siglo XIV, aquellos dos barrios gremiales se unieron en una sola rúa, llamada calle de las Zapaterías y Ferrerías. En el siglo XVI pasó a denominarse como calle de las Zapaterías Viejas, para distinguirse de la calle de la Salinería, que se acababa de convertir en calle de la Zapatería, título que todavía hoy ostenta.

EL BARRIO DE SAN ANTÓN

A finales del siglo XVI, el antiquísimo convento de San Antonio Abad se trasladó de su antiguo emplazamiento extramural al final de la calle de las Zapaterías y Ferrerías. Así, llegado el siglo XVIII, empezó a denominarse como calle de San Antón.

Aquel barrio de San Antón disponía de un capital de cien ducados, dinero que se utilizaba en cuidar sus pozos y en obras de caridad. El día de Pascua de Resurrección, el prior, al regreso de la misa popular, reunía a los vecinos en la calle, a los que invitaba a comer dos tortas y a beber un cántaro de vino. Era costumbre reconciliarse públicamente con aquellas personas con las que hubiese habido algún roce o conflicto durante el año. Tras la reconciliación, solían tomar pan, queso y vino.

Desde 1501 tenían la costumbre de elegir a un prior que se encargaba de velar por la quietud pública, evitando cualquier tipo de desorden, especialmente el de los jóvenes. La elección tenía lugar en el iglesia de San Nicolás. Tras la elección, se rezaban cuatro responsos: el primero en el centro de la iglesia; el segundo en el atrio; el tercero junto a la imagen de Nuestra Señora, que era la patrona del barrio; y el cuarto junto a la sepultura del último vecino difunto.

Aquel barrio era bastante caritativo con los vecinos pobres o enfermos. El día 30 de julio, día de San Abdón y Semén, el prior del barrio, acompañado de sus mayorales, recorría todas las casas del mismo pidiendo limosna para las viudas pobres, a las que les distribuía el dinero recogido.

La patrona del barrio era Nuestra Señora de Belén. En 1734 se instaló una capillita en la fachada de una de las casas del centro de la calle.

Este barrio disponía de una fuente llamada de San Antón, desde finales del siglo XVI o principios del siglo XVII. Posiblemente se hizo con aguas de Iturrama, y quizá fuese una derivación de dichas aguas conducidas a la Ciudadela. Su caudal era muy copioso y el sobrante se decidió entregarlo al convento de las Recoletas, que estaba en construcción. Esta fuente se situaba en la Taconera, en el lugar donde hoy se levanta el monumento a Navarro Villoslada. El agua brotaba en una hondonada situada a unos 7 metros de profundidad, alrededor de la cual había árboles, lo que hacía que el lugar fuese muy agradable, por el frescor de sus tres caños de agua.

FIESTAS DE SAN ANTÓN

Estas fiestas comenzaron siendo barriales y terminaron siendo casi tanto como las de San Fermín. De sencillas y locales se hicieron viciosas y ciudadanas.

En sus comienzos, los frailes del convento de San Antonio Abad celebraban todos los años la rifa de un cerdo en beneficio de su casa-hospital o convento. En 1770, algunos vecinos empezaron a vender y rifar corderos en la Taconera, actuando de manera desinteresada, para ayudar a los frailes del convento. Pero aquellas fiestas se hicieron tan populares y concurridas que varios días antes de San Antonio comenzaban a llegar a nuestra ciudad forasteros desde los más lejanos rincones del viejo reino, abarrotando fondas, posadas y casas de particulares.

A primeras horas del día 17 de enero, los porches de la Plaza del Castillo se llenaban de puestos de venta y de rifa de toda clase de artículos. Durante la semana que comenzaba aquel día, el Ayuntamiento no cobraba impuestos a ninguno de los tenderetes instalados. Aquellas fiestas se caracterizaban por dos cosas: las rifas y el juego.

Las rifas se llevaban a cabo con mugrientos naipes, en los que el as de oros señalaba al afortunado que recibía como premio lo mismo unas naranjas que artículos de bisutería, pañuelos, fajas, corpiños, corsés, etc. Había de todo para elegir: corte de pantalones, chalecos, faldas, vestidos, zamarras, rebocillos, etc. Algunos inconscientes, con la esperanza de poder completar su ropero a bajo precio, se quedaban sin ahorros y con lo puesto.

En cuanto al juego, había un mayor número de personas aficionadas a jugarse los cuartos. Algunos cafés y algunas casas particulares se convertían en establecimientos públicos de juego, donde no era raro ver jugar en la misma mesa a la señora encopetada, a la que había empeñado las alhajas o los cubiertos de plata, a la criada que acababa de cobrar el sueldo, al comerciante, al militar, al industrial, etc.

En todas esas mesas se jugaba a juegos lícitos, pero los más habituales eran “los ases”, las “treinta y una”, la flor (o anfluch), y el aristocrático “ecarté”. En muchísimas peñas de amigos y tertulias se apostaban los corderos, perdices y bacaladas para merendar durante muchas tardes de domingo.

En los cubiertos de Ciganda (donde hoy está el Café Iruña), se instalaban largas mesas con tapetes verdes y los escribientes municipales anotaban los nombres y domicilios de los que participaban en la rifa del cuto, tras haber pagado la cifra de un real. Algunos llegaban incluso a inscribir a los muertos de su familia para ampliar las posibilidades de ganar en el sorteo. El sorteo del cerdo era el número culminante, y se celebraba el último día de las fiestas, desde el balcón del  ayuntamiento. La Plaza Consistorial (entonces llamada de la Fruta) se encontraba abarrotada de público, que esperaba impaciente a que la mano inocente de un niño de ola doctrina sacase el boleto ganador. Un concejal, desde el balcón, leía el nombre del afortunado. En ese instante, cientos de mocetes acudían corriendo a casa del ganador gritando ¡lechón!, ¡lechón!, grito que repetían durante horas. Con frecuencia, el nuevo propietario del cuto era un difunto a cuyo nombre habían apostado sus familiares. Pero eso daba igual, ya que los herederos se llevaban el animal al matadero para hacer un buen mondongo.

Aquellas famosísimas fiestas de San Antón se mantuvieron hasta 1860, fecha en la que fueron suprimidas por el alcalde (el marqués de Rozalejo). Éste, con aquella mentalidad decimonónica, pensaba que si con los medios de locomoción existentes hasta entonces se llenaba Pamplona de forasteros, ¿qué sucedería al inaugurarse el ferrocarril?

Está claro que aquel alcalde, como promotor turístico, no hará negocio hoy día. Tan sólo tenemos que fijarnos en las actuales fiestas de San Fermín, para intentar imaginarnos qué hubiera sucedido si aquellas fiestas de San Antón no se hubieran suprimido en 1860. Quizá aún estemos a tiempo de recuperarlas, si aún cabe esa posibilidad.